Última sesión
Capítulo 7
—¿QUIÉN ES?
La voz de la mujer (pastosa, con acento ruso) salió chirriante del interfono.
—Scott McGrath —repetí inclinándome hacia la minúscula cámara situada sobre el portero automático—. Soy amigo de Wolfgang. Me está esperando.
Era mentira. Aquella mañana, tras terminar de leer el informe policial sobre Ashley Cordova, había pasado tres horas intentando localizar a Wolfgang Beckman, erudito cinematográfico, profesor, cordovita fanático y autor de seis libros sobre cine, incluido el popular volumen sobre películas de terror Máscara americana.
Había probado suerte en su despacho del Dodge Hall de la Universidad de Columbia, donde me hice con su horario lectivo y me enteré de que impartía tan solo una asignatura ese semestre, «Temática del terror en el cine estadounidense», los martes a las siete de la tarde. Lo llamé al despacho y al móvil, pero saltaba el contestador y, dado nuestro último encuentro hacía más de un año —en el que, además de decirme que esperaba que me pudriera en el infierno, me había asestado dos enérgicos puñetazos inducido por el vodka—, sabía que antes que a mí le devolvería una llamada al Papa (y había dos cosas en la vida que repugnaban de veras a Beckman: sentarse en las tres primeras filas para ver una película y la Iglesia católica). Mi último recurso era presentarme allí, en aquel destartalado edificio de la esquina de Riverside Drive con la calle Ochenta y tres Oeste, donde había pasado más de una velada oyéndolo disertar en la madriguera de topo que tenía por apartamento, junto a su flota de gatos y a una multitud de estudiantes que se bebían cada palabra suya como si fueran cachorros sorbiendo leche.
Para mi sorpresa, se oyó un crujido y un estruendoso zumbido me permitió el paso.
Cuando llamé a la puerta marcada con un deslucido 506 respondió una mujer diminuta. Llevaba el pelo negro y muy corto, de un modo que se le ajustaba a la cabeza como el capuchón de un bolígrafo. Era la última asistenta de Beckman. Desde la muerte por cáncer de su querida esposa
Véra hacía unos años, Beckman había ido contratando a multitud de rusas menudas para que lo cuidasen, incapaz de hacerlo por sí mismo.
Eran todas indefectiblemente bajitas, severas y de mediana edad; tenían los ojos azules, las manos agrietadas, el pelo teñido del color del caramelo artificial y una personalidad bolchevique en plan «Eso ni pensarrrlo». Hacía dos años estaba Mila, con sus tejanos lavados y camisetas de estrás, que hablaba sin interrupción del hijo que había dejado en Bielorrusia (y cuando no estaba hablando de Sergio, la mayor parte de lo que decía podía resumirse en una sola palabra: nyet).
Esta tenía la nariz aguileña, llevaba unos guantes de fregar de color rosa y un largo delantal de goma, de los que usan los soldadores en las fábricas para forjar el hierro. Parecía habérselo puesto para limpiar la cocina de Beckman.
—¿Le está esperrrando a ustedd? —Me inspeccionó de arriba abajo—.
Está en el dentistta.
—Me pidió que lo esperara dentro.
Me lanzó una mirada escéptica, pero acabó de abrir la puerta.
—¿Quierre té? —inquirió.
—Sí, gracias.
Con una mirada final de desaprobación, desapareció en la cocina y yo avancé por el vestíbulo hasta la sala de estar.
Aquel sitio no había cambiado. Aún era oscuro y sombrío y olía a calcetines sucios, a humedad putrefacta y a gato. En la pared había un papel pintado de deslustradas flores de lis y el techo estaba combado como el esqueleto de un sofá (en casa de Beckman, uno siempre tenía la sensación de que el agua estaba a punto de rezumar de los suelos de madera). Nunca había estado en un apartamento tan reluciente (la asistenta de Beckman iba siempre armada con su fregona, su cubo, botes de desinfectante y toallitas limpiadoras) que sin embargo diera una impresión tan vívida de ciénaga sumida en el humedal de los Everglades.
