Un Ejercito Al Amanecer

Rick Atkinson · Capítulo 2 de 15

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Un Ejercito Al Amanecer

Prólogo

Once hectáreas de lápidas conforman el cementerio estadounidense en Cartago, Tunicia. No hay obeliscos, ni panteones ni monumentos ostentosos, nada más que dos mil ochocientos cuarenta y un jalones de mármol blanco de sesenta centímetros de altura dispuestos en hileras rectas como disparos. Únicamente los cincelados nombres y fechas de desaparición sugieren singularidad. Cuatro grupos de hermanos yacen codo a codo. Unas doscientas cuarenta lápidas muestran una inscripción con las trece palabras más tristes de nuestro idioma: «Aquí descansa en honorable gloria un camarada de armas sólo conocido por Dios». Un extenso muro de piedra caliza recuerda los nombres de otros tres mil setecientos veinticuatro hombres aún perdidos en acción, y una bendición:

«En tus manos, oh, Señor».

Es un lugar antiguo construido sobre las ruinas del Cartago romano y a un tiro de piedra de la ciudad púnica aún más antigua. Es incomparablemente sereno. El olor de los eucaliptos y del salobre Mediterráneo a apenas tres kilómetros de distancia es transportado por el aire matinal, y la luz africana es precisa y reluciente, como tallada por un platero. Los enamorados tunecinos pasean de la mano sobre el césped kikuyu o se sientan bajo las enramadas rodeados de hibiscos carmesíes y de caléndulas. Cipreses y olivos circunvalan el sitio y hay acacias, pinos de Aleppoy espinos dispersos. Un carillón emite himnos cada hora, que a veces se mezclan con la llamada a la oración del muecín de un cercano minarete. En otro muro, están inscritas las batallas en que murieron estos jóvenes en 1942 y 1943: Casablanca, Argel, Oran, Kasserine, El Guettara, Sidi Nsir, Bizerta, junto a un verso del «Adonais» de Shelley: «Los que han sobrevolado la oscuridad de nuestra noche».

En la tradición de las tumbas oficiales, las lápidas carecen de epitafios, palabras de despedida o fechas de nacimiento, pero los visitantes familiarizados con la invasión norteamericana y británica del norte de Africa en noviembre de 1942 y los siguientes siete meses de lucha para expulsar de allí a las fuerzas del Eje, pueden hacer razonables conjeturas.

Podemos suponer que Willett H. Wallace, un cabo primero del 26.°

regimiento de infantería muerto el 9 de noviembre de 1942 en St. Cloud, Argelia, cayó durante los tres días de intenso combate luchando, de manera inverosímil, contra los franceses. Ward H. Osmun y su hermano Wilbur W., ambos soldados rasos de Nueva Jersey en el 18 de infantería y ambos muertos en la Navidad de 1942, seguramente cayeron en la brutal batalla de la colina Longstop, donde fue detenido el avance inicial de los aliados durante más de cinco meses y a la vista de la ciudad de Túnez. Ignatius Glovach, un cabo primero del 701.° batallón antitanques que cayó el día de San Valentín de 1943, seguramente resultó muerto en las primeras horas de la gran contraofensiva alemana durante la batalla del Paso de Kasserine. Y

Jacob Feinstein, un sargento de Maryland del 135 de infantería que murió el 29 de agosto de 1943, sin duda cayó en la épica batalla de la Colina 609, donde el ejército estadounidense alcanzó la mayoría de edad.

Una visita a los campos de batalla tunecinos revela un poco más.

Durante más de medio siglo, las temperaturas y el clima han purificado el terreno de El Guettar, Kasserine y Longstop, pero permanecen las hendiduras de las trincheras y siguen dispersas como granos de maíz las herrumbradas latas de las raciones y los fragmentos de los proyectiles.

También permanece la disposición del terreno; las vulnerables tierras bajas y el terreno más alto son imborrables recordatorios de que en una batalla la topografía manda.

No obstante, aunque se comprenda la coreografía de los ejércitos, o el movimiento de este batallón o de aquel escuadrón de fusileros, buscamos el detalle íntimo de los individuos en aquellas ratoneras. ¿Dónde estaba exactamente el soldado Anthony N. Marfione cuando sucumbió el 24 de diciembre de 1942? ¿Cuáles fueron los últimos pensamientos conscientes del teniente HUI P. Cooper antes de dejar esta tierra el 9 de abril de 1943?

¿Estaba solo el sargento Harry K. Midkiff cuando cayó el 25 de noviembre de 1942 o alguna alma caritativa le apretó la mano o le acarició la frente?

Los muertos se resisten a semejante intimidad. Cuanto más tratamos de acercarnos, más lejos se retiran, como los arcos iris o los espejos. Han sobrevolado la oscuridad de nuestra noche para residir en las grandes intemperies del pasado. La historia casi nos puede llevar hasta allí. Sus diarios y cartas, sus informes oficiales y no oficiales, incluidos documentos hasta ahora inaccesibles desde la finalización de la guerra, revelan momentos de exquisita claridad pese a la distancia de los sesenta años transcurridos. También la memoria tiene poderes trascendentes, incluso

cuando rápidamente estamos llegando al día en que ni un solo superviviente seguirá vivo para contar esa historia; entonces, la épica de la segunda guerra mundial pasará a formar parte de la mitología nacional.

La tarea del autor es autentificar, garantizar que esta historia y estas memorias dan integridad a lo narrado a fin de asegurar lo que realmente sucedió.

Pero los pocos pasos finales debe darlos el lector, ya que, entre los poderes humanos, sólo la imaginación puede rescatar a los muertos.

Ningún lector del siglo XXI puede comprender la victoria final en 1945 de las potencias aliadas en la segunda guerra mundial sin un conocimiento del inmenso drama que se desató en el norte de África en 1942 y 1943. La liberación de Europa occidental es un tríptico y cada panel enlaza con los otros dos: primero, norte de Africa; segundo, Italia; y finalmente, la invasión de Normandía, los Países Bajos y Alemania.

A una distancia de sesenta años podemos ver que el norte de Africa marcó un hito en la historia norteamericana, pues fue el sitio donde Estados Unidos empezó a actuar como una gran potencia en el plano militar, diplomático, estratégico y táctico. Junto con las batallas de Stalingrado en Rusia y de Midway en el Pacífico, el norte de Africa fue donde las fuerzas del Eje perdieron para siempre la iniciativa en la segunda guerra mundial. Allí fue donde Gran Bretaña asumió el papel de socio menor de Estados Unidos en la alianza anglonorteamericana, y donde Estados Unidos emergió por primera vez como la potencia dominante que perdura hasta el día de hoy.

