2 El relicario

Grammata · Capítulo 3 de 10 · parte 1/3

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2 El relicario

Capítulo 1

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

—Vendrá, seguro que vendrá. No estaría bien visto que un teniente se ocupase de su trabajo mientras él se quedaba de brazos cruzados. Y menos si este asunto trae cola. Un asesino de vagabundos… eso podría tener graves consecuencias políticas. Así que iremos a dar un paseo, sólo nosotros tres. No tiene sentido alarmar a los peces gordos.

Hayward frunció el entrecejo.

—No me parece muy sensato —dijo—. Teniente, los subterráneos son un sitio peligroso. No es nuestro territorio; es de ellos. Tampoco es lo que usted cree. No son un puñado de yonquis cansados de la vida. Ahí abajo vive gente muy radical, comunidades enteras, veteranos de la guerra de Vietnam, ex presidiarios, elementos extremistas del antiguo SDS [1] , fugitivos de la justicia. Odian a muerte a la policía. Necesitaremos al menos una patrulla.

A D'Agosta le molestó aquel tono brusco e irrespetuoso.

—Mire, Hayward, aquí no se trata de organizar un desembarco. Se trata de echar un vistazo tranquilamente. Ahora mismo estoy atado de manos respecto a este asunto. Si encontramos alguna pista firme, podremos hacerlo oficial.

Hayward guardó silencio.

—Otra cosa, Hayward. Si llega a mis oídos algo acerca de esta breve charla nuestra, sabré de dónde ha salido.

Hayward se puso en pie y se arregló los pantalones azules del uniforme y el cinturón reglamentario.

—Entendido.

—Sabía que lo entendería. —D'Agosta se levantó y expulsó un chorro de humo en dirección al letrero de PROHIBIDO FUMAR. Advirtió que Hayward miraba el cigarro con una mueca quizá de desdén, quizá de desaprobación. Sacándose otro del bolsillo superior, preguntó con sarcasmo

—: ¿Le apetece uno?

Por primera vez Hayward contrajo los labios en lo que podía ser casi una sonrisa.

—Gracias, pero no, gracias. Después de como acabó mi tío, nunca se me ocurriría fumar.

—¿Y cómo acabó?

—Con cáncer de labio. Tuvieron que extirparle los dos labios.

D'Agosta observó a Hayward darse media vuelta y salir rápidamente del despacho. Notó que ni siquiera se había despedido. También notó de pronto

que el sabor del cigarro no le resultaba ya tan agradable.

8

Estaba sentado en la oscuridad, totalmente inmóvil.

Pese a la ausencia de luz, su mirada saltaba de una superficie a otra, recreándose por unos segundos en cada objeto que encontraba. Aquel estado era aún nuevo para él; podía permanecer quieto durante horas, saboreando la extraordinaria agudeza de sus sentidos.

Al cabo de un rato cerró los ojos y escuchó los lejanos ruidos de la ciudad. Gradualmente aisló del murmullo de fondo las diversas conversaciones, pasando de las más cercanas y audibles a las más lejanas, a muchas habitaciones e incluso plantas de distancia. Pasados unos minutos, también éstas se desvanecieron en la bruma de su concentración, y empezó a oír los chillidos y ligeros correteos de los ratones cuyo secreto ciclo de la vida transcurría en el interior de las paredes. En ocasiones creía oír el sonido de la propia tierra, girando y girando, envuelta en su atmósfera.

Más tarde —no sabía cuánto más tarde— lo asaltó de nuevo el hambre.

No era exactamente hambre sino una sensación de que le faltaba algo, un ansia indefinida y aún tolerable. Nunca dejaba que el momento del ansia se prolongase demasiado.

Se levantó de inmediato y cruzó el laboratorio con paso rápido y seguro en la oscuridad. Abrió una de las llaves del gas de la pared del fondo, acercó un encendedor de chispa al quemador del mechero correspondiente, y cuando prendió, colocó sobre la llama una retorta con agua destilada.