Me acerqué a la repisa de la chimenea, sobre la que se alineaban unas fotos enmarcadas que tampoco habían cambiado. Había una foto en color de Véra el día de su boda, resplandeciente de alegría. A su lado estaba la fotografía firmada de Marlowe Hughes, la legendaria belleza que fue la segunda esposa de Cordova y la estrella de Hijo natural. Junto a ella había una imagen del hijo de Beckman, Marvin, el día que se graduó en la
facultad de derecho; parecía perturbadoramente normal. A continuación, una instantánea de la película de Cordova Empulgueras en la que Emily Jackson echa un vistazo al misterioso maletín de su esposo; una foto de Beckman sentado con las piernas cruzadas, entronado como un Buda jubiloso en los escalones de la Low Library y rodeado por cincuenta alumnos absortos de adoración.
A la derecha de la repisa estaba el póster enmarcado con el plano corto del ojo entornado de los cordovitas. El póster llevaba allí desde que yo conocía a Beckman. Lo había arrancado de una estación de metro de Pigalle tras asistir a un visionado para adultos de De noche todos los pájaros son negros, de Cordova, que tuvo lugar en 1987 en las catacumbas parisinas, uno de los primeros acontecimientos de ese tipo. En el dorso estaba garabateado a mano el punto de encuentro designado: «Soberano Mortal Perfecto N 48º 48’ 21.8594” E 2º 18’ 33.3888” 1111870300».
Un par de metros a mi derecha, en el rincón, había un escritorio de madera, con el viejo ordenador Apple de Beckman. Hacía ruido, lo que significaba que estaba encendido.
—Su té.
La asistenta apareció de repente tras de mí. Deslizó la bandeja sobre la mesita de café y me observó mientras apartaba una caja china de madera negra y montones de periódicos; después volvió con paso airado a la cocina.
Esperé a que reanudara la limpieza para darle un golpecito al teclado. No me sentía exactamente orgulloso por cotillear en el ordenador de un hombre inocente, pero a grandes males, grandes remedios.
Hice clic en Firefox y después en «Historial».
Complicaciones de la cirugía oral — Resultados de Google Extracción de dientes qué puede salir mal — Resultados de Google Posibles efectos secundarios de la novocaína — Resultados de Google The New Republic online
The New York Post
Almasgemelasrusas.ru
Guía de conversación en ruso
Ashley Cordova — Resultados de Google
Hallado el cadáver de Ashley Cordova, 24 años — nytimes.com
La siguiente entrada rezaba simplemente: «blackboards.onion» .
Hice clic en el enlace. El sitio tardó un momento en cargarse; la página principal era un bosque húmedo de niebla, que reconocí como la instantánea que daba comienzo a Espérame aquí. La URL era larga, pero enterradas entre la cadena de símbolos y signos de puntuación estaban las tres palabras clave: «soberano mortal perfecto».
Era Blackboards, el sitio de Deepnet para los fans de Cordova. El acceso estaba celosamente custodiado y era solo para cordovitas autorizados. El sitio disponía de una URL en Tor, el internet anónimo, así que nunca aparecía en Google y no podía localizarse en buscadores normales. Años antes, cuando nos conocimos, había intentado en vano sonsacarle la URL a Beckman. Dijo que era «el último escondrijo», un agujero negro donde los fans no solo podían discutir sobre todos los asuntos referentes a Cordova, sino también expresar todos sus instintos oscuros y sus sueños sin temor a que los juzgaran.
Oí el tintineo de unas llaves y el ruido de la puerta al abrirse de golpe.
Una fregona repiqueteó en el suelo. Madame Tólstoi debía de estar avisando a Beckman de que tenía un invitado.