Ninguno de estos acontecimientos fue inevitable, ni las muertes individuales ni la final victoria aliada ni la eventual hegemonía norteamericana. La historia, como los destinos individuales, está en suspensión esperando que la balanza se incline a un lado u otro.

Los primeros enfrentamientos en el norte de África, comparados con los de Normandía o los de las Ardenas, fueron pequeñas escaramuzas entre pelotones y secciones que implicaron como máximo a unos pocos cientos de hombres. Al cabo de seis meses, la campaña se convirtió en batallas entre ejércitos de cientos de miles de hombres, y esa escala persistió hasta el final. El norte de África dio a la guerra europea un inmenso territorio donde se producirían cuantiosas bajas militares: setenta mil soldados aliados muertos, heridos o desaparecidos.

Ninguna operación de la segunda guerra mundial superó la invasión del norte de África en complejidad, audacia, riesgos o, como concluye la historia oficial de las fuerzas armadas norteamericanas, «el grado alcanzado de sorpresa estratégica». Además, se trató de la primera campaña conjunta anglonorteamericana; el norte de África definió a la coalición y sus planes estratégicos, prescribiendo cómo y dónde combatirían los aliados durante el resto de la contienda.

El norte de África estableció las pautas y el diseño bélico de los dos años siguientes, incluida la tensión entre la unión y la desunión de los aliados. Allí se llevaron a cabo las primeras pruebas sustanciales del poderío militar aliado contra las tropas alemanas. Como en las primeras batallas de virtualmente todas las guerras estadounidenses, al principio la campaña reveló una nación y un ejército carentes de preparación para luchar e inseguros de su capacidad bélica, pero lo bastante predispuestos e ingeniosos como para prevalecer a la larga.

El norte de Africa es donde empezó a notarse el tremendo peso del poderío industrial de Estados Unidos, donde la fuerza bruta emergió como la principal característica del arsenal aliado, aunque no, como sugieren algunos historiadores, como su único elemento redimible. Allí, los norteamericanos en especial reconocieron visceralmente la importancia del liderazgo y de la audacia, de la astucia y la celeridad, de la iniciativa y la tenacidad.

En el norte de Africa, los aliados acordaron que la rendición incondicional de los nazis era la única salida posible para el final de la guerra.

Allí es donde se formuló la polémica prioridad de enfrentarse al Eje en un teatro periférico como era el Mediterráneo y a expensas de un asalto inmediato contra el norte de Europa y de las ulteriores campañas de Sicilia, Italia y el sur de Francia.

Allí fue donde los soldados aliados descubrieron la táctica idónea para destruir a los alemanes; donde se desvaneció la fábula de la invencibilidad alemana; donde, como reconoció más tarde un general alemán, los soldados alemanes perdieron la confianza en sus mandos y

«dejaron de estar dispuestos a combatir hasta el último hombre».

Allí es donde aparecieron la mayoría de los grandes capitanes de la segunda guerra, hombres cuyos nombres aún resuenan generaciones después: Eisenhower, Patton, Bradley, Montgomery, Rommel y otros que

merecen ser rescatados del olvido. Allí es donde se confirmó la verdad del principio de mando de William Tecumseh Sherman: «Un ejército tiene su propia alma así como la tiene un individuo y ningún general puede cumplir toda la misión de su ejército a menos que domine el alma de sus hombres al igual que sus cuerpos y sus piernas». Allí dieron la cara hombres capaces de un gran liderazgo y los incapaces quedaron a la vera del camino.

En el norte de Africa los soldados norteamericanos se acostumbraron a matar y allí le fue revelada a muchos la cruel verdad de la guerra. «Es una guerra muy horrible, sucia, deshonesta y no tiene nada que ver con aquella guerra fascinante sobre la que leíamos en los periódicos locales»

escribió un soldado a su madre en Ohio. «Ni yo ni los otros hombres mostraremos piedad. Hemos visto demasiado para eso.» El corresponsal Ernie Pyle describió «un nuevo estilo profesional en el que matar es un arte». El norte de Africa es donde la ironía y el escepticismo, las dos lentes gemelas de la conciencia moderna, empezaron a refractarlas experiencias de innumerables simples soldados. «La última guerra fue una guerra para acabar con la guerra. Esta guerra las hace reaparecer» dijo un soldado británico captando de ese modo el espíritu irónico que florecía en el norte de Africa.

Sesenta años después de la invasión del norte de África, una red de mitologías ha descendido sobre la segunda guerra mundial y sus guerreros.

A los veteranos se los trata como «la mejor generación», un elogio que nadie buscó y que muchos consideran una simpleza. Están condenados a una hagiografía sentimental en que todos los hermanos son valientes y todas las hermanas, virtuosas. Sin duda, los valientes y las virtuosas hacen acto de presencia a lo largo y ancho de la campaña norteafricana, pero también los cobardes, los corruptos y los necios. Los elementos más odiosos de otras campañas subsiguientes también aparecen en el norte de Africa: el asesinato y la violación de los civiles, las falsificaciones de recuentos de víctimas.

Fue una época de inventiva y de errores de cálculo, de sacrificios y autocompasión, de ambigüedades, amor, malicia y asesinatos en masa.

Hubo héroes, pero no fue una época de heroicidad tan limpia e inerte como el alabastro; en Cartago, los semidioses yacen codo a codo con los cobardes.

Estados Unidos enviaría sesenta y una divisiones de combate a Europa, casi dos millones de soldados. Estos fueron los primeros. Podemos

suponer con muchas probabilidades de acierto que ningún hombre enterrado en Cartago pensó el 1 de septiembre de 1939 que acabaría en una tumba africana. Sin embargo, fue ese día de la invasión de Polonia el que abrió el camino al norte de África y es allí donde debe empezar nuestra historia.

El 1 de septiembre de 1939 fue el primer día de una guerra que duraría 2.174 días y en el que se produjeron los primeros muertos de una guerra que tendría una media de 27.600 vidas por día, o 1.150 por hora, o diecinueve por minuto o una muerte cada tres segundos. Al cabo de cuatro semanas de la invasión y los bombardeos de Polonia a cargo de sesenta divisiones alemanas, la guerra relámpago había causado más de cien mil bajas en el ejército polaco y unos veinticinco mil civiles habían caído víctimas de los bombardeos. Otros diez mil civiles, la mayoría profesionales de clase media, habían sido hechos prisioneros y asesinados, y ahora veintidós millones de polacos pertenecían al Tercer Reich. «Echen una buena mirada a Varsovia», dijo Hitler a los periodistas durante una visita a la devastada capital polaca. «Así es como trataré a cualquier ciudad europea.»

