Traslasierra

Andrés Rivera · Capítulo 2 de 3

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Traslasierra

Capítulo II

Rebeca, en la pieza que ocupa en la casa de Don Anastasio Escalante, mira, por una ventana, el cielo azul claro, y nubes pardas y lechosas que se pierden detrás de las duras laderas de las sierras.

Y recuerda a Schrader. Lo recuerda más de lo que hubiese querido recordado. No se pregunta, todavía, por qué.

Recuerda al oficial alto, apuesto, y aun arrogante, de la Wehrmacht, que le dijo, alguna vez: «A Bariloche la inventó Hollywood».

Rebeca sonríe. Y se pregunta, también, por qué no puede olvidar a Schrader. Se pregunta por qué Schrader la envió a Traslasierra.

¿Qué deseaba Schrader que yo conociera en la Traslasierra?

¿Que conociera a Don Anastasio Escalante, un buen viejo panzón, que no deja de sonreír a sus huéspedes, que no deja de ensalzar las bondades de la cocina criolla, del puchero, del asado, del locro, de los postres de frutilla y crema, del servicio, de las mulatas del servicio, silenciosas, que limpian las habitaciones, y a las que despide, sin miramientos, a la menor queja que le hagan llegar los turistas que las ocupan, y que provienen de Brasil, de Chile, de Estados Unidos —groseros y fanfarrones y ruidosos los yanquis—, y de Buenos Aires, y de la propia provincia de Córdoba?

 

Schrader me dijo que Don Anastasio Escalante era viudo de su primera mujer. Y que don Anastasio Escalante era médico clínico, y ejerció su profesión, durante muchos años en el Cerro de las Rosas, un barrio de ricos.

—Abogados, militares, altos empleados del gobierno provincial, damas muy poderosas: esto es, amantes de tipos muy poderosos, gerentes de Fiat, y ejecutivos de empresas alimentarias y sanatorios exclusivos —me dijo Schrader, y etcétera, etcétera, etcétera, una mueca de desdén y asco en su boca.

Y recuerdo, aún aquí, en la casa de Don Anastasio, que esa mueca se borraba de los labios de Schrader cuando me pedía un cigarrillo, y yo se lo encendía.

Schrader, el cigarrillo encendido entre sus labios, dijo, allá, en los fríos del Sur, que Don Anastasio fue presidente del Colegio Médico de Buenos Aires. Y que, en Buenos Aires, volvió a casarse. Su segunda esposa, una mujer adinerada, era histérica. Inevitable, me dijo Schrader, y sonrió.

—Rebeca, ¿sabés qué es una mujer histérica? —me preguntó Schrader, allá, en el Sur.

—No —le contesté.

—Es una mujer que se excita por cualquier cosa: porque su sirvienta olvidó lavarle un pañuelo. Porque el cartero dejó en su buzón una carta certificada dirigida a un desconocido. Por una invisible rajadura en el techo de su dormitorio. Porque la reprobaron en una prueba semestral de Filosofía y Letras. Porque una hormiga se le metió en la cama. Entonces, esa mujer te tira con lo que tiene a mano: un jarrón, un plato, un cepillo, un tenedor. Y grita: son como aullidos de gata herida.

»Ésa fue la segunda mujer de Don Anastasio Escalante. Y Don Anastasio, que es un hombre equilibrado y buen médico, pidió el divorcio.

»Y la histérica cometió la estupidez de concedérselo. Y Don Anastasio quedó en posesión de la mitad de los bienes de la mujer que, hasta el momento de la separación, había sido, para él, una pesadilla, y un interrogante, probablemente científico: ¿hasta dónde alcanza la paciencia de un hombre?

 

Schrader me dijo, en una de las cabañas de las que eran dueñas Irina y Ángela, que, si me caso, nunca me divorcie. Schrader me dijo que soy inteligente.

Y Rebeca Schrader, que es inteligente, usará su inteligencia cuando necesite de la Luger. Rebeca Schrader no comparte nada, dijo Gerhard. Ni con Dios ni con el Diablo. Gerhard me preguntó si lo había entendido.

Le dije que sí.

—¿Estás de acuerdo? —me preguntó Schrader.

—Sí —le dije. Y lo besé en los labios.

 

Desayuno con Don Anastasio.

No hay nadie en el comedor de Don Anastasio Escalante. Buena parte de los turistas duerme; y los otros, los que madrugaron, salieron a cazar, guiados por Fernando. No conozco, todavía, a Fernando.

Don Anastasio no debe tener más de sesenta y cinco años. Es afable y panzón, como pude prever. Usa anteojos.

Don Anastasio me pregunta por Schrader. Le contesto que está bien, que goza de una salud de atleta, que viaja de Colonia Dignidad a Bariloche, donde tiene dos viejas amigas que se desviven por él. Y que me prometió que, si enferma, así lo afecte una gripe, vendrá hasta Traslasierra para ponerse en manos de Don Anastasio.

Don Anastasio ríe, satisfecho.

—Un amigo, Gerhard —me dice Don Anastasio, que aún ríe.

Me dice, Don Anastasio, que su hijo, Fernando, anda por Saint Joubert, un predio de caza, al frente de un grupo de caballeros y damas, entre las que figura una verdadera belleza. Y Don Anastasio, no sin cierto orgullo, me muestra un recorte de La Nación.