Saqué mi BlackBerry, le hice una foto rápida a la URL y, tras cerrar el buscador, retrocedí hasta la repisa justo cuando oía cómo unos pasos acelerados cruzaban el parquet.
—Capullo —rugió una voz tras de mí.
Beckman apareció en el umbral. Llevaba una gabardina ajustada a la cintura que le prestaba la apariencia de una patata envuelta en papel de estraza.
—Fuera.
—Espera…
—La última vez que hablamos te dejé bastante claro que para mí estabas muerto. ¡Olga! Llama a la policía y dile que tenemos un intruso peligroso.
—Me gustaría arreglar las cosas.
—Uno no puede arreglar una amistad que ha quedado reducida a escombros.
—No seas ridículo.
Me miró.
—La traición no es ridícula. Es lo que provoca la caída de los imperios.
Se desabrochó la gabardina, la tiró sobre una silla (gesto dramático que recordaba a un torero español al deshacerse de su capote) y avanzó hacia mí. Por suerte no se había fijado en el brillo de los bordes del ordenador, procedente de la pantalla encendida.
Estaba tan lívido que le era imposible resultar físicamente amenazador.
Llevaba unos pantalones de vestir de pernera demasiado corta y unas gafas de sol redondas y doradas tras las cuales sus ojillos amables centelleaban como los de una ardilla. Incluso el nacimiento de su pelo era entusiasta; estaba tan impaciente por salir que comenzaba unos cinco dedos por encima de las cejas. Tenía la mejilla derecha muy hinchada, como si estuviera rellena de bolas de algodón.
—Quiero hablar contigo sobre Ashley —aclaré.
El nombre lo sobresaltó como si le hubiese dado un calambre. Murmuró algo entre dientes y se movió hacia un sillón en el que tomó asiento con un asmático alboroto de cojines. Se quitó los zapatos para apoyar los pies, enfundados en unos calcetines de brillantes rombos amarillos, en el escabel que tenía delante.
—Ash Cordova —repitió mientras se frotaba la mejilla flácida por el efecto de la novocaína. Se giró para ladrar por encima del hombro—:
¡Olga!
Apareció en el umbral al teléfono; al parecer había llamado a la policía.
—Por Dios, Olga, qué estás… Deja el teléfono. Por Dios. Este es mi querido amigo McGrath. ¿Podrías traerle algo que no sea té? El té no hace mella en un hombre. —Me miró—. ¿Le sigues dando a la bebida a la luz del día?
—Por supuesto.
—Me alegro de que hayas mantenido la mayor virtud de tu personalidad.
Trae el vodka bueno, ¿quieres?
Olga desapareció y yo me senté en el diván. Beckman aún no había advertido que la pantalla del ordenador brillaba, distraído con sus tres gatos que acababan de salir de donde estuvieran escondidos. Había ocho en el apartamento, algunos de razas muy exóticas del este, con ojos azules, caras negras, pelaje como de alfombra, e irritantes personalidades a lo Greta Garbo que se dignaban hacer apariciones en público solo cuando Beckman estaba presente.
Se inclinó para acariciar a uno que se frotaba contra el escabel.
—¿Cuál es ese? —pregunté fingiendo interés, consciente de que había una relación directamente proporcional entre tu preocupación por los gatos de Beckman y su buen humor.
—McGrath, lo has visto en incontables ocasiones. Este es Pontiac el Tuerto, a quien no hay que confundir con Tom el Mirón o con Boris el Hijo del Ladrón. —Arqueó una ceja—. Acabo de coger otro gatito, ¿sabes? Es que he descubierto otro distintivo. Es vergonzoso que se me hubiera pasado.
—¿Nueve gatos? Pueden mandarte a la cárcel por eso.
Se ajustó las gafas en la nariz.
—Se llama Murad, como los cigarrillos.
—Nunca he oído hablar de ellos.
—Son una antigua marca turca, popular en las décadas de 1910 y 1920.
