Tierra

David Vann · Capítulo 13 de 28

Páginas del PDF

Tierra

La mafia no regresó hasta media tarde.…

La mafia no regresó hasta media tarde. La madre y la abuela de Galen estaban de paseo en Camp Sacramento, la cazuela en el horno, olor a pollo y cebolla en el ambiente, y Galen arriba leyendo Juan Salvador Gaviota.

¿Hay alguien?, dijo en voz alta su tía.

Sí, dijo él. Estoy leyendo. Mamá y la abuela han ido a caminar.

Silencio después. Madre e hija se instalaron abajo y él se quedó arriba, qué mejor que eso.

A Juan Salvador Gaviota no le gustaba pelearse por unas sobras con las otras gaviotas. Estaban todas obsesionadas con la comida, pero él no. Él estaba poniendo a prueba los límites de la gravedad y de la física, trataba de atrapar la irrealidad de ambas cosas, lo mismo que Galen. Juan tenía sus frustraciones y sus volteretas aéreas, como Galen había tenido su zambullida en el agua. Lo más asombroso era que Galen había precedido al libro. Él ya hacía todas aquellas cosas antes de leer la novela. De ahí que el libro fuera como un reconocimiento para Galen.

Lo que más le sorprendió fue que, aun cuando todo el libro se podía interpretar como una especie de metáfora —al fin y al cabo, iba de gaviotas—, él lo estaba viviendo en la vida real. La época en que vivía se preparaba para reconocerle. Era una de las cosas importantes de ser profeta. Si uno tenía la visión y nadie podía entenderla, no servía de nada. Pero libros como aquel estaban preparando a la gente para comprender a Galen.

Dejó el libro abierto sobre su pecho. Tenía puestos los auriculares y estaba escuchando una cinta de olas en la costa. Siempre escuchaba esa cinta cuando se ponía a leer Juan Salvador Gaviota, y en el sonido del oleaje podía oír lo efímero de las cosas. El formarse y desmoronarse del mundo, su renovación y su desintegración. El yo se recomponía de la misma endeble manera. La clave estaba en sentir el flujo y el tirón cuando todo retrocedía antes de cobrar fuerza otra vez y embestir. Porque en ese reflujo, en el momento preciso en que terminaba el tirón, estaba el vacío de la verdad. Samsara, el sufrimiento, era la incapacidad de permanecer en ese momento. Samsara era la siguiente ola creciendo.

Una mano le agarró el paquete y Galen se incorporó de golpe, los ojos abiertos. Jennifer riéndose a carcajadas. Parecías un santito, dijo. Se acercó un paso y desconectó los auriculares. Sonido de olas en los altavoces malos del magnetofón, como interferencias. Es muy bonito, dijo Jennifer.

Galen apretó el stop y la palanquita de reproducir subió con un clic.

Lees un libro sobre gaviotas, dijo ella, y escuchas el oleaje. ¿Cómo es eso, si ahora estás en las montañas?

Tenía todo el pelo mojado y olía a coco. Los ojos brillantes y azules. Se sentó en el borde de la cama y él le miró los pechos bajo la camiseta.

Estaba meditando, dijo Galen.

Sí, en esto, dijo ella, llevándose las manos a los pechos. Se echó encima de él, se levantó la camiseta y le puso los pechos encima de la cara.

Calientes todavía del baño, húmedos, pero los pezones endureciéndose ya con el aire fresco. Jennifer empezó a moverse de forma que sus pechos le golpearan las mejillas. Suaves, tan suaves. Él le atrapó un pezón con la boca, sin saber muy bien qué hacer con él, pero como sabía que podía hacerle daño con los dientes, empezó a chuparlo.

Mmm, dijo ella. Un poco raro, pero da gustito. Y me gusta que me rasques con la barba. Prueba a lamer solo.

Y él lamió.

Eso también me gusta. Pasa la lengua alrededor del pezón, dijo ella. Y se agarró un pecho y lo sostuvo a la altura de la boca de Galen.

Mmm…, dijo.

A él le gustaron los bultitos de la aréola, pero luego apartó la cara. Calla, susurró. Tu madre nos puede oír.

Se ha ido de excursión. Tenemos la casa para nosotros solos.

Qué bien.

Sí, con un poco de suerte igual mojas.

Eso espero, dijo Galen. Eso espero. Y su boca volvió a alojar un seno.

