Tierra

David Vann · Capítulo 4 de 28

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Tierra

Galen se despertó con las bragas de…

Galen se despertó con las bragas de Jennifer a unos centímetros de la cara y la cabeza aprisionada entre los muslos de ella.

Buenos días, primito, dijo Jennifer. Es pecado espiar a tu prima, ¿lo sabías? Pero como siempre estás espiando, he pensado que sería buena idea ofrecerte una visión en primerísimo plano.

Raso azul, de un azul diferente a las bragas de algodón del día anterior. Estas más ajustadas. Galen notó el calor que desprendían. Intentó olerla, pero Jennifer solo olía a jabón.

Tuvo miedo de decir algo. No quería que aquello terminara.

Virgen a tus veintidós años, dijo ella. Es lo más cerca que has estado de esto, ¿verdad, primo?

Sí, respondió él.

¿Y cómo es eso?

No sé. Quizá no soy muy popular.

Aparte de un niño mimado. Siempre estás metido en esta casa.

La gente no valora suficientemente lo espiritual.

O sea que los bichos raros no follan. Pues cáscatela. Te la puedes cascar mientras me miras.

Y él bajó la mano y empezó a tirar y a apretar, gozando del dolorcillo.

Me voy a volver, dijo ella. Así podré mirar cómo lo haces.

Se puso de pie encima de la cama —que se movió cual barco en mar abierto— y descendió mirando hacia el lado contrario. Luego apartó la manta y la sábana para dejarlo a él al descubierto. Galen aceleró sus movimientos. Nunca había disfrutado de aquella vista. La cara posterior de los muslos y el trasero, todo tan perfectamente torneado, tan hermoso, y luego el hueco y la curvatura hacia la parte de delante. El borde de las bragas en contacto con aquella piel suave y cremosa.

¿Puedes apartarte las bragas?, preguntó. Quiero verlo.

No, dijo ella. Todavía no. Por ahora te apañas con las bragas.

Todavía no, dijo él.

¿Y para qué quieres mirar? ¿No dices que te va lo espiritual?

Galen tenía el nabo más duro que nunca. Aminoró el ritmo de sus caricias para prolongar el placer. Se fijó en que ella estaba mojada, en el centro de las bragas había salido una mancha oscura.

Estás mojada, dijo.

Pues claro. Me gusta esto. Me gusta mirar. Quiero que te corras ya.

De modo que Galen imprimió rapidez, arqueó las caderas sintiendo cómo todo él se ponía tirante y entonces eyaculó, el cuello se le fue hacia atrás, estremecimientos de placer. Abrió los ojos: las bragas seguían allí, oscuras y mojadas, y quiso tenerla en la boca. Va, por favor, dijo. Déjamelo ver, o al menos lamerlo un poco.

Jennifer se puso de pie en la cama y bajó al suelo con cuidado sobre sus pies descalzos. No, dijo. Pero ha sido divertido. Me ha gustado. Siempre es bonito pasar un rato con la parentela.

Galen se rio. Le sentó bien reír, y de nuevo intentó colorearlo con unos gañidos.

Estás como una chota, dijo ella. Me marcho. Pero sonreía, y Galen jamás se había sentido tan bien. Cuando ella hubo salido, se quedó allí tumbado, mirando sonriente al techo.

Al poco rato su madre llamó a la puerta. Levanta, le dijo. Vamos a almorzar algo rápido y luego nos ponemos con las nueces.

Galen se había olvidado de las nueces.

En septiembre, chilló. La recogida no es hasta septiembre. Pero ella ya se había ido abajo.

Aunque solo estaban a finales de julio, su madre se empeñaba en que sacaran todos los bastidores de secado para inspeccionarlos.

Galen se levantó y fue a lavarse. Luego buscó ropa de color verde. Se vestiría como una nuez verde, todavía por madurar. Tenía un jersey verde y unas botas de goma verdes. Le faltaban unos pantalones de ese color. Sin embargo, en el armario del pasillo encontró dos toallas verdes, en los estantes que olían a naftalina. Se las ciñó a los muslos con cinturones viejos y luego se calzó las botas.

