Un Verano, Una Mujer
Gabe se puso de pie y levantó…
Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.
Gabe se puso de pie y levantó el balde con las herramientas.
–Olvídelo. No he debido decir nada. Es mejor que me vaya.
El temperamento de Roberta estalló, porque ella había pedido total franqueza y él se echaba atrás, temeroso. Era una mujer acostumbrada a hablar claro, no a esconder las cosas; a enfrentar los problemas, no a ocultarlos.
–¡De acuerdo! ¡No me lo cuente! – gritó fuera de sí.
Se levantó también y se marchó adentro, dando un portazo a la puerta de la cocina.
Gabe la vio irse, algo perplejo por la desacostumbrada demostración de temperamento. Después de quedarse un rato inmóvil mientras trataba de decidir cómo manejar la situación, la siguió adentro. Ella recogía con movimientos bruscos las migas de galletas que habían dejado las niñas sobre la mesa y evitó mirarlo cuando entró en la cocina.
–Les dije que limpiaran la mesa cuando terminaran. Lamento que no lo hayan hecho -dijo, compungido.
Ella tiró al suelo el mantel y cerró de un golpe la puerta de un armario que había quedado abierta. El se quedó parado, indeciso, unos minutos más.
Entonces se dirigió a la puerta de delante, donde había dejado algunas herramientas cuando se preparaba para irse. Se sentía como si tuviera un ladrillo en el estómago. Sabía que la había disgustado. Era curioso cómo le molestaba. Recogió todas las herramientas y el balde y permaneció quieto un minuto. Entonces lo dejó todo en el suelo y volvió a la puerta de la cocina. Roberta se hallaba parada frente a una ventana con los brazos cruzados, mirando hacia afuera. Su gorro de enfermera descansaba sobre la mesa.
–¿Roberta? – la llamó.
–¿Qué? – contestó ella de mal modo, sin mirarlo.
–No tiene importancia lo que digan los demás.
Se dio la vuelta furiosa y se golpeó el pecho.
–¡No para usted, pero para mí sí! ¡Mi propia hermana! ¡Su familia! ¡Todo el mundo piensa lo peor de mí, cuando nada de todo eso es verdad! ¡Nada! ¡El solo hecho de ser divorciada no significa que no tenga moral!
–Estoy seguro de eso -murmuró él con voz serena.
Ella recogió el gorro de la mesa y se dirigió hacia la escalera.
–¡Váyase de aquí! – le ordenó fuera de sí-. No lo necesito. ¡No sé por qué se me ocurrió que podía hablar con usted! ¡Yo tengo a mis hijas, y ellas son mejores que todas las personas juntas de esta ciudad!
Se fue escalera arriba y él la siguió. A mitad de camino, la cogió de un
brazo. Se quedaron parados en dos niveles diferentes. Ella miraba hacia abajo; él, hacia arriba, aferrándole el brazo. Mientras tanto, en algún rincón de sus mentes eran conscientes de que él había invadido el sector privado de su casa al seguirla hacia su habitación.
–No debí haber dicho eso sobre mi familia. Yo… lo lamento.
La expresión de Roberta permaneció inmutable y fría.
–Tal vez debería dejar que su hermano terminara los trabajos aquí.
Él experimentó una extraña sensación de pérdida. Pasaron los segundos y todavía le retenía el brazo.
–¿Eso es lo que quiere?
–Sí, creo que sí. – Hizo una breve pausa y después, con sarcasmo, agregó-: Por supuesto, el hecho de que esté casado no significa que no vayan a pensar que también me divierto con él. ¿No es así? Y ahora, ¿quiere soltarme el brazo, por favor?
Obedeció de mala gana.
–Se equivoca por completo con respecto a mi hermano. Él es el único que la defiende.
–¡Ah! Así que ha estado hablando de mí también con él. A ver, hagamos cuentas… Elfred…, su hermano… ¿y cuántos más?
De repente, Gabe perdió la paciencia al ver que ella malinterpretaba cada cosa que él decía.
–¡Basta ya! – gritó-. Eso no es verdad, y usted lo sabe. De acuerdo, tal vez fue así con Elfred, al principio, pero ya le pedí disculpas. Y no murmuré más sobre usted a sus espaldas, no desde que empecé a conocerla mejor.
Ella forzó una sonrisa burlona, se tocó la frente como para aclararse la mente y subió el resto de la escalera.
–¿Sobre qué discutimos? ¡Ni siquiera lo sé! ¡Usted no es más que mi carpintero, por el amor de Dios! ¿Y yo me quedo parada aquí, perdiendo el tiempo con usted?
Desapareció al llegar arriba.
–¡Dígale a su hermano que quiero que él termine este trabajo! – gritó desde su dormitorio.
–¡Yo no quiero que lo haga! – le respondió Gabe, también a gritos.
Roberta volvió a asomar la cabeza.
–¿Ah, no? ¡Bien, lo haré yo!
Y desapareció nuevamente.
–¡Yo lo empecé y yo lo terminaré! – gritó Gabe. Y, más fuerte, agregó-:
¡Roberta, vuelva aquí!
Ella reapareció al final de la escalera con las manos en la espalda.
–Deje de gritar, Farley. Recoja sus herramientas y váyase, porque yo no sé qué está pasando entre nosotros, pero, sea lo que sea, no necesito complicarme la vida. Tengo a mis hijas, y mi trabajo, y mi automóvil y soy feliz. ¡Y ahora váyase y mándeme a su hermano mañana por la mañana!