Leo, en el recorte de La Nación, que la dama en cuestión «siempre sorprende con pantalones de cuero, pieles de leopardo o tacos altísimos con los que destaca sus largas piernas», y que, en otro momento, «impactó con un tapado ribeteado en piel, un tailleur con abalorios y un cancherísimo sombrero cowboy…»

Don Anastasio me pregunta si no deseo, un día de éstos, acompañar alas damas y caballeros que, guiados por Fernando, recorren el predio de caza de Saint Joubert con escopetas de última generación.

Terminamos el desayuno.

Don Anastasio enciende un cigarrillo. Y yo, otro. Don Anastasio me dice que Fernando detesta los estudios universitarios. Fernando, me dice Don Anastasio, ama la vida agreste, el campo, los caballos, o ser el baqueano que describe Sarmiento.

Don Anastasio me pregunta si leí a Sarmiento. Le digo que no.

Don Anastasio me dice que lea Facundo. Que él buscará ese libro en su biblioteca, y que, cuando lo encuentre, que lo lea, por favor.

—Es emocionante, verdaderamente emocionante —dice Don Anastasio—. Usted conocerá, señorita Rebeca, el país que es la Argentina. Créame. Y conocerá, también, al mejor escritor que tenemos. —Y Don Anastasio me sonríe, arrobado…— Fue presidente de la República, no hace mucho tiempo… Permiso, señorita Rebeca.

Y allá va, Don Anastasio, a atender a los primeros huéspedes, soñolientos todavía, que comienzan a ocupar mesas en el comedor de su hostería.

 

Camino por los alrededores de la hostería de Don Anastasio. Camino entre robles, cedros, pinos.

Esos álamos, robles, castaños, cedros, pinos, los plantó la madre de Don Anastasio. La mujer tenía un pasmoso sentido de la armonía.

Los tuberculosos, treinta o cuarenta años atrás, prolongaban sus vidas al respirar el aire puro de estos árboles y de estas sierras.

 

Extraño el Sur.

Extraño el cerro López. Los muy jóvenes suben al cerro López y se emborrachan. Y borrachos, se bajan los pantalones, y siembran de condones el refugio. El refugiero, discípulo de Mailing —y a Mailing, Schrader lo apreció, y mucho, por alemán y patriota— se desesperaba y, a veces, furioso, les soltaba un puñetazo.

Extraño El Brazo de la Tristeza. Y me pregunto, aquí, en la casa de Don Anastasio, por qué es sombrío y angosto El Brazo de la Tristeza.

Extraño el Hotel Llao Llao. Tiene 164 habitaciones, con vistas a los lagos Moreno y Nahuel Huapi. Se construyó, el Llao Llao, en 1940, un año después que las hermanas Irina y Ángela abrieran su hostería. Hubo inteligencias previsoras, en Alemania, que imaginaron un suntuoso descanso luego de abatir al bolcheviquismo.

Llao Llao, nombre indio, se traduce como dulce dulce.

Extraño a Gerhard Schrader.

 

Abro la puerta de mi habitación.

Un hombre alto, con cara de halcón, y un cuerpo musculoso, me sonríe.

—Soy Fernando —dice.

—Ésta es tu casa —le digo.

Fernando se sienta en un sillón, y cruza las piernas. Yo me siento, también, y miro su botas embarradas y cubiertas de polvo.

—Te gustan —me pregunta Fernando; y señala sus botas.

—Sí —le contesto.

—No sé qué haría sin ellas por estos lugares —me dice Fernando.

—Sí —le digo.

—Vos también me gustás —dice Fernando y su cara de halcón sonríe.

—Gracias —digo. Y sé a qué jugamos Fernando y yo.

—Bueno, por fin conocí a la hija de Schrader… Él habló mucho de vos… —dice Fernando, y se pone de pie—. Almorzamos juntos, ¿sí?

—Sí —digo yo.

Gerhard tiene razón: Don Anastasio debería cuidarse de su hijo. Fernando no es un tipo al que se le pueda dar la espalda.

 

Durante el almuerzo, le digo a Don Anastasio que descubrí una pequeña filtración de humedad en mi habitación. Don Anastasio mira a Fernando.

—Hay que mandar al bolita para que vea de dónde viene la filtración y la arregle.

—Mandalo: es bueno para eso —dice Fernando, los ojos en su plato—. ¿Qué tenemos de postre, si se puede saber?

Comemos el postre en silencio.

Fernando me invita a pasear por el bosque.

Fernando me relata sus trabajos de guía de montaña. Fernando se burla de las ingenuidades, de las torpezas, de los súbitos colapsos de los turistas porteños.

Fernando dice que los norteamericanos y los chilenos están mejor dispuestos para la excursión serrana que los porteños. Y son más resistentes a la fatiga que los porteños.

Fernando monologa: yo callo.

Pisamos hojas secas que cayeron de los cedros, de los álamos, de los robles que plantó la abuela de Fernando, y que vigiló su crecimiento por años y años.

Fernando me toma, de pronto, por la cintura, y me lame el cuello, frenético.

Golpeo su cara de halcón con las dos manos. No grito, no me desespero. Y le golpeo para que duela. Y le duele. Schrader, no lo dudes: soy tu hija.

