Tiberio

Allan Massie · Capítulo 23 de 25

Páginas del PDF

Tiberio

Capítulo 9

Salí de Roma a los sesenta y nueve años. Espero no volver a ver la ciudad. Se había hecho fea para mí. No podía asistir a las reuniones del Senado sin sentir náuseas, ocasionadas por el hecho de que me daba cuenta de la progresiva degeneración de aquel organismo del estado. Un día pasado allí, no, una mañana bastaba, me dejaba oprimido por una intolerable pesadez, una lasitud, la sensación de que había perdido todo sentido de la libertad, de que se habían apoderado de mí dolorosos calambres que me inutilizaban hasta casi paralizarme. El olor del lugar me producía asco; era el olor de la descomposición. Me sofocaban las palabras. En toda conversación, reflexioné, hay un grano de desprecio. Sea lo que sea lo que podamos describir con palabras, hemos ido ya más allá de ello. La lengua, hasta la lengua de los poetas en el mundo moderno, sirve sólo para lo que es ordinario, mediocre, comunicable. Sentí un profundo deseo de escapar de todo eso y, al hacerlo, reanudar la busca que había abandonado ya hacía mucho tiempo, de algo más allá de la mera existencia, algo que justificara el tedio de ella.

El valor de algo no consiste en lo que uno logra por ello, sino en lo que uno paga por ello, lo que nos cuesta. El hecho de asumir la autoridad imperial me costó a mí la felicidad, incluso el respeto de mí mismo, porque en los cambios y maniobras necesarias para mantener mi autoridad, yo dejé a un lado la conciencia de mi propia valía personal. Yo me había convertido en el esclavo el legado de Augusto. Tal vez ahora, en la vejez, logre la libertad.

Me retiré a Capri. ¿Por qué esa isla? Porque me gustaba.

¿Simplemente eso? Porque podía afincarme allí como en mi morada sin la agonía de la introspección y la justificación de mí mismo. Por el color del mar. A Sejano le pareció bien mi elección. Dijo:

—Estaréis bien allí y sin peligro. Hay solamente un desembarcadero.

Informé al Senado que me comunicaría por carta y que consideraran a Sejano como mi portavoz. Pero no fui tan precipitado como para concederle el maius imperium, que solamente poseía yo. No quería poner esa tentación

ante él ni hacerle objeto de la envidia de los demás. Echó la cabeza hacia atrás y se rió cuando le expliqué mis razones.

—¿Puede sorprenderle a nadie —preguntó— que yo os haya servido tanto tiempo y con tanto gusto?

—Vos, viejo zorro —dijo después.

Yo confiaba en Sejano pero no encontraba ya ningún placer en su compañía. Ésa fue otra de las razones para mi salida de Roma. Su presencia ya no me estimulaba. Era un hombre maduro que estaba empezando a perder el pelo, con tendencia a la obesidad y dominado por la ambición, un hombre calculador, sin esa alegre aceptación de la vida que tanto me había deleitado. Le di un abrazo al embarcarme y me dije: «Se acabó, ya no necesito a Sejano, excepto en el sentido político». Pero ahí, gracias a mi abdicación, lo necesitaba más que nunca.

Augusto me había dejado una villa que ocupé inmediatamente. Pero emprendí la construcción de una nueva, conforme a mi propio gusto, un poco más arriba en la montaña.

—¿Por qué habéis venido aquí? —me preguntó Segismundo—. ¿Es el descanso lo que buscáis, señor?

—No —dije, aunque deseaba con toda mi alma el descanso—, es la belleza. A fin de cuentas sólo la belleza ofrece consuelo. El único descanso hay que encontrarlo en la experiencia de la belleza. No digo

«contemplación», porque la contemplación es pasiva. La experiencia de la belleza debe ser activa.

El pobre muchacho me miró y movió la cabeza.

Invité a algunos viejos amigos a que me acompañaran: Marco Coceyo Nerva, un ex cónsul; Curtio Ático, el distinguido caballero, y mi filósofo matemático, Trasilo. Me llevé también al liberto griego Felipe y por supuesto a Segismundo. Era una familia pequeña y de tal índole que estaba seguro de que no me cansarían con inoportunas demandas. No valía la pena ir a decir adiós a mi madre; ya no reconocía a nadie, sino que permanecía sentada, quejándose y pidiendo a sollozos la muerte. Yo supliqué también que fuera pronto liberada, y de hecho esto ocurrió a los seis meses de mi marcha.

Aquellos primeros meses fueron los más felices que había conocido desde que salí de Rodas. El aire del mar me permitía respirar con más facilidad, y por la mañana, antes de que el calor del día me obligara a ceder mi terraza a los lagartos, me sentía diez años más joven. Pero lo mejor de

todo era el saber que era libre. Por supuesto estaba aún obligado a ocuparme de mis asuntos oficiales. No pasaba un solo día que no exigiera el que yo tomara veinte decisiones en relación con el bienestar del Imperio, o que escribiera veinte cartas. Pero podía hacerlo con calma, sin esa agitación de espíritu que tanto me había afligido en Roma, sin el apremiante conocimiento de la codiciosa e indigna humanidad, sin el temor de que no estaba haciendo nada más que apuntalar una barrera contra la corrupción de la edad; porque, por extraño que parezca, toda esa sensación de opresión y de inquietud desaparecieron. Otros se dieron cuenta de mi inusitado contento.

—Es como si el mundo se detuviera a la orilla del mar —dijo Ático—, y sin embargo siento que el mundo está esperando una gran señal, como si hubiéramos llegado a un momento de la historia lleno de posibilidades.

—Esto es tan cierto ahora como en cualquier momento de la historia de nuestro pueblo —contesté yo.

Por la tarde, antes de la puesta del sol, hacía que me llevaran en una barca de remos hacia la bahía. Yo fijaba la mirada en aquellas rocas donde el tío político de Felipe había encontrado a su amante la sirena. Pero las rocas estaban desiertas y no había música en mis oídos. No obstante yo sabia que en algún lugar descansaban las sirenas, manteniendo y guardando promesas de absoluta felicidad.

Un día se levantó viento y la barca no pudo dar la vuelta en torno a un promontorio. Nos vimos forzados a regresar hacia la costa. Un claro se abría frente a nosotros y nuestro timonel se dirigió hacia él. Por un instante mi guardaespaldas se puso la mano en la empuñadura de la espada, pero yo sonreí y le dije que no había peligro.

—¿Adónde vamos? —pregunté.

—Voy a enseñarle a César una de las maravillas de la isla —dijo el timonel, y guió la barquita bajo una repisa de roca, hacia dentro de una cueva. Súbitamente el mundo y la luz del día desaparecieron, y nos encontramos en un crepúsculo que era intensamente azul. El agua chapoteba contra la barca lanzando destellos de intenso color azul, veteados de rayas color violeta. Las paredes brillaban en un color azul, y las burbujas del agua relucían más oscuras que cualquier cielo o mar, que permanecía azul, con destellos de color rojo rubí y esmeralda. La barca se detuvo en medio del agua violeta, que era tan tranquila como la de un lago en el

verano. Había un profundo silencio. La brisa de la libertad de inquietudes temporales sopló sobre mí. «Esto es la paz», pensé.

Suspiré al dejar este lugar de encanto, pero cuando volvimos al mundo de los hombres y vi cerca del desembarcadero muchachos bronceados, desnudos hasta la cintura, con las túnicas recogidas, caminar con el agua hasta los muslos para sacar redes llenas de peces a la orilla, y oí los gritos de aliento de sus jóvenes admiradoras, y vi orgullo en los ojos de sus madres, yo mismo me entregué por un corto espacio de tiempo a la ilusión de que la vida es buena.

Pero es una ilusión. Como máximo, la vida tiene buenos momentos.

Pero la atmósfera de Capri curó mi dolor y mi aflicción, como ninguna otra cosa lo había hecho desde que mi matrimonio con Vipsania se vio truncado por obra de la política.

Otra tarde, pidiendo a mis acompañantes que me dejaran solo, subí a la colina detrás de mi villa. Un estrecho callejón conducía a un templete. Las paredes de éste estaban cubiertas con hiedra y madreselvas salvajes y, conforme me aproximaba, una lechuza salió, en vuelo silencioso, de una columna rota, y voló hacia una alameda de cipreses. El sol calentaba aún mucho y, cansado del esfuerzo de la subida, descansé allí, apoyando mi espalda contra las paredes del templo y observando cómo los lagartos se movían de un lado para otro. Abajo, en la distancia, el mar murmuraba, y no había viento. Pinzones gorjeaban entre los cercanos pinos y el traqueteo de los grillos era el único otro sonido que interrumpía la tranquilidad. Creo que me quedé dormido.

Un muchacho estaba de pie delante de mí, con sus doradas piernas moldeadas como una delicada escultura. Llevaba flores prendidas en su negro cabello y su frente era lisa y suave como la de alguien a quien no han perturbado los sueños, o cuyos sueños son siempre placenteros. Me di cuenta de que no podía hablar.

—¿Qué haces aquí? —preguntó.

Al no contestarle yo, tocó mis labios con una varita que llevaba, y volvió a hacerme la misma pregunta.

—Los hombres, generalmente, no se atreven a hacerme una pregunta así —dije.

Él se sonrió.

—Ah, los hombres —dijo—. Los hombres mortales.

—¿Eres tú inmortal cuando hablas de los hombres y de la muerte con tanta ligereza?

—No, ¿por qué piensas en eso?

Volvió a sonreír.

—¿Qué estás buscando? —dijo.

—El olvido.

—De eso no es posible disfrutar en tu vida.

—La paz, entonces. Y la experiencia de la belleza.

—No eres modesto en tus ambiciones.

—¿Quién eres tú —pregunté—, que hablas con tanta seguridad a pesar de ser tan joven?

—Yo soy joven porque he elegido aparecerme a ti así, porque he decidido no envejecer. Yo soy el genio de este lugar y estoy aquí porque tú me has mandado llamar.

—¿He hecho yo eso?

—Ciertamente.

—Y ¿eres capaz de otorgarme lo que deseo?

—Sólo si estás dispuesto a pagar el precio.

—¿Es que hay un precio? —pregunté—. Naturalmente debe haber un precio. Pues bien, hermoso joven, dime cuál es...

