Última sesión

Marisha Pessl · Capítulo 2 de 122

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Prólogo

Nueva York, 2.32

TODO EL MUNDO TIENE ALGUNA anécdota relacionada con Cordova, por poco que les guste.

Tu vecina, sin ir más lejos. Quizá encontrara una de sus películas en una caja olvidada en el ático y desde entonces nunca fuese capaz de volver a entrar a solas en una habitación oscura. O puede que tu novio presumiera de haber descubierto por internet una copia ilegal de De noche todos los pájaros son negros y después de verla se negase a hablar de ello, como si hubiera salido vivo de milagro de una experiencia terrorífica.

Independientemente de tu opinión sobre Cordova, tanto si te obsesiona su obra como si te deja indiferente, él está ahí para llevarte la contraria. Es una grieta, un agujero negro, un peligro indefinido, un implacable estallido de lo oculto en este mundo exhibicionista. Está en el subsuelo, acecha sin ser visto desde los rincones en tinieblas. Está en el río, bajo el puente del ferrocarril, junto a las pruebas que faltan y a las respuestas que nunca verán la luz del día.

Es un mito, un monstruo, un hombre mortal.

Y, sin embargo, no puedo evitar creer que, cuando más lo necesitas, Cordova consigue llegar a ti de alguna manera, como el invitado misterioso que adviertes al otro lado de la sala en una fiesta atestada. En un abrir y cerrar de ojos, está justo ahí, a tu lado, junto al ponche de frutas, para devolverte la mirada cuando te giras por casualidad para preguntar la hora.

Mi anécdota con Cordova tuvo su segundo comienzo en una lluviosa noche de octubre, cuando yo tan solo era otro tipo más corriendo en círculos a toda velocidad sin destino alguno. Estaba haciendo footing alrededor del estanque de Central Park pasadas las dos de la madrugada, una peligrosa costumbre que había adoptado el año anterior, cuando me sentía demasiado tenso como para dormir, perseguido por una inercia que apenas podía explicar si no era por la vaga impresión de que la mejor parte

de mi vida había quedado atrás, y de que esa sensación de tener todas las puertas abiertas, tan innata en mi juventud, había desaparecido.

Hacía frío y estaba empapado. El camino de gravilla estaba salpicado de charcos y las negras aguas del estanque quedaban envueltas en una niebla que se estancaba entre los juncos de la orilla, borrando los contornos del parque, como si no fuera más que un papel de bordes rasgados. Lo único que se distinguía de los grandiosos edificios de la Quinta Avenida eran unas pocas luces doradas que resplandecían en la penumbra y se reflejaban en la orilla como monedas manoseadas y arrojadas al estanque. Cada vez que dejaba atrás alguna de las farolas, mi sombra surgía ante mí, se desdibujaba rápidamente y a continuación se desvanecía, como si no tuviera arrestos para quedarse.

Estaba a la altura de la garita sur, a punto de empezar la sexta vuelta, cuando miré por encima del hombro y vi que había alguien detrás de mí.

Una mujer de pie, ante una farola, con el rostro en sombra; su abrigo rojo concentraba la luz que llegaba por atrás y la convertía en una vívida herida roja en plena noche.

¿Una mujer joven aquí? ¿Sola? ¿Estaba loca o qué?

Me giré, presa de una vaga irritación ante su ingenuidad (o imprudencia, lo que fuera que la hubiese conducido allí). Las mujeres de Manhattan, en su esplendor, olvidaban en ocasiones que no eran inmortales. Podían arrojarse como confeti a una noche de diversión de viernes sin considerar siquiera las profundidades en las que se sumirían el sábado.

Me dirigí hacia el norte. La lluvia me azotaba el rostro y las ramas bajas de los árboles formaban un tosco túnel sobre mi cabeza. Tomé un desvío que dejaba atrás una fila de bancos y el puente curvado; el barro me salpicaba las pantorrillas.

La mujer, fuera quien fuese, parecía haberse esfumado.

Pero entonces, algo más adelante, advertí un destello de rojo.

Desapareció nada más verlo, aunque unos segundos más tarde pude distinguir una fina y oscura silueta que caminaba despacio junto a la verja, delante de mí. Llevaba unas botas negras y el pelo oscuro le caía suelto por la espalda. Aceleré el ritmo, decidido a adelantarla cuando estuviera junto a una farola para poder echarle un vistazo más de cerca y asegurarme de que estaba bien.

Al acercarme, sin embargo, tuve la sensación inequívoca de que no, no estaba nada bien.

Quizá fuera el sonido de sus pasos, demasiado pesado para una persona tan frágil, o aquella manera de andar tan rígida, como si me estuviese esperando. De repente tuve la impresión de que al adelantarla se giraría y vería que su rostro no era joven, como yo suponía, sino viejo. El devastado rostro de una mujer anciana, con una boca como un hachazo en un árbol, me devolvería una mirada vacía.

Ahora estaba a solo unos metros de mí.

Seguro que iba a extender el brazo para aferrarse al mío, y su apretón sería fuerte como el de un hombre, y gélido.

La adelanté corriendo, pero tenía la cabeza gacha, oculta por el pelo.

Cuando me giré de nuevo ya había dejado atrás la luz y era poco más que una forma sin rostro recortada en la oscuridad, con el contorno de los hombros perfilado en rojo.

El camino se bifurcaba y me desvié para tomar un atajo entre la densa maleza; las ramas me azotaban los brazos. «Me detendré para decirle algo cuando vuelva a adelantarla; le diré que se vaya a casa.»

Pero completé otra vuelta sin ver ni rastro de ella. Inspeccioné la colina que llevaba a los caminos de herradura.