Y cerró de un golpe la puerta de su dormitorio.
Farley se preguntó por qué discutían… Roberta era una cabezota que lo sabía todo y se empecinaba en demostrar a cada momento que podía arreglarse muy bien sin un hombre. Después de todo, le había dicho que no quería saber nada de los hombres. ¿Entonces por qué se interesaba por ella?
En su dormitorio, Roberta apoyó la espalda contra la puerta para mantenerla cerrada, ya que, como estaba combada, se abría sola. Pero sobre todo lo hizo para serenarse un poco. Se preguntaba qué estaría haciendo él allí abajo. Por fin oyó sus pasos que se alejaban y, pocos minutos después, el ruido del motor del camión.
Se quitó el uniforme y lo sumergió en agua fría para ablandarlo. Después se sentó al piano para tranquilizarse.
Aún tocaba el piano cuando llegaron las niñas con algunos de los vestidos viejos de Grace y anunciaron que el domingo por la tarde iban a representar El canto de Hiawatha en el porche. Roberta se aseguró de que Isobel se fuera a casa a las seis. Sin embargo, una hora y media después estaba de vuelta.
–¡Cielos, qué mal humor tiene mi padre esta tarde! ¡Lo único que hice fue preguntarle si iba a venir a la representación de Hiawatha y por poco me da un golpe en la cabeza! ¡Dijo que siempre vamos a casa de mi abuela los domingos por la tarde y yo me enojé tanto que tuve que salir de allí!
Roberta sintió una íntima satisfacción.
¡Bien! ¡Él alteró mis nervios, me alegro de que también él esté alterado!, pensó.
Gabe no envió a Seth a terminar el trabajo. En cambio, se aseguró de llegar a la casa después de que Roberta se hubiera ido por la mañana y terminaba antes de que ella volviera por la tarde. Ella no sabía quién hacía los trabajos y se dijo que no le importaba. Cada día veía progresos… las paredes lijadas, pintadas, el enrejado del pórtico barnizado. Un nuevo picaporte en la puerta de atrás, una cuña debajo de una esquina del piano para nivelarlo, el regulador de la calefacción en el techo pintado, la puerta del dormitorio ajustada para que pudiera cerrarse bien. Y fue entonces cuando lo supo.
El sábado cogió uno de los vestidos viejos de Grace que estaban entre la pila de trajes, lustró sus zapatos negros y condujo hasta la casa de los Spear para acudir a su pequeña fiesta.
¿Quién podía estar allí, sino Gabriel Farley?
Bebía de un vaso de ponche de plata cuando sus miradas se cruzaron a través del salón. Él alzó su vaso y ella le respondió con una sonrisa desdeñosa y después lo eludió mientras le presentaban a todos los demás invitados que se encontraban allí. Elfred era un importante hombre de negocios y todos sus colegas estaban allí: Jay Tunstill, del banco; Hamlin Young, de la agencia Boynton, y muchos más, todos acompañados por sus esposas. Las mujeres le dedicaban saludos asépticos y volvían la espalda de inmediato después de que les presentaban a Roberta. Los hombres le retenían la mano demasiado tiempo y le lanzaban miradas intencionadas cuando creían que ella o sus esposas no los veían. Elfred aprovechó todas las oportunidades que se le presentaron para tocarla, siempre en la cintura o en la espalda, y siempre con el pretexto de ser el anfitrión cortés.
Hacia las nueve de la noche, Roberta estaba dispuesta a darle un buen codazo. Fue entonces cuando empezó la música, y Farley apareció detrás de ella en el jardín de invierno, junto a una enorme palmera.
–No voy a permitir que te escapes sin hablar conmigo.
–Hola, Gabriel -lo saludó con una mirada fría.
–Estás muy elegante esta noche.
–Gracias. Tú también.
Se había cortado el pelo y llevaba un traje negro, camisa blanca y corbata.
Su cara recién afeitada tenía buen color por el trabajo al aire libre. El desorden agregaba atractivo a sus cejas. Era un hombre robusto y muy apuesto.
–¿Todavía sigues enojada conmigo?
–Sí. ¿Y tú todavía haces el trabajo en mi casa?
–Sí.
–Me lo imaginaba. Gracias por nivelar el piano.
–No hay de qué.
–Y por arreglar la puerta de mi dormitorio.
–De esa manera funcionará bien la próxima vez que quieras cerrarla de un golpe en mi cara.
–Te lo merecías. Me hiciste enfadar mucho ese día.
–Bueno, el lunes lo terminaré todo. Después me apartaré de tu camino para siempre.
–Ah… -Pensativa, bebió un sorbo de su ponche-. Bien, no olvides dejar las llaves de la nueva puerta de atrás.
–Por supuesto.
Roberta miró por encima de las cabezas de los invitados.
–Creí que tal vez vendría tu madre. Quería conocerla.
–Ya te dije que ella y los Spear no son lo que se dice amigos.
–Ah sí, es cierto… Tengo entendido que nuestras niñas van a representar Hiawatha el domingo por la tarde -comentó después de un momento.
–Eso me dijo Isobel.
–Y también que la regañaste y le dijiste que siempre pasáis los domingos por la tarde en casa de tu madre.
–¡Esa condenada Isobel! ¿Tiene que contártelo todo?
–Me pareció muy gracioso. Sin embargo, estoy segura de que tú oyes cosas sobre mí que preferiría que no oyeras.