—Es un precio que muy pocos estarían dispuestos a pagar. Pero como sé que tu aflicción es grande, te haré un ofrecimiento.

Su boca, que tenía la forma de un arco, se curvó en un gesto de burla en el que, no obstante, noté una comprensión como no la había conocido nunca y que deseaba profundamente.

—Esta hermosa isla —dijo— es tuya para tu consuelo. ¿No es eso bastante, sin haber averiguado lo que pido por ello y sin haberlo aceptado tú?

—Dime qué es.

—Muy bien: puedes disfrutar de tanta belleza, paz y olvido como esté al alcance de tus medios, si accedes a dejar que tu nombre esté marcado por la infamia para siempre jamás...

—¿Tanta belleza, paz y olvido como esté a mi alcance? ¿Y cuánto es eso?

—No tanto como desearías, más de lo que podrías conseguir sin mi ayuda.

—¿Y mi nombre infame?

—Se te considerará un monstruo, un asesino, un bruto, un sátiro, una bestia deificada...

—Y ¿si digo que no?

—Entonces no me volverás a ver. Me marcharé y te dejaré con tus pesadillas, tus temores y recuerdos...

Sonrió, con una sonrisa radiante, maliciosa, como si fuera el Dios del Amor.

—Bien —dijo—, aceptas mi pacto...

—No he dicho que lo aceptara...

—Las palabras no son necesarias...

La lechuza emitió un chillido. Se dice que el ave de Minerva vuela sólo por la noche; y entonces vi que la luna estaba en el firmamento, una luna delgada y joven, como un cuerno de oro. Yo estaba solo y conocía el frío de la soledad.

Así que sellé el pacto, un pacto que me desacreditará a los ojos de mis antepasados y que hará que mis descendientes, si me sobreviven por mucho tiempo, se ruboricen al recordar mi nombre. Y lo he hecho así por una promesa de la que no puedo volverme atrás, en la cual en realidad no creo, porque no puedo suponer la existencia de un poder que pueda tranquilizar mi memoria. Por último, las circunstancias de mi pacto me dejan perplejo: es posible que viera al joven sólo en un sueño. Pero ¿quién sería tan atrevido como para negar que lo que experimentamos en un sueño pueda no ser la auténtica realidad? Hay filósofos que afirman que soñamos esta vida.

Es ciertamente, en determinados momentos, tan vívida como un sueño.

Tal vez pueda escapar al pasado; no puedo escapar al presente. Todos los emisarios me traen noticias de depravaciones y conspiraciones en Roma.

Agripina, olvidando su súplica y mi promesa, había vuelto a hacer circular una cadena de invectivas y murmuraciones contra mí; repitió la vieja y falsa acusación de que yo había estado implicado en la muerte de Germánico.

Sejano me informó de que los agentes de ella eran activos entre las filas del ejército. «Me temo lo que están conspirando —dijo—. Permitidme, os lo ruego, que tome las necesarias medidas preventivas.» Pero yo me negué.

Entonces vino a la isla para que yo me enfrentara con su evidencia.

—No me he atrevido a confiarle esto a un mensajero —me dijo—, porque en la actual atmósfera de sospecha y traición, no conocía a ninguno en quien pudiera absolutamente confiar. El hecho es, Tiberio, que esa mujer y su hijo han corrompido de tal manera a las legiones que va a ser necesaria

una rigurosa investigación antes de que podamos saber quiénes son dignos de confianza. Y he de deciros también que hasta una investigación así puede no ser totalmente fidedigna, porque uno tiene que confiar también en los que llevan a cabo la investigación, que pueden ser también indignos de nuestra confianza. ¿Entendéis la magnitud del cenagal por el que tengo que vadear?

—Has dicho su hijo. ¿Cuál de sus hijos?

—Nerón.

—Nerón. Sentiría tener que creer en su culpabilidad. Es un muchacho a quien he colmado de atenciones.

—No obstante se le ha oído decir que ya es hora de que se muera el viejo. Os repito sus exactas palabras.

—No me parecen tan terribles. Yo he pensado a veces lo mismo.

—César —dijo—, me parece que no entendéis.

Se reclinó en la silla, dio unas palmadas y mandó a un esclavo que trajera vino. Había estado acostumbrado hacía ya mucho tiempo a tomarse tales libertades en mi presencia, y a mí eso me había gustado. Pero ahora, por primera vez, me parecía presuntuoso y atrevido; sin embargo conocía la profundidad de su lealtad hacia mí. Esperó en silencio la llegada del vino, tomó una copa y se enjugó los labios. El sudor brillaba en su frente.

—Debéis escucharme —dijo—. Sé que no queréis hacerlo, pero tenéis que hacerlo o, si no, los dos somos hombres muertos y Roma está en un estado de caos. Sois el heredero de Augusto, me lo habéis dicho muy a menudo y, pensarais lo que pensaseis de él en secreto, siempre le habéis reconocido un gran triunfo: el que terminó las guerras civiles. ¿Queréis que empiecen otra vez?

Entonces puso en orden los hechos o la información que tenía. No era simplemente cuestión de que se hablara de sediciones, aunque eso era en sí bastante de temer. Pero Agripina había estado dando banquetes a los que asistían senadores de los que se decía que no estaban en buenas relaciones con ella y, lo que es peor, ella y Nerón habían estado haciendo planes para salir medio a escondidas de Roma y unirse a las legiones en Germania, donde se veneraba de un modo especial la memoria de Germánico.

Entonces sería, dijo Sejano, como César cruzando el Rubicón y entrando en Italia. Con las lesiones germanas respaldándolos, podía entrar en la capital y dictar órdenes.

—Estamos tan cerca de una guerra civil como estos hechos indican.

Yo dudé.

—Tus agentes —dije—. Ya sabes cómo desconfío del espionaje, porque los agentes tienen la costumbre de decir a sus amos lo que creen que les agradará oír.

—Eso es verdad, pero tengo dos agentes cuyas pruebas son, creo que estaréis en esto de acuerdo, incontrovertibles.

—Si eso es así, entonces... ¿quiénes son?

—El primero es Druso.

—¿Druso? ¿Qué interés puede tener en dar informes contra su madre y su hermano?

Sejano sonrió, como un gato gigante jugando con un ratón.

—Tiene diversas razones. Una, está celoso, porque Nerón es el mayor.

Dos, odia a su hermano y le repugna su comportamiento vicioso. Nuestro Druso es un sabelotodo de mucho cuidado, no lo olvidéis. Tercera, es ambicioso. Espera que, si se quita a Nerón de encima, él será vuestro sucesor.

—Preferiría que me sucediera un cerdo antes que Druso. Creo que su informe es sospechoso, Sejano, porque está fundado en la enemistad y armoniza demasiado bien con lo que él cree son sus propios intereses.

—Tal vez lo sea así. Y podría ser sospechoso si no hubiera sido corroborado.

—¿Por quién?

—Por su cuñada, Livia Julia, la esposa del joven Nerón. Su marido no la ama, como era de esperar, pero están en relaciones amistosas. Tal vez deba decir que están en relaciones amistosas por instrucciones mías, transmitidas a su vez a través de mi querida Julia Livila, la madre de la joven. Se dio cuenta muy pronto de que la pequeña Livy estaba asqueada por el hecho de que su marido prefería a los hombres, y consideró esto como un insulto a sus propios encantos. Y ¿qué muchacha no tendría esos sentimientos? Pero ella tiene el sentido común y el dominio de si misma para no demostrarlos, y el tal Nerón es un bocazas, con menos idea de los que es la seguridad personal que un palomino. Livia Julia está enterada de sus tratados con el ejército germano, y todo lo que sabe se lo cuenta a su madre, que me lo cuenta a mí. Así que ya veis, César, que esta vez no es cuestión de delatores pagados. Y no olvidéis que aunque retiramos la acusación de veneno contra la amiga de Agripina, Claudia Pulcra, yo siempre he dicho que eso era una equivocación. No os podéis hacer una

idea de qué alivio es para mí teneros aquí en esta isla, pero aun aquí es posible que no estéis totalmente a salvo.

—¿Por qué he de preocuparme de la seguridad si lo que deseo es la muerte?

—Habéis estado haciendo esa pregunta desde hace veinte años. La respuesta es todavía la misma. Porque os importa Roma.

—Un agujero pestilente.

—De acuerdo, y es lo que creéis vos. Pero he aquí una idea. No queréis pasar a la historia como el hombre en cuyas manos se deshizo el Imperio. Y los imperios son frágiles. Pensad en cómo el de Alejandro se disolvió tan sólo unos años después de su muerte. No queréis que los historiadores escriban que Tiberio, debido a una débil indiferencia y a una falta de resolución que se apoderó de él en la vejez y corrompió su capacidad de juzgar a hombres y acontecimientos, permitió que el Imperio que había heredado de Augusto fuera destruido en una guerra civil y en rivalidades intestinas. Mejor atacar ahora para impedir el desastre. A veces es necesario ser brutal para ser bueno...

Pero yo dudé. Oía el ruido de las olas lamiendo las rocas y veía la luna reflejarse en el agua. Se había puesto en tela de juicio mi capacidad para juzgar; pero yo aún recordaba cómo el joven Nerón me había abrazado después de la muerte de mi hijo y me había dicho que deseaba que yo pudiera llorar, por mi propio bien. Su emoción me había resultado embarazosa, pero no podía creer que un muchacho capaz de tanta compasión fuera también capaz de estar planeando mi muerte.

—Vamos primero a comer —dije.

Sejano se acomodó en su diván, y rompió una pinza de cangrejo.

—Bueno, hay que recordar —comentó— que el joven Nerón es un hipócrita consumado.

Al final, llegamos a una solución intermedia. Lo hice así porque no podía ni creer los informes que Sejano me había traído, ni rechazarlos. Así que le mandé de vuelta a Roma con una carta para el Senado en la cual me quejaba, en frases cautelosas y términos oscuros, de las sediciosas implicaciones de la hostilidad de Agripina contra mí; si a una dama de su rango, observé, se le permite hablar con el desenfreno que, según informes, utiliza habitualmente, entonces otras, que no tienen la relación familiar íntima conmigo, se sentirán libres para expresar pensamientos de insubordinación y desobediencia. Pronto toda autoridad sería puesta en

entredicho y, sin autoridad, la República estaría en peligro. No me importaban los insultos dirigidos a mi persona, porque me había acostumbrado hacía mucho a soportarlos. Medio siglo de vida pública me había endurecido contra improperios puramente personales. Pero el Senado me había confiado responsabilidades y yo no podría cumplir de forma adecuada los deberes que se me encomendaban, si mi autoridad era materia de discusión. En cuanto a Nerón, me contenté con llamar la atención del Senado acerca de las consecuencias políticas de su licencioso comportamiento.

