Todo un carácter
Capítulo 4
Seguramente la habría sorprendido mucho menos encontrarme fulminada en el suelo (cosa que, de hecho, no la habría sorprendido en absoluto) que verme ataviada con el delantal y esgrimiendo el plumero. Me miró de arriba abajo, tan incapaz de disimular su perplejidad que incluso me llamó por mi nombre, que nunca pronunciaba, acaso porque le resultaba chocante ya que las dos teníamos el mismo. «¿Julia? —dijo, y también—: ¿Se puede saber qué estás haciendo?». «Como Faustina está enferma, se me ha ocurrido ordenar los libros». Esperé que, a causa de su irremediable tendencia a subestimar el presente, formulara alguna objeción. «Pues te lo agradezco —dijo inesperadamente. Pero la pasión por el pluscuamperfecto pudo más, y añadió —: Ahora bien, si hubieras pasado la aspiradora, me habría encantado, ya sabes cómo me fastidia lo de aspirar». «¿Dónde está la aspiradora?», pregunté, dispuesta a emprender cualquier actividad que me impidiera subir al estudio. Pero entonces ella dijo que lo dejara, que mi deber, bien mirado, era ponerme a estudiar de una vez por todas, porque a ver si iba a resultar que encima de no dar golpe, aún suspendería las oposiciones que no eran ni al Notariado ni al Registro, y ahí me enfurecí, me quité el delantal de un tirón, arrojé el cencerro sobre el sofá y, abandonando por el suelo el montón de libros que pretendía ordenar, subí, indignada, las escaleras que conducían al estudio.
Porque era cierto que comenzaba a ser hora de afrontar, cuando menos, la etapa preparatoria del estudio, que consistía en sumar las páginas de todos los volúmenes para poder dividir las horas de que disponía por el número de páginas y saber exactamente el tiempo que habría de dedicar a cada página. Solo así podría reunir el grado de ansiedad imprescindible para ponerme a estudiar en serio, y la ansiedad, combustible altamente eficaz, era el combustible de nuestro hogar. Algunas familias funcionan a base de leña, otras a base de alcohol, otras a base de rígida disciplina; nosotros, especialmente mamá, pero a mí se me estaba contagiando, utilizábamos la ansiedad en todos sus estados y extraíamos de ella un gran partido en todas las circunstancias.
Me senté en el sofá del estudio y, colocando los pies sobre mi futuro, busqué de nuevo la línea del horizonte marino. Mataba el tiempo antes de iniciar el recuento, esperando que mamá interrumpiera mi labor para vituperarme por haberle dejado todo manga por hombro, pero la interrupción no llegaba, quizás aún se hallaba bajo el desconcierto en que la imagen de su hija en plena actividad limpiadora la había sumido. Y es que estar ante los libros estudiando o intentando estudiar era la única actividad (para ella, pasividad) que me había visto realizar a lo largo de toda mi vida. Curiosamente, mi presunta pasividad era inversamente proporcional a su grado de actividad. Porque ella, en efecto, era muy activa.
A diferencia de otras personas que, no pudiendo disfrutar del presente, viven paralizadas entre futuro y pasado, a mamá no la incapacitaba en absoluto el permanente vivir en otro momento, al contrario, la impulsaba al movimiento sin freno. Su exceso de actividad siempre me había producido una especie de agobio. Por otra parte, jamás tuve la posibilidad de competir con aquel dinamismo, ya que una de sus frases usuales era «Cuando tú vas, yo vuelvo», y supongo que ha de ser descorazonador intentar ir a algún lado con estas perspectivas, aunque yo jamás perdí el tiempo en intentos infructuosos: crecí con la certeza de que ella se anticiparía en todas y cada una de las ocasiones, incluso en la tierna infancia mi desventaja evidente no logró detener el despliegue de su naturaleza competitiva.
