Una virgen imprudente
Capítulo 4
—Siempre me ha encantado viajar, porque resulta divertido ir en tren, pero ahora me alegro por primera vez en mi vida de haber llegado a alguna parte —le comenté una mañana a Lucie.
—Ay, ¿por qué eres tan complicada? —suspiró.
No era el primer esfuerzo que hacía por explicarle, siempre con mucha cautela, lo a gusto que me encontraba con ella en la tranquila habitación del piano de cola. Sin éxito. De modo que decidí darme por vencida. Tal vez ella no quería comprenderme, y si había algo que deseaba evitar a toda costa era importunarla. Solo faltaba que de repente me dijera «no vuelvas» o «viene otra niña» o «ya no tengo tiempo para ti».
Por lo visto, existían dos clases de personas: las normales, con las que se podía hablar, y las raras, a las que había que escuchar sin más. Así y todo, Lucie no era muy locuaz. Cuando estaba conmigo, solía estar absorta en sí misma, con el dulce rostro y la cabellera rubia inclinados sobre sus labores; en realidad, solo conversaba conmigo cuando Bertha traía el café o nos acompañaba su padre.
Llevaba unos días sin ver al señor Mardell a causa de nuestras desavenencias sobre las vírgenes prudentes e imprudentes. Aquella mañana volvió a subir y nos comportamos como si no hubiera pasado nada. Con él sí que se podía hablar. Le comuniqué que el día anterior había descubierto algo curioso. Mi abuela había tenido visita de una señora que, como acostumbraban a hacer todas, me preguntó qué impresión me causaba Amberes, y como siempre contesté que era una ciudad bonita. Sin embargo, mientras articulaba aquellas palabras caí en la cuenta de que pensándolo bien, y pese a mis reiteradas estancias, no conocía más que el salón de unas cuantas viviendas.
Después de escucharme con su habitual cortesía, el señor Mardell dijo:
—Si lo he entendido bien, le apetece ver la ciudad. Pues bien, en esta casa contamos con un experto en la materia. Me refiero a Gabriel. No hay detalle que se le escape. Le pediré que suba.
Lucie se ofreció para ir a buscarlo. Mientras tanto, el señor Mardell me comentó que Gabriel era un chico con mucho talento.
—Dios sabe de dónde le viene. En todo caso, no de sus padres. Es lo que se dice un joven de humilde cuna y sin fortuna.
En ese momento entró Gabriel con paso tímido. El señor Mardell le invitó a que tomara asiento.
—Tenemos un grave problema, Gabriel. Nuestra joven amiga ha caído en la cuenta de que, a pesar de sus repetidas visitas a Amberes, sabe poco o nada de esta buena ciudad en la que, si no me equivoco, ella misma nació.
Asentí con la cabeza.
—Estamos de acuerdo en que esto no puede seguir así. Por eso te he hecho venir. Imagino que no te importará elaborar una lista de los monumentos que nuestra amiga no debe perderse.
Gabriel se sonrojó de pura felicidad.
—¡Oh!, es una ciudad maravillosa, jovencita. Es tan bella. Para empezar…
—Gabriel —le interrumpí—, se lo agradezco mucho, pero no corre prisa porque mi familia no me deja salir sola y están todos demasiado atareados para acompañarme.
—Puedo ir yo —sugirió Lucie con resolución—. Pregunta en tu casa si les parece bien que el domingo por la tarde salgas a dar una vuelta conmigo. Y si Gabriel tiene tiempo y ganas, quizá esté dispuesto a hacernos de guía. A mí también me gustaría aprender algo más sobre la ciudad. ¿Cómo es que la conoces tan bien, Gabriel?
—Quien ama con locura lo quiere saber todo —explicó Gabriel ruborizado—. Leo cada semana un libro sobre Amberes. No se figura usted cuánto se ha podido escribir sobre nuestra ciudad, señorita Mardell; además, desde siempre.
—Esos libros deben de ser caros. ¿Cómo los consigues? —quiso saber Lucie.
—Existe una cosa que se llama biblioteca, hija mía —observó el señor Mardell.
—Ya lo sé —replicó Lucie disgustada—, pero cuando Gabriel sale de trabajar, ya no está abierta.
—Lleva usted razón, señorita Mardell, pero en la biblioteca hay una joven empleada que es tan amable de seleccionar los libros para mí y llevarlos a mi casa. Yo los recojo por la noche y se los devuelvo en cuanto los termino de leer.
—Menudo engorro —opinó Lucie—. Con todo el tiempo que me sobra a mí… Ahora que Gittel y yo vamos a convertirnos por así decir en tus discípulas, propongo que sea yo quien vaya a buscar esos libros.
