Tiberio
Capítulo 9
Así que nos casamos. La noche antes de la boda me quedé levantado hasta tarde tomando unas copas de vino con mi amigo Cneo Pisón, un hombre que siempre ha estado dispuesto a beber lo mismo que yo. Pisón, como miembro de una familia casi tan distinguida como la mía, sería más tarde mi colega en el cargo de cónsul. Compartíamos algo más que el gusto por la buena bebida porque, lo mismo que yo, era un duro crítico de los vicios de la época y añoraba la virtud del estado libre. Pero siendo como era un realista, reconocía que los grandes días habían pasado a la historia. Tenía
—y sin duda lo tiene todavía— un talento especial para hacer acerbas y pertinentes observaciones, habilidad que me había agradado desde los días en que nos conocimos por primera vez.
—Bueno, Tiberio —dijo aquella noche—, el propio Hércules se hubiera acobardado ante la tarea que se te echa ahora a ti encima.
—La historia conyugal de Hércules no fue una historia feliz.
—La mayoría de la gente te consideraría un hombre afortunado, por supuesto. No solamente es la hija del princeps sino la más bella y seductora mujer en Roma.
—Creo que le fue fiel a Agripa.
Pisón se rió.
—Existe la fidelidad concreta temporal, pero existe también la fidelidad en sentido más amplio, parecida a la que profesamos a una idea o a una causa.
—¿Qué quieres decir? No es cosa tuya el hacer juegos de palabras. [ 1
]
—Cuando te enfrentas con mujeres como Julia, ¿qué otra cosa se puede hacer con ellas?
—No te comprendo y creo que me alegro de no comprenderte.
—Tiberio, ambos conocemos a Julia. Ambos hemos conocido a Julia.
No olvides que yo pertenecí una vez al personal que rodeaba a Marcelo... y, viejo amigo, cuando ese lindo jovencito vivía, ¿qué eras tú para Julia? ¿La puedes ahora controlar?
Empujé la botella de vino en dirección a él.
—¿Qué me aconsejarías?
—Yo te aconsejaría que no te mantuvieras en la posición en que estás ahora. Pero dado que lo estás y no hay solución para ello, no nos quedan entonces más que dos cosas que hacer. En primer lugar debes insistir en que te acompañe a donde se encuentren los ejércitos, de manera que la tengas al alcance de los ojos. Segundo: manténla siempre embarazada. A una mujer coqueta sólo se la puede sujetar así.
Yo tragué el vino e hice un gesto.
—Te olvidas —dije yo— de que mi madre estaba precisamente en esa condición cuando la sedujo el princeps. Pero las situaciones —continué después de una pausa durante la cual el silencio y la incertidumbre llenaron la estancia— no son análogas. Si mi padrastro no era todavía princeps y Augusto, era no obstante un triunviro. No existe nadie hoy en día con ese hechizo del poder...
—Sí, y Livia era ya una mujer celebrada por su virtud. Como tú bien dices, las situaciones no son análogas.
No había visto a Julia desde hacía más de dos años y ahora no nos habíamos puesto en comunicación en relación con lo que se había decidido acerca de nuestro futuro. No tenía, por consiguiente, ni idea de si le parecía bien este enlace. En años recientes no había mostrado ninguna indicación del deseo que había sentido por mí cuando éramos jóvenes, y no podía creer que yo hubiera sido el hombre a quien ella había elegido.
Julio Antonio era, por supuesto, un mentiroso, pero la confianza con la que había hablado de los sentimientos de Julia por él había sido convincente. Por otra parte a Julia nunca le había gustado Vipsania y estaría encantada de haber triunfado sobre ella. Estas reflexiones me habían puesto nervioso, y la tarde que había pasado con Pisón me había dejado intranquilo. Me serené con una jarra de vino antes de la ceremonia y después, para evitar las criticas de Livia, y tal vez de la misma Julia —
aunque las suyas hubieran adoptado el carácter de burla—, endulcé mi aliento con un puñado de pastillas de violeta.
Mi madre me hizo ir a sus aposentos. La encontré sola, lo cual me alegró, porque había tenido miedo de que estuviera allí también mi padrastro. Aunque pensé luego que la idea de verme frente a frente antes de que se realizase la ceremonia matrimonial no le agradaría, por si acaso yo trataba de salirme con la mía. (A menudo ha hecho la observación de que me parezco a una mula: broma de mal gusto en estas circunstancias.)
Livia me besó en la frente.
—Este es un momento solemne para ti, hijo mío —dijo.
—Madre, no hay necesidad de disimular cuando estamos solos. Porque supongo que estamos solos; que no hay espías escondidos, ni delatores ocultos tras los biombos.