Murad significa «deseo» en árabe. Es la única marca que aparece en las películas de Cordova. No hay ni Marlboro ni Camel ni Virginia Slim. Y aún te digo más: si la cámara enfoca el cigarrillo Murad en alguna película de Cordova, la próxima persona en aparecer en pantalla queda terriblemente marcada. En otras palabras, los dioses han dibujado una gran X sobre sus omoplatos y escrito una señal invisible que pone: JODIDO. Su vida no volverá a ser la misma a partir de entonces.
Murad. Todos los gatos de Beckman recibían el nombre de un detalle específico de las películas de Cordova, un elemento distintivo, una especie de firma silenciosa. Podía tratarse de personajes mudos que aparecían solo unos segundos (como los cameos de Hitchcock) o bien de accesorios de atrezo que simbolizaban la catástrofe (de igual modo que la aparición de una naranja en las películas de El Padrino auguraba la muerte). La mayoría de los nombres no eran evidentes, sino bastante rebuscados, como Pontiac el Tuerto o Boris el Hijo del Ladrón.
Me incliné hacia delante para sorber el té al tiempo que echaba otra subrepticia mirada al ordenador, aún iluminado; Beckman se enrolló las mangas y, con el ceño fruncido, hizo ademán de seguir mi mirada.
—¿Qué has oído sobre Ashley? —inquirí.
Su rostro se oscureció.
—Una tragedia.
Respiró profundamente y volvió a recostarse en el sillón.
—Recordarás que Véra y yo asistimos a una actuación suya hace años en el Weill Recital Hall. Una experiencia asombrosa. El concierto tenía que
empezar a las ocho. Todo el mundo estaba esperando. Dieron las ocho, las ocho y diez, las ocho y veinte. Un hombre con barba salió al escenario y nos anunció, hecho un manojo de nervios: «El concierto dará comienzo en breve. Por favor, sean pacientes». Transcurrieron los minutos. Las ocho y media, las ocho y cuarenta. ¿Iba a llegar la pianista o qué? La gente estaba empezando a enfadarse. «¡Con lo que hemos pagado por las entradas!» Por supuesto, yo estaba mirando a ver si aparecía su padre. Una figura solitaria al fondo, atuendo militar, pelo gris, la expresión de sabelotodo y las gafas negras redondas de siempre, que convierten sus ojos en monedas negras y muertas.
Beckman, con los ojos como platos, se giró de hecho hacia la puerta, como si esperara ver allí a Cordova. Se dio la vuelta con un suspiro.
—El padre no se presentó. De repente, una niña con medias negras y un vestido de tafetán rojo brillante entra a toda prisa en el escenario por una puerta. Pensábamos que iba a anunciar que el concierto se había cancelado.
En lugar de eso, avanza con rapidez hacia el Steinway y se sienta sin darnos la más mínima importancia. Pasa las manos por las teclas como un chef que desempolvara la tabla de cortar. Y entonces, sin esperar a que el público deje de hablar, empieza. Eran los Juegos de agua de Ravel.
Olga estaba ahora junto a la mesita de café y nos servía vodka helado de una botella negra decorada con letras rusas rústicas. Beckman y yo brindamos y bebimos. Era uno de los mejores vodkas que había probado: nítido y ligero, te bajaba bailando por el gaznate.
—No tocaba las notas —continuó—. Las derramaba desde una urna griega. La gente pasó de la indignación al shock y luego a la asombrada reverencia. A todos nos resultaba inconcebible que una simple niña pudiera tocar de aquella manera. Los abismos de profundidad a los que tenía que descender… y ella sola.
—La policía habla de suicidio —comenté.
Se quedó pensativo.