—Es todo un detalle de su parte, señorita Mardell, pero apenas me atrevo a aceptar semejante favor.
El señor Mardell se levantó y pasó la mano por el pelo de Gabriel.
—Yo que tú no lo dudaría ni un solo instante, chico. Mi hija no sabe qué hacer con su tiempo. Adiós, reinas, a nosotros nos toca volver al tajo.
El señor Mardell abandonó la estancia rodeándole los hombros a Gabriel con el brazo.
—Tu padre trata muy bien a Gabriel, ¿verdad?
—Sí —contestó Lucie—. Le tiene mucho cariño. Al parecer es una lumbrera. Y ahora ponte a tocar un poco el piano.
Me costó trabajo obtener permiso para dar un paseo con Lucie la tarde del domingo; para mayor seguridad decidí no aludir a la presencia de Gabriel. Mi madre estaba decidida a imponer su veto, pero, como de costumbre, mi abuela se veía en un dilema al tratarse nada menos que de los Mardell. Al final, fue la voz de Rosalba la que resultó determinante.
—¿Por qué negarle esa oportunidad? —insinuó, una vez más fiel a mis intereses—. Hay que reconocer que la pobre aquí se aburre. Fredie y Charlie le quedan grandes y los otros niños son muy pequeños. Está con todos y con nadie. Seguro que la compañía de la distinguida señorita Mardell no le hará ningún daño.
Mi madre dijo que no entendía qué podía aportarme aquella solterona.
—¿Qué edad tiene? Podría ser tu madre.
En efecto, era ya toda una anciana: tenía veintinueve años. Por esa razón, su amistad se me antojaba especialmente valiosa, pero de eso no debía enterarse nadie.
Cuando Lucie pasó a buscarme aquel domingo por la tarde, volvió a deshacerse en atenciones para con mi abuela. Tan pronto como la puerta de casa se cerró tras de nosotras nos precipitamos a la bocacalle más cercana, donde nos esperaba Gabriel. Tenía tan solo un traje, el traje negro que llevaba en el despacho, pero para el paseo se había comprado un sombrero de paja y una pajarita verde.
—¡Ay, Gabriel! —exclamó Lucie aun antes de que a mí me diera tiempo a saludarlo—. Quítate ese adefesio ahora mismo. ¿Cómo se te ocurre ponerte algo así encima de la cabeza? Te queda fatal.
Gabriel se puso colorado hasta las orejas y arrojó el desafortunado sombrerito a la calzada. Se negó en redondo a recogerlo.
—¿Y la pajarita? ¿Tampoco está bien? —preguntó con humildad.
Lucie ladeó un poco la cabeza y contempló la prenda con los ojos entornados.
—Demasiado verde —sentenció—, pero no vayas a tirarla, porque en ese caso no me atreveré a volver a comentarte nada más.
Les entró tal ataque de risa que se les saltaron las lágrimas.
Lucie anunció que me había traído chocolate. Capté la indirecta y admiré su delicadeza. Ella sabía que Rosalba me cebaba como a un ganso de engorde antes de cualquier salida para que no fuera capaz de tragar un solo bocado y salvaguardara así el honor de la familia. Tras mi rechazo, Lucie pudo ofrecer el chocolate a Gabriel sin herir su orgullo. El chico devoró las chocolatinas. Según nos dijo, siempre tenía hambre.
—Es porque estás en pleno crecimiento —bromeó Lucie.
Gabriel replicó que, con veintitrés años, un hombre ya no crece.
—Primero vamos a la catedral —propuso—. ¿Has entrado alguna vez, Gittel?
Yo no había entrado nunca en ningún monumento.
En opinión de Gabriel, no había virgen más hermosa en el mundo que Nuestra Señora de Amberes. Lucie le preguntó cómo podía saberlo si no había visitado otros países. Gabriel había visto imágenes de otras muchas vírgenes y sus rostros le parecían melifluos e insulsos comparados con el semblante misterioso y severo de la «nuestra».
—No es nuestra —objetó Lucie—. Nosotros no somos católicos.
Gabriel, en cambio, consideraba que pertenecía a todas las personas nacidas en Amberes. Habrían seguido discutiendo si él no hubiera añadido de inmediato que era amberino de nacimiento por causa de un triste accidente. De camino a Canadá, su familia había sido alojada en un recinto para emigrantes junto al puerto. Cuando su padre salió a comprar algo de comida, lo atropelló el carro de un cervecero.
—Murió en el acto. Yo nací dos meses antes de tiempo. Por puro miedo. Después, mi madre ya no quiso seguir hasta Canadá. Hoy día aún no me explico cómo consiguió quedarse —Gabriel lanzó un suspiro—. Mi madre es una mujer muy valiente. Nos ha criado a mis hermanas y a mí en solitario y todavía ahora se mata trabajando. Por nosotros. No puede evitarlo, aunque ya no hace falta, puesto que mis hermanas están casadas y yo tengo un buen trabajo.