Hizo un gesto de irritación.
—No hay por qué adoptar ese tono, Tiberio. Veo que estás todavía enojado. Bien, puedes estar todo lo malhumorado que quieras pero me alegro de que al menos tengas el sentido común de hacer lo que vas a hacer.
Yo estaba a punto de alabarte por tu concepto del cumplimiento del deber.
Ver, aquí, siéntate a mi lado y escucha lo que te voy a decir. Pero ¿qué has estado comiendo? Te huele muy mal el aliento.
—Pastillas de violeta, madre. Mi médico me las recomienda para el
ardor de estómago. [ 2 ]
—Entiendo. Bueno, no tiene importancia. ¿Estás bromeando cuando dices ardor de estómago?
—No, madre.
—Nunca me han gustado tus bromas. No las comprendo, pero ha habido siempre un toque de crueldad en tu sentido del humor. Pero dejemos este asunto. Yo quería hablar contigo antes de que tenga lugar este matrimonio, ya que sé que no es de tu agrado. Confieso que tampoco lo es del mío. Julia y yo somos polos opuestos, no hay que darle vueltas. No se me ocurre pensar en un solo asunto que hayamos estado de acuerdo. Ni siquiera sobre Augusto, porque yo lo amo por lo que es y ella tan sólo por lo que recibe de él. Y ahora lo que le está dando eres tú, hijo mío, y tampoco estoy cierta de que eso sea lo que quiere. De manera que presiento problemas en el futuro...
—En ese caso, madre...
—No, no me interrumpas. Seguramente te estás preguntando por qué, al final, he dado mi aprobación a este matrimonio. Y digo al final porque me creas o no, y tú nunca has creído nada que vaya en contra de tus bien enraizadas convicciones, bien lo sé yo, tengo que decirte que me opuse a él todo lo que pude. Le dije a Augusto que Vipsania te hacía feliz. Incluso tuve que reconocer que a veces estaba celosa de ella como las madres lo están, a menudo, de las esposas de sus hijos. Pero... de nada me sirvió. La realidad es que tú eres una víctima, un sacrificio a la razón de estado. Tu felicidad doméstica se está sacrificando a la necesidad. Y la necesidad
impone sus propias reglas. Julia necesita un marido y los muchachos necesitan un padre, y la naturaleza de Julia exige que esa persona sea un hombre admirable, honorable y en quien se pueda confiar. Ésa es la razón por la que se te ha obligado a comportarte de forma deshonrosa hacia Vipsania para poder comportarte honrosamente hacia Roma. La gente como nosotros no podemos permitir que nuestra vida siga los impulsos naturales, porque no podemos disfrutar de una vida privada.
—Lo comprendo, madre... —Y lo comprendía. Entendía bien la fuerza de los imperativos políticos. Si no hubiera sido así, habría luchado más encarnizadamente—. Lo que sí siento —dije— es que haya tenido que ser yo.
—No había nadie más...
¿Estaba el mismo pensamiento en las mentes de los dos? ¿Que la elección podía haber recaído en Druso? Si eso era en lo que estábamos pensando, yo al menos no lo mencioné. Siempre creí que Druso era diferente, que nunca se le pediría que hiciera el mismo sacrificio de su interés personal que se me pedía regularmente a mí. Druso era diferente. Le gustaba a todo el mundo. Yo mismo le profesaba un gran afecto. Druso era, si se me permite usar un adjetivo suave, simpático, agradable. Pero lo era porque nunca se le había sometido a un desafío emocional. Livia había tenido siempre con él una relación feliz, risueña. Y Augusto sonreía cada vez que mi hermano aparecía.
Además, Druso estaba casado con Antonia, la hija de Octavia, y, aun dejando a un lado los sentimientos de mi padrastro hacia su hermana, la hija de ésta era más imprescindible, menos sacrificable que mi pobre Vipsania.
No, Druso podía dormir tranquilo.
Yo hice lo que pude. No tengo nada que reprocharme. Había momentos en que hasta me sentía optimista. Durante algún tiempo parecía que este matrimonio iba a resultar bien, que íbamos a poder vivir en cierta medida satisfechos.
Julia me otorgó su sonrisa más radiante. Cuando nos quedamos solos, murmuró, como solía hacer:
—Viejo oso, viejo oso —y acarició mis mejillas con unos dedos tan suaves como el contacto de una flor—. ¡Qué rostro más áspero, oso viejo, gris y curtido por la intemperie!...
Me besó en los labios.
—Como el de Agripa —dijo—. Qué extraño va a ser. Es como dar marcha atrás y sin embargo volver a donde se empezó...
