Vente a casa

Jordi Nopca · Capítulo 1 de 10

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Vente a casa

No te vayas

Jordi Nopca

Vente a casa

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Titivillus 30-04-2018

Título original: Puja a casa

Jordi Nopca, 2015

Editor digital: Titivillus

ePub base r1.2

A mi abuelo Josep,

que nunca se irá del todo

No te vayas

 

«Dentro del escaparate una hermosa mujer estaba tendida sobre un colchón de muelles».

BORIS VIAN, La espuma de los días

Hoy es 5 de enero, último día de la campaña de Navidad. Esta noche los Reyes Magos llenarán las casas de regalos y pasado mañana empiezan las rebajas. En el Bulevard Rosa del paseo de Gracia, la mayoría de tiendas han estado abarrotadas toda la jornada: incluso entre las dos y las cuatro de la tarde, hora de comer, la afluencia de clientes ha sido notable. A las cinco, como ha ocurrido todos los días desde hace casi tres semanas, en la pequeña plaza del centro comercial han aparecido dos chicas con camisetas rojas cargando dos bidones metálicos, que han instalado dentro de una caseta de madera sintética. Mientras llegaban, el rojo de las camisetas y la juventud de quien las llevaba han llamado suficientemente la atención como para que algunos compradores saliesen de las tiendas e hiciesen cola delante de la caseta. Habían tenido tiempo de sobra para aprenderse la lección: eran las cinco de la tarde, el momento ideal para tomarse gratis una taza de chocolate caliente. Una de las chicas ha tardado apenas dos minutos en levantar la persiana de la caseta. Cuando lo ha hecho, ya tenía media docena de personas dispuestas a beneficiarse de la promoción, que acabará exactamente al cabo de cuatro horas y cincuenta y siete minutos. Dentro de dos días llegará el momento de hacer balance con el hombre que las ha contratado: durante la campaña de Navidad, las chicas habrán repartido casi cuatro mil raciones de chocolate caliente, un auténtico éxito.

En todo este tiempo, debido a la buena acogida de la promoción, casi no les ha hecho falta pregonar los eslóganes corporativos. Es cierto, en cambio, que a veces han tenido que suplicar un poco de paciencia a la cola de hombres, mujeres, abuelos y niños hambrientos que tenían delante. El bidón tardará unos cinco minutos en calentarse. Siempre que dan esta información se producen dos o tres deserciones. Hoy, sin embargo, todo el mundo aguanta el tipo. El chocolate es una recompensa necesaria al sprint de las últimas compras.

Míriam observa la acción de marketing desde el mostrador de la minúscula tienda de ropa donde trabaja. Hoy debería ser su último día, pero, el sábado, su jefa —y propietaria del local— le comunicó que contaba con ella hasta finales de enero.

—Estas rebajas van a ser la bomba. Ya lo verás. Me parece que hasta tendré que contratar a otra niña —le prometió.

Ella hizo un gesto afirmativo con la cabeza. Era la primera vez que trabajaba en una tienda de ropa y se tomaba las palabras de la propietaria como la homilía de un cura en una época menos descreída que la actual. Cuando llegaba a casa, procuraba olvidar la doctrina, que consideraba estúpida —¿por qué la seguía llamando «niña» si lo cierto era que la trataba con tan pocos miramientos?—, y se dedicaba un rato a perseguir su futuro laboral: mientras aguardaba la posibilidad de convertirse en profesora asociada de historia del arte, intentaba encontrar trabajo en un museo o en una galería. Todavía disponía de la ayuda económica de su padre, historiador de renombre, pero desde hacía unos meses quería ganarse la vida por sí sola. Harta de mandar currículums a través de webs de bolsas de trabajo, a principios de diciembre se había decidido a probar suerte en el comercio de proximidad. La misma web que no le conseguía nada ni remotamente relacionado con su formación le había permitido llegar, sin demasiado esfuerzo, a la tienda del Bulevard Rosa donde había terminado siendo contratada. En una brevísima entrevista, la propietaria había comprobado que tenía un nivel funcional de inglés y francés y, sobre todo, que su presencia era la ideal para el trabajo que había de desempeñar: ojos verdes, sonrisa fácil, cintura estrecha y unas largas piernas que harían las delicias de los clientes siempre que le tocase salir de detrás del mostrador para recorrer el establecimiento en busca de unos pantalones o tuviese que subirse a la pequeña escalera que le permitía alcanzar los neceseres de colores chillones dispuestos en el último estante, el más alto e inaccesible.

Míriam vivía sola desde finales de octubre en un piso destartalado de Sant Antoni. Había celebrado que tenía trabajo con una botella de cava que Ramón, su ex, no se había llevado al irse de casa. Después de beberse dos copas, había llamado a su padre para comunicarle la buena noticia. Él la había felicitado con corrección, le había recordado que perseverase en «el lance laboral» y le había prometido que un día iría a verla. No había quedado claro si la visita sería al piso o a la tienda. Al final, no había hecho ni una cosa ni la otra, quizá porque ya tenía suficiente con que se vieran el día de San Esteban: los dos habían comido con sus abuelos en un restaurante caro de Sarrià. La noche de la llamada, su padre había colgado el teléfono y había seguido trabajando tranquilamente en el ensayo sobre el Sitio francés de Barcelona de 1697 que pretendía publicar en un par de años. Ella había dejado el cava que le había sobrado en un rincón de la nevera. La botella sigue ahí, medio llena y desbravada. Cuando Míriam abre la nevera y la ve, piensa en Ramón. Solo le vienen a la cabeza malos recuerdos. Los últimos días de convivencia, fríos, desasosegantes y agónicos. La discusión final, en cuyo transcurso había salido la verdad que desde hacía semanas se cocinaba: alguna tarde, antes de volver a casa, se encontraba con una arquitecta. Dime que es mentira, si te atreves. Dímelo, hijo de puta. O la mañana que había hecho las maletas y se había largado para siempre. Llovía a cántaros y, con cada viaje que él hacía del coche a casa, crecía el rastro de pisadas en el pasillo. En vez de limpiar el parqué, Míriam había preferido que la marca del hijo de puta se fuese desintegrando sola. Había esperado hasta el fin de semana para borrar a Ramón del piso. Esa noche, arreglada para salir con sus amigas —dispuesta, en principio, a hacer lo que hiciera falta con quien fuese necesario—, había bajado una bolsa de basura con objetos que relacionaba con su expareja y no soportaba tener cerca ni un minuto más. La dejó al lado del contenedor, por si alguien quería quedarse con algún disco de Kiss, Dire Straits y Joe Cocker o con alguna película de acción de los noventa, con la lámpara halógena del despacho o con el delantal que le había regalado cuando llevaban dos semanas viviendo juntos. Había vuelto a casa a las cuatro de la madrugada, sola, y después de comprobar que la bolsa de basura había sido perfectamente saqueada, vomitó sobre ella parte del alcohol que había tomado.