Verla circular, hacer, estar a punto de hacer, estar haciendo, acabar de hacer, provocaba en mí un efecto estupefaciente, casi hipnótico. Pertenecía a ese tipo de personas que siempre dan la impresión de estar a punto de levantarse si están sentadas, a punto de alejarse si están de pie, a punto de llegar si se han marchado, a punto de irse si acaban de llegar. No era una actividad tonta e inútil, eso jamás. Le gustaban todas las tareas domésticas, salvo la aspiradora, el jardín y las basuras. Entraba, salía, efectuaba llamadas telefónicas, subía, bajaba, compraba, cocinaba, empaquetaba y desempaquetaba. Hacía de sirvienta de su hija inútil. Cíclicamente, pintaba. También decoraba y redecoraba. Aunque para esto último requería mi participación activa (es decir, pasiva), por lo que era, de sus actividades, la que yo más temía.
Mi participación consistía en mirar catálogos y papeles pintados para elegir entre los señalados previamente por ella, no recuerdo una sola vez en que se decidiera por el que yo escogía, pero supongo que mi participación consistía precisamente en esto. Mucho más pesado (porque no traían las muestras a casa) era elegir baldosas. Pasé largos ratos de mi infancia y adolescencia en los establecimientos de baldosas de la ciudad y de los suburbios; aunque la elección de baldosas poseía un encanto especial. Solía tener la impresión de que las nuevas baldosas auguraban cambios positivos, que inauguraban una nueva etapa de mi crecimiento, al fin y al cabo son un elemento muy importante en una casa, porque en cierto modo uno es lo que pisa y, por otra parte, el suelo resulta mucho más visible a lo largo de la infancia que en ningún otro momento de la vida, acaso porque nuestra menor estatura nos lo hace más próximo o porque una mayor cantidad de horas ociosas nos permite fijarnos en sus pequeños detalles. Me ilusionaba pensar: «A partir de ahora caminaré cada día sobre un espejo azul ultramar», «De ahora en adelante me deslizaré por un tablero de hexágonos blancos y negros», convencida de que a cada cambio de pavimento había de corresponder un nuevo período de renovadas emociones. También ella era sensible a los cambios, y no dejaba de aludir a algún tipo de calamidad que acaso nos impidiera disfrutar de las baldosas o bien comenzaba a añorar las que aún estaban, pero se hallaban a punto de desaparecer bajo un nuevo estrato, ya que los sucesivos suelos se colocaron uno encima de otro. Luego cesaron las grandes remodelaciones, y desde hacía tiempo se dedicaba a actividades decorativas menores. Pero siempre que me quedaba mirando el parquet flotante de madera oscura que ahora cubría toda la casa, no podía evitar verlo como un panteón bajo el cual yacían sepultadas las baldosas de los quince años, las de los once, las de los seis y, sobre todo, las de mi primera infancia, que eran las que recordaba más al detalle, de las que conocía perfectamente cada dibujo geométrico, cada pequeña mancha y cada minúscula imperfección.
Las primeras baldosas, las originales, probablemente irrecuperables para siempre como lo es el cuerpo de un amado bajo la lápida, estaban allí. Eran las de mi infancia y las de la infancia de mis antepasadas maternas, excluyendo a mi madre, que, a causa del conflicto derivado de la ideología republicana de mi abuelo, no vivió en aquella casa hasta que la recibió en herencia de su madre. La ocupó meses antes de conocer a mi padre, y cuando se conocieron se casaron de inmediato y se instalaron allí. Para ella eran, pues, las baldosas de los primeros tiempos de su matrimonio; ese breve período en que, según ella, vivió como una reina.
Porque mamá después de casarse dejó el trabajo y se compró un montón de libros para sacarse no sé qué título de gestión empresarial, pero se conoce que papá (que no era un infeliz pese a ser un cantamañanas) se los arrojó todos por la ventana porque quería verla de reina y no esforzándose por estudiar cosas que la conducirían de nuevo al ingrato mundo del trabajo. No obstante, tras la separación, tuvo que volver a buscar un trabajo remunerado, lo que consideraba «vivir como una esclava», ya no como una reina, porque cuando desempeñó el papel de reina, pese a que no paraba de trabajar en casa, el dinero lo traía mi padre y en cambio ahora el dinero lo traía ella, y debía de parecerle más propio de una reina ser remunerada por el trabajo ajeno que por el propio.