—Es posible. Había algo en su modo de tocar… un conocimiento de la oscuridad en su forma más extrema. —Frunció el ceño—. Pero es bastante común, ¿no? Lo que tendemos a encontrar en la vida de las personas brillantes es una devastación parecida a la explosión de una bomba nuclear: matrimonios destrozados, esposas dadas por muertas, niños que crecen como prisioneros de guerra deformes, y todos deambulando con agujeros en
lugar de corazón, preguntándose cuál es su lugar, en qué bando están luchando. La riqueza extrema, como la que adquirió Cordova por matrimonio, no hace más que amplificar la magnitud y el alcance de las repercusiones. Quizá fuese eso lo que le pasaba a Ash.
—¿Ash?
—Así la llamaban en el mundillo musical. Ash DeRouin, «las cenizas de las ruinas». Tenía solo trece años. Pero tocaba como alguien que hubiera vivido seis vidas, seis nacimientos, seis muertes, y toda la tristeza, el amor y el anhelo a los que nos aferramos y que perdemos por el camino. —Frunció el ceño y sus gruesas cejas se unieron—. Hasta esos niveles llegaban su habilidad y su sentimiento, por no hablar de que era, sin duda, la criatura viviente más bonita que había visto jamás. Cuando dejó el escenario, Véra, enjugándose las lágrimas, dijo que no podía ser humana. No exageraba.
—¿Sabes algo de su niñez? —le interpelé mientras me servía más vodka
—. ¿Cómo era ella entonces? Supongo que recuerdas aquella llamada de teléfono anónima.
Me lanzó una escéptica mirada.
—¿Te refieres a tu fuente anónima, John?
Asentí.
—Ya sabes que nunca me creí lo de John. Fuiste víctima de una farsa.
Alguien te tomó el pelo. ¿Qué podría querer Cordova de la ropa de esos niños? Por otra parte, una niña rodeada de margaritas, ponis de Shetland y unos padres abnegados que se llamaran Joanie y Phil no podría haber tocado de esa manera. Sobre esa familia flota una especie de nube negra, no te digo que no. Pero qué cubre y qué densidad tiene, si es simplemente una niebla tóxica, un huracán de quinta categoría o un agujero negro del que jamás haya escapado ninguna luz, eso ya no lo sé.
—Habrás oído que Ashley tenía problemas mentales. La ingresaron en una clínica del norte del estado llamada Briarwood a finales de agosto.
Pareció desconcertado.
—No.
—De la que se escapó con un hombre no identificado para morir en el almacén diez días después. ¿Corre algún rumor en Blackboards?
—Por Dios santo, McGrath, ¿Blackboards? —Soltó una risita y devolvió el vodka a la mesa dando un golpe con el vaso—. Hace años que dejé de entrar en esa página. Soy demasiado viejo para tanto histrionismo.
Esta falsa objeción no era sino lo que esperaba de Beckman. Interrogarle era siempre como hacer la danza de la lluvia alrededor de una hoguera; requería tacto y tres o cuatro botellas de aquel vodka, que era más potente que el opio y sin duda provenía de alguna bañera siberiana.
—¿Dónde crees que puede estar ahora Cordova? —le pregunté.
Alzó una ceja.
—Por favor, no me digas que te has vuelto a subir a tu barquito para remontar el Amazonas en solitario. ¿Esta vez qué es, venganza porque arruinaste tu carrera por él? ¿O simple curiosidad malsana?
—Un poco de ambas. Quiero la verdad.
—Ah, la verdad.
Los ojos de Beckman cayeron sobre la caja negra hexagonal que había encima de la mesita de café. Se disponía a decir algo, pero en lugar de eso se dio la vuelta y miró directamente al ordenador. La pantalla aún estaba encendida, y uno de esos malditos gatos (Pontiac el Tuerto o como se llamara) se frotaba contra las patas del escritorio.
Se incorporó alarmado.
—¡Olga! —rugió—. Trae una bandeja con esas sardinas españolas,
¿quieres? Boris tiene una bajada de azúcar.
Se giró de nuevo, parpadeando a toda velocidad detrás de las gafas.
—¿Sabes? Sí que oí algo hace poco que podría resultarte útil. Peg Martin.
