Té en domingo
Parte I. Los invitados
PARTE I
LOS INVITADOS
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CAPÍTULO 1
ANTHONY Seldon dobló rápidamente la esquina de la Plaza Porlock. No se apuraba porque estuviese retrasado, cosa que no había notado, sino porque tenía frío y quería entrar a la casa.
También lo empujaba el enojo. Su mente iba y venía como un trompo repasando la pelea que había tenido con Lisa a mediodía.
Cuando ella se plantó en la puerta con su larga capa negra y sus altas botas negras arrugadas, podría haberla matado allí mismo o haberla tomado y echado en la cama. Estaba llegando a la conclusión que esas eran las dos únicas maneras de tratarla.
—No veo en absoluto por qué no puedes decirme con quién sales a almorzar; en domingo, además, — agregó con énfasis amargo.
—No los conoces, ¿y qué diferencia hace que sea domingo?
—Es un día que generalmente pasamos juntos en casa.
—Y me imagino que quieres que haga carne al horno y Yorkshire Pudding; y que después lave los platos mientras tú duermes frente al hogar. ¿Y que después nos vayamos juntitos del brazo a tomar el té con tu tía? Si querías ese tipo de cosas, te equivocaste al casarte conmigo.
—¡No necesitas decírmelo! Y sabes bien que no quiero esa clase de cosas. Siempre he luchado para huir de ellas.
—¡No estoy tan segura! Sé que te engañas con esa historia y que en el fondo es lo que realmente te gusta.
—¿ Dónde vas a almorzar?
—A un lugar caro al que tú no puedes llevarme.
—Eso es lo único que te preocupa últimamente, no es cierto, cuánto dinero puedes conseguir que gasten en ti.
—Ufa, cállate la boca Anthony. Pienso ir adonde se me ocurra cuando se me ocurra y con quién se me ocurra. Y cuanto antes te acostumbres a eso, mejor.
—Esa tontería de ser modelo se te ha subido a la cabeza.
—Uno de los dos tiene que ganar lo suficiente para que podamos vivir.
Se detuvieron por un momento, como dos boxeadores al terminar un round. Enseguida Anthony volvió al ataque.
—¿Vuelves aquí después de almorzar?
—No sé. Depende de lo que se me ocurra hacer.
—Si no vuelves, ¿te encontrarás conmigo en lo de Alberta?
—No sé. Probablemente no. No me casé con tus parientes aburridos.
—Hace meses que no vas por allí. Ha sido buena con nosotros.
—Me odia. No soy en absoluto la mujercita buenita que quería para ti.
—Puede que tenga algo de razón en eso.
—Le gusta proteger y manejar a la gente y yo soy una persona a la que ella no puede proteger o manejar. Odio ir a esa casa. Para ti es distinto. Tienes expectativas.
—No podrías haber dicho nada más ofensivo.
—La verdad a menudo lo es. Ahora me voy. Vete al Duke a tomar un trago; hay un poco de salchicha en la heladera. Si quieres Yorkshire Pudding te vas como un señorito a la cocina y te lo haces.
Adiós.
A través de la ventana del departamento en el subsuelo vio sus botas marchando escaleras arriba y el borde de su capa de paño oscuro flotando alrededor.
No hay caso, se dijo al llegar a la plaza Porlock, no podemos seguir así. Estoy harto. No consigo hacer nada creativo.
Por el momento tenía un empleo en una boutique de ropa para hombres en Kensington. En su tiempo libre escribía una obra de teatro, o más bien la había estado escribiendo hasta que se casó con Lisa en abril y empezó a vivir en un remolino que apenas le permitía respirar, menos aún escribir. Era un fracaso completo, ese matrimonio, un error; no podía durar, se sentiría contento cuando se
hubiera liberado de esa atadura — solo que la vida le resultaría tan aburrida sin ella —.
Caminó hacia el otro extremo de la plaza. Ahora nevaba de nuevo, sentía los suaves golpes de frío en el pelo y en la cara. El cielo estaba hinchado de nieve cada vez más espesa.
Al doblar la esquina vio un grupo de personas entre las columnas del N.º 31, que se protegían lo mejor posible bajo el pórtico. Se apuró para entrar con ellos cuando la puerta se abriese.