Se nos honra solamente si nos comportamos honorablemente, y la honestidad de la vida pública depende de la honestidad de la conducta privada de aquellos a los que el Senado ha otorgado autoridad, así como la de aquellos que los rodean, incluyendo miembros de su propia familia. He tratado, en pasadas ocasiones y en conversación, de persuadir a este joven, por el cual siento un gran afecto, de que se compone de manera más digna.

Dispuse que se casara con mi querida nieta, esperando, al hacerlo, que sus encantos y sus virtudes lograran lo que mis anteriores súplicas no habían logrado. Ahora, con gran aflicción por mi parte, me entero de que la experiencia del matrimonio no le ha hecho alejarse de la práctica del vicio.

Si Nerón se entrega a él a la vista del público, este hecho no puede por menos de acarrearle desprecio y por añadidura ese desprecio puede transferirse a otros miembros de la familia, incluso hasta a mí, y por extensión a vosotros, senadores de Roma, y llevándolo más allá, afectar a toda la estructura de la autoridad legítima. Por lo tanto, os dirijo esta carta con la esperanza de que mi reprimenda legítima, respaldada, como espero lo sea, por la unánime expresión de vuestra natural y apropiada repugnancia, logre lo que mis recomendaciones privadas no han logrado. Todo esto persuadirá a este joven, que posee tantas cualidades y en quien adivino —

dejando aparte el asunto a que me refiero mucha valía natural, a que cambie su forma de vida, deseche los vicios que corrompen su carácter y deslustran su fama, y así viva de una manera más digna de su alcurnia de noble romano y biznieto del Divino Augusto.

Sejano no estaba satisfecho con esta carta. Se quejó de mi moderación, incluso timidez. Me dijo que me destruiría a mí mismo con el instrumento de mi propia benevolencia.

No estoy seguro de cómo se recibió mi carta, porque he obtenido informes contradictorios. Parece ser que sorprendió a los senadores. No

sabían lo que yo quería que ellos hicieran, aunque a mí me parecía que estaba claro. Uno de ellos, Mesalino, se puso en pie para pedir que se condenara a muerte a Agripina y a Nerón, pero no dijo qué acusación podría justificar esta condena. Entonces Julio Rústico, un hombre al que hacía tiempo respetaba y a quien había dado el cargo de levantar acta de la reunión senatorial, trató de calmar a la asamblea arguyendo —

correctamente, como mi informe debía haber puesto en claro— que la emoción no se debía someter a votación. Era inconcebible que yo hubiera querido eliminar a la familia de Germánico. Lo único que se requería del Senado era acusar recibo de la llegada de la carta y de su contenido, con la esperanza de que su mesurada y digna forma de expresión sirviera de pública advertencia a los dos miembros extraviados de la familia imperial.

Eso era todo lo que deseaba el emperador.

Noticias de la carta alarmaron a la multitud. Se congregaron alrededor de la casa del Senado, manifestando a gritos su apoyo en favor de Nerón y Agripina. Esto inquietó aún más a los senadores. Dudo de que la aparición de la multitud fuera espontánea. Se me informó de que algunos de ellos decían que mi carta estaba falsificada: Tiberio no podía favorecer ningún plan para destruir a su propia familia. Si este informe era verdad me parecía a mí que los agentes de alguien habían inculcado esta idea en sus mentes.

Pero ¿de quién? Yo me estaba ya dando cuenta de que mi retiro a Capri había hecho más difícil el que yo supiera lo que estaba pasando. Estaba más que nunca a merced de la información que recibía.

Mi carta no surtió el efecto deseado de persuadir a Agripina o a Nerón de que cambiaran su forma de comportarse. De hecho pudo haber tenido el efecto contrario. En un plazo de menos de un mes de su aparición, Sejano me mandó un mensaje informándome de que habían tenido lugar nuevas comunicaciones entre los dos y las legiones germánicas.

Apareció en Capri sin anunciarse previamente, algo que nunca había hecho.

—La situación —dijo— es crítica.

Era una mañana hermosísima. Me había bañado temprano y estaba desayunando con Segismundo y otros miembros de la familia que había llevado a Capri, cuando se me dio la noticia de que un barco se aproximaba a la isla. Llegadas que no se han anunciado son siempre inquietantes, y Segismundo se esforzó en calmar mis sospechas. Fue un alivio cuando supe

que era Sejano el que iba a bordo. No obstante le reprendí por haberme cogido por sorpresa.

—La situación es crítica —repitió. Habló de manera brusca, sin afabilidad. Se manifestó insensible a la belleza del paisaje y de la mañana

—. No entendéis —dijo—, os negáis a entender el peligro en que nos encontramos. Se están tramando conspiraciones por todas partes. Si queréis que os hable con franqueza, me parece que no puedo confiar en las precauciones de seguridad en vuestra propia casa. Si permito que se conozcan mis movimientos de antemano, se hace más difícil protegeros.

Pensad en qué situación os hallaríais si yo fuera asesinado. Y no hay nada que les gustaría más que esto. Sin mí, estaríais aquí indefenso. Seríais como un prisionero. No sería necesario mataros o ni siquiera arrestaros, aunque por supuesto se desharían de vos tan pronto como pensaran que lo podían hacer impunemente. Y esto no tardaría mucho.

Estaba sentado al sol, sudando. Había hecho marchar a todos mis acompañantes y apostado guardias en la entrada que conducía a la terraza, y más guardias en la antesala por la que se aproximaba uno a la terraza.

—Me he arriesgado saliendo de Roma.

Yo le dije que no comprendía por qué había venido.

Él suspiró. Se levantó y anduvo a zancadas hasta el extremo de la terraza que da a la hermosa bahía que yo estaba seguro no había visto.

Permaneció de pie dándome la espalda mientras el silencio se iba alargando.

Entonces se dio la vuelta, con una expresión ceñuda.

—Puede pasar cualquier cosa mientras estoy fuera —dijo—. He dejado a cargo a hombres de confianza, pero hasta los hombres honrados pueden ser sobornados. Lo que se está fraguando es más que un complot, más que una rebelión. Es una revolución. Agripina invita a cenar a su casa todos los días a diferentes senadores. Las cartas vuelan en ambas direcciones entre ella y las legiones en Germania. He aquí un ejemplo.

La carta que me pasó era evidentemente sediciosa. Pedía al comandante de las legiones de allí mantenerse listo para el día que pronto llegaría: «Tan pronto como actuemos contra el Toro, o estemos preparados para actuar contra él, te lo haré saber. Entiendo naturalmente que no debes comprometerme hasta que estés seguro de que se le ha eliminado».

Sejano echó hacia atrás la cabeza con ese gesto provocativo que yo había amado una vez.

—Yo soy el Toro —dijo.

—¿Y esto es auténtico?

—Sí.

—¿Estás seguro?

—Sí.

Cuatro semanas antes, uno de los libertos más leales a Agripina había salido de la casa disfrazado de comerciante egipcio en piedras preciosas. Se había escapado del agente de Sejano en Ostia, pero el agente descubrió que se había embarcado rumbo a Marsella. Se enviaron mensajes al gobernador de la ciudad para que interceptara la huida del comerciante pero habían llegado con retraso y el hombre de Agripina había logrado salir de la ciudad. Se mandó una tropa de caballería detrás de él y se le había detenido en la puerta Augusta de Lyon. Llevaba encima la carta. No tenía escrita ninguna dirección pero se había interrogado al liberto y, bajo tortura, había revelado el nombre del destinatario.

Sejano dijo:

—No es probable que Agripina actúe hasta que haya tenido un acuse de recibo, pero, si éste no llega, tal vez decida moverse por temor de que se haya descubierto todo. No se atreverá a dirigirse directamente contra vos en tales circunstancias pero ciertamente actuará contra mí. Como podéis ver, eso no depende de la confirmación de ayuda por parte de las legiones germanas. Aquí tenéis la segunda página de la carta: En lo que al viejo se refiere, habrá suficiente tiempo, una vez que estemos en control de la maquinaria del estado, para decidir su destino. Sé que tienes aún tiernos sentimientos de lealtad, y ésos serán respetados. Por consiguiente puedes decidir, en conversación con mi hijo, que hasta cierto punto comparte tus sentimientos, si se le debe hacer prisionero donde está, o en alguna otra isla menos saludable, como aquella a la que se desterró a mi madre, o si se debe uno deshacer de él de forma más definitiva. Debo decir que, en favor de nuestra seguridad general, yo me inclino por la segunda opción, ya que ¿quién puede saber el número de adictos que tiene todavía o de qué manera puede su supervivencia actuar como un foco de oposición?

Sejano sonrió por primera vez esa mañana. Yo levanté los ojos de la página, como impelido por su sonriente y fija mirada.

—Yo creo que ésta no es su letra.

—No. Ha dictado la carta.

—¿Estaría dispuesta a confiar en un esclavo o liberto en un asunto así?

—Evidentemente, puesto que lo ha hecho. ¿Qué otra persona podría haberla redactado? Estoy de acuerdo con vos en pensar que es una acción imprudente.

—Extrañamente imprudente...

—Imprudente, sí, pero no extrañamente. Yo he sabido siempre que nunca habéis entendido a Agripina. Cree que las reglas normales no tienen nada que ver con ella, y en consecuencia desdeña las precauciones que cualquier persona sensata tomaría. Por añadidura está tan llena del orgullo de su propia popularidad que no puede concebir que uno de los suyos sea capaz de actuar en contra de ella. Además, en este caso, ha tenido razón. No ha sido traicionada...

Su impaciencia y su certeza me inquietaron. En los primeros años de mi carrera militar aprendí a sospechar de cualquier curso de acción que se recomendara con demasiada vehemencia. Cuando quiera que un hombre demuestra excesivo entusiasmo en recomendar una norma de conducta, se puede estar cierto de que algo no funciona en algún aspecto. Sejano estaba acostumbrado a mantenerse alerta a mis cambios de humor; percibió un olorcillo de mis dudas.