El 3 de septiembre, Francia y Gran Bretaña declararon la guerra contra la agresión alemana, pero los combates no proliferaron durante seis meses mientras Hitler consolidaba sus conquistas y tramaba su próxima maniobra. Eso sucedió a comienzos de abril de 1940, cuando las tropas de la Wehrmacht ocuparon Dinamarca y atacaron Noruega. Un mes después, 136 divisiones alemanas barrieron Holanda, Bélgica, Luxemburgo y Francia. Winston S. Churchill, un político de baja estatura, robusto, ceceoso y de indómita voluntad y genio oratorio, que el 10 de mayo se convirtió en primer ministro y ministro de Defensa, le dijo al presidente Franklin D. Roosevelt: «Los países pequeños han sido sencillamente arrasados y devastados uno tras otro como cerillas». Fue el primero de los novecientos cincuenta mensajes personales que Churchill enviaría a Roosevelt en la correspondencia más profética del siglo XX.

Francia no era pequeña, pero estaba arrasada. Un error de cálculo táctico de los alemanes permitió que los británicos evacuasen a 338.000

soldados en novecientos barcos del puerto nórdico de Dunkerque, pero el 14 de junio la punta de lanza alemana entró en la Place de la Concorde en París y desplegó una inmensa esvástica sobre el Arco de Triunfo. Mientras los franceses se tambaleaban, el socio de Alemania en la alianza del Eje, el

gobierno italiano de Benito Mussolini, también le declaró la guerra a Francia y Gran Bretaña. «Primero fueron lo bastante cobardes para no participar», manifestó Hitler. «Ahora les corre prisa para compartir los restos del botín.»

Después de que el gabinete francés huyera en gran desorden a Burdeos, surgió un personaje venerable para liderar el inexistente gobierno, el mariscal Phillippe Pétain, el héroe de Verdún en la primera guerra mundial y ahora un anciano lacónico y enigmático de ochenta y cuatro años, que en una ocasión había afirmado: «Sólo me llaman para las catástrofes». Ni siquiera Pétain había visto una catástrofe de esta magnitud, pero negoció las condiciones del armisticio. Berlín las aceptó.

En vez de arriesgarse a que los franceses prosiguieran la lucha desde sus colonias en el norte de Africa, Hitler planteó un inteligente compromiso: el 40 por 100 de Francia, con exclusión de París, seguiría bajo la soberanía del gobierno de Pétain y sin ocupación de tropas alemanas. Desde la nueva capital en la ciudad turística de Vichy, Francia también continuaría administrando su imperio de ultramar, incluidas las colonias de Marruecos, Argelia y Tunicia, que en su conjunto comprendían dos millones seiscientos mil kilómetros cuadrados con una población de diecisiete millones de habitantes, la mayoría árabes o beréberes. Francia podía conservar su importante flota y su ejército de 120.000 hombres en el norte de Africa a cambio de la promesa de luchar contra cualquier invasor, en especial, los británicos. Para hacer respetar el acuerdo, Alemania retendría como garantía de cumplimiento a medio millón de prisioneros de guerra franceses.

Así lo prometió Pétain. Contó con el apoyo de la mayoría de los oficiales militares de mayor graduación y de los empleados públicos, que le juraron lealtad. Unos pocos se negaron, entre ellos un osado general llamado Charles André Joseph Marie de Gaulle, que se refugió en Londres, denunció todas las componendas con el demonio, y declaró, en nombre de la Francia Libre: «Suceda lo que suceda, la llama de la Resistencia francesa no se extinguirá jamás». Hitler ahora controlaba Europa desde el Cabo Norte a los Pirineos, del océano Atlántico al río Bug. En septiembre, Alemania e Italia firmaron un tratado tripartito con Japón, país que había mantenido su propia campaña de muerte en Asia. El Eje asumió un alcance global. «Esta guerra está ganada», dijo Hitler a Mussolini. «El resto sólo es cuestión de tiempo.»

Pareció una observación acertada. Gran Bretaña proseguía su lucha, pero a solas. «Luchamos por la vida y sobrevivimos día a día y hora a hora», dijo Churchill ante la Cámara de los Comunes, pero los planes de Alemania para cruzar el Canal de la Mancha e invadir Gran Bretaña fueron pospuestos una y otra vez debido a que la Luftwaffe no pudo derrotar a la Royal Air Forcé. En cambio, continuó el bombardeo conocido como el «Blitz» a lo largo de 1940 y más allá, matando a miles y luego decenas de miles de civiles, incluso cuando los pilotos de la RAF

eliminaron a casi 2.500 aviones en tres meses matando a más de seis mil miembros de las tripulaciones de la Luftwaffe y salvando de ese modo al país.

Churchill también recibió una ayuda de Roosevelt, que alejaba a Estados Unidos de la neutralidad aunque seguía prometiendo mantener a los norteamericanos fuera de la guerra. Las verdaderas simpatías de Roosevelt quedaron expresadas por su ayudante más próximo, Harry Hopkins, cuando le dijo en enero de 1941 a Churchill citando el Libro de Ruth: «Dondequiera que vayáis, yo iré. Y dondequiera que habitéis, yo habitaré; tu pueblo será mi pueblo y tu Dios será mi Dios». Y Hopkins añadió en voz baja: «Incluso hasta el final». Roosevelt envió a Churchill cincuenta destructores a cambio del uso de las bases británicas en el Caribe y en el Atlántico occidental, y para la primavera de 1941 había logrado que el Congreso aprobara un vasto plan de asistencia con la pretensión de «alquilar» el material. Al final de la guerra, Estados Unidos había enviado a sus aliados 37.000 tanques, 800.000 camiones, casi dos millones de rifles y 43.000 aviones, tantos que se restringieron los entrenamientos de los pilotos norteamericanos debido a la falta de aparatos. Sin embargo, en 1941 los británicos pendían «de un hilo», tal como dijo el general Alan Brooke, jefe del Estado Mayor Imperial.

Hitler afrontó otros perturbadores reveses. España se negó a sumarse al Eje o abandonar su neutralidad permitiendo un ataque alemán contra la fortaleza británica de Gibraltar que controlaba el estrecho del Mediterráneo. Las tropas italianas invadieron Grecia sin previo aviso el 28

de octubre de 1940. «¡Führer, estamos en marcha!», anunció Mussolini. De inmediato, fueron arrollados de tal forma por las defensas griegas que se necesitaron varias divisiones de la Wehrmacht para completar la conquista y rechazar a una mal concebida fuerza expedicionaria británica enviada allí para salvar los Balcanes. Grecia cayó en abril de 1941, una semana

después que Yugoslavia, donde 17.000personas murieron en un solo día debido a los bombardeos de la Luftwaffe.

