Vente a casa
Cine de autor
«Let’s put a smile on that face!».
HEATH LEDGER, The Dark Knight
Joan y Marina salen del auditorio de Casa Asia con las manos metidas en los bolsillos de las parkas. La de él es verde militar. La de ella, de un rosa tierno, floral y ligeramente porcino. Se habían conocido en el instituto. No habían tardado en hacerse inseparables: les unían unas peculiaridades que la mayoría de compañeros más bien rechazaba. Joan creyó que se había enamorado de la chica a finales de segundo de bachillerato, cuando Marina le dijo que, finalmente, después de pensarlo mucho, estudiaría biología. Él tenía muy claro que quería ser informático: imaginar que su vida académica debía continuar sin Marina le había hecho creer que sentía alguna cosa por ella que superaba la amistad. De forma casi inconsciente, cambió la imaginería de silicona que inspiraba su autosatisfacción nocturna y probó a estimularse pensando en la blanquecina superficie corporal de Marina. Al principio, el cambio le había resultado difícil y no se acostumbró hasta que faltaron pocos días para selectividad. Joan decidió que se le declararía tan pronto como hubiesen superado los exámenes. Intentó hacer de tripas corazón en un restaurante chino con karaoke, mientras la mayoría de compañeros coreaba canciones de los Beatles, Michael Jackson y Alejandro Sanz. Había trasegado mucha sangría para armarse de valor, pero cuando finalmente se volvió para comunicar a Marina que quería decirle una cosa, la encontró tratando de encenderse un cigarrillo con torpeza.
—¿Fumas? —le preguntó, con voz curiosa pero al mismo tiempo un poco censuradora.
Ella se había chamuscado parte de un dedo, que terminó dentro de la copa de Joan.
—No sabía que te iba el sado.
Habían acabado riendo con la boca bien abierta, apuntando hacia el techo, como dos personajes de cómic japonés. El momento de sincerarse había pasado.
Nueve meses después de aquella cena, mientras bajan las escaleras que separan el auditorio de Casa Asia de la avenida Diagonal, Joan todavía no se ha atrevido a dar aquel paso. Es más, desde hace unos días ya no está tan seguro de querer salir con su mejor amiga, pero si se lo tuviese que explicar a alguien no sabría concretar de dónde ha salido su repentino cambio de opinión.
—Tengo que ir al baño —le dice con las manos todavía dentro de los bolsillos de su parka verde militar, ensimismado en sus pensamientos.
—Está en la planta baja —dice ella y, a continuación, se coloca bien los pantalones, comprados en las últimas rebajas de enero, pero que ya se le empiezan a caer.
Han continuado bajando escaleras. Para llegar a la planta baja hacía falta descender más de lo que Joan esperaba.
—Esto parece una peli de David Lynch —dice; al mismo tiempo, comprueba con el dedo índice que los granos que le han salido esa mañana siguen manchando su cara roja.
—O de Wong Kar-Wai.
—Wong Kar…
—Fa yeung nin wa?
—¿Te refieres a In the Mood for Love?
—Efectivamente.
Marina estudia chino desde hace cuatro años y, siempre que puede, intenta mostrar sus conocimientos, aunque en muchos casos solo sea capaz de reproducir títulos de películas o de canciones. Aquella tarde, mientras salían los nombres de los actores de Ba xing bao xi —la alocada comedia romántica que han ido a ver—, solo ha podido descifrar uno. Eso la ha frustrado tanto que no ha prestado atención a la banda sonora, versión tecno-pop de una obra de Johann Strauss hijo que su amigo ha identificado durante la proyección, exhibiendo sus habilidades en lengua alemana:
—An der schönen blauen Donau!
En el baño de Casa Asia hay seis personas esperando. La cola es única y empieza muy cerca de uno de los cubículos que no tiene colgado un cartel blanco y reluciente donde se puede leer, en catalán, castellano, inglés, francés y chino, «No funciona».
—Oh, vaya lata, ¿no? —murmura Joan.
A veces le parece apropiado emplear expresiones que aprendió en el instituto entre clase y clase. En la facultad de informática donde estudia, nadie comenta nunca nada: los bufidos, la concentración y los complejos se agolpan ante la pantalla y rara vez son interrumpidos por alguna palabra.
—Sí —contesta Marina, inquieta a causa de sus pantalones. Se le siguen cayendo y se siente incómoda.
—No sé cuánto rato me tocará esperar, quizá lo mejor es que me esperes en la entrada…
—Yo también tengo que ir.
—Ah, vale.
