Todo un carácter

Imma Monso · Capítulo 9 de 16

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Todo un carácter

Capítulo 9

 

Faltaba menos de una hora para la llegada del vuelo en que viajaban mi hermana y los niños (Edgar siempre llegaba una semana más tarde, justo para la cena de Nochebuena), y seguía sin encontrar las llaves del coche. En el momento en que recordé dónde estaban oí que se abría la puerta y vi a mamá que intentaba entrar y, al mismo tiempo, guardar sus llaves en el monedero y, al mismo tiempo, plegar un paraguas completamente empapado. Y, a la vez, dijo: «Déjame un atlas, nena». «Me voy», contesté. «Ya deberías haberte ido», replicó, mirando el reloj. «Si hubiera sabido que iba a llover de ese modo, habría salido tres horas antes», dije mientras le buscaba un atlas.

Me fui sin preguntarle para qué lo quería, de vez en cuando tenía aquella manera de mostrarse enigmática, y seguro que si le hubiera preguntado me habría contestado con alguna impertinencia, pero en seguida me figuré que quería el atlas para decidir si cenaríamos el tradicional besugo en Nochebuena, y supe que lo había adivinado horas más tarde, porque me lo encontré abierto por el lugar donde el telediario había informado del vertido tóxico de un barco, lo que significaba que podía haber contaminado una zona marítima acaso próxima al lugar donde ella creía previsible que se pescara nuestro besugo y, si era así, aquella Nochebuena no habría besugo para cenar, pero el lugar del siniestro le debió de parecer lo bastante apartado, porque al final sí comimos besugo. Cosas parecidas ocurrían a menudo (a causa de sus particulares ideas acerca de los efectos contaminantes), cosas como que desapareciera de la alimentación familiar el bacalao de Islandia porque se había hallado el cadáver de un surfista en estado de descomposición flotando en aguas portuguesas. La dejé absorta en el atlas y salí para el aeropuerto a buscar a Gloria, al pequeño Edgar y a Zoe.

La entrada de los cuatro en casa tampoco logró arrancarnos saludos más ortodoxos de lo que era habitual. El chaparrón empapó nuestros abrigos en el brevísimo trayecto que iba desde el coche aparcado en el jardín hasta la casa y, cuando se abrió la puerta, Gloria y yo maldecíamos la lluvia como si nuestra madre, que surgía radiante del cálido interior, fuera la responsable directa del temporal. Ignorando nuestras blasfemias nada femeninas, le soltó a Gloria una pregunta de bienvenida: «¿Meditas o no meditas?», en tono ligeramente guasón, mientras nos ayudaba a quitarnos el abrigo, cogía los paraguas con una mano y con el brazo libre abrazaba efusivamente a sus nietos. Obstinados en su inocencia, los niños intentaban saludar según los cánones, pero generalmente no lo conseguían sino al cabo de un buen rato, a veces al día siguiente, pero en cualquier caso mucho después de que se hubiera iniciado bruscamente la conversación que, por iniciativa de mamá, siempre se reanudaba en el mismo punto en que se había dejado en la anterior visita de Gloria.

En efecto, supimos en seguida que teníamos en perspectiva un tema delicado que por suerte solo concernía a mi hermana: dejar el trabajo en el laboratorio o no dejarlo. Cuando Gloria se despidió a finales de agosto, la última frase de mamá había sido: «Tú sigue meditando, pero conmigo no cuentes para que te dé la razón». Quedaba claro, pues, que pese a haber hablado por teléfono en repetidas ocasiones, no habían avanzado mucho en el tema, porque continuaban en el mismo punto. Y es que el razonamiento helicoidal produce estos efectos, que a veces no sabes si estás en el mismo punto o en un punto distinto que parece el mismo.

El caso es que a Gloria, durante su visita de agosto y seguramente a causa de la enfermedad de su amiga Dedé, le había dado por ponerse a meditar sobre la existencia, algo que, francamente, era más bien impropio de mi hermana, una persona, como he dicho, de pocas complicaciones; eso mismo pensó mi madre, que lo último que podía esperar de Gloria era que de pronto se pusiera a meditar, y aún menos sobre la existencia, ella que era tan pragmática y positiva, muy distinto habría sido si me hubiera dado a mí por meditar, qué otra cosa se podía esperar de mí, pero esta actitud, en Gloria, le pareció extraña. Así que, en aquel mes de agosto, después de una meditación sobre la existencia que duró exactamente treinta segundos, Gloria llegó a la conclusión de que no se podía llevar una vida tan absurda y frenética como la suya en Delaware con todo aquel trajín de idas y venidas en que consumía el tiempo, porque diariamente hacía un montón de kilómetros para ir al trabajo, que estaba en Nueva York, de modo que no vivía en la gran ciudad, pero tampoco en Delaware, donde solo dormía. Así llegó a la rápida conclusión de que quería dejar el trabajo durante un par de años. Mamá se cargó de razón al ver confirmada su idea de que meditar sobre la existencia conduce a la ruina, y no solo conduce a ella, como siempre había supuesto, por la pasividad propia del arte de meditar, sino que ahora se percataba de que incluso una meditación fugaz puede resultar fatal. Así que en agosto le había preguntado, mientras Edgar se tostaba en el jardín: «¿Y qué piensa tu marido de todo esto?».