 

Veinte minutos después de empezar a repartir vasitos de chocolate caliente, una de las dos chicas sale de la caseta para ir a buscar el tercer bidón a la furgoneta de la empresa, estacionada en el aparcamiento que queda a dos minutos del Bulevard Rosa. Con suerte, uno de los guardias de seguridad que pululan por el centro comercial se ofrecerá a cargar el peso. ¿Te ayudo, guapa? En los pequeños intervalos de tiempo en los que no tiene que atender a nadie, Míriam estudia la acción de marketing. Son solo las cinco y media y la caja que han hecho hoy es extraordinaria, pero a ella le da igual. Todavía queda media hora para que llegue su Robin Hood, pero ya le sudan las manos y le tiembla un párpado. El primer síntoma suele aparecer antes de quedar con un chico que le gusta. El segundo solo hace acto de presencia minutos antes de empezar un examen decisivo o cuando visita a su madre en el pueblo. Tampoco la preocupan demasiado, porque sabe que se esfumarán cuando venga el chico.

Lo llama Robin Hood porque tiene una mirada inteligente, es menudo y le parece que podría esconder a un héroe en su interior. Y también por la constancia. Desde que hace nueve días apareció de la nada, tímido y dispuesto a encontrar una gargantilla para su hermana pequeña, no ha dejado de visitar la tienda todas las tardes, con la sola excepción del primer día del año, por ser festivo.

—No tiene mérito. Me viene de camino. Y así te distraigo un poco —le ha dicho más de una vez, con una breve sonrisa que pretende inspirar confianza.

¿De camino adónde? Eso es lo que ella le habría preguntado, si no fuera porque intuía que la heroicidad de su Robin Hood tenía algo que ver con ese trayecto. Era el mismo tipo de presentimiento que le había permitido adivinar, cuando estudiaba historia del arte, que Egon Schiele había muerto joven y que Vladímir Maiakovski se había suicidado. Si todo iba bien, tendría tiempo de averiguar hacia dónde se dirigía Robin. A Míriam le gustaba sentirse observada, protegida por el mostrador de la tienda, calentándose las manos con el vasito de chocolate caliente que muy educadamente le había llevado el chico. Lo que más le gustaba de él eran sus ojos, expresivos y de color avellana, y sus manos, finas, recorridas por venas poco marcadas.

El primer día se quedó la gargantilla que más le gustaba a ella.

—¿Cuántos años tiene tu hermana? —le preguntó mientras iba sacando género de los cajones minúsculos que a menudo se atascaban (por suerte, no fue el caso).

—Veintidós. No: veintitrés.

—Veintitrés. ¿Y le has regalado alguna joya antes?

Robin Hood abrió los ojos exageradamente: las únicas joyas que debía haber visto habían acabado entregadas a los pobres después de un ataque contra algún señor feudal envilecido por la codicia.

—No… No me acuerdo.

—Estoy convencida de que si le hubieras regalado alguna te…

—Una vez le compré unos pendientes. Pero hace años. Eran dos pájaros de plata.

—Entonces le gustan los animales.

—Especialmente los pájaros.

Míriam le enseñó una gargantilla que mostraba, desplegadas en la parte que caería sobre el escote, tres golondrinas con las alas abiertas. Él frunció el ceño. ¿Cuántos años tendría la dependienta? ¿Veintiocho? ¿Treinta, quizá?

—También tengo este otro —continuó, sacando del mostrador otro colgante con un petirrojo gordito—. Este es muy simpático, ¿verdad?

—Psé…

Pero Robin Hood seguía poniendo cara de circunstancias. Había que abandonar cualquier tipo de representación animal. Después de un par de propuestas barrocas, Míriam le enseñó una gargantilla minimalista que tenía una pequeña lámina dorada en el centro, serena y majestuosa.

—Esta es especial —dijo él.

Míriam le dio la razón asintiendo un par de veces. Reprimió a tiempo unas palabras que la habrían delatado: es mi favorita.

—¿Crees que le gustará?

—Si tiene buen gusto… —dijo sonriente—. En el caso de que no termine de gustarle, podemos cambiársela sin problemas. En principio tiene quince días, pero si viene antes de un mes, no pasaría nada.

Satisfecho por el asesoramiento, Robin Hood pagó con tarjeta de crédito, lo que permitió que Míriam leyera el nombre del cliente: Antoni. Se lo guardó en un rincón del cerebro mientras él tecleaba el pin de la tarjeta. También lo vio, pero lo olvidó enseguida.

—Muchas gracias —dijo al devolverle la tarjeta y una copia del recibo.

—Gracias a ti.

Robin Hood habría podido dar media vuelta y desaparecer por siempre jamás. Hizo el gesto de marcharse, pero solo ladeó la cabeza en dirección a la plaza desde donde el par de chicas de la acción de marketing repartían vasitos de chocolate caliente. Había una cola de más de veinte personas.

—Cuánta gente —dijo con un controladísimo toque de desdén.

—Todas las tardes igual. Regalan chocolate caliente.

—Interesante.

Robin Hood detestaba el chocolate: si tomaba, le daba dolor de cabeza. Habría soltado un comentario sarcástico, pero Míriam se le adelantó.

—Si no trabajase, creo que yo también haría cola todas las tardes. Chocolate caliente, ¡uau! Me encanta.

El entusiasmo de Míriam por el dulce no era incompatible con la devoción académica por la obra de Lucian Freud. La carne flácida y cetácea de los retratos del pintor inglés le había interesado tanto que le había dedicado su tesis doctoral. Y, al mismo tiempo, mientras vivía con sus padres había sido capaz de cualquier sacrificio doméstico —lavar los platos, tender la ropa, sacar la basura— para conseguir una ración extra de tarta o galletas.

—¿Quieres un poco?

Robin Hood la miraba con ojos vivaces, pero, al mismo tiempo, impregnados de tristeza.

—¿Quieres que te traiga un vasito?

—Hay mucha cola.

—No tengo prisa. Me había reservado toda la tarde para comprar el regalo de mi hermana.

—Como quieras. ¡Gracias!

El chico esperó un cuarto de hora para conseguir la ración de Míriam. Ella le echaba un vistazo cada vez que acababa de atender a alguien. Era pequeño, sí, pero bien plantado. Quizá llevaba el pelo un poco largo, pero le gustaban las dos hileras de dientes minúsculos de un blanco impoluto. Los había visto cuando, satisfecho por haber encontrado la gargantilla, había sonreído: seguro que no fumaba.