Galen bajó con cuidado por la escalera sintiéndose como un caballero medieval camino de la batalla. Como espada llevaría un pepino gigante, o quizá una lanza-espárrago.

Madre, dijo al entrar en el comedor. Se presenta Nuez Verde, a vuestras órdenes.

La tía Helen soltó una carcajada, mientras que Jennifer derramó sobre su plato la leche que tenía en la boca. Pero la madre de Galen siguió arrancando la corteza de su emparedado de mortadela. Estupendo, dijo. Pues come algo, Nuez Verde.

Confío en que no os ofenda mi inmadurez, dijo él.

Su madre cortó el emparedado en diagonal y cogió uno de los triángulos. Hoy es un día especial para mí, dijo. En esta época del año mamá y papá siempre sacaban los bastidores para echarles un vistazo. Empezábamos al despuntar el día, como es natural, cuando el aire aún era fresco. Y trabajábamos en silencio. Yo notaba cómo iba aumentando el calor, y era maravilloso parar a la hora del almuerzo y sentarse bajo la higuera a beber limonada.

No te olvides del vino, dijo Helen. Lo del vino empezaba también a esa hora temprana.

Bebíamos limonada, dijo la madre de Galen. Y comíamos emparedados, cortados así, como este, y éramos una verdadera familia.

Hasta que empezaban las discusiones, dijo Helen. No sé muy bien dónde encajabas tú en eso.

Basta, dijo la madre de Galen. Haz el favor. ¿Por qué no puedes recordar los buenos momentos?

Ni idea. Será que no era yo la que se dedicaba a ser la niña buena. Será que yo era la mayor y sabía lo que estaba pasando, ¿no crees?

Eres injusta.

Despierta ya, Suzie-Q.

Galen se sirvió un vaso de limonada y barajó las posibilidades alimenticias. Mortadela y jamón en envases de plástico, queso amarillo en envase de plástico, galletas saladas en plástico, rebanadas de pan en plástico. Me parece que tomaré un emparedado de plástico, dijo.

Mamá y papá tenían sus problemas, pero lo que tú no quieres entender es que aquí éramos felices, viviendo en esta casa, trabajando juntos en la recogida de la nuez.

Papá solía pegar a mamá. La pegaba aquí mismo, en este comedor, y también en la cocina y arriba en su cuarto. ¿Eso no quieres entenderlo tú?

Papá nunca la pegó.

¿Qué? Vamos, anda.

Galen no quería pan con mostaza, que era una opción, de modo que se decidió por las galletas saladas. Agarró un puñado y las deshizo sobre su medio vaso de limonada. Con un tenedor sumergió los pedazos de galleta y luego se bebió la limonada mientras se iba metiendo los pedazos con el tenedor. Salado y dulce: no estaba mal.

Su madre continuaba con el emparedado, y como parecía que tenían tiempo de sobra, Galen se sirvió otro vaso. Esta vez con más galletas que antes, con más pulpa, más sustancia. Una buena comida antes de la jornada laboral.

Su madre se levantó finalmente para llevar el plato a la cocina. Cuando regresó al comedor los miró a todos. Por un momento, Galen se sintió mal. Culpable de haberse disfrazado de aquella manera, de estropearle a ella el día. Su madre parecía dolida y a él no le gustaba verla así. No le gustaba en absoluto.

Iré empezando con los bastidores, dijo ella. Si alguno de vosotros se apunta, bien. Se había rizado el pelo. Largas ondas castañas. Iba maquillada. Galen se preguntó si eso lo había hecho con motivo de su día especial o si la razón era que se había levantado muy temprano por culpa de sus graznidos.

Y luego salió. Galen se dio cuenta de que se había puesto de pie. Nuez Verde debe hacer las paces. Nuez Verde ha sido muy malo.

Aleluya, hermano, dijo Jennifer.

Le está bien empleado, terció su tía. Eres la maldición perfecta para ella.