Mamá había dicho muchas veces que Edgar no quería a mi hermana en serio ni la llevaba en bandeja porque la dejaba trabajar, no como un hombre de veras, que es capaz de matarse para que tú no trabajes, y hasta de matarte para impedirte trabajar. Contábamos con el ejemplo de tía Pili que, según parece, dejó al de Cáceres porque justo antes de casarse este le dijo: «Seremos muy felices con tu sueldo y con el mío». «¿Con el mío?», dijo tía Pili, que era bibliotecaria sin vocación de continuidad. Y eso sentenció al de Cáceres: «¡Pues menudo sátrapa era ese! —decía mi madre, y añadía—: No sé qué tenía Pili en la cabeza, se buscaba unos individuos a los que jamás se me habría ocurrido poner el ojo encima». «¡Pero, mamá —decíamos mi hermana y yo—, si era el primer exportador de purines de la provincia!». Entonces, como los purines son excrementos de cerdo, mamá añadía que eso lo decía él, porque a ella siempre le había extrañado mucho que algo tan asqueroso lo quisieran en el extranjero, y concluía: «Sea como sea, en este caso no cuenta ser el primero, porque un hombre que dice con tu sueldo y con el mío ni es hombre ni es nada» (no como papá, que le había arrojado alegremente por la ventana los libros de ganar sueldos), «y si un hombre no es hombre más le vale pegarse un tiro». Y regresaba a mi mente la escena apocalíptica (una imagen que probablemente había determinado mi inclinación hacia la pintura) de un planeta sembrado de cadáveres, en que los primeros en todas las cosas se esforzaban por abrirse camino entre tantos cadáveres, pero ahora esta imagen se veía algo modificada, porque también habría algunos primeros entre los cadáveres (entre ellos el primer exportador de purines) que se habrían pegado un tiro por motivos distintos a la cuestión jerárquica, y no pude evitar pensar que valdría la pena que el lugar del exportador de purines pudiera ser ocupado por el segundo exportador de purines que así podría salvar la vida gracias a que el de Cáceres no era hombre ni nada.

Edgar nunca le dijo a mi hermana con tu sueldo y con el mío, pero el resultado era el mismo, porque sumaba su sueldo al de mi hermana. Esto había sostenido siempre mamá. Por eso ahora que, para impedir que mi hermana abandonara el trabajo, estaba a punto de sostener la posición contraria, cabía suponer que se sintiera incómoda: pero ni mucho menos, ella estaba acostumbrada a estos cambios y nosotras también; así que de repente el hecho de que Edgar jamás hubiera dicho a mi hermana con tu sueldo y con el mío pasó a ser la prueba de que quizás Edgar no deseaba sumar los dos sueldos, sino tener a mi hermana sin trabajar con el propósito de debilitar su posición y convertirla en un ser dependiente que tuviera que vivir de la caridad del marido. En realidad, a Edgar no le importaba demasiado que mi hermana dejara o no el trabajo, como siempre decía, lo único que deseaba era que Gloria fuera feliz. Durante aquel mes de agosto, como Edgar no pensaba hacer nada para impedir que Gloria dejara el trabajo si lo quería dejar, como no pensaba obstaculizar los deseos de mi hermana ya que no estaba en su naturaleza ir por ahí obstaculizando deseos, se convirtió a ojos de mamá en el responsable de aquella decisión, una decisión que mi hermana solo había apuntado y aún no había tomado, pero en todo caso ya había un culpable, tantos años de estudio de mi hermana echados a perder, llegar a donde había llegado para acabar abandonando, solo podía ser cosa de él, y aunque no fuera cosa suya venía a ser lo mismo, porque si él no estuviera, ella no habría pensado en dejar el trabajo, pues en ese caso se habría visto obligada a trabajar y, por tanto, Edgar pasaba a ser un sujeto dispuesto a conducir a la ruina a toda la familia y a empujar a nuestra madre a andar por el mundo como una sonámbula por causa del horror que suponía tener una hija que había arruinado su carrera. No se privó de decir a Edgar lo que pensaba y de acusarle de haber metido en la cabeza de mi hermana la idea de abandonar el laboratorio. Al oírlo por tercera vez, Edgar se pronunció, tenía ya el aplomo algo gastado, y dijo que estaba harto de insistir en que aceptaría cualquier decisión de Gloria, pero que, de hecho, lo más probable era que ella no tomara una decisión tan drástica, que Gloria estaba afectada por la enfermedad de su amiga, pero que, sin duda, se trataba de una decisión efímera que no tendría continuidad, como, en efecto, así fue. Mamá le dijo: «Convendrás conmigo en que una mujer ha de trabajar si quiere ser independiente». «Sí», contestó Edgar, propenso, en general, a estar de acuerdo con ella. «Convendrás conmigo en que una carrera como la de Gloria no se puede arrojar por la borda de forma tan alocada». «No —dijo él—, no se puede arrojar por la borda», y quizás para acabar lo antes posible, Edgar reconoció incluso que el proyecto de Gloria estaba algo fuera de razón, que era producto de un momento de ofuscación y, al reconocer tantas cosas, nos dimos cuenta de que había reconocido demasiadas. Porque admitir que dejar el trabajo estaba fuera de lugar era como haber dicho con tu sueldo y con el mío, y en el acto comprobamos que mamá lo miraba triunfante, convencida de que, finalmente, su yerno se había colocado a la altura del de Cáceres.

