Té en domingo

Lettice Cooper · Capítulo 1 de 36

Páginas del PDF

Té en domingo

Prólogo

SOBRE la bandeja había ocho tazas. Alberta Mansbridge agregó la novena, la suya, la taza Rockingham azul oscuro y oro que su padre usó hasta el día de su muerte. «Como espero hacer yo», le dijo Alberta a Mrs. Bramley la primera mañana que esta pasó en la casa. «Por eso siempre la lavaré yo misma, de modo que nadie más que yo tenga la culpa si se rompe».

Subió la bandeja al salón del primer piso. Después de dejarla sobre la mesa se enderezó y masajeó su espalda. Siempre le gustaba preparar esos tés de los domingos cuando los Bramley no estaban, pero últimamente las escaleras empezaban a cansarla.

Había dejado una pila de bollos en la cocina, cerca del horno, para bajar a tostarlos justo antes de las cuatro, pero ahora decidió que no se tomaría ese trabajo. Que lo hiciera Anthony al llegar. Tenía que admitir que era hábil y dispuesto para ese tipo de cosas, no como esa chiquilina irresponsable con la que se había casado. ¡Lisa era un desastre! ¿Qué clase de madre sería para el bisnieto de Albert Mansbridge, el que algún día tendría que seguir adelante con la firma?

En la sala hacía calor porque Alberta no podía estarse sin el fuego de briquetas que en esta parte de Londres era lo más parecido a un verdadero fuego de hogar que permitían las autoridades. Cinco años atrás había instalado calefacción central para darle el gusto a Myra que siempre estaba temblando de frío, por no usar ropa suficientemente abrigada ni alimentarse

razonablemente pese a que era delgada como un alfiler y a que con su incansable dinamismo era el tipo de persona que seguiría siéndolo.

Y ahora se había ido de la casa donde tanto se hizo para agradarla. Bueno, no tenía sentido mantener vacío el departamento de arriba y seguir pagando ese alojamiento lúgubre en Camden Town para Marcello. La cara grande de Alberta, de huesos fuertes, se dulcificó con una sonrisa; a Marcello la casa no le resultaría demasiado caliente; en eso era como un gato.

Se acercó a la ventana y miró hacia afuera, a la plaza. La vista, que habitualmente tenía el aspecto agradable de una acuarela, en esta tarde de febrero era solo blanca o grisácea. El cielo estaba gris, las pálidas casas blancas parecían grises; la nieve que había empezado a caer al mediodía ya se había derretido, formando un barro grisáceo en la acera y en la calle, pero el césped de la plaza todavía estaba blanco; los arbustos eran como columnas blancas redondeadas, las ramas soportaban con gracia una capa de nieve endurecida tres veces su grosor.

En la plaza no había nadie; en varias casas ya estaban encendidas las luces; en el extremo opuesto Alberta vio el permanente destello azul de un televisor. Todo hacía ver la crudeza del frío y que caería más nieve. Alberta comprendió que sus invitados quizá no se sentirían muy entusiasmados con la idea de tener que atravesar Londres para llegar a su casa, pero era demasiado tarde para avisarles que no vinieran, y se alegró de ello.

Odiaba quedarse sola en casa los domingos por la tarde.

Volvió al lado del fuego y se instaló en su propio sillón, el de cuero que, como la taza Rockingham, había sido de su padre. Albert Mansbridge estuvo sentado en él la última tarde antes de caer en cama definitivamente. Alberta recordaba haberse arrodillado a su lado para recoger los papeles y cartas que su mano debilitada había dejado deslizar al suelo. Cuando se los colocó nuevamente sobre las rodillas él le palmeó el hombro suavemente; entre ellos las

caricias eran tan raras como si hubiera sido el hijo que él tanto había deseado.

—Eh, muchacha, —dijo—, calculo que ya estoy casi terminado.

Luego él se había adormecido y ella, mirando por la ventana los páramos y las laderas redondeadas de las Pennine Hills había contenido las lágrimas desconocidas. ¡Qué alivio sentía ahora a veces al ver a Marcello reír y llorar con la facilidad de un chico! Era como si lo hiciera por ella, como si hiciera lo que su crianza en Yorkshire y lo que su padre esperaba de ella le habían impedido hacer. Ahora sabía que el tratar de convertirse en el hijo que Albert nunca tuvo había sido un esfuerzo muy duro durante sus primeros cuarenta años; quizá por eso a veces se sentía tan cansada.

Echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos. Al instante, con la sensación profundamente agradable de un relajamiento total de los nervios, se adormeció y tuvo un sueño breve y vivido.

Estaba en los páramos, más allá de Hithamroyd, y bajaba por el sendero que viene de Snaithwaite Gap, con Thor saltando delante suyo y en el aire una indefinida promesa de felicidad, sensación que aún tenía cuando despertó un minuto después.

Allí había encontrado por primera vez a Aubrey. Apenas lo vio venir hacia ella por el sendero supo que ese desconocido alto, de piel blanca, rubio, debía ser Aubrey Seldon, el nuevo subgerente de la Fábrica Firth en el valle vecino. Ahora, tantos años después, revivía la escena a medio camino entre la memoria y el sueño. El joven caminaba hacia ella sin esfuerzo, a pasos largos. Thor corrió hacia él y le puso las patas sobre el pecho. Ella lo llamó y agregó,

«No hay que preocuparse, en realidad es muy manso». Pero se dio cuenta que el joven estaba acostumbrado a los perros; acarició a Thor y sonrió. Dijo que naturalmente la conocía de vista; la semana siguiente iba a visitar a su padre a la oficina. Unos minutos más tarde caminaban juntos por la cresta de la colina mientras ella le decía los nombres de los lugares que se veían desde allí.

Y así comenzó el año más feliz de su vida, seguido, cuando Evie volvió del colegio, por el sufrimiento más agudo que jamás había

conocido. Por eso fue que después de la muerte de su padre decidió irse de Yorkshire; por eso también que no podía ver la cabeza rubia de su sobrino Anthony, hijo de Evie y Aubrey, sin sentir un doble estremecimiento, de amor y odio a la vez.

Con una súbita intuición comprendió que nunca era justa con el muchacho. Pero por otro lado estaba su negativa a asumir la tarea para la que había nacido, sus empleos tontos o su falta de empleo, y su matrimonio aún más tonto con esa chica, esa Lisa, que casi seguro no vendría esta tarde, o lo haría malhumorada y rechazando el té a la espera de un trago. Pero no lo conseguiría, no a esa hora de la tarde. Myra decía que yo no entiendo a los jóvenes, pero nunca he podido simularlo. Myra se hace la ilusión de entenderlos.

De todos modos me alegrará volverla a ver a ella. Qué tontería cometimos al pelearnos de ese modo.

Echó una mirada por la ventana. Nevaba de nuevo, copos suaves que caían tan perezosamente que parecían ascender lentamente. Alberta miró el reloj. Las 15:20. Agregó más briquetas al fuego, apagando con pena el resplandor rojo del hogar para tener un fuego mejor cuando llegaran sus invitados.

Ahora deseó no haberlos llamado. La nieve da sueño. Nada le hubiera gustado más que quedarse cómoda y adormecida en su sillón, hasta que los Bramley volviesen de Croydon. Bueno, de todos modos tenía tiempo para otra siesta; no llegaría nadie antes de media hora.

Cuando sonó la chicharra se despertó de golpe, confundida e irritable. Debía haber dormido una media hora que le pareció dos minutos. Al mirar el reloj vio sorprendida que había sido exactamente eso; eran apenas las 15:30.

¿A cuál de ellos se le habría ocurrido venir media hora antes de la convenida? Quizá al jovencito Barry; ¿se habría enterado que había estado haciendo averiguaciones sobre él? Le tenía preparada una buena lección y si iban a tener media hora a solas la recibiría antes de lo que él esperaba. O…, su cara se dulcificó, podría ser Marcello que quería unos minutos a solas. O John Armistead, para

explicarle su punto de vista una vez más — como si no se hubiesen pasado en eso todo el día de ayer —.

La chicharra sonó por segunda vez. Se irguió bruscamente en el sillón; se sentía despeinada, con la boca seca, y no del todo despierta, pero el día no estaba como para dejar a nadie esperando afuera. Descolgó el tubo del portero eléctrico.

—Sí. ¿Quién es?

La voz familiar le llegó desde abajo débil y delgada.

—¡Ah, tan temprano!, no importa, ya abro.

Apretó el botón que abre la puerta de calle. Se paró, las piernas endurecidas después del breve descanso. Se ajustó el chal de lana sobre los hombros, se miró en el espejo sobre la chimenea y apartó un mechón gris que le caía sobre la frente. Fue hacia la puerta para recibir a la persona que se había adelantado.

OceanofPDF.com