–He oído algunas cosas. Roberta, me preguntaba… ¿puedo caminar contigo hasta tu casa?
–No, Gabriel, no puedes. He venido con mi automóvil.
–¿Entonces puedo llevarte a casa en tu coche? Porque yo he venido a pie.
–¿Por qué diablos quieres llevarme a casa?
Él trató de controlar su exasperación, pero no pudo.
–¡En honor a la verdad, Roberta, en realidad a veces no sé por qué! ¿Sabes que eres una mujer de lo más exasperante?
Si ella no se hubiese reído, podrían haber pasado inadvertidos. Pero la franqueza de Gabe le provocó un inesperado ataque de risa que se oyó más allá del pianista que tocaba un vals de Strauss. Varias personas se giraron para mirar.
–Bueno, está bien -concedió Roberta-. ¡Qué diablos!
Cuando terminó la reunión, supuso que Gabe se iba a deslizar a escondidas hasta su coche una vez que ella hubiera subido. En cambio, él se colocó a su lado en el vestíbulo y la cogió del codo mientras ella daba las gracias a Grace y Elfred por la fiesta.
–Tal vez debería ser yo quien te acompañara a casa, Birdy -se ofreció Elfred.
–Yo la acompañaré, Elfred. No te preocupes por ella.
Por lo menos una media docena de personas lo oyeron y vieron cómo Elfred fijaba la mirada en la mano de Gabe que aferraba el codo de Roberta.
–¿No deberías haber sido más discreto? – comentó ella mientras caminaban hacia el coche-. Tu madre se enterará de esto a través de las líneas telefónicas compartidas.
–Roberta, ¿quieres dejar de hablar de mi madre? – pidió él en tono amable.
Ella sonrió y obedeció.
Gabe giró la palanca del cigüeñal y arrancó el coche sin ninguna protesta por parte de Roberta. Había esperado que, en el momento en que hiciera un movimiento para sentarse al volante, ella dijera: «Yo puedo hacerlo, Gabriel.» Le gustó que, al menos por una vez, le permitiera hacer algo por ella.
Cuando llegaron a la casa, paró el motor y la acompañó hasta el porche.
–Creo que vernos marchar juntos ha sido un duro golpe para Elfred -
comentó Gabe.
–Durante toda la noche he tenido ganas de darle más de un golpe.
–Le gusta dejar vagar sus manos sobre ti, ¿verdad?
–Me invita a su casa y después me manosea delante de su esposa. Podría haberle dado una bofetada.
–¿Por qué no lo hiciste?
–Tal vez la próxima vez. Gracias por rescatarme.
–No hay de qué.
–Bien, entonces supongo que mañana no vendrás a ver la obra.
–Por supuesto que vendré. ¿Cómo podría no hacerlo, si ellas han puesto tanto entusiasmo y esmero? Además, si no lo hiciera, me verías como un degenerado.
Su ironía hizo que se dibujara una sonrisa en la cara de Roberta.
–Bueno, entonces te veré mañana -murmuró ella cuando llegaban a los escalones del porche.
Él se detuvo y dejó que subiera sola. La claridad de la luna iluminaba el lugar en que él estaba parado. Las sombras oscurecían los peldaños del porche. La puerta de alambre tejido rechinó en la oscuridad.
–Me gusta mi nueva puerta -comentó Roberta, mientras la mantenía quieta con su tronco y se daba la vuelta para mirarlo-. Gracias por colocarla.
–Te lo mereces.
–Y por traerme a casa.
Ninguno de los dos se decidía a romper el hechizo. Pasaron unos momentos inmóviles antes de que ella rompiera el silencio:
–¿Sabes lo que estás haciendo, Gabriel?
Su abierta franqueza lo pilló por sorpresa, pero se quedó en su lugar, más relajado.
–Creo que no, Roberta -respondió.
No había ninguna duda de que ambos pensaban en un beso. El escenario y la situación eran apropiados… un porche en sombras, el claro de luna sobre el terreno, el aroma de las lilas de primavera que florecían en algún lugar cercano, las luces de la ciudad que formaban un collar alrededor de la bahía allá abajo, un hombre y una mujer vestidos de fiesta que se reconciliaban después de una pelea. Pero la idea era una locura. Se habían dicho demasiadas cosas. Eran muchas las razones que les advertían de que una mayor intimidad sería, en el mejor de los casos, un capricho, y en el peor, un engaño. Si cedían ahora a su fantasía, sin duda alguna lo lamentarían más tarde.
Así que se dijeron buenas noches y ella cerró la puerta que los separaba.
Al día siguiente, cuando él fue a su casa para ver la representación, se mostraron demasiado formales el uno con el otro. Cualquiera que los conociese podía haber sentido las tensiones subyacentes. Pero las únicas que alguna vez los habían visto juntos durante un largo rato eran las niñas, y ellas estaban demasiado ocupadas para notarlo. Lo más cerca que estuvieron el uno del otro fue cuando ella le pidió que la ayudara a mover el piano hasta la puerta abierta, para que pudieran oírlo desde el patio.
La función tuvo muy poco público. Elfred y Grace consideraron poco digno sentarse en el césped, frente a la casa de Roberta, a mirar a sus hijas corretear en trajes de india. Sophie, la sirvienta, asistió en lugar de ellos.