Enseguida vuelvo, dijo ella. Se bajó de la cama y salió de la habitación.

¿Qué pasa?

Volvió con un casete. Los Cars, dijo. Me gusta escuchar a los Cars cuando hago el amor.

Cuando haces el amor, repitió él.

Es tu día de suerte. El fin de tu larga virginidad. No hay otra polla disponible y resulta que estoy de buen humor. Soy rica. Acabamos de ingresar doscientos mil dólares.

¿Doscientos mil?

Lo que oyes.

Hostia.

Vamos a comprar una casa, y yo empiezo en la universidad. Ya no tendremos que aguantar a la pelma de tu madre. Y la bruja de la abuela, que se muera. No nos verá el pelo nunca más. Y tú tampoco. O sea que hoy es tu día de suerte, pero el único. No probarás un coño mejor que el mío. Hasta el mismísimo Buda se lo querría follar.

Galen se limitó a asentir. No quería decir nada que pudiera estropearlo. Estaba seguro, además, de que habría Helen y Jennifer para rato en cuanto les devolvieran el talón. La avaricia rompía el saco.

Jennifer puso a los Cars y pulsó el botón de reproducir. Sonó «Drive», de Heartbeat City, y aun con aquella mierda de altavoces la música transformó el aire de la habitación, cambió el estado de ánimo del entorno. «Quién te va a llevar a casa… esta noche».

Bájate de la cama, dijo ella. Él obedeció. Ella se quitó el pantalón de chándal y las bragas, se dejó la camiseta subida a los pechos y se tumbó de través en la cama.

Arrodíllate en el suelo y chúpame, dijo. Y después me puedes follar, pero nada de ponerte encima. Me das bastante asco. Solo me puedes tocar con la polla y con la lengua, nada más. No quiero ni mirarte. Cerró los ojos.

Gracias, dijo Galen, poniéndose de rodillas.

Intuyó que era lo más cerca que iba a estar nunca de un santuario. Lo sagrado, entre aquellas piernas separadas. Se las levantó, apartándolas lo más posible para dejar a la vista el tesoro rosa, y empezó a pasar los labios y la lengua por todas partes. El momento más hermoso de su vida. Los Cars cantando, aquella carne ardiente y húmeda en su boca. Todo cuanto había leído en Hustler, Playboy y Penthouse se hacía realidad. El clítoris estaba allí donde decían, nudoso y altivo, como una erección en miniatura, se lo chupaba y ella empezaba a contorsionarse, y el ano se le ponía más prieto cuando se lo lamía.

Fóllame, dijo su prima, la más bella palabra jamás pronunciada, y él se bajó los calzoncillos y le apartó las piernas con rudeza y la penetró, y no podía creer lo sedoso que era aquello por dentro, tan perfecto y cálido y suave. Se la metió hasta el fondo y se quedó allí quieto.

Continúa, dijo ella.

Tengo que sentir esto, dijo él. Solo será un momento.

No seas moñas, dijo ella. Y no te vayas a correr, ¿eh? Venga, empieza a follarme.

Había en todo ello una geometría especial, el modo en que ella tenía las piernas levantadas en un ángulo de cuarenta y cinco grados, el hecho de estar expuesta y plana, mirando al techo, y que él la estuviera penetrando en aquella posición. Mirar le daba casi tanto gusto como sentir.

Fóllame de una puta vez.

Él empezó a salir despacio, gozando del suave túnel, pero ella le sujetó desde dentro, con fuerza, y entonces él volvió a empujar, entró todo lo que aquello daba de sí, sintiendo cómo la punta chocaba con la pared del fondo.

Aaah, dijo ella. Sí. Él se retiró de nuevo, por completo, y como le dio gusto entrar otra vez, hizo eso, meter solo la punta un par de centímetros, para luego volver a salir.

Oh, sí, dijo ella.

Ya no noto los pies, dijo él. Casi no noto las piernas.

Cállate.

Entonces volvió a hundirse en el interior, presionó las caderas contra las de ella, empezó a moverse en círculos. Mi chakra corona está completamente abierto. Oh, Dios. Lo estoy notando en toda la columna.

Cállate. En serio. Odio el sonido de tu voz.

Y él intentó callarse, pero no podía. Me siento tan alineado…, dijo. Embistió con fuerza y empezó a moverse más deprisa, todo su cuerpo en tensión, cordeles dorados tirando de sus extremidades, de su coronilla, de su espina dorsal, un tirón asimismo en los testículos.