Separarse, ponerse a trabajar en una empresa de seguros e iniciar los planes para superdotarme y para modificar los revestimientos de la casa, todo fue uno. Pero todavía estuvimos viviendo algunos años sobre las baldosas originales, mamá no, pues al proyectar cambiarlas era como si ya las hubiera cambiado, pero yo sí, y por eso para ella eran solo las baldosas de los tiempos en que había vivido como una reina, mientras que para mí fueron las baldosas de mi primera infancia. Esta demora anterior al primer cambio de baldosas la destinó a ahorrar, pues si a algo no estaba dispuesta mamá era a tirar la casa por la ventana, o, en palabras convencionales, a solicitar un crédito al consumo.
En la empresa donde trabajaba, las condiciones eran duras. Corrían malos tiempos para los seguros del hogar, la gente tenía ya bastantes problemas como para ponerse a evaluar hipotéticas calamidades. Pero ella, que había conocido la angustia de subsistir bajo mínimos en la posguerra, no solo era experta en ese tipo de ansiedad que anticipa las catástrofes importantes, sino también en el que anticipa los pequeños desastres domésticos, y sabía cómo infundir esa doble angustia a los clientes potenciales, porque le salía del alma, y luego, cuando los tenía lo bastante asustados, sabía, con la vitalidad de sus sinuosidades verbales, abrirles de sopetón una nueva y radiante perspectiva. En ocasiones, cuando éramos niñas y salíamos de paseo con mi madre, nos encontrábamos a alguno de sus clientes. Casi invariablemente, manifestaban una gratitud conmovida y desbordante que solía dejarnos atónitas. La desmesura de aquella gratitud, que habría entendido si, por ejemplo, mi madre hubiera sido maestra y los hubiera alfabetizado, o si les hubiera realizado un trasplante de cerebro y hubieran sobrevivido, se me antojaba del todo excesiva en el ámbito de la venta de pólizas de seguros. Fueron estas reacciones las que me hicieron ver muy pronto que yo jamás querría tener clientes, por siempre jamás los clientes me aterraron y nunca pude dejar de considerarlos seres imprevisibles y potencialmente peligrosos, así que estaba fuera de discusión que yo me dedicara alguna vez a una actividad comercial, e incluso mi madre comprendía que de eso no cabía hablar ni en condicional, ni en pluscuamperfecto, ni en broma.
De todas las actividades espantosas que el ser humano se ve condenado a ejercer para ganarse la vida, la venta por iniciativa e insistencia del que vende me ha parecido siempre la más espeluznante y, por eso mismo, admirable hasta la fascinación. Por ello, cuando accidentalmente me vi obligada a llevarla a cabo por primera y última vez en mi vida, lo consideré un reto extraordinario. Sucedió con una venta de cajas de polvorones destinada a recaudar dinero para el viaje de fin de curso en el instituto. Todos mis compañeros cogieron un mínimo de cinco cajas para vender, yo me propuse un objetivo más modesto, vender por lo menos una, por no morirme sin haber vendido algo. Cabe destacar que el polvorón y el mazapán son la clase de pastelillos cuya sola mención me corta en seco el apetito. «¿Quién ha dicho que una cosa te ha de gustar para venderla?», me dijo una compañera. Por otra parte, tampoco conocía a nadie a quien le gustaran especialmente; «¿Quién ha dicho que una cosa te ha de gustar para comprarla?», me dijo mi madre; y acto seguido me proporcionó la siguiente información: «A Faustina le entusiasman los polvorones». Tras hojear un libro de Dale Carnegie que era de mamá y un artículo del Reader’s Digest que resumía las cinco reglas de oro para persuadir al cliente, emprendí lo que sería el gran reto de mi vida, un reto en que estaba decidida a invertir, dejando a un lado la preparación técnica, el tiempo que fuera necesario. Pero me bastaron treinta segundos para persuadir a Faustina de que me comprara la caja y, mientras sacaba el dinero para pagarme, me invadió una autocompasión inmensa, dolorosísima, de la cual me recuperé en el acto, visto que la cosa aún tenía remedio: con el fin de anular la compraventa, traté de arrebatarle la caja, pero ella la tenía bien agarrada e insistía en entregarme el billete. Necesité una tarde entera para persuadirla de que no me comprara los polvorones, y al final todos mis argumentos de disuasión, incluida la amenaza de obstrucción intestinal, fracasaron; sin soltar la caja, me amenazó con hacer trizas el billete si no lo cogía al instante y, en efecto, así lo hizo, confirmando definitivamente que cualquier persona puede convertirse en un monstruo en cuanto adquiere la condición de cliente. No sé qué se hizo del billete roto, solo sé que finalmente tuve que reventar la hucha para pagar la caja que tanto me había costado no vender. Días después, mi madre me comunicó que Faustina, por su parte, había comprado una caja idéntica en el supermercado y encima le había costado más cara. «Lástima que no se la pueda comprar a su hija, pero se empeñaría en regalármela otra vez y eso no lo puedo consentir», le dijo.
