Todo llevará su nombre
Capítulo 1
1830, finales de noviembre
Mientras trataba de conciliar el sueño y dormir siquiera un par de horas, el general recordó lo que su hermana mayor le había escrito cinco años antes desde Caracas. Era una carta que leyó en Potosí, Bolivia, donde María Antonia rememoraba lo que él mismo había dicho en el año 13 en Cumaná, Venezuela, la ciudad donde nace el sol: en la brega por la emancipación no podía ser cosa diferente que libertador o muerto. Libertador de casi un continente u hombre muerto, sin que cupieran estados intermedios. Simón Bolívar revivió la frase como una maldición, porque, en el crepúsculo de su vida, a los cuarenta y siete, sabía que había ejercido como libertador muchos años y ahora, en Soledad, Colombia, a la orilla del Magdalena y avistando en el horizonte el mar Caribe, parecía que llegaba el momento de ser el muerto, porque la salud y el desafecto lo arrastraban por ese terraplén tan lúgubre.
—Sería un buen epitafio: «Libertador y muerto». Habría que añadir: «Muerto por la infamia». O por el oprobio. O quizá por la ignominia y el ludibrio —se dijo cuando acomodaba su febril cabeza en la más fiel de sus compañeras últimas, la almohada.
Luego cerró los ojos con pereza, pero le llegó una tos malévola y el poco sueño que tenía acomodado se fue esa noche entre expectoraciones, amagos de vómito, flemas y otras maldades. Con la imaginación recorrió la América por él liberada y en un embrujo fueron apareciendo ciudades, batallas, militares, políticos, mujeres del alma, lanzas, sables, fusiles y mucha pólvora. También sus perros y los caballos, sobre todo uno llamado Pájaro, que le regaló el gran mariscal de Ayacucho, Antonio José de Sucre, tras la victoria frente a los godos en Ayacucho: había sido el potro favorito del teniente general español José de Canterac. Lo recordó porque aquel caballo blanco llegó famélico a sus manos y se le murió de un síncope la mañana que paseaba al trote por las afueras de Lima, en los comienzos del año 26, acompañado por el teniente coronel Wilson, a quien ya entonces tenía casi por hijo. Si Bolívar hubiese ido al galope, quién sabe dónde estaría en esos momentos.
Con el nombre de Sucre le vino a la cabeza su asesinato, y poco faltó para no romper a llorar de pesadumbre, porque el general que tenía un apellido francés tan dulce había sido la empenta donde iba amparándose mientras algunos que se decían amigos le fueron dando la espalda; o más directamente, querían dispararle por detrás y dejarle tieso. No hacía ni dos semanas que había recibido una epístola enviada desde Quito —que más tarde el general Daniel O’Leary encabezaría para sus archivos como «Carta de la gran mariscala de Ayacucho al Libertador»—, donde la viuda del general Sucre, Mariana Carcelén de Guevara, de veinticinco años, marquesa de Solanda y de Villarocha, había redactado únicamente cinco párrafos; cinco párrafos que supuraban lágrimas y aflicción por todas partes.
La carta de la viuda era lacónica, como lo había sido su relación con Antonio José, con el que se había casado por poderes dos años antes. En el billete le recordaba que Bolívar había perdido un amigo leal, pero ella, un compañero cuya triste memoria iba a amargar el resto de sus días. Y, además, le daba cuenta de una disposición testamentaria. Decía Mariana que por indicación del fallecido debía entregarle la espada que el Congreso de Colombia había regalado a su marido después del triunfo en Ayacucho, y tras leer esta disposición al general Bolívar se le entibió la memoria, porque no quería más armas, que eran sinónimo de muerte. Ni aunque hubieran pertenecido a Sucre.
Así estaba, con la cabeza en ebullición y el cuerpo recostado, cuando vio en un suspiro la mancha de su criado José Palacios cruzarse por delante de la cama, y en un chispazo dio forma al pensamiento que hacía días retumbaba por su cerebro, como una letanía:
—Nos vamos.
No era todavía de día cuando el Libertador pidió la ropa y dejó resbalar en sus labios un pensamiento que tenía facciones de proclama…