Una virgen imprudente

Ida Simons · Capítulo 4 de 13

Páginas del PDF

Una virgen imprudente

Capítulo 3

 

Más tarde Lucie me confesó que aquel sábado por la mañana había acudido a la sinagoga con el único fin de conocerme. Como no iba nunca, su repentina aparición causó gran revuelo, por más que se hubiera sentado en la última fila para no llamar la atención.

Cuando me alojaba en casa de mi abuela tenía que acompañarla al shul. Por entonces aún no se había generalizado la enseñanza del hebreo como lengua viva. Aunque sabía leerlo, no estaba en condiciones de seguir el oficio. Enseguida me perdía y miraba de reojo a la abuela: cada vez que ella pasaba una hoja de su libro de oraciones, yo hacía lo mismo. No me habría atrevido a decir a nadie que el oficio se me hacía eterno, y menos a mí misma, ya que era muy piadosa.

Durante el culto, hombres y mujeres estaban estrictamente separados. Nosotras subíamos una larga escalera hasta llegar a nuestra área, donde tomábamos asiento tras un enrejado que había de protegernos de las posibles miradas voluptuosas de los varones sentados abajo. Si ahora vuelvo a evocar la imagen de las fieles de entonces, me parece que incluso sin aquella protección el riesgo de sufrir miradas voluptuosas habría sido mínimo.

Mientras se desarrollaba la ceremonia tenía que hacer lo posible por no quedarme dormida. Primero intentaba localizar a mis tíos y a los demás hombres conocidos por entre las rejas. Vestían trajes sobrios y oscuros y

llevaban los hombros cubiertos por un [14] talit blanco y negro. En la cabeza lucían una kipá o esa clase de sombreros flexibles negros que más tarde gozarían del favor de un famoso ministro inglés.

Después de observar largo y tendido a los hombres, me ponía a contar primero los huecos del enrejado para luego tratar de averiguar cuántas feligresas llevaban peluca. No pocas judías casadas seguían luciendo la obligada peluca bajo el pomposo sombrero del sabbat. Las que usaba mi abuela debieron de ser fuente de irritación, puesto que era una experta en conjugar devoción y vanidad. Las encargaba a un renombrado artesano parisino. Estaban hechas de cabellos sedosos color cobre peinados con rizos y ondas y adornados con peinetas y alfileres alegres y relucientes.

Bajo el techo de escasa altura olía a mujeres ancianas, agua de lavanda y hambre, ya que había que asistir al servicio religioso en ayunas. Aquel día el aire viciado me provocaba incluso más náuseas de lo habitual; había cumplido doce años, la edad en que se considera a las judías lo suficientemente maduras como para tomar parte en las obligaciones impuestas por la fe. Por primera vez, Rosalba me privó del tentempié que se daba a los niños.

—Esto ya no lo puedes tomar —dijo, como siempre más estricta con los preceptos religiosos que mi propia abuela.

La abuela sin duda habría hecho la vista gorda, dejándome comer unos trozos de bizcocho por mucho que me hubiera convertido en una mujer adulta. Pese a mi temor de que Nuestro Señor fuera a fulminarme con sus rayos al enterarse, aquella mañana me quedé dormida. Al término del servicio me desperté, sobresaltada por el animado parloteo de las otras mujeres, todas tan felices por no tener que permanecer calladas por más tiempo.

Yaya Hofer nos saludó fríamente con un gesto de la cabeza al pasar junto a nosotras. Al rato, las tías vinieron a buscarnos abriéndose camino por entre la multitud. Iríamos todas juntas a casa de la abuela, donde Rosalba nos serviría un desayuno reconfortante, como de costumbre. Sin embargo, aquel día todo fue distinto. A la salida de la sinagoga vino hacia mí la señorita Lucie Mardell, causando conmoción en las filas femeninas de la familia. La señorita Mardell era mucho más distinguida que nosotras, es decir, que la familia de mi madre. La de mi padre, en cambio, pertenecía a la vieja nobleza de rancia estirpe, o eso era al menos lo que él sostenía.