Te estoy follando, dijo. Ahora estoy follando a tope.

Oh, oh, oh, decía ella.

Galen volvió la cabeza y vio a su madre en la escalera. Mirándole.

Dejó de moverse y eso hizo que todo se acelerara. Su polla empezó a latir y supo que iba a correrse de un momento a otro. Ya no podía parar. Salió y eyaculó a sacudidas encima de Jennifer mientras miraba a su madre. No pudo impedir que su boca se abriera en una mueca sexual, no pudo reprimir los gemidos. Y su madre viendo la cara que ponía.

Uf, dijo Jennifer. Yo no estoy, mierda. Ponte de rodillas y lame. No he terminado.

La madre de Galen se marchó escaleras abajo, el crujir de los peldaños tapado por los Cars, y Galen hizo lo que Jennifer le pedía. Su esperma por todo el bajo vientre de ella, el olor a semen, y todavía tenía pequeños espasmos. Jennifer que le agarraba la cabeza y la hacía bailar. Difícil poner la lengua en el sitio justo, pero Galen hacía lo que podía. Ella juntó los muslos y le aplastó las orejas, y él ya no pudo oír nada. Se aplicó en su intento de mantener la lengua donde debía y al final ella corcoveó y le tiró de la cabeza mientras se corría.

Él le separó los muslos para sacar la cabeza. Jennifer tenía los ojos cerrados, el pelo apelotonado sobre un hombro, las manos en la ingle. Aquellos pechos tan hermosos y perfectos, las suaves curvas de su cuerpo, y él se sintió muy triste porque sabía que eso no iba a repetirse jamás. Su madre lo impediría. Él no sabía cómo, pero seguro que algo haría para impedirlo. Así pues, echó un último vistazo y acarició la suave piel de aquellos muslos.

Aah, decía Jennifer. Aah. Se estaba acariciando por su cuenta con las dos manos, prolongándolo, y no precisamente en voz baja. Galen se preguntó si su abuela podría oír sus gemidos entre la música.

Allí de pie, se miró la polla, que estaba todavía dura. Le entraron ganas de meterla, de sentir aquello otra vez. Y entró.

Oh, sí, dijo ella. Sí.

No había otra palabra: sedoso. Empezó a moverse despacio, sintiendo cada instante. Puso las manos sobre sus pechos, la última vez que podría tocarlos, y le invadió la tristeza. Ella le hacía putadas, pero él la quería. Amaba su inconsciencia y su brusquedad, amaba su egoísmo. Y estaba fuera de su alcance, desde luego. De no haber sido primos, él jamás habría tenido la menor oportunidad. Era lo mejor que iba a tener en la vida.

Se acostó encima de ella y ella le dejó, rodeándole la espalda con sus brazos, y la sensación fue increíblemente bonita. Se sintió amado. Él la besó en el cuello y le sujetó las caderas mientras empujaba hasta el fondo, y enseguida notó que ella se ponía en forma otra vez, empezaba a jadear un poco, a tensar la espalda y los muslos, aferrándose a él. Y quiso que aquello no terminara nunca, que ella se le agarrara como estaba haciendo en ese momento, pero entonces ella se corrió, ciñéndolo con las piernas, vibrando, sacudiéndose, gimiendo desde el fondo de su garganta.

Oh, dijo Jennifer. Oh. Y entonces lo apartó de sí, le empujó con ambas manos. No me dejas respirar, dijo. Sal de una vez.

Y él salió y se puso en un lado de la cama, con los pies en el suelo. Fin. Cerró los ojos tratando de grabarlo todo en su memoria, de no olvidar ni un solo momento. Tan reciente, ya quería revivirlo. Quería conservarlo todo, desde el principio hasta el final.

Jennifer se incorporó, alarmada. Me parece que oigo algo, dijo en susurros. Quizá ha vuelto alguien. Cogió el rollo de papel higiénico de encima de la mesita y se limpió el semen. Qué asco, dijo.

Se bajó de un tirón la camiseta, se puso las bragas y el pantalón a velocidad de vértigo y luego preguntó a Galen si tenía algo en la cara.

No, dijo él. Se tumbó de nuevo y ella salió del cuarto.

