13 Locuras que regalarte (Titania f
Capítulo 37
Jason clavó la mirada en el techo blanco e impoluto. En resumen, era lo único que había hecho durante los últimos cuatro días. Mirar el techo.
Repasar la última conversación que habían tenido una y otra vez. Volver a mirar la superficie lisa. Llegar a la conclusión de que, si hubiese sido como siempre, midiendo sus palabras, midiendo sus actos, pensando cada paso antes de darlo… quizá entonces nada de eso habría ocurrido.
Pero tampoco el último mes junto a ella.
Se giró en el sofá cuando el perro apoyó el hocico en su mano. La alzó y le acarició la cabeza tras exhalar un suspiro largo. Joder. No sabía cuánto duraría esa sensación de angustia en la boca de su estómago, pero apenas podía probar bocado. Cerró los ojos cuando escuchó que llamaban a la puerta y se debatió entre ir a abrir o no, pero al final se levantó y caminó descalzo hasta el recibidor.
Rachel lo miró de los pies a la cabeza.
—¿Qué demonios ha pasado?
—Nada, ¿qué quieres? —gruñó.
Ella no le dio opción y entró pasando por debajo del brazo que él tenía apoyado en el marco de la puerta. Jason masculló entre dientes.
—Dime qué ha ocurrido —pidió Rachel mientras lo seguía hacia el comedor—. He ido a tu trabajo y me han dicho que te has tomado unos días libres de forma «indefinida».
—Estoy enfermo. Un resfriado.
Rachel intentó ocultar su sorpresa mientras sus ojos recorrían la estancia, fijándose en el paquete arrugado de patatas fritas que había en un extremo del sofá, en los calcetines que estaban en el suelo, los pañuelos amontonados en la mesa y los restos inclasificables de comida desperdigados al lado.
Se sentó a su lado con cautela.
—Jason, habla conmigo…
—No hay nada que hablar.
—Tu aspecto dice lo contrario. —Arrugó la nariz—. ¿Desde cuándo no te duchas? Y deberías afeitarte. Esto no es propio de ti y estoy preocupada…
—¿Propio de mí? ¿Qué mierda es eso? Estoy hasta los cojones de que todo el mundo dé por sentado cómo soy. ¿Sabes? Estáis equivocados. No soy una buena persona y no hago las cosas desinteresadamente; la mayor parte del tiempo actúo según lo que yo necesito. Siempre yo. Si he cuidado alguna vez de vosotros era porque a mí me hacía falta. Solo a mí. Así que deja de mirarme como lo estás haciendo ahora.
—Eso no es verdad. —Rachel se puso en pie y miró a su alrededor antes de suspirar—. Bien, hagamos una cosa. Tú vas a subir al baño para afeitarte, darte una ducha, ponerte ropa limpia y dejar de parecer un náufrago. Yo voy a sacar al perro a pasear y después vendré, prepararé algo para desayunar y esperaré hasta que estés listo.
Jason gruñó, pero ella no se quedó esperando a escuchar sus protestas. Le puso la correa al perro, cogió las llaves de la repisa y salió cerrando la puerta a su espalda.
Él se quedó un rato más en el sofá.
Al final, sin saber muy bien por qué, subió y se metió en el cuarto de baño. Cuando bajó, media hora más tarde, Rachel ya había vuelto y lo esperaba en la cocina.
—Ya vuelves a parecer una persona. ¿Prefieres zumo de naranja o de piña? —Jason se encogió de hombros, así que ella eligió el de naranja—.
Come algo.
—De acuerdo, pero no hace falta que te quedes.
—¿Estás bromeando? No pienso dejarte solo.
—Quiero estar solo —siseó.
Rachel lo ignoró. Se sentó a su lado y se sirvió una tortita que luego cortó con el cuchillo y el tenedor después de echar por encima un poco de sirope de chocolate que había encontrado en la despensa. El silencio se instaló entre ellos mientras desayunaban. Al terminar, ella retiró los platos sucios antes de volver a sentarse en el taburete.