A partir de entonces, la mezcla de compasión y admiración que sentía por la figura del vendedor aumentó, especialmente en el caso de la venta ambulante. Nada me resultaba más conmovedor que recordar cómo mi madre, para sobrevivir y hacer sobrevivir a la suya, vendía hielo en la playa durante el verano o felicitaciones en Navidad y, posteriormente, cosas más extrañas que fue ingeniando. Cuando, condenado a muerte por el régimen franquista por sus actividades en favor de la República, su padre hubo de emprender el exilio, mi abuela se negó a pedir ayuda a su acomodada familia, que vivía en esta casa y que siempre se había mostrado hostil a la posición política de mi abuelo. Así pues, mi madre sabía lo que era el hambre, sabía lo que era luchar por un pedazo de pan, sabía lo que era sufrir el horror de una condena de muerte pesando sobre su padre, la persona que más quería, conocía la preocupación constante de ocuparse de una madre enferma y criar a una hermana pequeña que dependía de ella, porque el hermano mayor estaba permanentemente ingresado a causa de las secuelas de la guerra, las cuales, tras numerosas intervenciones, resultaron mortales.
Aparentemente, tras una infancia y una juventud casi épicas, sembradas de todo tipo de dificultades e injusticias, las preocupaciones propias de nuestra época y de nuestra cómoda sociedad, nuestros pequeños conflictos con la temporalidad y con el sentido de la existencia, tendrían que haberle parecido irrisorios por comparación. Pero no era así. Imagino que las consecuencias que una situación de bienestar tenía sobre su felicidad le resultaban del todo imprevistas y extrañas; quizás la angustia, carburante esencial que había aprendido a transformar en energía y vitalidad indispensables para sobrevivir, le sobraba por todas partes, y eso la obligaba a agigantar las pequeñas pérdidas para poder invertir toda aquella energía desbordante.
Aparté los pies del montón de libros y, de uno en uno, los fui colocando sobre la mesa. Al levantar el último, observé que dejaba un recuadro libre de polvo en la madera, y me alarmé al darme cuenta de que habían pasado muchos días en reposo desde que los había desempaquetado, pero me tranquilicé de inmediato porque, al fin y al cabo, en aquella madera oscura era visible la menor huella. Me dispuse a iniciar el recuento de páginas. Mi madre hacía ruido, indicio de que se hallaba ordenando estanterías y no era probable que me importunara. Tenía tiempo sobrado para terminar la operación antes de la hora de comer, pero el ruido impedía mi concentración.