—¿Peg Martin?
—Consiguió un pequeño papel en los primeros veinte minutos de Aislado 3. Interpreta a una de las guardianas del bufete de Manhattan. Una chica muy torpe con un brazo escayolado. Pelo rojo ensortijado, nariz chata.
Desaparece escaleras abajo y no vuelve jamás. Concedió una entrevista a mediados de los noventa a Sneak en la que habló sobre Cordova.
Lo recordé. Hacía cinco años, durante la investigación, había desenterrado el artículo.
—Una de mis estudiantes de este año tiene un terrier. Lo lleva a una escuela de adiestramiento en grupo en el Washington Square Park los domingos por la tarde, a las seis. Me dijo que hacia el final de las clases una pelirroja enjuta entra en el parque para perros con un viejo labrador negro y se sientan juntos en un banco mientras miran cómo los demás perros pelean, juguetean y ríen. —Beckman estaba sentado en el borde de la silla,
haciendo de Peg Martin—. No habla… con nadie. No mira… a nadie. El perro tampoco. Bueno, pues mi alumna me dijo que esa mujer es Peg Martin.
—¿Y?
—Ve para allá. Habla con ella. Quizá sepa algo sobre la familia. Ha sido yonqui durante quince años, así que lo mismo no es tan firme como los demás en su voto de silencio. —Frunció el ceño—. También me miraría ese artículo de 1977 de Rolling Stone. La última entrevista de Cordova antes de sumergirse en el inframundo. He oído que hay algo crucial en ella. Yo la he leído, pero no he podido encontrar nada. Quizá tú lo consigas.
—¿Y Cordova? ¿Dónde está?
Beckman apuró su copa.
—Escondido, posiblemente. Me imagino que estará destrozado, aunque sea difícil de creer dados los horrores de su obra. Pero siempre he sospechado que toda esa oscuridad estaba allí para revelar la luz. Él veía el sufrimiento mental de la gente y esperaba que sus películas fueran un refugio. Sus personajes están devastados, abatidos. Atraviesan infiernos para emerger como palomas carbonizadas. Y es que la gente hoy en día no aprende, es débil, insignificante, y se muestra tan apática hacia el regalo de la vida como si estuviéramos en un anuncio de Pepsi. No le culpo por sumergirse en el inframundo. ¿Has visto cómo está todo últimamente, McGrath? ¿La crueldad, la falta de conexión? Si eres artista, estoy seguro de que no puedes evitar preguntarte para qué sirve todo esto. Vivimos más, tejemos redes sociales a solas con nuestras pantallas y la profundidad de nuestros sentimientos es cada vez menor. Pronto no será más que una marisma, después un dedal de agua, una microgota. Dicen que en los próximos treinta años vamos a fusionarnos con chips electrónicos para curar el envejecimiento y hacernos inmortales. ¿Quién quiere una eternidad de máquina? No me extraña que Cordova se esconda.
De repente se calló; era como si se hubiera desinflado en el sillón.
Por fin se había apagado el ordenador. Miré el reloj. Eran más de las seis.
Tenía que irme.
—Gracias por el vodka —dije—. También quería ofrecerte una disculpa formal.
Beckman no dijo nada, distraído por algún sombrío pensamiento, aunque tras un momento sus brillantes ojos volvieron a posarse sobre la caja china
negra de la mesa. Se inclinó para comprobar la tapa con el índice, pero por supuesto no se abría.
—Me sorprende que no hayas intentado forzar la tapa mientras estaba fuera —murmuró.
—Me quedan algunos escrúpulos.
Alzó una ceja con expresión socarrona.
Para halagarlo, me incliné y cogí la caja: tenía la forma de un hexágono y era bastante pesada. La agité y reconocí de inmediato el familiar repiqueteo sordo que venía de su interior. No sabía qué lo provocaba. Nadie lo sabía, excepto la persona que lo había metido allí dentro.