Samsara. Y sin embargo anheló pasar así todos los días de su vida, hasta el final. Mejor esto que la trascendencia. La trascendencia era un premio de consolación para aquellos que no encontraban un samsara lo bastante poderoso.

A todo esto los Cars seguían cantando, pero era demasiado triste. Galen no pudo soportarlo. Apagó el aparato, y fue entonces cuando oyó ruido de platos en la cocina.

Permaneció en la cama, pensando que quizá estaba a un paso de convertirse en el profeta, el profeta que libraría a todos de la religión y los haría volver a la cama para copular más. El profeta que pondría al descubierto la farsa de la trascendencia. Pero sabía que quien pensaba estas cosas era su miembro erecto. Allí estaba, como una piedra todavía, triste recordatorio de lo que Galen acababa de gozar y ya nunca volvería a probar.

Lo que más le sorprendió fue que la amaba de verdad. Jennifer era la persona más antipática del mundo y sin embargo él la quería. No acababa de entender cómo había sucedido. Su primer amor, la pérdida de la virginidad. ¿Y no podría haberse enamorado de alguien que no fuese su prima, o de una que fuera amable con él? ¿Y qué tenía el sexo, que hacía que la quisiera más? Se sentía demasiado vulnerable, todos sus chakras abiertos, a la vista. Fue tan duro pensar que no volvería a compartir con ella momentos así, que rompió a llorar. Hundió la cara en la almohada para ahogar sus sollozos. Qué injusto era el mundo con quienes amaban de verdad.

El pollo con dumplings. Por fin. La cazuela encima del hornillo, sin tapa, y a Galen le encantó ver las esponjosas bolas de masa flotando en la superficie como nubes. De un blanco puro salvo en los bordes y las crestas, marronáceas. Pescó un dumpling con el cucharón y se lo sirvió en el plato. La parte inferior resbaladiza. Todo el estofado una salsa espesa con el pollo y las patatas, las zanahorias y las cebollas. Se llenó el plato. En vez de Jennifer tendría eso. Comida.

No se atrevía a mirarla, ni a su madre tampoco. Todos apretujados alrededor de la pequeña mesa amarilla, y él con la vista clavada en el plato.

Te has lucido, mamá, dijo la madre de Galen. Pero su voz no transmitió verdadera alegría.

No sé, dijo la abuela. Hay algo que no acaba de estar bien. Pero, claro, no me acuerdo de qué. Ya no me acuerdo de nada. A veces me gustaría morirme y acabar de una vez. No recordar nada es insoportable.

Mamá, dijo la madre de Galen. No digas esas cosas.

Claro, abuela, dijo Galen. Está riquísimo. Te ha quedado como siempre. Y era verdad. Estaba saboreando la salsa y el pollo, la cebolla y la patata, casi un puré después de tantas horas a fuego lento.

Tengo una sensación extrañísima, pero ni siquiera sé por qué.

Todo está bien, mamá.

Es como si no pudiera recordar de qué debo tener miedo. Como el ratón que se olvida de que el gato ronda por ahí pero al mismo tiempo teme al gato.

Claro, dijo Helen. El gato es gata. Es Suzie-Q.

No empecemos, dijo la madre de Galen.

Suzie-Q te llevará otra vez a la residencia. Tú estás bien de salud y podrías vivir en casa, pero Suzie-Q prefiere tenerte allí porque si estás en la residencia ella puede echar mano de tu dinero.

La madre de Galen hizo un gesto de derrota, bajó la vista al plato.

¿Es verdad eso?

No, mamá, no es verdad. Helen nos odia, a ti y a mí, y por eso se inventa cosas.

A mí no me odia. Helen es hija mía. ¿Por qué dices cosas tan horribles?

La madre de Galen se llevó las manos a la cara, apoyó los codos en la mesa, se abstrajo del mundo. Esto es demasiado, mamá, dijo. El enemigo es Helen. No yo.

Fíjate, mamá, dijo Helen. Ahora me llama el enemigo. ¡A su propia hermana! ¿Es forma de tratar a los de tu propia sangre?

Tiene razón, Suzie-Q. Haz el favor de pedir disculpas a tu hermana.

La madre de Galen todavía con la cara escondida, la espalda y el pecho curvados entre sus hombros.

¡Discúlpate ahora mismo, Suzie-Q!