En este punto había quedado la conversación de agosto, y yo estaba convencida de que mi hermana no venía con intenciones de meditar dé nuevo sobre la existencia, y menos aún en presencia de mamá. Así que la pregunta guasona de bienvenida, «¿meditas o no meditas?», recibió una sonrisa burlona por respuesta y, a continuación, pasamos a darnos las típicas noticias sobre la gente conocida, lo de sabes quién se ha casado o sabes a quién le ha tocado la lotería, aunque en casa preferíamos empezar por sabes quién tiene leucemia o sabes quién se ha ahorcado. En este caso fue una noticia mucho menos dura la que inició la serie dé calamidades. Era, curiosamente, la separación de Dedé y B. Dedé se había curado, todo iba a pedir de boca y celebraban su curación con viajes, cenas y grandes dispendios. Y justamente cuando todo andaba bien, cuando no había sombras en el horizonte, él se enamoró de otra en un abrir y cerrar de ojos. Con mamá ya había hablado del asunto una semana antes. Ella tenía tremendas y elaboradas teorías acerca de la concordancia de las parejas. Las había que hacían juego (pocas), pero la mayoría eran para ella un auténtico misterio, por pocos segundos, naturalmente, pues no había misterio que se resistiera a su berbiquí, tal vez no lo desentrañara, pero lo dejaba con más agujeros que un colador, lo que viene a ser lo mismo, porque dónde se ha visto un misterio que parezca un colador. Por tanto, el misterio duraba tan solo el tiempo de pronunciar la palabra, a continuación venía la explicación, que hallaba en el acto y que siempre era absolutamente precisa. En el caso que nos ocupa, ya había advertido que no podía acabar bien: «Ella es encantadora y él un tarugo que se las sabe todas», dijo. El único sentido que tenía semejante pareja era que se trataba de uno de esos matrimonios sólidos y aburridos, y bien es cierto que el más fatal aburrimiento puede darse por bueno si sirve para soldar una familia de esas que hacen falta para cimentar la sociedad, a fin de que otros sinvergüenzas puedan dedicarse a minarla. Pero ahora resultaba que ni eso. Y todo porque aquel hipócrita de pocas entendederas que pisoteaba ancianitas y escondía el pie, aquel oportunista desprovisto de valores, de cualidades humanas, de encanto, de interés, aquel ente que poseía como único atributo un feroz resentimiento causado por la ausencia del resto de atributos, se había enamorado de otra. Mi madre habría entendido que la propia mediocridad de aquel aburrido matrimonio lo llevara al punto en que uno de ellos (de hecho, ella) se diera cuenta de que aquello no podía seguir y lo diera por acabado. En cambio fue él, y no por esta última razón, sino por haberse enamorado de otra. Precisamente él, que tenía un ángel por mujer, y no ella, que tenía por marido a un hombre tan desalmado y tan idiota, que encima iba diciéndole a la gente que por fin había hallado el Amor con mayúsculas, un amor que no sabía que existiera, es más, decía que con Dedé lo había comentado cuando estaban juntos y que ambos convenían en que el Amor con mayúsculas no existía y reconocían sin complejo ninguno que el suyo era un amor con minúsculas. Y ahora él iba diciendo a todo el mundo que sí existía el Amor con mayúsculas y, por si fuera poco, resultaba que Dedé había descubierto lo mismo, pues al ver que su marido se enamoraba de otra, había decidido que el amor que siempre le había profesado y que ella consideraba un amor con minúsculas era en realidad Amor con mayúsculas, o sea que los dos habían pasado de las minúsculas a las mayúsculas por motivos opuestos y complementarios.