Mientras se calentaba el agua, extrajo una cápsula metálica de un bolsillo secreto cosido en el forro de su chaqueta, desenroscó el tapón y echó unos polvos en la retorta. A la luz, los polvos habían despedido un brillo semejante al del jade claro. Cuando aumentó la temperatura, una sutil nube comenzó a extenderse por el agua hasta que el turbulento contenido de la retorta semejó una tormenta en miniatura.

Apagó el gas y vertió la decocción en un vaso de precipitados. Ése era el punto en que debía sujetarse entre las manos el preparado, vaciarse la mente, realizar los movimientos rituales, dejar que el acariciante vapor ascendiese y anegase las fosas nasales. Pero él no tenía paciencia para eso.

Una vez más ingirió vorazmente el líquido, notando la quemazón en el paladar. Rió de su incapacidad para atenerse a los preceptos que con tanta severidad había impuesto a los demás.

Aun antes de volver a sentarse había desaparecido la sensación de vacío y empezado la lenta y larga subida: un calor que se iniciaba en las extremidades y se propagaba hacia su interior hasta que el centro mismo de su cuerpo parecía al rojo vivo. Lo invadió una indescriptible sensación de poder y bienestar. Sus sentidos, ya hiperdesarrollados, se agudizaron hasta que fue capaz de ver motas de polvo infinitesimales en la total oscuridad, hasta que fue capaz de oír a todo Manhattan en conversación consigo mismo, desde las festivas charlas de los clientes del Rainbow Room, a setenta pisos por encima del Rockefeller Center, hasta los ávidos gemidos de sus propias criaturas, a muchos metros bajo tierra en lugares recónditos y olvidados.

Estaban cada vez más famélicos. Pronto ni siquiera la ceremonia conseguiría contenerlos.

Pero para entonces ya no sería necesario.

La oscuridad parecía casi un brillo cegador. Cerró los ojos y escuchó la vigorosa circulación de la sangre en las entradas y pasadizos naturales de su oído interno. Mantendría los párpados cerrados hasta que pasase el clímax de aquella sensación y se desvaneciese el extraño resplandor plateado que cubría momentáneamente sus ojos. Quienquiera que hubiese llamado

«esmalte» a aquel brillo, pensó con una sonrisa, había elegido bien la palabra.

Pronto, demasiado pronto, el apogeo del efecto terminó. Pero permaneció la fuerza, un continuo recordatorio en sus articulaciones y tendones de aquello en que se había transformado. Si sus antiguos colegas pudiesen verlo en ese momento… Sin duda lo comprenderían.

Casi con tristeza volvió a levantarse, reacio a abandonar el lugar que tanto placer le había proporcionado. Pero tenía tareas pendientes.

Aquélla sería una noche ajetreada.

9

Margo se acercó a la puerta, notando con aversión que estaba tan sucia como siempre. Incluso para un museo conocido por su alta tolerancia al polvo, la puerta del Laboratorio de Antropología Física —o Sala de los Esqueletos, como la llamaban todos los miembros del personal sin excepción— estaba mugrienta hasta un límite inconcebible. El contacto de innumerables manos había dejado una pátina de grasa, como un lustroso barniz, en el pomo y la zona circundante. Pensó en sacar un pañuelo del bolso, pero abandonó la idea, agarró el pomo con firmeza y abrió.

Dentro, como de costumbre, la iluminación era escasa, y Margo tuvo que aguzar la vista para distinguir las hileras de cajones metálicos que se elevaban hasta el techo como estantes de una enorme biblioteca. Cada cajón contenía un esqueleto humano o como mínimo un fragmento. Pertenecían en su mayoría a indígenas de África y América, pero en ese momento a Margo le interesaba la subsección de esqueletos reunidos con fines médicos más que antropológicos. Como primer paso, el doctor Frock había propuesto examinar los restos de personas con graves alteraciones óseas, partiendo de la hipótesis de que quizá la observación de las víctimas de enfermedades tales como la acromegalia o el síndrome de Proteo podía aclarar algo sobre el extraño esqueleto que los esperaba bajo la sábana de plástico azul en el Laboratorio de Antropología Forense.

