Un Verano, Una Mujer
–Todo lo que hace Grace es perfecto.…
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
–Por favor…
–Todo lo que hace Grace es perfecto. Pero nada de lo que he hecho en toda mi vida ha contado jamás con tu aprobación.
–Grace sigue las reglas.
–¿Las reglas de quién? ¿Las tuyas?
–No he venido hasta aquí para que me insultes, Roberta.
–Tampoco yo. He venido aquí con la idea de que tal vez, después de todos estos años, podría llevarme bien con mi familia. Pero ya veo que estaba equivocada. Lo único que recibo son críticas y advertencias de que debo poner a las niñas a trabajar en la fábrica. Bueno, lo siento, madre. No puedo.
Myra se tocó la frente.
–Me estás provocando un dolor de cabeza monstruoso.
–Te ofrecería raíz de ácoro, pero no he tenido tiempo de desempaquetar mis medicinas.
–No necesito raíz de ácoro. Necesito ir a casa, acostarme y ponerme una compresa fría sobre la cabeza.
–Muy bien, madre. Les diré a las niñas que su abuela ha pasado por aquí y que le gustaría verlas pronto.
Su tono fue lo bastante ácido para enviar a Myra hacia la puerta de salida sin una palabra de despedida. Mientras la veía alejarse, Roberta pensó con tristeza que ni siquiera había habido un saludo de reencuentro. Ningún abrazo, mucho menos un beso; sólo las quejas de Myra, tal como había sido siempre.
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Capítulo 5
Cuando Myra salió de la casa hecha una furia, Gabe estaba sentado debajo del olmo con las piernas cruzadas, terminando de comer su sándwich de queso.
–Esa muchacha siempre ha tenido la virtud de exasperarme. Debí haberlo recordado antes de venir hasta aquí. ¡Ahora tengo que hacer a pie todo ese camino, y lo único que recibo por mi esfuerzo es su falta de respeto!
Gabe se puso en pie de un salto, con la envoltura del sándwich en la mano.
–Yo puedo llevarla en el coche, señora Halburton.
–Se lo agradecería, señor Farley. Al menos todavía quedan algunas personas jóvenes que saben cómo tratar a sus mayores.
Se dirigió al camión con paso lento y él se adelantó para ayudarla a subir.
Mientras giraba la palanca para poner en marcha el motor, Roberta observaba desde atrás de la puerta del salón. A pesar de que su cara estaba oculta en la sombra, Gabe alcanzó a ver sus manos apretadas contra la toalla que le servía de delantal. Había oído lo suficiente para darse cuenta de que Roberta y su madre se llevaban como un par de gallos de pelea atados a un mismo palo. Gabe pensó en su propia madre, una persona bondadosa, de carácter apacible, y no pudo menos que sentir una punzada de compasión por Roberta, que después de tantos años de ausencia, en lugar de una cálida bienvenida sólo recibía ataques.
Myra se quejó durante todo el trayecto.
–Tiene la desfachatez de mudarse aquí con los papeles del divorcio en la mano. Dice que va a comprar un automóvil. Dice que va a viajar por todas
esas montañas y dejar a las niñas solas en la casa. Dice que ellas querían que se divorciara. ¡Ja! Cualquier cosa que yo le digo sobre el tema le resbala como agua por la espalda de un pato. Siempre cree que tiene razón.
¡Siempre! Me acusa de manifestar favoritismo por Grace. Bueno, Grace nunca me ha ocasionado disgustos, señor Farley. ¡Ni siquiera uno! Pero
«ésa…» me desafió desde el mismo momento en que empezó a hablar.
Grace se casó con un buen hombre y tuvo hijos. Hizo un buen matrimonio, que es el deber de una mujer. ¡Ella no se fue de su casa para convertirse en enfermera! No es de extrañar que el esposo de Roberta no estuviera mucho en su casa. ¿Qué hombre querría quedarse en su casa, cuando su mujer va y viene de un lado a otro cuando le da la gana?
Myra siguió con las críticas, tantas que, cuando Gabe la dejó en la puerta de su casa, estaba dispuesto a bajarla de una patada sin detener la marcha.
Mientras veía a Myra subir al camión de Farley, Roberta se entregó a una extraña sensación de tristeza. Su madre no había cambiado. Era la misma autócrata opresora de su juventud. El deseo de escapar de ella formaba parte de la razón que la había impulsado a irse de Camden. ¡Qué equivocada estaba al creer que los años transcurridos desde entonces podrían haber atemperado a su madre!
Grace, Grace, la favorita había sido siempre Grace. Grace, que solía tocar al piano las canciones favoritas de su madre, que llevaba el pelo tal y como su madre quería, que caminaba, hablaba, actuaba como su madre le decía, que le gustaba esconderse detrás de las puertas y escuchar los chismes de su madre, que contaba con la aprobación de su madre para convertirse ella misma en una chismosa, que llevó a su casa a un hombre elegante y enamoradizo, capaz de derramar sus encantos sobre Myra y ocultarle sus faltas.
Grace, que se quedó en Camden, se casó con Elfred, le regaló su herencia para que empezara sus negocios, dio a luz a sus hijas y que desde entonces había hecho la vista gorda ante sus aventuras extramaritales.
Era evidente que Elfred había logrado engañar también a Myra.
Diez minutos después de que el camión de Farley se alejara, Roberta estaba sobre una silla, quitando unas cortinas rotas de una ventana de la cocina, cuando Elfred la tomó por la cintura con las dos manos.
–¡Caramba, caramba! ¡Esto es demasiado tentador para resistirse! –
exclamó.
Roberta soltó un grito agudo cuando él le rodeó el vientre con los brazos.
–¡Elfred, suéltame!
–¿Y si no lo hago? ¿Qué harás?
–¡Maldito seas, Elfred!
–¿Y si lo hago? ¿Qué harás?
Intentó desasirse, pero él era muy fuerte.
–¡Elfred Spear, te lo advierto! ¡Le diré a Grace que eres un asqueroso patán mujeriego!
Elfred se limitó a reír.
–No lo creo. Tú no le harías eso a tu única hermana.
–¡Lo haré! ¡Qué Dios me perdone, pero lo haré! ¡Elfred, basta!