Robin Hood le llevó un vasito de chocolate caliente con un sobre de azúcar y una cuchara. Ella le dio las gracias —repitió la palabra tres veces— y él respondió antes de irse que no era para tanto. Al día siguiente, apareció por la tienda a las ocho, la hora en que solía recibir una breve visita de la propietaria. Se esfumaba en cuanto confirmaba que las ventas iban a buen ritmo y que no había tenido ningún problema.

—Pasaba por aquí y se me ha ocurrido que quizá te apetecía un poco de chocolate.

Míriam puso cara de circunstancias.

—No sé si es una buena idea: mi jefa está a punto de llegar. Siempre aparece sobre esta hora, pero no tarda mucho en marcharse.

—¿Quieres que venga dentro de un rato? —dijo él. Como la cola era más larga que la del día anterior, dijo—: Me parece que hoy tengo para una media hora. Seguro que cuando llegue yo, ella ya se habrá ido.

—Quizá sí.

—Entonces, ¿quieres chocolate o no?

—Sí.

—¡Lo sabía! —exclamó Robin Hood, levantando el pulgar en señal de aprobación.

Salió de la tienda como un cohete. La rapidez y el descontrol hicieron que estuviera a punto de chocar con un maniquí que había en la entrada. Míriam, que también estaba bastante nerviosa, tocó sin querer un botón del teclado y se las vio y se las deseó para recuperar la configuración inicial del programa de venta. Por suerte, cuando apareció la propietaria, había resuelto el embrollo y a Robin Hood todavía le quedaba un buen rato de cola. Amenizaba la espera con la lectura de un libro delgado cuya cubierta tenía una foto en blanco y negro de un hombre. No conseguía leer ni el título ni el nombre del autor.

El chico tuvo la delicadeza de esperar al lado de la puerta de la tienda hasta que Míriam le dio permiso para entrar.

—Muchas gracias.

—No tiene importancia. Me viene de camino. Y así me distraigo un poco.

Míriam dejó el vasito de chocolate caliente sobre el mostrador —quemaba demasiado— y, cuando levantó la vista, Robin Hood le decía adiós con la mano. A su lado, una mujer reclamaba la atención de la dependienta:

—¿Quieres venir un momento? —chilló—. No sé si estos pantalones me quedan bien.

La impresión de la mujer era la correcta: sus caderas quedaban embutidas en la tela vaquera y su culo parecía una manzana a punto de caer del árbol.

—Voy enseguida.

Robin Hood ya cruzaba la plaza del centro comercial, huyendo a buen paso hacia un lugar desconocido.

Al día siguiente, domingo, apareció en la tienda a las seis en punto. Era una buena hora. Pudieron hablar cinco minutos sin que ningún cliente los interrumpiera. Se presentaron oficialmente (Toni, Míriam), dijeron sus edades respectivas (treinta, veintiséis) y la carrera que habían estudiado (humanidades, historia del arte). Míriam le agradeció una vez más las visitas y él le repitió la misma fórmula del día anterior, la que continuaría utilizando siempre que la chica mencionase el detalle de llevarle el vasito de chocolate caliente.

—Es la primera vez que cuando digo qué carrera he estudiado no me preguntan cuál es mi artista favorito.

—También te lo podría preguntar.

—Y yo te pondría a prueba. Te diría: Emil Nolde y Martin Kippenberger. Con un poco de suerte ubicarías a Nolde en el expresionismo alemán de principios del siglo XX.

—Si no supiera quién es Kippenberger… ¿te parecería muy grave?

Robin Hood sonreía, enseñando los colmillos minúsculos: sin duda era un zorro, uno de los animales que más intrigaban a Míriam. Depredador pero elegante. Misterioso y entrañable a la vez. La chica dijo que Kippenberger era una prueba iniciática, no tanto porque el otro tuviese que conocer la obra del artista sino porque implicaba estar dispuesto a escuchar cinco minutos de discurso sobre die Neue Wilde, las transvanguardias europeas de los ochenta y las provocaciones divertidas del alemán, como esa vez que hizo una escultura de una farola para borrachos: en vez de ser recta, dibujaba una enorme letra ese, pensada para adaptarse al cuerpo doblado de todo aquel que hubiera bebido demasiado.

—Es una prueba muy fácil de soportar. Creo que hasta resulta tentadora —precisó él—. ¿Mañana abriréis?

—Solo cerramos el día 1. Y el 6. Pero el 6 ya es la semana que viene.

Sin pedirle si quería chocolate caliente, Robin Hood salió de la tienda de ropa y aprovechó que había menos cola que los otros días para conseguir un vasito.

Al día siguiente volvió a aparecer a las seis en punto, pero con la ración de chocolate en las manos.

—Hace tantos días que te traigo chocolate, que me han entrado ganas de probarlo —le hizo saber, a punto de dar un sorbo.

—¡Cuidado! Te vas a quemar.

Robin Hood se acercó el vaso a la nariz y lo mantuvo allí un par de segundos. Volvía a parecer un zorro olfateando el peligro, dudoso de si asaltar el gallinero que tiene delante o dar media vuelta y esconderse en el bosque.

—Tienes razón.

Dejó el vasito, la cucharilla y el sobre de azúcar sobre el mostrador.

—¿Te quedan muchos días de trabajo en la tienda? —quiso saber.

—Tengo contrato hasta el 5 de enero.

—Todavía hay tiempo —murmuró. Y para corregir rápidamente aquella enigmática frase, dijo, en voz más alta—: ¿Te gustaría que, un día de estos, fuéramos a beber una cerveza? Te diría de ir a tomar un café pero tienes todas las tardes ocupadas y debes de salir tarde.

—La tienda cierra a las nueve, pero no salgo hasta las nueve y media, porque tengo que cuadrar la caja con mi jefa.

Míriam estuvo a punto de preguntar socarronamente a Robin Hood si aquello de quedar era una excusa para atracar la tienda. ¿Entregaría el botín a los pobres? ¿Reservaría una pequeña parte para invitarla a cenar?

—Podríamos comer algo aquí mismo. Abajo hay un restaurante de sushi que tiene buena pinta. ¿Te gusta la comida japonesa?

Recibió una respuesta afirmativa por duplicado: verbal y gestual, con la cabeza inclinándose hacia delante varias veces, imitando las reverencias del maestro de Karate Kid. Dar cera, pulir cera, Daniel San.