Pero Galen hizo caso omiso de las dos, salió majestuosamente por la despensa y caminó muy tieso hasta el galpón, procurando no perder las toallas, el mismo itinerario que había tomado la víspera para ir al nogueral.

Encontró abierta la puerta corredera colgante. El tractor verde, sus finos neumáticos delanteros, su morro estrecho y ventilado. Un artefacto de antaño. Pero intentó no distraerse. Pasó a la mitad oscura y encontró a su madre casi oculta entre pilas de bastidores de secado.

¿Los voy sacando?, preguntó. Olor a polvo y a moho, olor a hollejos de nuez. Olor a infancia. Si cerraba los ojos podía volver a su niñez, y eso era sin duda lo que su madre estaba haciendo en aquel preciso momento. Compartimos la misma infancia, dijo él. Gracias al olor de este sitio.

¿La misma?, dijo ella. No tienes ni idea. Tú no te imaginas cómo era aquello.

Muy bien, dijo Galen. Tú eres más especial que nadie. Bueno, ¿dónde quieres que deje los bastidores?

Sus ojos empezaban a acostumbrarse a la penumbra y pudo ver con más claridad los armazones de madera revestidos de tela metálica. Unos sobre otros, como ladrillos pero cuadrados, formando una pared.

Solo te estoy diciendo la verdad, Galen. Era otra época. No me tomes por el enemigo.

Él apretó los dientes con fuerza, soltó una especie de gruñido, agitó los brazos. Expresando sin palabras cómo se sentía.

Eso no se lo podrás hacer a nadie más, dijo ella. Me tratas peor de lo que se te permitiría tratar a cualquier otra persona. Estoy empezando a perder la paciencia.

¿La paciencia?, dijo Galen. Cogió un bastidor, pasó junto al tractor del abuelo y salió al implacable sol. Con el pulso a cien. Caminó una veintena de metros hasta el lugar donde solían ponerlos y dejó el bastidor en el suelo. Se arrodilló, cogió unos terrones grandes que parecían las nueces de la tierra y los dispuso sobre la rejilla del bastidor. Formas oscuras y costrosas más secas ya que el propio sol. Al menos el bastidor serviría para algo.

En vista de que las toallas se le escurrían piernas abajo a cada momento, las dejó caer. Piernas desnudas y calzoncillo, un jersey verde y unas botas verdes. Se cruzó con su madre al volver al galpón y mantuvo la vista fija en el suelo. Yo no te he hecho nada, dijo entre dientes.

Como un torneo medieval, pensó. Inclinados el uno hacia el otro, un instante fugaz de contacto. Entró a la oscuridad, cogió otro bastidor y lo puso en el suelo, cogió otro más y lo colocó encima del anterior, luego otro. Pesaban bastante, eran de madera, y no estaba seguro de poder transportar tres a la vez, pero los levantó. Su espalda emitió una queja momentánea pero enseguida se recuperó. Galen salió tambaleándose, mejilla contra madera, y fue a trompicones.

Su madre estaba retirando los terrones que él había puesto sobre el bastidor. No están secos todavía, dijo él. Pero ella guardó silencio. Arrodillada con su pantalón de faena y una camisa vieja de su padre, gorra y guantes, retirando los terrones.

Galen dejó en el suelo los tres bastidores y volvió a por más. Agarró otros tres y los sacó afuera. Entonces se le ocurrió una idea.

Formó una hilera con los seis bastidores y se acostó encima de ellos, con cuidado de no romper ninguna de las telas metálicas. Procuró que trasero, cabeza y tobillos estuvieran apoyados en los bordes de madera. La espalda le quedó encima de otro pliegue.

¿Por qué me haces esto, Galen?, preguntó su madre, la voz casi un susurro.

Nuez Verde tiene que secarse, dijo él. Y esto son bastidores de secado. Intentó mantener los ojos abiertos mirando hacia arriba, al sol del mediodía. Se asfixiaba de calor con el jersey; las piernas y la cara se le iban a quemar. No se movería de allí hasta la noche. Tan duro el tacto de la madera bajo la espalda y el cuello, que no sabía si podría aguantar ni cinco minutos más, pero estaba decidido. Sería una meditación. Lo que pudiera haber más allá no lo sabía nadie.