—Dudáis —dijo— porque no queréis creer que Agripina pueda desear vuestra muerte aun teniendo suficiente evidencia de que lo ha deseado más que cualquier otra cosa en este mundo. Nunca habéis aceptado el que ella crea realmente que Pisón asesinó a Germánico y que vos instigasteis el crimen. Desde entonces le enloquece la idea de la venganza...

Yo no contesté. Sentí la fuerza de su mirada. Yo había hecho a Sejano porque así lo había deseado y ahora tenía la impresión de que se escapaba de mis manos, de que lograba una fuerza autónoma. Me sentí consciente de mi edad y de las debilidades e indecisiones de la vejez. Miré hacia abajo, hacia el mar. El sol arrancaba reflejos del agua y había niños jugando, con voces alegres, en los bajíos. Sejano seguía la dirección de mi mirada.

—Comprendo que sea una tentación —dijo— imaginaros, en esta isla paradisíaca, que os habéis escapado del mundo.

Se sentó en el muro de la terraza y desmenuzó fragmentos de gravilla entre sus dedos. Un gato se restregaba contra mis piernas y yo me incliné y pasé mi mano por su suave pelusa. Sejano tiró piedrecitas por encima del muro y parecía estar esperando un sonido que nunca llegó.

—Yo no estoy fuera del mundo —continuó—. Estoy en el centro de esta terrible confusión teñida en sangre. Rescatasteis a ese muchacho germano de la arena pero me dejasteis allí a mí para que luchara vuestras batallas. Pues bien, he de haceros una confesión. Tengo miedo. Seguro que nunca creisteis que me ibais a oír reconocerlo. Tengo tanto miedo como el muchacho germano cuando yacía en la arena mientras el mundo se apartaba violentamente de él y le dejaba de cara a la muerte. Tal vez vos sintáis una indiferencia hacia la muerte, Tiberio, y yo la sentiría también si la muerte fuera en el campo de combate. Pero este temor es diferente. Es el terror que os acecha por la noche. Cuando un suplicante se acerca a mí, me pregunto si será el asesino que me han enviado. Trato de tranquilizarme: «Lo han cacheado mis guardias —me digo—. No es posible que esté armado.» Y

entonces me pregunto si los guardias han sido sobornados. Estos son los pensamientos, indignos de un hombre, a los que me ha condenado mi indiscutible lealtad a vuestra persona y a vuestros intereses.

—Muy bien —respondí—, pero yo no quiero que se les condene a muerte... Escribiré en términos apropiados al Senado.

—Ahora —dijo.

Observé cómo el barco en que Sejano navegaba desaparecía poco a poco hasta hacerse invisible. Había rosas en mi terraza, mandé traer vino.

Esperé.

El Senado, cierto ahora de mis intenciones, no pudo por menos de alegrarse al tener que dar la orden de que se arrestara a Agripina y a Nerón.

Se aprobó unánimemente un voto de gracias por mi liberación de una conspiración vil. Algunos espíritus ardientes, creyendo agradarme, pidieron la pena de muerte. Esta vez no se manifestó ninguna multitud alrededor de la casa del Senado. Roma estaba más quieta y silenciosa que una tumba. Se envió a Agripina a la isla de Pandataria, para mantenerla encerrada en la misma villa donde su madre, mi pobre Julia, había vivido. A Nerón se le mantuvo prisionero en la isla de Pontia, donde habían languidecido varios de los amantes de Julia. Le di las gracias al Senado por la forma en que llevaban a cabo la protección de mi propia persona y elogié ante ellos a Sejano llamándole «el compañero de mis fatigas». Cuando me volvió a

escribir reiterando su petición de que le dejara casarse con mi nuera, Julia Livila, no puse la menor objeción. Que haga lo que le plazca, si esto place aún a la dama. Le pedí solamente que continuara ocupándose de los hijos que había tenido con Apicata.

Semanas después de la detención de su madre, Druso me visitó en Capri. Yo no le había invitado porque me desagradaba el pensamiento de que a este joven, que había hecho todo lo posible para lograr la destrucción de su hermano Nerón, lo vieran muchos como su evidente heredero. Exigió alabanza por su lealtad y solicitó una recompensa. Había llegado ya la hora de que se le pusiera al frente de un ejército, dijo. Yo repliqué que confiaba el mando de un ejército a soldados con experiencia y que merecieran mi confianza, no a muchachos ignorantes. Se ruborizó.

—Es más —dije—, encuentro las expresiones de lealtad hacia mí menos sorprendentes que la indiferencia hacia el destino de tu madre.

Donde los afectos naturales se marchitan, es difícil confiar en nobles sentimientos.

«Habéis hecho un enemigo de ese muchacho —escribió Sejano—.

Regresó a Roma inspirado por la malicia contra vuestra persona.»

No lo pude evitar. Vi en Druso ese feroz y astuto servilismo que ha sido la ruina de Roma. Hoy son los idus de marzo, el aniversario del asesinato de César. Por supuesto, le precedió con mucho la corrupción de la virtud y esto fue un vano intento de purificarla. Marco Bruto, al menos, un hombre que ganó la admiración de todos los que se oponían a sus actos, vio ciertamente el asesinato como un acto necesario de limpieza. Se me contó que miró al cadáver mutilado de César y murmuró: «Necesidad cruel».

Hubo una excepción al beneplácito general que Bruto recibió: mi padrastro siempre lo describía como presumido, tonto e ingrato; definía la conspiración contra César como «un loco sueño de ambiciosos defraudados, al que Bruto, que carecía de conocimiento alguno de cómo había cambiado la República desde las Guerras Púnicas, le dio una falsa respetabilidad».

Augusto tenía razón. Sin embargo, yo me pregunto a menudo si yo tal vez me hubiera encontrado entre los que se habían erigido en Liberadores.

En algunos momentos estoy seguro de que sí me hubiera encontrado, porque me hubiera parecido la autoridad de una sola persona —una autoridad entonces en su infancia— tan repugnante como..., como la encuentro ahora cuando yo soy esa persona. Pero no obstante, si tengo una cualidad constante, se me debe otorgar la de claridad de juicio. ¿No hubiera

entonces mirado, como lo hago ahora, alrededor del Senado, y no hubiera encontrado allí una generación merecedora de la esclavitud, incapaz de ejercitar el control de las pasiones, del que depende el disfrute de la verdadera libertad?

No es sólo cuestión de moralidad, aunque a la larga todas las cuestiones políticas deben ser juzgadas conforme a ella. Es cuestión de una autoridad firme. Roma ha sido destruida por su propio Imperio; el sino de la República estaba escrito en la conquista de Grecia, Asia, África, Galia e Hispania. Toda mi vida, animada por sentimientos republicanos, ha estado dedicada a hacer imposible el establecimiento de la República. Y es gracias a Bruto y sus amigos como el inevitable principado tuvo su origen en el asesinato y la guerra civil.

He tenido estos pensamientos durante mucho tiempo. Miré a mi alrededor y no vi a ningún otro hombre, que no fuera Sejano, capaz de gobernar el Imperio. Druso era un canalla. Tenía mis dudas acerca de la estabilidad mental de su hermano pequeño, Cayo Calígula. Mi propio nieto Tiberio Gemelo era un muchacho encantador, pero nada en su naturaleza parecía indicar que sería un hombre de carácter. Tal vez la mejor protección para él sería que su madre se casara con Sejano y se le encomendara su cuidado, como Augusto me había encomendado a mí la educación de Cayo y Lucio.

¿Seguramente, pensé, podía confiar en Sejano? La nobleza, celosa de su comparativamente humilde origen, se rebelaría si se le ascendía abiertamente al rango del que Augusto había disfrutado, y yo había tolerado; pero podía ser el poder, por así decir, detrás del trono, el trono de mi nieto. Anuncié que, como había sido durante tanto tiempo el compañero de mis trabajos y fatigas, le iba a honrar haciéndole mi colega en el consulado para el año venidero.

Este anuncio le demostró a Druso que no había sacado nada en limpio por traicionar a su madre y a su hermano. Reunió en torno a sí a un grupo de nobles atolondrados, disolutos y descontentos. Sus conversaciones en la mesa olían a sedición rancia. Esto se me comunicó y yo se lo transferí al Senado, que ordenó la detención de Druso. Pendiente de una investigación completa, se le mantuvo en su casa en forma de arresto domiciliario. Yo di órdenes para que se le vigilara estrictamente y se le prohibiera cualquier forma de compañía.

Agripina, al oír la noticia, inició una huelga de hambre. Se dieron órdenes para que se la obligara a comer. Se resistió. En lucha con sus guardianes, recibió un golpe que le hizo perder la vista del ojo izquierdo.

¿Es el azar el que todo lo gobierna? Recibí una carta de Antonia, la viuda de mi hermano, madre de Germánico, diciendo que esperaba hacerme una visita, tal vez de unos días, mientras estaba de vacaciones en su villa en la bahía de Nápoles. Estaba inclinado a decirle que no, aunque siempre me ha gustado Antonia y la he admirado. Tenía miedo de que viniera para defender la causa de sus nietos Nerón y Druso; no la de su nuera Agripina.

De esto último estaba seguro porque nunca le había tenido el menor afecto.

Hubiera sido embarazoso el tener que aguantar su intercesión a favor de ellos. Así que le escribí una carta diciéndole que no me encontraba bien y que no podía recibir visitas.

Pero no llegué a enviarla. Me distrajo otra carta que recibí. Era de Sejano. Me pedía que le concediera el poder tribunicio, ese cargo republicano que Augusto había utilizado como un mecanismo que le permitiera iniciar y poner el veto a la legislación, y asegurarse de que su persona era sacrosanta, y que él me había otorgado a mí. De hecho yo había estado pensando si no se le debía conceder a Sejano, pero había dudado, porque sabía cómo esta designación estimularía el descontento y la envidia.

Pero yo seguía pensando en ello. Por otra parte, había algo en el tono de la carta de Sejano que me desagradaba, una nota perentoria, como si no tuviera nada más que hacer para que se le concediera que pedirlo. Había una sugerencia entre líneas de que con este poder se vería libre de mi autoridad. No se decía claramente. Tal vez, el mismo Sejano no supiera que estaba allí, pero yo percibí un tufo de arrogancia e impaciencia que me intranquilizaron.