Fernando se separa de mí.

—Sos arisca, vos —murmura Fernando, pasándose las manos por sus mejillas, enrojecidas por las bofetadas que recibieron. ¿Qué puedo responder a la idiotez que escuché?

Le cuento a Schrader, sola en mi habitación, la deleznable historia que acabo de vivir.

 

Le escribo a Schrader, de pie, el papel de la carta sobre la tapa de un botinero pintado de blanco. Me gusta el botinero. Allí guardo mis zapatos: los que me compró Schrader, y los que me compré yo.

Le escribo a Schrader que, con Fernando, salimos, a caballo, todas las mañanas. Fernando, en una de esas mañanas, alzó un brazo y señaló un punto en el horizonte.

—Allí mataron a Facundo Quiroga. ¿Sabés quién fue Facundo Quiroga? —me pregunta Fernando.

—No —le contesto.

—Ah, no sabés —dice Fernando—. Facundo Quiroga fue el dueño de la mitad de este país… Un tipo de coraje: no hubo otro de su coraje… Viajaba sin escolta cuando lo mataron… Solo, sin sus lanceros riojanos.

A mí eso no me dice nada, y tampoco me interesa que me diga nada.

Le escribo a Schrader que los entusiasmos del hijo de Don Anastasio forman parte de lo que se llama color local: el folklore inagotable de los argentinos.

 

Fernando, exultante: los militares se instalaron en el poder. Derribaron a la viuda del general Perón, el gobierno que ella presidía a título sucesorio.

Recuerdo que Schrader me dijo que Perón, en 1946, elegido primer mandatario por el voto de millones de aullantes partidarios, facilitó el ingreso, a la Argentina, de miles de oficiales de la Wehrmacht, de los miembros más conspicuos de la SS, y docenas y docenas de científicos alemanes. Y que, por supuesto, se dedicaban a desflorar chinitas que llevaban a sus camas, para olvidar el odio exterminador de los comunistas de Stalin.

 

A Hitler no lo suplantó nadie. Y menos aún, Eva Braun. Eso me dijo Schrader.

Pero aquí, en la Argentina, existen las dinastías. Las viudas suceden a sus maridos muertos. Y los que votaron a sus maridos, y los que no lo votaron, sienten devoción por los uniformes.

Fernando me dice que jugó muchas partidas de póker con el general Menéndez, dueño indiscutido de la provincia de Córdoba, y jefe del cuerpo de Ejército que contribuyó a voltear a la viuda de Perón.

Ahora, me dice Fernando, se terminó la joda.

Ahora, me dice Fernando, si vos querés, nos podemos casar. Le digo a Fernando que una no dice sí o no de la noche para la mañana, ¿verdad?

Si él quiere una esposa fiel, una esposa que cumpla con sus obligaciones de mujer, debe esperar una respuesta meditada, seria, que no menoscabe los principios del matrimonio.

Le digo a Fernando que si nos casamos, no voy a exponer nuestra relación a las murmuraciones, a la maledicencia de aquellos que nos quieren bien. Que los hay, Fernando: vos lo sabés tanto como yo.

Tomate todo el tiempo del mundo, me dice un Fernando que no deja de sonreír. Yo te espero, mi querida Bequi.

 

Cara aindiada la del general Menéndez.

Miro una fotografía del general Menéndez en La Voz. Cara de indio solapado bajo la visera de su gorra de general. Cuerpo sin panza. En la fotografía, sostiene una espada desnuda por encima de sus hombros. Lo rodean, en la tribuna desde la que presencia el desfile de la tropa, otros militares de caras severas, y civiles de caras que no fingen su beneplácito.

Con ese tipo de un poder omnímodo, en un país de mansos y alcahuetes, Fernando juega al póker.

—Cuesta ganarle —dice Fernando. Y dice que Menéndez es un duro…—. Va a acabar con el zurdaje —dice Fernando, en un tono que se me antoja de profecía bíblica.

 

Golpean la puerta de mi pieza. Abro: un tipo de baja estatura está frente a mí.

—Me manda Don Anastasio —dice el tipo de cara oscura—. Por la humedá… Soy Aníbal. —Y el tipo de cara oscura mueve, nerviosamente, un gorro entre las manos.

—Pasá —le digo al tipo de cara oscura, bajo y flaco.

Ese tipo, que dijo llamarse Aníbal, entra a la habitación como si caminara sobre una nube de aire. Y mira al techo de la habitación y, al rato, musita que él puede arreglar la filtración de humedad.

Le pregunto al hombrecito de dónde es.

El hombrecito me contempla, perplejo.

—Dónde naciste, Aníbal.

—Soy toba, señora —me contesta, con una sonrisa boba en la cara oscura.

Le digo al toba que hable con Don Anastasio, y convenga el día, la mañana o la tarde del arreglo de esa bendita filtración.

—Lo que usted ordene, señora —dice el toba, y me saluda con la cabeza gacha.

—Cuidate, Aníbal —le digo, y le sonrío, y le abro la puerta de la habitación. Y él sale, sin mirarme, una sombra mezquina que se aleja por el piso encerado del pasillo.

Recibo carta de Gerhard.

