Un Ejercito Al Amanecer
3. Cabeza de playa
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
UNA ESPADA EN ARGEL
La incertidumbre de Eisenhower con respecto al progreso de la operación ANTORCHA era compartida por todos los soldados en las cabezas de playa de Marruecos y Argelia. Nadie sabía nada irrefutable salvo lo que había visto. Los marineros en el mar sólo veían fogonazos en tierra.
Los soldados en las playas desconocían qué sucedía en el siguiente djebel.
Los comandantes recibían informes fragmentarios que resultaban ser incompletos, contradictorios o erróneos. Esto era la guerra, «nuestra condición y nuestra historia, el lugar donde debíamos vivir», escribió un corresponsal, pero para muchos parecía una pelea callejera con artillería.
Para las tropas novatas, la experiencia de combate fue reveladora: ejércitos ignorantes llevaban a cabo la guerra en una tierra a oscuras.
La lucha entre los invasores anglonorteamericanos y los defensores franceses de Vichy sólo duraría tres días; a veces fue cuestión de desganados tiros al aire, pero en aquellos dos países también hubo batallas campales en una decena de ocasiones. La pequeña guerra entre dos viejos amigos (muchos norteamericanos aún no podían creer que combatían contra los franceses) fue complicada por las maniobras diplomáticas concomitantes y los primeros ataques de las fuerzas del Eje. Todo esto sucedió más o menos simultáneamente desde el domingo 8 de noviembre de 1942 por la mañana hasta la noche del martes 10, pero en aras de la simplicidad narrativa la acción puede desplegarse en sentido contrario a las agujas del reloj por el borde noroeste de África, empezando en Argel y acabando en Marruecos.
Al este de la capital argelina, un batallón del 39.° de infantería había aparecido a las puertas del aeropuerto de la Maison Blanche poco antes del alba del 8 de noviembre. Los soldados franceses dispararon algunos tiros al aire para salvar la cara y se rindieron. A las diez de la mañana, los primeros aviones Hurricane, salidos horas antes de Gibraltar sin garantía de que hubiera un aeropuerto, aterrizaron en la pista.
Desde Castiglione en el límite oeste de la cabeza de playa, donde diligentes argelinos destripaban las lanchas de desembarco abandonadas en
busca de compases y árboles de hélice, las tropas británicas tomaron otro aeropuerto en Blida y avanzaron hacia Argel desde el sur. Un comandante impaciente capturó a media docena de rehenes, a quienes describió como
«muy amistosos y afectuosos», luego se dirigió a los muelles, encañonó en la cabeza al guardia e izó la enseña británica en el puesto de mando francés.
«Se produjo una ovación», informó.
El teniente coronel Edward J. Doyle, comandante del 1.er batallón del 168.° de infantería, también se impacientó por el lento avance contra los francotiradores franceses en el suburbio occidental de Lambiridi, los mismos que esa misma mañana habían dado en el casco de Robert Moore.
Haciendo caso omiso de las órdenes de mantener la situación, Doyle flanqueó a los francotiradores con una decena de hombres y avanzó hacia Argel. Pronto golpeaba las puertas del Palacio de Verano del gobernador general. Un guardia le negó la entrada. «El gobernador», dijo el francés,
«está en la playa.» Los norteamericanos contestaron disparando contra los neumáticos del coche de un rico caballero que salía del consulado alemán en la acera de enfrente. La furia del conductor —unos buenos neumáticos eran especialmente caros en esos días— fue interrumpida por el seco disparo de rifle de un francotirador. Doyle cayó al pavimento mortalmente herido por un balazo debajo de su hombro izquierdo. Después del coronel Marshall en la operación RESERVISTA, Doyle fue el segundo comandante norteamericano de batallón que murió esa mañana.
Los pilotos de la Luftwaffe que el domingo por la tarde volaron desde Italia hicieron su primera aparición en el cabo Matifou, donde había un grupo de cargueros anclados. Un Ju-88 enemigo se libró del fuego aliado y lanzó dos torpedos desde una altitud de unos 15 metros. Uno no dio en el blanco. El segundo dio contra el Leedstown en el lado de estribor llevándose por delante el timón. Inmovilizado en las aguas y con 500
hombres aún a bordo, el barco fue presa fácil. Cinco bombardeos en picado le abrieron las soldaduras; luego dos bombas más en medio del barco lo hicieron capotar por la proa. Los hombres saltaron por la borda, pero fueron absorbidos por los boquetes de los torpedos; algunos se volvieron a encaramar y a saltar. Los náufragos remaron en balsas hacia la playa cantando animosamente hasta que vieron las olas del rompiente de Aïn Taya. Los nativos dejaron el saqueo para cortar altos juncos con los que rescatar a los supervivientes de las aguas turbulentas. Conducidos a un lugar de la costa, los hombres ateridos de frío se echaron sobre la paja y se
reanimaron con brandy. El Leedstown se hundió a 20 brazas de profundidad.
Por más que le hubieran satisfecho los ataques de represalia de las fuerzas del Eje, el almirante Darían reconoció con el discernimiento de un superviviente profesional que la situación no daba para más. El comandante en jefe de Vichy sólo contaba con 7.000 soldados mal armados en Argelia; los dos aeropuertos principales habían sido tomados, la flota se encontraba acorralada por los barcos aliados y la ciudad estaba rodeada por 30.000
soldados. El domingo a las tres de la tarde, Darían volvió a la Villa des Oliviers, donde Robert Murphy y Kenneth Pendar no habían sido ejecutados gracias a la oportuna clemencia del general Juin. El almirante encontró a ambos diplomáticos norteamericanos almorzando y contemplando el incendio de los almacenes del puerto y las maniobras de los bombarderos sobre la bahía de Argel. Darían anunció que estaba listo para negociar. ¿Podría encontrar el señor Murphy al comandante norteamericano de quien se sabía que estaba en la playa a 15 kilómetros al oeste de Argel?
