Todo llevará su nombre
Capítulo 5
Joaquina Rovira ha percibido con sus ojos hinchados por el sinvivir de las últimas horas cómo el criado José Palacios, que tiene cincuenta y tres años y desde hace unos cuarenta vive con Simón Bolívar como en un concubinato, ha tomado en sus brazos al enfermo y lo ha sumergido en la bañera de mármol rellena con agua tibia, esencias de menta, agua de colonia y unas hojas de albahaca y laurel que ha llevado Mier. El agua de la pila tiene, además, un chorrito de jabón ligero de salvia que conserva como una joya la cocinera Fernanda, regalo de Manuelita Sáenz, el último amor verdadero de los muchos verdaderos que ha tenido el general. El Libertador es pellejo y poco más, angustia en la mirada, el pelo lacio y descolorido, un esqueleto que parece condenado a desarmarse en cualquier momento, aunque en la bañera de agua tibia perfumada con esencias ha sonreído como Poseidón para enseñar una hilera íntegra de dientes blancos y cuidados.
Bolívar ha pedido que lo dejen solo en aquel pequeño cuarto, junto a la ventana, porque un rayo de sol que se ha colado en la estancia comienza a iluminarle la garganta y el calor natural en esa parte del cuerpo tan castigada por las toses y la basca le agrada. Parece que musita, murmura o canturrea, y lo que resulta evidente es que su cara ha perdido mucha dureza en las facciones, porque está sonriendo. El agua es la vida, y no porque lo diga el doctor Tissot, sino porque es el aliento del espíritu. El general se lo ha comentado a Reverend con las primeras luces, desde la cama, y el médico francés ha sacado a colación el nombre de Tissot porque quiere saber si el Libertador conoce la obra más discutida del médico suizo, aquella que lleva por título El onanismo, tratado sobre las enfermedades producidas por la masturbación.
—El mismo título es una simpleza —ha respondido Bolívar. Y además ha añadido—: Por alguna parte hay que aliviar la tensión de las pasiones. ¿O no?
Ese comentario le ha dado pie a Reverend para explicar el fundamento de la tesis del médico suizo.
—Escribe Tissot que la masturbación incrementa la presión sanguínea en el interior del cráneo, lo cual conduce a la locura y, en muchas ocasiones, a la muerte. Es su opinión.
—Debo decirle, doctor Reverend, que la presión en el cerebro tiene muchos orígenes. Yo mismo le podría hablar extenso de la materia, porque en estas últimas fechas mi cerebro parece que revienta o explota. Pero no por los motivos que dice Tissot. —A juzgar por el tono de voz, parece que hoy a Bolívar no le cuesta tanto la conversación—. Luego continuamos hablando, porque ahora necesito bañarme, siguiendo el principio de Tissot y también del doctor Unanue, no lo olvide. En eso soy un incondicional. De lo otro… Ah, he tomado el brebaje que usted me mandó con Fernanda cuando comenzaba a amanecer y verá que ha hecho su efecto, al menos por el momento. Aunque realmente no tengo apetito y todo lo que ingiero me parecen medicinas que nunca hubiera tragado en otras circunstancias…
—Descanse un poco más y luego dese el baño. Todo alivia —concluye Reverend.
Mientras se baña, Joaquina Rovira lo observa en cuclillas desde un punto al que la vista de Bolívar no puede acceder. Ve que respira con fatiga y se pasa agua por la cara después de olerla, cómo se limpia los dientes frotándoselos con un dedo y un palillo que no sabe de dónde ha sacado, y cómo se da un masaje en las sienes mientras estira lánguidamente el cuello. La figura del general le parece diminuta, y su cabeza, desproporcionada con el resto del cuerpo. Tiene los antebrazos, las manos y la cara tan tostados por el sol que lo demás aparenta la carne blanca de un melón.
Pero sobre todo le inquieta la mirada perdida, y sus ojos, hundidos hasta casi la parte posterior del cráneo. Joaquina esconde la sensación de estar viendo a un doliente, como otros que ha podido contemplar en la hacienda y que ya están bajo tierra, porque en San Pedro Alejandrino siempre se trabajó a montones y sin descanso, en especial para cargar la caña y también el fruto de muchos árboles. Su vida en la hacienda ha sido bastante monótona, aunque ha marchado en muchas ocasiones a la ciudad para ver los barcos fondeados en un puerto natural que es único por aquella costa caribeña. Del puerto no ha pasado, si bien su imaginación hace tiempo que la está llevando por otras zonas del continente que no conoce, pero se las figura.