Gerhard me escribe que le sobra salud, y que reparte su tiempo entre Colonia Dignidad y la casa de las hermanas Irina y Ángela. Y visitas regulares a una puta de lujo que satisface sus caprichosas urgencias. «No me cobra: me debe favores que no se pagan con ningún dinero».

Gerhard, en su carta, alude a la propuesta matrimonial de Fernando. Rebeca Schrader no es la Virgen María. No logro descifrar qué encierran esas pocas palabras.

Schrader me informa que el invierno, en Bariloche, es benigno. Esto no es Moscú, escribe Schrader. Hollywood nunca será Moscú. Y en línea aparte, agrega que está leyendo a Borges. Y que Borges lo intriga. Schrader me dice que no se explica cómo Borges, tan orgulloso de sus antepasados, parece reivindicar una frase de Kipling: «Si has oído el llamado del Oriente, ya no oirás otra cosa».

 

Quiero a Gerhard Schrader.

¿Importa, acaso, que sea mi padre?

Es un hombre, Gerhard Schrader, y es al hombre, no al padre, a quien quiero.

 

Fernando me lleva a un supermercado, donde una multitud de mujeres, de ancianos, de hombres maduros vestidos con shorts y camisetas deportivas, cargan latas, y grandes trozos de carne envasada y cruda, y latas de arvejas y porotos, y fruta en rechinantes carros metálicos.

Aquí, dice Fernando, hubo una herrería, que se instaló mucho después de la batalla de Caseros.

Fernando me pregunta si sé qué pasó en la batalla de Caseros.

No, le digo a Fernando, un poco aburrida de ese rumoreo del comprador que va a llenar su heladera de alimentos y bebidas, y que, cuando termine de llenada —estoy segura—, suspirará, lánguido y gozoso.

 

¿Ocurrirá lo mismo en Alemania?

 

En Caseros, los lanceros entrerrianos de Urquiza derrotaron a los federales de Rosas, y éste se exilió en Inglaterra… Bueno, aquí se construyó una herrería. Herraban los caballos que tiraban de las diligencias, de los caballos de los chasquis, los caballos de la policía de esos tiempos, dice Fernando, la mirada perdida.

Una voz de mujer grita «Fernando».

Corre la mujer —una mujer joven— hacia nosotros, los brazos abiertos.

Tamara, murmura Fernando. Escuchar a Fernando pronunciar «Tamara», sin vacilación ni vergüenza, me explica a la mujer que corre hacia nosotros.

Jadeante, la mujer pone sus manos sobre uno de los muslos de Fernando. Y Fernando le sonríe, fríos los ojos.

No escucho más. ¿Qué más tengo que escuchar? ¿Las puertas que se abren para los patrones de la provincia? ¿El sordo rumor de sus encamadas?

 

Voy a casarme con Fernando.

 

Recibo una pequeña encomienda de Schrader.

Es un diente. Un molar. Mordí algo, escribe Schrader, y tuve el molar en la lengua. No hubo dolor. Pasé la lengua por el agujero que dejó el molar caído. Limpio, sin sangre, el agujero del molar caído.

Me pregunté por la degradación del cuerpo. Y después, creeme, olvidé las ofensas de la vejez. No olvidé mis furores y mi impotencia: olvidé las ofensas de la vejez. Pero están, también, las fotografías del coronel de la Wehrmacht que, joven, pasea con una mujer bella, y aún más joven que él, por las calles de Varsovia y de París. Allí está el coronel de la Wehrmacht, que retrocedió de Stalingrado a Berlín, y sin más furores e impotencias, que morirán con él, por los vejámenes e ignominias con los que asiáticos y judíos bolcheviques laceraron el cuerpo de su mujer.

 

Cuando ahorcaron a Rebeca, los stalinistas y canallas cantaban

Chancho burgués

atrás atrás

Y hubo polacos, hombres y mujeres, ricos y pobres, de un coraje que no vi en las tropas de asalto del Führer, que rezaban en voz alta

Padre nuestro

Que estás en los cielos

Venga a Nos Tu Reino

Hágase Tu Voluntad

Los leninistas tiraron sobre los polacos, sobre hombres y mujeres, ricos y pobres.

Después llegó, para mí, Colonia Dignidad.

Fernando y yo nos casamos, allí, en la sierra, cerca de un poblado que se llama Villa Dolores.

Fernando es un amante lascivo y voraz. Potente.

Pero yo lo monto. Yo soy su jinete. Yo lo taloneo. Yo estoy al mando.

—Gemí —le digo.

Y él gime como una puta.

—Me das lo que busco —confiesa el macho que es Fernando.

Voy a comprar un rebenque.

 

Y, ahora, Rebeca, estás en Traslasierra.

Y yo, en la casa de Irina y Ángela. Y de Otto, ¿por qué no?

Escucho a Strauss, a Mahler, a Schubert. Escucho las banales epifanías de los antiguos combatientes. Escucho sus exaltados monólogos que narran los riesgos que corrieron en tierras europeas, de su paso vencedor por tierras europeas. Y callo.

Y, ahora, Rebeca, estás en Traslasierra.

Y yo, en la casa de Irina y Ángela, y del cerdo de Otto. ¿Me repito?

Callo, Rebeca.