Nada de nada.

A los pocos minutos ya estaba cerca de la garita norte, un edificio de piedra que quedaba fuera del alcance de las farolas, bañado en penumbra.

No podía distinguir mucho más que un tramo de escaleras estrechas que llevaba a una doble puerta oxidada llena de candados y cadenas, con una señal al lado: PROHIBIDA LA ENTRADA. PROPIEDAD DE LA CIUDAD DE NUEVA YORK.

Mientras me aproximaba levanté la vista y, alarmado, me di cuenta de que estaba allí mismo, de pie en el rellano, mirándome fijamente. ¿O

mirando a través de mí?

Para cuando tuve plena conciencia de su presencia ya la había dejado atrás. Sin embargo, lo que había atisbado en esa centésima de segundo flotaba ante mis ojos como si alguien hubiese hecho una foto con flash: el pelo enmarañado, aquel abrigo rojo sangre que en la oscuridad parecía marrón, un rostro tan sumergido en las tinieblas que cabía pensar que ni siquiera estaba allí.

Era evidente que no tenía que haberme tomado el cuarto whisky.

Hubo un tiempo, no demasiado lejano, en que hacía falta algo más para desconcentrarme. «Scott McGrath, un periodista que llegaría hasta el propio infierno para grabar a Lucifer», había escrito un bloguero una vez. Me lo tomé como un cumplido. Reclusos que se tatuaban la cara con betún para zapatos y su propia orina, adolescentes armados de la favela de Vigário Geral puestos de pedra, matones de Medellín que veraneaban todos los años en la prisión de Rikers… Nada me amedrentaba. Todo formaba parte del decorado.

Y ahora me ponía nervioso con una mujer en la oscuridad.

Debía de estar borracha. O se había metido demasiados Xanax. O a lo mejor era una broma macabra de adolescentes y una chica mala del Upper East Side la había obligado a hacerlo. A no ser que todo fuera una calculada farsa y el novio maleante estuviese esperando para abalanzarse sobre mí.

Si esa era la idea, los iba a dejar con un palmo de narices. No llevaba encima nada de valor aparte de mis llaves, una navaja automática y la tarjeta del metro, que valía unos ocho pavos.

De acuerdo, igual estaba pasando un bache, una mala racha, llámalo como quieras. A lo mejor no había tenido que defenderme desde… bueno, técnicamente, desde los noventa. Pero uno nunca olvida cómo luchar por su vida. Y nunca era demasiado tarde para recordarlo, a no ser que estuvieras muerto.

La noche estaba extrañamente silenciosa y sosegada. La neblina se había desplazado desde el agua a los árboles para adueñarse del camino como una enfermedad, impregnando el aire como un escape de gas o de algo maligno.

Un minuto más y me aproximaría de nuevo a la garita norte. La rebasé con la esperanza de verla en el rellano.

Estaba desierto. No había ni rastro de ella.

Sin embargo, cuanto más corría por ese camino que se desplegaba ante mí como si fuese el pasaje hacia una oscura y nueva dimensión, más me parecía que el encuentro quedaba truncado, como una canción detenida en una nota expectante, un proyector que se atascara hasta detenerse segundos antes de una escena crucial y dejara la pantalla en blanco. No podía quitarme de encima la inconfundible sensación de que estaba allí mismo, escondida en algún lugar, observándome.

Juraría que me llegó un ligero perfume entremezclado con el olor húmedo del barro y la lluvia. Escudriñé las sombras de la colina, esperando ver en cualquier momento la incisión color rojo brillante de su abrigo. A lo mejor estaba sentada en un banco o de pie en el puente. ¿Habría ido allí para cometer alguna locura? ¿Y si se subía a la verja y esperaba para mirarme con un rostro desprovisto de esperanza antes de dar el paso y caer a la carretera como un saco de piedras?

Igual me había tomado un quinto whisky sin darme cuenta. O aquella maldita ciudad había acabado por sacarme de quicio. Bajé las escaleras y cogí East Drive hasta salir a la Quinta Avenida y doblar la esquina de la calle Ochenta y seis Este, mientras la lluvia se convertía en un chaparrón.

Seguí corriendo tres manzanas, dejando atrás restaurantes cerrados y vestíbulos iluminados con un par de porteros aburridos de mirada perdida.

En la boca del metro de Lexington oí el traqueteo de un tren que se acercaba. Bajé corriendo las escaleras y pasé la tarjeta por el torniquete.

Había unas cuantas personas esperando en el andén (una pareja de adolescentes, una mujer con una bolsa de Bloomingdale’s).

El tren entró derrapando en la estación hasta detenerse con un chirrido; me subí a un vagón vacío.

—Tren exprés con destino a Brooklyn. Próxima parada: calle Cincuenta y nueve.

Mientras me sacudía la lluvia miré los asientos vacíos y el cartel de una película de ciencia ficción tapado por un grafiti. Alguien había cegado al hombre que corría en el cartel; le habían emborronado los ojos con rotulador negro.

Las puertas se cerraron de golpe. Con un gemido de los frenos, el tren se puso en marcha.

Y entonces, de repente, pude distinguir en las escaleras de la esquina opuesta unas botas negras lustrosas y algo rojo, un abrigo rojo. Según bajaba, con el pelo empapado goteándole sobre los hombros como si fuese tinta, me di cuenta de que era ella, la chica del estanque, el fantasma o lo que diablos fuera. Pero antes de asimilar aquel absurdo, antes de que mi mente pudiera gritar «Viene a por mí», el tren se adentró en el túnel, las ventanillas se ennegrecieron y me quedé ante mi propio reflejo.

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