Incluso la noche pasada tuvo una ocurrencia y quiere preguntarle a Fernanda, su jefa de fogón (en la hacienda ya hay otras dos cocineras que alimentan a los esclavos a través de una ventana diminuta), si cuando todo acabe y el general recupere el pulso, podrá acompañarlos, vayan adonde vayan. Ha pensado que ella igualmente puede ser de la familia sin acarrear la misma sangre, como Fernanda o José, al que mira con un respeto casi reverencial tan pronto como supo que lleva acompañando al general desde los doce años. También quiere saber cómo empezó todo, en qué momento se inició una guerra de la que alguna vez oyó hablar, si bien nunca estuvo al tanto de a quiénes enfrentaba.
Ella sabe al dedillo que se llama Joaquina, es esclava y poco más. Ni siquiera conoce quién fue su padre, porque nunca lo preguntó ni persona alguna se lo dijo. Tampoco su madre, que invariablemente se ocupó de labores de limpieza en la finca y ahora maneja en el trapiche una muela que tritura la caña de azúcar. La joven es de piel negra, pero en la hacienda casi todos dicen que su padre fue blanco y terrateniente, porque lleva el apellido de la esposa de Mier.
Joaquina está en cuclillas observando y haciendo que su imaginación sueñe, y en esa postura la descubre el doctor Reverend, que acaba de aparecer por el patio de improviso. La joven tiene una mirada tan afable que el médico ni siquiera se ha molestado por descubrirla fisgando, y es entonces cuando Joaquina se remanga los vuelos de la falda para preguntar:
—¿Sanará el señor?
El médico sonríe porque no sabe qué puede contestar y porque la pregunta no tiene respuesta.
—Eso queremos todos —dice.
—Pero ¿sanará?
—Nadie lo sabe.
—Si sana, yo quiero irme con ustedes.
Reverend se queda inerme. Él no forma parte del grupo, aunque no le importaría pasar un tiempo junto a Bolívar si el general remontara el empinado repecho que tiene por delante. Su curiosidad también lo conduce por ese veril: quiere saber cómo comenzó todo, cuándo fue el día en el que una sola persona decidió por todos que el sur de América debía ser un hemisferio libre y sin dependencias, quiénes estuvieron en los comienzos de las batallas, cómo se forma un ejército, quiénes han sido sus peores adversarios, etcétera. El médico tiene un conocimiento borroso de que, en los inicios, hubo un general caraqueño apellidado Miranda que fue el inductor de la revolución y que murió preso en España. Hasta ahí llegan sus conocimientos sobre esa fase inicial de la historia del país en el que ahora vive.
Tiene datos sobre años posteriores, pero están en un libro escrito en inglés, y esa es una lengua que desconoce, aunque no del todo. A los comerciantes de origen británico que pasan por su botica les pide siempre que le traduzcan un capítulo o le den una noción de lo que está escrito. Con esa fórmula sui generis reconstruye la historia reciente de su país de asilo.
—Si sana —le responde a Joaquina mirando su cara de adolescente melificada—, habrá tiempo para todo. Yo solo soy un médico.
Iba a decir algo más, pero se ha oído al general llamar a Palacios de viva voz, de la viva voz que le queda, y que esa mañana parece que no es poca:
—José, la ropa. Tráeme la ropa que voy a salir afuera. Me asfixian estas paredes.
Tenía razón Fernanda Barriga cuando dijo que frente a la entrada, y rodeados por mucha vegetación que baja desde la ladera de un cerro que parece algo lejano, hay varios samanes y, sobre todo, dos tamarindos de porte soberbio, ya que el general ha salido de la casa algo encogido, apoyándose en un bastón que le regalaron en Lima y en el brazo recio de Palacios, y ha señalado aquella zona para que coloquen su hamaca. A Bolívar le gustan las hamacas más que las camas, para dormir. Para otras cuestiones es asunto diferente.