Galen quería ayudar a su madre, pero no supo cómo. Su abuela estaba muy enfadada, convencida de que sabía el terreno que pisaba. Creía saber cuál era el problema, y eso quizá era mejor que no saber nada.

Mamá ya ha dicho que lo sentía, dijo Galen.

¿Qué?

Que ya ha dicho que lo sentía, pero como no paras de insistir en que se disculpe, ahora la has hecho llorar.

No jodamos, dijo Helen. ¿Te crees que se puede arreglar tan fácilmente? Mamá, quiero que Suzie-Q me pida disculpas. Estoy esperando.

Esa lengua, Helen.

Vete al carajo, mamá. Si tanto te falla la memoria, da igual lo que yo pueda decir ahora. Mañana puedo decir otra cosa.

¡Helen!

Helen ¿qué? ¿Qué me vas a hacer, mamá? Ya me has destrozado la vida y yo ya tengo tu dinero, no te necesito para nada. Eres la peor de las madres. ¿Y quieres saber por qué?

Basta, Helen, dijo la madre de Galen. No la trates así.

Concéntrate, mamá. ¿Sabes por qué eres la peor madre de todas?

¿Cómo puedes hablarme así, Helen? ¿No eres mi hija?

Ahí está la cosa. Soy tu hija, pero tú nunca me protegiste. Por eso eres la peor madre de todas. Soy tu hija y tú no hiciste nada para protegerme.

Y eres la peor abuela del mundo, terció Jennifer. Estás loca por Galen porque él tiene pito, pero a mí no me haces ni puñetero caso.

La abuela de Galen no paraba de menear la cabeza. Tenía los ojos húmedos. No, dijo. No.

De ese gato es del que tenías miedo, mamá, dijo Helen. El gato es la verdad. La verdad sobre ti y sobre cómo eres.

Todos queremos que te mueras, dijo Jennifer en un tono de voz que sonó cariñoso y, por ello mismo, aterrador. Estiró el brazo y puso una mano sobre la de su abuela. Todos estamos esperando que te mueras.

La abuela de Galen retiró la mano como si se la hubieran mordido y al momento estaba de pie, la silla volcada al levantarse bruscamente. Se cogía la mano que Jennifer acababa de tocarle, el brazo pegado al cuerpo en actitud defensiva. Tengo que alejarme de vosotros, dijo. Tengo que alejarme de todos vosotros.

Abrió la puerta de atrás y salió. A la carrera.

La madre de Galen hizo ademán de salir tras ella, pero Helen la agarró del brazo y la tiró al suelo. Tú aquí quieta, dijo. La madre de Galen intentó escapar arrastrándose, pero Helen se abalanzó sobre ella. Esta vez no habrá Suzie-Q que la rescate, dijo. Eso se acabó para siempre.

Galen no daba crédito a lo que estaba viendo. Parecía una ridícula pelea de lucha libre por parejas, y se suponía que él debía ayudar a la suya. Intentó llegar a donde estaba su madre, pero Jennifer le atizó un puñetazo en la sien.

Joder, exclamó él. Me has hecho daño. Volvió la cabeza, y esta vez ella le atizó en la espalda.

Para ya, dijo Galen, intentando poner tierra de por medio. Retrocedía hacia la puerta de delante con los brazos extendidos al frente, para protegerse, pero ella se los apartaba a manotazos. ¿Cómo has podido hacer esto?, dijo. Si yo te quiero.

Jennifer rio. Se le rio en la cara, apenas una hora o dos después de haber hecho el amor. Se rio, y estaba disfrutando, le gustaba arrearle.

No te comprendo, dijo él.

Ay, pobrecito, dijo ella. Le habló como si fuera un bebé o un cachorrillo, las cejas muy subidas y la cabeza ladeada. Así es como enseñamos a querer en la familia. Bienvenido a la familia. Y le propinó un puñetazo en el cuello.

Galen salió huyendo. No podía respirar, se tambaleaba intentando tragar un poco de aire. Sentía la garganta aplastada. Chocó contra la baranda y pudo agarrarse para no caer, y entonces consiguió inhalar. El aire le entró raudo y doloroso. Creyó que iba a morir.

Tenía que encontrar a su abuela. Podía estar vagando por cualquier parte, y si se alejaba mucho de la cabaña se olvidaría de cómo volver. Y además hacía frío.