Tanto que me he sacrificado por ti durante más de veinte años, dijo su madre con voz queda. Levántate antes de que te vean Helen y Jennifer.

Galen oyó a su prima y a su tía en el galpón, se estaban acercando. ¿Y qué si me ven?, dijo. Lo pregunto por simple curiosidad. No entiendo qué puede importar.

Levántate ahora mismo.

No, dijo él. Me voy a quedar aquí el día entero.

Tan deslumbrante el sol, que Galen no podía ver a su madre, no podía prever sus actos. Pero ella simplemente se alejó de allí.

Galen intentó relajarse sobre los duros armazones, dejar que su carne y sus huesos encontraran una manera suave de acoplarse a la madera. Los cantos que se clavaban en su trasero le estaban entumeciendo las piernas, y el que tenía a lo largo de la espalda le impedía respirar bien, pero lo más urgente era el del cogote. Trató de espirar, la vista fija en el sol, trató de olvidar aquella existencia y buscar algo más.

Ya pareces cecina, dijo su tía.

Tiene los muslos blancos, dijo Jennifer.

Cierto, dijo la tía. Supongo que deberían hacer juego con la cara y lo demás.

Galen mareado y ciego, los ojos llenos de destellos y manchitas, pero las oía trabajar. Tarea inútil. A los bastidores no les hacía falta una limpieza ni darles aceite ni nada de nada, como no fuera reparar alguna tela metálica rota. Pero allí nadie sabía cómo reparar una tela rota. Si se rompía una, simplemente prescindían de aquel bastidor, lo dejaban en la pila detrás del tractor y santas pascuas. En otras palabras, lo que estaban haciendo era sacar del galpón todos los bastidores para meterlos dentro otra vez.

Esto es simple rutina, dijo Galen.

¿Cómo dices?, preguntó su tía.

La vida entera, dijo Galen. No es más que la reconstrucción de un pasado que en realidad no existió.

El pasado sí que existió, dijo su madre. Pero tú no estabas. Según tú lo que no tiene que ver contigo es que no es real.

¿Y mi padre?, dijo Galen. ¿Puedes demostrar que es real? ¿Puedes al menos reducir la lista a los dos o tres hombres con más probabilidades?

No hubo respuesta. A eso nunca había respuesta. Únicamente el sonido de pisadas en la tierra, el sonido del acarreo de los bastidores de vuelta al galpón.

No he terminado, dijo Galen. Tengo más preguntas que hacer.

Pero por lo visto nadie le escuchaba, y tenía la espalda tan destrozada que el dolor le impidió seguir hablando. Cerró los ojos, vio un campo de color rosa subido con meteoros blancos y erupciones solares, un universo siempre cambiante y explosivo. Su cuerpo girando en la claridad. El picor de las quemaduras en cara y muslos. Pero no pensaba moverse de allí, aguantaría lo que hiciese falta.

El dolor en sí mismo una interesante meditación. A primera vista siempre daba miedo, uno quería huir del dolor. Difícil no moverse, muy complicado, al menos al principio, no hacer nada. El dolor provocaba pánico. Pero en el fondo el dolor era una cosa más torpe, más aburrida, poco complicada. Podía convertirse en un objetivo fiable, en una cosa presente e inalterable, mejor aún que la respiración. Y lo mejor de aquellos bastidores era que distribuían el dolor a lo largo de todo su cuerpo. Temía que pudieran dejarle lesiones en el cuello y la espalda, eso también formaba parte del dolor, el miedo a quedar lisiado, a perder para siempre alguna parte de nuestro cuerpo. Eso ni siquiera un insecto lo deseaba. Nadie quería perder una pierna, un brazo, la movilidad de la espalda, de ahí que, a medida que nos aproximábamos a ese momento, nos aproximáramos a una especie de universal. Si fuéramos capaces de examinarlo y tomar distancia corporal suficiente, tal vez veríamos el vacío que se extiende más allá de los universales, una región de certezas.