—Depende —replicó Lucie—. A mí me parece que mi padre te paga muy poco. Y no solo a ti. También a Salvinia y a Menie. Con tan mísero sueldo, esos pobres están condenados a ser novios para siempre. Tendré que leerle la cartilla.
Gabriel le suplicó que no se entrometiera:
—Nos enseña a pensar y a actuar por nuestra cuenta. Trabajando dos años bajo su mando se aprende más del oficio que en doce años en uno de los grandes bancos.
Lucie se encogió de hombros.
Era un agradable día de primavera. En las calles inundadas de sosiego dominical, nuestras sombras nos guiaban trotando afanosamente por los irregulares adoquines. Íbamos por la calzada para que Gabriel pudiera señalarnos mejor los edificios que consideraba de nuestro interés. Me compadecía de Lucie. Caminaba con orgullo, sus pies pequeños y esbeltos enfundados en unos zapatitos elegantes de tacón que realzaban sus finos tobillos y su pronunciado empeine. Desde luego, no era el calzado más conveniente para afrontar aquellos temibles adoquines. Era obvio que Lucie sufría, pero seguía caminando sin rechistar.
No se veía la torre de la catedral, empaquetada en una telaraña de andamios. Primero, Gabriel nos condujo hasta la fuente gris de Quentin Metsys, junto a la catedral, cuyo forjado también se hallaba, según él, entre los más bellos del mundo.
—El amor convierte al herrero en pintor —leyó Lucie descifrando las letras talladas en la piedra de la fuente—. ¿Qué hará el amor contigo, Gabriel?
—Me volverá loco. De hecho, ya lo estoy —respondió el joven mientras miraba a Lucie con tal enfado y dureza que me llevé un susto.
¿Qué se había creído ese mico? ¿Cómo se atrevía a fulminar a Lucie con la mirada? Ella era tan bondadosa que se limitó a sonreír.
—Pues sí, no haces más que decir tonterías —dijo al fin.
Gabriel bajó los ojos. La luz del sol encendía chispas en sus cabellos rojizos y sus oscuras pestañas eran tan exageradamente largas que proyectaban sombras en abanico sobre sus escuálidas mejillas.
—De los guías turísticos se espera que cuenten bobadas. Son gajes del oficio —concluyó—. En esta visita las suprimiré para no volver a incordiarla.
Una vez dentro de la catedral, Gabriel nos mostró una angosta franja de cobre incrustada en diagonal entre las losetas.
—Esto es un meridiano. Al mediodía lo ilumina el sol a través de aquel agujero.
Gabriel nos señaló una abertura en una ventana. Me abrumó con sus conocimientos. Teníamos mucha suerte: era insólito encontrarse las cortinas del Descendimiento de la cruz, un tríptico pintado por Rubens, descorridas.
—Apuesto a que, según tú, es el tríptico más bonito del mundo —le susurró Lucie con sorna.
—No lo digo yo solo —replicó Gabriel, malhumorado—. Lo dice cualquiera que tenga una mínima idea de pintura. Fíjese en esos colores que brillan como preciadas joyas.
Me sentí culpable por no saber apreciar la belleza de aquella poderosa obra.
La catedral se hallaba vacía, a excepción de algunos otros visitantes y las típicas mujeres afligidas y enlutadas que se pasan el día rezando en el templo. Nuestra Señora de Amberes lucía un atuendo de brocado azul pespunteado con un sinfín de perlitas. Llevaba en brazos a un niño Jesús con corona de plata, prácticamente de idéntico tamaño que ella misma.
—Lo único que uno no olvida nunca de todo este esplendor —musitó Gabriel— es el rostro pálido y misterioso de Nuestra Señora.
Lucie la encontró demasiado severa. Gabriel, que parecía saberlo todo sobre la imagen, observó:
—Sí que tiene la mirada severa. Ella no se conforma con que las oraciones se mascullen entre dientes: hay que rezar con el corazón.
Lucie me susurró que era un chico muy raro. Me alegré de hallarme de nuevo en la calle inundada por el sol; el olor a incienso y el sagrado silencio que reinaba bajo aquellas bóvedas de gran altura habían causado en mí una extraña sensación de agobio y tristeza.
—Una de las maravillas de esta ciudad es que desde tiempos remotos ha sabido comprender tanto a obreros como a soñadores —prosiguió Gabriel—. Le hace un hueco a cualquiera, con independencia de que viva con los pies en el suelo o la cabeza en las nubes.
