Todo llevará su nombre

Fermín Goñi · Capítulo 6 de 25

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Todo llevará su nombre

Capítulo 6

—Quisiera que me acompañara en el viaje que tengo previsto hacer por la sierra —ha comentado el general desde su hamaca a Reverend—. Iremos ganando altura, aunque sea de choza en choza, hasta que se recobren los pulmones. ¿Estaría usted dispuesto al viaje, mon cher ami?

—Antes deberá recuperar algo de peso y mejorar su estado general —ha respondido el médico sin dejar traslucir que la pregunta le ha dejado touché, pues cree que el enfermo no está para viaje alguno, ni siquiera para mejorar.

—Hoy me encuentro mejor que ayer…

—La mejora hay que verla con el paso de los días, de más días —responde el médico.

El general se queda cabizbajo; eso parece. A renglón seguido le ha vuelto una tos que acaba en hipo, y Reverend dice que es conveniente que regrese a la cama para que le aplique un emplasto en el epigastrio, porque, de lo contrario, regresará la basca. Bolívar lo ha mirado sin mirar, ya que lo que propone el médico es, en realidad, una orden (de esas van ya…) y no sabe qué carta jugar: aunque capitidisminuido, él siempre es el jefe. Como, además, es un maestro en el arte del despiste, se figura que llevando la conversación por otros derroteros el mandamiento queda sin respuesta y podrá estar más tiempo en la hamaca y evitar los emplastos.

Tras el último hipo ha dejado resbalar una pregunta de enredo:

—¿Qué vino a buscar en estas tierras?

Reverend le sonríe y explica que llegó buscando libertad, un bien que en Francia se había evaporado con el regreso de la monarquía.

—¿La encontró?

—A mi juicio, sí.

—Es usted un afortunado. Yo todavía no la he encontrado.

El general Bolívar añade que Francia es una ilustre nación y que Colombia, la grande o la pequeña, se ha convertido en un país donde no se puede vivir porque hay muchos canallas. Reverend ha vuelto a quedarse touché y, aunque le gustaría seguir con la plática, su vena de médico le ha hecho una señal para que apure al paciente a regresar a la cama, porque está viendo que el sofoco de la tos va en aumento y puede derivar en una asfixia de la que es difícil recobrarse.

—Apóyese en mi brazo y vamos a la habitación. Tengo que aplicarle unos remedios —dice el médico, ante lo cual el Libertador extiende su mano izquierda y se voltea con disimulo para abandonar la hamaca.

Hay un graznido de loros, papagayos y cotorras que han estado importunando su descanso. Bolívar utiliza una metáfora para dar su brazo a torcer:

—Estos pájaros que llevan los colores de mi guardia de honor no nos dejan hablar. Parecen peruanos…

—¿Por qué peruanos? —pregunta el médico con mucho desconcierto.

—Lo he dicho en otras ocasiones —responde el Libertador—. A mi entender son viciosos hasta la infamia y bajos hasta el extremo, como también sucede con los quiteños. Igual que estas pesadas cotorras. Son todos hijos del maldito Casandro, sin duda. Venga, vamos, doctor, veo que debo visitar de nuevo a mi triste almohada, la consejera perpetua…

Del brazo y con apoyos, Bolívar marcha para la cama en un día espléndido cuando llega el mediodía. Y el médico, después, camina hacia la cocina, pues ha dejado allá sus remedios. En el patio interior, los generales Silva, Briceño y Montilla están departiendo con rostro serio, y Reverend, al ver esa reunión de militares uniformados pero sin casaca, especula con el runrún que tiene desde hace dos días: antes de la primera batalla de lo que ha sido la guerra por la independencia debió de haber un conciliábulo en el que Bolívar puso las cartas sobre la mesa y se estrenó el banderín de enganche. Los tres generales quizás estén hablando de la última batalla y de cómo se acaba honrosamente una guerra que no se puede ganar con los medios habituales.

—Si ustedes me dispensan —dice el médico cuando saluda a los militares—, voy a preparar un emplasto para el general y luego quisiera unirme a este grupo.

—¿Por algún motivo concreto, doctor? ¿Tiene alguna información que desea poner en nuestro conocimiento? —pregunta el general Carreño, adelantando un paso.