Callo, Rebeca. Y es inútil que tenga frente a mí, envuelto en una bruma que deprimiría hasta a una piedra de los Andes, a un coronel de la Wehrmacht, condecorado por su valor, y por sus silencios frente a los humos de Auschwitz.

 

Calla, Schrader.

No quiso que yo fuera testigo de su mutismo. Y me envió a Traslasierra. Y aprobó mi casamiento con Fernando.

Calló acerca de la amistad de Fernando con el general Menéndez, que nunca vivió (ni vivirá) la ominosa música de una guerra, sus injurias, sus bellezas, que Schrader supo relatarme con el más febril de sus idiomas.

Aquí estoy yo, esposa de Fernando y nuera de Don Anastasio, en una casa cercana a Villa Dolores, a Mina Clavero, a San Javier. Y camino mis melancolías por sus alrededores.

Escucho a los mansos cordobeses derrochar las candideces de su ingenio, y no termino de explicarme, por lo que leí, por lo que me relataron, confundiendo tiempo y circunstancias, que en este paisaje de una hermosura fascinante, alguien que fue, para su época, un comisario político bolchevique haya ordenado la ejecución de un virrey del trono español. Que por estos campos, un oficial manco y, dicen, de pocas palabras, batiera a los cosacos de ese tal Facundo Quiroga que, según me dijo Fernando, fue el dueño de medio país. Y que los degüellos y fusilamientos de vencidos hayan sido incesantes. Y que la austera geografía del paisaje no se alterara.

Sierra, arroyos, hilos de agua, rutas estrechas transitadas por ovejas y vacas, caballos con o sin jinetes, y sobrevolados por pájaros negros que graznan, a veces.

Hoy los camino o los bordeo. Y callo.

 

Le pregunto, divertida, a Fernando, cómo le va con Tamara.

Es de noche, y los pasajeros de la posada de Don Anastasio duermen sus galopadas, sus whiskys, sus descubrimientos y baqueanías de curvas, mojones, murallas.

¿Es distinto el cielo del Sur, allí donde Schrader también calla? ¿Es distinto el cielo de Traslasierra al cielo del Sur?

Tiene tetas esa mina, dice Fernando, calmo y admirado.

—Ajá —digo yo.

—Y tiene culo. Y qué culo —dice Fernando, y enciende un cigarrillo, calmo y admirado—. ¿Querés una pitada?

—No —le digo.

—Bueno —dice Fernando—. Y es una maravilla la Tamara: manos y boca le funcionan que para qué te cuento.

—Y vos —le pregunto a Fernando.

—Yo —pregunta Fernando. Y piensa. «Yo le entro hasta por donde no te podés imaginar». Y Fernando mira lo que acaba de decir. Y asiente.

—Rebequita: sos una fuera de serie —dice Fernando—. Hablar con vos, así, uno junto al otro, en la cama, en la noche, me pone cero kilómetro.

—Bequi —me pregunta Fernando—: ¿quién te hizo así?

Ya no escucho a Fernando: me harta. Sólo quiero dormir.

 

Fernando es un buen asador: lo dicen sus amigos y sus alcahuetes, aquellos que no le temen ni le están subordinados. El calor que se desprende de los carbones y troncos al rojo vivo, que él remueve con una larga varilla de hierro, me proporciona una paz que no conocí desde que habito la casa de Don Anastasio.

Las carnes asadas las disfrutarán los huéspedes de Don Anastasio. Pero Fernando tiene la cara de halcón oscurecida por una sórdida rabia.

—Lo voy a hacer cagar a ese viejo amarrete —dice Fernando como si hablara solo.

—Fernando —susurro.

—Sí, Rebeca… Sí —y sus pasos son largos y firmes alrededor del fuego, de las carnes y las achuras que se doran. Fernando se detiene, y dice sin mirarme:

—No quiere darme un peso más de lo que… ¿Rebequita?… Vivir solo, lejos de aquí… Trabajar para mí, para vos… Mi casa, mis horarios… Conozco los pastos, los animales, los árboles como no los conoce nadie… Eso deseo… Y el viejo guacho…

Claro que lo entiendo.

Le escribo a Schrader que el otoño, que el invierno, en Traslasierra, es lluvioso. Que el sol desapareció de estas piedras, de estos pastos ralos, y que no alumbra los silencios de mujeres gordas y los chillidos histéricos de sus chicos, la mansedumbre y las resignaciones de tipos de los que no se sabe de qué viven, qué los alimenta.

 

Uno de esos tipos es Aníbal. El Aníbal, como dicen por estas tierras. El o la anteceden al nombre de hombres o de mujeres.

Aníbal vive en un rancho de paredes de adobe, y techo de paja. Limpio el rancho de Aníbal.

Le pregunto si está bien. Aníbal me contesta que sí, que está bien, sí, señora. Y, una vez más, me contempla estupefacto. No me esperaba el Aníbal. No esperaba que yo caminara los tres kilómetros que caminé para preguntarle por su estado de salud.

Aníbal, de pie frente a mí, tiembla. Y no es de frío.

Hay un par de sillas dentro del rancho, y una mesa rústica y algo chueca. Hay, también, un fogón de piedra donde arden unos pocos carbones. Hay unos clavos en las paredes del rancho, y ropa vieja y gastada colgada de los clavos.