Nos contó cómo el pintor del tríptico había sido confidente de reyes y, ya muy anciano, había conseguido casarse con la muchacha más bella de Amberes.
—La joven se vengó de él engañándolo con todo aquel que se cruzara en su camino —observó Lucie con desprecio, dando lugar a la enésima disputa, que se prolongó por varios minutos.
Esa sucesión de enfados sin fundamento empañó la ilusión con la que me había sumado al paseo. La actitud de Lucie era en cierto modo comprensible, puesto que le debían de doler los pies. En cambio, las salidas de tono de Gabriel me parecían de una impertinencia inaudita. Si el señor Mardell hubiera estado con nosotros, le habría puesto rápidamente en su sitio.
En el fondo, Lucie se mostraba demasiado paciente con ese sinvergüenza. Para colmo, no se le ocurrió nada mejor que preguntarle dónde se situaba él: ¿en la categoría de los trabajadores o en la de los soñadores?
—No tengo más remedio que trabajar —respondió Gabriel—, pero no me importa. Me alegro de estar en el sector financiero, que ha contribuido de forma significativa a la grandeza de la ciudad. De poder elegir, me quedaría con un empleo en el puerto, pero por ahora eso no es posible.
Gabriel nos llevó hasta el Escalda, cuyas aguas despaciosas bañaban el luminoso cielo primaveral en reflejos de nácar. Habituada al mar, el río me decepcionó, pero no dije nada. Gabriel nos hablaba de grandes buques cargados de especias aromáticas, marfil, oro y maderas preciosas que venían de tierras lejanas.
—Ahora me explico por qué en esta ciudad abundan las casas de marfil y de oro —se mofó Lucie.
Con mirada furiosa, Gabriel le espetó que era muy fácil burlarse de todo. A continuación nos habló de los amberinos que ni marchándose a trabajar al extranjero lograban olvidarse de su ciudad; en sus años de vejez regresaban para obsequiarla con el mayor o el mejor de los tesoros que hubieran acumulado en sus viajes, decididos a incrementar el esplendor de su amada Amberes.
—Del mismo modo que aquel viejo pintor no se cansaba de engalanar una y otra vez a su rubia y joven esposa con flores y alhajas para resaltar su resplandeciente belleza.
Le temblaban las comisuras de la boca por la risa contenida. Temí la reacción de Lucie, pero se limitó a preguntar con mucha dulzura si él también planeaba aportar su grano de arena a la gloria de la ciudad.
—Yo no soy más que un pobre forastero judío —contestó Gabriel—. Amo a esta ciudad como solo puede amarla una persona pobre, judía y forastera. Usted no puede entenderlo, señorita Lucie. Para alguien que vive en una mansión con un espacioso jardín, los edificios y los parques de la ciudad tienen mucha menos importancia que para un muchacho pobre como yo. De la misma manera, el amor que pueda sentir un forastero consciente de que llegará el momento en que tenga que partir es siempre más intenso que el de quien sabe que puede permanecer para siempre con su amada. Hasta usted debería ser capaz de comprender la gratitud que profesa el judío al lugar en el que pueda residir sin ser perseguido.
—No es cierto lo que dices —replicó Lucie—. Entre mis compañeras de clase había chicas cuyos antepasados hicieron mucho por la ciudad. Su amor era incluso más fervoroso que el tuyo.
—Tal vez lleve usted razón —admitió Gabriel—, pero no por eso yo dejo de ser un pobre forastero judío que jamás podrá hacer nada por esta ciudad.
Según parece, estoy destinado a albergar ideales inalcanzables.
—Nada ha de ser inalcanzable para ti —objetó Lucie, realmente angelical —. Solo hace falta un poco más de valor y autoconfianza.
A mi modo de ver, a Gabriel le sobraba confianza en sí mismo. Respiré aliviada cuando anunció que había llegado la hora de volver a casa.
—He prometido a mi madre que blanquearía la alacena y revestiría las tablas de madera con linóleo. El próximo domingo tengo más tiempo. Adiós, señorita Mardell. Adiós, Gittel.
Gabriel se despidió con un apretón de manos y salió corriendo como si el diablo le pisara los talones.
—Cuánto no temerá a su madre para correr así —observé.
Lucie no dijo palabra. Nos dirigimos en silencio a casa de mi abuela. Al llegar, Lucie me preguntó si el paseo me había gustado lo suficiente como para repetir la experiencia la semana siguiente.
—Te he visto muy callada —me dijo—. ¿Estabas aburrida?
No me había aburrido en absoluto, al contrario. Le aseguré que sería un auténtico placer volver a acompañarlos. Despedí a Lucie con la mano mientras se alejaba.