José María Carreño es manco por heridas de guerra desde hace dieciséis años y cojea de manera bastante notable.

—El Libertador sigue como llegó. Le estamos aplicando los remedios que estimamos más oportunos, pero no les puedo ocultar que su situación es extremadamente preocupante. Esta mañana tenía buen semblante y mejor tono de voz, pero de nuevo le ha regresado la tos y me temo que venga acompañada por expectoración, fiebre… Quizá los remedios a nuestro alcance estén llegando tarde.

—¿Qué podemos hacer? —insiste Carreño, al que llaman el Mocho.

—Esperar. Todo es cuestión de tiempo.

—Nosotros conocemos al general y sabemos que el tiempo, da igual que sea la falta o el exceso, a estas alturas lo consume.

—No existe otra posibilidad. Sus males no se arreglan por otra vía.

—Entonces, ¿de qué nos quiere hablar?

—No quiero hablar. Deseo preguntar, si no les importuna. Ustedes son ya parte de la historia de este país y no me gustaría dejar pasar la oportunidad que el destino ha puesto a mi alcance. Me interesa saber cómo empezó esta guerra…

Carreño lo interrumpe.

—Historia pasada, doctor Reverend. —A renglón seguido añade—: Pero, si usted quiere —dice, mirando las caras de los otros generales para ver qué gesto ponen—, podemos mantener una conversa.

Silva y Montilla asienten con una mueca.

—Atiendo a mi paciente y regreso con ustedes. Quedo agradecido por su amabilidad.

—A un médico jamás se le niega conversación —dice Silva entre gestos—. Si lo sabré yo…

 

Reverend vuelve al rato frotándose las manos recién lavadas y con su español afrancesado pregunta a los protagonistas de la historia del país que le ha dado cobijo cómo comenzó todo. Nombra al general Miranda. Entiende que sus contertulios van a dar una versión de parte, su versión, pero eso no le importuna, porque se considera un afortunado al poder conversar con los generales que tantas batallas han librado en los últimos tres lustros.

El médico sabe que Silva está casado con una sobrina del Libertador desde hace tres años, Felicia —por lo cual es el cuñado de Fernando Bolívar—, pero ignora que fue un matrimonio que impuso el propio Bolívar y que la joven tuvo que tragar como un sapo viscoso. También, porque lo ha dicho él mismo, que tiene en su cuerpo más de cincuenta heridas de guerra. De Montilla sabe que es el único militar de carrera de los tres, que estuvo luchando en España como guardia de corps contra las tropas de Napoleón, que ha vivido en los Estados Unidos y que estuvo a punto de participar en un intento de invasión de México. Ignora que era uno de los que, infructuosamente, el español Xavier Mina trató de reclutar en Haití para una operación militar en la Nueva España que saldría de Galvestown, condenada al fracaso. Y de Carreño, que además de manco del derecho es el más joven del trío, únicamente conoce que es familiar directo de la persona a la que casi todos los oficiales del Estado Mayor del general consideran maestro de Bolívar, Simón Carreño, alias Samuel Robinson, alias Simón Rodríguez.

—¿Es cierto que un general llamado Miranda, que fue teniente general en la Revolución francesa, comenzó la sublevación cuando invadió Venezuela en el año 1806?

Hay un silencio tan severo que al médico le hace sospechar sobre la conveniencia de haber hecho la pregunta. Los cuatro están de pie, aunque Carreño tiene el cuerpo muy acomodado en una columna y parece que la consulta no va con él.

Sin embargo, es Carreño quien responde:

—Le voy a hablar gordo, doctor. Francisco de Miranda fue quien comenzó, y el general Bolívar el que siguió y consiguió. Quizá sin el primero no se hubiera dado el segundo, pero lo seguro es que sin Bolívar no hubiese habido revolución ni victoria. Porque fue una victoria acabar con la dominación española y lograr que la América del Sur rija sus propios destinos. Discúlpeme, pero no quiero decir nada más por el momento.

Cuando parecía que la conversación estaba finiquitada, el general José Laurencio Silva, que es mulato, y esa condición la ha sufrido en las carnes casi tanto como la cincuentena de heridas que jalonan su cuerpo, toma la palabra para decir que la historia hay que dividirla en dos:

—Antes de Bolívar y después de Bolívar. Y la que de verdad interesa es la historia con el general Bolívar, el Libertador, el sol de Colombia y la gloria de América.