—Quizá pueda ayudarte, Jason. Dime qué ha ocurrido.
—No puedes. Ella se ha ido. Ya está; lo que tenía que pasar ha pasado.
—¿Por qué? —insistió preocupada.
Jason apartó la mirada.
—Porque no debería haberla querido tanto.
—¿Qué estás diciendo?
—Entonces… no se habría desbordado todo, no me sentiría como si me ahogase cada vez que pienso en ella. Si hubiese podido controlarme, la habría tenido para siempre. Pero no. ¿Y esto es lo que se supone que es estar enamorado? ¿Sentirse así, tan al límite, tan jodido…? Si lo llego a saber…
—¿Qué, lo habrías evitado? —Frunció el ceño—. Es verdad que al principio todo es muy intenso y un poco inestable, pero querer a alguien es más, mucho más.
Jason se frotó la cara con las manos.
—Pues no he sabido hacerlo.
—Déjame intentar ayudarte, solo por una vez…
Él cogió aire y aceptó el hombro que le ofrecía su amiga. Así que empezó por el principio, por cómo se sentía cuando ella tiraba de él y lo retaba y lo zarandeaba por dentro con cada cosa imprevisible que hacía. Y todo lo que había venido después. El deseo, las ganas de dejarse llevar, de ella, hasta tocar la palabra «amor» y darse cuenta de que ya no había marcha atrás.
Entonces, llegó el miedo a perderla, la frustración por no haber podido darle lo que él creía que se merecía: un pasado feliz, una vida sin problemas ni dolor. Querer protegerla. Sentía que era su responsabilidad cuidarla, apartar lo malo, sacarle brillo al resto…
Rachel se levantó con una mano en el pecho.
—Creo que necesito hacerme un café.
Él se giró y la observó mientras ponía a calentar la cafetera.
—¿No piensas decir nada?
—Pienso decirte muchas cosas.
—Vale. Pues empieza. —Sonó desafiante porque, total, a esas alturas tenía el presentimiento de que ya nada podría dolerle más, aunque estaba equivocado.
Rachel no volvió a sentarse. Se quedó de pie, delante de la barra, con las manos rodeando el café caliente y mirándolo con ternura.
—Sabes que te quiero, ¿verdad? —Él se mostró imperturbable—. Pero te has equivocado, Jason. Lo que has hecho… es… es agobiante. ¿Por qué quieres cortarle las alas? Déjala tomar sus decisiones, deja que se equivoque, que acierte, que aprenda…
—¿También que sufra? —preguntó asqueado.
—¡Claro que sí! No es tu obligación protegerla de esa manera. Puedes darle consejo y luego depende de ella hacerte caso o no. Tú eres su compañero, un apoyo, no un bache más que tener que saltar. Lo único que deberías hacer es estar ahí, a su lado. Y si en algún momento se cae, ayúdala a levantarse sin juzgarla.
Jason tomó aire antes de susurrar:
—Quería ahorrarle el dolor. Eliminarlo.
—No puedes. Da igual cuánto lo intentes, a lo largo del tiempo sufrirá y le dolerán cosas y le harán daño, pero es normal, todos tenemos que pasar por eso. Entiendo que, a veces, cuando quieres a alguien, puedes cegarte por ese deseo de protección, pero lo cierto es que, hasta ahora, ella ha vivido sin ti y lo ha hecho bien. Sé que te resultará duro escucharlo, pero Autumn no te necesita. No de esa manera. Imagino que solo quiere… estar contigo y ser feliz. Aunque no te lo creas, es tan sencillo como eso.
Él apartó la mirada. Luego, se levantó.
—Joder. Yo la quiero —susurró con la voz ronca.
—Ya lo sé, Jason. Pero «el cómo» también importa.
Se pasó una mano por el pelo, nervioso. Empezó a moverse por la cocina.
Porque a veces algo sencillo para el resto no lo es para uno si no puede ver las cosas desde la perspectiva adecuada. Porque a veces hay miedos que ciegan, dañan, restan.