En el camino de vuelta había pensado qué debía contar a mi familia. Estaban jugando al whist. Me preguntaron distraídos adonde habíamos ido y les contesté que había paseado con la señorita Mardell a orillas del Escalda. En una deliberada maniobra diplomática, no mencioné la visita a la catedral. Rosalba estaba zurciendo calcetines. Era la única que hacía caso a mi relato. Según me comentaba entre susurros, saltaba a la vista que había pasado una tarde magnífica. Ya me ayudaría a volver a obtener permiso para salir de paseo.
De hecho, su ayuda resultó ser imprescindible. Al domingo siguiente, lloviznaba. Mi abuela vaticinó que Lucie y yo contraeríamos una pulmonía si salíamos a la calle en semejantes circunstancias climatológicas.
Lucie prometió que no me caería una sola gota encima.
—Iremos en tranvía al museo y después me llevaré a Gittel a tomar el té.
Rosalba cumplió su palabra: acudió en nuestro auxilio anunciando que había dejado de llover. Transcurridos los cinco minutos de rigor en los que Lucie colmaba a mi abuela de halagos, por fin pudimos marcharnos.
—¿Siempre te lo ponen tan difícil para salir? —quiso saber—. ¿Cómo aguantas tanta tontería?
No supe qué contestarle. Jamás me había parado a pensarlo.
Por lo visto, Gabriel ya llevaba un buen rato esperándonos en la esquina de la calle, porque tenía el pelo completamente mojado. Después de saludarnos, Lucie le dijo que había reflexionado sobre el último comentario del domingo anterior. Para mi satisfacción, aseguró que se le antojaba un auténtico disparate.
—Mi bisabuelo también era forastero y, como bien sabes, llegó muy lejos.
—Fueron otros tiempos —replicó Gabriel—. Además, tenía ya mucho dinero cuando llegó aquí. Y sin duda era mucho más inteligente que yo.
—Según mi padre, tienes mucho talento para las finanzas.
—¿En serio? —preguntó Gabriel, sonrojándose de orgullo—. Quién sabe si con el tiempo llegaré a ser un banquero famoso. Hace poco vino a vernos un inglés a la oficina. Me ofreció trabajo. A lo mejor acepto. Las perspectivas son buenas. En cuanto haga fortuna, vuelvo, mando construir una casa repleta de obras de arte y, tras mi muerte, la dejo por testamento a la ciudad.
Ante su observación de que yo también debería aportar algo a mi ciudad natal, le prometí en un arrebato de generosidad que tan pronto como me convirtiera en la pianista más afamada de Europa daría todos los años un concierto benéfico. Después preguntamos a Lucie qué pensaba hacer ella.
—Yo solo valgo para hacer de público —contestó—. Iré a admirar el palacete de Gabriel si para entonces aún se digna recibirme y me sentaré en la primera fila de la sala de conciertos para ovacionar a Gittel.
El museo estaba cerrado. Decidimos ir en tranvía hasta el Escalda, que fluía desolado y gris bajo la lluvia.
—Un día como hoy ni siquiera tú podrás cantar las alabanzas de tu querida ciudad —se rio Lucie.
Sin embargo, Gabriel insistió en que no porque lloviera había que amarla menos. Sería una clara muestra de infidelidad, como cuando de pronto se deja de querer a alguien porque ha tenido la mala suerte de resfriarse.
Ante la imposibilidad de seguir haciendo turismo, Lucie nos invitó a tomar gofres en un café del muelle. Éramos los únicos clientes. La lluvia que arreciaba con fuerza contra las largas y estrechas ventanas confería un aire acogedor al local intensamente alumbrado, en cuyas paredes abundaban los espejos. Un somnoliento camarero entrado en años, con delantal verde, nos trajo una pila de gofres en una bandeja de cobre: calentitos, crujientes y deliciosos, con una gruesa y pegajosa capa de azúcar glas que rezumaba grasa.
—Si entornas los ojos, parece una acera amarilla cubierta de nieve fundida —comenté a Gabriel antes de escupir, horrorizada, el trozo de gofre que tenía en la boca.
Gabriel creyó que me había topado con un pelo o una piedra, pero fue mucho peor. Lo que había sentido a través del inocente sabor a vainilla del azúcar glas era el pecado. Lucie frunció las finas cejas y me reprochó que era demasiado mayor como para hacerle ascos a la comida. Sin embargo, no pude evitarlo al caer en la cuenta de que los gofres ciertamente no eran kósher, sino que con toda probabilidad habían sido preparados con manteca de cerdo.
Gabriel se mostró comprensivo y me consoló diciendo que Nuestro Señor no me tomaría a mal que hubiera pecado sin querer. Lucie, en cambio, soltó una risa burlona y desafiante:
—Ya llevas cuatro y apuesto a que te los has comido con gusto, ¿o no?