Quienes lo conocen desde los empieces de su brega, como el general José Laurencio Silva, han visto a la vera del Libertador a un sinfín de mujeres y a un único amor verdadero y efímero: su mujer María Teresa Rodríguez del Toro, una madrileña con la que convivió maritalmente ocho meses y que dejó el mundo a los veintidós años por unas fiebres palúdicas. Su muerte puso a Bolívar en un camino que no había previsto, y desde entonces se fajó para cumplir la promesa de no volver a casarse, que fue la forma en la que discurrió su vida, viudo, y a menudo con mujeres en su alcoba; nada diferente a lo que otros hombres de su posición hubieran hecho. La pasión de la carne y quizás el amor le hizo en ocasiones perder posiciones en el campo de las batallas o en la mar, pero también le salvó la vida. Por eso el general sabe que debe lo que debe y a quién se lo debe, y de esos asuntos no quiere pellejerías.
En su familia conocen que se enredó con una joven en París —Jeanne Louise Denisse Dervieux Trobriand de Aristeguieta, Fannie—, casada con un militar que por la edad, setenta y cuatro años, podía ser su abuelo. Ocurrió en París, al poco de enviudar, y de aquella relación con la hija del oficial de la Armada francesa que dio su nombre a unas islas de coral junto a Papúa, las islas Trobriand, se quedó con muchas cartas apasionadas y el regalo de un par de pistolas de duelo que manufacturó Nicolas Noël Boutet, el armero de los armeros y arcabucero del descabezado rey Luis XVI de Francia, una joya para los lances.
También lo hizo diez años después por el Caribe con Josefina Machado, Pepita, la señorita Pepa, como la llamaban con tirria algunos oficiales de Bolívar, por cuyos amores de pasión la revolución estuvo a punto de irse al garete, y ya más adelante con Bernardina Ibáñez, con Manuelita Madroño, con Paula Prado, con Francisca Zubiaga, con Benedicta Nadal, con María Joaquina Costas y con otras menos notorias, cuando asistía a fiestas en alguna de las ciudades que liberó. Con todas pasó algo, pero con Manuela Sáenz, la quiteña que le absorbió el seso y le salvó la vida un 25 de septiembre de 1828 en el palacio de San Carlos, Bogotá, repasó. Ella fue su coronela, la libertadora del Libertador; pero no la única, porque la única fue la primera, según afirma Silva que dice Bolívar, y la prueba radica en que de María Teresa conservó siempre el anillo de boda, engastado con una corona en la que refulgían los diamantes. Lo guardó hasta que sintió que la vida se le estaba escapando por las rendijas de la displicencia que recibía; un año antes de finar, se lo regaló en Popayán, camino de Bogotá, a su amigo José Rafael Arboleda, a quien antes ya había obsequiado con un sable.
—Se queda esta sortija que fue de mi esposa en buenas manos —dijo entonces el Libertador con mucha nostalgia y algo de pena, porque era el último recuerdo del amor de su vida.
En una ocasión, y de eso hace mucho tiempo, le oyeron decir al general Silva que la vida de Bolívar era la de sus mujeres, y el propio Libertador ha contado que entre la negra Hipólita, una esclava propiedad de su familia, y doña Inés Mancebo de Miyares, la esposa del capitán general de Venezuela, le dieron de mamar y le dieron la vida, y que la negra Matea, otra esclava, le proporcionó sus principales alegrías porque con ella aprendió los primeros juegos, ya que fue un hijo huérfano, y esa es una marca bastante indeleble. «Tuve mucha soledad de niño, no he conocido otro padre que Hipólita», cuenta Silva que un día dijo el Libertador.
Por eso ha distinguido entre cama y hamaca, porque son para menesteres diferentes. Quienes son su familia lo saben sin necesidad de que nadie lo recuerde. Fernanda conoce bien esa peripecia, y con un machete ha puesto coto a la maleza que circunda al par de tamarindos que ha elegido para que el Libertador descanse en el chinchorro, encogido, su posición favorita. Para Bolívar, hoy que se siente con fuerzas, aunque sean exiguas, la hamaca, como el agua, es fuente de vida.
—Colgadme en el árbol como a una araña —ha expresado el general esa mañana de martes, y luego ha sonreído mirando al perro negro de Reverend, que sigue sujeto a un samán, observando una iguana que calienta su papada al sol de un 7 de diciembre—. ¡Cómo me gustan los perros, Fernanda! Son más leales que los hombres, nunca te abandonan…
De seguido ha murmurado algo para lo que José Palacios no necesita traductor, porque es uno de los versos que el multifacético José Fernández Madrid —médico, abogado, diplomático, dramaturgo y poeta— escribió cuando vivía en Bogotá:
Mi hamaca es un tesoro,
es mi mejor alhaja,
a la ciudad, al campo,
ella siempre me acompaña.