Las legiones de Mussolini también marchaban en Africa atacando desde la colonia italiana de Libia y entrando en Egipto, un ex protectorado británico aún ocupado por tropas británicas. En diciembre de 1940, una contraofensiva británica y australiana derrotó al ejército italiano, que tenía el doble de efectivos, y le causó 150.000 bajas. Con el flanco sur del Eje en peligro, Hitler volvió al rescate de Mussolini despachando a Libia un nuevo Afrika Korps a las órdenes de un carismático oficial de carros de combate que previamente había comandado el cuartel general del Führer en Polonia. El general Erwin Rommel llegó a Trípoli a mediados de febrero de 1941 y lanzó una campaña que con altibajos azotaría el litoral norteafricano en los siguientes dos años, primero contra los británicos, luego contra los norteamericanos.

En 1941, dos acontecimientos colosales cambiaron las previsiones de la guerra. El 22 de junio, casi doscientas divisiones alemanas invadieron la Unión Soviética violando el pacto de no agresión firmado por Hitler y el líder soviético Josef Stalin en 1939 y que había permitido una repartición del botín en Europa del Este. En un solo día, los ataques alemanes habían derribado una cuarta parte de la fuerza aérea soviética. Al cabo de cuatro meses, los alemanes habían ocupado más de 1.500.000 kilómetros cuadrados de suelo ruso, capturado a tres millones de soldados del Ejército Rojo, masacrado a innumerables judíos y civiles, y se encontraban a 120

kilómetros de Moscú. Pero cuatro meses más tarde, más de 200.000

efectivos de la Wehrmacht habían resultado muertos, 726.000 heridos, 400.000 capturados y otros 113.000 habían caído víctimas de las congelaciones.

El segundo suceso tuvo lugar en el otro lado del mundo. El 7 de diciembre, los portaaviones japoneses lanzaron 366 cazas en un artero ataque contra la flota estadounidense del Pacífico anclada en Pearl Harbor, hundiendo o dañando a ocho acorazados en sus amarraderos, destruyendo o dañando a otros once acorazados y matando a 2.400

norteamericanos. Simultáneamente, se produjeron ataques en Malasia, Hong Kong y las Filipinas. En solidaridad con su aliado japonés, Hitler y Mussolini rápidamente declararon la guerra a Estados Unidos. Tal vez se trató del mayor error de cálculo de Hitler y, como luego escribió el historiador inglés Martin Gilbert: «El acto más decisivo de la segunda

guerra mundial». Ciertamente, ahora Estados Unidos volvería a Europa como fuerza beligerante, tal como había hecho en 1917 durante la primera guerra mundial.

«Me enteré de que Estados Unidos estaba embarcado en la guerra hasta el cuello», escribió después Churchill. «Me fui a la cama y dormí el sueño de los salvados y de los agradecidos.»

Habían transcurrido dos años, tres meses y siete días desde la invasión de Polonia y Estados Unidos había necesitado cada minuto de ese período de gracia para prepararse para la guerra. El jefe de la delegación militar de Churchill en Washington, el mariscal de campo sir John Dill, comunicó a Londres que, pese a ese prolongado preludio, las fuerzas norteamericanas «están menos preparadas para la guerra de lo que es posible imaginarse».

En septiembre de 1939, el ejército estadounidense estaba en el séptimo lugar mundial en tamaño y capacidad de combate, justo detrás de Rumania. Cuando nueve meses después, unas 136 divisiones alemanas conquistaron Europa, el Departamento de Guerra informó que sólo podría disponer de cinco divisiones. Incluso el propio territorio era vulnerable: hacía veinte años que algunos cañones de la Guardia Costera no habían sido probados y el ejército carecía de suficientes baterías antiaéreas como para proteger una sola ciudad estadounidense. La construcción de las fuerzas armadas fue comparada con «la reconstrucción de un dinosaurio a partir de un cubito y tres vértebras».

La tarea había comenzado con los dieciséis millones de hombres alistados en el otoño de 1940 y que expandirían las divisiones del ejército regular y de la Guardia Nacional. Sin embargo, por ley, los reclutas y las unidades de la Guardia recientemente nacionalizadas estaban limitados a doce meses de servicio y sólo en el hemisferio occidental o en territorio nacional. Las exigencias seguían siendo bastante severas, pero pronto los nuevos reclutas manifestaron que el ejército no los examinaba; se limitaba a contarlos. Un recluta debía tener una altura mínima de un metro cincuenta y pesar un mínimo de cincuenta kilos; debía poseer al menos doce o más de sus treinta y dos dientes; no tener pies planos, enfermedades venéreas ni hernias. Se rechazaron cuarenta de cada cien hombres, un amargo legado del bajón de la salud pública acaecido durante la Gran Depresión. De acuerdo con las leyes de reclutamiento, el ejército no

incorporó a padres, delincuentes ni a menores de 18 años. Esas normas también serían dejadas de lado. Se había rechazado a casi dos millones de hombres por razones psiquiátricas, aunque los exámenes de selección a veces no pasaban de preguntas como «¿Le gustan las chicas?». El índice de rechazo, dijo un comentario irónico, era alto porque «el ejército no quiere soldados inadaptados al menos por debajo del rango de comandante».

Con frecuencia, los críticos se reían del potencial militar de la nación.

Una encuesta de Gallup de octubre de 1940 descubrió una visión dominante de la juventud estadounidense como «blanda, pacifista, cobarde, cínica, desanimada e izquierdista». Un sociólogo llegó a la conclusión que

«hacer un soldado de un ciudadano estadounidense medio no es muy diferente de domesticar una especie salvaje de animal». Y muchos sargentos de instrucción se mostraron de acuerdo. Ciertamente, aún no había odio en el espíritu de las tropas norteamericanas ni ninguna urgencia para entablar batalla con un enemigo que antes del 7 de diciembre de 1941

parecía abstracto y lejano. La revista Time informó en la víspera de Pearl Harbor que los soldados abucheaban durante los informativos cinematográficos a Roosevelt y al general George C. Marshall, jefe del Estado Mayor, al tiempo que vitoreaban a los políticos aislacionistas.

El equipamiento y el armamento eran patéticos. Soldados entrenados con tubos de desagüe en lugar de cañones antitanques, con conductos de estufa en vez de morteros y escobas en vez de rifles. Había poco dinero y las armas pequeñas eran más baratas que las grandes, pero ninguna arma era barata. En 1939 sólo se habían construido seis tanques de tamaño medio. Una cancioncilla popular observaba: «Tanques son tanques y tanques son caros / No habrá más tanques este año». En parte, eso reflejaba una perdurable lealtad al caballo. «La idea de inmensos ejércitos rodando a toda velocidad es un sueño», advirtió el Cavalry Journal en 1940, incluso después de que el blitzkrieg alemán anunciara la llegada de la guerra mecanizada. «La gasolina y los neumáticos no se pueden obtener localmente con tanta facilidad como el forraje.» El jefe de caballería del ejército aseguró al Congreso en 1941 que cuatro jinetes bien espaciados podían cargar medio kilómetro en campo abierto y destruir un nido de ametralladoras sin sufrir un rasguño. «Los fanáticos del motor están obsesionados con la manía de excluir al caballo de la guerra», dijo ante la Asociación de Mulas y Caballos de América cuatro días antes de Pearl

Harbor. El último regimiento de caballería sacrificaría sus animales para alimentar a la guarnición muerta de hambre en Batan, Filipinas, acabando con la era de la caballería no con una explosión sino con una campana que llamó a la cena.