Ahora que ya no trabajaba fuera, todas las actividades que ella emprendía emitían algún tipo de sonido, salvo las artísticas. Pero, desgraciadamente, estas últimas las subestimaba y las reducía a la categoría de hobby, por más que cíclicamente las necesitara. Llevaba ya un año sin pintar, siempre había rehuido la pintura, que era su verdadero talento, con todo tipo de subterfugios. Decía considerarla una pérdida de tiempo, la acusaba de ser una actividad excesivamente pasiva y pringosa. Ya desde el principio evitaba afrontarla, pero entonces aún no sabíamos qué era lo que trataba de evitar. Así, cuando años atrás nos comunicó su necesidad de dar libre curso a su energía creadora, aún no se decidió a pintar en serio, sino que eligió la escritura como canal de expresión: «Explicaré mi vida, exactamente tal como ha sido, sin alterar ni una coma de los hechos», declaró. No creo que tuviéramos edad suficiente para poner las objeciones que merecía una pretensión tan absurda y tan contraria al caudal de creatividad que pretendía liberar, pero alguna impertinencia debimos de soltarle porque nos contestó que por lo menos ella tenía una vida verdadera que contar, una vida de lucha y adversidades, «no como vosotras, que habéis vivido como marquesas», añadió.
Seguramente, esta obsesión por la exactitud (que falsea la narración porque la deshumaniza) era una de las cosas que la perdían para la literatura, como lo eran los extraños criterios con que valoraba la obra artística. Decía de una pintora que era, por ejemplo, muy fina y elegante, y más curioso aún resultaba oírselo decir de un escritor o una escritora. «Es una escritora muy fina y elegante», decía, y esto significaba que no ofendía al buen gusto ni hería sensibilidad alguna ni transgredía ninguna convención ni se hallaba en su obra la menor brizna de crítica. En una palabra, si no podías ser escritora muerta, que era lo ideal, lo mejor era, cuando menos, ser una escritora fina.
En cambio, cualquier historia mejoraba mucho si la explicaba ella de viva voz. Con su tono expeditivo, espontáneo, chispeante, a menudo brutal, conseguía espléndidas narraciones orales, como cuando nos contó que en una ocasión, siendo ella niña, unos ladrones les robaron el único saco de harina que tenían: «Ahora que caigo, es raro que papá no estuviera en casa…, ¿dónde estaría aquella noche? —Y de pronto exclamó—: ¡Ah, claro, en el exilio!», exactamente como si hubiera dicho: «¡Ah, claro, en el bar!». Y ese desparpajo, esa gracia que tenía cuando hablaba desaparecía al intentar trasladarla al papel, era sustituida por un estilo trascendente y retórico, por expresiones que le parecían quizá más literarias y más convenientes desde el punto de vista estético, por palabras tomadas en préstamo que no conseguía hacer suyas, y al final convertía los textos en artificios de donde la gracia pugnaba por escaparse, textos repletos de un extraño respeto que en la vida diaria le era del todo ajeno: había respeto justamente donde no debía haberlo; y así, no respetaba la actividad artística en absoluto, porque la reducía a un trabajo puramente ornamental, sin comprender que en la fresca gratuidad y en la aparente inutilidad estriba toda la gracia del arte.
Por eso, cuando un tiempo después de la incursión en la literatura, nos confesó que de vez en cuando pintaba, Gloria y yo sospechamos lo peor. Su vocación de artista fina era tan decidida como decididamente nada cursi era su personalidad; podía ser cualquier cosa, pero jamás una cursi, por mucho que se esforzara en ello, aunque quizás lo lograra a través del arte (el arte a veces consigue extraer de nosotros individuos ocultos, consigue crear aquellos mundos que hubiéramos deseado tener), tal vez lograra crear el mundo de cursilería al cual decía aspirar sin avergonzarse de ello. Mi hermana y yo ya veíamos en nuestra imaginación las primeras creaciones: puestas de sol con dos enamorados a contraluz, rosales de postal rodeados de mariposas.
Pero no ocurrió nada parecido. Desde el principio hubo en sus cuadros una singularidad salvaje. Toda aquella ferocidad que no reconocía poseer se reflejaba en lo que pintaba. Concebía la pintura como un asunto de espacio y luz, más que como un asunto de colorear superficies, una cosa, decía, que parece obvia pero que no lo es tanto, «no hay más que ver a algunos pintores muy cotizados, que lo reducen todo a una cuestión de colorines, como por ejemplo aquel tan famoso, ¿cómo se llama, nena?». «Y yo qué sé», le contestaba. «Sí, mujer, aquel que tanto le gusta a tu hermana (que, la verdad, tiene grandes cualidades, pero criterio no es que tenga mucho), ¿sabes a quién me refiero? Aquel que siempre exponía junto al otro que tampoco recuerdo cómo se llama». «Y yo qué sé», le contestaba.