En nuestra comunidad existían opiniones divergentes sobre el grado de distinción de unos y otros. Había desavenencias entre los diferentes grupos. Los judíos de Alemania discutían con los de Polonia, los de Polonia se creían superiores a los «holandeses» y estos, a su vez, despreciaban a los demás, de modo que todo el mundo quedaba contento. Los «belgas de pura cepa», que llevaban ya una o más generaciones en la ciudad, no se dignaban tratar a los otros grupos, a excepción de algunas «personas finas» que gozaban del respeto y el aprecio de todos, con independencia de su origen. Nadie se explicaba cómo habían alcanzado semejante estatus; en la mayoría de los casos no estaba relacionado con la erudición ni tampoco con el bienestar material. Quienes tenían la fortuna de conseguir ese reconocimiento lo llevaban con orgullo. Bastaba con verles la cara para captar el mensaje: «Soy una “persona fina” y, como tal, estoy a salvo de cualquier prejuicio».

El padre de Lucie no era una «persona fina»; era más bien hosco y altanero. Quitando a mi padre, que en los días dorados anteriores a su matrimonio había sido amigo de Mardell, ninguno de mis parientes conocía su casa más allá de la planta baja, donde tenía su despacho. Lucie y los suyos eran tan distinguidos que no se trataban con ninguno de nosotros. Hasta que, de repente y sin previo aviso, ella me dirigió la palabra a la salida del shul.

—¿Eres tú la niña que toca tan bien el piano? —me preguntó con sus grandes ojos grises claros y sus finos labios inundados de esa sonrisa burlona que con el tiempo aprendería a amar y a temer tanto.

Vestía un abrigo verde oscuro y llevaba un pequeño gorro de piel gris sobre los cabellos rubios. Yo era una esnob, como la mayor parte de los niños. Me encantó ver que mi abuela y mis tías apenas podían ocultar su envidia y su curiosidad. Con la mano sobre mi hombro, Lucie me empujó delante de ella hacia la calle. Saltaba a la vista que mi abuela no sabía qué pensar. De un lado, se sentía halagada por ese súbito interés mostrado por lo más distinguido de la comunidad judía, pero de otro, le disgustaba que la muestra de atención se centrase en mi persona.

—Escúchame —me dijo Lucie en voz baja mientras señalaba a mi familia con un gesto altivo—, ¿esos tienen un piano en condiciones?

—Me temo que no, señorita —le contesté con sinceridad.

Después de que toda la familia aprendiera a tocar con él, el pobre instrumento había quedado desafinado para siempre, lo cual era comprensible.

—Voy a preguntar si puedes venir a tocar a mi casa. Tenemos un Steinway estupendo —continuó Lucie.

De pronto, se mostró muy educada y afable con mi familia. En un abrir y cerrar de ojos logró que mi abrumada abuela le diera su beneplácito.

—Pero no quiero que vaya sola por la calle —protestó en un último intento de débil resistencia.

—Enviaré a mi criada o pasaré a recogerla en persona —prometió Lucie mientras se despedía de los disgustados rostros con un complaciente movimiento de la cabeza. A mí me dijo—: ¡Hasta el lunes a las diez!

De camino a casa, mis tías dieron rienda suelta a toda la rabia contenida.

—¡Menuda desfachatez!

—¿Qué se ha creído?

—No deberías haberlo consentido, mamá.

—A nosotras no se digna mirarnos y a la niña la engatusa con la historia del piano. A Gittel ni siquiera le apetece ir a ver a esa arpía, ¿verdad, hija?

—No importa que sea una arpía si tiene un buen piano de cola — puntualicé.

El lunes por la mañana me acicalaron más que de costumbre. Preocupados por salvaguardar el honor de la familia, me recogieron el pelo con un flamante lazo blanco. Lucie vino a buscarme a la hora acordada.

—Cuidaré de ella —prometió, dedicándole a la abuela la mejor de sus sonrisas.

Sin embargo, una vez en la calle, suspiró:

—¡Uf! Por un momento creí que no te dejarían.

La casa de los Mardell, la más bonita de toda la avenida, se hallaba en la acera de enfrente. Para mi asombro, no fuimos allí.

—Primero tenemos que preparar la ceremonia de bienvenida —explicó Lucie, fingiendo seriedad—. Imagino que para ti es un engorro, pero la primera vez que alguien va a mi casa debe presentarse a toda la familia —y tras tirarme del lazo añadió—: Admítelo, te parece un engorro, ¿verdad?

Asentí con la cabeza. Creo que fue en ese preciso instante cuando empecé a adorarla.