—¿Y los extranjeros que llevan tantos años con él?

—Historia larga, muy larga, doctor. ¿Se queda esta noche en la hacienda? — pregunta Montilla.

—Me temo que sí. Quiero ver qué hace el enfermo de noche, cuánto duerme, qué remedios alivian mejor la tos o los esputos. También si la fiebre remite. Pretendo darle un linimento, aplicar un vejigatorio y…

—Considéreme esta noche su ayudante, si hace el favor. En los entreactos de su trajín le pondré al corriente de esos inicios que tanto lo intrigan.

—No es intriga, general Montilla. Es que ustedes han estado con el Libertador desde los principios y sería un idiota consumado si no aprovechara la ocasión para conocer la historia, como dicen ustedes por aquí, de primera mano.

 

Llegó la noche. Y la noche de Bolívar fue el sinvivir de Reverend, porque el paciente no se quejaba, pero el médico veía que sufría: cabeza muy caliente, manos y pies fríos, y un hipo que por momentos parecía que iba a tragarse su garganta. El médico iba colocando emplastos y le dio de beber a sorbos una infusión de saúco que alternó con un jarabe de amapola. De esa manera transcurrió una noche larga hasta que rayando el día el enfermo cerró los ojos después de mucho desvariar y se quedó dormido; así estuvo unas dos horas. El general Montilla hizo de ayudante, y solo cuando el Libertador cerró los ojos y notó que por su respiración dormitaba o dormía, se atrevió a dirigir la palabra a Reverend, que ya había salido de la casa y estaba sentado a la vera de un samán, acariciando a su perro.

—¿Saldrá de esta agonía, doctor? —pregunta Montilla arrimando su hombro al árbol.

—Nadie lo sabe, general. En los días que llevo viendo al Libertador no aprecio una mejoría notable. Tiene momentos, ratos, de normalidad. Pero siempre acaba en lo mismo. A decir verdad no sé qué remedio podría causarle una mejora definitiva, ni tampoco si es posible. Me inclino por pensar que estamos en el comienzo de la agonía, que ya no es cuestión de tiempo, sino propiamente de un milagro.

—No diga eso. He visto al Libertador en situaciones similares y de todas ha salido. Ni siquiera han podido con su vida los sicarios del malnacido Santander, en Santafé. Bien es cierto que nada lo ha matado, pero todo lo empeora. Si usted lo hubiera conocido hace años…

—Como no lo conocí en ese tiempo, hábleme, por favor, de aquellos años.

Entonces aparece la figura garbosa de Fernanda Barriga con dos tazones de caldo para los conversadores, y en el perfil de su sombra, la silueta de Carreño, que ha dormido unas cuantas horas y quiere tomar el relevo de Montilla. El Mocho ha escuchado cómo el médico persiste en la idea de saber de qué manera fueron los comienzos y no se lo piensa dos veces cuando dice:

—Éramos pocos, pero muy decididos. Y el Libertador fue nuestro navegante, según la mejor tradición militar. En los comienzos, allá por los finales del año 12, solo teníamos una brújula, un sextante, un catalejo y un altímetro. Las armas se las quitábamos al enemigo, en escaramuzas nocturnas.

Sin dar un respiro refiere que, tras la capitulación del general Francisco de Miranda frente al capitán de fragata español Domingo de Monteverde, mediado el año 1812, que puso fin a los sueños de una República en Venezuela, Simón Bolívar salió hacía Curação, si bien al cabo de unas semanas volvió al continente para ofrecerse al Gobierno de Cartagena, de donde le remitieron al comandante del Bajo Magdalena, el oficial francés Pierre Labatud. Eran pocos los que en aquel año, a finales, estaban con el Libertador, y además no tenían experiencia militar, aunque actuaban con arrojo y no se detenían ni para darse impulso, comenta Carreño de una forma tan familiar que parece un pliego de cordel. Refiere que llegó sin permiso de nadie a la ciudad de Tenerife y que, nada más llegar, el combatiente Bolívar reunió en una plaza a todos los ciudadanos que pudo, les lanzó una arenga sobre libertades y derechos que casi nadie comprendió y finalizó el discurso con el exordio que fue la raíz de su recorrido:

—Ya sois hombres libres.