–¡Oh, Birdy, es tan agradable verte excitada! ¿Cuánto hace que no retozas con un hombre? Me ofrezco como voluntario.
–¡Quítame las manos de encima Elfred!
Le dio un puntapié. Él gruñó pero persistió.
–Te diré una cosa, Birdy. Tienes más fuego del que ha mostrado tu hermana en diecinueve años. Un hombre que pasa todos esos años con un poste de madera como Grace merece alguna distracción. Vamos, Birdy, ¿por qué tú y yo no subimos esas escaleras y hacemos crujir los resortes de la cama?
–¡Elfred, eres el bruto más despreciable que Dios haya puesto jamás en esta Tierra! ¡Y ahora suéltame!
Elfred volvió a reír y le deslizó las manos hacia arriba de las pantorrillas.
Desde atrás se oyó la voz serena de Farley.
–Hola, Elfred.
Elfred giró la cabeza, sobresaltado.
–¡Oh, Gabe, eres tú! ¡Vaya, me has asustado!
–¿De veras?
–Bueno, no sabía quién era.
Elfred apartó las manos del cuerpo de Roberta. Gabe estaba parado en el vano de la puerta de la cocina, fingiendo indiferencia, cuando en realidad empezaba a sentir todo lo contrario.
–¿Qué te trae por aquí, Elfred?
–Sólo he venido a ver cómo va el trabajo y a decirle a Birdy que estoy pagando los gastos, tal y como ella pidió.
–El trabajo va muy bien. Esta mañana he tirado abajo el techo del pórtico.
Es probable que mañana empiece a reconstruirlo.
–Ya lo veo.
Gabe se dirigió despacio a la cocina. Elfred se acomodó la cintura del pantalón.
–Pensé que debía empezar por ahí -continuó Gabe-, para que la gente pueda llegar a salvo a la puerta de entrada. Señora Jewett, ¿necesita ayuda con esa barra de cortina?
Roberta se bajó deprisa de la silla.
–No, gracias.
Su cara mostraba un vivo color escarlata.
–Ahí afuera hay algo que quisiera mostrarte, Elfred. ¿Te importaría venir conmigo?
Se dio la vuelta y Elfred lo siguió.
No había nada que quisiera mostrarle a Elfred, pero salieron al patio, frente a la casa, y hablaron sobre qué color era el más adecuado para pintarla.
Hasta que por fin Elfred ensayó una explicación.
–Sólo trataba de pasar un buen rato con ella, Gabe. Ya sabes cómo es.
–Sí, sé cómo es. Sin embargo, creo que debes tener cuidado, Elfred. Ella es la hermana de tu esposa.
–¡Pero eso es parte de la diversión!
–¿Sabes, Elfred? Yo no creo que ella piense lo mismo que tú.
Elfred arqueó las cejas.
–Bueno, ¿qué es esto? ¿Una canción diferente de la que cantabas ayer, Gabe?
–Bueno, tal vez lo sea. Pero sucede que por casualidad me he enterado que acaba de tener una discusión con su madre, no hace más de media hora, y puedo decirte que la anciana fue bastante dura con ella.
–¡Vaya, Gabriel Farley! ¿Qué está pasando aquí? ¿No me digas que ahora la quieres para ti?
–Ah, vamos, Elfred, usa la cabeza. No puedes manipular de esa manera a una mujer. Oí muy bien sus objeciones desde el otro lado del patio.
Supongamos que, en lugar de ser yo, hubiese sido Grace quien se acercaba a la casa.
–¿Acaso reivindicas tus derechos sobre ella, Gabe?
Gabe dejó caer la mandíbula y meneó la cabeza mientras Elfred, acercándose a él, continuaba con una sonrisa maliciosa.
–Tú estás aquí, trabajas todos los días en su casa. Sería bastante fácil, ¿no, Gabe?
–No es ésa la razón por la que te saqué de la cocina.
–¿Ah, no? Entonces explícamelo otra vez.
Gabe levantó las palmas y las dejó caer con un gesto de resignación.
–¿Qué hay que explicar? Cuando una mujer ofrece enconada resistencia, te retiras, Elfred. Yo no debería explicártelo.
–Ya te he dicho, Gabe, que sólo trataba de divertirme un poco.
–¡Muy bien, Elfred! Muy bien. – Otra vez levantó las palmas y las dejó caer-. Lo que tú digas. Sólo que me parece que quizá ayer nos precipitamos
un poco al hacer comentarios picantes a sus espaldas, cuando ni siquiera la conocíamos. Pero si quieres seguir con tu juego de seductor, no volveré a interferir. Y ahora tengo trabajo que hacer.
Le dio la espalda y se agachó para recoger su cinturón de herramientas. Una vez se lo ajustó alrededor de la cintura, se puso a trabajar con el suelo del porche, dejando a Elfred pensando en lo que había dicho. Por fin, con una pose fanfarrona, Elfred contestó:
–Bien, Gabe, te diré algo. Yo no voy a meter las narices en tu territorio, pero no te perderé de vista. Después de todo, ella es la hermana de mi esposa y es mi obligación velar por su bienestar.
Con una sonrisa maliciosa, Elfred se fue, sin volver a molestar a Roberta.
Gabe clavó la mirada en su coche mientras se alejaba y pensó que Elfred era un tipo de lo más repulsivo. ¿Fue el día anterior cuando él mismo lo había instigado?
En la cocina, Roberta fregaba con un cepillo de cerdas duras el suelo mugriento de Sebastian Dougal, con tanta energía como si se tratase del hígado de su cuñado.
Aunque Roberta y Gabe se mantuvieron lejos uno del otro a medida que pasaba el día, la escena de la cocina permaneció en sus mentes. Tal vez la habían dejado a un lado, pero los sonidos que se filtraban dentro y fuera de la casa les recordaban que el otro trabajaba cerca, simulando que el incidente con Elfred no había sucedido.
Por fin, a las tres y media, Roberta se secó la frente con el dorso de la mano y aguzó el oído. Nada, sólo silencio. Echó una mirada a su delantal sucio, lo desató y se sacudió la falda una o dos veces, mojada a la altura del vientre y sucia en los bordes. Estaba demasiado cansada para que le importara. ¡Qué día! ¡Dios, odiaba los trabajos de la casa! Odiaba a Elfred. Casi odiaba a su madre. Ya no estaba tan segura con respecto a Gabriel Farley, pero le
resultaba muy desagradable saber que trabajaba allí afuera, pensando quién sabe qué cosas sobre su altercado con Elfred.