Muy pronto la poca gente con criterio que tenía acceso a los cuadros se dio cuenta del carácter excepcional de su talento. La relación que se establecía entre el ojo y uno de aquellos cuadros no era cualquier cosa: el ojo los devoraba, el cuadro no se dejaba devorar, era como intentar tragarse una cosa viva, era como engullir una bestia rebosante de energía, y no poder dejar de tragársela, la relación que establecía el ojo con aquellos cuadros no sé qué era, pero no era cualquier cosa. Todo lo que había querido trasladar al papel sin lograrlo plenamente lo conseguía pintar. Después de extraer mucha inspiración de su infancia y de los personajes que conoció en las épocas más duras, pasó a una especie de retratos temáticos, le llamaba mucho la atención la gente que le resultaba incomprensible por la razón que fuera, acaso porque siempre lo comprendía todo y comprendía a todo el mundo, y por eso cuando se veía obligada a admitir que no comprendía algo o a alguien se sorprendía tanto que intentaba investigarlo a través de la aguda perspicacia que la pintura le permitía alcanzar.
Así ocurrió con los coleccionistas, pensé mientras encendía un cigarrillo y me tumbaba en el sofá donde veía la torre de libros que, colocados sobre la mesa, ocultaban la pequeña ventana y sumían el estudio en una agradable penumbra. Durante la época en que mamá decidió pintar coleccionistas, consiguió una lista de personas que coleccionaban cosas, y los fines de semana los visitaba, como quien va a ver pisos, con el propósito de captar en sus rostros la esencia del coleccionismo. Supongo que los coleccionistas le parecían seres extraños e incomprensibles, quién sabe si por el grado de inutilidad que toda colección comporta, especialmente las colecciones de cosas inútiles, que duplican el grado de inutilidad de la colección en sí, o tal vez porque odiaba el polvo y los ácaros y era partidaria de no acumular cachivaches, y si se cometía el error de acumular por accidente, mejor era tirar que guardar. Pero si guardar ya era malo, mucho peor era coleccionar, que era como el colmo de guardar. A buen seguro que eso tenía alguna relación con su obsesión de desechar sin titubeos cualquier cosa que le pareciera infrautilizada, de manera que en casa tenías que andarte con ojo y usar las cosas un poquito cada día si no querías verlas desaparecer como por arte de magia.
Generalmente, solo necesitaba ver un par de veces al individuo que deseaba retratar. El último coleccionista, sin embargo, llegó a visitarnos varias veces, y le inspiró uno de los mejores retratos. Habíamos comprobado que, en sus visitas, el joven acostumbraba a detectar en el momento de despedirse algo que él coleccionaba y nosotras no. En efecto, la primera vez que vino, después de tomarse una cerveza cogió la botella y dijo: «¿Verdad que no las coleccionáis?, pues me la llevo». Era un inicio inofensivo, pero a la siguiente visita la cosa continuó con las cucharillas de café. Decía: «¿Verdad que no las coleccionáis?», y como no las coleccionábamos no se nos ocurría réplica alguna para impedir que se llevara una. Ni siquiera mi madre, que era rápida de palabra, reaccionaba ante él, porque conseguía sumirnos en la perplejidad y en la obligación de reconocer el derecho que tiene el que sí colecciona de arramblar con lo que el otro no colecciona. El día que detuvo su mirada en las sillas de metal forjado del jardín y, al percatarse de que todas eran algo distintas, preguntó si las coleccionábamos, mamá le soltó por fin un exabrupto, y nunca llegamos a saber si tenía intención de llevarse alguna silla, porque ella decidió que era preferible que no volviera a poner los pies en casa, aun habiéndole proporcionado la oportunidad de pintar uno de sus mejores cuadros.