¡Oh prodigio de la industria!
Cuando no encuentro casa,
la cuelgo de dos troncos,
y allí está mi posada.
Salud, salud dos veces
al que inventó la hamaca.
Bolívar lo ha recitado innumerables ocasiones, con alharacas —«Salud y salud mil veces, a quien inventó la hamaca», según su versión—, y no hay nadie en su séquito que desconozca el ripio.
Con una rapidez digna de envidia, la propia Fernanda ha colgado entre tamarindos la hamaca para que el Libertador se enrosque y luego ha marchado hacia la cocina en busca de agua con goma arábiga. El general sorberá el líquido con una pizca de hastío porque es una bebida que le llevan ofreciendo desde que llegó a Santa Marta y no le gusta el sabor. Hace calor, pero no tiene sed. Y desea quedarse atornillado a su hamaca hasta que el cuerpo aguante. Pretende estar solo, pero se le ha ocurrido llamar a Wilson porque de nuevo quiere escuchar si hay novedades sobre las minas de Aroa, su última mortificación.
—¿Ha llegado carta de Londres? —pregunta a su edecán con algo de cachaza.
Wilson, que ya no sabe qué responder, contesta con un gesto de cabeza.
—No, general. En Barranquilla escribí de nuevo a mi padre, pero sabe su excelencia que el correo es lento.
—Qué malo es esto de esperar —murmura.
A estas alturas de la vida, Bolívar cree que no es tiempo de preocuparse por las cosas materiales, pero sí de ordenar el futuro; para él y también para los que van a quedar en la Tierra tras él. Después de tantos años en la pelea, sabe que casi no tiene un real en los bolsillos y que su única pertenencia de entidad son las minas de cobre que están en Aroa, por donde nace el río Yaracui hasta que muere en el golfo Triste, a los pies de Puerto Cabello, ciudad de triste recuerdo para el general, porque allí ocurrió su primera derrota militar, tan sonora, tan sonada, tan tragicómica. Fue en el año de gracia de 1812.
Las minas soportan una situación legal muy incómoda para Bolívar, que si para algo quiere viajar a Londres es para, una vez allí, agarrar de la pechera a los melifluos ingleses que hace seis años firmaron con su hermana María Antonia un contrato de arrendamiento (esos que se apellidan Curtis, Stephenson, Mande, Lowry…), tras constituir una sociedad denominada The Bolivar Mining Association, y hoy es el día en que no han soltado una libra. Para más inri, el dinero tendría que haber sido depositado en una cuenta en Londres a su nombre y no hay rastro de ingresos; cada vez que le viene a la mente esta situación, Bolívar suelta un exabrupto, pero de ahí no pasa el enfado, porque otra cosa no puede hacer. Calcula que ya le deben unas cien mil libras, un fortunón.
Sobre el particular, los ingleses han ido dando largas al pago con argucias de leguleyo e incluso han argumentado que aquel paraje tiene algo de insalubre o nocivo, porque han fallecido dos personas que enviaron para inspeccionar los yacimientos, y Bolívar, después de pedir de manera reiterada a sus corresponsales diplomáticos en la capital inglesa, José Fernández Madrid, ministro de Colombia ante la Gran Bretaña, y Andrés Bello, secretario de la legación, que deshagan el entuerto, ha descubierto de pronto que no solo no ha cobrado cantidad alguna, sino que debe dinero con cargo a los supuestos fondos londinenses, ya que ha girado letras con esa garantía, que han ido al protesto. Como no hay peculio, ha escrito a Fernández Madrid y a Bello tantas veces que ya ni las recuerda, pero sin que el asunto avance. El único provecho de tanta correspondencia ha sido el anuncio de que Fernández Madrid le ha suscrito a The Times, aduciendo que es el diario de más crédito para enterarse de lo que acontece en Europa.
«¿Dónde querrá que me llegue y lea ese periódico, si no paro quieto en ninguna parte?», le comentó el Libertador a Wilson hace tres años, una tarde que salieron a recorrer en calesa las afueras de Bogotá, en busca de una laguna.
En el colmo de las adversidades, Fernández Madrid ha muerto en Londres de un problema pulmonar en los finales de junio de este fatídico 1830 —acompañado nada menos que por el general Santander—, y Andrés Bello está a punto de que le suceda lo mismo, pero de inanición, porque no tiene peniques ni para enviar una carta; en la última que ha remitido al general le advierte de que en su situación la única herencia que podrán recibir sus hijos será la mendicidad.