Beckman le había comprado la caja cerrada a un vendedor ilegal de objetos de coleccionista. Se suponía que era parte del atrezo de Espérame aquí. En la película, era un objeto personal del asesino en serie Boyd Reinhart. Aunque el público nunca llega a saber qué es lo que contiene, se supone que custodia el objeto que lo llevó a matar, algo que había destrozado su mente cuando era un niño. Sin embargo, según el vendedor, a causa de un problema con la documentación de origen había una posibilidad de que la caja no procediera en absoluto del rodaje de la película, sino que hubiera sido robada de los archivos de pruebas del FBI relacionados con Hugh Thistleton, el asesino que había copiado a Boyd Reinhart desde la forma de matar hasta su llamativa indumentaria.
A Beckman le encantaba mostrarle la caja a la gente y dejar que se la pasaran de unos a otros.
«Ahí está —decía con reverencia—. La caja representa el misterioso umbral entre la realidad y el trampantojo. ¿Es de Reinhart? ¿Es de Thistleton? ¿O es tuya? Porque cada uno de nosotros posee su propia caja, una cámara oscura donde almacena lo que nos ha atravesado el corazón.
Dentro está aquello por lo que harías cualquier cosa, por lo que te esfuerzas, por lo que hieres a todo el mundo que te rodea. Y si se abriera, ¿saldría algo? No. Pues la prisión impenetrable de cerradura imposible es tu propia cabeza.»
La última vez que había estado allí, cuando Beckman había ido a la cocina para buscar otra botella de vodka, yo —bastante pedo e incitado por una de sus atractivas alumnas— tuve la brillante idea de intentar forzar el candado con un cortaplumas para averiguar de una vez por todas lo que había dentro.
El deslucido candado de latón no cedió.
Beckman me pilló in fraganti y me echó a la calle al grito de «¡Traidor!
¡Filisteo!». Sus últimas palabras antes de cerrarme la puerta en las narices fueron: «Ni siquiera has visto por dónde se abría».
Olga trajo dos bandejas llenas hasta los topes de sardinas, comida suficiente para toda la plantilla de nutrias expuestas en el SeaWorld. Las colocó sobre la ajada alfombra mientras los gatos las olisqueaban.
—Tu problema, McGrath —explicó Beckman tras vaciar la botella en nuestros vasos—, es que no sientes respeto por la oscuridad, por lo inexplicable de las tinieblas. Lo inextricable. Vosotros los periodistas demoléis los misterios de la vida, ignorantes de lo que sin piedad alguna destapáis, de que estáis excavando en busca de algo bastante poderoso, algo que —se recostó en la silla y dejó que sus oscuros ojos se clavaran en los míos— no quiere ser encontrado. Y que no lo será.
Estaba hablando de Cordova.
—En cualquier caso —añadió con suavidad—, la macabra sombra de un hombre no equivale a lo que ese hombre es.
Asentí y levanté mi vaso.
—Por la oscuridad.
Brindamos y bebimos. Me puse de pie, le hice a Beckman una profunda reverencia (su debilidad era que lo trataran como a un rey) y pasé junto a él.
No dijo nada y se dejó caer, indefenso, en la silla, atrapado por una avalancha de pensamientos.
En mi camino hacia el vestíbulo me sentí culpable no solo de haber hurgado con tanto descaro en su ordenador, sino también del rumbo que había tomado la conversación. Gracias al vodka me había excedido en mi candidez. Beckman no tendría ya duda alguna de que había vuelto sobre la pista de Cordova, y cualquiera sabía qué iba a hacer con esa información.
Comprobé la foto que había sacado a la pantalla del ordenador y apenas pude creer la suerte que había tenido: estaba borrosa, pero aun así podía distinguir la complicada URL. Desde que conocía a Beckman era la información más útil que había sacado de él.
Cerré la foto e hice una rápida anotación en la agenda.
«Peg Martin. Washington Square Park. Domingo a las 18.00.»