No pienses más, se dijo Galen a sí mismo. Pensar era un engaño, le estaba privando de la experiencia directa. Y además es una chorrada, dijo en voz alta. Todo es una chorrada. Estoy tumbado encima de unas maderas, eso es todo.

Madre, tía y prima tomando el té. Ausente todo sonido de su actividad. Solo se oían las moscas y las abejas en sus cercanas rutas de vuelo, los aterrizajes secos de los saltamontes, algún que otro coche que pasaba. El mundo tan inmenso, y qué vacío tan decepcionante. Galen rodó de costado, se dejó caer sobre la tierra. Tan sencillo como eso. Sin decisión previa, simplemente tirarse de los bastidores al suelo y se acabó la experiencia, qué pérdida de tiempo, otra vez en tierra. El que no aprende no gana.

Galen intentó incorporarse apoyando los brazos. No hubo manera. Qué mierda, dijo. Se quedó tumbado boca abajo. La tierra le arañaba dolorosamente los muslos quemados, eso no se lo esperaba. El jersey era un horno, un capullo de seda. Debajo una película de sudor, y qué sed tenía. La cara como en llamas.

Los músculos de su trasero empezaban a reaccionar, la sangre volvía lentamente a sus muslos, sentía las piernas como dos tubos huecos, el músculo independiente del hueso. Se puso de rodillas e intentó levantarse, las piernas como dos pajitas. Punzadas de dolor a todo lo largo, los músculos sin enterarse de nada, inalcanzables. Pero fue capaz de dar un paso, y luego otro. Había tenido demasiado tiempo la espalda doblada, la sensación era como de ir inclinado.

Casi te pillo, dijo. Un poco más y te ves obligado a reconocer que no eres un verdadero cuerpo, sino una falsificación, una entelequia. Y ahora estoy mirando cómo te ensamblas otra vez, todos esos crujidos que haces para recomponer el sueño.

Rodeó el galpón a trancas y barrancas y se encaminó hacia la higuera, donde las otras entelequias estaban terminando ya el té.

Se te ve un poco tieso, le dijo su tía, sonriendo. Y de pronto lo entendió. Su tía le odiaba. Más claro que el agua. A él ella le caía muy bien y siempre había creído que el sentimiento era mutuo, pero ahora entendía que ella odiaba a su hermana, y a él también porque formaba parte del lote. La sonrisa de su tía era pura malicia.

No veas, dijo Galen. ¡Joder!

¿Qué pasa?, preguntó Jennifer.

Nada.

Ya hemos terminado, dijo la madre de Galen. Dentro de un ratito nos vamos a ver a la abuela.

Galen avanzó con cuidado hacia la silla desocupada y tomó asiento. Hierro colado, sin cojín. El culo se le quedaría dormido otra vez. Pero le fue bien sentarse, y aquella sombra era el paraíso. Cerró los ojos al olor de los higos, un aroma tan intenso que solidificaba el aire. Caray, dijo. Los higos.

Casi están maduros, dijo su madre. Como mucho una semana más. Y le sirvió zumo de naranja. Toma, dijo. Aunque ella le tuviera manía, seguía velando por él. Ahí estaba la diferencia. Su tía lo tiraría de cabeza al precipicio si se le presentara la oportunidad, mientras que su madre jamás haría tal cosa.

Galen juntó las manos alrededor del fresco vaso de zumo y se preguntó si beber o no. Estaba sediento, se moría de sed. Y el zumo estaría delicioso, fresco y ácido, con su poquito de pulpa, a él le encantaba la pulpa. Pero estaba medio mareado, como si flotara, y no quería renunciar a esa sensación. Le parecía estar viendo las cosas con mucha más claridad. El zumo de naranja podía poner fin a todo eso. Demasiado frío, demasiado ácido, un sobresalto que centraría toda su atención en el estómago, y ya no se sentiría flotar.

Chiflado, dijo Jennifer.