 

Hoy Robin Hood tarda más de la cuenta en venir. Míriam atiende a los clientes con desgana y, cuando llega la propietaria, no tiene que esforzarse en fabricar una conversación artificial: la mujer critica el pasotismo de su hija, una adolescente que acaba de cumplir dieciséis años, y repite —con un convencimiento preocupante— que la peque no hará nada bueno en la vida. La propietaria tampoco se entretiene allí demasiado, hay muchos clientes que atender.

—Me voy —dice, y la deja otra vez sola, preocupada por la ausencia de su amigo.

Fueron a cenar anteayer. De todas las variedades de sushi que probaron, la preferida fue el uramaki con atún rojo, aguacate y una salsa picante que te hacía sentir un poco de sed. Habían pedido una botella de vino blanco. Se la acabaron antes del postre.

—¿Y ahora qué? —preguntó él, después de apurar la última copa—. Nos hemos quedado sin combustible.

Míriam no quería más vino: ya había bebido suficiente, porque notaba que las mejillas y la frente le pesaban demasiado. Mientras se comía un helado de té verde, Robin Hood se tomó una cerveza japonesa. Habían dedicado un buen rato a hablar de La vida de Adèle —una de las sensaciones cinematográficas del otoño— obviando las escenas de sexo y, después, Robin había sacado el libro que tenía un hombre en blanco y negro en la cubierta. Llevaba traje: en una mano sostenía un paraguas y, en la otra, el sombrero. Se lo había recomendado a Míriam.

—Es una novela excepcional —le aseguró.

Habría querido soltar una ristra de adjetivos, pero se había quedado sin palabras.

—Los hermanos Tanner —leyó ella en voz alta.

—Estoy seguro de que te gustará. ¿Quieres que te la deje?

—Quizá más adelante. Estos días, trabajando tantas horas, no tengo mucho tiempo libre.

Robin Hood, que todavía vivía con sus padres, combinaba un máster en Gestión de Industrias Creativas y Culturales con las clases particulares que daba a estudiantes de secundaria y bachillerato. Le bastaba con dedicar diez horas semanales a los alumnos —la mayoría, casos perdidos— para conseguir suficiente dinero para sus gastos personales y ahorrar para comprarse un coche. En vez de confesarle esta aspiración, durante la cena en el restaurante japonés se centró en reconstruir alguna de las anécdotas más sórdidas de su experiencia como profesor particular. Un día, uno de sus alumnos lo había recibido en calzoncillos. «Has llegado muy pronto, profe», le había dicho antes de dejarlo pasar a su habitación. El alumno recogió el pijama del suelo y se lo puso. A media clase, Robin había visto que de debajo de la colcha revuelta de la cama salía un brazo y, después, unos pechos adolescentes. Fingió concentrarse en la lección para que la chica pudiera vestirse sin que nadie se diera cuenta. Por el rabillo del ojo, intuyó que se estaba poniendo las bragas y abrochándose el sujetador. El alumno se reía entre dientes mientras iba rellenando los espacios en blanco de un ejercicio de inglés sobre vocabulario náutico. Cuando la chica tuvo la camiseta puesta, Robin Hood se volvió y le pidió, con toda la naturalidad de la que fue capaz, que le llevase un vaso de agua.

Detuvo la historia en este punto para recordar otra, aquella en que había descubierto restos de cocaína en la nariz de una señora, que le había abierto la puerta más espabilada que de costumbre. En el salón, el perro de la familia lamía con avidez el espejito donde la mujer se había preparado la raya. El animal había recibido una buena zurra. «¡Mala bestia! —había chillado ella—. Siempre hace lo mismo: le encanta comerse mi maquillaje.» Robin esperó a que su alumno volviese del entrenamiento de fútbol sentado en el sofá familiar mientras su madre miraba un magacín televisivo donde una de las tertulianas confesaba que su marido llevaba dentadura, inicio de una larga cuña publicitaria sobre la «mejor» crema adhesiva dental.

Míriam había detenido el relato:

—¿Recuerdas de qué marca era?

—No. ¿Por qué?

—Mi abuelo utiliza una que dura poquísimo. Normalmente, a media comida, tiene que levantarse de la silla para ir a buscar la crema y volver a pegarse los dientes. Siempre le pasa lo mismo, pobre.

A Robin Hood, el comentario no le hizo ni pizca de gracia, pero en vez de fastidiar la cena ofreciendo un monólogo sobre cremas adhesivas dentales —tema que conocía a la perfección— acabó contando la anécdota de la cocaína ya sin mucho entusiasmo. Sentados en el sofá, la madre de su alumno y él oyeron girar la llave en la cerradura. No era su hijo sino su marido. Entró en el salón arrastrando una maleta de ruedecitas y se sorprendió mucho al encontrar allí a un extraño. Por poco no lo sacó a puñetazos.

—El hombre me miró a los ojos unos segundos como si así pudiese comprobar sin margen de error si era inocente o culpable.

—¿Y qué pasó?

—Nada. La mujer le dijo que yo era el profe de matemáticas y el hombre me dio la mano. La tenía sudada.

En el momento de pagar, Míriam no aceptó que su compañero de mesa la invitara. Pagaron la cuenta a medias y, cuando salieron del restaurante, con una sonrisa cautivadora, Robin Hood le propuso ir a tomar un daiquiri.

—Sé de un sitio donde los preparan muy buenos y está solamente a cinco minutos de aquí.

Como no hacía ni pizca de frío, pasearon lentamente hasta la coctelería, un local amueblado con espíritu clásico donde los camareros vestían americanas blancas y trataban de usted a los clientes. Míriam no habría entrado allí jamás con sus amigas, menos aún con Ramón, que solo pisaba un bar para ver los partidos del Barça. Quizá le habría parecido que la coctelería, poco iluminada y con más de una pareja que se citaba allí en secreto, escondía un prostíbulo. Ramón era de esos que todavía quieren casarse por la Iglesia. Se ponía como una moto si ella mencionaba el matrimonio civil, aunque solo fuera para provocarle un poco, pero al mismo tiempo, dos años antes le había regalado un vibrador por su cumpleaños. Ella había reaccionado mal y no había consentido sumarlo a sus fantasías sexuales hasta al cabo de unos meses, una noche que los dos habían bebido demasiado vino. Desde entonces, el vibrador se había convertido en una herramienta puntualmente útil, pero, sobre todo, divertida. Cuando lo sacaban del cajón de la mesilla de noche donde lo guardaban, acababa propiciando, más que un pequeño incendio carnal, algún diálogo hilarante.