Si bien la pintura era la única afición que ella y yo teníamos en común, no compartíamos en absoluto la manera de enfocarla. Ella no sentía interés por la historia de la pintura, salvo por tres o cuatro autores, por los que se interesaba a fondo. Y, de improviso, se había lanzado a crear. Yo, en cambio, nunca sentí un impulso creativo irresistible. Experimentaba un gran respeto por la obra de arte, y era ese respeto el que me había dado la idea, en el pasado, de estudiar Bellas Artes con el fin de obtener los conocimientos y técnicas necesarios para lanzarme a pintar algún día. Mi relación con la pintura se limitaba a las sesiones de diapositivas que proyectaba en mi habitación. Me gustaba agruparlas temáticamente, ver un día todo lo que tenía de Cranach, ver otro día toda la tercera planta del Metropolitan y cosas así. Supongo que a ella le era difícil entender mi escasa propensión a coger un pincel, aunque estoy segura de que también se alegraba por lo de evitar la suciedad, ya que solo ella conseguía pintar con una pulcritud que, como he dicho, hacía que el estudio pareciera un quirófano, y la verdad es que no tan solo por la asepsia y el orden que reinaba en él, sino también por la visión siempre sobrecogedora del cuadro que estaba pintando, que aparecía entonces como una incisión que deja a la vista las vísceras, como la herida abierta entre las sábanas verdes de una sala de operaciones.
Se hizo un silencio que indicaba que había terminado de ordenar estanterías. Miré el reloj y me alegró comprobar que ya no tenía tiempo para contar, porque se iba aproximando la hora del almuerzo. Oí unos pasos que subían la escalera, se abrió la puerta. Mamá me informó de que se dirigía al banco (invertir y reinvertir los ahorros hechos durante los años de trabajo duro la tenía muy entretenida desde que había decidido jubilarse anticipadamente). Acababa de descubrir que sus inversiones en no sé qué fondo podían estar favoreciendo en aquel mismo momento terribles lacras sociales, desde el blanqueo de dinero procedente de la droga hasta la explotación infantil, y ahora se dirigía a visitar a su asesor financiero para exigirle un control exhaustivo de la utilización de sus caudales. «La pereza es la madre de todos los vicios», dijo, mirándome significativamente, y en parte tenía razón. «Y no te olvides de apagar los guisantes a las dos menos cuarto».
Cuando logré incorporarme por completo ya había cerrado la puerta, así que me tumbé de nuevo. Poco debía de imaginarse el asesor en cuestión que mi madre estaba a punto de personarse en su despacho para pedirle cuentas de las irregularidades éticas cometidas, cosa que haría, eso sí, con aquella tremenda simpatía que la caracterizaba. Porque mamá, pese a no poder evitar poner de relieve los aspectos negativos de cualquier carácter o situación (a causa de su irreprimible tendencia a ver siempre lo que falta en lugar de lo que hay, y también porque había nacido para la guerra y para la provocación), llevaba a cabo sus ofensivas con indiscutible simpatía. Simpatía, claro está, no en el sentido etimológico de la palabra, no entendida como la capacidad de sentir una disposición afectiva análoga a la del interlocutor, no en el sentido que asocia la simpatía con el altruismo, con el contagio o con la imitación, sino en el más popular sentido que designa una extroversión cálida capaz de atraer al interlocutor. Como solía decir, se pueden cantar las verdades con educación y, por supuesto, cara a cara. Por eso no podía soportar a los chismosos, porque ella, si tenía que decir algo malo de alguien, o me lo decía a mí, que era como decírselo a una momia, o se lo decía al interesado, cosa que nada tenía que ver con ser chismoso o entrometido, sino con ser espontáneo y transparente. Y también decía: «Lo cortés no quita lo valiente», y por valiente entendía, por ejemplo, decirle al interlocutor que era un idiota, y por cortés entendía decírselo con aquella simpatía especial que la caracterizaba.