En mi perturbación me sentí invadido de nostalgia. Cuando pensé en Antonia, dejé a un lado mis temores acerca de lo que me pediría. Fui capaz de olvidar el sumidero de la Roma política, con su oficina privada de espionaje, su hedor de conspiración, su atmósfera infestada de sospechas y temores: en su lugar vinieron a mi mente recuerdos de conversaciones bajo los castaños, conversaciones que se alargaban hasta la puesta del sol y abarcaban, de la manera más afectuosa y sincera, el panorama total de la experiencia humana. Al hablar con Antonia, pensé, podría participar en una especie de comunión con mi difunto hermano. Y recordé que en aquellos días lejanos Antonia y yo habíamos estado unidos por la más pura forma de

afecto, la que existe entre un hombre y una mujer cuando sólo sopla la más ligera brisa de deseo sexual —un deseo que por razones imperativas nunca se convertirá en acción: un afecto que flota como una balsa en un lago a la luz del sol de una tarde de verano, que no puede terminar nunca.

Íbamos a tener un día feliz antes de su llegada. Segismundo se había enamorado de una chica de la localidad, una griega llamada Eufrosine, cuyo padre practicaba como médico en Nápoles, pero tenía una pequeña villa en Capri, que se la había regalado Augusto en reconocimiento de ciertos servicios. Habría sido un matrimonio socialmente inadecuado, si no hubiera sido por mi ayuda. Milcíades (el padre) nunca habría accedido a que su adorada hija se casara con alguien tan inapropiado como un liberto germánico, que, por añadidura, había sido un gladiador, si ese liberto no hubiera sido también mi protegido. En lo que a mí se refería, yo estaba encantado con esa unión. Eufrosine era una muchacha encantadora, de ojos negros y abundantes rizos también muy negros, una criatura creada para el placer, pero al mismo tiempo tierna e ingeniosa. Verlos juntos era una justificación del Imperio, porque, ¿qué otra cosa sino Roma misma hubiera podido reunir a estos dos perfectos, pero físicamente opuestos, seres? Su felicidad y el placer que derivaba el uno del otro nos envolvían a todos. Yo di mi bendición al matrimonio, pidiendo solamente a cambio que permanecieran en mi casa.

Antonia llegó temprano, mientras estábamos aún celebrando. Tenía el cabello blanco, pero conservaba esa serena belleza que había heredado de Octavia, su madre.

—Tienes que perdonarme —dijo—, nunca me atengo exactamente a mis planes por razones que te explicaré más adelante. Mientras tanto, Tiberio, ¡qué placer es verte de nuevo y con un aspecto tan bueno y tan feliz!

—Has llegado en medio de una ocasión también feliz —dije—, y tu llegada, Antonia, aumenta esa felicidad.

—¡Ah! —dijo—, ¡si Roma pudiera verte en este momento tan inocentemente ocupado en tu papel de, digamos, padrino, la gente se avergonzaría de las procaces historias que tanto les gusta contar, una y otra vez!

—Estás corriendo el riesgo de echar a perder mi placer por el solo hecho de mencionar ese lugar.

—Eso es lo último que quisiera hacer —replicó, pero una nube pasó por su rostro—. Es extraño —dijo— el que hayamos logrado continuar siendo amigos.

—Tenemos nuestro amado Druso y muchos recuerdos en común.

—Y sin embargo no puedo ir a ningún sitio sin que se me diga que tú eres el enemigo de la familia.

—Tú y yo no podremos ser nunca enemigos, Antonia. Recuerdo con la más profunda gratitud cómo te negaste a creer los viles rumores acerca de la muerte de Germánico.

—Sabía que eran todas mentiras. Sabía que tú nunca hubieras podido tener parte en la muerte del hijo de tu hermano. Ahora dos de sus nietos están prisioneros por orden tuya.

—Por orden del Senado.

—A petición tuya...

—Si hubieras visto la prueba...

Desvió su mirada y sus ojos grises se llenaron de lágrimas. Una ligera brisa nos trajo susurros del océano. El mármol veteado de azul de la terraza brillaba como un escudo a la luz del mediodía. Estábamos sentados a la sombra, bajo una pérgola de rosas trepadoras.

—He venido un día antes —dijo—, porque he decidido no anunciar con precisión mis movimientos. Más que eso: no me atrevo. Y he traído a Cayo Calígula conmigo porque... —hizo una pausa y me miró a los ojos con una mirada inocente que yo quería soslayar pero de la que no podía escaparme—, porque tengo miedo de lo que pueda pasarle si no está contigo.

Entonces empezó a hablar de Cayo. Era un muchacho insatisfactorio, propenso a cambiar bruscamente de humor, desorganizado, inclinado a repentinos arranques de risa y ataques de mal genio, ambos aparentemente sin motivo justificado. Desgraciadamente el muchacho tenía ramalazos de crueldad (yo le recordaba, como si lo tuviera ante mis ojos, con su pelo color de estopa, desgreñado, como un niño de los barrios bajos, saltando de su asiento en el anfiteatro y gritando: «matadle, matadle» mientras Segismundo yacía desamparado y atemorizado en la arena). No obstante y tal vez precisamente porque era difícil, desmañado y propenso a terrores nerviosos durante la noche, Antonia lo amaba; Agripina, que, después de haberlo maleducado, llegó a detestarle, hacía tiempo que había encomendado el cuidado de este hijo a su abuela, y ella sentía la especial

responsabilidad que las buenas mujeres sienten a menudo por su hijo más difícil. Ahora tenía miedo de lo que pudiera ocurrirle.

Tenía amigos, un año o dos mayores que él en su mayoría, procedentes de buenas familias, pero entregados a la disipación y a las conversaciones violentas. A Antonia no le parecía bien la influencia que pudieran tener en él, pero la causa de su alarma era más profunda.

—No sé cómo decir esto —dijo— sin enojarte.

—Antonia, no me vas a enojar, porque sé que hablas como una buena amiga.

Puso una mano en la mía. Los huesos de la vejez se encontraron en mutua promesa tranquilizadora.

Sospechaba de esos amigos, algunos de los cuales habían aparecido de repente, y tanto más porque había llegado a saber que todas estas charlas subversivas tenían lugar en banquetes en que predominaba la embriaguez.

Así que había empezado a hacer averiguaciones acerca de ellos y se había alarmado al descubrir —dudó al usar la palabra «alarmado»— que dos de ellos habían sido también íntimos de Sejano. «Se los describió como sus protegidos. O en otras ocasiones como sus criaturas.» Y mantenían relaciones con él. Había encargado a alguien que siguiera a uno de ellos varias mañanas después de haber asistido a cenas con Cayo, ya en la propia casa de Antonia, o en la casa de otro miembro del grupo, o en una taberna.

En cada una de estas ocasiones, el individuo en cuestión había ido directamente a casa de Sejano en el Esquilmo, y permanecido allí durante largo tiempo.

—La única consecuencia que puedo sacar es que había ido allí para entregar un informe... Tiberio —dijo—, mi nieto es violento y no sabe cómo controlar su lenguaje. Se deja influir fácilmente, porque no tiene confianza en sí mismo y por consiguiente está expuesto a la adulación. No sería difícil incitarle a que dijera estupideces, como no lo sería incitarle a que tomara parte en estúpidas... conspiraciones. Tengo miedo de lo que le pueda pasar, porque sé que un día, muy pronto, Sejano vendrá con la evidencia, y testigos para corroborarla, de que está mezclado en una sedición. Ésa es la razón por la que quiero meterlo en tu casa.

Permanentemente.

Como yo no contesté, ella preguntó:

—Tiberio, ¿te llegó la prueba contra los hermanos de Cayo, Nerón y Druso, a través de Sejano...?

—Yo tengo confianza en Sejano...

—Donde reina la mayor confianza, allí está también la mayor traición.

Se aclaró la garganta con un ruido cortés de preparación. Cruzó las manos en el regazo y permaneció sentada, muy erguida.

—Nadie más que yo se atreverá a decirte lo que voy a comunicarte ahora. Al entregar tu total confianza a ese hombre, te has aislado a ti mismo. Él ha hecho de ti un misterio en Roma, y siempre se temen los misterios. Tú has hecho de él lo que es, pero ¿estás seguro de que no ha escapado a tu control? Cuando asegura que está actuando en interés tuyo,

¿estás siempre seguro de que no está en realidad poniendo el suyo por delante? Agripina ha sido tu enemiga, ciertamente es una mujer estúpida y amargada, pero ¿estás seguro de que no se hizo que sus hijos aparecieran como enemigos tuyos, gracias a los artilugios y órdenes de ese hombre?

¿Qué razón tienes para creer la prueba que ofrece, cuando yo te puedo mostrar cómo se ha tramado esa prueba?

—Nunca me ha dicho una mentira.

—Nunca te ha dicho una mentira que tú hayas descubierto que lo era.

Mi pobre Tiberio —de nuevo puso su mano sobre la mía—, ésta no es la primera vez que has sido traicionado por el afecto, y confiado más allá del momento en que ha desaparecido la razón para confiar. A ti no te gusta oír lo que te estoy diciendo, pero si esos mismos pensamientos no se te han ocurrido a ti en momentos de duda y no los has puesto a un lado porque los encuentras intolerables, entonces, sin tener en cuenta nuestra vieja, duradera amistad, actuarás en contra de mí. Yo seguiré a las otras mujeres de nuestra familia a una prisión en una isla, y Sejano permanecerá como dueño absoluto del terreno y de tu mente. Pero si te estoy mencionando dudas que tú has tenido ya en lo más profundo de tu corazón, entonces sabrás que no son fantasías vanas e indignas, puesto que hay otra persona que las comparte. Te darás cuenta de que tú eres su víctima en la misma medida en lo que son Nerón y Druso o puede llegar a serlo mi pobre polluelo Cayo Calígula. Si no estás convencido, pídele un informe acerca del muchacho.

Me apuesto cualquier cosa a que, con expresiones de aflicción, te presentará la prueba que considere necesaria para destruirle. ¿No se te ha ocurrido pensar que la persona que ha salido ganando de todas esas supuestas intrigas de mis nietos es precisamente ese hombre: Lucio Elio Sejano?