¿Pero qué estaría haciendo ahí afuera?
Se paró debajo de la arcada de la cocina para mirar a través de la sala. Todo el pórtico de entrada había desaparecido, la habitación se veía más luminosa y la puerta de entrada quedaba suspendida a poco más de un metro del suelo. Arrojó el delantal sobre una silla de la cocina y fue hasta la puerta de la sala. Farley estaba parado en medio del desorden del patio de espaldas a ella, bebiendo de una botella de zumo de fruta. Se había quitado un guante de cuero y lo sujetaba contra la cadera mientras doblaba hacia atrás la cabeza. Lo observó, tratando de adivinarle los pensamientos. Gabe volvió a beber, se secó la boca con la palma de la mano y tapó la botella. Después de arrojarla al suelo, se tomó su tiempo para ponerse otra vez el guante y se inclinó para recoger las tablas de ripia descartadas. Cargó un montón de ellas en un brazo, se giró y entonces la vio, parada en el vano de la puerta.
Y se quedó paralizado como si hubiese encontrado un oso en el bosque.
Ella hizo lo mismo.
Durante varios segundos se miraron fijamente, recelosos. Por fin fue Roberta quien habló:
–Supongo que piensa que yo lo alenté.
–No, no lo pienso.
Cargó las tejas unos pocos pasos más y las dejó caer.
–¿Pero no es eso lo que hacen las mujeres «divorciadas»?
–Elfred es famoso en toda la ciudad por andar a la caza de mujeres. Todo el mundo lo sabe, excepto su esposa.
–Es un hombre patético.
Todavía aguijoneado por las insinuaciones de Elfred, Gabe se sintió obligado a ensayar una justificación.
–Puede ser, pero cuando un hombre busca por otro lado, por lo general hay una razón bastante buena.
–¡Ah, ésa es una reacción típica de un hombre! – respondió ella con desprecio-. Naturalmente, usted le echa la culpa a mi hermana de los pecadillos de Elfred.
–No culpo a su hermana, no la conozco lo suficiente. Sólo estaba generalizando.
–¡Bueno, haga sus generalizaciones en cualquier otro lugar, porque yo no tengo ningún interés en escucharlas! Él es un padre de familia con tres hijas.
¿Cómo cree usted que se sentirían si descubrieran que su padre se acuesta de manera indiscriminada con cualquier mujer que se le antoja?
Gabe golpeó las palmas de los dos guantes sucios.
–Mire, me arrepiento de haber dicho lo que dije, ¿de acuerdo?
–Bueno, mejor así, porque ustedes, los hombres, no se rigen por pautas dobles, sin considerar que las esposas y los hijos sufren cuando tienen sus
« affaires inocentes». ¡Yo lo sé porque tuve un esposo exactamente igual a Elfred!
Se dio la vuelta y desapareció dentro de la casa. Gabe se quedó con la mirada fija en el umbral vacío. Como muchos hombres de la ciudad, él se había reído muchas veces por los adulterios de Elfred y menospreciado a la esposa por su ignorancia «Grace Spear, esa gorda mandona -comentaban todos-. No es extraño que Elfred la engañe en sus propias narices.» A Elfred le gustaba flirtear con las mujeres mientras Grace se hallaba presente, y Gabe, como muchos otros, lo había encontrado divertido. Pero al verlo
utilizar las mismas artimañas sucias con Birdy Jewett lo hizo preguntarse qué tenía en realidad de divertido.
Mientras apilaba las tablas para hacer una fogata, pensó en el esposo de Roberta. ¿Cuántas mujeres había tenido? ¡Lo sabían sus hijas! Era evidente que sí. Le pareció una situación muy dolorosa para las pequeñas saber que su padre se acostaba con un montón de mujeres aparte de su madre.
Inmerso en sus pensamientos, no se percató del regreso de las niñas hasta que la más pequeña, que tanto le había gustado, se dirigió a él:
–¡Hola, señor Farley! ¡Mire quién está aquí!
–¡Hola, papá!
–¡Isobel! ¡Qué sorpresa, por Dios!
–Susan y yo nos conocimos en el recreo -explicó Isobel-, y yo le dije que trabajabas para su madre. Así que ella me preguntó si quería venir a ver dónde van a vivir.
–¡Nuestro porche ha desaparecido! – exclamó Rebecca.
–Estoy a punto de quemar todos los restos.
–¡Oh! ¿Podemos ayudarlo?
–¡Oh, sí, por favor! ¿Podemos?
Susan tomó a Isobel de la mano.
–Ven conmigo, subamos a la puerta de entrada y te mostraré nuestra habitación. ¡Desde nuestra ventana podemos ver la montaña! ¡Mamá ya estamos en casa!
Las cuatro niñas treparon por encima de las tablas y cuando Roberta apareció en el umbral empezaron a empujarse unas a otras.
–¿Qué tal os ha ido en la escuela? ¿Me presentáis a vuestra amiga?
–¡Esta es Isobel! – gritaron todas a coro.
Lydia, entretanto, se balanceaba a los pies de su madre.
Gabe levantó un tablón y cruzó el patio deprisa.
–¡Niñas, esperad!
Lo apoyó en ángulo de manera que pudieran subir por él, mientras parloteaban sobre la escuela, Isobel, sus maestras, la fogata… Gabe, con una sola hija, estaba acostumbrado al silencio y a la calma. Aquello era una violación a su tranquilidad. Las niñas bombardeaban la casa, se balanceaban sobre el tablón y parloteaban sobre cuatro cosas a la vez. De alguna manera, en medio del cotorreo, el nombre completo de Isobel penetró en los oídos de Birdy.
–¿Isobel Farley? – repitió entonces.
–Sí, él es mi padre -confirmó Isobel.
Desde su posición ventajosa, en lo alto del porche, Roberta se encontró con la mirada de Gabe. Las adolescentes no tenían la menor idea de la hostilidad que había entre sus respectivos padres.