Yo tirito. Y de frío.

Traslasierra no es Hollywood. Tampoco es Alemania. Eso le escribo a Schrader.

Aníbal me pide, en un titubeo, que me siente.

Me siento en una de sus dos sillas. Él se acuclilla frente a mí.

—¿Si yo te lo pidiera, me harías un favor?

—Lo que usted ordene, señora… Cualquier cosa —murmura Aníbal—. ¿Quiere que ponga más carbón, señora? —y hay un tono desamparado en el murmullo de Aníbal.

—Por favor, Aníbal.

Aníbal hunde sus manos en un balde de metal, y levanta cinco o seis trozos de carbón sobre los ya encendidos. Y los deja caer. Hay un chisporroteo que miro con el arrobo de una niña tonta que lee un cuento de hadas.

Aníbal no me mira: Aníbal me contempla. Eso le escribo a Schrader.

 

Y no sólo eso le escribo.

Le pido que no se deje vencer por la biología: la biología es bolchevique.

Que se cuide, allá, en el Sur, en los fríos, la nieve, los árboles, las piedras del Sur. La biología lo expropia todo: la biología es bolchevique. Que la enfrente y la venza.

Le escribo que la nostalgia puede ser cruel. Y que el coronel de la Wehrmacht, que defendió Berlín de la inmunda tropa leninista, y que rescató a Rebeca del ghetto de Varsovia con una osadía no registrada en los libros de historia, debe mirarse en el recuerdo. Serán, ésas, largas horas de juventud, bajo los techos de la casa de Irina y Ángela. Se verá, le digo, aún hoy, cómo es. Y verá a su Rebeca, la mujer que quiso siempre. Yo.

Y que querrá siempre, no importa las muñecas charlatanas que buscó, y obtuvo, a buen precio, y con las que se acostó, en el intento, vano, de borrar la imagen de una mujer que pendía de una soga, con una cruz gamada colgándole del cuello, quebrado por la horca que armaron, febriles, aullantes, los inimaginables invasores de Berlín.

 

No le escribo a Schrader la pregunta de las preguntas: Qué nos proponemos ser.

¿Qué es él, hoy, en la casa de Irina y Ángela? ¿Qué soy yo, aquí, en Traslasierra?

¿Soy, apenas, una mujer joven (y astuta: gracias, Schrader), que se prepara para una vejez, todavía lejana, apacible, sin sobresaltos, sin enfermeras y médicos desaprensivos, custodiada por perros feroces, y con la Luger debajo de mi almohada?

 

Fernando eligió el escenario de su crimen.

Don Anastasio distribuía sonrisas y cumplidos a los huéspedes de su hostería. Y se aseguraba que la comida que repartían sirvientes atentos y rápidos les llegara caliente, sabrosa y abundante.

Yo estaba allí, en una mesa apartada de la sala, la noche del asesinato de Don Anastasio.

Suaves las luces de la sala. Iluminaban a mujeres y hombres, carnes y pastas y verduras en las bocas.

Frescas las brisas del otoño o del invierno de más que mediados los años setenta.

 

Esto vi, un vaso de Jack Daniel’s en la tabla de mi mesa: Fernando que irrumpe en el comedor de la hostería, una escopeta de dos caños, recortada, entre sus brazos. Y Fernando, afeitada su cara de halcón, que dispara la escopeta de dos caños, recortada, en la espalda de Don Anastasio. Y Don Anastasio que cae hacia adelante, y voltea platos, copas, botellas de vino y champán, manteles, una mesa, baldes de metal y el hielo que contenían.

Silencio en los huéspedes de Don Anastasio. Ni un grito.

Ni una sola exclamación. El silencio inimitable de los argentinos prudentes.

Schrader: Martín Fierro es tan real como Caperucita y El Lobo.

 

El juicio a Fernando se realiza en Villa Dolores.

Le escribo a Schrader que asisto al juicio, sesión por sesión; y que me pregunté qué hubo en los ojos de Don Anastasio cuando recibió en su espalda las dos balas que disparó la escopeta de su hijo.

Le escribo a Schrader que el tribunal condenó a Fernando a veinte años de prisión. Los abogados de Fernando, los mejores y más afamados abogados de la ciudad de Córdoba, apelan el fallo.

Fernando, desde la cárcel, y tratado por los guardianes como valets ingleses, llama a su amigo, el general Menéndez. Y, por supuesto, una Cámara inventada para pagar a sus integrantes sueldos que dan vértigo, otorgó a Fernando siete años de libertad condicional.

Fernando reemplazó a Don Anastasio en el manejo de la firma Escalante. Y Fernando cuidó de que quienes se acercaran a él tuviesen la mueca servil de los limosneros; eran dueños de campos y de vacas, accionistas de bancos, ostentosos embaucadores que exaltaban al general Menéndez y a la paz que había traído a Córdoba y a las provincias bajo la influencia de su ejército en lo que fuese: ejecución sumaria de guerrilleros o meros entusiastas de la revolución cubana; eliminación de adversarios en el mundo de los negocios; viajes seguros por las rutas provinciales; opulencias que se adquirían vertiginosamente.

Toda esa atildada basura argentina llegaba hasta los umbrales de lo que fue casa y hostería de Don Anastasio para rendir homenaje a Fernando, rey puesto.