En la limusina de Juin y con una bandera blanca y la tricolor francesa flameando sobre el guardabarros, los diplomáticos se abrieron paso a través de las columnas de soldados aliados que avanzaban por el oeste de Argel.
En la playa Beer White encontraron al general de división Charles W.
Ryder, jefe de la 34.a división de infantería, sentado sobre una gran roca.
Oriundo de Kansas y compañero de clase de Eisenhower en West Point, Ryder, Doc para los amigos, era un soldado alto y anguloso que había sido condecorado en la Gran Guerra. Cuando le preguntaron si querría negociar las condiciones con los franceses, contestó serenamente: «Iré a cualquier sitio para hablar con quien sea que quiera entregarme Argel». Y no dijo nada más. Sentado en la roca y quejándose por la falta de un uniforme limpio, redactó un informe de un párrafo para Gibraltar con la velocidad de un hombre dictando a un picapedrero. «Tendrá que perdonarme», dijo a Murphy, «pero hace una semana que no duermo.» Murphy dejó de andar de un sitio para otro, cogió al general del brazo y lo introdujo en la limusina.
Un corneta de pie sobre el estribo del coche anunciaba «Cese el fuego»
mientras avanzaban por Lambiridi hacia la Avenue Maréchal Joffre. Fuera del Fort L'Empereur, el cuartel general de Vichy, el jefe de Estado Mayor de Juin estaba en rígida posición de firme en plena calle. Detrás de él, había seis soldados en formación de V. «No me gusta la sangre», confesó Murphy
a Ryder mientras se apeaban del coche. Con los gestos precisos de un hombre experimentado en capitulaciones, el jefe de Estado Mayor francés extendió la espada a Ryder, la empuñadura por delante, «como en un cuadro histórico de algún museo», observó Pendar. Murmurando algunas palabras de rendición, hizo una elegante media vuelta y marchó hacia el fuerte.
Ryder y Murphy lo siguieron. Entraron en un cavernoso vestíbulo donde del revestimiento de madera de las paredes colgaban trofeos de caza y botines de viejas batallas. Cincuenta oficiales franceses se alineaban en las paredes mirando a los norteamericanos y al general Juin, quien estaba a la cabecera de una larga mesa cubierta con un paño verde. Juin había cambiado el pijama a rayas de la noche anterior por el esplendor de las condecoraciones y de su mejor uniforme. El sonido distante de las armas ligeras fue acallado por el estruendo de las bombas de la Royal Navy que atacaban objetivos franceses a pocos cientos de metros. «¡Qué maravilla!», dijo Sfíyder. «Ésta es la primera vez que estoy bajo fuego enemigo desde la primera guerra.» Un gélido silencio siguió a sus palabras.
«¿Es usted el oficial de mayor rango?», preguntó finalmente Juin extendiendo su mano izquierda.
«Lo soy.»
«¿Se compromete a mantener la ley y el orden en Argel si se rinde a sus fuerzas?»
«Sí», contestó Ryder, «siempre que la gendarmería francesa actúe bajo mis órdenes.»
«¿Cuándo estará preparado para hacerlo?»
«De inmediato.»
«¿Permitirá que las fuerzas francesas conserven sus armas?»
Ryder vaciló un instante.
«Sí, siempre que se concentren en sus barracones.»
Asunto concluido. Las tropas aliadas entrarían en la ciudad a las 20
horas. Los prisioneros quedarían en libertad en el acto, incluidos los supervivientes de la operación TERMINAL. Los oficiales franceses despacharon vehículos por todos los barrios de Argel para anunciar la rendición de la ciudad con toques de corneta.
Argel había caído, pero no el resto del norte de África francés, y ahí estaba el problema. Los aliados pronto supieron que Darían se había despojado formalmente de todo poder fuera de la ciudad. En un gesto
indignante, proclamó carecer de cualquier poder negociador sobre el resto del imperio de Vichy. En otra reunión en Fort L'Empereur, esta vez con la presencia de Darían, sólo se obtuvo un acuerdo para que los barcos aliados entrasen en el puerto de Argel.
En la madrugada del lunes, la nave capitana Bulólo avanzó con dignidad imperial hacia el embarcadero sin percatarse de que una bomba de la Luftwaffe había dañado las comunicaciones de la sala de máquinas. Allí no se recibió la orden rutinaria de dar marcha atrás a toda máquina. Con creciente nerviosismo, la comitiva francesa de bienvenida vio cómo el barco se acercaba a casi doce nudos. En el puente de mando, los oficiales discutían si los mástiles se romperían hacia adelante o hacia atrás con el impacto. Los espectadores se dispersaron gritando. El capitán aulló: «¡Todo el mundo cuerpo a tierra!», y la gran proa se elevó sobre un fortuito banco de lodo demoliendo el espigón y haciendo una muesca en un depósito antes de volver intacta a las aguas del puerto. Los espectadores, recuperados del susto, aplaudieron y comentaron que la Royal Navy realmente sabía cómo atracar en un puerto.