—Mi padre quiere verte porque conoce muy bien a tu padre. Está siempre muy atareado y habla poco, de modo que el encuentro no se alargará mucho. De Bertha, en cambio, no te librarás con tanta facilidad. Está con nosotros desde siempre. Es nuestra Rosalba.

La madre de Lucie había muerto muy joven y Bertha había criado a Lucie como si fuera su propia hija.

—A veces se pone muy pesada. Quiere que me case, pero a mí no me apetece.

También me presentarían a Salvinia Natans, a Menie Oberberg y a Gabriel, los tres empleados del señor Mardell, que se dedicaba a las finanzas.

—Gracias a Dios, Salvinia y Menie acaban de comprometerse en matrimonio. Ha sido un camino largo y difícil para todos.

Salvinia y Menie habían estado enamorados el uno del otro durante tres años sin atreverse a comentarlo con nadie, hasta que Salvinia empezó a desmayarse cada dos por tres y Menie se quedó en los huesos. El padre de Lucie acabó tan harto que pidió la mano de Salvinia en nombre de Menie — sin consultárselo previamente—, para luego transmitirle el entusiasta «sí, quiero» de Salvinia. Desde entonces, ambos estaban radiantes y felices.

—¿Y Gabriel?

—Ah, sí, es el empleado más joven —contestó Lucie con indiferencia—. Bueno, sigamos. Después de saludar a todo el mundo como es debido, tocas un rato el piano para mí y te tomas un chocolate caliente. Luego te dejo sola si lo prefieres. Si no, me quedo a escucharte y me pongo con una de mis labores. Prometo no distraerte.

Sabía que acabaría distrayéndome. Aun así dije con toda la educación de la que era capaz que por mí podría quedarse. Lucie era tan lista que me leyó el pensamiento.

—No me crees, ¿verdad? —se rio—. Pues ya verás como no me muevo.

Finalmente, cruzamos la calle. Al rato llegamos a la puerta alta y blanca de la mansión de los Mardell. Nos abrió una robusta mujer rubia embutida en un mandil blanco con mangas. Me plantó un beso en cada mejilla y empezó a contarme una larga historia sobre mi «señor padre», a quien parecía apreciar mucho. Lucie me guiñó un ojo y dijo:

—Bertha, ya le contarás el resto otro día, porque mi padre nos espera.

Llamó a una puerta y acto seguido entramos en una estancia con tres escritorios en los que dos hombres y una mujer estaban trabajando con diligencia, sumando y restando unas cuentas interminables, hasta donde yo alcanzaba a ver. Salvinia, bajita, gordita y morena, llevaba gafas y apenas tenía cuello. Con la mirada puesta en Menie, se inclinó y me rodeó con los brazos. Menie sintió tal emoción al contemplar esa efusión maternal que se le humedecieron las gafas. Las secó con un pañuelo que luego se pasó por la cabeza prácticamente calva. Salvinia confesó que deseaba tener seis hijas. Me tocó otro beso. No fue hasta que estreché la mano sudorosa de Menie cuando me fijé en Gabriel. El arcángel Gabriel, en un traje negro desgastado con mangotes.

Sus intensos ojos azules me sonrieron con afabilidad. Irradiaba un atractivo tan inusual que me quedé observándolo con la boca abierta. Los cabellos cobrizos brillaban como si los iluminase un sol invisible para el común de los mortales. Sobre la frente alta y blanca caía un mechón desenfadado que tapaba una de las cejas oscuras. Las manchas de tinta que le afeaban los dedos no podían ocultar la noble forma de sus largas manos.

—¿Aviso a su padre, señorita Mardell? Creo que en este momento está libre.

—Gracias —le dijo Lucie.

Gabriel abandonó la estancia. Hasta ese instante no me había dado cuenta de lo gris y desagradable que era el despacho. La pintura de la madera se había desconchado y el papel pintado era muy oscuro. Como único adorno había un gran calendario de oficina lleno de garabatos indescifrables. Volvió a entrar Gabriel. Nos sujetó la puerta con caballerosidad. Era tan espigado y esbelto que le sacaba casi una cabeza a Lucie, a quien por esas fechas yo aún consideraba demasiado alta para ser mujer.

—Nunca puedo entrar a ver a mi padre sin avisar —me explicó Lucie por el pasillo—. Suele reunirse con personas muy importantes.