—Sí, están buenísimos —reconocí, abatida.
—Pues en ese caso, ¿por qué no te tomas también el último? —me instó Lucie—. Si has pecado cuatro veces, no pasa nada por pecar una vez más, ¿o es que no te atreves?
Compartí el último gofre con Gabriel. Me costaba trabajo pecar con premeditación.
Lucie estaba pletórica. Nos tomaba el pelo a Gabriel y a mí y no paraba de soltar dislates, como por ejemplo:
—¿Por qué no vamos el próximo domingo a Lier a visitar el beaterío? Así aprovecho para pedir que me hagan un hueco, porque va siendo hora de que me meta a beguina.
Lucie me explicó que en el beaterío solo vivían mujeres solteras de cierta edad. En ese preciso instante, Gabriel se levantó de golpe y anunció que había prometido a su madre que pintaría la escalera. A mi pregunta de si acaso no le apetecía seguir acompañándonos contestó:
—Claro que sí, pero no soporto las tonterías.
Volvió a sentarse, con los ojos clavados en el plato lleno de migas. Lucie pidió al camarero que llamara un taxi, fiel a su promesa de protegerme de la lluvia.
Después de dejarme en casa de la abuela, Lucie siguió con Gabriel, que se había acurrucado en el suelo del automóvil para que nadie le viera. Lo llevaría a él también, ya que había salido sin abrigo.
Desde que me trataba con Lucie no había regresado a la isla y tampoco había vuelto a saber nada de Klembem, el hombre araña. La mañana siguiente a aquel domingo escuché de pronto su desagradable voz de pito. Klembem vivía en lo alto de una montaña cerca del Polo Norte, en una telaraña cuyos hilos eran gruesos como cables. Tenía el cuerpo y las patas de una araña, solo que infinitamente más grandes. Las patas terminaban en manos humanas, y la cabeza, también humana, lucía unos ojos rojos como la sangre.
Sentí su aliento gélido y tóxico en mi nuca al escuchar cómo el señor Mardell regañaba a Lucie con voz severa por haber dejado que Gabriel se resfriara. ¿A quién se le ocurría caminar durante horas bajo la lluvia con un pobre muchacho de pulmones delicados? En un intento por defenderla, conté que solo habíamos tomado unos gofres en un café debidamente caldeado y que Lucie había llevado a Gabriel a casa en taxi. Mis comentarios parecían irritar aún más al señor Mardell. Fue entonces cuando Klembem soltó una de sus terribles risas maliciosas: «Esto va por mal camino. Te lo estabas pasando demasiado bien».
—No te preocupes, papá —tranquilizó Lucie a su padre—. Ya verás como Gabriel se recupera enseguida.
Dos días más tarde, Gabriel seguía sin aparecer. Lucie me propuso que fuéramos a hacerle una visita para interesarnos por su salud y llevarle algo de comer como regalo.
—Bah, en mi casa no me dejarán —le contesté—. No hace falta ni preguntar. Tendrán miedo a que me contagie.
—Podemos ir esta mañana —sugirió Lucie—. Lo hecho hecho está.
—En ese caso no tengo por qué comentarles nada…
—Tú verás… ¿Qué crees que le gustaría a Gabriel?
Lucie fue a la cocina y, al rato, regresó con una bolsa repleta de latas de sardinas, salmón y compota. Yo tenía el dinero justo para comprar unos limones, que según mi abuela eran el único remedio de probada eficacia contra el resfriado. Lucie no había reparado en ese detalle y me dijo que le parecía un plan excelente. Al bajar la escalera nos topamos con el señor Mardell, que venía de acompañar a uno de sus clientes hasta la puerta de la calle.
—Salimos a llevar a cabo una obra de caridad por expreso deseo de Gittel —anunció Lucie mientras me daba tal pellizco en el brazo izquierdo que apenas pude contener un grito—. Vamos a hacerle una visita a Gabriel cargadas con limones, otra idea de Gittel.
—Salúdale de mi parte y deséale una pronta recuperación —le pidió el señor Mardell, y tras un leve titubeo añadió—: ¿Por qué no darle, además, una pequeña alegría? Dile que en cuanto se mejore le comunicaré una buena noticia.
—¿A qué te refieres, padre? —quiso saber Lucie, pero el señor Mardell era de la opinión de que las mujeres son incapaces de guardar un secreto.
—Ya se lo diré yo en persona.
Bajo la mirada vigilante de Lucie adquirí mi aportación personal al restablecimiento de Gabriel. Nos vimos de nuevo obligadas a ir en taxi, puesto que no podía llegar con retraso a casa si quería ocultar nuestra escapada a mi familia.