También lo sabía hacer el general Giraud. La mañana del lunes 9 de noviembre dejó Gibraltar con rumbo a Argelia en un avión francés con la intención de quitar del medio a Darían y establecerse como el nuevo jefe aliado en el norte de Africa. Tal como había anticipado con sagacidad Eisenhower, Giraud había cambiado de opinión después de comprobar el pronto éxito de ANTORCHA; con suspiros histriónicos había aceptado ser el comandante de las fuerzas militares francesas en el norte de África y máximo responsable de la administración local. Eisenhower le despidió, aunque públicamente anunció que «su presencia propiciará un cese de la resistencia esporádica». A Marshall le confesó en privado: «Estoy hasta la coronilla y absolutamente furioso con esos estúpidos franceses».
Ante la proclama de Eisenhower, las autoridades de Vichy reaccionaron denunciando al general francés como «un jefe rebelde y desleal». Giraud aterrizó en el aeropuerto de Blida, pero no fue recibido por una guardia de honor y una multitud entusiasta tal como él había imaginado, sino por unos pocos simpatizantes furtivos que le previnieron contra posible asesinos. Aún peor, su equipaje y su uniforme se extraviaron.
Giraud no podía montar un verdadero golpe de estado con una mera gabardina arrugada. Abatido y sin su indumentaria de rigor, subió a un
coche de alquiler y se dirigió a las tortuosas callejuelas del barrio Ruisseau, donde una familia incondicional le había ofrecido hospitalidad.
Tres horas más tarde, Mark Clark llegó en un B-17 al aeropuerto Maison Blanche con órdenes de Eisenhower para ayudar a Giraud a asumir el mando de las tropas francesas y asegurar un armisticio general. En cambio, encontró al presunto virrey escondido, al almirante Darían en manos de los leales a Vichy y combates en todas partes, con la excepción de Argel. «¡Esto sí que empeora la situación!», le dijo a Murphy.
Su séquito incluía a Darryl F. Zanuck, ex guionista de Rin Tin Tin y directivo de la 20th. Century Fox; ahora coronel del cuerpo de comunicaciones, Zanuck bajó del avión con una cámara de 16 mm y diez rollos de película para filmar la entrada triunfal de Clark en Argelia. Sin embargo, la secuencia cinematográfica fue interrumpida por la aparición de una docena de aviones de la Luftwaffe. Cuando también hicieron acto de presencia Spitfires y Junkers, la gente se lanzó a las calles a presenciar la batalla aérea. Clark y sus hombres subieron a dos camiones británicos y avanzaron por la ciudad. Vieron que todas las paredes parecían cubiertas por grandes carteles del mariscal Pétain. La invasión del norte de África apenas tenía veinticuatro horas de vida y ya había descendido al nivel de un saínete francés.
El Hotel St. Georges era una vieja casona llena de recovecos y de un blanco inmaculado en la Rué Michelet, la calle más de moda del barrio más de moda de Argel. En otro tiempo el preferido de las ricas solteronas por su vista maravillosa del mar, el St. Georges ahora servía de cuartel general a la marina francesa. Los soldados habían manchado de barro el pulido suelo de mosaico. Allí era donde los norteamericanos habían aceptado reunirse con Darían y sus subordinados a primera hora de la mañana del martes 10 de noviembre.
Clark encontró a Ryder exhausto tras horas de inútiles regateos. «He intentado hacer el máximo de maniobras dilatorias», dijo Ryder. Una compañía de fusileros estaba apostada afuera entre las palmeras con órdenes de «disparar a matar» a los franceses si había problemas. Murphy condujo a Clark por el vestíbulo del hotel a una pequeña sala con ambiente recargado, azulejos marroquíes y una vista del soleado Mediterráneo. Le esperaban cinco almirantes y cuatro generales franceses. Darían llevaba alzas y una guerrera negra cruzada de almirante que acentuaba su tez pálida.
Recibió cordialmente a los norteamericanos, pero los franceses se negaron a estrechar la mano del único oficial británico que había en la delegación de Clark. Clark tomó asiento en la cabecera de la mesa con Darían a su derecha y Juin a la izquierda mientras Murphy oficiaba de traductor.
«Tenemos mucho trabajo para hacer frente al enemigo común», dijo Clark.
«Mis camaradas y yo creemos que las hostilidades no llevan a ninguna parte», replicó Darían, pero aparte de entregar Argel, él carecía de autoridad para firmar un armisticio. «Simplemente sólo puedo obedecer las órdenes de Pétain.»
«El problema es mayor que eso», insistió Clark. Hizo un gesto en dirección a Tunicia. «¿Resistirán las tropas francesas al este de Argel si vamos allí a enfrentarnos al enemigo común?»
Los ojos acuosos de Darían evitaron la mirada de Clark.
«He pedido a Vichy que me conteste lo antes posible sobre los términos de un acuerdo.»
Clark dio un puñetazo sobre la mesa. «Será menester retenerle a usted en custodia para su propia protección. Espero que lo comprenda. Debemos avanzar al este. Hablaré con el general Giraud. Él firmará las condiciones y dará las órdenes necesarias.»
Darían se pasó una mano por la calva y una remota sonrisa le cruzó los labios. «No estoy seguro de que las tropas le obedezcan.»
«Si usted considera que Pétain estará de acuerdo con usted en que deben cesar las hostilidades, ¿por qué no da esa orden ahora mismo?»