Myra se había excusado por un fuerte dolor de cabeza. Y la abuela de Isobel, lo bastante inquisitiva para meter la nariz en la casa de Roberta cuando ella estaba ausente, se negó a asistir ante la remota posibilidad de que pudiera ser malinterpretada como una señal de que aceptaba a la mujer divorciada.
Asistieron los DuMosse, de quienes Roberta sospechó que querían inspeccionar el lugar donde sus hijas pasaban tantas horas y juzgar por sí mismos. Eran amables, pero reservados y llevaron su propia manta para sentarse en el césped.
También asistieron algunos niños de la escuela, incluidos los chicos que le habían regalado los pescados a Roberta. Y, para gran sorpresa, las maestras de inglés de Rebecca y Susan, la señora Robertson y la señorita Werm.
Las niñas habían demostrado una gran inventiva al componer algunas estrofas de música y construir su versión de una canoa de corteza de abedul, que debía formar parte del decorado mientras Marcelyn recitaba: «¡ Oh, tú, árbol de abedul, dame tu corteza! » Cada una de ellas había elegido una parte de la leyenda para recitarla con el traje apropiado: Rebecca, con los mocasines encantados, recitó la estrofa sobre la declaración de amor de Hiawatha a Minnehaha.
El arco es a la cuerda, lo que el hombre a la mujer. Aunque ella lo doble, él la obedece. Aunque ella lo estire, él la sigue. ¡Son inútiles el uno sin el otro!
Roberta sentada sobre la hierba, con las piernas extendidas, se echó hacia atrás apoyada sobre las manos y empezó a mover los labios con las palabras conocidas. Sentía la mirada de Gabriel puesta en ella y cuando giró la cabeza, vio que la examinaba en sombría meditación como si pidiese ayuda.
Arco y cuerda, hombre y mujer.
Fue un instante muy especial, que reveló la resistencia existente en ambas partes. Además, la necesidad de resistir había surgido en algún lugar a lo largo del camino y era una amenaza en sí misma. Qué ironía que los dos hubieran establecido sus posiciones: él amaba todavía a su esposa muerta; ella renegaba de los hombres a causa del único que había tenido. Y sin embargo, sentían que la atracción del uno por el otro crecía insidiosa dentro de ellos, complicada por tantas cosas: la condición de divorciada de Roberta, la opinión que la ciudad tenía de ella, las advertencias de la madre de él, la amistad de sus hijas, su amistad y su vulnerabilidad a los chismes, y el hecho de que las maestras de sus hijas podían estar mirándolos en aquel mismo momento. Con la esperanza de que nadie hubiera notado el intercambio de miradas, volvieron su atención al pórtico, donde la función
continuaba.
Inútiles el uno sin el otro
El viejo Longfellow sabía algo sobre los hombres y las mujeres en ese estado de ánimo.
Pero yo no soy una inútil sin Gabriel Farley, pensó Roberta. Lo he demostrado. Di el paso difícil de venir aquí desde Boston, y puedo educar a mis hijas, mantenerlas y amarlas y ser feliz al hacerlo. Tengo una casa, un automóvil y un trabajo que me brinda seguridad y dignidad. ¿Por qué querría poner en peligro alguna de esas cosas al sucumbir a cualquier miserable atracción que pudiera sentir por un hombre?
Tampoco Gabe se sentía un inútil sin Roberta. Él también tenía una hija a la que adoraba, una casa bonita, limpia, inmaculada, donde todo transcurría sin sobresaltos, una familia que lo ayudaba y se preocupaba por él, un negocio próspero y el respeto de la ciudad. ¿Por qué querría poner en peligro cualquiera de esas cosas por enredarse con una mujer divorciada?
Cuando terminó la obra, siguieron con el trato formal pero distante, aplaudieron con los demás, saludaron a las maestras y fueron a felicitar a sus hijas.
Pero mientras Roberta las abrazó sin reservas, Gabriel le dio a Isobel apenas un poco más que una palmada tímida en la espalda. Y Roberta se preguntó si alguna vez él habría sido capaz de mostrar afecto.
Cuando sus invitados se dispersaron, Roberta se despidió de él de una manera muy impersonal. Por su parte Isobel recibió un fuerte abrazo, una amplia sonrisa y una cariñosa palmadita que quería decir: «Vuelve cuando quieras.»
El lunes por la tarde, Gabriel ya había terminado su trabajo y cargado sus herramientas, y giraba la palanca de arranque del motor, cuando Roberta
estacionó su automóvil detrás del camión.
–¡Gabriel! ¡Espera!
Él soltó la palanca de arranque y fue hacia ella.
–¿Pasa algo?
–No. Sólo que prometí ponerte esa vacuna. Sabía que hoy era tu último día de trabajo, así que terminé antes y me apresuré en volver. Entra en la casa y me ocuparé.
–Ah, no tenías por qué molestarte.
–No es ninguna molestia. Vamos, entra.
Tenía pocas opciones. O la seguía o parecería un cobarde.
–¿Dolerá? – preguntó con una creciente tensión interior.
–Hummm… un poco. Pero es importante hacerlo. Si vacunamos a suficientes personas podremos vencer a la difteria. En esta lucha todos cuentan. La semana próxima iré a Northport para empezar con las escuelas de allí.
Fueron directos a la cocina y allí Roberta le ordenó que se levantara la manga de la camisa.
Se lavó las manos, después le frotó el brazo con alcohol y sacó sus instrumentos.
–Mira para otro lado, si te impresiona.