En la coctelería, Míriam confirmó, animada por la conversación pausada y las maneras tranquilas de Robin Hood, que sentía alguna cosa por él. Era innegable que se entendían bien y creía tenerlo ya en el bote, aunque no tenía prisa por comprobarlo. Con Ramón había hecho falta todo un año de coincidir dos veces por semana en la academia de inglés antes de quedar para ir a ver Infiltrados, con Leonardo di Caprio, Matt Damon y Jack Nicholson. Tuvo que pasar otro curso entero antes de que se dieran el primer beso: por en medio hubo decenas de llamadas y de mensajes de móvil, casi doscientos correos electrónicos, cinco visitas a casa de los padres de ella y ocho a la de los de él, una docena de películas vistas en el cine y hasta una pequeña excursión a Sitges, donde los abuelos maternos de Míriam tenían una casa de veraneo.

Tras dar buena cuenta de un par de daiquiris por cabeza, las anécdotas fueron espesándose con detalles superfluos que entorpecían el ritmo de la conversación. Podían dedicar diez minutos a recordar una tarde en que la cola para conseguir el chocolate caliente había sido tan larga que las miradas mutuas se habían vuelto inevitables o se atascaban comentando una de sus películas preferidas de su infancia, La historia interminable. A ella le gustaba Fújur, el dragón de blanco pelaje y mirada afable. Él recreó una de las escenas más dramáticas, cuando el caballo del heroico Atreyu se hunde en el Pantano de la Tristeza mientras, de fondo, se escuchan sintetizadores épicos.

—¿Te acuerdas de aquella canción que había al final? ¡Era espectacular! — exclamó Míriam—. Ahora no sé si la cantaba un hombre o una mujer.

—¿Quizá un hombre con voz de mujer?

Para acabar con cualquier duda, Robin Hood sacó el móvil del bolsillo y tecleó las palabras mágicas en Google: neverending story song. Seleccionó un videoclip en el que un hombre con chupa de cuero y pelo teñido de rubio oxigenado —con un mullet frondoso, que acababa de ser sometido a una meritoria sesión de peluquería— entonaba las primeras estrofas de la canción, hasta que una mujer negra —pelo afro, pendientes enormes, labios gruesos— se le unía poco antes de llegar al estribillo. La letra, que aunaba fantasía y superación personal, tenía como contrapunto el escenario, unas cloacas tenebrosas por el humo que escapaba a presión de unas cañerías.

Más tarde, poco antes de despedirse, hablaron brevemente de sus familias. Fue entonces cuando Robin Hood confesó que «todavía» vivía con sus padres y la palabra se clavó en la mesa de la coctelería igual que aquella primera flecha que hería mortalmente a los vigilantes despistados de las torres medievales, anunciando un combate sangriento. Míriam supo detener a tiempo el ataque. Ella también le podía contar un secreto: su padre era un historiador famoso. Cerró los ojos, dispuesta a encajar el comentario que le habían repetido decenas de compañeros de clase, amigos y tíos que querían algo más (ni Ramón había podido evitarlo):

—Eres igual que tu padre, pero sin el bigote.

Robin Hood, empleando ese sexto sentido de zorro que corría por sus venas, desvió la expectativa hacia un tópico más agradable:

—¡No puede ser! Gracias a uno de los manuales de tu padre me saqué dos asignaturas de humanidades —Y, levantando la copa medio vacía, todavía rizó un poco más el rizo—: Tenemos que brindar por él ahora mismo.

—Toni —dijo ella, también con la copa levantada—. Soy yo quien te da las gracias. Por la cena y por haberme traído aquí.

Brindaron haciendo un poco de comedia y, al cuarto de hora, se marcharon a casa. Cada uno a la suya, aunque habrían podido acabar en el piso de Míriam y continuar charlando —solo charlando— hasta que el cielo se fuera aclarando y manchara de gris matutino el sofá, el parqué y el metal barato de la jaula vacía donde algún inquilino anterior había tenido un loro repelente.

 

Excepcionalmente, hoy las chicas cierran la caseta treinta minutos antes que el resto de días. Solo son las ocho y media y ya se quieren ir. Al lado hay, alineados, seis bidones de chocolate vacíos que tendrán que llevar hasta la furgoneta en varios turnos. Un guardia de seguridad les da palique. Desde la tienda de ropa, Míriam intuye que intenta conseguir los números de móvil de las chicas como sea: es el último día de la acción de marketing. Las artimañas del guardia no dan resultado y continúa la ronda, cabizbajo, igual que un oso intentando descubrir un rastro secreto de miel. Si hiciera falta, lo perseguiría hasta el infinito.

Robin Hood no ha venido. A Míriam todavía le queda media hora de vender artículos y asesorar a clientes despistados. Un señor de unos cincuenta años se queda tres vestidos carísimos, dos de una talla pequeña y el tercero de la talla más grande que tienen. Se le ve angustiado. La dependienta prácticamente no cruza palabra con él, absorta en el recuerdo de Nochevieja. Fue a cenar a casa de unas amigas, en el barrio gótico. A las doce y media, cuando ya había trasegado seis copas de vino y tres de cava, su móvil se iluminó. Era Ramón. Se levantó de la silla pegando un brinco y se encerró en la cocina. La conversación empezó bien, pero desde el momento en que Ramón intuyó que Míriam había salido de fiesta, le espetó una ristra de reproches sangrantes, desproporcionados. Cuando se hubo desfogado, le pidió perdón y le llegó a preguntar si quería verlo esa noche.

—No sé si me apetece —dijo ella.

—Por favor.

Tuvo que suplicarle para convencerla. Habían quedado en la puerta del Sidecar a la una y media, pero Míriam no se presentó. No quería que Ramón la molestase más e incluso apagó el móvil antes de entrar en una discoteca del Raval. A la mañana siguiente, cuando lo encendió antes de ducharse, tenía quince llamadas perdidas de él y unos cuantos mensajes de Whatsapp, que iban del saludo afectuoso —casi obsceno — hasta el insulto más viperino. La noche anterior se había besuqueado con un sueco alto y apático en la puerta de la discoteca. Compartieron un cigarrillo de liar mientras él hablaba de los encantos de la isla de Gotland, donde había crecido. Luego llegó la breve muestra de afecto lingual y, justo después, Míriam le dijo que tenía que ir un momento al baño. De nuevo dentro de la discoteca, se las ingenió para huir por una de las salidas de emergencia, que daba a un pasillo largo y mal iluminado en el que había unas cuantas parejas manos a la obra. Pasó casi rozando los cuerpos hasta la puerta que daba a la calle.

—Eo. Buenas tardes —dijo una chica que llevaba el contorno de los ojos maquillado de un negro intimidante—. ¿Me puedes cobrar?