–Ah… sí, por supuesto. Bueno, bienvenida, Isobel.
–Su padre va a hacer una fogata para quemar las tablas -comentó Lydia-.
¿Podemos ayudarlo, mamá?
–¡Sí, por favor! ¿Podemos?
–¡Tenemos hambre! ¿Hay algún pastel? ¿O cualquier otra cosa?
–Eh… ¿Pastel?
Roberta apartó la vista de Gabe para contestar a las niñas.
–No, no he tenido tiempo de preparar nada.
–¡Pero estamos hambrientas!
–Tengo algunas galletas.
Las cuatro se lanzaron en tropel escalera arriba para ver el cuarto de las niñas, después volvieron a bajar para comer las galletas antes de descender por el tablón y descubrir que Gabe había encendido la pila de tablas.
Corrieron hasta la fogata, a pesar de que ninguna se había cambiado la ropa de la escuela, algo que Gabe se había ocupado de enseñar a Isobel.
Empezaron a juntar tablas y alimentar el fuego, mientras Gabe lo atizaba con un rastrillo.
Sin preámbulos, Rebecca empezó a recitar.
–« Por las costas de Gitche Gummee, por el agua resplandeciente del gran océano….»
–¿Qué es eso? – preguntó Isobel.
–Eso es Hiawatha. ¿No conoces a Hiawatha?
Hizo una pausa y adoptó una pose dramática.
– Yo soy Hiawatha, un indio indómito, valiente, que ayuna en la foresta en la alegre y placentera primavera.
Sin el menor asomo de escrúpulos, empezó a cantar y bailar como si estuviera vestida con piel de ante y plumas de águila. Sus hermanas la
imitaron y bailaron también dando vueltas y vueltas alrededor del fuego, con los brazos extendidos y los cuerpos ondulantes, mientras Isobel, tan inhibida como su padre, las miraba asombrada.
Gabe observó cómo su hija luchaba por equilibrar su fascinación con una renuencia natural a unirse a ellas. En un momento lo miró con los ojos muy abiertos y él vio con toda claridad su deseo de ser como esas niñas. Pero se había criado como hija única y había pasado demasiados años sola como para sentirse libre en medio de las fierecillas indomables de la señora Jewett. Gabe supo de inmediato que no actuaban para él. Ellas eran así, simplemente espontáneas.
De repente, Rebecca interrumpió su canto.
–¡Ya sé! – exclamó-. ¡Langostas!
Sus hermanas también dejaron de cantar.
–¡Podemos recoger algunas si la marea está baja y cocinarlas sobre nuestra fogata!
Decidida, corrió hacia el tablón.
–¡Le preguntaré a mamá! ¡Mamá! ¿A qué hora sube la marea?
Roberta volvió a aparecer en la puerta.
–Dentro de una hora más o menos.
–¡Entonces tenemos que darnos prisa! ¿Podemos ir a recoger algunas langostas y cocinarlas sobre la fogata?
–La cesta está en mi dormitorio, llena de toallas.
Se dio la vuelta y sus tres hijas se precipitaron detrás de ella. Subieron por el tablón y entraron en medio de un gran alboroto. Momentos después, con
Lydia a la cabeza, volvieron a bajar con la cesta.
–¡Vamos, Isobel! – le gritó Lydia-. ¡Tienes que enseñarnos dónde está la caleta Sherman! ¡Allí es donde mamá dice que se encuentran las langostas!
Isobel estaba como anclada en el suelo, indecisa. Alzó los ojos hacia su padre.
–¿Puedo?
–¿Langostas?
Nadie comía langostas. Con la marea alta se amontonaban sobre las rocas y hacían porquerías entre ellas. Aquellos que se molestaban en levantarlas las enterraban para fertilizar la tierra.
Isobel se encogió de hombros.
–¿Estás segura de que quieres comer langostas? – le susurró Gabe al oído.
–Yo quiero ir con ellas. Por favor, papá.
Él albergaba sus dudas sobre aquel trío salvaje, pero Isobel tenía en sus ojos una ansiedad que no le veía desde hacía tiempo. Y por cierto que se divertiría mucho más si iba con ellas a la caleta Sherman, que si volvía a casa con él para compartir una cena solitaria para dos.
–Está bien -concedió-, pero primero deberías cambiarte de ropa.
–¡Pero, papá! ¡Si lo hago, será demasiado tarde!
La casa de los Farley quedaba en dirección opuesta a la caleta Sherman, y las langostas no se demoraban mucho sobre las rocas, una vez que el aire les golpeaba el lomo.
–Bueno, está bien. Ve con ellas. Pero mañana te cambias inmediatamente
después de la escuela, como de costumbre.
–¡Gracias, señor Farley! – gritaron a coro las otras tres, e Isobel corrió tras ellas.
Lo último que Gabe vio de su hija fue que corría para alcanzar a Lydia, que llevaba la cesta sobre la cabeza.
Durante la espera, el silencio se apoderó del lugar salvo por el crepitar del fuego. Roberta se quedó en el umbral; Gabe, junto a la fogata. Reconocían que sus hijas empezaban a entablar una amistad que tal vez ninguno de los dos deseaba alentar, pero sus razones eran egoístas y eso los hacía sentirse aún más incómodos el uno con el otro.
–Bueno, será mejor que vaya a comprar algo de mantequilla -dijo Roberta por fin, y desapareció de la puerta.
Él continuó con la limpieza del patio, levantó clavos, alimentó el fuego, guardó algunas tablas para que las quemaran las niñas cuando regresaran.
Minutos después, Roberta bajó por el tablón con una bolsa de las que se usaban para cargar comestibles. Se había peinado y cambiado la falda. Gabe le volvió la espalda para hacerlo más fácil para los dos y se agachó para recoger algunas tablillas mientras ella cruzaba el patio detrás de él. Sabía muy bien, sin embargo, que se dirigía colina abajo para comprar algunos comestibles y que tendría que cargarlos pendiente arriba. Ella sólo tenía dos pies, mientras que él tenía un camión Ford y su madre no había dejado de insistirle sobre los buenos modales.
Se apartó del fuego y la llamó:
–¡Señora Jewett!
Ella se detuvo.
–¿Puedo llevarla con el camión?