Parecía que tardaban en abrir. Las personas en el escalón, cinco hombres y una mujer, se movían y pateaban el suelo. Ya podía ver quiénes eran; toda gente que conocía pero a la que no tenía un interés especial en ver esta tarde. No era que le disgustaran Ewan Musgrave, médico de su tía, o Russell Holdsworth que se ocupaba de sus asuntos; y, todo dicho, lo apreciaba a John Armistead gerente de Albert Mansbridge en Hithamroyd, al que había conocido toda su vida y era un viejo macanudo. ¡Santo cielo!, también Myra Heseltine, envuelta hasta la punta de su nariz afilada en un abrigo de piel de última moda. Le sorprendió verla. Durante muchos años había sido la mejor amiga de Alberta, pero se habían peleado y Myra se había ido o había sido echada del último piso del N.º 31; no sabía que ella y Alberta aún se trataban. En cuanto a Barry Slater, desgraciada herencia de la época en que Alberta visitaba cárceles, y Marcello Bartolozzi, el genio de turno, le disgustaban profundamente. Lo que realmente le caía mal de este grupo de gente sin importancia para él era que ellos estuvieran allí y Lisa no.
¿Qué diablos esperaban? Dijo:
—¿Llamaron?
—Cinco veces, —contestó Holdsworth con precisión.
—¿Pruebo yo una vez más?
—Si le parece que lo puede hacer mejor que nosotros, — le dijo Myra Heseltine agresivamente.
Sin responderle, tocó el timbre. Lo mantuvo apretado pero del parlante no salió voz alguna.
—El aparato debe estar descompuesto.
—Claro, claro, —Marcello asintió nervioso. Se levantó el cuello de su gabán azul entallado y hundió el mentón en el moño de terciopelo.
—Mejor golpear.
—Ya lo hicimos.
—Prueben de nuevo.
John Armistead tomó el viejo llamador de bronce y lo golpeó con fuerza contra la chapa de hierro que retumbó.
En la casa lindera una mujer levantó una ventana del primer piso y miró para ver quién hacía tanto ruido. Al recibir el embate de la nieve en la cara y el pelo la cerró de un golpe.
—Si está en casa tiene que haber oído.
—Tiene que estar. No podemos habernos equivocado de día todos… los siete.
—Podría haberse olvidado, o, pensando que nos había invitado para el domingo próximo, podría haber salido.
—Sería muy raro en ella, —dijo Myra —. Nunca se olvida de las citas. Nunca sale el domingo por la tarde. Los Bramley siempre van a lo de su hija casada en Croydon y a Alberta no le gusta dejar la casa sola por mucho tiempo; se queda montando guardia. Además, por Dios, ¿dónde iría en una tarde como esta? Está mucho más dentro de su estilo hacernos salir a todos para verla en su casa.
Barry Slater, tiritando en su sacón de cuero, dijo:
—Es cierto. Pero no podemos quedarnos aquí parados toda la noche, con este frío. ¿Por qué no probamos la puerta de atrás?
—Los Bramley siempre la cierran y salen por la puerta del frente.
Todas las puertas y ventanas de esta casa tienen cerraduras de seguridad. Es una fortaleza.
—Con todo podríamos fijarnos en la parte de atrás.
El doctor Musgrave dio la vuelta a la casa y volvió en uno o dos minutos.
—Cerrado con llave y oscuro. Golpeé la puerta pero evidentemente allí no hay nadie. De estar ella en casa ya habría luz.
—Si es que realmente está, debe haberse quedado profundamente dormida.
—Tiren algo contra la ventana.
Anthony se agachó, hizo una bola de nieve y la tiró. La larga ventana quedó manchada de nieve pero no hubo respuesta alguna.
—No es posible que esté, —exclamó Myra —. A lo mejor recibió malas noticias de su familia en Yorkshire y ha tenido que salir corriendo a tomar el tren.
—Yo también las hubiese recibido, — dijo Anthony —; también son mi familia.
Russel Holdsworth se volvió hacia el médico.
—¿Le parece que pudo haber sufrido algo, un ataque al corazón?
—Podría haberse caído. Podría haberse roto una pierna o la cadera y quizá estar tirada sin poder contestarnos. Creo que tenemos que averiguarlo.
—Sugiero —dijo Holdsworth— que busquemos un teléfono público y la llamemos. Tiene una extensión en la mesita junto a su sillón.
Myra asintió.
—Y otra en su dormitorio.
—Voy a llamarla, —ofreció Anthony —. Hay un teléfono en la calle Cheriton.
—Lo acompaño. —Myra Heseltine bajó con él.
—No, por favor no lo haga. ¿Por qué empaparnos los dos?
—Preferiría caminar a cualquier parte y no seguir parada en este escalón; mis pies están empezando a congelarse.
—No me parece en absoluto necesario que nos quedemos todos aquí para pescarnos una pulmonite, — se quejó Marcello.
—Váyase a casa entonces, —John Armistead apoyó su ancha espalda contra la puerta —. Yo me quedo aquí hasta que sepamos si ha pasado algo malo.
El italiano murmuró algo y empezó a bajar los escalones, indeciso, pero de súbito se encogió de hombros y volvió.