«Porque provocaría», contestó Darían lentamente, «que los alemanes ocupasen de inmediato el sur de Francia.»
Clark volvió a dar con el puño sobre la mesa.
«Lo que usted está haciendo significa la muerte de más franceses y norteamericanos. Éste es el momento en que debemos seguir nuestras preferencias y olvidarnos de las órdenes. Ésta es la oportunidad para que se unan todos los franceses y ganen la guerra. Es su última oportunidad.»
«Ésa es su opinión», replicó Darían.
«Dígale», dijo Clark a Murphy, «que Pétain no significa nada para nosotros.» Empujó la silla hacia atrás para retirarse, pero Juin alzó una mano. «Denos cinco minutos.»
Mientras la delegación aliada abandonaba la sala, Darían le dijo en voz baja a Murphy: «¿Podrá usted recordarle al general de división Clark que
soy un almirante de cinco estrellas? Debiera dejar de hablarme como a un joven teniente».
Los aliados se retiraron a un corredor en la otra punta del vestíbulo. El sonido de las palabras francesas se deslizaba por debajo de la puerta. Clark caminaba de un lado a otro murmurando THIDP, el casi acrónimo inventado con Eisenhower por «tremendos hijos de puta». La tácita amenaza de Clark de declarar la ley marcial en el norte de África horrorizó a Murphy. No podía imaginar la administración de ferrocarriles, correos, aprovisionamiento de agua y otros servicios civiles en un territorio de 2.500.000 kilómetros cuadrados con casi veinte millones de personas, pocas de las cuales compartían el idioma con los norteamericanos. Si los aliados querían avanzar al este sin temer una puñalada por la espalda, necesitaban la ayuda francesa.
Se abrió la puerta. El contraalmirante Raymond Fenard, el orondo confidente y anfitrión de Darían en Argelia, sonrió e hizo un gesto para que se acercaran. Cuando Clark y los otros se sentaron, Darían se dirigió a Murphy, y dijo: «J'accepte».
Puso sobre la mesa el borrador de una orden anunciando a todas las tropas francesas que proseguir las hostilidades era inútil. Un mensaje a Pétain sugería que la continuidad de la lucha costaría a Francia las posesiones africanas. Darían sacó una estilográfica y escribió sobre el documento «En nombre del mariscal»; a continuación ordenaba que todas las fuerzas de mar, aire y tierra en el norte de África cesaran el fuego, regresaran a sus bases y observaran una estricta neutralidad. Darían volvió a tocarse la cabeza. «Eso es suficiente», declaró Clark.
De inmediato informó por cable del acuerdo a Gibraltar. «Consideré de la máxima importancia asegurar una orden que sería obedecida para poner fin a las hostilidades en el norte de Africa.» Giraud reapareció con su quepis, pantalones de montar, galones dorados e impecables botas de montar. «Parecía haber salido directamente de la barbería», comentó el corresponsal Alan Moorehead. «Su cabeza pequeña y como de pájaro estaba perfectamente peinada.» Habiendo recuperado el uniforme y tragado el orgullo, Giraud anunció que por la mayor gloria de Francia serviría bajo el mando de Darían en la lucha contra los alemanes.
Sin embargo, tan pronto se consiguió el acuerdo, éste fracasó. Al cabo de unas horas llegó la noticia de que el mariscal Pétain había defenestrado a Darían y repudiado cualquier pacto con los norteamericanos que pudiera
causar la ocupación alemana de la Francia de Vichy y la captura de la gran flota francesa anclada en Toulon. «Doy la orden de defender el norte de Africa», decretó Pétain. Más degradado que nunca, Darían andaba por la villa del almirante Fenard como alma en pena. «Estoy perdido», dijo. «Lo único que puedo hacer es entregarme.»
A las tres de la tarde del mismo martes, Clark y Murphy llegaron a la villa alarmados por la noticia de que su nuevo protegido pretendía renegar del armisticio que había firmado seis horas antes.
«Pétain habla por boca de Hitler», insistió Clark.
Darían se encogió de hombros. «Lo único que puedo hacer es revocar la orden que he firmado esta mañana.»
«¡Ni de broma!» Clark hizo valer su alta estatura. «Considérese mi prisionero.»
«Entonces, me debe hacer prisionero.»
Furioso, Clark ordenó que dos pelotones de infantería acordonaran la finca de Fenard. Un coronel norteamericano, Benjamín A. Dickson, pasó por el lado de los asistentes de Darían y se dirigió directamente a él. «Mon almirante, por orden del mando supremo queda bajo arresto en estas dependencias. Se apostarán guardias con orden de disparar si usted intenta escapar.»
Dickson volvió a la puerta de entrada. «Nuestro prisionero en esta casa es el almirante Darían», le comunicó al capitán de la guardia. «Es de baja estatura, calvo, rubicundo, nariz ganchuda y cara de comadreja. Si intenta salir con ropa militar o civil, hay que dispararle.»
En Gibraltar, Eisenhower leía los despachos de África y trataba de darles sentido. «La guerra suscita situaciones extrañas, a veces ridiculas», había escrito en otro extenso memorándum personal el lunes por la tarde.
Cada hora que pasaba, esta guerra parecía más extraña y más ridicula. En una nota a mano titulada «Pensamientos inconsecuentes de un comandante durante un período de espera interminable», Eisenhower añadió: «Espero ansiosamente noticias de: operaciones en la costa occidental; operaciones en Oran; actividad e intenciones de Giraud; movimientos aéreos de los italianos; intenciones de España».