–No, gracias, señor Farley -contestó resuelta-. No creo que sea conveniente que vuelvan a vernos juntos en su camión. Caminaré.
Gabe soltó un suspiro de alivio mientras la observaba alejarse en la misma dirección en que se habían ido las niñas.
Su deseo habría sido irse antes de que ella regresara, pero un hombre responsable no deja brasas encendidas para que arrojen chispas y prendan fuego a la casa de una mujer. Así que terminó de rastrillar la tierra, recogió la basura con una pala, la metió dentro de una bolsa de yute y quemó la mayor parte de las tablas restantes. Sus herramientas estaban en el camión y él se hallaba en cuclillas junto al lecho de brasas ardientes, cuando volvió Roberta cargada con dos bolsas. La acompañaban las niñas que arrastraban la cesta con su tesoro cubierto con algas marinas. Sus vestidos estaban sucios, y sus zapatos, mojados. El cabello de Isobel colgaba como hierba de mar. Todas hablaban al mismo tiempo.
–¡Mira! ¡Son enormes!
–¡Oh, el fuego está a punto!
–Mamá ¿dónde está la olla para langostas?
–¡Ven a verlas, papá! ¡Rebecca sabía cómo ponerles unas varillas en las tenazas para que no nos pincharan!
Siguieron las expresiones de admiración por las langostas, con cuatro niñas desgreñadas que corrían por todo el patio, dentro de la casa y otra vez afuera. Roberta pasó detrás de Gabe con sus dos bolsas pesadas.
–¿Todavía está aquí, señor Farley? Pensaba que se habría ido.
–No creí prudente dejar el fuego sin vigilar.
Mientras subía el tablón, Roberta le dijo:
–Si quiere, puede quedarse a comer con nosotras.
¿Langostas? Gabe se estremeció. Además, recordó la insinuación de Elfred.
–No, gracias. Me iré a casa.
En lo alto del tablón, Roberta dejó sobre el suelo la pesada carga y se giró mientras se frotaba los brazos.
Gabe se sentía un idiota por haber dejado que cargara latas y botellas de leche cuesta arriba.
–Debería haber permitido que la llevara -comentó.
Ella lo miró fijamente, como si fuera a decidir que él tenía razón.
–Ya le he dicho que estoy acostumbrada a arreglarme por mi cuenta. Por otra parte, veo que no le gustan las langostas.
Gabe se fue a su casa y comió solo. Sardinas y galletas de agua. Y algunos melocotones. Dos tazas de café caliente y tres pastelillos de canela que había hecho su madre. La cocina estaba ordenada y reluciente bajo la nueva luz eléctrica. Caramel, la gata, trepó a la silla y se acostó sobre su regazo.
Gabe fijó los ojos en el reloj de pared, notó un reflejo de luz rojiza en la ventana e imaginó el patio de las Jewett con las langostas hirviendo en una olla. Se levantó para lavar sus cubiertos y su taza, regó las plantas interiores de Caroline, barrió la cocina y sacudió las alfombrillas. Cuando terminó, Isobel seguía sin aparecer. Se bañó y afeitó, y su hija todavía no había vuelto a casa. Siguió pensando en esas brasas y en esa pandilla impredecible que la acompañaba. ¡Demonios! Por lo que sabía, eran capaces de hacerla caminar descalza sobre las brasas para que representara el papel de diosa de un volcán hawaiano.
Cuando por fin apareció, jadeante y con el rostro arrebatado, él se había
puesto ropa limpia con la intención de volver allí para buscarla.
–¿Papá? – llamó desde abajo-. Papá, ¿dónde estás?
–¿Isobel?
Subió de dos en dos los escalones y se precipitó en su dormitorio.
–¿Dónde diablos has estado hasta tan tarde?
–Oh, estuvo con las Jewett y, papá, ¡son tan divertidas!
–¿No te das cuenta de la hora que es?
–Pero tú sabías dónde estaba.
–Sí, pero no creí que te quedarías hasta tan tarde.
–No son ni siquiera las ocho, papá, y estuvimos sentadas alrededor del fuego. La señora Jewett trajo un libro de Longfellow y nos leyó el primer verso de The Song of Hiawatha. Después se turnaron para leer cada una un verso. ¡Se saben de memoria algunos de ellos! Y pueden pronunciar todas las palabras indias. Y vino una lechuza y se posó en ese árbol grande del patio y nos miraba como si también estuviera escuchando. ¡Y la señora Jewett la llamó y ella enderezó la cabeza y la giró por completo hasta que se quedó mirando hacia atrás! También sabía qué clase de lechuza era. Era un búho enorme, pero se alejó volando sin hacer el menor ruido. ¡Mañana leeremos los cinco versos que faltan!
Tanto entusiasmo impresionó a su padre.
–¿Mañana?
–Sí, después de la escuela. Y Rebecca quiere hacer trajes y ensayar una obra de teatro. Pero yo no quiero hacerlo. No sé actuar.
–¿Cómo lo sabes? Nunca lo has intentado.
–Pero lo sé. Además, no me gusta que la gente me mire. Pero la lectura sí me gusta.
Isobel pensaba que la gente siempre le miraba las orejas, y Gabe no sabía cómo consolarla.
–¿Cómo estaban las langostas? – le preguntó para cambiar de tema.
–Feas de aspecto, pero muy sabrosas. La señora Jewett derritió manteca y frió unos bocadillos de arroz y los comimos con las manos, sentadas alrededor del fuego.
–Se nota. Tu vestido está muy sucio. Bien, ¿por qué no subes a bañarte y a quitarte esa ropa? Mañana la llevaré a casa de la abuela para lavarla.
Una hora después, cuando no oyó más ruidos en la habitación de su hija, Gabe llamó a la puerta y la encontró sentada con las piernas cruzadas sobre la cama, vestida con un camisón azul pálido y escribiendo. Entró y se sentó a los pies de la cama, apoyado sobre una mano.
–¿Qué es eso? – preguntó.
–Un poema.
–¿Escribes poemas?
Ella lo giró boca abajo, con expresión satisfecha.
–Creí que no te gustaba la poesía.
–Eso era en la escuela.
–¿Es diferente en casa?
–Es diferente en su casa. Todo es diferente en aquella casa.