Para liderar un potencial de ocho millones de hombres, el ejército disponía de sólo 14.000 oficiales de carrera cuando empezó la movilización en 1940. El cuerpo de oficiales de entreguerras estaba tan lleno de personal inútil que una autoridad lo consideró como un peligro de incendio; los bastones de mando, el talismán del viejo ejército, podían servir de mecha. Comités secretos del Departamento de Guerra conocidos como «desplumaderos» empezaron una purga de centenares de oficiales que eran demasiado viejos, demasiado ineptos o estaban demasiado cansados. Ningún oficial en activo en 1941 había mandado una unidad tan grande como una división en la primera guerra mundial; la media de edad de los comandantes era de 48 años. La Guardia Nacional estaba aún más anquilosada. Casi una cuarta parte de la oficialidad superaba los 40 años y los rangos superiores eran dominados por políticos de certificada incompetencia militar. Además, las unidades de la Guardia en dieciocho estados estaban manchadas por escándalos: malversación de fondos, falsificaciones, sobornos.

Aun así, lentamente el gigante se puso en movimiento. En 1940, el Congreso había concedido 9.000 millones de dólares al ejército, más del doble de lo gastado por el Departamento de Guerra desde 1920. El fabuloso arsenal de la democracia había empezado a cobrar fuerza, aunque casi la mitad de toda la producción militar de 1941 fue a parar a manos de los aliados (incluyendo 15.000 sierras y 20.000 cuchillos de amputación para la Unión Soviética). Empezó a emerger un cuadro notable de prometedores oficiales de carrera. El período de preparación de dos años, tres meses y siete días había terminado. Sonó la hora del combate.

Pero ¿dónde? Desde los tempranos años veinte, los estrategas norteamericanos habían considerado que Tokio era el enemigo más probable, ya que Estados Unidos y Japón competían por el dominio del Pacífico. Pero en 1938, una serie de conversaciones informales con los británicos marcaron el comienzo de una creciente fraternidad anglonorteamericana alimentada por la convicción de Washington de que Alemania era letalmente peligrosa y que las rutas marítimas del Atlántico

debían estar siempre controladas por fuerzas amigas. Entre los adversarios potenciales, Alemania poseía la mayor base industrial y la mayor capacidad bélica y, por tanto, representaba el mayor peligro. Un estudio estratégico estadounidense de noviembre de 1940 concluyó que si Gran Bretaña perdía la guerra, «el problema a que nos enfrentaríamos sería muy grande, y si bien no podemos perder en todas partes, podríamos posiblemente no ganar en ninguna parte».

Una serie de planes de guerra culminaron en un esquema estratégico llamado RAINBOW 5 que en la primavera de 1941 planteó la acción conjunta de Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia en caso de que Estados Unidos entrase en la guerra con el pronto envío de tropas norteamericanas «para lograr la derrota total de Alemania, Italia o de ambas». Las fuerzas del Pacífico permanecerían en defensa estratégica hasta que los enemigos europeos hubieran sido derrotados. Ni siquiera la debacle de Pearl Harbor pudo cambiar la convicción de Roosevelt y sus consejeros militares de que «Alemania primero» era conceptualmente acertado y éste siguió siendo el principio estratégico más importante de la segunda guerra mundial.

La humareda apenas se había disipado en Pearl Harbor cuando Churchill llegó a Washington para celebrar largas conversaciones. La conferencia, con el nombre secreto de ARCADIA, no logró formular un plan de ataque específico anglonorteamericano, pero el primer ministro y el presidente reafirmaron la decisión de «Alemania primero». Además, el 1

de enero de 1942, veintiséis países que se llamaron a sí mismos las

«naciones unidas» firmaron un acuerdo para renunciar a cualquier paz por separado y hacer causa común en aras de «la vida, la independencia y la libertad religiosa, y para preservar los derechos del hombre y de la justicia».

La idea estadounidense de cómo derrotar al Tercer Reich era simple y obvia: avanzar directamente hasta Berlín. «Por Francia pasa nuestra ruta más corta a Alemania», declaró Marshall, el jefe del Estado Mayor. Sólo había 885 kilómetros de la costa noroeste de Francia a la capital alemana sobre terreno llano con una importante red vial y férrea que atravesaba el corazón de la industria bélica de Alemania. Si Hitler era el objetivo, el impulso estadounidense era «ir a por él con todo y lo más pronto posible, y por la ruta más corta y directa», como señaló más tarde un oficial inglés.

Los yanquis, según otro oficial británico, «querían venganza, querían resultados y querían combatir».

El ataque directo y concentrado era una tradición estratégica estadounidense a menudo vinculada a Ulysses S. Grant en la guerra civil.

El camino más seguro a la victoria era destruir por completo el ejército enemigo y su capacidad para hacer la guerra. Como la mayor potencia industrial del mundo y con una envergadura militar de doce millones de hombres, Estados Unidos podía lograr ese objetivo, en especial ahora que la nación pertenecía a una poderosa alianza que incluía al imperio británico, la Unión Soviética y China. La impaciencia dominante de acabar con todo fue expresada por un joven general de Kansas cuya diligencia, capacidad de organización y sonrisa incandescente le había convertido en una estrella ascendente en el Departamento de Guerra. «Tenemos que ir a Europa y luchar», garrapateó en una anotación Dwight David Eisenhower el 22 de enero de 1942. «Y tenemos que dejar de perder recursos en todo el mundo —y aún peor—perder el tiempo.»

Como nuevo jefe de planes de guerra del Estado Mayor del ejército, Eisenhower ayudó a redactar el borrador que convertiría esos impulsos estratégicos en acción. Una propuesta estadounidense vio la luz en la primavera de 1942. Bajo un plan secreto llamado BOLERO, Estados Unidos transportaría tropas y armamento a través del Atlántico durante más de un año para montar sus bases en las islas Británicas. Esta concentración de tropas sería seguida en abril de 1943 por RODEO, una invasión a través del Canal de la Mancha de la costa francesa a cargo de 48 divisiones anglonorteamericanas apoyadas por 5.800 aviones. Entonces, la punta de lanza tomaría el puerto belga de Amberes antes de empezar a rodar en dirección al Rin. Si Alemania se debilitaba de repente antes de la invasión o si las fuerzas soviéticas parecían en peligro de fracasar y necesitaban ayuda extra, se lanzaría un pequeño ataque «de emergencia»

de cinco a diez divisiones —de nombre secreto MAZO— en el otoño de 1942 para asegurar una cabeza de playa en Francia, tal vez en Cherburgo o Calais, y capturar el máximo posible de soldados alemanes.