Son las nueve menos cinco. Detrás de la chica hay otros dos clientes. Y cuatro compradores potenciales paseándose por la tienda. Los Reyes Magos tienen que abastecerse antes de mañana por la mañana. La cabalgata ha recorrido el centro de la ciudad a media tarde: quizá eso haya despertado el instinto de aquellos que creen indispensable hacerse con unos zapatos, un cinturón o una camisa pocos minutos antes de bajar la persiana. A partir de ese momento tocará empezar a preparar las fabulosas rebajas.

Míriam acaba tarde y de mal humor, bajo la atenta y exigente mirada de la propietaria. A la hora de hacer caja y contar el dinero, la cifra del día es tan cuantiosa que la dependienta recibe una bonificación de cincuenta euros. Aun así, sale del Bulevard Rosa con la angustia de no saber nada de Robin Hood. No consulta el móvil porque no le serviría de mucho: todavía no se han dado los números. Si le hubiese echado un vistazo, habría descubierto unas cuantas llamadas perdidas y mensajes de Whatsapp de Ramón.

En vez de ir directamente a casa, le da otra oportunidad a su amigo, encendiéndose un cigarrillo y fumándoselo en la entrada del centro comercial. Tiene que intercambiar cuatro palabras con uno de los guardias de seguridad para pedirle fuego. ¿Cómo puede haber perdido el mechero? El hombre le cuenta que ese es su último día, poniendo cara de niño asustado por la inminencia de la vuelta al cole. A Míriam no le apetece animarlo y le dice, mintiendo, que a ella solo le quedan cinco días de trabajo. Después deberá volver al pueblo donde viven sus padres: trabajará en el negocio familiar.

—Tienen una carnicería —dice para deshacerse del guardia.

Después de esa pequeña charla, Míriam se aleja unos metros del hombre. Se sienta en un banco y mira cómo pasan los transeúntes. Las caladas que da son largas pero espaciadas. Cuando da una, la pierna derecha se le dispara y sube y baja rítmicamente hasta que ella misma se da cuenta del tic nervioso. Automáticamente le tiembla el párpado. Menos mal que después de salir a la calle las manos le han dejado de sudar. Se obliga a detenerse, pero cada vez que traga humo y nicotina pierde de nuevo el control. Robin Hood llega mientras ella relacionaba su desazón con los gestos que hacía su padre si leía concentrado: se pasaba las manos por el pelo compulsivamente y apretaba los dientes.

—Hola —dice Robin—. Hoy he llegado muy tarde. Lo siento.

El chico junta ambas manos para pedirle perdón.

—No pasa nada. No tienes la obligación de venir a verme. Después de hacer caja con la jefa he pensado que te escribiría un mensaje para decirte que me iba, pero no tengo tu teléfono. Y tú no tienes el mío.

—Es verdad.

Robin saca el móvil de uno de los bolsillos del pantalón, pero Míriam le hace un gesto que acompaña unas palabras disuasorias para que no le cante los nueve dígitos en voz alta. A continuación, le pregunta si quiere ir a tomar algo, pero él niega con la cabeza.

—Prefiero que caminemos un rato. ¿Te apetece bajar por el paseo de Gracia?

Avanzan poco a poco, pasando por delante de tiendas cerradas y de algún restaurante prácticamente vacío: todavía hoy en día, la Noche de Reyes tiene un matiz sagrado o incluso preapocalíptico que obliga a la mayoría a encerrarse en casa a partir de una determinada hora, unos después de la cabalgata, otros después de comprar los últimos regalos. Incluso aquellos que han ido al cine o al súper o a dar la vuelta de rigor —con o sin perro— por el parque más cercano a sus casas hace rato que han vuelto al redil.

Míriam y Robin Hood llegan a la plaza de Cataluña. Cuando se acercan a la calle Pelayo, empiezan a pisar restos de caramelos y confeti. El rastro real los lleva hasta la plaza Universidad. Se detienen un momento en la boca del metro, como si uno de los dos tuviese que cogerlo.

—¿Seguro que no quieres que vayamos a tomar una cerveza o que cenemos algo por aquí?

Robin Hood no aparta los ojos del suelo. Su intuición anima a Míriam a hacer una propuesta:

—Vente a casa.

Lo dice tan bajito que se ve obligada a repetir las palabras y a añadir que vive a tan solo cinco minutos de allí. Robin se deja llevar sin haberse pronunciado explícitamente. Vente a casa. Enfilan la ronda Universidad, dejan atrás tiendas especializadas en fotografía y, después, una de informática. Giran por Floridablanca. Cuando pasan por delante de un gran restaurante chino, vacío y siniestro —cuatro camareros los miran a través de las grandes cristaleras que recorren el establecimiento—, Robin suelta un par de comentarios irónicos que no consiguen disipar el presentimiento que martillea en la cabeza de Míriam: el chico tiene algo que decirle, pero no se atreve. Vente a casa.

Cuando entran en el apartamento, él le pregunta cómo se llamaba su pájaro y de qué especie era.

—La jaula siempre ha estado vacía —responde—. Nos la quedamos porque es bonita.

El uso inconsciente del plural precipita la huida de la chica hacia la cocina.

—¿Qué te apetece beber, Toni?

—¿Tienes cerveza?

Míriam abre la nevera y saca un par de Budweisers. La botella de cava medio llena de Ramón continúa abandonada en un rincón, al lado del bote de ketchup y de un pequeño frasco de tabasco.

—Tu cerveza —dice cuando regresa al salón. Robin Hood se ha quedado de pie al lado del sofá—. Por favor, siéntate.

Le da la cerveza y, en vez de sentarse a su lado, va a buscar el portátil a su cuarto. Lo enciende y lo conecta a los altavoces de la minicadena. Todavía no está preparada para escuchar la historia que Robin lleva dentro. Seguramente tiene relación con su novia. Te lo tenía que contar antes de que hubiera algo entre nosotros, imagina que le dirá. Entonces le dará un golpecito en una mano, como los zorros a las gallinas para comprobar que están muertas antes de hincarles el diente. A continuación, la besará apasionadamente. Ahí empezarían los problemas de verdad: mantener una relación secreta, pudrirse de celos, fracasar después de un ultimátum planteado con resentimiento. Vente a casa.

De momento, Míriam pone la primera canción de la última lista que creó en Spotify hace un par de semanas. Suena Best Days, de Blur, y después, Le temps de l’amour, de Françoise Hardy. Robin explica que aborreció a Blur durante mucho tiempo por culpa de una chica que le gustaba y que no le hacía caso. Ahora, años después de aquel fracaso, la decadente ampulosidad de la canción le resulta agradable. Françoise Hardy siempre lo ha deprimido: hay una tristeza enorme, sincera o no, en su voz.