Luego les preguntó si estaban dispuestos a jurar lealtad al Gobierno de Cartagena y la multitud gritó un sonoro:

—Sííííííííí.

Dice el general Carreño que Bolívar había iniciado ya la carrera política y su fama comenzaba a extenderse en Europa al mismo tiempo que las guerras napoleónicas iban camino de la extinción. Con muchos militares europeos sin trabajo, los más osados se hicieron a la vela camino de la América del Sur para ofertar sus servicios, incluso a cambio de nada. O quizás únicamente de la gloria que no habían recibido en Europa, declara.

—Uno de ellos fue el general Henry Louis Ducoudray Holstein —interrumpe el médico.

—Así fue, aunque entonces su grado era el de coronel. Estuvo con nosotros dos años y se marchó por una discrepancia que tuvo con el Libertador. Vino y se fue. Incluso el general Bolívar dijo en Bucaramanga, según refirió el coronel Ferguson, que nunca tuvo confianza en él (porque se figuraba que sus despachos de militar eran falsos) y que el día en que Ducoudray abandonó nuestro ejército sintió un verdadero placer. Historia pasada, ya se lo he dicho.

Reverend no ha preguntado a boleo. Resulta que un comerciante de Cartagena llamado Donald Stevenson le regaló unos meses atrás un libro editado a mediados de 1828 en Boston titulado Memorias de Simón Bolívar y de sus principales generales (que no son tales memorias, sino los recuerdos y testimonios del autor, su versión vivida de aquellos tiempos), escrito en inglés por Ducoudray —en la fecha de los corrientes profesor universitario de lenguas extranjeras cerca de Nueva York—, que no ha podido leer porque desconoce el idioma, aunque ese impedimento no ha sido cortapisa para que sepa de qué va. Primero Stevenson y luego otros comerciantes de paso por Santa Marta o Barranquilla le han ido traduciendo pasajes del libro, y ya está al corriente de que el militar francoalemán combatió con Napoleón en España (acabó capturado por los españoles en Cádiz), fue amigo del general Lafayette y encabezó una expedición para conquistar Puerto Rico en 1822, con el objetivo de independizar la isla y proclamar la República Boricua. No lo consiguió, fue apresado en Curação, dio con sus huesos en la cárcel y se libró por los pelos de ser ejecutado.

Para Reverend lo más reseñable del libro de memorias es la descripción que Ducoudray hace del general Bolívar en esos años: era torpe militarmente, pretendía hacerlo todo él mismo y simultáneamente —a saber: ser soldado, legislador y gobernante—, se distinguía por su precipitación en las decisiones y sus ocupaciones favoritas consistían en estar acompañado por sus numerosas amantes, recostarse en una hamaca y dejarse halagar por una corte de aduladores que le bailaban el agua.

Por si lo anterior no fuera suficiente, Ducoudray lo acusaba de inventarse acciones de guerra que luego magnificaba, todavía más, en impresos que mandaba imprimir para que fueran leídos a la tropa, en su mayor parte analfabeta. De este modo mantenía bien despiertos los ánimos e insuflaba coraje. Para poder glosar sus hazañas, Bolívar reclamó a sus colaboradores en los comienzos que consiguieran una imprenta en la que imprimir panfletos y, decía Ducoudray, estuvo muy certero cuando afirmó que la primera de las fuerzas era la opinión pública.

Carreño responde que ignora lo anterior porque no ha visto el libro, pero que todo lo que acaba de relatar es falso de la A a la Zeta. Y asegura que su único recuerdo de Ducoudray, muy vivo todavía, se refiere al día en el que Bolívar lo conoció en Cartagena, en el año 15, y casi sin cruzar una palabra el alemán le regaló un tesoro que llevaba escondido entre telas y cordeles, dentro de un cajón de madera estrecho y enorme: el «Mapa Geográfico de la América Meridional, dispuesto y grabado por D. Juan de la Cruz Olmedilla y Cano, geógrafo pensionado de su majestad…». No era cartografía cualquiera, pues las ocho láminas coloreadas tenían unas medidas descomunales hasta la fecha: unos siete pies de alto por cuatro y medio de ancho, más o menos la alzada completa de un caballo de silla puesto en la vertical.