Anthony y Myra, encogidos y con la cabeza agachada, salieron de la plaza y tomaron por la calle Cheriton avanzando contra la fuerte nevada.
—Esperemos que no hayan destruido la cabina telefónica,
— gritó Anthony.
—¿Ha visto a Alberta últimamente?
—No desde Navidad.
—Yo no la veo desde agosto pasado, cuando me echó de la casa. Me imagino que se enteró de eso.
—Oí decir que se había ido.
—¿Y sabe que ese aventurero italiano se va a mudar al piso de arriba? Y no me sorprendería que a la cama de Alberta también.
Pero el Signor Marcello Bartolozzi como se hace llamar, no va a aprovecharse de una vieja tonta por mucho tiempo más. He sabido algunas cosas de él.
Impresionado por el apasionamiento que traslucían sus palabras, dijo vagamente:
—Supongo que en realidad no es tan mal tipo. ¡Maldición!
La cabina no estaba destruida sino ocupada. Un joven de barba estaba hablando, abrazado a una chica que llevaba el mismo tipo de pullover de cuello alto y campera que él.
Myra y Anthony se quedaron parados frente a la cabina, en la actitud más impaciente y amenazadora que consiguieron asumir.
Pasados un minuto o dos, Myra golpeó vivamente en el vidrio. Los dos que estaban adentro reaccionaron saliendo con aire indignado.
—Entre usted Myra, —dijo Anthony — podrá guarecerse un poco mientras telefonea.
—No quiero. No le he hablado en seis meses. Prefiero que lo haga usted.
Cerró la puerta plegadiza y levantó el tubo. Escuchó el timbre que llamaba sostenidamente y esperó lo suficiente como para que pudiera llegar al teléfono desde cualquier punto de la casa. Salió de la cabina.
—Llama sin duda, pero no contestan.
—Entonces los otros no han podido entrar. Es mejor que volvamos.
Avanzaron penosamente por la calle Cheriton sin intentar hablar.
Anthony pensaba en Lisa; ¿por qué demonios no podía decir, simplemente decir, con quién iba a almorzar? Desde que había empezado a tener éxito como modelo se había hecho de tantos amigos nuevos. Él conocía a algunos pero no a todos, estaba como marginado de ese mundo brillante y caro, y le parecía que ella prefería que quedara así.
Pero hasta ahora siempre habían estado juntos los domingos; él pasaba toda la semana esperándolo. Y ahora parecía que eso se iba a perder. Si por lo menos pudiese terminar su obra de teatro y conseguir que la representaran, o ganar veinticinco mil libras con sus diez bonos de sorteo, o cualquier cosa que lo hiciera más interesante y menos apretado económicamente. Le pasó por la cabeza que si Alberta hubiese tenido un accidente fatal en esa casa silenciosa probablemente su situación mejoraría. Apartó la idea; no le gustaba.
Volvieron a la plaza. El grupo parado en el pórtico del N.º 31
seguía allí, pero Anthony vio con alegría, que se había agregado Lisa. Estaba parada al pie de la escalera, sin prestarle atención al tiempo, solo se sacudía la nieve del pelo de vez en cuando; lo llevaba atado atrás metido dentro del alto cuello de su capa.
Anthony tuvo la idea romántica de que parecía un teniente joven y gallardo del ejército de Napoleón contemplando la retirada de Moscú.
—Encontramos un teléfono y escuché que llamaba, pero no contestaron. ¿Qué hacemos ahora?
—Barry —sugirió Lisa—. ¿No podrías trepar hasta esa ventana?
Ese tipo de cosas las debías hacer bien.
La referencia a la actividad que lo había llevado a la cárcel, enfureció a Barry.
—No, no puedo. Está demasiado alta.
—Creo que uno de nosotros debería volver a ese teléfono y llamar a la policía, — sugirió Russell Holdsworth.
El doctor estuvo de acuerdo.
—Iré yo.
—No vamos a llamar a la policía por nada, — protestó Barry —. A Miss Mansbridge no le gustaría.
—Tendremos que arriesgarnos a disgustarla. ¿No le parece, Anthony?
—Sí, creo que sí.
—¿Dónde está la cabina?
—Voy con usted para mostrarle.
Cuando se alejaba con el doctor sintió que le pasaban un brazo por el suyo.
—Ya que estoy aquí los acompaño, — dijo Lisa.
¡Ah, sí, con sus caprichos, sus dulces entregas, valía mil veces más que cualquier esposa plácida y aburrida! Anthony apretó el brazo de Lisa contra su costado; ya no sentía frío ni estaba deprimido mientras caminaban por la calle Cheriton hacia el teléfono.
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