Pero él no pudo desviar su mirada. Lo que ella tenía en la mano parecía una maldita aguja de tejer, y la sola idea de tenerla clavada en su piel lo hizo palidecer aun antes de que ella le apretara el brazo para estirarle la piel. En
el último momento, ella alzó los ojos y vio lo pálido que estaba.
–No mires -le aconsejó en voz baja.
Él giró la cabeza y cerró los ojos. Cuando la aguja le atravesó la piel, dio un respingo y susurró entre dientes.
–Mierda.
–¿Estás bien?
Gabe aspiró hondo a través de los dientes apretados y asintió.
–Nunca te había oído decir una mala palabra -comentó Roberta.
–¡Duele!
–Dolerá un rato y mañana puede que tengas un poco de fie…
Alzó los ojos hacia él. Tenía los ojos cerrados y se movía de un lado a otro.
–Siéntate, Gabriel -le ordenó y lo llevó hasta una silla.
–Lo siento… yo…
No pudo terminar. Todo se ponía blanco y distante.
–Separa las rodillas y baja la cabeza.
Le puso una mano detrás de la cabeza y se la empujó hacia abajo. Dejó la mano apoyada sobre su pelo rubio y la piel curtida de su cuello. La sentía fría y viscosa. Frotó una vez, dos veces.
–¿Mejor ahora?
Él asintió en silencio, con la cabeza todavía agachada.
Ella notó que Gabe no se sentía mejor.
–Traeré un paño frío. Quédate aquí.
Todavía estaba encorvado cuando Roberta volvió con el paño.
–Toma… aplícatelo sobre la cara. Te ayudará.
Él lo cogió con las dos manos y enterró la cara en el paño frío.
–Respira hondo y despacio -le ordenó la enfermera-. Se te pasará.
Mientras él obedecía sus órdenes, ella observaba cómo subían y bajaban los omóplatos dentro de una camisa roja ajustada. Entonces hizo lo que hubiera hecho por cualquier niño mareado en la escuela. Puso la mano allí y frotó la espalda musculosa de Gabriel Farley con suaves y reconfortantes movimientos en círculo.
El mareo de Gabriel disminuyó poco a poco y entonces tomó conciencia de los masajes rítmicos de Roberta. Hacía mucho, pero mucho tiempo que ningún ser humano lo había confortado de ninguna manera. El afecto humano se había extinguido en su vida con la muerte de Caroline. El mareo desapareció, pero se quedó doblado hacia adelante para disfrutar de la sensación de los masajes suaves y estremecerse un poco con cada círculo que trazaba ella con las puntas de los dedos en el centro de su espalda.
Avanzaba la tarde; el sol derramaba su luz en la ventana y los gritos de las gaviotas llegaban desde el exterior. Gabe había pasado algunas horas muy agradables con Roberta en esa cocina. Afuera, en algún lugar, alguien podaba un jardín y el sonido de las tijeras se filtraba en la casa junto con la fragancia del césped cortado. Y que lo tocaran y reconfortaran era algo que echaba de menos.
–¡Qué bien se está sentado! – murmuró dentro del paño frío.
Ella lo masajeó un poco más y lo observó mecerse en la silla. Se le veía tan relajado como si hubiese renunciado a toda forma de resistencia.
Después de un rato, Roberta lo miró de cerca. Sólo pudo ver su oreja izquierda y parte del mentón.
–No te estarás quedando dormido, ¿eh, Gabriel?
–Hummm.
–¿Ya te sientes mejor ahora?
–Ajá.
En cuanto ella apartó la mano de su espalda, él levantó la cabeza. Tenía la cara, la frente y el pelo mojados por el paño húmedo y los ojos brillantes y fijos en ella. Estiró la mano para devolverle el paño húmedo, pero cerró los dedos sobre la mano de Roberta y le dio un tirón.
–Gabriel, no creo que…
–No digas nada -le ordenó y la hizo caer sobre su regazo.
–¡Gabriel, no!
–¿Lo dices en serio?
–Sí. No quiero iniciar nada contigo.
–Yo tampoco quiero iniciar nada contigo. Sólo pensaba darte un beso, eso es todo. Me ha parecido que tú también pensabas en ello.
–Es una idea estúpida.
–Hablas demasiado, ¿lo sabías?
Cuando la besó dejó de resistirse. Gabe tenía la piel fría, todavía húmeda, y algo áspera alrededor de los labios por la incipiente barba. Su lengua era cálida y algo tímida. Ella había caído con un brazo doblado contra el pecho de él y el otro libre. No hizo nada con él, lo dejó apoyado sobre la pechera de su camisa, mientras a sus espaldas Gabe sostenía todavía el paño húmedo. Pero él se tomó su tiempo y todo fue más fácil a medida que pasaban los segundos. Roberta abrió los ojos para ver si los de él estaban cerrados. Lo estaban, y al ver sus pestañas a tan corta distancia, sintió un espontáneo temblor en las piernas. Habían pasado años desde la última vez que había besado a un hombre -ya años antes de su divorcio había dejado de responder a los besos babosos de su esposo-, y de ninguna manera estaba dispuesta a dejarse excitar por el primero que le saliera al paso y convertirse así en lo que todo el mundo rumoreaba sobre las mujeres divorciadas. Así que lo dejó hacer y permaneció impasible. Cuando se incorporó, el trapo húmedo había ablandado el almidón de la espalda de su guardapolvo blanco.