La noche se echó sobre mí como una manta de niebla húmeda. El sueño no llegó; a lo largo de mis horas de insomnio, temores y dudas me

afligieron, como clavos que un martillo hacía penetrar en mi cerebro. De madrugada, el coro de las aves marinas que volaban en torno a los acantilados se burlaba de la inquietud que me había enrojecido los ojos.

Antes de separarnos Antonia había dicho:

—En Roma la gente habla ahora de ti como de un monstruo, entregado a otros vicios que no tienen nombre pero que todo el mundo está dispuesto a nombrar. Estas historias se divulgan y se creen. En una cena el otro día, alguien hizo la observación de que un día, cuando tomabas parte en un sacrificio, te encaprichaste con el acólito que llevaba la urna con el incienso, y apenas pudiste esperar al final de la ceremonia para sacar al chico del templo y asaltarlo; después le hiciste lo mismo a su hermano, el trompetero sagrado... ¿Quién divulga tales historias?

—El pueblo romano —dije, volviéndome de espaldas para ocultar mis sentimientos—, ha sido siempre procaz.

—Estoy de acuerdo.

—Ese es el tipo de historias que la gente inventa acerca de hombres en puestos de autoridad, y que a los demás les encanta divulgar. Contaron historias así del propio Augusto, aunque nadie que lo conocía las creyó.

—Pero la gente está dispuesta a creerlas de ti. ¿Por qué?

Por un instante sentí la tentación de contarle la visión que había tenido en la ladera de la montaña, y la promesa que el joven divino me había hecho. Pero esa promesa parecía ya un engaño; yo no estaba más cerca de la paz de espíritu que me había ofrecido a cambio de mi reputación. Además, Antonia podría creer que yo estaba sufriendo de las alucinaciones que acompañan a veces a la vejez, como las que afectaron a Livia.

—Tal vez simplemente porque me he retirado aquí —dije.

—Eso es ciertamente una razón para creerlas. Pero hay otra. Cuando oí esa historia por primera vez, decidí averiguar su origen. Se decía que procedía de Quinto Junio Bleso, que es, como sabes, el tío de Sejano. ¿Tú crees que ese hombre, que tiene poca valía personal y es un conocido cobarde, se atrevería a inventar unas historia así, o, si lo hiciera, no se aseguraría de que su sobrino le respaldaba?

—Pero yo no logro comprender cómo puede servirle de provecho a Sejano el poner mi autoridad en peligro de esa manera.

Antonia suspiró.

—Tiberio —dijo—, eres demasiado razonable. Ése ha sido uno de tus defectos. Has adquirido una reputación de doblez simplemente por decir la

verdad. ¿No ves que has considerado a Sejano veraz porque te ha estado mintiendo continuamente? En cuanto a tu pregunta: sí, es provechoso para él que se te considere inestable, caprichoso y cruel, cercano a la locura. De esta manera cualquier hecho vicioso o carente de popularidad se te puede atribuir a ti, mientras que Sejano adquiere la fama de ser el único hombre capaz de controlar tus inclinaciones crueles y violentas. ¿Ves? —concluyó Antonia—, he probado mi propia confianza en tu imperecedera valía personal porque si le hubiera hablado así a un hombre que fuera realmente como os describen, no vería el día de mañana.

—Si has dicho la verdad, Antonia —dije—, ojalá que no lo llegara a ver yo.

No me rendí a sus sospechas en nuestra conversación y luché por no entregarme a ellas en mis horas de insomnio. Si Sejano era falso, entonces la roca sobre la que había construido mi vida, no la certeza de su lealtad, sino más bien mi propia fe en mi capacidad de conocer a los hombres, se desmoronaría. Durante dos días no pude hacer nada que confirmara o rechazara las alegaciones de Antonia. Fingí que estaba aquí simplemente en visita amistosa, pero aproveché también la oportunidad para observar a Cayo Calígula de cerca. Mi escrutinio no consiguió tranquilizarme. Aparte de cualquier otro defecto, el muchacho era evidentemente una persona con la que no se podía contar. Era capaz de discutir con vehemencia un punto determinado, y horas más tarde, en la comida siguiente, por ejemplo, afirmar lo contrario, sin darse cuenta de ninguna contradicción. Por ejemplo, durante la comida citaba a Homero haciendo la observación de que «no había nada en este mundo más perfecto que el verso homérico o un héroe homérico» y en la cena afirmaba que lo mejor que había hecho Platón fue su decisión de excluir a Homero de La República porque, como lo expresó el muchacho, «los poetas son mentirosos que nos dicen que la vida es noble».

Tal vez no lo sea, pero es mejor que los hombres jóvenes crean que lo es, y Cayo era muy joven, sólo diecinueve años.

Después dijo que nadie debe entrar en el matrimonio en estado de virginidad, para afirmar con un ardor que no era necesario unas horas más tarde que si descubría que su esposa no era virgen la ahogaría con la almohada de la cama matrimonial.

No podía hacer caso omiso de las palabras de Antonia simplemente porque el muchacho tuviera un carácter desagradable (otro aspecto

desagradable de esto era que, a causa de haber sido educado en Roma con un cierto número de príncipes tracios, había absorbido todo tipo de ideas acerca de la dignidad real y de lo que se le debe a la realeza, que yo encontré ofensivas). Escribí a Sejano en términos dictados por la cautela.

Antonia había traído aquí a Cayo de visita, dije, y le agradecería que me mandara, bajo sello, una copia del expediente del muchacho. Había cosas acerca de él que yo encontraba inquietantes, le dije.

El mensajero volvió inmediatamente. Sejano me escribía alarmado al oír que Cayo estaba conmigo. Yo no debía confiar en él. Sentía hostilidad hacia mí y hablaba a menudo de que deseaba mi muerte. Debía tomar precauciones para protegerme de un intento de asesinato.

Citó sus testigos. Eran esos nobles a quienes, según Antonia, él había empleado para que espiaran a Cayo y, según insistía ella, para provocarle a que expresara intenciones desleales. «Estos jóvenes —escribía Sejano— se escandalizaron de tal manera al oír la forma en que hablaba el joven príncipe (como a él le gusta considerarse) que, sin que yo se lo pidiera, vinieron voluntariamente a denunciarle.»

Una vez, de campaña en Iliria, llegué a un pueblo que acababa de sufrir un pequeño temblor de tierra. No había muerto mucha gente, pero el daño físico era aun así asombroso. Recuerdo a una anciana mirando atónita una grieta que había aparecido en el suelo de su choza. Las paredes estaban todavía en pie, el tejado estaba en su sitio, pero había esa grieta, de dos pies de ancho y de una longitud mayor que la de una lanza; sus gallinas y su gallo habían caído en las profundidades de ella. Algunos de los animales habían tal vez perecido ahogados; otros cloqueaban y graznaban con indignación y con un asombro que reproducía exactamente, por así decir, la expresión en el rostro de la anciana. Yo ahora comparto los sentimientos de aquella anciana y de su gallo: la vida había perdido sus cimientos.

Se me ocurrió pensar que estaba más aislado que nunca. Yo era un prisionero, porque me había puesto en manos de Sejano. No había un solo oficial en mi estado mayor a quien él no hubiera nombrado. No podía estar seguro de que mi correspondencia con los gobernadores de las provincias y los jefes del ejército no estuviera sometida a escrutinio por los agentes de Sejano. Ni tampoco podía creer que recibía todas las cartas que se me dirigían; era muy posible que cualquiera que Sejano considerara inadecuada por una u otra razón fuera interceptada y destruida. Casi todo lo que yo

sabía era lo que él quería que supiera, y mi conocimiento del mundo era el suyo.

Él había fomentado todas mis sospechas y yo ahora me encontraba, como resultado de la revelación que Antonia me había hecho, redoblando esas sospechas. Me di cuenta de que no podía estar seguro de nada. Unos meses antes, por ejemplo, había invitado a un viejo amigo, Pomponio Flaco, a quien tiempo atrás había nombrado gobernador de Siria, a pasar unas semanas de su retiro, como invitado mío. No aceptó la invitación. Flaco estaba demasiado enfermo para emprender el viaje. Ahora me pregunto si se recibió la invitación o si se falsificó la respuesta. Mis sospechas podían haber sido injustas en este caso; eso no alteraba el hecho de que las tenía.

Sejano me había enseñado a temer a otras personas. Apenas habíamos tenido una conversación en años recientes en la que él no hubiera mencionado el problema de mi seguridad personal o mencionado los nombres de aquellos que estaban conspirando para asesinarme. Ahora yo había aprendido a temerle a él.

Tenía una sola ventaja. Sejano tenía que seguir creyendo que yo tenía absoluta confianza en él. Era necesario que lo siguiera creyendo. Por consiguiente, le escribí dándole las gracias por precaverme contra Cayo y sus amigos, y por sus continuos esfuerzos en mi favor. «Lo único —dije—

que me permite soportar la ingratitud y la falta de seriedad y sentido del deber en los hombres, es la confianza que he depositado en ti, el único hombre que no me ha traicionado.» En la misma carta le confirmaba el hecho de que sería mi colega en el consulado el año siguiente y le recordaba que había sido parco en la forma de asumir esa dignidad: compartiendo consulados sólo con Germánico y con mi hijo Druso. La implicación era, esperaba yo, bien clara: habían sido mis elegidos, designados sucesores. No tenía necesidad de deletrearle a Sejano la importancia de este honor. Ofrecía también, con indirectas, el poder tribunicio «cuando llegue el momento oportuno». Sentí la tentación de satisfacer su deseo de que se le otorgara esto, con la esperanza de que un regalo así le arroparía en agradecida seguridad de que todo iba bien. Pero dudé, refrenado por un nuevo temor.

Sejano había planeado el aislarme y el controlarme: ¿no sería capaz de decidir, al sentirse protegido por este poder y confiado en su autoridad, que ya no se me necesitaba y por lo tanto se me podía eliminar sin peligro? Así que prometí más de lo que entregué; dejémosle, me decía a mí mismo, que tenga aún algo que pueda recibir de mi mano.