Eso decían todos de mamá: «Es muy simpática». Ciertamente, tenía una voz alegre y eternamente joven que evocaba ropa tendida con olor a mar en una callejuela de Capri o de Sorrento. Una voz que le permitía decir las mayores atrocidades sin que el otro se diera cuenta, o si se daba cuenta, lo hacía demasiado tarde. Podía decir cosas tremendas, amparadas bajo la luz cómplice que sus cálidos y enormes ojos irradiaban. Más de una vez pensé que alguien, algún día, le cantaría las cuarenta, pero no, la simpatía desarma, la simpatía posee un poder enorme que a menudo subestimamos. Cuando tenía que soltar alguna «verdad» a personas potencialmente peligrosas, me quedaba a contemplar la escena para ver si la sangre llegaba al río; vi desfilar ante ella todo tipo de caracteres: sarcásticos, feroces, estólidos; todos, sin excepción, se iban con una sonrisa luminosa, una sonrisa de aquellas que, estoy segura, se deshacía a medida que el interlocutor agraviado reflexionaba sobre el significado de las palabras que acababa de oír, y a buen seguro que más de uno se encorajinaba aún más por el hecho de haberlas escuchado en silencio, o incluso asintiendo, y por el hecho de haberse ido con una sonrisa, y probablemente, más de uno de los que volvían al cabo de un rato con alguna excusa venían cargados de razón y con la intención de vengarse, pero si es así jamás pudimos ver venganzas consumadas, pues en contacto con las primeras palabras de mamá, el cargado de razón se ofuscaba de nuevo y volvía a desaparecer con una de aquellas sonrisas.
Yo era la única persona de su entorno que no era destinataria de su simpatía, sino solo de sus invectivas. También es cierto que yo no le ofrecía jamás una sonrisa luminosa ni una palabra dulce, solo una fría susceptibilidad que venía de lejos, una actitud defensiva que trazaba un círculo vicioso dentro del cual yo había ido segregando una concha protectora ante su actitud provocativa. Ella quería quebrarla, quebrarla para llegar a mí, pero era ella quien, lentamente, a partir de mis primeros años de vida había propiciado la formación de la concha, cada gesto demasiado ofensivo para conmigo generaba una nueva capa, hasta que conseguí que casi no quedara ni una fisura por la cual pudiera penetrar lo que para mí era un huracán de insólita fuerza. El huracán desaparecía al poco de haber llegado, y la coraza siempre resistía, porque una concha conformada tan despacio se adapta a tu alma, y con el tiempo se hace flexible y se convierte en una corteza suave. Así, yo había aprendido más cosas acerca de la adversidad y la guerra de lo que mi vida cómoda podría hacer suponer. Pasaba el huracán y volvía su calidez, su vulnerabilidad, la fertilidad de su imaginación repoblaba los espacios asolados, crecían nuevamente exuberantes criaturas tropicales, un confortable clima de invernadero me subyugaba de nuevo. Y no tardaba ni dos segundos en quererla con la intensidad con que cualquier afecto relacionado con ella se medía, aunque querer es una palabra extraña en este caso, una palabra demasiado imperfecta y pobre para resumir aquel vértigo y, a la vez, demasiado correcta para referirse a aquella selva voraginosa. En cambio, intensidad es una palabra justa. Intensidad que te ilumina el camino o te descarga un rayo en el mismo centro del corazón, solo intensidad, intensidad pura. Intensidad. ¿Apagar? Las dos menos cuarto. ¿Apagar qué?
Me precipité escaleras abajo hacia la cocina. Intensidad. Apagar lo había oído, pero no tenía ni idea de lo que contenía la cazuela. Abrí la ventana para que el humo se dispersara y coloqué la cazuela destapada bajo el grifo; un puñado de bolitas adheridas en las paredes de la cazuela comenzaron a despegarse y a flotar, y pronto racimos cada vez más abundantes de bolitas ennegrecidas, resecas, arrugadas, reducidas, fueron desfilando hacia el sumidero arrastradas por la corriente. Guisantes, se conoce que eran.