Se levantó del regazo de Gabe con absoluto control de sus emociones y se quedó de espaldas a él.
–Esto no ha sido una buena idea -murmuró.
–Eso mismo pienso yo.
–Fue ese poema de ayer y toda esa charlatanería sobre arcos y cuerdas.
–Tal vez sí, tal vez no.
–¿No arderían las líneas compartidas si alguien de esta ciudad se enterara de lo que acabamos de hacer?
Gabriel se sentó más derecho como si por fin se le hubiera despejado la mente.
–Bueno, yo no voy a contárselo a nadie. No he perdido el juicio.
–No, por supuesto que no.
Ella dio unos pasos y encontró algo para mantener las manos ocupadas: un par de cuchillos sucios que las niñas habían dejado en el plato de la mantequilla.
–Las niñas están a punto de llegar a casa. Creo que es mejor que te vayas.
–Claro -contestó él, y se levantó de la silla.
–¿Te encuentras bien? ¿Se te ha pasado el mareo?
–Estoy bien. Lamento haberme comportado como un bebé.
–No te has comportado como un bebé. Eso suele pasarle a algunas personas.
–Bueno, gracias por la inyección… Creo…
Roberta se dio la vuelta, por fin, para mirarlo de frente. Por la manera formal con que lo trataba, nadie habría dicho que acababa de besarla.
–¿Has terminado aquí? Quiero decir, ¿has acabado el trabajo en la casa?
–Todo terminado. Como dije, no volveré a molestarte.
Ella no sabía si acompañarlo hasta la puerta o quedarse donde estaba. Al final se quedó y él se fue sin decir una palabra más.
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Capítulo 10
Las noches eran tristes y solitarias para Gabe. Isobel pasaba en casa de las Jewett todo su tiempo libre y eso despertaba en su padre un sentimiento antagónico. Por un lado, no la culpaba por querer estar en esa casa tan llena de actividades alegres; pero por el otro, se sentía abandonado, porque ése todavía era su hogar, él era todavía su padre y ella tenía responsabilidades de las que se ocupaba cada vez menos. Las tareas domésticas y las culinarias recaían en él. Su madre, más terca que una mula, había cumplido su palabra y no volvió a llenar el tarro de bizcochos ni a cambiar las sábanas. Como es natural, también dejó de llevar comida.
Una noche, durante la semana siguiente a su último encuentro con Roberta, Gabe había preparado un estofado de ostras para la cena y estaba esperando a Isobel cuando sonó el teléfono. Dos timbrazos largos y uno corto. Era para él.
Fue hasta la caja de madera y levantó el auricular de la horquilla.
–¿Hola?
–¡Hola, señor Farley! ¡Habla Susan Jewett! ¡Acaban de instalarnos nuestro nuevo teléfono!
–¿Ah, sí? ¡Fantástico!
–Mamá dijo que cada una podía hacer una llamada y yo dije que quería llamarlo a usted, para saber si Isobel puede quedarse a cenar con nosotras.
¿Qué van a comer? Tal vez vaya yo también, pensó.
–Isobel ya ha estado muchas horas allí… -comenzó a protestar.
–¡Pero a nosotras nos encanta que esté aquí! ¿Verdad, mamá?
Gabe oyó a lo lejos el sonido del piano y se imaginó a Roberta sentada frente al teclado mientras las niñas alborotaban en la casa.
–Mamá dice que por supuesto que sí. Entonces, por favor, señor Farley,
¿puede quedarse?
–Quizá tenga deberes que hacer.
–Pero es viernes por la noche y pronto terminan las clases y las maestras ya casi no nos ponen deberes. Por favor, señor Farley. Estábamos tratando de convencer a mamá de ir a cocer almejas sobre las piedras porque muy pronto se retirará la marea. ¡Y sería tan divertido!
–Ya he preparado la cena para Isobel y para mí.
–¿Pero no puede quedarse de todos modos? Mamá, él no la deja… -La voz de Susan sonaba plañidera y lejana-…ya le he explicado lo de las almejas sobre las piedras y todo lo demás.
El piano dejó de sonar y un instante después Gabe oyó la voz de Roberta.
–¿Gabriel?
–¡Ah! Roberta… hola.
–De veras nos gustaría que Isobel se quedara… ¿Tienes inconveniente?
Aquí hay tanta soledad, quería decir él, pero por supuesto no pudo.
–Pasa demasiado tiempo allí -respondió.
–Porque nos gusta tenerla con nosotras. Las niñas me convencieron para hacer un picnic en la playa. Quieren buscar almejas.
–Bueno, en ese caso, supongo que se puede quedar.
–¡Bien! Bueno… gracias, Gabriel.
Él se apresuró a hablar para evitar que ella colgara demasiado rápido.
–Sólo que no quiero que mi hija abuse de la buena acogida que le brindan.
–No, no lo hará. Y no te preocupes si vuelve a casa después del anochecer.
Esta vez la llevaré yo.
–Es muy amable de tu parte, Roberta.
–No es ninguna molestia, dado que de todos modos iremos en el coche.
Bueno…
La pausa trajo una nueva sensación de inminente despedida y él se afanó por encontrar algo que la retuviera en la línea.
–Y bien, ¿cómo te ha ido esta semana en Northport?
–Muy bien. Ya terminé allí y seguí con Lincolnville.
–¿Se te desmayó mucha gente?
–Vamos, Gabriel… tú no te desmayaste. Sólo te mareaste un poco.