Parecía que Darían había capitulado y renegado dos veces por presiones de Clark y Vichy. La influencia de Giraud en África parecía ser inexistente. Eisenhower había reaccionado ante un cable de Clark
exclamando, «¡Dios santo! ¡Lo que aquí necesito es un eficaz asesino!». Se preguntó si funcionaría el soborno. ¿Debieran los aliados, le preguntó a Clark, considerar depositar una gran suma «en un país neutral como Suiza»?
Como sede de la autoridad francesa en el norte de África y como plataforma de lanzamiento del avance sobre Tunicia, Argelia era decisiva para la causa abada. En los barcos las tropas británicas esperaban que Clark estuviera seguro de la neutralidad o la colaboración de los franceses.
Marruecos también era fundamental como canal del aprovisionamiento y de las tropas provenientes de Estados Unidos. No obstante, Eisenhower prácticamente no sabía nada de Hewitt o Patton.
Pero la principal preocupación del comandante en jefe ese lunes por la tarde era Oran, tal como revelaba en un mensaje a Marshall. Los aeropuertos de Argeba occidental eran básicos para desarrollar el poderío militar aliado y lo mismo sucedía con el puerto de Oran y la cercana base naval de Mers el-Kébir. «Mi mayor dificultad operativa en este momento es la lentitud para controlar la región de Oran», escribió Eisenhower. «Debo conquistarla pronto.»
UNA BANDERA AZUL SOBRE ORAN
Eisenhower estaba a punto de obtener su deseo.
Los soldados norteamericanos habían confluido en Oran durante el domingo 8 de noviembre empujando a 9.000 defensores franceses dentro de un sector de unos 30 kilómetros de diámetro. En el oeste, Ted Roosevelt y el 26.° de infantería marchaban por pueblos argelinos cuyos nombres en clave aludían a las poblaciones natales de los soldados, Brooklyn, Brockton, Syracuse, y por caminos que recibían el nombre de su vida anterior: Béisbol, Golf, Lacrosse.
Terry Alien y una gran parte de su 1.a división descendieron en Oran desde las colinas de piedra arenisca en lo alto de St. Cloud, un cruce vital entre el este de la ciudad y los lagos de sal más al sur. Los chicos vestidos con sucios caftanes les gritaban o hacían el saludo fascista creyendo que eran alemanes. Las mujeres beréberes veladas y con tatuajes color índigo los espiaban por las ventanas; en los cafés, hombres con fez levantaban la mirada de sus tazas de té y aplaudían a las tropas al estilo africano: con los brazos extendidos, pero sin la menor pretensión de sinceridad. Un
corresponsal de guerra a la búsqueda de adjetivos para describir a los nativos optó por «escrofulosos, nada pintorescos, oftálmicos, lamentables».
Los soldados agotados que podían escapar de sus oficiales se echaban entre los matorrales; al rato, hasta las zarzas parecían roncar. El áspero ruido de la artillería a veces los despertaba; a veces, no. Algunos soldados se echaban sobre carros usados para portar municiones. Sudando como bestias bajo un sol abrasador, seguían avanzando hacia la invisible ciudad más allá del horizonte. Cartuchos abandonados y chaquetas de campaña dejaban una triste y ancha estela que finalizaba en Arzew. De vez en cuando, pasaba un autocar a leña llevando prisioneros franceses sin afeitar a las celdas en la playa. Un cocinero del 18.° de infantería llevaba una mula parda atada a un carro de dos ruedas para transportar su cocina de campaña.
Cuando la mula pasó una columna de soldados que gritaban a la línea francesa, el cocinero dejó las riendas ya inútiles, mató al animal de un solo tiro y obligó a los hombres, que ya no gritaban, a portar la cocina.
Un soldado herido tendido en la hierba alta esperaba la ambulancia y rogaba a los que pasaban a su lado: «Por favor, no me pateéis la pierna, no me pateéis la pierna». Durante un ataque con morteros, cuatro soldados de la compañía E del 16.° de infantería se guarecieron en un canal de irrigación. Cuando se acabó el fuego, un teniente observó un luminoso resplandor azul y descubrió que una esquirla había cortado un cable de alta tensión. El cable había caído sobre los cuatro soldados electrocutándolos.
Así pues, esto es la guerra, se decían los soldados. Una desgracia en cada curva del camino. Dolor, mulas sacrificadas y muertes súbitas en un foso.
St. Cloud era una población rural ambarina de 3.500 habitantes, rodeada de viñedos y sólidas casas de piedra. Como las viñas ya habían sido podadas para noviembre, los campos de fuego se extendían un kilómetro en todas direcciones. Posada a ambos lados del camino principal del este hacia Oran, St. Cloud había sido reforzada con el 16.° regimiento tunecino de infantería, el 1.er batallón de la Legión Extranjera y las tropas paramilitares del Service d'Ordre Légionnaire, es decir, los fascistas franceses que seguían el modelo de las SS nazis. La inteligencia estadounidense clasificó a los defensores como «tropas de segunda o tercera clase». Pero antes del mediodía del 8 de noviembre, la compañía C del 18.° de infantería de Terry Alien había sufrido una emboscada, se había retirado y luego había sido
obligada a retroceder una vez más cuando volvió a St. Cloud con el grueso del 1.er batallón. A las 15.30, el batallón volvió a atacar por el camino de Renán junto con el 2.° batallón. Trataron de flanquear a los defensores por el sur. Largas cintas de fuego de las ametralladoras francesas azotaban las viñas. Un sargento primero cayó con un balazo en la frente y el comandante resultó mortalmente herido en la garganta. El reloj de una torre por encima del pueblo dio las cuatro. En el campanario sonaban insolentes los fogonazos de un francotirador. Proyectiles estadounidenses de calibre 50
impactaron en el campanario y acallaron las campanas y los disparos. Los tejados reflejaban discontinuamente el efecto de las balas.