Se quitó la camisa y se quedó de pie frente a mí en su plena, madura hermosura. La luz de la luna entraba en la habitación dejando un brillo de plata y oro sobre su carne. Se puso de rodillas delante de mí y metió sus manos bajo mi túnica.
Es de noche ahora, al escribir esto. Puedo oír el sonido de las olas rompiendo sobre las rocas a mis pies y el silencio se eleva desde la ciudad, y puedo ver ahora de nuevo el rostro de Julia levantado hacia mí, sus labios abiertos y una humedad como de rocío debajo de los ojos. Rezumaba deseo y yo tenía miedo de no poder satisfacerla. Me condujo hacia el lecho...
—Esposo, ven, ven, oso viejo, hubo una época en que me anegaste de placer y yo... —me acarició con los labios—. Tiberio, Tiberio, Tiberio...
«Tiberio, Tiberio, Tiberio...» Yo me sentía siempre inquieto. Hasta cuando sabía que la estaba complaciendo, me sentía inquieto, atormentado por las comparaciones que estaba seguro se le venían a la mente... Hasta cuando gemía, en la culminación de su éxtasis, mi mente parecía permanecer aparte, y yo me preguntaba si Julia simulaba su gozo.
¿Intentaba hacerlo? Creo que sí. Tengo que creer que sí. Ahora que no tengo nada urgente que hacer, paso horas y horas reflexionando sobre mi vida pasada, ponderando mi comportamiento y el de los demás. Demasiadas horas tal vez porque una introspección tan intensa puede convertirse en una enfermedad, en una droga poderosa. Hay momentos, sin embargo, cuando se me ocurre pensar que Julia aprovechó la oportunidad que le proporcionaba nuestro matrimonio para escapar a las exigencias de su propia naturaleza, que bien conocía, y a veces (creo) temía. Como toda persona que experimentaba un fuerte impulso hacia la disipación, una nostalgia de todo lo que es bajo y sucio en la existencia humana, Julia estaba atormentada por dos inclinaciones opuestas: el sucumbir a esa atracción y el deseo de vivir una vida virtuosa, deseo ciertamente intermitente pero no menos fuerte por estar frecuentemente en suspenso.
Buscaba con avidez los muchos y variados placeres de los sentidos, encontrando su plena satisfacción en los extremos, pero consciente no obstante de cómo su degradación disminuía la intensidad de la respuesta que recibía. En sus mejores momentos se me aparecía como una divina criatura de la naturaleza, espontánea, generosa, dispensando y aumentando el placer. No obstante había siempre una desesperación en su felicidad,
como si persiguiera ese placer para huir de una visión de soledad. Llenaba su vida de sensaciones a fin de no verse obligada a contemplar una visión de insignificancia. No pudiendo encontrar un firme apoyo en la experiencia, sentía una aguda y constante inquietud de que nada tenía importancia.
—Vivimos, morimos, y esto es todo —solía decir—. ¿Qué otra razón puede haber para vivir sino el prolongar e intensificar el placer...? —Pero cuando hablaba así me parecía ver en torno a ella una oscura neblina, que helaba la sangre y oscurecía el futuro.
Me acompañó, como sugirió Pisón, a los ejércitos en campaña.
Disfrutaba de la vida del campamento y nunca se quejó de cansancio en las largas marchas. Los soldados y los oficiales la adoraban, admiraban su buen humor y lo dispuesta que estaba a tomar a broma las incomodidades y los accidentes inseparables de la vida militar.
Me di cuenta de que mi propia popularidad —nunca grande porque siempre he sabido que yo ganaba respeto más que afecto— aumentó gracias a ella. Con gran sorpresa mía, vi cómo la viuda de Agripa estaba más a gusto en campaña de lo que lo había estado la hija de Agripa; porque la inevitable brutalidad de la vida militar había causado horror y repugnancia a la reservada y tímida manera de ser de Vipsania. Hasta cierto punto Julia compartía estos sentimientos, pero mientras que Vipsania huía de todo lo que en la vida militar le desagradaba, Julia se manifestaba abiertamente en contra de lo que le parecían castigos excesivamente severos. Una vez la encontré untando una pomada refrescante en la espalda de un soldado a quien se había azotado por contravenir la disciplina. La debía haber reprendido por una acción que ponía en duda la justicia del castigo infligido a este hombre, pero no pude hacerlo ni siquiera cuando el centurión que había azotado al hombre presentó una queja.