Tras explicarle a Gloria todo esto, efectué una pausa, esperando que mamá, que me había puesto al corriente unos días antes, añadiera alguna precisión. Pero, extrañamente, guardaba silencio y de pronto suspiró (era el anuncio de que comenzaba el cante flamenco), y dijo: «El amor es como un tiesto de geranios». La miramos expectantes, porque el cante es enigmático al principio, esa es la gracia, y repitió: «El amor es como un tiesto de geranios —y después explicó—: Vas por la calle, te cae encima y no puedes evitarlo: si te ha tocado, te ha tocado». «Eso es exactamente lo que decimos en el laboratorio sobre el virus de la hepatitis C», dijo Gloria, pues a todas nos encantaba hablar de virus. «¿Qué quieres decir con lo del tiesto?», dije yo, porque me extrañó aquella imagen que de alguna manera disculpaba al marido de Dedé para echarle la culpa a un tiesto y también porque la imagen sugería la poderosa intervención del azar, y era insólito que mamá dejara nada al azar. Ahora considero aquella imagen como un signo precursor del cambio que se operó en ella poco después. En aquel momento, sin embargo, la frase no se consolidó en el sentido mencionado, porque en seguida ella dejó claro que detrás de un tiesto está siempre la mano experta de una mujer. No solo eso, sino que, bien mirado, dijo mamá, quizás Dedé lo había planeado todo para librarse del idiota, o sea que nada de tiesto que cae a tontas y a locas, sino que más bien se trataba de un tiesto gobernado por una mano diligente, y de un afectado que sabía muy bien bajo qué tiesto iba a poner la cabeza.

Poco después, cuando mi hermana se iba recobrando de la sorpresa provocada por la separación de su amiga, la conversación tomó un itinerario peligroso: «No diría yo que a Edgar, en este preciso momento, no le estuviera cayendo un tiesto», dijo mamá, en tono desafiante. «A mí me gusta pensar lo mejor —dijo Gloria, positiva como de costumbre—. Además, a mí eso no me ocurrirá porque él está muy enamorado y a nosotros no nos puede separar algo así». Tanto optimismo sacó a mamá de quicio. Le advirtió que se anduviera con ojo, porque, con franqueza, y por decírselo a la cara, mi hermana no era mujer que pudiera conservar fácilmente a un hombre, con todo ese interés por los microbios y con su manía de trabajar y descuidar a la familia, y encima a buen seguro que lo que más había decepcionado a Edgar era darse cuenta de que mi hermana era capaz de abandonar a su madre al otro lado del Atlántico, como había hecho de muy joven, así que Edgar se había dado cuenta de que mi hermana era una hija ingrata, una mujer sin sensibilidad y, vamos a ver, ¿quién puede querer de veras a una mujer sin sensibilidad? Desde luego, no un hombre como Edgar. Porque Edgar podía tener muchos defectos, pero era, eso sí, una bellísima persona. Mi hermana, con la admirable flema que yo jamás he tenido, dijo: «¿Y qué supones que puedo hacer si le cae encima el tiesto?». «Por supuesto, ponerle las maletas en la puerta como hice yo con papá», dijo. «Dirás las bolsas», repliqué. «¡Llámalo hache!», dijo mamá, a lo que Gloria respondió con humor: «Pues nada, oye, el día que me entere se las pongo inmediatamente». Pero mamá replicó: «¿El día que te enteres? Eso no tiene gracia cuando te enteras, ha de ser antes: la gracia de poner las maletas consiste en hacerlo cuando aún no te has enterado, porque cuando sabes lo del tiesto, ya es demasiado tarde, entonces por mucho que le pongas las maletas es como si te las pusiera él». Y luego añadió que, bien mirado, es preferible poner las maletas cuanto antes mejor, incluso antes de saber nada, que acaso era lo que ella hizo con papá. Gloria dijo: «De acuerdo, mamá, tan pronto esté de vuelta, le pondré a Edgar las maletas y me vendré a vivir contigo». Mamá reflexionó con detenimiento y dijo: «Bien mirado, si un día decides abandonar a Edgar dímelo en seguida, que igual me voy a vivir con él».

