Traslasierra
Capítulo III
Aníbal, no lo olvides: soy la puta más cara del quilombo. Eso le dije al toba, y caminé los tres kilómetros que separaban el rancho del toba de la casa de Fernando.
Schrader me escribe.
No me gusta Wagner: es demasiado estruendoso. Fue Wagner, creo habértelo dicho, el músico oficial del III Reich.
A mí me gusta Rachmaninoff, pese a que era ruso.
Le regalo a Aníbal un gorro de lana nuevo.
Aníbal me sorprende: se arrodilla para recibirlo. Cuando Schrader lo sepa…
Schrader me escribe:
Apareció por acá un tipo que dijo llamarse Buloff, Joseph Buloff. Parece un actor, y habla perfectamente el inglés, y un francés comprensible, y un ruso indescifrable.
Alquila una habitación en la hostería de Irina y Ángela, y su libro de cabecera, por lo que ellas me dijeron, es Judíos sin dinero.
Buloff es un hombre de baja estatura y de una extraña agilidad. Y una de estas frías mañanas del Sur, nos saludamos. Una sonrisa impertinente en los labios de Buloff. Pero cuando él se la propone.
Los dos finalizamos el desayuno. Los dos contemplamos el Paraíso.
—Usted es nazi —me dice el tal Buloff, que parece un actor de teatro. Me habla, el tal Buloff, en un castellano gutural.
—Sí —le digo, y sé por qué le digo sí—. ¿Cómo lo supo?
—Por el olor.
—¿Por el olor? ¿Y a qué huelen los nazis?
Buloff ríe: una risa clara y, tal vez, aterida.
—A Auschwitz y a Hitler, el guardián jefe de Auschwitz —dice Buloff, y deja de reír.
Rebeca: si hubiese tenido la Luger conmigo, la descargaba en su cuerpo de mendigo.
—No lo intente —dice Buloff, que no ríe, y que no es un adivino.
—¿Tenés compasión por algo, judío Buloff? —le pregunto, y me reprocho al instante lo desventurado de la pregunta.
—La tengo, y se merecen mucha más que compasión, los treinta millones de marxistas que ustedes mataron para impedir… —y Buloff que llora, se introduce en la hostería de Irina y Ángela, y se encierra en su habitación.
Les pregunto a Irina y Ángela, a la hora del almuerzo, si saben quién es Buloff.
Irina me contesta que es un viajante de comercio, que se mueve, hace más de treinta años, por el Sur patagónico. Y que es viudo. Que uno de sus hijos, el mayor, vive en Nueva York, y es periodista. Y el menor en París. Y el menor es dueño de una librería.
Ángela dice que Buloff visita a sus hijos una vez por año. Y que toma mate, come asado y se emborracha como un criollo.
Es un hombre triste, dice Irina.
Rebeca: ¿debe sorprenderme el comentario de Irina?
Golpean la puerta de mi habitación: abro. Es el comisario Mendoza.
—Buen día, señora —dice el comisario Mendoza.
—Buen día, comisario —digo yo, y le sonrío al comisario Mendoza.
Sonreír a los que le abro la puerta de mi pieza, es una costumbre en mí. Es una costumbre adquirida e instintiva. Schrader la pulsó con refinación y halago.
—Pase, comisario… Y póngase cómodo.
El comisario Mendoza permanece de pie, baja la cabeza, y se saca la gorra.
—Señora…
—¿Toma algo, comisario? —le pregunto con una candidez y una hospitalidad que me asombran… Sé cuál es su misión.
—Señora…
—Siéntese, por favor, comisario.
—Estoy bien así, señora… Gracias.
—Usted dirá, comisario —y yo, también, permanezco de pie.
—Lo siento, señora… Su marido acaba de sufrir un accidente.
—Oh, no —le digo, llevándome las manos a la boca.
—Mis hombres encontraron desbarrancado el yip del señor Fernando Escalante.
—¿Y Fernando? ¿Cómo está Fernando? —y mis preguntas son las de una mujer que se niega a presentir lo peor.
—El señor Fernando Escalante ha fallecido… Lamentablemente, y disculpe que…
—Siga, comisario Mendoza… Se lo ruego.
Y logro que las primeras señales del duelo aparezcan en mi cara.
El comisario Mendoza murmura que dos de sus oficiales encontraron el yip de Fernando destrozado, al pie de un barranca. Y a Fernando, muerto.
—Los técnicos de la compañía, en la que el señor Escalante compró el yip, dicen que él tomó una curva a gran velocidad, rumbo a Mina Clavera… y que le fallaron los frenos… y que había un árbol caído…
Recibo las condolencias del general Menéndez.
Recibo las condolencias de la plana mayor de su ejército. Recibo las condolencias de los gringos ricos de Traslasierra.
Recibo las condolencias de la servidumbre de los Escalante.
Recibo las congratulaciones de Schrader.
Fernando estaba ansioso por voltear a Tamara, y hacerle sentir su virilidad.
El toba cumplió su juramento.
Estoy de duelo, Gerhard. Visto luto, Gerhard, desde la cara hasta la punta de los zapatos.
No me miro al espejo, Gerhard: ese recurso barato es para las novelas baratas.
Schrader: soy y seré, siempre, tu mejor discípula.
Te quiero, Schrader.
Viajo, en mi auto, hasta el rancho de Aníbal.
Madrugada. La oscuridad, todavía cerrada, de una madrugada en Traslasierra. Fría en Traslasierra. Guantes de cuero en mis manos.
Estaciono el auto en la ruta; los faros titilantes, y bajo por un camino de piedras desparejas, hasta el rancho de Aníbal.
Aníbal ronca, la boca abierta, de cara al techo del rancho. Le introduzco, suavemente, en la boca que ronca, el caño de la Luger. Disparo. Una sola vez disparo.
Prendo fuego al rancho, y subo, por las piedras desparejas, hasta mi auto.
Pobrecito, el Aníbal.
Terminaste Traslasierra
Andrés Rivera
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