Galen cerró los ojos e intentó centrarse. ¿Qué quería realmente? Sostuvo el vaso de zumo con las dos manos y lo acercó, lo suficiente como para meter la nariz en el vaso y oler. Respiró el zumo de naranja, inspirar, espirar, inspirar, espirar.

No puedo seguir mirando, dijo su madre. Nos vamos dentro de cinco minutos.

A Galen no le gustaba que le metieran prisa. Su experiencia cambiaba con la presión. Ahora había un plazo límite, y eso lo iba a joder todo. Maldita sea, dijo.

Vaya, dijo Jennifer.

Él no quería verla. A su tía tampoco. Que se fueran de una vez y lo dejaran a solas con el zumo de naranja.

Pero entonces decidió lanzarse. Inclinó el vaso y probó el zumo, que era dulce y amargo y energético. Lo mantuvo en la boca, sin tragar.

¿Al nene le gusta?, preguntó Jennifer.

Galen intentó olvidarse de ella, concentrarse únicamente en el zumo dulce dentro de su boca. Fue imposible. Tragó el líquido y ocurrió justo lo que él se temía. Pista libre hasta su estómago, y enseguida sintió el peso del estómago, la cáustica necesidad, toda su conciencia atraída hacia aquel punto bajo. Adiós a la sensación de flotar. Una piedra que se hundía, que tocaba el fondo y allí se quedaba.

Gracias, dijo. Gracias por joderme eso.

¿Qué, exactamente?, preguntó su tía.

Nada, dijo él.

Exacto, dijo ella.

Galen abrió los ojos, tragó el resto del zumo y dejó el vaso en la mesa.

Bienvenido a casa, dijo su tía. Somos los seres humanos.

Sois como conchas vacías, dijo él. Hollejos y nada más. Se puso de pie y entró en la casa. Tuvo que apoyar una mano en la barandilla para subir por la escalera.

Sentado en el borde de la cama, se dobló con cuidado para quitarse el jersey empapado en sudor. Ay, exclamó. Cómo duele. Casi no podía respirar. Se quitó las botas, se bajó el calzoncillo y entró en la ducha con mucho tiento. Abrió el agua fría, especialmente para las piernas. Fría y todo, le dolió. Después se secó con cuidado y se untó las piernas, la cara y el cuello con aloe vera. El espejo le devolvió una imagen artificialmente luminosa. La piel morena de su cara se había vuelto de un rosa fuerte debajo, como si fuera un halo secundario.

Galen, chilló su madre. Te estamos esperando.

Ya voy, chilló él. Se puso un calzoncillo limpio, una camiseta, calcetines, zapatillas de deporte. Bajó con mucho cuidado.

Será posible, dijo su madre. Ponte unos pantalones. Estaba en el vestíbulo, con una mano en el pomo de la puerta. La tía y la prima arrellanadas en la sala de estar.

Tengo las piernas quemadas.

Naturalmente, qué esperabas. Ponte un pantalón.

Bueno, dijo él. Volvió arriba y buscó un bañador viejo que le venía pequeño y no le tapaba más que unos centímetros de muslo.

Qué mono, dijo Jennifer. Me gustas así. Sería lo máximo si además te subieras esos calcetines hasta las rodillas.

Cállate, Jennifer, dijo la madre de Galen.

Te lo advierto, dijo la tía.

Un momento después su madre salía por la puerta y el resto de la comitiva detrás. Él montó en el asiento de atrás del coche. Jennifer se sentó a su lado, la tía Helen delante. Nada más salir a la calle, ya tenía una erección. Zona residencial, urbanizaciones. Las suyas eran las únicas tierras sin urbanizar en varios kilómetros a la redonda. Casi cinco hectáreas de nogales, unas cuantas para la casa y el jardín, un par más para el camino pavimentado. El resto de la gente vivía apretujada en solares de cuatrocientos metros cuadrados a lo sumo.