Era necesario reavivar entre los senadores los sentimientos de solidaridad y apoyo hacia mi persona. De acuerdo con este plan, ordené que el juicio de Lucio Arruntio, acusado de traición por los agentes de Sejano, se suspendiera. No había, escribí, suficientes pruebas. Corriendo un riesgo, hice que Segismundo llevara esta carta a Roma y se la entregara al cónsul Memnio en persona. Como Memnio era primo político de Arruntio, confiaba en que obedecería mis instrucciones sin consultar a Sejano. Pero pasé unos días intranquilo hasta que supe que lo había hecho, y aún más hasta que Segismundo volvió sano y salvo a Capri.

He de confesar que yo había dudado antes de confiarle a Segismundo este mensaje. Sentía un amor cálido y tierno por este muchacho, deleitándome en la felicidad de su matrimonio, y naturalmente estaba seguro de que mi confianza en su valía personal estaba bien fundamentada.

Y sin embargo, al mismo tiempo, no podía estar cierto. Me atormentaba pensando en métodos, halagos y amenazas que Sejano pudiera haber utilizado para sobornar al muchacho. Cuando Segismundo regresó, le llamé a mi presencia, en privado, y oí su informe, abrazándole con un calor que procedía del alivio tanto como del afecto.

Escribí a Sejano diciendo que había oído rumores de murmuraciones contra mi autoridad, incluso de conspiraciones contra mi persona, entre los oficiales de la guardia pretoriana. Le agradecería que investigara este asunto y, antes de tomar ninguna decisión, me suministrara los nombres de cualquiera de quien él tuviera razón para sospechar en relación con estas acusaciones. Él replicó que tenía absoluta confianza en casi todos estos oficiales que, me recordaba, él mismo había nombrado después de examinar cuidadosamente sus méritos. No obstante, cualquier cesto puede contener una manzana podrida y él no podía negar la presencia de manzanas así.

Mencionó un número de ellos, el principal de los cuales era un tal Macrón, un calabrés, el tipo de hombre que está descontento con la vida porque ninguna consideración que se le tribute puede estar a la altura de la propia estimación de sus cualidades. Además, añadió, este Macrón había estado asociado primero con Nerón y luego con Cayo. Estaba relacionado con todos esos jóvenes turbulentos que habían incitado a Cayo a que se sintiera descontento y a que iniciara esa actitud desleal en la que había persistido, hasta que mi invitación a Capri le apartó temporalmente de esas malignas influencias.

—Segismundo —dije, e hice una pausa, incapaz de preguntarle si me amaba, si podía confiar en él, si arriesgaría su vida por mí. No forma parte de mi carácter el preguntar esas cosas a las personas; nunca, desde que se me privó de la compañía y el amor de Vipsania.

—Amo —replicó, y aguardó. Sus labios se curvaron en una sonrisa.

—«Amo» no —dije yo—. No llames «amo» a ningún hombre, querido muchacho.

Yo estaba tendido en la cama, débil, como afectado por una fiebre nerviosa. La luz del sol entraba a raudales en mi alcoba. Iluminaba la dorada pelusa de las mejillas del muchacho. Yo sentía ardientes deseos del alivio que me proporcionaría su fuerza, la seguridad de algo que nunca le podría exigir. Di unas palmaditas en la cama y le indiqué que se sentara allí.

—Estáis preocupado —dijo—. Lo he sabido desde hace mucho tiempo. Recordad una cosa: os debo todo lo que poseo, hasta mi vida.

Nunca lo podré olvidar. Haré todo lo que deseéis de mí.

Sus palabras me avergonzaron. Creo que hasta lloré al oírle hablar así.

Ciertamente los ojos se me arrasaron con las fáciles lágrimas de la vejez.

Por un momento no pude ni hablar.

—Es tu vida —le dije— lo que estoy pidiendo otra vez de ti. Pero no hay nadie en quien pueda confiar. ¿Temes a Sejano?

No lo miré cuando hice esta pregunta, así que no sé si su rostro palideció o sus ojos relucieron.

—No —dijo—, le odio, que es diferente.

—¿Le odias?

—Me sedujo utilizando la violencia. Me hizo hacer cosas que me repugnaron. —Segismundo se sonrojó al recordarlo—. Me dijo que si no accedía, él os diría cosas que no eran verdad pero que él os haría creer. Dije que no las creeríais, pero él me aseguró que siempre podía haceros creer lo que él quería que creyerais, incluso cuando vos no queríais. Así que me trató como si fuera una mujer y peor que a una mujer.

Nada podía decir que le consolara. Las cosas permanecen con uno y las palabras no pueden curarlas. Pero mi nueva cólera contra Sejano era más feroz y estaba inflamada o corrompida por celos o por envidia, porque él había hecho algo de lo que yo me había privado. Así que abandoné la prudencia y le dije a Segismundo lo que quería que él hiciera.

Segismundo salió de la isla y se puso en camino hacia Roma. Viajaba solo y disfrazado. Yo le había dado un salvoconducto imperial como

protección pero le dije que no lo usara excepto en circunstancias extremas.

Era mejor que nadie sospechara de su relación conmigo. Le di también mi sortija de sello y le advertí que estaría en peligro si se la encontraban en su persona, porque sería muy fácil acusarle de robo.

Sonrió.

—Me la meteré en el culo —dijo.

Ojalá hubiera podido forzarme a devolverle la sonrisa.

En su ausencia recibí otra carta de Sejano. Rebosaba placer ante los honores con que yo le había distinguido, el más reciente de los cuales era su nombramiento al sacerdocio de los Hermanos de Arval. Dijo que estaba abrumado por el honor que le había conferido al proponerle como el sucesor de Germánico y Druso en el consulado. Insinuaba que la concesión del poder tribunicio haría su satisfacción completa. Habló del deleite que experimentaba en su matrimonio con Julia Livila y del conocimiento de no ser digno de ser miembro de la familia imperial. Después pasó a comunicarme que Nerón había muerto.

El desdichado príncipe sedujo a uno de sus guardianes para que fuera cómplice de su huida de Pontia. Pero los otros guardianes sospecharon la relación entre los dos y me la comunicaron. Yo ordené que se mantuviera una estricta vigilancia, y apresaron a los dos cuando se metían en un barco. Tuvo lugar una lucha en la cual ambos resultaron muertos. Siento tener que informaros de que Nerón manifestó una cobardía lamentable en sus últimos momentos, y murió suplicando que le perdonaran la vida, como una mujer.

La arrogancia de su carta me molestó.

—Parece —le dije a Antonia— que ya no se molesta en hacer que su historia sea coherente.

—Druso será el siguiente —dijo—, y después mi pobre Cayo, a no ser que tú tomes tus medidas...

—¿Qué puedo hacer? —dije, porque no me atrevía a revelar mis planes ni siquiera a Antonia. Tampoco podía esforzarme en decirle que sería superfluo asesinar a Druso.

Si los informes que recibí eran dignos de crédito, sus sufrimientos le habían privado de razón. Insultaba frenéticamente, vociferando inmundicias

con palabras soeces, dirigidas sobre todo a mí, pero también a su madre Agripina, y se negaba a comer.

Cuando Segismundo llegó a la ciudad, se dirigió a una taberna en la Suburra, regentada por un germano de su propia tribu que había sido uno de mis esclavos y a quien yo coloqué en esta ocupación después de veinte años de honrado, aunque desesperadamente estúpido, servicio (no es cierto, dicho sea de paso, que todos los germanos sean estúpidos, algunos son astutos, otros, como Segismundo, indudablemente inteligentes; no obstante, los romanos creen siempre que son estúpidos porque hasta los más inteligentes retienen una ingenuidad que es ajena a nuestra naturaleza.

Procede, creo, de su incapacidad para comprender la complejidad de la vida y a los seres civilizados, y se manifiesta en un soñar despierto que es ciertamente irritante y del cual ni siquiera Segismundo se ha librado).

Segismundo le explicó a Armin, el tabernero, que estaba huyendo de la policía. Sabía que Armín aceptaría esta explicación como razón suficiente para tratar de pasar inadvertido, pero se alarmaría si Segismundo le diera una indicación de la importancia de su misión. A continuación explicó que el asunto se solucionaría si Armin estuviera dispuesto a hacer llegar un mensaje al campamento de la guardia pretoriana. Esto sorprendió a Armin, que no podía comprender por qué un fugitivo de la ley deseaba establecer un contacto así, pero cuando Segismundo dijo que su problema era cuestión de un malentendido, Armin asintió y accedió a buscar un intermediario; malentendidos eran cosas que Armin era capaz de entender. De hecho, su vida había estado llena de malentendidos.

Así que el mensaje se entregó y Segismundo pasó horas de ansiedad mientras esperaba ver si el pez había mordido el anzuelo. Yo le había ordenado que hiciera el mensaje críptico; estaba expresado de tal manera como para sugerir a Macrón que Cayo estaba amenazado de peligro y que, impelido por el terror, le denunciaría a él, a no ser que acudiera en su ayuda.

Yo le dije que lo expresara así porque había siempre —yo estaba seguro—

un germen de verdad en las alegaciones que Sejano había hecho contra aquellos a quienes estaba decidido a destruir, y pensé que Macrón se asustaría. Yo quería que se asustase. No se atrevería a convertirse en mi instrumento, si no estaba asustado.

Llegó a la taberna de noche, receloso, con los ojos pesados, sufriendo todavía de los efectos de la excesiva bebida de la noche anterior. Cuando vio solamente allí a un joven germano, sospechó una trampa y llamó a los

guardias. Pero Segismundo mostró mi sortija. Yo le había advertido que éste podía ser el momento de más peligro, porque Macrón podía negarse a considerar las consecuencias de que esta sortija estuviera en su poder. La primera reacción de Macrón fue, efectivamente, arrestarlo como culpable de robo. Empezó hablando entre dientes de traición.

—Si hablas así —dijo Segismundo—, estás descubriendo tu propio cuello a la espada. Siéntate.

El subprefecto pretorial obedeció.

—Si la hubiera robado —dijo Segismundo—, no sería tan necio como para hacer que tú vinieras aquí, ¿verdad?

Macrón se rascó la cabeza, y dijo que le gustaría beber algo de vino.

—Esta es una casa germana —dijo Segismundo—, puedes tomar una jarra de cerveza.

Entonces le contó que Sejano me había escrito acusándole a él de traición; estaba implicado con Cayo en una conspiración contra mi vida.

Había suficiente verdad en esto para que Macrón empezara a temblar.