—Creo que debería dejarte a solas —adivinó ella.
—Tengo que pensar… Sabes que tengo que pensar…
Rachel asintió. Lo conocía lo suficiente como para saber que Jason necesitaba masticar sus palabras, asimilarlas, entenderlas. Así que se colgó el bolso del hombro y, cuando se puso de puntillas para darle un beso de despedida en la mejilla, dejó que él la abrazase con fuerza contra su pecho.
—Gracias, Rachel —dijo con la voz ronca.
—Tú eres la última persona que tiene que dármelas.
En cuanto se marchó, Jason decidió tumbarse sobre la alfombra, al lado del perro. Con las manos cruzadas bajo la cabeza, volvió a fijar la mirada en el techo. Y se quedó allí pensando, recordando frases, intentando ponerse en su piel. ¿Qué hubiese sentido si fuese Rachel la que tuviese un problema y Autumn intentase alejarlo de ella? Cerró los ojos. Expulsó el aire que estaba conteniendo. Tener que elegir… tener que lidiar con ello… Se le encogió el estómago, pero cuando la imagen de Hunter volvió a aparecer en
su cabeza volvió a dudar. Y lo peor era que no solo se trataba de él, sino de todo lo demás que pudiese llegar en el futuro; los problemas, las desilusiones…
Pero Autumn había dicho que «todo» incluía también esas cosas.
Que no podía desmenuzar dos vidas, separar trozos de ellos mismos, dejar partes atrás y llevarse otras, elegir lo que más brillo tenía e ignorar el resto.
Con un suspiro, se levantó, cumplió la promesa que le había hecho a Rachel y picó algo de comer antes de subir al piso de arriba, cansado y con la culpabilidad carcomiéndole por dentro, para dejarse caer en la cama. Giró la cabeza hacia la mesita de noche de Autumn y sus ojos se detuvieron en las pertenencias que había dejado: una vela que olía a pastel de manzana y que había comprado con él en un mercadillo que abría los sábados; un viejo libro de poemas y una piedra con forma de corazón que había encontrado dos semanas atrás en la orilla de la playa mientras paseaban al perro. Y, entonces, se dio cuenta de que el cuadro no estaba. El cuadro que él le había regalado. La locura número cinco. «Quiero estar contigo, es tan simple y tan complicado como eso». Jason quiso pensar que aquello, saber que había decidido llevárselo con ella, tenía que significar algo. Esa frase fue la única que encajó en el caos que reinaba en su cabeza. Porque estar con Autumn era eso, la cosa más simple del mundo: tan fácil, tan divertido, tan natural como respirar… Y al mismo tiempo lo más complicado que había hecho en toda su vida: enfrentarse a todas esas emociones, conocerse de una forma que, hasta entonces, nunca había hecho…
Cogió su móvil y le envió un mensaje pidiéndole si podían verse. El primer día, después de llegar a casa y ver que se había marchado, lo único que había sentido había sido rabia. Y miedo. Y soledad. La había llamado cinco o seis veces, hasta que ella apagó el teléfono. Después, durante el resto de aquella semana infernal, ni siquiera se había visto con fuerzas para enfrentarse a ella, así que no había vuelto a intentar ponerse en contacto y se había conformado con mirar durante horas ese techo que estaba empezando a odiar, alimentarse a base de paquetes de fritos y dormitar el resto del día. Al fin y al cabo, en el trabajo había dicho que «estaba enfermo», y así era. O así se sentía. Un corazón roto era más doloroso que cualquier gripe.
Autumn contestó quince minutos después, aunque a él le pareció una
eternidad. Solo dos palabras. Dos. Ni una más, ni una menos. «Necesito tiempo».
Tiempo. Ese concepto que, durante los últimos días, había adquirido un significado diferente para él, porque nunca había pasado tan lento. Suspiró hondo, lanzó el teléfono al otro lado de la cama y se dio la vuelta.
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