Por el porche hasta el cobertizo y luego entre los árboles, camino del prado. La luz de la luna cubriendo de un blanco opaco todas las superficies, el mundo convertido en mármol, un objeto sólido. El aire frío rozándole las mejillas. Abuela, llamó, pero tenía la garganta dañada y su voz carecía de fuerza.

Avanzó por el prado todo lo rápido que le permitía la pegajosa arena de granito. Sombras por doquier, y había dos maneras de ver el mundo, la luz o las sombras. Volúmenes engendrados y caídos, o los espacios oscuros que los rodeaban, huecos que se replegaban hasta el infinito. Su abuela podía ser una de ambas cosas y él no sabía cómo buscarla.

La ladera cada vez más inclinada, Galen manteniendo el equilibrio con los brazos extendidos. Surcaba aquel mundo sólido, partiendo el mármol con sus pies y esparciéndolo. Ella, en algún punto del laberinto, debía de estar haciendo lo mismo. Necesitaba percibirla, tener una visión fugaz de los fragmentos que ella levantaba al andar. Dibujos de olas, y en alguna parte ella estaba esculpiendo ese dibujo, levantando una contraola. Eso era lo que Galen necesitaba sentir. Necesitaba integrarse en el dibujo y percatarse del pequeño rizo en una de sus crestas. ¡Abuela!

Empantanado, anclado al suelo por la gravedad. Demasiado lento, tan limitado por la respiración, tan limitado por el tosco cuerpo, la grasa de pollo y las bolitas de masa. Galen se detuvo doblado por la cintura, arrojó, intentó liberarse de su envoltura mortal. El aire tan frío que su abuela no duraría hasta el día siguiente.

Era demasiado complicado correr cuesta arriba, de modo que optó por la travesía. Luz y sombra, el mundo apareciendo y desapareciendo ante su vista. Se detuvo de nuevo e intentó atisbar entre el fuerte contraste, giró lentamente sobre sí mismo tratando de detectar algún movimiento. Pero el bosque estaba quieto, inmóvil, como si el planeta mismo hubiera dejado de girar. Leve desplazamiento a través del espacio, tanto silencio, ningún sonido aparte de su propia respiración y el bombeo de la sangre, la inclinación proveniente de su interior. El bosque, con su quietud, se la había tragado.

¡Abuela!, gritó de nuevo, y empezó a sentir rabia. ¿Qué hacía él, buscándola? Corrió lo más rápido que pudo, ahora a ciegas, sin importarle ver, topando con ramas y otros obstáculos. Tenía que estar por allí, pero a cada momento que pasaba era menos probable dar con ella.

Galen aguzó los oídos, doblado por la cintura, jadeando, y luego desanduvo el camino a la carrera.

Se había alejado más de lo que creía. Una pérdida de tiempo, y nada le resultaba familiar. Se pasaría la noche buscando y no la encontraría. Su abuela habría desaparecido para siempre.

Pero entonces vio la roca grande y apretó el paso, dando tumbos por el prado, comprendiendo adónde debía de haber ido. Un camino que comunicaba con otras cabañas y con el nacimiento de un sendero. De hecho, no había otra alternativa. Se dio cuenta de que había perdido estúpidamente el tiempo, y que ella debía de estar ya bastante asustada. Y si se asustaba demasiado, quizá se apartaría del camino.

Siguió dicho sendero colina arriba, a paso vivo, dejó atrás cabañas vacías, contraventanas cerradas todo alrededor, ni un solo cristal que reflejara la luna, solo madera opaca iluminada de blanco. Le llegó el olor a tierra, a maleza y a pino, el aire familiar y el camino también, y más adelante, cerca del sendero que subía hasta la cumbre, vio una silueta que pasaba de luz a sombra y otra vez a luz.

Abuela, llamó, y la silueta se detuvo un instante, la mitad en la luz, también ella una media luna. Abuela, gritó, espérame.

La figura empezó a moverse otra vez y él corrió para no perderla de vista. Era muy fácil que se desvaneciera ante sus ojos, la luz engañaba. Espérame, gritó. Y ella, tal vez quieta ahora en una sombra, desapareció.

Con los pulmones y la garganta en carne viva, sin resuello ya, Galen avanzó lo más rápido que pudo hacia el punto donde la había visto por última vez. El bosque se estiraba, la distancia parecía más larga. Le pareció ver movimiento, un veteado en la luz, pero no podía estar seguro porque él mismo se estaba moviendo.