–Bueno, yo me sentí como un idiota cobarde.
–¿Por qué? Tenías razón para acobardarte. Es una aguja muy grande.
Se hizo un silencio y él la imaginó impaciente por coger una cesta y marcharse con las niñas. Sabía que debía dejarla ir, pero sólo lo esperaba la casa en silencio y su patético estofado de ostras, y deseaba retenerla en la línea por alguna razón más profunda que no quería reconocer.
–Escucha, Roberta… -Se aclaró la garganta y frotó con el pulgar el borde de la caja de roble del teléfono…-. Sobre lo que pasó el otro día, sé que no te sentiste muy a gusto conmigo y sólo quería decirte que lo siento. No debí haber precipitado las cosas.
–Está bien, Gabriel. Ya está todo olvidado.
–No, no. Después me di cuenta de que estabas… bueno, que te mostraste bastante distante y que no podías esperar para librarte de mí. En primer lugar porque no querías empezar nada conmigo y debí haberte dejado tranquila.
–Gabriel, la razón por la que no quería empezar nada es por la etiqueta que me ha puesto esta ciudad. Tengo que ser más cuidadosa que la mayoría de las mujeres, y los dos lo sabemos. Así que olvidemos eso, porque no tuvo ninguna importancia.
¿No la tuvo? Qué curioso, para Gabe sí la había tenido. El comentario de ella le dejó una ligera sensación de frustración.
–Bueno, he pensado en ello toda la semana y sólo quería aclararlo.
–Gabriel, ¿puedo preguntarte algo?
–Por supuesto.
–Isobel dice que tu madre ya no te lleva bizcochos ni va a ayudarte un poco con las tareas de la casa. ¿Es por culpa mía?
–¿Isobel dijo eso?
–Sí, lo hizo.
–No hay mucho que hacer aquí. Estamos los dos solos y además pasamos fuera casi todo el día. Y ahora parece que Isobel se queda en tu casa la
mayor parte del tiempo después de la escuela.
–No has contestado a mi pregunta, Gabriel.
Él se aclaró la garganta.
–No, no es por tu culpa.
La línea quedó en silencio durante algunos segundos. Gabriel sospechó que Roberta pensaba que le había mentido. Entonces lo sorprendió con una pregunta.
–Bueno, en ese caso… ¿te interesaría continuar esta conversación en la playa? Si estás solo, también puedes venir y buscar almejas con las niñas y conmigo.
Él se olvidó por completo de frotar la caja del teléfono con el pulgar.
–Bueno, suena muy tentador… ¿pero estás segura de que quieres que vaya?
–Hace años que no cuezo almejas sobre las rocas, y es poca la ayuda que me pueden prestar esas ingobernables hijas nuestras.
–Me gustaría ir, Roberta. Dame un par de minutos para cambiarme y enseguida voy para allá.
En sólo quince minutos se duchó, se puso un pantalón marrón, zapatos de lona y una camisa amplia. Cuando cruzó el patio delantero de la casa de Roberta, su paso era animado. Con dos saltos gigantescos subió los escalones del porche y llamó a través de la puerta abierta.
–¿Hay alguien en la casa?
Adentro, el alboroto era increíble: ruido de utensilios de cocina que chocaban, puertas que se golpeaban, voces atropelladas de las niñas y
Roberta que daba órdenes a gritos.
–¡Olvidé que no tengo pala! ¡Isobel, llama a tu padre y dile que traiga una pala! ¡Y un rastrillo para almejas también!
Gabe entró directamente y se paró en la puerta de la cocina.
–En el camión tengo una pala y un rastrillo para almejas y algunos cestos de alambre tejido, más una caja de restos de madera para hacer un fuego.
Nadie necesita llamarme.
Roberta se giró y se le iluminó la cara con una sonrisa.
–¡Oh, Gabriel, estás aquí!
Era otra vez la Roberta que conocía. El uniforme serio de enfermera había desaparecido. Volvía a ser la mujer alegre, despreocupada, con el pelo suelto, los zapatos negros y su vestido sencillo abotonado por delante. Tal vez el vestido necesitaba un poco de plancha y los zapatos un poco de betún. Pero cuando Gabe se paró en la puerta y observó la conmoción que reinaba dentro, se sintió vivo, como no lo había estado en días, al hallarse otra vez con ella y las niñas.
–Hola, Roberta -la saludó con un susurro.
–No has tardado mucho.
–No.
–¡Hola, papá! ¡No puedo creer que sea cierto que vienes con nosotras!
Isobel se abalanzó sobre él y le abrazó la cintura. Él bajó las manos hasta los hombros de su hija, pero Roberta vio que se sentía fuera de su elemento con esa demostración espontánea de afecto.
–La señora Jewett me ha invitado -le aclaró a Isobel-. Espero que estés de
acuerdo.
–¡Claro! ¡Esto va a ser muy divertido! Ella dice que todas podemos buscar almejas.
–A pesar de que odias las almejas.
–Bueno, sí, pero…
Lo soltó y alzó un hombro, como avergonzada.
–¡Dios, no he vuelto a comerlas desde que mamá estaba viva! ¡Y he crecido mucho desde entonces! ¡Es probable que ahora me gusten!
Gabe miró a Roberta y pensó que aquélla iba a ser la mejor noche de viernes que había vivido en años.
Roberta volvió a ocuparse de los preparativos. Guardó un cuchillo para abrir almejas, un salero y un pimentero en la cesta abierta sobre la mesa.