Joan traga saliva, nervioso. Si ella también tiene que ir al baño, la situación cambia notablemente, sobre todo porque no hay separación entre hombres y mujeres y es casi seguro que desde cada uno de esos minúsculos cubículos se oiga todo lo que pasa en el de al lado. Joan no está preparado para ninguno de los ruidos que puedan proceder del retrete donde Marina haya estado: cree que si tiene que pasar por esa experiencia es casi imposible que le queden ganas de pedirle que salgan juntos. No se ve capaz de aceptar la temible cotidianidad antes de tiempo, sin haber estado jamás con otra chica. Todavía se cree que ellas no hacen las mismas cochinadas que él en el lavabo. Es un asunto comprometedor. Joan se desabrocha la parka, porque tiene miedo de empezar a sudar y, hoy, a pesar de ser sábado —y habiendo desconectado del mundo virtual y seguro del ordenador—, no se ha duchado.
—Y la peli qué, ¿te ha gustado?
—Ba xing bao xi?
—Creo que es la única que hemos visto, Ba-gin-bau-gi…
—Es muy gracioso cómo pronuncias el cantonés.
—Muchísimo. Tan gracioso como cuando tú hablas en alemán.
—No te pases, ¿vale? Que yo al menos he hecho dos cursos…
—Sabes de sobra que con dos cursos no tienes ni para empezar: es una lengua muy jodida…
—Como el chino.
—Sí, pero a mí el chino no me interesa una mierda.
—Lo que tú digas, pero es la lengua del futuro.
Casi simultáneamente salen dos mujeres de los cubículos y entran dos mujeres más. Ya solo quedan cuatro personas delante de él.
—¿Pero la película te ha gustado o no?
—¡Sí! ¡Muchísimo! —Marina aplaude tímidamente para mostrar su entusiasmo.
En el auditorio le habría resultado imposible hacer cualquier manifestación de ese tipo, pero en ese momento, delante de su único amigo, no solo se siente legitimada para aplaudir sino que se ve con ánimos para sacar un dossier de su mochila con un montón de papeles que ha imprimido en casa.
—Son algunas críticas de Ba xing bao xi que he encontrado en internet… ¿Sabías que Johnnie To ha estrenado más de cincuenta películas en solo veinte años?
—No, no lo sabía, pero he visto algunas, y todas eran mucho mejores que esta.
—Porque seguramente eran de acción…
—Te equivocas.
—Venga, dime alguna película que hayas visto últimamente y que no sea de tiros.
Se vacían dos lavabos más y son ocupados por una chica que lleva gafas de cristales ahumados y un hombre con pinta de profesor de instituto torturado. Delante ya solo queda un matrimonio de unos cincuenta años que parece francés. Se intuye por el color de la piel de aceite de girasol, pero también por aquellas camisas a cuadros que deben de camuflar la auténtica profesión de uno y otro: son programadores de un museo de arte contemporáneo de provincias.
—He visto una súper buena: El caballero oscuro.
—Joan, por favor… Ahora me dirás que la última peli de Batman no es de acción pura y dura.
—Ahí te equivocas: El caballero oscuro es una maravilla épica, una obra maestra y la mejor interpretación de Heath Ledger. Seguro que gana el Oscar.
—Lo ganará porque se suicidó, no por otra cosa.
—Lo ganará porque actúa cinco mil veces mejor que Jack Nicholson. Su Joker es una basura al lado del Joker de Heath Ledger.
—Me importa muy poco cuál de los dos es mejor o peor. Te estaba preguntando si habías visto alguna película que no fuese de acción este mes.
Un hombre de unos ochenta años sale del tercer lavabo que Joan ya creía fuera de servicio, porque durante todo aquel rato había estado ocupado. La mujer del matrimonio francés entra sin ningún tipo de reparo: todavía queda gente valiente en el mundo.
—También vi Bolt.
—Que empieza como si fuese Terminator o Rambo.
—¡Las parodia! Bolt es una película de aventuras llena de momentos antológicos. Tiene un punto romántico… ¿no?
—Tú y yo tenemos que ir juntos más a menudo al cine.
La entonación de esa última frase —imperativa, tentadora— pone muy nervioso a Joan, que de repente sufre un retortijón y tiene que reprimir uno de los gases letales que libera delante del ordenador (en casa, pero también en clase). ¿Es posible que Marina sienta algo por él? Joan se quita la mochila y empieza a hurgar, aturdido, en el enredado interior.
—¿Qué estás buscando? —le pregunta ella.
Hace una mueca que quiere ser una sonrisa, pero no acaba de lograr su objetivo, poco acostumbrada a expresar emociones tan positivas.
—No… Nada…
¿Hace falta que se quite la chaqueta?, se pregunta. Debajo lleva una camisa con tres pequeñas manchas de aceite y seguro que con tanta luz Marina se fijará en ellas. Joan duda hasta que sus dedos palpan algo interesante en el fondo de la mochila.
—¡Ya está! ¡Lo tengo!
—¿Qué?
Le enseña un CD sin etiquetar.
—Es el recopilatorio de death metal que te quería traer la semana pasada. Ese del que te hablé, ¿te acuerdas?
—Sí… Pero sabes que esta música no me interesa demasiado.