Cuenta el general manco que Ducoudray sacó de la funda las piezas y cómo costó su tiempo lograr asir en una pared los ocho rectángulos del gigantesco plano, en su orden, ya que estaban numerados. Fue entonces cuando apareció una estampa imponente de América del Sur, y dice Carreño que Bolívar exclamó inquieto y boquiabierto:

—¡Santo cielo: madre mía de mi vida y de mi corazón! C’est magnifique! Si hasta indica dónde están las minas de oro, de plata, de cobre, las de piedras preciosas, las audiencias, los corregimientos, las capitanías, las fortalezas… Este mapa es un mundo, señores. Desconocía que pudiera haber un plano tan exacto de lo que es la América meridional. Gracias, coronel Ducoudray. No ha podido hacerme usted mejor regalo; ni mejor ni más práctico.

El Libertador estuvo largo tiempo mascullando alabanzas al autor de tamaña cartografía; parecía que las jaculatorias no terminaban nunca, porque, en un arranque, se subió a una silla (el mapa armado sobre el muro le sacaba tres palmos a su cabeza), sacó el sable de la vaina, murmuró no se sabe qué, levantó el brazo izquierdo y con el derecho en horizontal revisó primero la ubicación de Caracas, luego la propia de Cartagena, más tarde la de Santafé y acabó en Lima. Farfullaba algo que el resto de los asistentes no entendía, si bien la expresión de su cara lo decía todo.

Al cabo de un rato corto, hinchando los pulmones reveló:

—El año que viene aquí —señaló León de Caracas, porque así consta en el mapa —, seis meses más tarde allí —indicó con la punta de su sable Santa Marta—, y más pronto que tarde llegaremos a Santafé y acabaremos en Guayaquil. Después, iremos a la Ciudad de los Reyes —remató Bolívar henchido por el voluntarismo—. Este mapa tiene incluso un recuadro con un plano del puerto del Callao, madre mía de mi vida, cuánta información…

El Mocho asegura que la concurrencia se quedó muda, por mitades: al descubrir el descomunal tamaño del mapa de la América Meridional (no existía a la fecha en el mundo otro trabajo igual) y al escuchar los planes de Bolívar, que no quitaba ojo al perímetro de la carta e impedía con los gestos de su sable que nadie pudiera acercarse a la pared. Cuando su imaginación bajó a la tierra se interesó:

—¿De dónde ha salido esta joya, mon ami? —preguntó descendiendo del taburete —. Porque lo que usted ha traído es, además de una alhaja, la mayor filigrana cartográfica que haya contemplado jamás. Ignoraba que pudiera haber algo así, nunca había oído hablar de la existencia de un plano semejante. Qué precisión, qué tamaño, qué fuente de información… Esta es la América, señores, nuestra América.

A lo que Ducoudray Holstein, que también era amigo del ornato, respondió con una diminuta clase de historia:

—De Londres, general. Este mapa, confeccionado por el cartógrafo español Olmedilla y Cano, discípulo del gran Jean Baptiste Bourguignon d’Anville, primer geógrafo de Luis XV, rey de Francia, primero se imprimió en Madrid, en 1755, pero dicen que en la camarilla del rey español se dieron cuenta de inmediato de que si esta cartografía circulaba por Europa habían dejado los flancos americanos al descubierto; lo que estamos viendo ahora, amigos, es el mapa de un imperio, con todos sus accidentes, límites, divisiones, ríos, cordilleras… Por eso se retiraron las unidades impresas y se mandaron destruir las planchas, el trabajo de toda una vida, ya que el geógrafo Juan de la Cruz Olmedilla y Cano había estado en París con Bourguignon para completar sus estudios y era uno de los mayores expertos europeos en materia cartográfica. Pero un ejemplar de esta obra la adquirió en París el señor Thomas Jefferson, que fue embajador en París y luego tercer presidente norteamericano. Él lo llevó a Londres cuando regresaba a Nueva York al poco de estallar la Revolución francesa y allí, en 1799, se reimprimió la obra bajo la supervisión de William Faden, geógrafo de su majestad el rey Jorge III y del príncipe de Gales. Fue en Londres donde la adquirieron para mí. Y hoy está aquí, a disposición de ustedes. A decir verdad, es la mejor cartografía que se ha hecho hasta la fecha sobre cualquier parte del orbe.