Los hombres de ambos batallones se arrastraron por los viñedos hacia el muro encalado que rodeaba el cementerio a 200 metros al sur del pueblo.
Los fusileros franceses y norteamericanos se enfrentaron entre las tumbas y los monolitos como sombras en la luz gris y evanescente. Los proyectiles silbaban entre las fosas y quebraban las alas de mármol de los querubines.
Los disparos retumbaban en las criptas.
El teniente Edward McGregor organizó una escaramuza con la compañía C: dio tres pitidos con su silbato, y luego saltó el muro del cementerio para encabezar una carga contra el pueblo. Sólo tres hombres saltaron con él, los demás se quedaron al amparo del muro; McGregor dio media vuelta y amenazó con un tiro por la espalda a todos los cobardes.
Esta vez el pelotón le hizo caso y un balazo le destrozó la cara a un comandante de la compañía B. «Sigue adelante, Mac», dijo el oficial antes de caer muerto. McGregor y ocho más fueron capturados, pero St. Cloud no.
Ahora los artilleros franceses abrieron fuego con artillería de campaña.
La descarga hizo huir en desbandada a incontables soldados norteamericanos. Los oficiales los persiguieron gritando: «¡Deteneos!
¡Deteneos!». Un teniente herido a un lado del camino rogaba: «Por favor, no me dejéis». Lo dejaron. Los enfermeros lo hallarían al alba, el rostro blanco, pero aún con vida y con el brazo izquierdo destrozado, imposible de salvar. La artillería francesa acertó con la posición de una batería del 32.° de artillería que se había instalado detrás del límite norte de la población. Los proyectiles sonaban como un rebaño de cabras aterrorizado que se lanzara en estampida por la posición de los obuses y machacara a los artilleros norteamericanos.
Cayó la noche sobre St. Cloud transformando el pueblo rural en un siniestro y tenebroso reducto. Los cadáveres colgaban como alfombras sanguinolentas de las viñas. Los nerviosos centinelas dejaban escapar disparos, y moverse antes del alba equivalía a jugarse la vida.
A las 7 horas del 9 de noviembre, el 18.° de infantería volvió a atacar con casi 7.000 soldados. Hacia el mediodía, el ataque había fracasado. Se produjeron numerosas bajas. Para el coronel Frank Greer, el jefe del regimiento, St. Cloud se había convertido en una pesadilla. Todo el avance aliado hacia Oran estaba detenido debido a la férrea resistencia de esta localidad. Greer, en la rampa de carga de una bodega que le servía como puesto de mando, observaba St. Cloud con sus prismáticos. La mitad de la torre de la iglesia había caído y con ella el viejo campanario. Las palmeras estaban destrozadas, con medio tronco arrancado, y se podían ver boquetes como bostezos en varios tejados. Un caballo negro sin jinete portando una montura francesa y arrastrando las riendas pastaba en un extremo del pueblo. Una docena de caballos yacían muertos con las patas hacia arriba como mesas tumbadas.
«Voy a bombardear sin compasión ese pueblo de punta a punta», dijo Greer. En cada batería se prepararon 200 bombas; las descargas empezarían a las trece horas; media hora después atacarían tres batallones de asalto. Las patrullas de reconocimiento informaron de que en el pueblo había centenares de mujeres y niños escondidos en refugios medio derruidos mientras el mundo explotaba a su alrededor. Algunos ya habían muerto y seguramente muchos más lo harían durante el bombardeo.
En ese momento, una figura sin casco y con aspecto de agotamiento apareció entre las viñas en un jeep. Terry Alien había pasado la noche en la escuela de Tourville acurrucado en un pupitre escolar estudiando con una linterna de gasóleo las fotos de Pétain y los coloridos mapas del imperio colonial francés. Los informes del campo de batalla informaban que los hombres de Roosevelt ya estaban en Djebel Murdajdj, las tierras altas al oeste de Oran. Se decía que T. R. en persona había perseguido a los húsares franceses con una carabina. El aeropuerto de Tafaraoui había caído en un santiamén, y 5.000 soldados de la 1.a división acorazada, tras evitar una fuerte guarnición francesa en Misseéhin, acababa de tomar el aeropuerto de La Sénia. Poco se sabía de los paracaidistas de VILLANO ni de las fuerzas de RESERVISTA, pero un contraataque de la Legión Extranjera en Sidi Bel Abbés, en el desierto del sur, estaba fracasando. «Muchachos», dijo Alien,
«acabo de enviar un mensaje a los franceses para que se vistan de gala y se preparen.» A los exhaustos fusileros amontonados en una zanja, les animó diciéndoles: «En aquella ciudad hay muchas chicas guapas que esperan poder dar la bienvenida a los libertadores norteamericanos». A los demás, simplemente les advirtió: «Ocupad esa ciudad o no comeréis».