—Ahora viene Carla Bruni, te aviso —dice Míriam, con una sonrisa pícara—. Seguro que tienes mil cosas en su contra, pero esta canción es especial. La letra es un poema de Michel Houellebecq.

Escuchan la introducción etérea de La possibilité d’une île en silencio y, cuando Bruni empieza a cantar, el chico admite que no es «tan terrible». Se le escapa una carcajada tímida mientras ella expone una defensa bien argumentada de las virtudes musicales de la exprimera dama francesa. Paseando la vista por el salón, Robin se detiene en la balda de los libros. Reconoce traducciones de Amélie Nothomb, Paul Auster, Doris Lessing y Fiódor Dostoievski. También identifica un par de novelas de Eduardo Mendoza y de Juan Marsé, El millor dels mons, de Quim Monzó, y uno de esos libros de cuentos tan breves de Sergi Pàmies que se leen en poco menos de una hora. Hay unos cuantos catálogos sobre pintores: los más vistosos son los de Lucian Freud, Georges Rouault y Paul Klee.

La voz de Bruni se apaga en un largo fade out y da paso a The Wrestler, de Bruce Springsteen. Robin no la identifica ni siquiera cuando Míriam le dice que fue compuesta para una película sobre un luchador.

—Salía Mickey Rourke. Hecho un adefesio, con la cara desfigurada y el pelo teñido de rubio. Estaba medio enamorado de una stripper demasiado mayor para continuar en el oficio, pero que aun así seguía teniendo un cuerpo espectacular. Él también se tenía que retirar: después de un combate, sufría un ataque al corazón y el médico le prohibía volver a luchar.

—No me suena de nada.

Robin da un trago largo a la cerveza. ¿Acaso ya ha llegado la hora de la confesión? Míriam, que hasta ese momento ha permanecido sentada en una silla al lado del sofá, se levanta y va a buscar el tabaco del bolso. El móvil le vibra, pero lo ignora. Regresa a la silla.

—¿Te molesta si fumo?

Él dice que no con la cabeza. Míriam enciende un cigarrillo y le da una calada larga, tranquilizadora.

—¿Quieres comer algo? Tengo nachos y guacamole. ¿Te apetecen?

Va a buscarlos a la cocina: la respuesta ha sido afirmativa. Después de Bruce Springsteen ha sonado Santa Fe, de Beirut. Cuando acaba, Robin y Míriam ya mordisquean esa cena frugal. Inexplicablemente, empieza a sonar entonces Wannabe, de las Spice Girls.

—Esta no me la esperaba —dice Robin, sonriendo con una mano delante de la boca para esconder cualquier rastro de alimento entre los dientes.

—¿De dónde ha salido esto? Yo nunca escucho a las Spice Girls.

—No hace falta que disimules. Si son tu grupo favorito, puedo aceptarlo, aunque sea con… gran resignación.

Mientras ríen los dos a la vez, las Spice Girls cantan: «Now don’t go wasting my precious time, get your act together we could be just fine». Las siguientes palabras de Robin, que insisten en el humor, son interrumpidas por el sonido estridente del timbre. Cinco segundos de agonía, un intervalo imposible de obviar.

—No espero a nadie —dice Míriam—. Voy a ver.

Camina, inquieta, hasta el recibidor y descuelga el soporte rojo, homenaje al teléfono rojo de aquel Batman que ensanchó las fronteras del kitsch en la década de los sesenta.

—¿Sí? —pregunta.

Solo necesita oír la respiración —nerviosa, amargada— para saber que se trata de Ramón.

—Vengo a traerte el regalo de Reyes —dice, haciendo un gran esfuerzo por sonar relajado.

—¿Ramón? —Míriam finge sorpresa—. No sé si es buena idea.

—¿Por qué no? He intentado avisarte por teléfono, pero no ha habido manera de que lo cogieses.

—Acabo de llegar del trabajo.

—Tenía miedo de que te hubiera pasado algo, por eso he creído que lo mejor que podía hacer era venir.

Míriam pulsa el botón que abre la puerta de abajo y regresa rápidamente al salón.

—Toni, ha venido mi ex.

El último estallido de las Spice Girls —«If you wanna be my lover»— se deshace en un eco vaporoso. Empieza a sonar la versión de Hurt de Johnny Cash.

—Dice que sube un momento, para darme el regalo de Reyes.

Robin Hood pone cara de circunstancias.

—No te vayas —le pide Míriam—. Serán cinco minutos. O incluso menos. Hace tres meses que lo dejamos: Ramón es agua pasada.

Él corre a buscar la chaqueta. El zorro está en peligro: escapa a tiempo o se las tendrá con un granjero irascible.

—No te preocupes. Ya nos veremos.

Si estuvieran en el campo, se habría camuflado entre los arbustos y habría esperado a que el peligro pasara lamiéndose las patas. El agrio aliento de la decepción lo torturaría un buen rato. En vez de acompañarlo a la entrada, Míriam abre la puerta de su habitación y le pide que se encierre ahí. Robin la obedece porque acaba de oír que el ascensor ya se ha detenido en el rellano. Vente a casa. Antes de abrir la puerta, ella todavía tiene tiempo de dejar la botella de cerveza del visitante en la cocina y de parar la música.

—Hola, Ramón.

—Hola.

Ella lo invita a pasar al salón y ocupa rápidamente el sitio del sofá donde se había sentado Robin. Sin hacerle ninguna pregunta, Ramón se repantiga al lado de su expareja. Deja la bolsa que contiene el regalo sobre la mesita de centro.

—En Nochevieja…

—Si has venido a hablar de eso ya te puedes marchar —lo interrumpe Míriam.

—Puta madre —dice Ramón, cogiendo la bolsa de la mesita y dejándola en el regazo de ella—. Abre el regalo y me voy.

Míriam desenvuelve sin demasiada ceremonia un paquete con forma de caja de zapatos. Son unas botas de invierno. Las observa, desconcertada, hasta que Ramón le pide que se las pruebe. Ella obedece y, del interior de una de ellas saca, además de varias bolas de papel para que no se deformen, una cajita donde hay unos pendientes de plata.

—Uau, Ramón. Son muy bonitos —murmura.

Deja los regalos sobre la mesita para darle las gracias con dos besos. A partir de ese momento, todo se acelera. Se oye la música de un móvil, Míriam siente una fuerte presión dentro de su cabeza —como si una mano abierta le hubiese salido del cerebro y pretendiese atravesarle la frente—, pisa el envoltorio de la caja de zapatos mientras Ramón le dice, de mal humor, que descuelgue el teléfono, pero antes de que pueda ir hasta la habitación, Robin Hood se le adelanta y dice con voz temblorosa:

—Mamá. ¿Ya… está?