Bolívar se ha enterado de las dos cosas al mismo tiempo y ha pensado que la persona precisa que puede desligar el nudo es el general sir Robert Wilson, uno de los ayudantes del duque de Wellington en las luchas contra Napoleón en España, que es el padre real de Belford Hinton. Llevan muchos años carteándose, y el Libertador le ha tomado aprecio por ser precisamente el padre de Belford, que es el hijo que a él le hubiese gustado tener. «Algunas veces me parece tener en él a un hijo», le escribió a sir Robert en 1825, y este lo correspondió unos años más tarde enviándole dos libros: uno de Jean-Jacques Rousseau, El contrato social, y otro de Raimondo Montecuccoli, Del arte militar en general, que habían pertenecido a Napoleón. Bolívar replicó mandando un retrato suyo hecho en Lima, ya que los Wilson también son la familia, y eso se nota.
A resultas de esa cercanía en la distancia, hace unos meses ha vuelto a escribir al general Wilson y le ha propuesto que, con los plenos poderes que le confiere en la carta, negocie un arreglo para acabar esta historia tan cargante: renuncia a casi la mitad de las cantidades adeudadas si con ello consigue que la Bolivar Mining Association pague. Tarde y mal, pero pague: o el arrendamiento acordado, o la compra de las minas en un justiprecio. De paso, que María Antonia deje de enfangar la situación desde Caracas y se mantenga al margen, para lo cual el Libertador ha revocado sus poderes, ya que ha adivinado cuáles son las últimas intenciones de su hermana, y así se lo ha comunicado mediante escrito al general Pedro Briceño, su sobrino político: «Parece que Antonia está empeñada en enredarlo todo para, si acaso yo me muero, quedarse con las minas».
Este es el embrollo que tanto le solivianta y cuya solución ha confiado en sir Robert Wilson, que no termina de enviar la carta que Bolívar espera: la que notifique que tiene el dinero listo y a su nombre en Londres. Al nacer, el Libertador era una de las fortunas más importantes de Venezuela, y ahora, en las afueras de Santa Marta, está viviendo de la ayuda de los amigos, pues, tras tantos años mandando tropas, gobernando y fabricando leyes, su único capital son unos pocos miles de pesos que ha recibido por los cargos que ocupó, algo más de setecientas onzas de oro, monedas y medallas conmemorativas, algunas de oro con brillantes, sables, una cubertería de oro, otra de plata, un reloj saboneta de esfera descubierta y sonería que marca las horas, la caja de rapé (de oro y multicolor) que contiene la medalla (también de oro con su efigie) que el rey de Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda Jorge IV le regaló hace cinco años, condecoraciones y poco más. No ha querido saber nada de dineros hasta que se enteró de que Aroa no era una fuente de ingresos, sino de problemas. Y problemas tiene para dar y regalar.
—Habrá que esperar —le ha expuesto, incómodo, a Belford Hinton Wilson, su hijo facticio, y en eso está.
Mientras, acaba de tener una ocurrencia y quiere contarla cuanto antes: ir hacia Sierra Nevada subiendo poco a poco, de casa en casa o de choza en choza, hasta que el calor cambie por frío y los pulmones comiencen a dejar de supurar, acaben las toses, desaparezca la basca y se reabsorba la mala bilis. Por ello ha hecho una señal a Palacios y este ha dado cinco pasos fulgurantes, como si le fuera la vida en ello.
—Busca al médico. Quiero hablarle claro —ha dicho.
La sombra negra del Libertador ha salido disparada para la cocina. Allí están, en corrillo, Fernanda Barriga, Joaquina Rovira y Próspero Reverend, contando cada uno de dónde vienen y tratando de imaginar con galbana hacia dónde van, si es que pueden ir hacia parte alguna, mientras las cocineras oficiales de la hacienda hacen su trabajo. Les ha unido el azar y tienen la suerte de vivir una circunstancia que dejará huella en la historia del continente y del mundo mismo.
Hace unos días no se conocían, y en sus comportamientos no estaba escrito que fueran personas afortunadas, porque lo son al convivir con el general Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar Palacios, disponer el agua tibia de su baño, cocinarle un caldo de pollo o prepararle un ungüento con hierbas del campo que son curativas. De eso parece que ya se han dado cuenta.