Debajo de una higuera y con un pitillo en los labios, Alien movía la cabeza de un lado a otro para evitar el humo en los ojos. Greer le contó las intenciones que tenía; un débil silbido salió de los labios de Alien mientras contemplaba St. Cloud en la distancia. El jefe de la división se opuso al plan de Greer. No era difícil imaginar a los civiles aterrorizados rezando sus avemarias y con los rosarios en las manos preparándose para ir al otro mundo. Terry Alien había orado esa mañana, tal como hacía antes de cualquier batalla.
Estudió el mapa y echó una última ojeada. Alien había estado en una decena de pueblos de provincia franceses en la Gran Guerra. Era notorio su desdén por todos los nombres extranjeros más complicados que «París» y por costumbre decía «como-mierda-se-llame» a cualquier sitio de nombre polisilábico. Pero en St. Cloud pudo imaginar la verdulería, la sastrería y las viejas tabernas con anuncios de Dubonnet y los aburridos camareros con fajas. Se volvió a Greer.
«No habrá ninguna concentración de fuego», dijo. «Si bombardeamos la población y el ataque fracasa, será un desastre.»
Arrasar un pueblo francés daría «muy mala imagen política», añadió.
Y se gastaría demasiada munición. «De cualquier modo, no necesitamos el maldito pueblo. Podemos evitar St. Cloud y ocupar Oran con una maniobra nocturna.» Alien ordenó dejar un batallón de guardia y que los demás marchasen hacia Oran. Greer saludó con la decepción marcada en el rostro.
Si la orden de pasar St. Cloud por los lados parece obvia en retrospectiva, en aquel momento no lo fue. Al dejar en la retaguardia un numeroso destacamento armado y ahogar la sed de venganza de los hombres y sus deseos de tomar el pueblo, Alien había optado por un riesgo calculado. Había calibrado las variables políticas y militares para tomar la primera decisión táctica realizada por un general norteamericano en la guerra de liberación de Europa.
«No pude hacerlo», diría más tarde Alien. «Simplemente no pude hacerlo. Había civiles en aquel lugar. No los podía hacer saltar por los aires a todos ellos.»
La circunvalación de St. Cloud y la ocupación de La Sénia desconcertaron a las defensas francesas. Oran estaba sitiado. Para el asalto final, Alien dictó a las 7.15 horas del 10 de noviembre la «orden de batalla n.° 3» que acababa: «Nada puede demorar o detener este ataque».
De hecho, los franceses lo demoraron en Arcóle y luego en St. Eugéne, pero no por mucho tiempo. Cuando un joven comandante se quejó de que sus hombres estaban agotados, tenían hambre y necesitaban un descanso, el coronel D'Alary Fechet, jefe del 16.° de infantería, le replicó: «Usted no puede hablar de ese modo. Usted atacará». A primera hora del 10 de noviembre, tras una noche de mucho viento y aguanieve, la vanguardia de las tropas estadounidenses sólo se enfrentó a disparos esporádicos de los francotiradores. El teniente coronel John Todd, conocido en la 1.a división acorazada como Papá Conejo, recibió la orden de poner en marcha «sus tanques y avanzar». Abriéndose paso entre las barricadas callejeras, los blindados de Todd rodaron por el Boulevard de Mascarad y alcanzaron la azul ensenada de Oran. Llegaron demasiado tarde para impedir el sabotaje al puerto despues de RESERVISTA, pero pudieron frustrar el plan francés de inundar el puerto con gasolina y prenderle fuego. El teniente coronel John K. Waters, comandante de otro batallón acorazado (y yerno de Patton), llevó a cabo una amenazadora demostración de fuerza en el Boulevard Paul Doumer, aunque los tanques parecieron menos temibles cuando algunos de ellos se quedaron sin combustible cerca de la catedral.
Una multitud jubilosa llenó las calles haciendo el signo de la victoria con las manos y estremeciéndose ante los ocasionales disparos de los francotiradores. Las chicas guapas que había prometido Alien lanzaban besos desde los balcones del Boulevard Joffre y dejaban caer guirnaldas de hibiscos sobre las torretas de los tanques. Un burgués gordinflón con un sombrero de fieltro negro y una bandera blanca en el casco de un blindado se presentó como alcalde de la ciudad y ofreció entregar la ciudad. El 1.er batallón del 6.° de infantería acorazada derribó las puertas del Fort St.
Philippe para liberar a más de 500 prisioneros aliados: paracaidistas, pilotos, marineros británicos y soldados de infantería norteamericanos del Walney y del Hartland. Libertadores y liberados prorrumpieron en llanto.
Los guardias franceses se pusieron en formación, amontonaron sus armas y marcharon marcialmente al confinamiento de sus propios barracones.
Durante más de cinco horas, St. Cloud resistió un ataque final —sans bombardeo masivo— a cargo del 1.er batallón del 18.° de infantería y del batallón de tropas de asalto de Darby. Por último, el pueblo capituló después de un combate puerta a puerta que se saldó con 400 prisioneros franceses, 14 cañones y 33 ametralladoras. Nadie contó las bajas. En Cháteau-Neuf, donde carpas doradas nadaban en un estanque con fuente entre celindas y pimenteros, el general Robert Boisseau proclamó la rendición de su división de Oran al mediodía del martes 10 de noviembre.
Una gran bandera azul flameó encima de la ciudad; era la señal prevista que anunciaba la caída de Oran.
Sin contar los muertos y heridos de RESERVISTA, sólo el Big Red One tuvo más de 300 bajas en Oran. Alien y Roosevelt también relevaron a dos de sus nueve comandantes de batallón por distintas incompetencias. El total de bajas francesas en la defensa de la ciudad fue estimado en 165.