Llamó a una puerta que parecía hecha de miel solidificada. Una voz amable contestó:

—Adelante.

Entonces fue cuando pisé por primera vez el despacho del señor Mardell. Para mi asombro, no había muebles, a excepción de un escritorio y tres sillas. Las paredes se hallaban cubiertas por estanterías que ocupaban un tercio de su altura. Por encima de ellas colgaba un sinfín de cuadros. Detrás del escritorio, hecho de la misma extraña madera que la puerta, estaba sentado el padre de Lucie, un hombre alto y elegante de cabello castaño levemente encanecido en torno a las sienes y con uno de esos rostros neutros de los cuales los goyim dicen que no parecen en absoluto judíos.

Al vernos entrar, se levantó y dijo muy serio:

—He aquí a la artista. ¿Cómo está su padre?

Esa misma pregunta me la volvería a hacer en cada encuentro. Para él, mi madre y su familia no existían. Le di las gracias y le contesté que mi padre se encontraba perfectamente. Luego le pregunté si podía contemplar los cuadros.

—Por supuesto. Ya me dirá qué le parecen.

El señor Mardell siempre me trataría como si tuviera sesenta y muchos años.

Aquellos cuadros no tenían nada que ver con los de casa de la abuela. Me resultaban de lo más insólito, sobre todo uno que retrataba a una mujer de color violeta con un vientre verde desdibujado. En la mayoría de los casos ni tan siquiera sabía distinguir qué representaban las pinturas, pero al menos no me causaban desazón.

—Y ahora deme su opinión —me dijo el señor Mardell en cuanto hube mirado todos los cuadros.

—Mi padre dice que usted sabe lo que es bello mucho antes de que lo sepan los demás —observé—, de modo que estos cuadros sin duda serán bellos algún día.

—¿Debo concluir que, a su juicio, ahora no lo son? —quiso saber el señor Mardell.

Me pareció infantil fingir, así que asentí con la cabeza.

—¿No hay ni un solo cuadro que merezca su aprobación?

Señalé un lienzo con una casita blanca rodeada de árboles, a orillas de un arroyo, en una tarde nebulosa de otoño. Unos pocos trazos de enérgico naranja marcaban el rastro que había dejado el sol poniente.

—Esa casa en octubre.

—¡Ay, qué niña más rara! —se rio Lucie—. ¿Y por qué habría de ser una casa en octubre?

—En ese cuadro es octubre —me empeñé—. Huele a hojas de jardín recién quemadas.

El señor Mardell me preguntó por qué me parecía una obra bonita.

—Porque es una casa tan feliz que a los habitantes les da igual que afuera haga frío o calor —tartamudeé, insegura y tímida tras el comentario de Lucie.

—Venga, vamos a subir —dijo—. Si no, tendré yo la culpa de que no hayas podido tocar todo lo que quieras.

Otro guiño suyo bastó para que volviera a adorarla. Iba a despedirme del señor Mardell, pero me dijo que él también quería subir a escucharme.

—Si no tiene inconveniente.

Aquella mañana, una vez arriba, no me fijé en nada más que en el Steinway. Hay muy pocos pianos con alma; pues bien, el piano de cola de los Mardell era una de esas excepciones maravillosas. El padre de Lucie no nos acompañó por mucho tiempo. Antes de marcharse me dijo que podía ir a tocar cuando quisiera, incluso por la tarde. La casa tenía tantas habitaciones que mi presencia no estorbaba a nadie.

Lucie cumplió con su palabra. Se sentó con una de sus labores entre las manos y permaneció en silencio, de modo que yo pude disfrutar de la música sin que ella me molestara. Al mediodía empezó a recoger y anunció que me llevaría a casa.

—¿Estás segura de querer volver mañana? Piénsatelo bien —bromeó.

No se me ocurrió ninguna respuesta ingeniosa.

Mi familia me sometió a un auténtico interrogatorio, pero no solté prenda.

A la mañana siguiente, la «casa en octubre» colgaba de la pared junto al piano de cola.

—Mi padre me ha asegurado que puede seguir aquí mientras vengas a tocar —explicó Lucie—. Es un gran honor. Nunca antes ha sacado un cuadro de su despacho.

Al cabo de una semana me había convertido en la esclava de Lucie.