El taxista nos dejó en una calle miserable, delante de un mercado de verduras donde se vendían limones por un precio bastante inferior al que había pagado yo en la tienda selecta donde solía comprar Lucie, aunque los míos eran mucho más grandes y hermosos.
—Vive con su madre en la primera planta de esta casa —dijo Lucie.
Tiró con fuerza de la cuerda que colgaba de una campanilla pintada de negro. Esperamos un buen rato. De repente, se abrió una ventana por encima de nosotras y una voz estridente de mujer nos preguntó quiénes éramos y qué queríamos. Lucie enmudeció como por arte de magia, de modo que me tocó a mí hablar. Al rato, la dueña invisible de la voz gritó que nos abriría la puerta. Entramos en la casa y subimos la empinada escalera absolutamente desconchada. Los peldaños se hallaban cubiertos de periódicos a modo de alfombra.
—Gabriel iba a pintar la escalera, ¿recuerdas? —me susurró Lucie—. Pues no ha llegado muy lejos.
Los tres escalones superiores lucían un barniz gris claro impecable.
Klembem por poco se cae de su telaraña de la risa: en lo alto de la escalera nos aguardaba yaya Hofer. Consternada, solté la bolsa con los limones. El papel se rompió y tuve que lanzarme a la persecución de los frutos, que, para mi exasperación, iban dando botes por la escalera como tres picaros duendes amarillos. Cuando volví a subir, sin aliento, me encontré a Lucie tartamudeando. Yaya Hofer la escuchó un rato sin abrir la boca. Finalmente, le dijo:
—No soy la madre de Gabriel. Ella está arreglando la habitación. No esperaba recibir tan ilustre visita a esta hora del día.
Apretujadas en aquel pasillo oscuro y estrecho, donde la pobreza se palpaba en el olor a col y a colada, nos quedamos escuchando el ruido del ajetreo que se producía detrás de una de las dos puertas.
—Imagino que habrá terminado ya —dijo yaya Hofer en un momento dado para acto seguido anunciar a gritos—: ¡Vamos a entrar!
Abrió la puerta que daba a la parte delantera de la casa y nos invitó a pasar a una habitación alargada y estrecha.
Gabriel yacía con las mejillas encendidas y los ojos brillantes bajo una montaña de mantas en un catre junto a la ventana. A su lado, una mujer pálida y enjuta de cabello cano sostenía una mopa entre sus huesudas manos. Se mostraba igual de tímida que nosotras. Nos dijo que tomáramos asiento y después salió murmurando que iba a hacer té.
—¿Cómo te encuentras, Gabriel? —preguntó Lucie con voz ronca—. Te transmito los saludos de mi padre. En cuanto te mejores, te dará una buena noticia.
—Un aumento de sueldo —observó yaya Hofer—. Sinceramente, debería haber llegado mucho antes.
En el centro de la habitación había una mesa rectangular demasiado grande, con seis sillas en rígida formación. Junto a la puerta se alzaba un aparador alto y anticuado con puertas donde alternaban cuadritos de vidrio verde y granate. En el lado opuesto, una estufa redonda ardía al rojo vivo. Encima de la mesa, sobre el mantel de ganchillo blanco, había un pollo asado y un gran bote de mermelada.
Lucie vació la bolsa de la compra.
—Mira lo que te traemos, Gabriel. Y Gittel te ha comprado unos limones con su dinero.
Gabriel, que se parecía aún más al arcángel homónimo que de costumbre, nos dio las gracias entre susurros.
—Haz el favor de callarte —le riñó yaya Hofer—. El resfriado se ha ensañado con tus cuerdas vocales, así que queda tajantemente prohibido hablar. Además, acabo de hincharte a infusiones de tila —luego se dirigió a Lucie—: Sabrá que los catarros solo se curan sudando y meando sin parar.
Al contrario que Gabriel y yo, Lucie no estaba habituada a las salidas de tono de yaya Hofer y se puso pálida. Sin darse cuenta, Gabriel bromeó:
—Si quieres que pruebe ese pollo tan rico, no seas tan mandona, tía Lea.
Yaya Hofer se rio y le tiró del pelo. Una de dos: o pedía explicaciones o me moría de curiosidad.
—¿Es tu tía?
Gabriel negó con la cabeza.
—No es mi tía, pero es como si lo fuera, porque es la mejor amiga de mi madre y mía, la única que tenemos…
—¡Tú, cállate de una vez! —le ordenó yaya Hofer—. Ya contesto yo a esas preguntas. Cuánta jutzpá, Gittel, eres una atrevida. ¿Qué más quieres saber? Pero déjame que antes te diga una cosa: apuesto a que tu abuela no tiene ni idea de que estás aquí. Me la conozco. Jamás en la vida te lo hubiera consentido. Aquella es una casa de locos. Si por ellos fuera, te tendrían bajo una campana de cristal. ¡Bah!