En otros aspectos, los primeros años de nuestro matrimonio no fueron tan satisfactorios. Hasta en la intimidad de estos recuerdos me cuesta trabajo hablar de los más íntimos detalles de nuestra alcoba conyugal. No me parece bien el hacerlo. Pero por otra parte, es imposible decir la verdad acerca de un matrimonio si uno se niega a hablar de esto, e imposible también enfrentarse a esa misma verdad. Por añadidura, no se puede pensar en ningún matrimonio, como por ejemplo el de Livia y Augusto, sin preguntarse lo que ocurre en el lecho.
Julia no encontró nunca la menor dificultad en excitarme; no obstante, después de haberlo logrado al máximo, despertando en mí un intenso ardor,
yo permanecía tímido, o tal vez temeroso de comparaciones. Me parecía imposible creer que yo pudiera satisfacerla. Coqueteaba con los jóvenes oficiales de mi personal y, mirando cómo les sonreía y se reía a carcajadas de sus estúpidas bromas de muchachos imberbes, sabía que le proporcionaban una alegría que yo no podía emular. Estoy seguro de que las cosas no iban más allá de ese coqueteo, aunque era evidente que algunos de estos muchachos estaban locamente enamorados de ella. A Julia le gustaba dejar las cosas así; la admiración de estos jóvenes le proporcionaba un intenso placer. Los inviernos íbamos a la costa de Dalmacia y fue allí donde concibió a nuestro hijo.
Algo extraño me ocurrió después del nacimiento de nuestro hijo. Me enamoré de mi mujer. Al principio no quería ni siquiera admitírmelo a mí mismo. Me parecía algo desleal a la memoria de Vipsania. Pero ocurrió y creo que empezó cuando vi a Julia echada en el lecho, con su cabellera extendida sobre la almohada, como un abanico, y con nuestro hijo en sus brazos. Nunca había pensado en Julia como en una mujer maternal —su actitud hacia los dos muchachos, Cayo y Lucio, era brusca y algo escéptica
—, no estaba de acuerdo con el concepto que tenía de sus cualidades el abuelo de los niños. Pero arrullaba dulcemente al pequeño Tiberio (como había insistido en que lo llamáramos) y yo, al verlos a los dos, pensé: «Esto es mío, esta mujer es también mía, el objeto de deseo más codiciado en la ciudad de Roma es mío, mío y solamente mío», y mi corazón rebosaba de amor. Me arrodillé junto a su cama, cogí su mano y la cubrí de besos. La cogí en mis brazos y la abracé con una tierna confianza y un ardiente deseo que nunca había sentido antes, ni siquiera hacia Vipsania. Yo me sentí aquella noche y durante meses después un príncipe entre los hombres.
Y Julia respondía. Eso fue lo más extraordinario. Estuvimos, durante un breve espacio de tiempo, absortos y perdidos el uno en el otro, lo mismo que en las montañas las nubes pueden de repente y sin previo aviso desaparecer de las cimas, dejando al caminante bañado en una luz dorada y vivificante.
Julia me dijo:
—Por primera vez, viejo oso, siento que estoy viviendo la vida que debo vivir. No te puedes imaginar la frustración que he tenido que soportar.
Toda mi mala conducta es el resultado de esa frustración, y del aburrimiento. ¡Oh, qué aburrida me he sentido! Se me obligó a que me casara con Marcelo, después con Agripa, sí, ya sé que tú le admirabas, pero
¡puedes considerarte dichoso de que no tuviste que ser su fiel esposa! Mi padre se sorprende de que yo no ame a Cayo y a Lucio como los ama él y se sentirá muy celoso cuando vea cómo adoro al pequeño Tiberio. Mi padre no lo entiende: es porque ese hombre era su padre y no puedo mirarlos sin oír el eco de su voz, esa voz monótona, una y otra vez... Tal vez te ame a ti porque hablas tan poco, viejo oso... Lo único que he deseado en la vida es pasarlo bien y mi padre ha tratado de erradicar de lo más profundo de mi ser este deseo.
Solía hablar así, tendida desnuda en nuestra cama, y de repente a lo mejor estiraba una de sus largas piernas y con una flexibilidad que a mí me parecía deliciosa, se pintaba las uñas del pie de color rosa nacarado, con un delicado pincel. O descansaba, cálida y húmeda y relajada y feliz, en mis brazos, con su cabello haciéndome cosquillas en los labios y en la mejilla, y se quedaba profundamente dormida. Y yo me preguntaba si la vida podía tener más que ofrecer que permanecer extendido así, con la confiada y satisfecha prueba de mi virilidad amorosamente estrechada entre mis brazos y sumida en un tranquilo sueño. ¿Puede haber algo semejante a esta sensación de descender a las arenas del olvido con la mujer que uno ama en los brazos?
Al escribir estas líneas siento renacer mi deseo y después el remordimiento y la desdicha invaden las defensas que con tanto trabajo he construido.
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