Mientras avanzaba entre los gigantescos estantes, Margo dejó escapar un suspiro. Sabía que el inminente encuentro no sería agradable. Sy Hagedorn, administrador del Laboratorio de Antropología Física, era un hombre casi tan viejo y descarnado como los esqueletos que cuidaba. Él, Curly —el vigilante de la entrada del personal—, Emmaline Spragg —de Biología Invertebrada—y algún otro constituían el último vestigio de la vieja guardia del museo. Pese a la base de datos del museo, pese al moderno laboratorio provisto de la más avanzada tecnología que se hallaba al fondo de la Sala de los Esqueletos, Hagedorn se resistía obstinadamente a incorporar métodos de clasificación del siglo XX. Cuando Greg Kawakita, antiguo compañero de Margo en el museo, utilizaba el laboratorio como lugar de trabajo, tenía que soportar el cáustico desprecio de Hagedorn cada vez que abría su ordenador portátil. Kawakita, a sus espaldas, lo llamaba

«Stumpy». Sólo Margo y algunos otros estudiantes de posgrado bajo la tutela de Frock sabían que el mote no aludía al diminuto tamaño de Hagedorn, sino a su afinidad con el Stumpiniceps troglodytes, un organismo

especialmente anodino que pobló el fondo de los mares en el período carbonífero.

Al acordarse de Kawakita, Margo arrugó la frente con un súbito sentimiento de culpabilidad. Hacía unos seis meses Kawakita le había dejado un mensaje en el contestador automático, disculpándose por no haber dado señales de vida en tanto tiempo y anunciando que volvería a llamar al día siguiente a la misma hora porque necesitaba hablar con ella.

Cuando el teléfono sonó nuevamente veinticuatro horas más tarde, Margo hizo ademán de descolgar pero se quedó inmóvil con la mano suspendida a unos centímetros del auricular. Al activarse el contestador no dejaron mensaje, y Margo retiró lentamente la mano, preguntándose qué extraño instinto le había impedido atender la llamada de Kawakita. Pero en realidad ya conocía la respuesta. Kawakita había formado parte de todo aquello junto con Pendergast, Smithback, el teniente D'Agosta e incluso el doctor Frock. Su programa de extrapolación les había permitido conocer mejor a Mbwun, la criatura que había sembrado el pánico en el museo y rondaba aún por las pesadillas de Margo. Por egoísta que pareciese, el último de sus deseos era hablar con alguien que le recordase innecesariamente aquellos espantosos días. Una actitud absurda, y más pensando que en ese momento se hallaba metida hasta el cuello en una investigación que…

Un súbito e impertinente carraspeo devolvió a Margo al presente. Al volverse, vio a su lado a un hombre de corta estatura y rostro apergaminado y surcado por innumerables arrugas. Vestía un raído traje de tweed.

—Me ha parecido oír que alguien merodeaba entre mis esqueletos —

comentó Hagedorn con expresión ceñuda y los minúsculos brazos cruzados ante el pecho—. Usted dirá.

A su pesar, Margo notó que en su interior un creciente enojo sustituía a sus recuerdos. «Sus» esqueletos. Sí, desde luego parecían suyos.

Conteniendo la indignación, sacó del bolso una hoja de papel.

—El doctor Frock quiere que suban estos especímenes al Laboratorio de Antropología Forense —dijo al entregarle la hoja a Hagedorn.

Echó un vistazo al papel, y su ceño se hizo aún más marcado.

—¿ Tres esqueletos? —preguntó—. Eso es contrario a las normas.

«¡Anda y que te zurzan, Stumpy!», pensó Margo, y replicó:

—Es de suma importancia que dispongamos de los esqueletos inmediatamente. Si se requiere una autorización especial, sin duda la doctora Merriam se la dará.