—Y tú sabes que a mí ese tipo de cine…
—¿Te refieres al cine de autor?
—Sí, exacto, el cine de autor, todas esas películas raras que te bajas de internet, tampoco me llaman demasiado la atención. Tenemos que aprender a tolerar los gustos del otro si algún día queremos…
—Si queremos ¿qué?
Joan no contesta. Los lavabos de Casa Asia no son el escenario más adecuado para pedirle a Marina que salga con él. Además, sigue sin estar completamente convencido. ¿De verdad que le gusta tanto? ¿No tendría que intentar conocer alguna otra chica, aunque solo fuese para compararlas y decidir con cuál de las dos se atrevería a intercambiar besos, abrazos y, en caso de que todo marchara bien, ir un poco más lejos?
—Si queremos… No sé, ahora me he perdido.
Marina se ha quitado la parka y la aguanta entre las manos. Así disimula que los dedos le sudan, y mucho, porque le gustaría que Joan se atreviese a dar el paso decisivo. Le da igual si el escenario es un restaurante con iluminación tenue, un local de fast food iluminado como una granja de pollos o esa triste fila de puertas. Dos puertas se abren a la vez y salen por ellas la mujer supuestamente francesa y el tipo con pinta de profesor de instituto torturado. El hombre que tienen delante entra rápidamente. Queda una vacante.
—Pasa —dice Joan a Marina—: seguro que estarás más rato.
Ella obedece, sin saber qué ha querido decir su amigo con aquello. Acaricia la capucha de color rosa de la parka con las puntas de los dedos, sudados a más no poder, mientras camina en dirección al cubículo más alejado, el tercero, habitado hasta hace relativamente poco por el hombre que rondaba los ochenta años. Se encierra dentro.
Joan se observa en el espejo que hay delante del único lavabo, que está usando la mujer supuestamente francesa. Le parece que jamás ha tenido peor aspecto: los granos se le han multiplicado misteriosamente y le ha salido una erupción vistosísima en la frente. Desvía la mirada hacia la puerta grisácea que acaba de abrir y cerrar Marina. La mujer se va sin su compañero y Joan, que no tiene a nadie detrás esperando para entrar en el baño, se acerca lentamente al cubículo donde se ha metido su mejor amiga hasta que puede oír con nitidez lo que pasa al otro lado de la puerta. Es una fea manía que había superado hacía tiempo, después de que un día su padre lo encontrara con la oreja pegada a la puerta del baño de casa, espiando auditivamente a su hermana mayor mientras tenía un ataque de diarrea. Hoy, sin casi darse cuenta, quizá porque estaba muy nervioso, se ha quedado embobado a pocos centímetros de la puerta de Marina. De momento, por lo que ha podido escuchar, solo ha tosido un par de veces.
No contaba con que, de pronto, del cubículo contiguo saldría el hombre supuestamente francés, y aún menos que lo miraría con asco antes de alejarse para lavarse las manos. Ha pasado así: han sido unos segundos brevísimos pero ultrasónicos, durante los cuales Joan ha entrado casi corriendo en el baño vacío.
Lo primero que nota es un intenso hedor a mierda. Podría proceder de su izquierda, donde hace unos minutos había entrado un hombre con papada de sapo, que antes no le había llamado la atención pero que en esos momentos se le manifiesta en toda su monstruosidad, más propia de una ciénaga remota que del sótano de un centro cultural de programación impecable. También podría tratarse del resultado de una descarga por parte del hombre supuestamente francés, que todavía no ha acabado de lavarse las manos. Hasta podría darse el caso de que ese olor nauseabundo lo esté propagando Marina. Joan se sorprende de que alguien se atreva a poner en práctica la arriesgada opción B en un contexto como aquel. Se sorprende, pero a la vez le intriga saber si es Marina quien es tan tenaz: se supone que cuando salgan afuera, en un momento u otro del camino hacia el metro, deberán retomar el diálogo que ha quedado interrumpido y finalmente quedará claro si están dispuestos a empezar una relación que sobrepase la amistad. Los besos. Los abrazos. El ir un poco más lejos.
Joan mea mientras piensa en todo eso. El cubículo que tiene a su izquierda se vacía. El hombre con papada de sapo se aclara la voz y se va sin lavarse las manos. El momento de intimidad es total: en los lavabos de Casa Asia solo quedan Marina y él. Acaban de ver Ba xing bao xi, una alocada comedia de Johnnie To. Marina estudia primero de biología. Él ha empezado informática. Son amigos desde hace dos años y dentro de nada probablemente debutarán en el intrigante mundo de la pareja. Joan está seguro de querer salir con la chica: se acaba de decidir en ese preciso momento, tras escuchar la primera flatulencia arrogante y estridente de su querida Marina; segundos después, esta es acompañada del chapuzón rotundo de un excremento que imagina de dimensiones considerables.