Churchill y sus comandantes en principio se mostraron de acuerdo con esta estrategia en abril de 1942, pero de inmediato empezaron a discrepar.

En esta guerra, los británicos ya habían sido expulsados tres veces de Europa: de Francia, de Noruega y de Grecia, y eran reacios a sufrir un cuarto rechazo con un apresurado ataque a través del Canal. «Nos

volverán a hacer retroceder», advirtió Alan Brooke. Ahora en Francia había más de dos decenas de divisiones alemanas y los alemanes podían operar en líneas interiores para traer fuerzas adicionales del este y cercar cualquier cabeza de playa aliada.

MAZO disgustaba especialmente a los británicos, que proporcionarían la mayoría de las tropas para esta operación mientras las unidades norteamericanas aún estarían cruzando el Atlántico. Los estudios meteorológicos del Canal de la anterior década mostraban la frecuencia de los temporales en otoño que podían desmantelar cualquier fuerza expedicionaria aliada del mismo modo que lo había hecho con la Armada española en 1588. El Eje podía obtener una ventaja aérea de 6 a1 y reforzar el punto de ataque tres veces más rápido que los aliados; con toda seguridad, las defensas de la Wehrmacht en Francia no necesitarían refuerzos del frente ruso para encerrar o incluso masacrar una cabeza de playa aliada que sería tan débil que algunos escépticos denominaron el plan MARTILLO. Hitler había empezado a construir formidables fortificaciones costeras desde el Círculo Polar Artico hasta la frontera española en la bahía de Vizcaya, y unos pocos planificadores consideraban que la Festung Europa, la Fortaleza Europa, era inexpugnable. En su opinión, los aliados tendrían que desembarcar en Liberia —a medio camino en la costa oeste de Africa—y abrirse paso desde allí.

Churchill compartía los recelos de sus mandos militares.

«Reaccionaba con horror ante cualquier sugerencia de ataque directo» en Europa, recordó más tarde un general británico. Una desastrosa derrota aliada en las costas francesas, advirtió el primer ministro, era «la única manera que pudiéramos perder esta guerra». Aunque deseoso de complacer a sus salvadores norteamericanos, también era consciente del millón de británicos muertos en la primera guerra mundial. Una invasión de Francia, creía, costaría otro medio millón de bajas y, si fracasaba, no lograría nada. «Le perseguía la idea de cadáveres flotando en el Canal», reconoció más tarde el general Marshall. La propia opinión de Marshall sobre MAZO como operación de «sacrificio» para ayudar a los rusos tampoco era positiva.

Mientras el dominante impulso estratégico de los estadounidenses era una directa campaña masiva y concentrada, los británicos evitaban instintivamente las campañas territoriales a gran escala. Durante siglos, los británicos habían confiado en su mayor poderío naval para defender las

islas y hacer avanzar sus intereses mundiales. Estaban acostumbrados a guerras prolongadas en las que minimizaban las pérdidas y los riesgos siendo más hábiles que sus enemigos y limitando los combates a la periferia del imperio. El punto muerto catastrófico en las trincheras de 1914 a 1918 fue una excepción a la sabiduría de sus normas estratégicas.

Churchill incluso esperaba que, al rodear y asfixiar al imperio nazi, las fuerzas aliadas pudieran fomentar la rebelión de los pueblos europeos subyugados. Con la Wehrmacht enervada por esas revueltas, una fuerza anglonorteamericana podía despachar rápidamente a una Alemania diezmada y extenuada.

El norte de África parecía un sitio adecuado para empezar. En agosto de 1941, los oficiales británicos habían insinuado la posibilidad de una acción conjunta anglonorteamericana en aquellos parajes. Churchill volvió a insistir en ello durante la conferencia ARCADIA en Washington a finales de año cuando se dio al plan el nombre de GIMNASTA, y continuó haciendo referencias al mismo a lo largo de la primavera con el tenaz entusiasmo de un misionero.

Recalcando cada punto con una sacudida a su puro habitual, el primer ministro explicó las ventajas a quien quisiera oírle. La ocupación de Marruecos, Argelia y Tunicia dejaría al Afrika Korps entre la nueva fuerza anglonorteamericana y el VIII ejército británico que combatía contra Rommel en Egipto; las posesiones aliadas en el norte de África reabrirían las rutas mediterráneas a través del Canal de Suez, acortarían miles de kilómetros en la actual travesía por el cabo de Buena Esperanza y salvarían miles de toneladas de barcos; los novatos soldados norteamericanos tendrían un bautismo de fuego en condiciones menos difíciles que en un ataque frontal en Francia; la operación requeriría menos embarcaciones de desembarco y otros recursos bélicos que un ataque a través del Canal; el gobierno de Vichy podría virar a campo aliado y la operación podría montarse en 1942 manteniendo los deseos de Roosevelt de ayudar a los soviéticos lo antes posible y de acelerar la entrada de los soldados norteamericanos en la guerra.

«Esto siempre ha estado en consonancia con sus ideas», dijo Churchill al presidente. «De hecho, es su idea prioritaria. Este es el verdadero segundo frente de 1942.».

Los militares norteamericanos no estuvieron de acuerdo categóricamente y luego amargamente. El norte de Africa era algo

secundario y derrotista, un descarrío, un picotazo en la periferia. Incluso antes de Pearl Harbor, un memorándum del Departamento de Guerra ya había advertido que un ataque en África sólo proporcionaría «una contribución indirecta a la derrota de los nazis». Esa terca convicción se endureció aún más en los primeros seis meses de 1942. Otro memorándum, fechado en junio de 1942, llegaba a la conclusión que una invasión del norte de África «no daría como resultado el traslado de un solo soldado, tanque o avión alemán del frente ruso».

En opinión de numerosos oficiales norteamericanos, la propuesta británica parecía diseñada más para satisfacer las ambiciones imperialistas de Gran Bretaña que para ganar la guerra rápidamente.

Durante siglos, el Mediterráneo había vinculado a Gran Bretaña con sus intereses en Egipto, el Golfo Pérsico, India, Australia y el Lejano Oriente.

Resurgieron viejos recelos en Washington que apuntaban a que la sangre norteamericana sería derramada en aras de la defensa del imperio británico, en especial después de que las fuerzas japonesas barrieran Hong Kong, Singapur y Birmania y amenazasen la India. Los oficiales norteamericanos recordaron una amarga broma de 1917: la AEF no significaba «American Expeditionary Forcé», sino «After England Failed».