Bolívar cortó la perorata. A su memoria llegó una imagen de cuando visitó la biblioteca del general Miranda en su casa de Londres, cinco años atrás. Allí, frente a un mapamundi de Abraham Ortelius y en presencia de Luis López Méndez y Andrés Bello, el veterano general nacido en Caracas recitó una frase que Bolívar jamás olvidó:

—La geografía es el ojo de las historias. No piensen que lo que acabo de decir es una ocurrencia mía, no. Lo escribió el propio Ortelius en su Theatrum Orbis Terrarum —precisó Miranda—. Repito que en la vida descuiden este aserto: la geografía es el ojo de las historias.

Pero Carreño contó más. Lo hizo como si las circunstancias se repitieran en ese mismo momento del año 30. Dijo que cuando Bolívar narró la anécdota de Miranda concerniente a Ortelius, el militar francoalemán agregó lo siguiente:

—Sobre el particular, quiero añadir que también se ha retirado de la circulación fuera de la península, o sea, en este continente que ahora pisamos, el Diccionario geográfico de las Indias Occidentales o América, la obra del quiteño Antonio de Alcedo, y por las mismas razones que antes señalé para la cartografía de Cano y Olmedilla. En Madrid no quieren que sus enemigos conozcan lo que es de dominio público y que no es otro que el fabuloso imperio que España ha construido en la América —ironizó Ducoudray Holstein—. En España han presumido durante años de que en sus dominios no se ponía jamás el sol.

—¡Jeringas, había en mi casa de Caracas una edición de esa obra! —resopló Bolívar. A continuación añadió—: El diccionario, que lo conozco bien, es una obra excelente; son cinco tomos, si no me falla la memoria, y se reseña todo lo que España posee en el continente. Pero este mapa del sur de la América es grandioso, insuperable. Repito que nunca hubiera pensado que pudiera existir algo semejante. Y respecto a la presunción española en materia solar, hablaremos dentro de un tiempo, señores. En la América les aseguro que brillará otro sol y más pronto que tarde. Y tendrá por sí mismo más fuerza, será más grande y estará más alto.

Dirigiéndose a Diego Ibarra el Libertador largó una orden:

—Hay que conseguir entelar el mapa y conservar los colores con afeites vegetales. Quiero que esta cartografía viaje siempre conmigo. Va en ella la vida de su portador. Y creo que de manera inmediata debemos de organizar un cuerpo de cartógrafos, porque sin mapas cualquier avance resulta un galimatías. ¿Tenemos alguna persona que se pueda encargar en el futuro de confeccionar planos?

Ibarra repasó en un instante las personas que estaban a su alrededor y dio dos nombres y un apellido:

—Se me ocurre uno, general: Antonio José de Sucre. Tiene gran facilidad para el dibujo. Ha esbozado una carta con los accesos a Cartagena.

—Que lo llamen y se reúna conmigo.

Todo eso recordó Carreño sentado a la vera de un samán y no tardó en evocar que el gigantesco mapa de Olmedilla y Cano se perdió cuando una mula que llevaba la caja con las ocho láminas del monumental plano se despeñó en la cordillera camino de Pisba, los días previos a la batalla del pantano de Vargas, en el año 19.

—Con la mula desapareció en el fondo de la quebrada buena parte de la cartografía que entonces teníamos. Gran pérdida que no impidió al Libertador llegar a Santafé, luego a Guayaquil, más tarde a Lima, la Ciudad de los Reyes… —añadió con gesto doliente.

El relato también le hizo fantasear a Reverend, si bien la inclemente realidad puede interrumpir con facilidad los sueños. Al médico le pasó eso mismo, que volvió del sueño cuando Joaquina gritó desde el zaguán de la casa con bastante aspaviento:

—¡El general se ahoga, se ahoga! ¡Doctor, que se ahoga!

Era la mañana de un 9 de diciembre del año 30, jueves, y Joaquina Rovira todavía no se había dado cuenta de que el general no era tan solo tal, sino también su excelencia el Libertador Simón Bolívar, la gloria de América del Sur, como lo llamaban sus partidarios.