–Veamos… mantequilla, limón, sal y pimienta. Demasiado temprana la estación para las mazorcas de maíz, pero conseguí algunas batatas para asar.
Rebecca, trae los platos. Susan, trae los cubiertos; Isobel, algunos vasos, por favor; y Lydia, ¿quieres buscar una manta, querida?
Gabe observó cómo su hija iba con las otras para cumplir las órdenes. Sabía exactamente dónde encontrar los vasos.
Se acercó a Roberta y le habló en voz baja por encima de los hombros:
–No hay duda de que se mueve con toda libertad por tu casa.
–Así es nuestra casa, Gabe. No hay muchas formalidades por aquí.
Cuando Roberta guardó los últimos objetos en la cesta, cerró la tapa y Gabe se la quitó de las manos.
–La llevaré yo.
–Necesitamos una lona.
–Yo la he traído.
–¿Y un poco de agua dulce?
–También he traído.
–¡Eh, es muy conveniente tenerte cerca! – bromeó ella-. ¿Cómo has hecho todo eso en sólo quince minutos?
–Así soy yo -le contestó él con una sonrisa burlona-. Todo está en su lugar, así es más fácil de encontrar.
–¿Y también has encontrado tiempo suficiente para cambiarte?
–Así es.
Ella le devolvió la sonrisa burlona.
–Nosotros somos polos opuestos ¿verdad, Gabe?
Opuestos o no, los dos estaban muy animados cuando salieron con las niñas, como si de una familia se tratara. Se sintieron seducidos por la saludable trampa de compartir una aventura que por una noche los mantendría juntos. Las cuatro niñas se llevaban a las mil maravillas, como si Isobel fuese casi una hermana. Roberta y Gabriel, ahora que habían dejado atrás el incidente del beso, disfrutaban de su mutua compañía y se alegraban de poder conversar con otro adulto, después de haber convivido sólo con niños durante años.
El sol de mayo todavía estaba a veinticinco grados sobre el horizonte cuando partieron. Gabe hizo arrancar el motor del coche de Roberta y ella
giró la llave del encendido, mientras las cuatro niñas cantaban, apretujadas en el asiento de atrás.
Roberta y Gabe apenas podían oírse por encima del canto estridente.
–¿Cuál es el mejor lugar para excavar? – preguntó ella.
–En las playas de la caleta Glen.
–Ah, sí, ahora recuerdo. Camino a Rockport.
–¿Solías ir allí?
–Claro, cuando iba a la escuela. ¿Y tú?
–En la época de la escuela y después de casarme… con Caroline.
–¿Pero no has vuelto desde que ella murió?
Él la miró un segundo; después meneó la cabeza.
–No.
–Entonces quizá te resulte difícil.
–No lo sé. Lo averiguaré cuando lleguemos allí, ¿no te parece?
En el asiento de atrás las niñas cantaban.
Roberta aparcó en la colina, encima de las playas de la caleta Glen, y las niñas bajaron en tropel y empezaron a trepar por las rocas lamidas por las mareas hasta formar una costa escarpada alrededor de la cavidad superior de la caleta. Roberta y Gabriel se quedaron junto al coche y las contemplaron alejarse a saltos con sus cestas de alambre y sus palas para almejas. Detrás de ellos, las sombras de las montañas descendían hasta el
mar y desteñían el azul del atardecer. Delante, las playas, de un marrón opaco excepto donde una ola perezosa dejaba una espuma plateada sobre la arena, absorbían las huellas de los pies de las niñas. En algunos lugares, al retirarse la marea habían quedado objetos flotantes en hileras desordenadas que formaban un diseño de festón a lo largo de la costa. Entre las rocas y sobre la arena, los cangrejos buscaban su cena y se escondían veloces en sus agujeros cuando pasaban las niñas.
Gabriel contempló la escena apacible y rompió el silencio.
–A ella no le enloquecían en particular las almejas, pero le gustaba venir a cogerlas. Sobre todo por la mañana, cuando los rayos del sol caían oblicuos sobre el agua y las islas allá afuera parecían figuras fantasmales en medio de la bruma del mar. A veces me convencía para que la trajera más temprano, aun antes de la salida del sol, para no perderse el espectáculo.
Roberta se dio la vuelta para observarle el perfil contra el fondo de la costa rocosa. Una débil ráfaga de viento le agitaba los cabellos de la frente y la luz del crepúsculo trazaba sombras junto a su nariz recta y la boca severa.
–Siento envidia por tus recuerdos felices. Me gustaría tener alguno para recordarlo.
Sus palabras lo arrancaron de su ensueño y la miró en silencio, inmóvil, mientras les llegaban las voces alborozadas de las niñas, acompañadas por el coro ronco de algunas gaviotas a las que también les habían interrumpido la hora de su comida.
–¡Mira, aquí hay una! ¡Escarba! ¡Escarba!
Roberta tuvo la sensación de que Gabriel estaba mirando a otra mujer, en otro tiempo. Hasta que al fin se estremeció y se reunió con ella en el presente.
–Empezaré a cavar el hoyo si tú juntas algunas algas marinas.
Caminó por entre las rocas y los cangrejos se escondieron otra vez.
Durante el siguiente cuarto de hora todo el mundo estuvo ocupado.
Mientras Gabe preparaba el fuego y Roberta juntaba algas, las tres niñas menores buscaban los minúsculos agujeros en la playa y excavaban.