–Isobel -pronunció su nombre con dulzura-, yo sé que hoy lo has pasado muy bien con las Jewett, pero tú y ellas sois muy diferentes. Su madre les permite ser bastante desenfrenadas, y yo no quiero que tú lo seas. No puedes estar fuera de casa cuando anochece y corretear después de la escuela sin cambiarte de ropa y comer alrededor de una fogata como una india salvaje.
–¡Vamos, los indios no son salvajes! ¿Has leído Hiawatha?
–No, no lo he leído, Isobel. Pero la cuestión es…
–Bueno, deberías leerlo. Cuenta cómo aman la tierra y el cielo y todo lo que los rodea. Y hoy me he divertido tanto con Rebecca y sus hermanas… En esta ciudad son todos tan aburridos.
–Isobel, su madre está divorciada.
–¡Su madre es más divertida que cualquier madre que haya conocido jamás!
¿Y eso qué tiene que ver con que yo sea amiga de ellas?
–Es la manera en que ella las educa y las deja hacer lo que quieren. Si empiezas a relacionarte con ellas, adquirirás sus malos hábitos y tendrás mala reputación.
Lo miró sorprendida.
–¡Caramba, padre, me sorprendes! Llevan apenas dos días en la ciudad, ¿y ya estás divulgando rumores sobre ellas?
–No estoy divulgando rumores.
–Sí, lo haces. Y mamá decía «Primero averigua y juzga después». ¿No es eso lo que decía siempre?
–Isobel, sólo te pido que recuerdes las buenas maneras que siempre te hemos enseñado y las reglas que hemos tenido en esta casa.
–Lo haré, padre.
Era la segunda vez que lo llamaba «padre», y Gabe lo tomó como una reprimenda.
–¿Entonces puedo ir mañana a casa de las Jewett?
Él no tenía ninguna razón lógica para negarse.
–Si primero te cambias de ropa y actúas como una dama mientras estés allí.
–Lo haré.
–Y volverás a casa para cenar conmigo.
–Lo haré.
Cuando Gabe se levantó y dijo «buenas noches», Isobel lo miró y trató de recordar si alguna vez la había abrazado de la manera que la señora Jewett abrazaba a sus hijas. Lo había hecho cuando regresaron a casa de la escuela y varias veces más durante aquella velada increíble. Lo hacía sin ninguna razón en particular, a veces cuando pasaba junto a ellas, en el patio. En una ocasión, mientras Lydia leía, la señora Jewett extendió la mano y le acarició la cabeza. Y Lydia siguió como si ni siquiera lo hubiese notado. Yo habría notado si papá me hubiese acariciado la cabeza alguna vez. O si alguna vez me hubiera abrazado para desearme buenas noches, o para despedirme cuando voy a la escuela, pensó.
Se tapó con las sábanas y de repente sintió la punzada aguda de soledad que se cuidaba muy bien de ocultarle a su padre cada vez que la acometía. La imagen de su madre se desvanecía. Antes recordaba su cara con claridad, pero ahora sólo podía hacerlo cuando miraba la fotografía que su padre conservaba sobre la mesita de noche en su dormitorio.
–Mamá-murmuró en la oscuridad-. Mamá…
A veces lo susurraba de esa manera porque nunca tenía oportunidad de hacerlo en voz alta como lo hacían otros niños.
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Capítulo 6
No existe una verdadera primavera en Maine.
Roberta había oído eso durante toda su vida y la mañana siguiente lo confirmó. El tiempo benigno del día anterior había cambiado de manera brusca y el cielo se había oscurecido hasta formar un espeso colchón de lana gris. Las nubes cargadas de vapor merodeaban al nivel del mar y descargaban su humedad sofocante sobre todo lo que se movía entre ellas.
Incluida Roberta.
Tan pronto como las niñas salieron para la escuela, se puso un abrigo corto de lana cerrado hasta el cuello, cogió su paraguas y se dispuso a ir a la agencia de automóviles Boynton. Cuando abrió la puerta principal, comprobó que todavía no había señales de Gabriel Farley. El tablón estaba resbaladizo y patinó hasta abajo. Después pasó junto a la mancha negra donde la noche anterior habían encendido el fuego. Los restos mojados de carbón vegetal despedían un olor acre, pero los agradables recuerdos de la noche dieron impulso a sus pasos. Roberta disfrutaba participando en las travesuras de sus hijas. Además, Isobel Farley había sido un complemento jovial… un poco tímida, pero una ávida discípula.
Todos los indicios apuntaban a que vería muy a menudo a Isobel por su casa. Si eso significaba encontrarse de vez en cuando con su padre, tendría que limitarse a sonreír y soportarlo.
Lo apartó de su mente mientras bajaba por la calle Washington con los zapatos cada vez más mojados. En el extremo norte de la calle Main se paró debajo del letrero que no había podido leer el día de su llegada. Debajo de sus nombres, los Boynton anunciaban: AGENCIA DE VENTA DE
AUTOMÓVILES DE PRIMERA CALIDAD. DEPÓSITO Y
MANTENIMIENTO DE AUTOMÓVILES.
Dentro olía a goma, pero por suerte estaba seco. Los Boynton habían encendido la luz eléctrica de modo que las luces del techo disipaban las tinieblas. Roberta dejó el paraguas en el paragüero junto a la puerta de entrada y golpeó con los pies en el felpudo de crin.
–¡Buenos días! ¿Puedo ayudarla en algo?
Levantó los ojos y se encontró con la cara de un hombre robusto con gafas, que rondaría los cuarenta años. Llevaba bigote y vestía un traje a rayas finas.
–Espero que sí. Quisiera comprar un automóvil.
Fue más que evidente que él no esperaba semejante respuesta. Tardó unos segundos en contestar, mientras se frotaba las palmas de las manos.
–Por supuesto, señora. Hamlin Young a sus órdenes. ¿Y usted es…?
–Roberta Jewett.
–Señora Jewett, por aquí, por favor.
Mientras la conducía al interior echó una mirada a la puerta.
–¿Está su esposo con usted?
–No tengo esposo. El coche es para mí.
El hombre se detuvo junto a un Oldsmobile negro y frunció las cejas, como si tratara de recordar.