Sabía de sobra que no iba a contradecirle ni aunque tachara a mi familia
de [12] meshuga.
Guardamos silencio hasta que volvió a aparecer la madre de Gabriel. En el ínterin me dio tiempo a pensar que yaya Hofer estaba distinta. No llevaba el extraño tocado negro con escarapela a un lado que lucía invariablemente cuando iba a ver a mi abuela. Esta sostenía que en alguna gruta debía de haber un esclavo que se pasaba el día confeccionando sombreros para yaya Hofer y que por suerte, tan pronto como ese esclavo muriera, aquel oficio entraría a formar parte del catálogo de las artes extinguidas. Pensé también que desconocía la edad de yaya Hofer. Para mí era intemporal, como mi abuela y Rosalba.
La madre de Gabriel traía una bandeja de estaño con una tetera y cinco vasos. La depositó sobre la mesa y nos sirvió un té a los cuatro. Yaya Hofer le propuso que «atacáramos» el bote de mermelada. Sin esperar respuesta, sacó rápidamente unos platos del aparador y echó en cada uno de ellos una generosa cucharada de confitura. Para mi sorpresa, estaba deliciosa. Yaya Hofer dio de comer a Gabriel como a un bebé, obligándole a permanecer arropado hasta la barbilla. Gabriel no sentía ningún temor hacia ella. Es más, hasta se atrevió a darle un par de mordiscos inofensivos en la mano.
—¡Granuja ingrato! —exclamó yaya Hofer entre risas—. ¡Estate quieto o vas a cobrar!
—No sería la primera vez —replicó Gabriel con voz carrasposa.
—¡Y tanto! Nos conocemos desde hace mucho tiempo. Va siendo hora de que pienses en contraer matrimonio. Tengo la mira puesta en una muchacha encantadora. Tiene menos de dieciocho años y no le falta el dinero. Soy partidaria de que la gente se case joven y con alguien de su misma condición. No quiero que salgas malparado como mis hijos, tan tercos los dos que no me hicieron ni caso.
De repente, la madre de Gabriel se volvió locuaz. Muy apenada, nos habló de la tremenda desesperación que había sentido en aquel hospital, con el recién nacido Gabriel en brazos, en un país extraño cuyo idioma desconocía. Hasta que se hizo el milagro. De pronto, se había acordado de que en la ciudad debía de vivir una antigua compañera de colegio. Afortunadamente, una de las monjas de la maternidad era polaca como ella. Tras mucho esfuerzo, la hermana dio con la dirección y llevó una nota. Menos de una hora más tarde, yaya Hofer se presentó en el hospital con ropa y comida y todo cuanto uno se podía imaginar. Llegados a ese punto de la historia, yaya Hofer relevó a la madre de Gabriel:
—Y aunque ahora no se diría, aquel mocoso era el bebé más guapo que he
visto nunca. Las monjas decían: «Parece el niño Jesús». [13] Lehavdil. Desde aquel día considero a Gabriel como mi tercer hijo.
La palabra lehavdil se musitaba cuando alguien comparaba sin querer a una persona sana con un enfermo, o a una persona viva con un muerto. Fuera de contexto, era un término hebreo inocente que no significaba otra cosa que «salvando las distancias», pero se creía que, articulado inmediatamente después de uno de esos deslices, apaciguaba a los malos espíritus. La cara de susto de Lucie dejó de manifiesto que no había entendido nada. Me propuse explicárselo en cuanto saliéramos de allí.
—Tenemos que irnos, Gittel —anunció—. Adiós, Gabriel. Cuídate mucho.
Yaya Hofer no consintió que nos aproximáramos a él para despedirnos, de modo que le saludamos desde la distancia. La madre nos estrechó la mano con expresión sombría, asegurándonos que, pese a llevar una vida muy dura, se sentía asombrada y agradecida al comprobar que había tantas buenas personas en el mundo. Con todo, no había palabra agradable que su voz no transformase en queja o reproche.
Yaya Hofer nos acompañó hasta la escalera. Antes de dejarnos, me agarró la barbilla y me obligó a mirarla a los ojos.
—Si tú no dices nada, yo tampoco lo haré —afirmó.
Fue un gran alivio. Aun así, Lucie se echó a llorar en el taxi de vuelta a casa. Al no comprender por qué lloraba, no pude consolarla.
Al final de la semana, Gabriel se reincorporó al trabajo. Tan educado como siempre, vino a darnos las gracias por nuestra visita. Se alegraba de estar mejor y de poder viajar a Lier con nosotras el domingo siguiente.