Y se rieron. Mi hermana, con su forma de afrontar el discurso de mamá, hacía que todo se convirtiera en una comedia ligera y burbujeante, y a mamá le gustaba esta actitud fuerte y saludable, y no la mía, que por una parte era servil, y ella odiaba el servilismo tanto como le gustaba propiciarlo, y por otra parte era hostil, fría y hermética porque su discurso hería mi sensibilidad de hija bruja. Por eso me alegraba la llegada de mi hermana, marcaba el inicio de una temporada de divertidas conversaciones, en que la negatividad bullía con toda su fuerza y vitalidad, conversaciones aderezadas con la sal de mamá cuando ofendía y también cuando conseguía el prodigio de hablar sin ofender, pero después siempre llegaba un momento en que tanta gracia y tanta alegría la inquietaban y surgía de la nada, como por arte de magia, un motivo de tensión. Y de la nada surgió, un par de días antes de la llegada de Edgar padre, el asunto de las alubias.

Mi madre adoraba al pequeño Edgar. Porque era un nieto, que es como un hijo que te lleva en bandeja pero en versión aún más lejana, y porque era listo. Mi madre establecía una clara distinción entre «listo» e «inteligente». Es inteligente todo aquel que no sirve más que para meditar sobre la existencia, gente poco funcional que arruina a las familias y extravía a las madres. Es listo aquel que sabe lo que quiere y lo consigue a cualquier precio, aunque sea explotando y pisoteando a la propia madre, porque si un hijo es listo y triunfa una madre está dispuesta a todo, incluso a sacrificarse por él con todo el orgullo, como ella habría hecho en el caso de tener un hijo listo, varón, claro, porque las hijas si son listas es peor que si fueran tontas, aparte de que es mucho más grave ser pisoteada por una hija, y encima nosotras no éramos listas sino inteligentes, como lo demostraba el hecho de que yo estuviera estudiando unas pesadas oposiciones a funcionaria y Gloria anduviera encerrada en un laboratorio con sus microbios. Ya lo dijo el día que Edgar cumplió cuatro años: «No creo que este niño llegue a ser demasiado inteligente». Y nosotras supimos en seguida que esto era un gran elogio. Supimos que significaba que sería feliz y decidido y que triunfaría a cualquier precio, significaba que mi hermana no tendría que ir por la vida como una sonámbula y sería tratada como una reina, aunque existiera también la posibilidad, como muy bien puede ocurrir con las reinas, de que su hijo pasara sobre su cadáver para obtener lo que deseaba. En definitiva, todo esto significaba que el pequeño Edgar, hiciera lo que hiciese, estaba bien hecho.

Y aquel día, mientras Zoe, que ya había acabado de cenar, se hallaba inmersa en una actividad silenciosa que no presagiaba nada bueno, Edgar engullía con lentitud y dificultad un enorme plato de alubias que mamá le había adjudicado porque le faltaba potasio. Gloria le dijo que eran demasiadas, pero ella insistió en que el organismo de la criatura pedía potasio a gritos y quedó acordado que tenía que terminar sus alubias. A causa de la falta de potasio (mamá hacía analíticas con ionograma completo con solo una mirada, y a veces acertaba), insistía en que se las tenía que acabar y, como nadie quería discutir y todos deseábamos que Edgar comiera mucho porque estaba muy delgado, le dimos la razón a ella y le pedimos a él que se las comiera todas, pero a medida que se iba haciendo obvio que el niño no se las acabaría, y habida cuenta de que el niño jamás se equivocaba, mamá empezó a decir que, bien mirado, si bien contienen potasio, también es cierto que pueden tener un ácido muy malo, y que si no se las quería terminar, que las dejara. Mi hermana no soportaba que al niño se le dieran órdenes contradictorias e insistió en que las terminara como habíamos acordado. Esto incitó a mamá a la rebelión y nos advirtió que, bien mirado, el ácido en cuestión no era un ácido cualquiera, era el ácido que provoca el botulismo, una enfermedad fulminante. En cualquier caso, como los maleficios del botulismo son muy superiores a los beneficios del potasio, Edgar se salió con la suya. En esta ocasión Gloria se molestó, supongo que porque estaba su hijo en juego, y mamá se enfadó porque Gloria se había molestado y porque, con la desaparición de las alubias, se dio cuenta de que Zoe se estaba haciendo un collar con las teclas de la cadena musical que había ido arrancando una tras otra, y la actitud molesta de ambas se extendió por la casa y paralizó la diversión verbal de aquellos días, ya que Gloria era la única de nosotras que sabía cómo extraer ventajas de aquel clima extremo y, a la vez, evitar completamente los estragos.