 

Schrader me escribe desde el Sur.

No sueño, Rebeca. El Führer exalta, en su búnker, ante amanuenses y cobardes alcoholizados, el valor y la serenidad del coronel Gerhard Schrader, que empuñó su metralleta y su pistola Luger en defensa del aeródromo de Tempelhof, de la prisión de Moabit, y de los accesos a la cancillería de Alemania.

Mis subordinados y mis superiores esperan que el coronel Schrader se pegue un tiro en la boca cuando la bandera roja ondee sobre la cúpula del Reichstag. Cuando el silencio caiga sobre los escombros de Berlín. Cuando las hordas siberianas se dediquen a buscar las cenizas de Hitler y Eva Braun en las tierras cercanas a su búnker.

Morir en batalla, sí. Morir por mi mano, no, estúpidos sin cojones.

Además, los bolcheviques no me atraparían con vida. Haría lo necesario para que me llenen el cuerpo de plomo. Más aún: un capitán de las SS me informa que Heinrich Himmler está en tratativas con los norteamericanos. Y exige de mí, coronel de la Wehrmacht, y condecorado con la Cruz de Roble, que me suicide.

Le sonrío. Y le pregunto si eso es lo que desea él. Me responde que sí. Que ésas son sus órdenes: ningún oficial del ejército del Führer debe rendirse vivo a los rusos. Arrogante, el capitán. Y ciego. Detestable.

Lo volteo de un tiro que le parte el corazón. No soy de los que permiten que otros decidan mi destino.

Caminé, Rebeca, rumbo a la libertad. Y fumé, los bolsillos cargados de cigarrillos que pertenecieron a los prisioneros yanquis. Caminé, Rebeca, en busca de mi libertad, entre el humo y las explosiones de la artillería de los soviets.

Y escucho, mientras camino, las súplicas desgarradoras de las mujeres alemanas sobre las que se revuelcan, sucios y atroces, los kameraden stalinistas.

Tengo, Rebeca, un sueño tranquilo y profundo, aquí, en el Sur, bajo los techos de la casa de Irina y Ángela, y del cerdo de Otto que no cesa de lamentarse de no haber estado a orillas del Volga, y de no haber combatido, fusil y bayoneta en mano, hasta el Elba, por lo menos.

Rebeca, mi querida: ¿qué es recordar?

Es, me digo, pura y sencillamente, convocar al presente, mientras el cuerpo late.

Rebeca: vivo en algo que se asemeja al Paraíso: una cama abrigada como sólo conocí en mi infancia. Árboles tan altos y tan eternos como la tierra. Y el perfume — ah, el perfume— del otoño y del silencio, y del océano que lame las orillas de Chile.

Y te confieso, Rebeca, que soy un insaciable devorador de las carnes del cordero patagónico.

¿Desvarío? No. Es mi cuerpo el que habla.

En Berlín no quedaban gatos y perros para mitigar el hambre de los miembros de las juventudes hitlerianas. Y Stalin, para nuestra envidia, abastecía a los suyos, a los que fueron al combate desde las isbas de Tolstoi, desde las granjas colectivizadas, desde la tibieza de los samovares. ¿Por qué pensó el Führer que podría doblegar a la Rusia leninista, en tres meses, a partir del 22 de junio de 1941?

¿No leyó, el Führer, a Napoleón?

Miro, Rebeca, una fotografía de Gregory Zhukov, un joven comandante relegado en una perdida guarnición de Siberia, y que Stalin convocó a Moscú. Llama Stalin, en verdad, al más devastador e implacable de los jefes que tuvo, y tendrá, el ejército ruso. Pero este ejército de Zhukov no es ruso, exactamente: es rojo. ¿Es un destrabalenguas lo que te escribo?

Una cara de piedra, la de Zhukov. No es la cara de los capataces de las empresas Thyssen. Es la cara de lo que, aquí, en suelo argentino, suele llamarse secretario de la comisión interna de una fábrica. Con él no se juega: tiene las espaldas de un luchador.

Cuando Zhukov dice lo que debe decir —y es lo que me contaron testigos confiables—, golpea con las manos la tabla de la mesa a la que él y sus compañeros, rodean, sentados. Y los compañeros de Zhukov asienten: saben que la mitad de la próxima batalla está ganada.

 

Escucho los vientos del Sur.

Levanto la ventana de mi dormitorio, y huelo los perfumes del Paraíso. ¿Por qué estoy obligado a envejecer en el Paraíso, si huelo los aromas de los cipreses, de los coíhues, de las flores púrpuras de los maitenes?

Dejá, Rebeca, que Fernando Escalante vaya de putas. Y no dejes de tener, limpia y activa, la Luger que te di. Sé, Rebeca, que no sos celosa. Y podés confiar en la ineptitud prepotente de la policía argentina. Es, apenas, una Gestapo latinoamericana.

 

Voy a viajar, pronto, a Viña del Mar.

Las aguas del Pacífico, en Viña del Mar, mantendrán vivos mis recuerdos. Me rejuvenecerán.

Esto te escribe alguien que creyó en la palabra de su Führer: Alemania —dijo el Führer—, un imperio que durará mil años. Duró, sólo, cuatro.