–Jewett… Jewett… ¿Usted no será la cuñada de Elfred Spear, verdad?
–Sí, lo soy. La hermana de Grace.
–Ahhh… -murmuró mientras se daba unos golpecitos en el mentón-.
Alguien me dijo que venía a vivir a Camden.
Elfred, sin duda alguna. Por la manera en que los ojos de Hamlin Young chispearon con nuevas especulaciones, también debió de haberle mencionado que Roberta era divorciada. Ya había visto esa reacción suficientes veces como para predecir lo que sucedería después. El hombre se tomaría la libertad de tocarla en alguna parte.
–Nací y crecí aquí -le aclaró.
–Sí, por supuesto. Y ¿con quién estaba casada?
–Usted no lo conocía. El automóvil, señor Young -le recordó.
–Ah, sí, claro.
Roberta no se equivocaba: le tocó el codo con la punta de los dedos.
–¿Ha viajado alguna vez en uno?
–Sí, un par de veces.
–¿Ha conducido uno?
–Una sola vez.
–¿De veras? ¡Bien! Es sorprendente. Debo admitir que todavía no le he vendido un automóvil a una mujer. Según mi leal saber y entender, ninguna mujer ha conducido uno en Camden.
–Entonces yo seré la primera. Tengo algunas preguntas que hacerle, señor Young, sobre el precio y el mantenimiento.
–Nos ocuparemos de eso más tarde. Primero permítame mostrarle lo que
tenemos.
La tocó otra vez mientras le presentaba el Oldsmobile, y otra vez cuando la condujo hacia un Overland de paseo. Cuando se acercaron a un modelo común de Fort T, ella se hizo a un lado con gran habilidad y mantuvo mucho espacio entre los dos.
–¿Qué precio tiene éste?
–Trescientos sesenta dólares, con arranque rápido de última generación, incluido un sistema de engranaje planetario.
Sólo trescientos sesenta. Elfred había hablado de seiscientos.
–¿Ése arranca y opera igual que un camión Ford C?
–¿Un camión C? – La escudriñó con mayor agudeza-. Bueno… sí. ¿Ha conducido un camión, señora Jewett?
Roberta comprendió de inmediato su error.
–Bueno… sí. Y debo añadir que lo hice bastante bien. ¿Se encargan ustedes de las reparaciones?
–Sí, señora. Somos los dueños del Taller Camden, que queda justo aquí al lado, y en la parte de atrás tenemos nuestras propias maquinarias y un cuerpo de mecánicos experimentados. Arriba, en el segundo piso, tenemos repuestos de todas las clases y una confortable sala de espera para nuestros clientes. Hasta contamos con una conexión telefónica allá arriba. ¿Le molestaría si le pregunto de quién era el camión que condujo, señora Jewett?
–Sí, me molestaría, señor Young. ¿Qué relación tiene eso con mi deseo de comprar este automóvil?
–Bueno, sólo me preguntaba si por casualidad habría sido el camión de
Gabe Farley.
–¡Sí, fue ése! – respondió exasperada.
–Ah, qué bien, porque Gabe lo compró aquí. Él le informaría de la clase de trabajo que hacemos. Vaya, Gabe conoce a todo el mundo en este lugar.
Estaba segura de que así era. Como también estaba segura de que todo el mundo del lugar se enteraría de que había viajado con Farley en su camión.
–Gabe es un buen hombre. ¿Así que le dio algunas pequeñas lecciones de conducir?
–Sólo una, muy breve. Pero lo suficiente para que me diera cuenta de que puedo hacerlo.
–Ah, no tengo ninguna duda. Pero yo no haría bien mi trabajo si no le advirtiera sobre algunas cosas, para saber qué hacer si conduce durante algunas horas. ¿Le mencionó Gabe algo sobre emparchar neumáticos?
–¿Emparchar neumáticos?
–Tendrá que llevar siempre una caja de parches. Los vendemos aquí, en el piso de arriba. Pero no creo que a usted le guste hacer un trabajo tan sucio.
–¿Qué más?
–Si no se puede emparchar el neumático, lo tendrá que reemplazar mientras la llanta queda fija en el auto, y, con toda franqueza, señora Jewett, no creo que una mujer pueda hacerlo. Se necesitan tener buenos músculos. No le miento, es un trabajo endemoniado incluso para un hombre.
–¿Con qué frecuencia se gastan?
–Depende de los caminos por los que transite. Arriba, en las montañas, algunos son bastante malos. Rocas, derrumbes por el arrastre de las aguas,
lo que quiera.
–¿Pero yo podría emparcharlos?
–Podría. Con una pequeña lección.
–¿Algo más?
Roberta lamentó haber preguntado. Fue informada sobre la necesidad de ajustar con frecuencia el carburador, estirar las bandas de transmisión y reemplazar las correas del ventilador.
–Pero yo pensé que ustedes hacían las reparaciones.
–Estas son cosas que pueden suceder en plena carretera.
–¡Ah!
Por primera vez mostró una señal de desaliento.
–No me tome a mal, señora Jewett. Yo vendo estos vehículos y no debería hablar mal de ellos. Son buenas máquinas y bastante fiables cuando son nuevas, pero no me sentiría bien si le vendiera una a una mujer sin esposo, a menos que ella supiera a qué se va a enfrentar. A la larga, es muy probable que deseara haber comprado un caballo.
–No tengo sitio para alojar un caballo.
–Bueno…
Con un gesto de resignación, levantó las dos manos y las dejó caer.
–¿Puedo preguntarle para qué necesita un automóvil?
–Soy enfermera pública, contratada por el estado de Maine. Tendré que viajar mucho.
–Ah, ya veo.
Young notó la decepción de Roberta y volvió a tocarla, esta vez en el hombro, con una mano abierta que se demoró un poco más.
–Si decide comprar uno, estaré encantado de mostrarle cómo hacer alguna de estas cosas.
El engreimiento del hombre acabó con su momentáneo temor; se liberó del contacto de la mano.
–Si un hombre puede hacerlo, yo también. Y si es un trabajo demasiado pesado, conseguiré ayuda. Volveré dentro de un rato, señor Young.