—El emperador me ordenó que te informara —dijo Segismundo— que cree menos de la mitad de lo que se le ha dicho. Me ha mandado a buscarte para darte una oportunidad de enmienda. Dice que debes conseguir permiso y acompañarme a Capri.

—¿Secretamente?

—Por supuesto...

Macrón se rascó la mejilla y bebió un buen trago de cerveza.

—¿Tienes una carta?

—Esa es una pregunta estúpida.

—¿Cómo puedo saber que esto no es un truco?

—No lo puedes saber, pero estarás en una situación más difícil si crees que lo es. Si decides no venir conmigo —Segismundo separó las manos en un gesto de fingida indiferencia—, entonces me ordenó que te asegurara que le pediría a Sejano someterte a un interrogatorio.

—Cuando mencioné esto, se convirtió en cera entre mis manos —me comunicó Segismundo—. La parte más difícil fueron los primeros cinco minutos, como vos predijisteis. Pero no estoy seguro, no estoy seguro de que sea vuestro hombre, ya que es al mismo tiempo un matón y un cobarde.

—Es el único hombre que hay —repliqué yo.

Macrón era un tipo delgado, de cabello rizado, con una mirada que podía brillar, pensé, en otras circunstancias, y un rictus de descontento en la

boca. Cuando hablaba de Sejano, su voz tenía una nota amarga, y temblaba un poco. No podría decir si ese temblor de su voz lo causaba el temor o la cólera o una combinación de esos dos sentimientos tan íntimamente relacionados. Pero yo podía ver que tenía también miedo de mí, y eso era bueno. De hecho mi único peligro era que su temor de Sejano fuera tal que me traicionara a mí ante él, a pesar de las promesas de poder y gloria que yo le había hecho.

Me aseguró que, incluso entre los miembros de la guardia pretoriana, los sentimientos en contra de Sejano iban en aumento.

—Los hombres dicen: «¿Por qué se le favorece por encima de nosotros, cuando su origen es más humilde?». Otros como yo, si me permitís decirlo, señor...

—No te dirijas a mí de esa manera.

—Lo siento, respeto vuestros sentimientos, naturalmente. Bien, entonces, general, otros como yo, que han pasado a la guardia pretoriana después de largos años de servicio con las legiones del norte, nos sentimos conscientes de que tenemos medallas de esas campañas y amplia experiencia militar, y que, sin embargo, estamos sometidos a un hombre cuya carrera apenas le ha llevado al frente, que nunca ha visto una verdadera batalla, sino que se ha elevado por medio de, si me perdonáis que os lo diga, señor, quiero decir, general, por artes políticas.

Entonces cobré coraje, el vacilante, inseguro coraje de la vejez, y le dije lo que quería de él. Se sintió a un tiempo excitado y aterrorizado por la idea, y yo me sentí como un hombre que necesita sacar un seis en una sola tirada de dados.

Cuando Macrón salió de la isla, yo hice que Segismundo arreglara con el propietario de una barca pesquera que la tuviera lista para mí, por si era necesario; porque yo sabía que si Macrón fracasaba en su empresa, yo tendría que huir de mi casa, refugiarme con los ejércitos, y esperar que quedara en ellos suficiente lealtad para rescatar el puesto.

Era un bello mes de octubre, mi mes favorito. Yo me desperté temprano el día fijado. Para entonces Macrón debía haber establecido su enlace con el capitán de la guardia de noche, Lacón. Se había asegurado de que Lacón era un hombre al que podía confiar su vida, que era la razón por la que habíamos escogido el momento en que estaba de servicio. Era, por supuesto, justo lo que estaba haciendo. No pude comer nada. El sol resplandecía abajo, en el agua, y el aire era vigorizador. Los pájaros aún

cantaban en los jardines. El Senado se reuniría, yo lo sabía, en el templo de Apolo en el Palatino, ya que la casa del Senado se estaba restaurando.

¿Indicaba esta bella mañana que Apolo favorecía nuestros planes?

Yo no había escrito a Sejano hacía diez días. Esto tal vez le hubiera preocupado. No había sido capaz de escribir a pesar de que era necesario mantenerlo tranquilo. No podía tampoco confiar en mi valor para escribir, porque los recuerdos de lo que había sentido por él me asaltaban. La cólera se hubiera manifestado en mis palabras. Así que tuve que correr este riesgo.

Pero Macrón le aseguraría que había entregado una carta al cónsul Memnio, que actuaría como presidente del Senado, y que esa carta anunciaba la concesión del poder tribunicio que tanto deseaba. Se dirigiría entonces al Senado en espera de ese momento de gloria.

Segismundo apareció en la terraza para decirme que la barca pesquera estaría a mi servicio a partir de la media tarde de aquel mismo día.

—¿Cómo vais a llenar el día? —me preguntó.

Yo no tuve respuesta, ni entonces ni ninguno de los días que sucedieron a ése.

Ordenó que se preparara una litera y, sin molestarse en obtener mi asentimiento organizó que la casa entera tuviera un picnic junto al pequeño templo de Apolo, que se hallaba en la cima de la montaña. El aire es allí dulce, con el aroma del tomillo mejorana y agujas de los pinos. Dejé que hiciera lo que quisiera, pero no pude comer nada más que unas pocas aceitunas negras y algún queso. No me atreví a beber vino.

Memnio leería mi carta en voz alta. ¿Tendría la presencia de espíritu para alterarla como le pedí, de acuerdo con lo que él juzgaba ser el estado de ánimo del Senado?

Me imaginaba a Sejano, repantigado en su asiento, un león orgulloso y confiado, mientras mis palabras de elogio resonaban en su cabeza. Y

después alerta, al oír mi primera crítica. ¿Cómo reaccionarían los senadores a esto?

Cayo empezó a reírse, una risa quebrada, incontrolable. Yo dirigí mi mirada frente a mí. Un lagarto estaba atrapado en una pequeña grieta. Se había caído hacia atrás y sus patas delanteras luchaban desesperadamente en el borde. Cayo las empujó con una pequeña daga, ornada como una joya, y continuó riendo. Yo hice un gesto en dirección a Segismundo, y él levantó al bicho por el cuello y lo puso encima de una pared rota: el bicho miró a su

alrededor, alarmado, y después se escurrió y se perdió de vista. Cayo frunció el ceño.

Después de escoltar a Sejano al Senado, se había instruido a Macrón para que atravesara rápidamente la ciudad hacia el campamento de la guardia pretoriana en los viejos jardines de Lúculo, y pusiera de manifiesto su nombramiento como nuevo jefe. En su trayecto a través de Roma habría recogido el oro que tenía que entregar, como el primer plazo de un donativo, de mi banquero. Se había sentido nervioso acerca de esto, pero insistí en que era necesario dar a los soldados prueba tangible de que yo estaba dispuesto a recompensar su lealtad. Además, cualquier hombre que aceptara el oro se habría comprometido totalmente y sabría que no podía volverse atrás.

El sol subía a su cenit. El aire relucía. Era el último calor del día. Cogí una rosa y me pinché los dedos con las espinas. Segismundo estaba echado a mi lado a la sombra de los pinos, mirando al cielo estriado. Entonces cerró los ojos y se durmió. Otros de nuestro grupo se durmieron también. Cayo se dirigió con paso errante hacia la choza de un pastor. Un perro ladraba en la distancia, y un gallo cacareó.

Todo habría terminado ya, de una manera o de otra. Mi corazón palpitó con fuerza. Apreté mis dedos unos contra otros, derivando una feroz satisfacción de la fricción de los huesos.

Uno por uno los senadores, la mayoría de los cuales le debían favores y le habían adulado en sus días de apogeo, abandonaron al que había sido mi amigo, que había caído en desgracia. Se apartaron de él como si estuvieran viendo en su vergüenza el reflejo de la ignominia de ellos mismos. Pero aun así Memnio no se atrevió a someter mi repentina acusación a voto. Entonces Memnio le pidió a Sejano que se pusiera de pie.

Él no se movió. El Senado permaneció sentado en medio de un terror silencioso. Se repitió la petición. Sejano permaneció inmóvil. Cuando oyó la tercera petición, se tambaleó para levantarse y encontró a Lacón, el capitán de la guardia nocturna, a su lado, preparado. Fue solamente cuando Lacón puso su brazo en actitud represora sobre Sejano, cuando los que estaban presentes empezaron a proferir injurias. Entonces, y una vez rota la tensión del momento, los senadores estallaron en un confuso barboteo de acusaciones e insultos.

Me gustaría creer que Sejano no entendió completamente lo que estaba pasando, que su capacidad de comprensión estaba atrofiada por el terrible

sobresalto. Se le llevó apresuradamente fuera del recinto, bajando el Clivo Palatino bordeado de encinas, a lo largo de la Vía Sacra, con la multitud que se acababa de enterar de lo sucedido, como las masas siempre se enteran rápidamente de los grandes y terribles sucesos, empujándole, maldiciendo su tiranía, deleitándose en su desgracia. Las mujeres, se me informó, le escupían, los hombres le lanzaban excrementos de caballo junto con sus injurias. De esta manera se logró al fin meterlo en la prisión Mamertina, bajo el Capitolio, y se le lanzó por la estrecha escalera de caracol, a la antigua cámara de ejecución de Roma.

Por orden del Senado, después de someterlo a voto, se le ahorcó a las cuatro de la tarde.

Pero yo no podía saber todo esto mientras en Capri el sol se ponía y el aire se enfriaba, y a mí se me hizo bajar por la ladera de la colina, con mis ojos fijos en el mar y en el puertecito donde se anclaba a los barcos de pesca en la orilla.

Yo había pedido que Sejano fuera arrestado. El Senado, sin mi permiso, estalló en una orgía de venganza por las indignidades que habían soportado servilmente a manos de mi favorito, ahora en desgracia. Ni su familia ni sus amigos íntimos estaban libres de peligro. Hasta sus hijos fueron ejecutados por orden del Senado. Después de un debate, se decidió que su hija de trece años fuera primero violada por el verdugo, porque la ley prohibía la ejecución de vírgenes libres de nacimiento y, como arguyó un senador —descendiente, no os sorprenderá oír, de aquel pilar de la virtud republicana que era Marco Porcio Catón—, una transgresión de esta ley llevaría consigo el riesgo de acarrear desdicha sobre la ciudad de Roma.

¡Como si no estuviera ya sumida en la desdicha!

OceanofPDF.com