Si alguien me hubiera recordado que en un primer momento me pareció una chica flaca y larguirucha, lo habría negado con indignación. Me dijo desde el principio que la llamara Lucie, de modo que hacía rebotar su nombre en mi lengua como si de una golosina se tratase. Su hechizo radicaba sobre todo en que era muy distinta a las mujeres que me rodeaban. Hablaba poco, apenas se reía y era muy segura de sí misma.

Vestía ropas y colores que le sentaban bien, sin importarle que estuvieran o no de moda. En una época en la que todas las féminas lucían un corte masculino y la nuca afeitada, ella llevaba el pelo largo, con raya en medio y moño bajo. Me alegré de que mi madre se hubiese opuesto a que me cortara la melena cuando se lo supliqué.

Por desgracia, mi cabello no era rubio y ondulado, sino lacio y negro como el carbón. Pregunté a mi abuela si sabía de alguien cuyo pelo hubiera cambiado de color de repente. Hasta donde ella sabía, el único al que le había ocurrido algo así era el conde de Montecristo, tras pasar una noche en una cueva en compañía de unos cuantos cadáveres. Se me antojaba una causa perdida.

La casa de los Mardell era una construcción sólida. El tableteo de las máquinas de escribir en las que tecleaban Menie y Salvinia no se oía en la estancia donde se encontraba el piano de cola. Siempre me costaba trabajo esquivar a la pareja en mi camino hacia la primera planta. ¡Cuánto gustaban de demostrarse mutuamente lo bien que se les daban los niños! Tampoco había manera de sustraerse a la locuacidad de Bertha. Aunque en alguna ocasión lograba escaparme en cuanto ella me abría la puerta, estaba condenada a sufrir su verborrea a la hora del café.

Lucie no siempre me acompañaba cuando subía a tocar el piano. A menudo salía de compras o iba a ver a sus amigas. En esos casos me hacía los honores el señor Mardell. Tomaba el café o el té conmigo, dependiendo de si era por la mañana o por la tarde.

Con cierta frecuencia me pedía que tocara algo para él, y cada vez que le sobraba un poco de tiempo me llevaba hasta su despacho, donde, armado de paciencia, trataba de enseñarme una y otra vez a «ver» sus cuadros, por decirlo con sus palabras. No consentía que yo le regalase el oído. Como él mismo me explicaba con sorna, no le interesaba lo más mínimo volver a escuchar su propia opinión en mi boca, aunque le halagaba tener una alumna tan aventajada.

«Sea valiente y guarde silencio cuando no tenga nada que decir. De ese modo, en el futuro no dará la murga como la mayoría de las personas de su mismo sexo». A fuerza de los comentarios del señor Mardell, que no se cansaba de enseñarme su colección, poco a poco empecé a «ver». Un día, mientras estábamos sentados en su despacho después de la enésima visita guiada, me preguntó a bote pronto por qué soñaba con ser concertista, una profesión muy dura.

—Porque no hay nada en el mundo que me apetezca más que interpretar música a todas horas.

—Entiendo, pero no es fácil ganarse la vida con ello.

Acuciada por la insistencia de mi anfitrión, añadí que tras la muerte de uno de mis primos había ido a casa un hombre que tocaba el piano.

—¿Se refiere al hijo de Jankel Hofer?

—Sí…, Aron.

Por primera vez comprendí lo difícil que es expresar algo con palabras. No fui capaz de explicar al señor Mardell lo mucho que había querido a mi primo.

—No sabía que estuviese enfermo. Una tarde pregunté a mi madre si podía ir a jugar con él y ella me respondió que no se lo comentara a nadie pero que había sido muy malo y lo habían enviado medio año a un internado de Inglaterra. A una niña de cinco años seis meses le parecen una eternidad.

—Ya veo —asintió el señor Mardell—. Después, los años se van haciendo más cortos y las horas cada vez más largas.

No permitió que permaneciera callada por mucho tiempo. Quiso saber lo que había hecho al recibir aquella noticia.

—Fui a ver a mi mejor amiga, Mili.

—¿Tiene también la edad de Lucie?

Su pregunta me hizo estallar en risas.

—¡Qué va! Tiene dos años menos que yo, pero es muy lista. Mucho más que yo. Desde siempre. Es curioso, ¿no cree? Seguimos siendo amigas. Vamos juntas al colegio y…

El señor Mardell no me dejó escapatoria.