¡Abuela!, gritó. ¡Espérame! Pero la había perdido entre las sombras. Estaba cerca de donde la había visto antes, y allí no había nada. Tenían que haber sido imaginaciones suyas.

La entrada del camino estaba allí, un sendero más angosto que ascendía entre árboles y seguía luego por unas crestas de granito pelado. Una senda de varios kilómetros, ella podía estar en cualquier punto. Aunque podía haber ido en la otra dirección, bajando hacia el arroyo, o incluso, por qué no, podía estar ya en la carretera.

Galen no se sentía fuerte en absoluto, no sentía que pudiera hacerse uno con el bosque. Estaba limitado a un solo y minúsculo punto. Pero ahora se hallaba en aquel sendero y solo podía confiar en que ella lo hubiera seguido.

Un camino de la memoria, una senda que él había seguido cientos de veces desde que era niño. El árbol junto al primer recodo, la parte despejada con vegetación baja a ambos lados, el vado fangoso para cruzar un riachuelo, las plantas parecidas a coles que crecían de un barro espeso, sus hojas tan rizadas y con pliegues. La parte corta del prado, la senda que ascendía de nuevo y luego los escalones de granito, piedras grandes sueltas en forma de anaqueles, entrelazadas de raíces. El raspar de las suelas al pisar los mismos escalones de sus primeros recuerdos, pero nunca como ahora al claro de luna. Un lugar familiar convertido en extraño.

Galen trepó por la sinuosa rampa de granito flanqueada de vegetación, y en eso estaba cuando por poco no pisa a su abuela.

¡Ah!, chilló. Hostia. Qué susto me has dado.

Galen, dijo ella. Con su jersey fino y su pantalón de sport, sentada en mitad del camino, parecía una escultura de granito, un canto rodado.

Caray, dijo él.

No sé si quiero andar mucho más, dijo ella. Estoy empezando a cansarme, y tengo frío. ¿Qué hacemos caminando de noche?

Podemos volver.

Pero tu madre está por ahí, más adelante. No podemos dejarla aquí. No sabrá cómo volver a la cabaña.

Ella no está donde dices.

Claro que está. Es ella la que quería ir de excursión.

Abuela, aquí solo estamos tú y yo.

No. Tu madre iba delante de mí.

Mamá está en la cabaña.

Pero si yo la seguía hace un momento. Si no está más arriba, ¿qué hago yo aquí?, ¿adónde voy?

Estamos de excursión por el monte, tú y yo solos.

La abuela de Galen se puso de pie y miró hacia un lado, más allá de la vegetación baja hacia las montañas que parecían flotar en medio del cielo. Esto no es una excursión, dijo, ¿verdad?

No.

Me he perdido.

Sí, abuela.

Y habría seguido andando, convencida de que tu madre llevaba la delantera.

Puede ser.

¿Y por qué he venido, entonces? ¿Por qué me he marchado de la cabaña, a estas horas?

Porque mamá y Helen estaban discutiendo. Tú querías alejarte de eso, y me parece muy bien. Creo que has hecho lo correcto.

¿Sabes lo que se siente cuando no te acuerdas de nada?

No.

Es como no ser nadie pero estar obligado a seguir viviendo.

Abuela.

No exagero. Es como no ser nadie. Ahora te crees que eres alguien, pero es porque todavía puedes componer tus recuerdos. Los juntas, los encajas, y te parece que con eso creas algo. Pero quita los recuerdos, o simplemente desordénalos un poco, y no te queda nada.

Te acordabas de este sendero. Y cuando llegamos te acordabas de la cabaña. Te acordaste de cómo se daba el agua.

¿De veras?, dijo la abuela. Galen la vio sonreír un momento. Sí, creo que recuerdo los sitios. Este camino, por ejemplo. Y puedo reconocer personas. No me he olvidado de quién eres, lo que ocurre es que no recuerdo nada de lo que ha pasado.

Mira, tú has sido una abuela maravillosa. Tengo cien mil recuerdos buenos de momentos pasados contigo.

La abuela de Galen se llevó una mano a la boca y cerró los ojos. Galen apartó la vista y esperó. Las montañas flotando por su cuenta. El aire cada vez más frío.

Finalmente su abuela expulsó el aire despacio, una vez, dos veces. Bueno, dijo. Volvamos a casa.