Antes de que Míriam se pueda justificar, Ramón pega un brinco del sofá y corre a desenmascarar aquella voz desconocida. La puerta se abre cuando ya está prácticamente delante. Robin Hood todavía habla por teléfono: se deslizan dos lágrimas por sus mejillas que son interpretadas por el ex de Míriam como la confirmación de sus sospechas. Le pega un puñetazo en un ojo, otro en la nariz y un tercero en el estómago para tumbarlo. Cuando lo tiene en el suelo, se siente tentado de darle el golpe de gracia, pero Míriam lo empuja desde detrás, chillándole, momento que la víctima aprovecha para cruzar el salón a cuatro patas, dejando tras de sí un rastro de sangre que le gotea de la nariz.

Para abrir la puerta del piso necesita incorporarse. No se ve con fuerzas de lograrlo, pero lo consigue, hace girar el pomo y desaparece escaleras abajo mientras ella le grita que no se vaya. Ya en la calle, se da cuenta de que se ha dejado el móvil. ¿Había acabado de hablar con su madre cuando aquel loco le ha reventado la cara? Duda entre coger un taxi en Urgell o andar hasta el Clínico.

Toni ya no es Robin. Vuelve a ser el nieto que visita al abuelo convaleciente en la habitación 220. Cada tarde lo encuentra un poco más adormecido y desganado.

—¿No quieres que te encienda la tele?

Dice que no con la cabeza. En casa se tragaba cualquier programa sin demasiada exigencia —o eso parecía—, pero ahora prefiere que le explique qué ha hecho ese día: le ha repetido tantas veces la misma respuesta vacía que al final el abuelo acaba creyéndosela. El día después de haberle llevado el primer vaso de chocolate a Míriam, Toni le explica que ha conocido a una chica «guapa y simpática», pero que no sabe cómo invitarla a cenar. En los escasos momentos en que el dolor de espalda no le impide hablar, el abuelo se atreve a darle algún consejo que él escucha como si pudiera ponerse en práctica en el mundo actual. Un día, podrías estirarte un poco y llevarle flores. Córtate el pelo: a las mujeres les gustan los hombres aseados.

Al día siguiente llega al hospital de buen humor. Siente que ya ha triunfado, aunque no sea así. Quizá pueda adelantar un poco los acontecimientos, explicarle que ya se han dado el «primer beso» de una relación que prevé larga. Sus padres y sus tíos están en la habitación. El abuelo duerme boca arriba, la única postura posible desde que ingresó en el hospital. Le tiembla el mentón cada vez que deja escapar el aire de su interior. El padre busca una ocasión para llevárselo al pasillo y darle malas noticias:

—Le van a operar otra vez de la columna. Seguramente será esta noche. Se le ha infectado la cicatriz y tienen que limpiársela cuanto antes mejor.

—¿Es grave?

La falta de respuesta es, en este caso, una afirmación elocuente. Los quirófanos están tan saturados que tienen que esperar hasta el día siguiente, Fin de Año. El abuelo sobrevive a la intervención, pero su estado de salud se deteriora rápidamente. Duerme casi todo el día. No come nada. Tienen que ponerle oxígeno. Las enfermeras, que hasta hace una semana todavía bromeaban con él, ahora lo cuidan en silencio. Una de ellas incluso ha llorado: cuando empezó a tratarlo a finales de noviembre estaba convencida de que ese hombre se iba a recuperar, pero desde la última operación sabe que le quedan pocos días.

Aquel paciente ya no puede compartir habitación con ningún otro. Ahora que todo está perdido, Toni querría explicarle que ha cenado con la chica e inventarse la historia del «primer beso», pero en la habitación siempre hay algún familiar. Cuando no están sus padres, están sus tíos, el hermano de su abuela o algún primo que al enterarse de la noticia ha querido despedirse —palabra cruel— del abuelo. Entonces Toni lo pasa mal, porque tiene que aguantar pequeños interrogatorios que enmascaran juicios difíciles de corregir. ¿Treinta años ya? ¿Y qué dices que has estudiado? ¿No tienes novia? En momentos así le gusta pensar que se escapa por la ventana transformado en un globo de feria. No haría falta nada sofisticado: podría ser Mickey Mouse o Buzz Lightyear.

El abuelo soporta la afluencia creciente de visitas sin comentar nada al respecto. Una tarde que Toni viene de ver a Míriam en el Bulevard Rosa se quedan solos un par de minutos, el tiempo que su padre se encierra un momento en el baño. El abuelo le pide que le quite la máscara de oxígeno. Se la deja sobre la frente —corona de espinas— y espera a que le diga algo, pero se han acabado los consejos y las historias: el abuelo simplemente lo mira con serenidad. Sus ojos le dicen adiós sin miedo. El nieto le alarga su mano y se la da. Cuando el padre sale del baño, devuelve la máscara de oxígeno a su sitio mientras el abuelo dice que no, tímidamente, con la cabeza. ¿Acaso todavía hay esperanza? Durante todos esos días, Toni no la ha perdido en ningún momento. Hace unos minutos su madre lo ha llamado para decirle que el abuelo ya había muerto y él camina hacia el Clínico con un ojo morado y la cara ensangrentada. Contiene la hemorragia con un pañuelo de papel metido en la nariz que ha tenido que pedir a una mujer en un paso de cebra. En vez de subir a la habitación, gira por la calle anterior a la del hospital hasta encontrar el bar hawaiano. Ha pasado muchos días por delante. Hoy, en lugar de entretenerse observando los periquitos que dan saltitos detrás del cristal de la entrada, cruza el umbral y pide un café. Aunque el local esté poco iluminado, el camarero le pregunta, exagerando la preocupación, si lo han atacado por la calle. Toni dice que sí.

—Me han robado el móvil, pero no me han quitado el dinero —añade, dando un par de palmadas a uno de los bolsillos del pantalón, para que el camarero sepa que tiene suficientes monedas para pagar la consumición.

Cerca de la barra hay tres parejas sentadas en torno a unas mesas bajas. En un primer momento se han sobresaltado al sentir peligrar ese espacio suyo de intimidad por la aparición de alguien con la cara ensangrentada. En cuanto descubren que en lugar del verdugo es una mierda de víctima, ya no le hacen ni caso. De vez en cuando, algún hombre le dedica una mirada fugaz, para constatar que todavía no se ha desplomado. El visitante continúa sentado en uno de los taburetes de la barra. Actúan como si tuviesen al alcance de la mano un muerto que ni conocen. No les produce ningún efecto. Les parece que no tiene ni alma.