—¿Por qué fue a ver a su amiga aquella tarde?

—Porque quise comprobar cuándo exactamente regresaría mi primo. Mi madre me había dicho: «Volverá en medio año». Se lo pregunté a la niñera de mi amiga.

Aquello se había complicado más de la cuenta. ¿De veras habría de contarle todos los detalles al señor Mardell? Él consideró que sí.

—Mili estaba jugando al bingo con su niñera cuando yo entré por la puerta. Jugaba muy bien. No había quien la venciera. La tata hacía como que la dejaba ganar, pero estaba claro que Mili ganaba de verdad. Me senté con ellas y pregunté a la tata: «¿Qué se entiende por “hoy más medio año”?», y ella me preguntó si me había vuelto loca.

La niñera no me tenía demasiado cariño. Quería tanto a Mili que le sentaba a mal que tocara mejor el piano que la niña de sus ojos. En todo lo demás, Mili me sacaba ventaja. De haber sentido mayor interés por la música, sin duda también habría tocado el piano mejor que yo.

—Mili me dijo en su balbuceo infantil: «Explica más mejor».

—Muy lista —observó el señor Mardell con gesto de aprobación.

—Ya lo creo, así es ella. Después de explicar que por el día de mi cumpleaños se entendía el 11 de marzo volví a preguntar qué se entendía por «hoy más medio año». En ese instante, la niñera exclamó: «¡Ay, no te sabes los meses! Mi Mili sí que se los sabe. ¡Venga, Mili!». Y Mili se dispuso a recitar la lista.

Se bajó de la silla y se colocó en postura de dicción, con las manos a la espalda y la pierna izquierda un tanto por delante de la derecha. Tenía una voz inusualmente profunda para una niña tan pequeña.

—Mili recitó: «En-eeero, febr-eeero, marrr-zo», y después pronunció una palabra tan larga como «junijuligostembroctubreviembreciembre».

El señor Mardell concluyó que Mili no me había ayudado mucho.

—Ya lo sé, pero al final, la tata dio la respuesta correcta: «hoy más medio año» era el 6 de mayo. ¿Y ahora podemos ver algún cuadro?

—Otro día —replicó el señor Mardell—. ¿Qué sucedió aquel 6 de mayo?

—Pregunté a mi madre si podía ir a buscar a Aron al tren. Se puso tan pálida que los polvos que se había echado en la nariz y la frente parecían de color naranja. Me miró con sus grandes ojos oscuros, aterrorizada y perpleja. Tan pronto como comprendió a qué me refería, dijo que Aron había partido a Estados Unidos, donde pasaría los siguientes diez años. Me pidió que no le escribiera ni se lo comentara a nadie, ya que mi primo había vuelto a portarse muy mal. No se lo comenté a nadie, pero un día, después de jugar con el hermano pequeño de Aron en la calle delante de la casa de la tía Nella, el hijo de los vecinos me preguntó si había jugado con el hermanito del niño que había muerto el año anterior.

El señor Mardell guardó silencio mientras examinaba atentamente su abrecartas.

—Aron no se portó mal —dijo al cabo de un rato.

No necesitaba contar al señor Mardell que a raíz de aquel descubrimiento me había quedado varios días en la cama sin probar bocado. Si bien acertaba a comprender que mi madre no había querido decirme la verdad para que no sufriera, debí resistirme a creer que Aron había sido malo.

—A los pocos días vino a vernos ese hombre que tocaba el piano, monsieur Ercole.

—¡¿Ercole?! —exclamó el señor Mardell, incrédulo—. Yo también me traté con él en tiempos. Pensé que llevaba muchos años… En fin, siga contando.

Monsieur Ercole vestía una holgada capa oscura y llevaba un sombrero negro de ala ancha sobre su indómita cabellera encanecida. Según aseguró a mi padre la robusta dama rubia en gabardina azul marino que le acompañaba, monsieur Ercole se encontraba perfectamente. En breve recibiría el alta y podría volver a su casa. La mujer anunció que pasaría a recogerlo unas horas más tarde.

Sin la capa y el sombrero, monsieur Ercole era un hombre de aspecto endeble y escuchimizado, pero tenía manos de mago.

—Se sentó al piano y empezó a tocar… Ignoraba que pudiera existir algo tan bello.