Calles recién asfaltadas, curvas a cada momento, escuálidos arbolillos a todo lo largo. Sin embargo, poco rato después llegaban al barrio antiguo, casas de los años cincuenta. Y el viejo centro comercial.

En Bel-Air tienen unas tartas de calabaza estupendas, dijo.

Galen, dijo su madre.

En serio, las hacen riquísimas.

Qué tal si nos das un respiro, Galen, dijo su tía.

Hace tanto que no pruebo la tarta de calabaza…

A partir de ahí solo el ruido del coche. Un motor ruidoso, un 350 o algo así, le había dicho una vez su madre. Ella intentaba involucrarlo, pensando tal vez que se animaría a cambiar el aceite y esas cosas, un pequeño ahorro en gastos de mecánico. Pero a Galen le importaban una higa los coches. Le importaba una higa lo que al resto de la gente le importaba. No estaba ahí para ser esclavo de casas, coches, empleos, un matrimonio, hijos, la tele y toda esa mierda.

Se llevó la mano al pene erecto, apretó un poquito, tirante bajo el pantalón corto. Jennifer mirando por la ventanilla de su lado. Y luego estaban saliendo del coche y él intentando esconder la erección metiéndosela bajo la cinturilla y tirando de la camiseta hacia delante. Probablemente cantaba mucho y no se le ocurrió una manera de hacer que la postura pareciese natural, pero tampoco se le ocurría otra cosa, y de todas formas su madre y su tía no le estaban mirando.

Suzie-Q, dijo la abuela cuando entraron todos. No parecía tan mayor. No tenía ningún sentido que estuviera en la residencia. Todos estaban esperando a que se muriera, pero la cosa podía alargarse mucho. Solo tenía setenta y un años.

Su abuela abrazó a la madre de Galen y luego a este. Un abrazo de oso.

El guapo de mi nieto, dijo la abuela. ¿A punto de empezar las clases?

Este año no, murmuró Galen. Lo aplazaré un año más.

Bueno, dijo ella. No me parece mala idea. Ya habíamos hablado de eso. Tomarte un año de vacaciones. Ver un poquito de mundo.

Galen fue incapaz de mirar a su tía o a su prima. La abuela le dio otro achuchón y finalmente lo soltó.

Venid a sentaros, dijo. Qué bien que hayáis venido todos.

No había dónde sentarse. Una silla en el rincón, las dos camas con sus cortinas, la vieja de los ojos húmedos en una de ellas, sonriendo ahora a Galen.

Sentaos en mi cama, dijo la abuela. Y así lo hicieron, con lo cual estaban todos mirando hacia fuera, separados entre sí como en una especie de círculo, espaldas tiesas como las rocas semienterradas de Stonehenge, a la espera. La abuela de Galen cogió la silla y la acercó para sentarse.

Mira qué bien, los cuatro ahí sentaditos, dijo.

¿Cómo te encuentras, mamá?, preguntó la tía de Galen.

Oh, estupendamente. ¿Cuánto hacía que no venías a verme? ¿Un año, quizá? Esa es Jennifer, ¿verdad?

Pues claro que es Jennifer, le espetó la tía. Y estuvimos aquí hace solo un mes. Menos de un mes.

Suzie-Q viene a verme todos los días. Y Galen también, aunque se está preparando para empezar las clases el otoño que viene. Ella le estaba sonriendo con aquella cara extraña producto de la nueva dentadura, no la cara que él había conocido de niño. Bueno, dijo la abuela. Qué alegría teneros aquí.

Mamá, dijo la tía de Galen, me gustaría hablar contigo. Es sobre el fideicomiso, y sobre los estudios de Jennifer. Este será su último año de instituto y luego irá a la universidad, o sea que habrá que hacer algunos arreglos.

Oh, hay tiempo de sobra.

Me gustaría hablarlo ahora, mamá.

Quizá es un poquito pronto, dijo la madre de Galen. ¿No podríamos esperar hasta mediados del otoño? O incluso hasta el invierno que viene.

Cállate, Suzie-Q.

Helen, no le hables así a tu hermana. Siempre estás igual.