El Führer no leyó a Bismarck.

Te quiero, Rebeca, yo, un asesino condenado por los bolcheviques en el tribunal de Nüremberg.

 

Recibo la carta de Schrader.

No, no desvaría Schrader. Pero ¿a quién quiere Schrader? ¿A cuál de sus dos Rebecas? ¿A la de Varsovia o a mí? ¿Y qué importa eso? ¿A quién le importa? A mí, no. Yo, también, quiero a Schrader.

Entonces, voy en busca de Aníbal.

Vuelvo a caminar, hoy, los tres kilómetros que separan la casa de Fernando del rancho de Aníbal.

El frío es tan perverso como la soledad.

Es el frío de Traslasierra, no el frío del Sur. Allí, en el Sur, está Schrader, que pretende rejuvenecer bañándose en las aguas de Viña del Mar. Él morirá como, probablemente, murió o morirá Zhukov, el Miguel Strogoff de Stalin.

No hay aguas, ni el Volga en Rusia, ni el río Manso en Bariloche, que salven a los herejes de sus lujosas desobediencias.

Aníbal no me ve, parada en el umbral de su rancho. Tiene, acuclillado, las manos extendidas sobre los carbones, pocos, que arden en el fogón del rancho. Murmuro su nombre, y Aníbal se pone de pie como si le hubieran pinchado el trasero con la punta de un cuchillo.

—Señora… —y una vez más el asombro, la estupefacción en su cara de mestizo.

—Aníbal —digo yo—. Quiero algo de vos.

Aníbal repite:

—Lo que usted ordene, señora.

—Podés, a lo que voy a pedirte, decir sí o no… si decís no, nada cambiará entre nosotros: vos serás Aníbal, un hombre al servicio del señor Fernando Escalante, en los meses en los que el turismo abunda en Traslasierra… Decís sí, ahora, y es un pacto a cumplir… ¿Sabés qué cosa es un pacto?

—Estoy a sus órdenes, señora —musita Aníbal.

Tomo las manos de Aníbal, y las pongo sobre mis rodillas. Y, después, las llevo más arriba. Y más arriba.

Aníbal intenta hablar, y no puede. Abre la boca. Palidece.

—¿Te gusta? —le pregunto. Soy una puta de Traslasierra la que pregunta. Una puta como él nunca conoció. Y que no conocerá en su corta vida. Porque será corta la vida de Aníbal.

—Sí…, sí…, señora —y la voz de Aníbal tiembla en su garganta. No me mira, Aníbal. ¿Sabe qué quiere?

—Seguí —le digo. Y es una orden mi seguí—. Por los muslos, arriba y abajo… Con ganas, Aníbal, que las tenés. Y con fuerza, como un macho.

—Mirá a tu dueña, Aníbal —le digo. Y sonrío.

Es negro el pelo de Aníbal. Corto y negro. Muy negro. Y tiene el brillo negro, muy negro, de los paisanos de Traslasierra, de los hombres, de las mujeres, de los mocosos de Traslasierra, y de otras vastedades casi inhabitadas de Córdoba, y de otros desiertos de este país incomprensible.

Aníbal alza lentamente su cabeza.

—Las tetas —le digo. Y es una orden.

Aníbal deja los brazos caídos, de cuclillas ante mí.

—Lame mis pies —le ordeno a Aníbal—. Soy la puta más puta del único quilombo que conociste.

Aníbal queda como en éxtasis.

Aníbal lame mis pies con una lengua roja y larga, rasposa.

—No parés hasta que yo te lo diga… Seguí.

—El dedo gordo de cada pie —le indico a Aníbal. Lo guío.

—Bien, bien… Las tetas, Aníbal: te olvidaste de las tetas… y te quiero de rodillas… De rodillas, Aníbal… Mucho te quiero, Aníbal, y de rodillas.

El mestizo pone mis pezones en su boca: es, para él, la hostia de los españoles que desembarcaron en América. Creían, y lo creían, que tenían a Dios en la boca.

—Despacio, despacio, indio.

Aníbal tiembla: escucha la voz de Dios en su oído. Y los católicos profesantes no desobedecen la voz de Dios.

—Quiero que mates a Fernando… ¿Lo vas a hacer, sí o no?

—Señora, sí… Señora, sí…

—Para tus gastos, Aníbal —y le alargo, al indio, un rollo de billetes de doscientos pesos, de a cinco pesos los billetes. El indio los toquetea, una vez y otra.

—Habrá más, Aníbal… Te prometo yo, tu dueña, que habrá mucho más…

Aníbal, de rodillas, espera. El indio espera que no me vaya.

—No deseo saber, Aníbal, cómo vas a hacer lo que me prometiste. Ni cómo ni cuándo lo vas a hacer.

Le hago poner sus manos en mi concha.

—Jurá que lo vas a hacer —le digo.

—Lo juro, señora… Lo juro.

—Sos toba vos, ¿no?

—Soy toba, sí…, sí, señora.

—Se te nota —y sonrío al toba.

Yo protegí, con guantes de cuero mis manos, de los fríos de Traslasierra.

Schrader me escribió que confiara en la ignorancia prepotente de la policía argentina. Pero Schrader no leyó a Dashiell Hammett. Y yo, aburrida, sí.