El señor Mardell no daba crédito.

—¿Nunca antes se había tocado el piano en casa de su padre?

—Sí, sí —me apresuré a contestar—, pero aquello fue distinto…, como un…, no se burle de mí…, se lo pido por favor.

—No acostumbro a burlarme de nadie.

—Era como un jardín con cascadas y mariposas al sol.

—¿Qué música tocaba?

—El Primer impromptu de Chopin. Le pedí que volviera a interpretar una y otra vez la misma pieza y así lo hizo. Cenó con nosotros y después ocurrió algo horrible.

—Me lo venía temiendo —dijo el señor Mardell.

—Fue culpa mía. Pregunté a monsieur Ercole si podíamos ir a algún concierto suyo. Me contestó que no daba conciertos y que solo tocaba de tarde en tarde para sus amigos. De pronto, lanzó unos alaridos al tiempo que se ponía rojo como un tomate y empezaba a echar espuma por la boca.

—Ese pobre hombre está loco de remate —observó el señor Mardell—. Sostiene que sus enemigos lo encerraron para poder publicar como suyo un libro que él cree haber escrito.

—Fue muy desagradable. Mi padre se vio obligado a llamar al manicomio. Al encontrarse a monsieur Ercole pataleando en el suelo, la enfermera advirtió que en esas circunstancias no podría volver a su casa. Y todo por mi culpa.

En ese momento, el señor Mardell dijo algo muy extraño: que tuviera cuidado en no convertirme en una virgen imprudente. No capté el mensaje y él se dio cuenta.

—La muerte forma parte de la vida —explicó—. Incluso puede que sea la mejor parte de ella. No hay alegría sin sufrimiento. Son inseparables, igual que el sol y la sombra.

A su juicio, me había refugiado en la música tras sufrir un gran dolor a una edad demasiado temprana. Si bajaba la guardia, sería incapaz de afrontar con valentía las alegrías y las penas venideras y me quedaría con las manos vacías, como las vírgenes imprudentes de la parábola bíblica, que no se acordaron de llevar aceite.

—Los escribas sacudirían la cabeza si pudieran escucharme —se rio el señor Mardell—. Venga, voy a leérsela.

Mientras buscaba el pasaje en la Biblia que se hallaba como siempre encima de su escritorio me fue explicando lo que era una parábola, puesto que yo desconocía la palabra.

Fascinada, escuché cómo su plácida voz relataba aquella historia.

—Diez vírgenes salieron al encuentro del novio, cada una con su lámpara en la mano. Cinco de ellas eran imprudentes, y cinco prudentes. Las imprudentes, al tomar las lámparas, no se proveyeron de aceite, mientras que las prudentes junto con sus lámparas tomaron aceite en las alcuzas.

Como el novio tardaba, les entró sueño y se durmieron. A medianoche se oyó un grito: «¡Ya está aquí el novio! ¡Salid a su encuentro!».

Todas las vírgenes se levantaron y arreglaron sus lámparas. Las imprudentes dijeron a las prudentes: «Dadnos de vuestro aceite, que nuestras lámparas se apagan». Pero las prudentes replicaron: «No, no sea que no haya suficiente para todas. Será mejor que acudáis a los aceiteros y compréis para vosotras».

Y mientras iban a comprar, llegó el novio. Las que estaban preparadas entraron con él a la boda, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron las otras vírgenes rogando: «¡Señor, Señor, ábrenos!». Pero él respondió: «En verdad os digo que no os conozco».

—¡Qué malas! —exclamé—. ¿Tanto les hubiera costado prestar un poco de aceite? Son realmente muy malas. Desde luego, yo prefiero ser una virgen imprudente.

—Las otras salen ganando en este mundo nuestro —opinó el señor Mardell mientras alzaba la mirada—. De todas maneras, no se lo cuente a Lucie. Se va a enfadar conmigo si se entera de que mis palabras le han causado tristeza. No debería haberle preguntado por Aron —se arrepintió con una mueca de culpabilidad.

Aunque por lo común el señor Mardell me parecía más sensato que los otros adultos, era consciente de que no tendría ningún sentido tratar de hacerle ver que no estaba triste por Aron, sino por aquellas frases terribles: «se cerró la puerta», «no os conozco».

—Voy a tocar un poco el piano —anuncié.