Después de otra visita de Churchill a Washington a mediados de junio de 1942 se intensificaron las fraternales discusiones y los anglonorteamericanos entraron en la fase más conflictiva de su matrimonio bélico. El 10 de julio, Marshall y el jefe del Estado Mayor de la Marina, el almirante Ernest J. King, sugirieron a Roosevelt que si los británicos seguían insistiendo en la «dispersión» del norte de Africa, «Estados Unidos debe volver al Pacífico para una acción decisiva contra Japón». El irascible King, que en una ocasión había acusado a Roosevelt de afeitarse con un soplete, llegó a afirmar que los británicos jamás invadirían Europa

«salvo detrás de una gaita escocesa». Roosevelt comparó este repudio de Alemania primero como «recoger los platos sucios e irse» y pidió a Marshall y King que le enviaran esa misma tarde planes detallados para

«su alternativa del océano Pacífico», sabiendo muy bien que esos planes eran inexistentes.

Roosevelt era tan enigmático y opaco que a menudo sus propios mandos militares tenían que recurrir a los británicos para sonsacarles información sobre sus reflexiones personales, pero parecía cada vez más seducido por los argumentos de Churchill a expensas de los de sus

consejeros uniformados. Aunque Roosevelt nunca tuvo que enunciar sus principios bélicos, y seguramente podrían haber sido garrapateados en una caja de fósforos, el más importante era «el simple hecho que los ejércitos rusos están matando más soldados del Eje y destruyendo más material que las otras veinticinco Naciones Unidas juntas», tal como comentó en mayo.

El Departamento de Guerra ahora calculaba que el Ejército Rojo se enfrentaba a 225 divisiones alemanas; sólo seis luchaban en Egipto contra los británicos. Si colapsaba la resistencia soviética, Hitler ganaría el acceso a las ilimitadas reservas de petróleo en el Cáucaso y Oriente Medio, y una cantidad considerable de divisiones alemanas, ahora luchando en el este, irían a reforzar el oeste. La guerra podía durar una década, creían los analistas del Departamento de Guerra, y Estados Unidos tendría que hacer intervenir al menos 200 divisiones, aunque por el momento tenía graves problemas para constituir la mitad de esas fuerzas. Se hacía vital un gesto de buena voluntad de parte anglonorteamericana que fuera más allá de los créditos y préstamos para que los soviéticos se sintieran respaldados.

Después de prometer en mayo a Moscú que Estados Unidos «esperaba»

abrir un segundo frente antes de fin de año, Roosevelt anunció a sus oficiales que «es de la mayor importancia que las tropas norteamericanas de tierra entren en acción contra el enemigo en 1942».

Otros factores también influenciaron el pensamiento del presidente.

Más de seis meses después de Pearl Harbor, los norteamericanos se mostraban impacientes y querían saber por qué el país no había contraatacado a las fuerzas del Eje; las elecciones legislativas de noviembre proporcionarían un referéndum sobre el liderato de Roosevelt en la guerra y las encuestas indicaban que él y el partido demócrata recibirían un severo castigo. Las manifestaciones en Trafalgar Square en Londres y en todas partes pedían a gritos un «segundo frente ya» en solidaridad con los aislados rusos. Con la conquista de Africa, los aliados eliminarían las bases potenciales del Eje para atacar las rutas marítimas del Atlántico sur o incluso el ataque contra América. La campaña del Pacífico, aunque no iba demasiado bien para los intereses aliados, se había estabilizado permitiendo la defensa estratégica formulada en el plan RAINBOW 5, pero a menos que se abriera otro frente en el Atlántico, las fuerzas norteamericanas se vaciarían en el Pacífico. En mayo, la armada norteamericana había atacado en el mar del Coral a una flota japonesa que escoltaba a tropas invasoras con rumbo a las islas Salomón y Nueva

Guinea; las pérdidas en ambos bandos fueron similares. Un mes más tarde, cuatro portaaviones japoneses fueron hundidos en la batalla de Midway, marcando la primera victoria clara de Estados Unidos en la guerra. La operación ATALAYA, la primera contraofensiva aliada contra Japón, estaba apunto de comenzar con el desembarco de 16.000 soldados norteamericanos en una isla de las Salomón: Guadalcanal.

Por otro lado, flaqueaba la campaña contra Alemania e Italia. Las tropas de la Wehrmacht habían superado el río Don en el sur de Rusia y se acercaban a Moscú por el Volga. Salvo Gran Bretaña y naciones neutrales como España, Sueña y Suiza, toda Europa pertenecía al Eje. En Egipto, el Afrika Korps estaba a sólo noventa y cinco kilómetros de Alejandría y el valle del Nilo, la puerta al Canal de Suez y los campos petrolíferos de Oriente Medio. En El Cairo, los refugiados atestaban las estaciones ferroviarias y los oficiales británicos, presas del pánico, quemaban documentos en sus jardines. Tras un sitio prolongado, Rommel había capturado a 30.000 soldados de la Commonwealth en el puerto de Tobruk.

Hitler lo condecoró con un bastón de mariscal de campo y Rommel replicó:

«Voy a ir hasta Suez».

De casualidad, la mala noticia de Tobruk le llegó a Churchill el 21 de junio de 1942, cuando estaba en el despacho oval de Roosevelt en la Casa Blanca. El rostro de Marshall era más sombrío de lo habitual cuando entró con un despacho rosado en la mano. Churchill leyó el mensaje y dio medio paso atrás con su rubicundo rostro con color ceniciento. La reacción de Roosevelt fue un gesto emocionante de solidaridad con un amigo necesitado. «¿ Qué podemos hacer para ayudar?», preguntó el presidente.

En poco tiempo, los norteamericanos pudieron y lograron quitarle 300

nuevos tanques Sherman a la 1.ª división acorazada y enviarlos a las tropas británicas en Egipto. Marshall, el almirante King y Hopkins devolvieron la visita de Churchill viajando como delegación para más negociaciones estratégicas, pero las conversaciones se empantanaron pese a que los norteamericanos reconocieron que un ataque por el Canal era harto improbable ese mismo año. En un gesto benigno para aplacar los ánimos, los británicos llevaron a los tres yanquis a ver la máscara mortuoria de Oliver Cromwelly el anillo de la reina Isabel antes de que volaran de regreso a casa.

A Roosevelt se le acabó la paciencia. Había llegado la hora de terminar con la tregua y lanzarse a la guerra. Después de informar el 25 de

julio a Churchill y a sus mandos militares que pensaba invadir el norte de África, cerró las puertas a cualquier otra discusión. El jueves 30 de julio, a las 8.30 de la mañana, convocó a sus subordinados en la Casa Blanca y les anunció que, como comandante en jefe, su decisión era definitiva. El norte de Africa «es ahora nuestro principal objetivo». No habría ningún MAZO

en Francia. La ofensiva africana debía lanzarse «lo antes posible», preferiblemente dentro de dos meses.