De inmediato, los liberadores pusieron manos a la obra para convertir la ciudad en un inmenso depósito de suministros. Los oficiales de intendencia eligieron la plaza de toros local como almacén de alimentos. El jefe de la policía militar construyó unos barracones cercados para poner en cuarentena a 150 soldados que habían contraído enfermedades venéreas durante el viaje desde Gran Bretaña. Las tropas los bautizaron Parque Casanova; el alambre de púas, explicó un comandante, era para «hacerles sentir como unos canallas». El teniente coronel Waters, haciendo gala de la iniciativa que un día le llevaría a obtener el rango de cuatro estrellas, liberó en los muelles de Oran diez barriles de vino y llenó el casco de cada soldado de su batallón. Una unidad antitanque organizó una gran fiesta en honor de Alien y Roosevelt, quienes, fieles a la tradición de la Primera, bebieron más de la cuenta.
Ahora casi 37.000 hombres ocupaban una cabeza de playa de 112
kilómetros de ancho por 24 de profundidad. Con la rendición de Argel, la toma de Oran dio a los aliados la virtual posesión de Argelia, aunque Marruecos aún estaba en disputa y la política del norte de África seguía más enredada que nunca. Sin embargo, el informe enviado de Oran a Eisenhower en la tarde del 10 de noviembre resume el sentimiento predominante, por efímero que fuera: «Todo es color de rosa». Después de tres días de inquietante confusión, la noticia no podía ser más alentadora.
«Ahora debemos reparar los puertos y avanzar al este sin demoras», cablegrafió Eisenhower a Londres ese mismo martes.
«Este negocio de la guerra es prisas y más prisas, pero me gusta», añadió.
«UNA ORGÍA DE DESORDEN»
Casablanca proporcionaba a Vichy el mejor puerto al sur de Toulon y la marina francesa había decidido defender el puerto marroquí con todas sus fuerzas, aunque fueran merecedoras de una mejor causa. Ni un solo marinero francés conocía la identidad de la flota hostil que apareció entre la niebla la madrugada del 8 de noviembre. Pero justo después de las 7 horas, la gran batería costera de El Hank había abierto fuego. Fue seguida momentos más tarde por los cuatro cañones de 38 mm de la torreta delantera del buque de guerra Jean Barí. De las bocas de los cañones salieron llamaradas azules y grandes anillos de humo. A 16 kilómetros, la primera salva de El Hank no dio al Massachusetts, cuyo timonel había pronunciado aquellas palabras latinas sobre encontrar la paz con la espada.
Las bombas del Jean Barí levantaron inmensas masas de agua a 600 metros a estribor. El Massachusetts y las naves gemelas pronto contestaron. Había empezado lo que la marina denominaba con jovialidad «un intercambio desfasado de proyectiles errados».
Kent Hewitt estaba en el puente de mando del Augusta cuando empezaron las nerviosas llamadas en las radios sobre fuego hostil y autorización para responder del mismo modo. Tras dos semanas de relativa inactividad durante la travesía desde Hampton Roads en la que había comido demasiado y engordado por no hacer el suficiente ejercicio, Hewitt había estado atareado sin descanso desde que decidió confiar en el pronóstico del aerólogo y seguir adelante con los tres desembarcos en Marruecos. Sabía que el asalto a Safi en el sur iba bien, aunque sólo le habían llegado escasos informes de las fuerzas del general Truscott que estaban al norte de Mehdía. Era evidente que los intentos secretos de dar un golpe por medio del general rebelde Émile Béthouart habían fracasado; Hewitt sólo podía suponer que el general residente Auguste Paul Nogués había optado por resistir la invasión. En Fédala, al norte de Casablanca, donde desembarcarían 20.000 de los 33.000 soldados destinados a Marruecos, las primeras lanchas habían llegado a tierra hacía sólo dos horas. Pese al estado de la mar en calma y un oleaje aceptable, muchas lanchas se habían perdido o naufragado, pero al menos algunos soldados
estaban en tierra preparándose para avanzar hacia Casablanca. Hewitt había enviado diligentemente y cada dos horas los sucintos mensajes cifrados, aunque desconocía que los responsables de señales de la marina no los habían calificado de urgentes; por tanto, Eisenhower estaba casi en babia de todo lo que pasaba.
Hewitt consideró que la Divina Providencia seguía a su lado, pero había empezado a preocuparse por el estado del tiempo. Steere, el aerólogo, advirtió que las condiciones se deteriorarían en menos de un día. No se podía esperar que se pudiera mantener a raya a los submarinos enemigos por más tiempo pese a que los destructores patrullaban los flancos de la armada y que ocho minadores colocaban minas alrededor de los cargueros.
Estaba previsto que el viernes siguiente, el 13 de noviembre, llegara otro gran convoy de Hampton Roads pese a los esfuerzos de Hewitt por demorar esa llegada hasta que él pudiera garantizar la seguridad del puerto de Casablanca.
Ahora parecía que los franceses no sólo habían optado por luchar, sino que lo hacían con furia. Al principio, el fuego defensivo desde la costa había sido esporádico, más simbólico que letal. El capitán del Brooklyn había señalado a Hewitt a las 5.39: «He visto fuego y me pongo en posición para hacer frente a posibles eventualidades». Pero las bombas de El Hank y del Jean Barí podían destruir cualquier barco y dieron comienzo a lo que sería una de las batallas más intensas de la guerra atlántica.