A continuación se dirigió al banco de Camden. El señor Tunstill, el vicepresidente, arqueó las cejas con arrogancia, echó una ojeada a sus zapatos gastados y al abrigo pasado de moda, y le informó que su banco no autorizaba préstamos de ciento cincuenta dólares a las mujeres. Mucho menos a las mujeres que no tenían un hombre que las mantuviera. ¿Una enfermera pública? Eso no le impresionaba, y tampoco podía ayudarla.
Sugirió que encontrara un hombre con un automóvil y que se casara con él, si quería conducir.
–Buenos días, señora Jewett.
Diez minutos después estaba otra vez afuera bajo la lluvia. Y tan enojada, que ni siquiera se dio cuenta de que también sus medias estaban empapadas.
De regreso a la agencia Boynton, le preguntó al señor Young qué arreglos podrían hacerse si no tenía suficiente dinero en efectivo. Él lo lamentaba, dijo, pero sin un préstamo del banco tenía las manos atadas. No tenía automóviles usados, pero tenía algunos para alquilar. El alquiler, sin embargo, era tan alto que a la larga resultaba un mal negocio. Así que una vez más Roberta terminó en la calle debajo de su paraguas. En un intento por calmarse, se dirigió a la oficina de correos e hizo los trámites para la
entrega de su correspondencia, después entró en el restaurante Gold y se regaló una taza de café caliente. Sin ninguna ceremonia, la camarera le preguntó quién era y cuando Roberta le dijo su nombre, tres mujeres la miraron fijamente y susurraron entre ellas. Dos viejos acodados en el mostrador se giraron y gastaron bromas.
Salió del Gold pensando que sólo tenía una posibilidad más. Y a pesar de lo repugnante que era él, decidió ponerlo a prueba.
El tenorio de la ciudad. Elfred.
Su compañía estaba ubicada en la manzana del templo masónico, en uno de esos nuevos edificios de ladrillo visto, con arcadas encima de las ventanas.
Cuando entró preguntando por su cuñado, había cuatro personas trabajando en la oficina. El la vio a través de la mampara de vidrio de su oficina y casi se rompió una rodilla al saltar de la silla.
–¡Birdy!
Fue hacia ella con los brazos abiertos.
–¡Qué sorpresa! Georgie, ésta es mi cuñada, Birdy Jewett.
Fue presentada a todos y conducida adentro bajo los brazos posesivos de Elfred, mientras los seguían los ojos inquisitivos de los empleados. La invitó a sentarse en un sillón de roble junto a su escritorio, y giró el suyo para sentarse de frente a ella, tan cerca que casi se tocaban sus rodillas. Los ojos de Elfred brillaban con malicia.
–¿Qué te trae por aquí, Birdy? ¿Has cambiado de idea sobre lo que sugerí ayer?
–¡Basta, Elfred!
Él sonrió y se reclinó en su sillón con una mueca de satisfacción, cruzó las rodillas y extendió un pie hasta que se perdió entre los pliegues de la falda
de Roberta.
–Le dije a Farley que le dejaría el terreno libre, pero parece que tal vez hablé demasiado rápido, ya que ahora estás aquí y me causa un inmenso placer verte.
Roberta levantó un pie y empujó su sillón unos centímetros hacia atrás. Él no necesitó más que rodar unos centímetros hacia adelante y metió el pie en el mismo lugar.
–Tus empleados están mirando -le recordó Roberta.
–Lo único que pueden ver son nuestras cabezas y hombros. ¿Qué deseas?
–Un préstamo.
–Ah… un préstamo -repitió con tono burlón y movimientos insinuantes con las cejas.
–De ciento cincuenta dólares.
–¿Para ese automóvil que quieres comprar?
–Así es.
–¿Y tú qué ofreces a cambio?
–Nada. Te firmaré un pagaré.
–Hummm… no es suficiente. Tendrás que hacer algo mejor que eso, Birdy.
Empezó a deslizar su zapato negro por su pierna. Ella le golpeó la rodilla con el tacón y lo empujó hacia atrás con sillón y todo. Elfred soltó un quejido entrecortado y se quedó con la boca abierta.
–No, eres tú el que deberá hacer algo mejor, Elfred. Salvo que quieras que
le diga a Grace que sugeriste intimar conmigo al cabo de veinticuatro horas de mi llegada a la ciudad.
Él se frotó la rodilla y le habló con notable cordialidad.
–No trates de engañarme, Birdy, porque yo soy un embaucador mucho más grande que tú.
–¿No crees que se lo diría? – Inclinó la barbilla y lo miró fijamente.
Deseaba tener unas serpientes a mano-. Ponme a prueba.
La amenaza empezaba a calar en Elfred, que perdió su aire de suficiencia.
–Eso es chantaje, Birdy, y lo sabes.
–Sí, ¿y no es encantador? Si quieres demandarme, adelante. Por supuesto, tendrás que reflexionar sobre si vale la pena, o no, correr el riesgo de perder el respeto de tu esposa y tus tres hijas. Porque yo se lo diré a Grace, ten la plena seguridad. De todos modos, no estoy muy contenta con ella. Debe de haber divulgado por toda la ciudad el chisme sobre mi divorcio, porque las mujeres me miran con ojos torcidos y los hombres adoptan poses de estatuas griegas en cuanto oyen mi nombre. Y con absoluta franqueza, Elfred, me dais todos asco. ¡Así que no me pongas a prueba! Necesito cinto cincuenta dólares y puedo firmar un pagaré con todas las reglas de cortesía y urbanidad, o puedo crear un grave problema en tu vida familiar. Ahora
¿qué eliges?
La expresión presumida de Elfred se había congelado.
–Tú sí tienes coraje, Birdy. ¿Lo sabías?
–Sí. Ciento cincuenta, por favor, Elfred. Y hazlo rápido, antes de que decida decírselo a Grace de cualquier modo.
El se deslizó con el sillón hasta una caja fuerte de hierro negro y empezó a girar la rueda. Roberta veía su espalda, y cuando se giró llevaba un fajo de
billetes en la mano.
–Lo repito, Birdy: esto es chantaje.
Le entregó los billetes y ella los guardó en el bolsillo de su abrigo mientras se ponía en pie.
–Ordena que preparen un pagaré y lo firmaré. No puedo pagar más que cinco dólares al mes, pero seré siempre puntual, querido cuñado.