La tía de Galen inspiró hondo y cerró los ojos.

Yo pensaba que no había fondos para lo de la universidad, dijo Galen. Entonces, ¿sí que hay dinero?

Bueno, yo no tengo ni un centavo, dijo su abuela.

Es verdad, terció la madre de Galen. Solo queda para ir pagando esta bonita residencia.

La tía de Galen tenía la mirada baja y negaba con la cabeza. No sabéis cómo odio esto, dijo. Lo odio más de lo que podría expresar con palabras. Tenía los puños apretados sobre el regazo. Toda la vida mentiras y más mentiras. Vosotras dos. Solo mentiras.

Basta, Helen.

Porque yo he sido mala. Helen ha dicho la verdad, y como en esta familia odiamos la verdad, pues odiamos a Helen.

Basta, dijo otra vez la abuela de Galen. Eres lo que no hay. No tienes arreglo.

Sí, claro, yo siempre la mala, la que no tiene arreglo. Soy la que recibe el palo después de que te lo dan a ti. Pero Suzie-Q nunca. No, ella no, pobrecilla. Suzie-Q se empeña en fingir que todos somos buenos.

Mamá, no tenemos por qué seguir escuchando. Te llevo al jardín. Se levantó de la cama, se acercó a su madre y un momento después se habían marchado las dos.

Galen oyó la agitada respiración de su tía. Estaba furiosa. Y encima a ella le cae todo en el testamento. Absolutamente todo.

¿A qué te refieres?, preguntó Galen.

¿No te lo ha dicho?

No.

Tu madre se queda con todo. A ti no te toca nada. A Jennifer tampoco. Y a mí menos. Todo va para tu madre. Pero luego tu madre te lo dará a ti cuando haga testamento. O sea que al final supongo que saldrás bien parado.

Se quedaron los tres allí sentados, cabizbajos, y por último la tía Helen se levantó. Esperaré en el coche, dijo.

Jennifer se puso de pie y corrió la cortina alrededor de la cama. Levanta, le susurró. Y Galen lo hizo. Ahora bájate el bañador.

Galen hizo lo que le decía.

Y el calzoncillo.

Galen se quedó desnudo.

Tócate, dijo ella.

Galen no sentía el menor deseo de hacerlo. ¿Después de todo esto?, preguntó. Imposible.

Jennifer se levantó la falda y luego metió la mano y se apartó las bragas hacia un lado.

¡Uau!, dijo Galen. Pelitos rubios, no muy abundantes, y luego ella se separó los labios con un dedo para que él pudiera ver lo rosa. Oh, dijo Galen, y enseguida notó que se le ponía tiesa otra vez, a pequeñas sacudidas, hasta que la tuvo dura y le empezó a doler. Se acercó a Jennifer, pero ella se bajó la falda.

Ponte de lado, dijo. Con las manos a la espalda.

Vale, dijo él.

Te pegaré en la polla, fuerte, pero tú no te puedes mover ni hacer el menor ruido.

¿Qué?

Si te mueves o haces ruido, no volveré a enseñarte el coño.

¿Por qué lo haces?

Estate quieto.

Jennifer le atizó un manotazo y lo que él sintió fue una explosión de dolor. Tuvo ganas de gritar pero se aguantó. Siguió con las manos a la espalda y cerró los ojos, notando cómo se le llenaban de lágrimas. Luego otro manotazo, más fuerte, y esta vez lloriqueó tembloroso.

Jennifer se le acercó. ¿Qué te ha parecido?, preguntó en un susurro.

¿Por qué has hecho eso?

Ella le puso la mano en los huevos. No te muevas, susurró.

Por favor, dijo él. No.

Pero ella apretó, cada vez con más fuerza, y él notó cómo el dolor le subía hasta el estómago, y luego las náuseas. Por favor, boqueó.

Jennifer lo soltó por fin. Acto seguido le dio una palmada fuerte en uno de sus muslos quemados, y él sintió ganas de chillar. No lo olvides, dijo ella. Después salió por la rendija de la cortina y se perdió de vista.