El presidente de Estados Unidos había tomado la decisión estratégica de mayor alcance de la segunda guerra en contra de la opinión de sus generales y almirantes. Había dado la razón a los británicos y no a sus compatriotas. Había repudiado una tradición militar estadounidense de aniquilamiento al optar por rodear al enemigo y disparar a las piernas en vez de disparar directamente al corazón. Y había basado su determinación en su intuición y en el cálculo político de que había llegado la hora de la acción.

Al elegir la operación ANTORCHA, como se llamó a la invasión del norte de Africa, Roosevelt cometió varios graves errores. Pese a las advertencias de Marshall, se negó en redondo a creer que una intervención en África en 1942 descartaba una invasión a través del Canal de la Mancha en 1943. No vio que la estrategia mediterránea de cerco excluía otras estrategias ni que más de un millón de soldados norteamericanos y millones de toneladas de material serían enviados al Mediterráneo en los tres años siguientes dando por tierra con los preparativos en Gran Bretaña.

Continuó argumentando que «la derrota de Alemania significa la derrota de Japón, probablemente sin disparar un tiro ni sufrir una sola baja más».

No obstante, la decisión del presidente fue meritoria, aunque no precisamente sabia. Como había observado Brooke del propuesto ataque por el Canal: «Las posibilidades de éxito son pequeñas y dependen de una inmensa cantidad de imponderables, pero las probabilidades de desastre son extremas». Los planificadores norteamericanos consideraron que el argumento británico a favor de ANTORCHA era «más persuasivo que racional», pero su argumento en pro de MAZO y RODEO no era una cosa ni otra. Un ataque directo era prematuro; sus partidarios ejemplificaron una cualidad de aficionados en el pensamiento estratégico norteamericano que maduraría sólo cuando la guerra maduró.

Los militares norteamericanos habían sido animados por un celo de poder hacer cualquier cosa y un deseo de ganar de forma expedita; estas

características contribuirían con el paso del tiempo en el día a día, pero sólo cuando fueron atemperadas por la experiencia en el campo de batalla y por la sensibilidad estratégica. Más tarde, un general afirmó que los expertos logísticos insistían en que podían abastecer a diez divisiones aliadas en Cherburgo aunque no estuvieran seguros de dónde estaba ese puerto francés ni mucho menos del estado de los muelles ni de dónde vendrían esas divisiones. El transporte de una sola división acorazada requería cuarenta y cinco barcos para tropas y de carga, además de los buques de escolta, y transportar las cincuenta divisiones necesarias para lanzar una invasión requería muchos más barcos de los que ahora tenían los aliados. Del mismo modo, el asunto de crucial importancia de las lanchas de desembarco había sido ignorado por completo. «¿Quién es el responsable de la construcción de las lanchas de desembarco?», había preguntado Eisenhower en un memorándum fechado en mayo de 1942. Con algunos planificadores calculando que una invasión a Francia requería al menos 7.000 lanchas de desembarco y otros creyendo que ese número se triplicaría, la dura realidad era que para el otoño de 1942 todas las lanchas de desembarco existentes en Gran Bretaña sólo podían transportar a 20.000 hombres. Y todo ello pese a que un estudio del Departamento de Guerra había llegado a la conclusión de que para desviar un número significativo de tropas alemanas en el frente ruso eran precisos al menos 600.000 soldados aliados en Francia. «¡Se podía pensar que cruzaríamos el Canal para jugar al bacará en Le Touquet o para bañarnos en la Paris Plage!», comentó Brooke.

Roosevelt había salvado a sus compatriotas de su propio atrevimiento.

Su decisión provocó desaliento, incluso disgusto, y seguiría siendo polémica durante décadas. «No pudimos ver que el líder de una democracia», dijo luego Marshall de sus colegas generales, «debe mantener entretenido al pueblo.» Eisenhower creyó que la cancelación de MAZO podría ser recordada como «el día más tenebroso de nuestra historia», una hipérbole absurda dada la tenebrosidad de los demás días.

La antipatía que sentían numerosos oficiales norteamericanos por sus congéneres británicos pudo verse reflejada en un mensaje del Departamento de Guerra de finales de agosto proponiendo que «se debe mantener Oriente Medio siempre que sea posible, pero su pérdida podría ser una encubierta bendición», ya que los británicos recibirían su merecido y quizá pudieran recuperar el sentido común.

Pero la decisión estaba tomada. Las «palizas en la oscuridad», tal como se expresó Eisenhower, habían acabado. Se había roto la peligrosa tregua.

Quedaba mucho por hacer. Los problemas que iban desde el tamaño y la composición de las fuerzas invasoras hasta la fecha y el lugar de los desembarcos requerían soluciones. A principios de agosto, los planificadores de ANTORCHA se instalaron en las oficinas de Norfolk House en St. James Square de Londres bajo la supervisión de Eisenhower, que hacía poco había sido enviado de Washington a Londres como comandante en jefe del Teatro Europeo de Operaciones. Como gesto de reconciliación y anticipándose a la eventual preponderancia estadounidense, los británicos propusieron que la expedición aliada fuera mandada por un norteamericano. Churchill sugirió a Marshall, pero Roosevelt no quiso desprenderse de su indispensable jefe del Estado Mayor.

Eisenhower, ya en ultramar, había demostrado una diligencia y energía impresionantes, y el 13 de agosto fue nombrado comandante en jefe de ANTORCHA.

A medida que los días se hacían más cortos y acababa el verano de 1942, pocos podían sentirse animados por las noticias que llegaban del frente.

Las tropas de la Wehrmacht habían alcanzado el Volgayya se intercambiaban los primeros disparos de la batalla de Stalingrado. Los submarinos alemanes, viajando como depredadoras «jaurías de lobos», hundían más barcos de los que podían construir los aliados; un convoy de abastecimiento al norte de Rusia perdió 13 de 40 barcos pese a una escolta de 77 buques. El esfuerzo bélico chino contra los japoneses se había desmoronado. La guerra por las islas Salomón había provocado el caos en Guadalcanal. La caída del Canal de Suez parecía inminente. Cuatro de los siete portaaviones de la flota cuando Estados Unidos entró en guerra habían sido hundidos. Y la antipatía entre los aliados norteamericanos y británicos amenazaba la alianza incluso antes de que empezara la lucha contra el enemigo común. Únicamente los visionarios y los optimistas empedernidos podían adivinar que estos portentos anunciaban victoria. Los aliados aún no ganaban, pero estaban a punto de empezar a hacerlo. La noche acabaría, cambiaría la corriente y con esa nueva marea un ejército desembarcaría en las playas de Africa, listo para corregir un mundo equivocado.

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