La alusión a la directora surtió el efecto deseado.

—¡Ah, muy bien! Pero sigue siendo contrario a las normas.

Acompáñeme.

La guió hasta un antiguo escritorio de madera, desportillado y lleno de marcas a fuerza de años de dejadez. Tras el escritorio —en hileras de pequeños cajones— estaban los archivos de Hagedorn. Consultó el primer número de la lista de Frock y recorrió los cajones de arriba abajo con un dedo fino y amarillento. Finalmente se detuvo, tiró del cajón, pasó rápidamente las fichas y extrajo una.

—1930-262 —leyó, y gruñó contrariado—. ¡Qué suerte la mía! Nada menos que en la fila más alta. Ya no soy lo que era, ¿sabe? La altura me da vértigo. —De pronto se interrumpió. Señalando un punto rojo en el ángulo superior derecho de la ficha, observó— Este esqueleto es uno de los especímenes médicos.

—Los tres lo son —repuso Margo. Si bien era obvio que Hagedorn esperaba una explicación, Margo guardó un inexorable silencio.

Por fin el administrador se aclaró la garganta, enarcando las cejas ante la irregularidad de la solicitud.

—Si insiste —dijo, dejando la ficha en el escritorio y empujándola hacia ella—. Firme ahí. Añada su extensión y departamento, y no olvide anotar el nombre de Frock en la casilla del «Supervisor».

Margo miró la cartulina mugrienta, con los bordes reblandecidos a causa del uso y el tiempo. «¡Qué raro!», pensó irónicamente. Es una ficha de biblioteca. En el encabezamiento, pulcramente escrito con mayúsculas, constaba el nombre del esqueleto: Homer Maclean. Ése era en efecto uno de los que había pedido Frock. Víctima de una neurofibromatosis, si Margo no recordaba mal.

Se inclinó para garabatear su nombre en la primera línea libre y de pronto se detuvo. Tres o cuatro líneas más arriba en la lista de solicitantes anteriores vio una desigual caligrafía que reconoció de inmediato: G. S.

Kawakita, Antropología. Había pedido aquel mismo esqueleto para sus investigaciones cinco años atrás. No le sorprendió. A Greg siempre lo había fascinado lo insólito, lo anormal, la excepción a la regla. Quizá de ahí su atracción por el doctor Frock y su teoría de la evolución fractal.

Recordó que Greg era conocido entre otras cosas por practicar con su caña de pescar en aquella misma sala de almacenamiento, lanzando el cebo

en los estrechos pasillos casi en todos los descansos. Cuando Hagedorn no estaba presente, por supuesto. Margo reprimió una sonrisa.

«Sólo me faltaba esto —pensó—. Esta misma noche buscaré el teléfono de Greg en la guía. Más vale tarde que nunca.»

Oyó un sonoro y vibrante resoplido. Levantó la vista y advirtió una mirada impaciente en los ojillos de Hagedorn.

—Basta con su nombre —dijo él con tono mordaz—. No necesito un poema lírico, así que no piense tanto, y acabemos de una vez.

10

La recargada y ancha fachada del club Polyhymnia se levantaba sobre una acera de la calle 45 Oeste, descollando su masa de mármol y arenisca como la popa de un galeón español. Sobre la marquesina, una estatua dorada de la divinidad que daba nombre al club, la musa de la retórica, se apoyaba en un solo pie en ademán de alzar el vuelo. Debajo, la puerta giratoria del club revelaba el ajetreo propio de la noche de un sábado; aunque sólo se permitía la entrada a los miembros de la prensa neoyorquina, eso incluía, como en una ocasión lamentó Horace Greeley, a «la mitad de ociosos juerguistas que vivían al sur de la calle Catorce».

Ya dentro, rodeado del inmutable mobiliario de roble del establecimiento, Bill Smithback se dirigió a la barra y pidió un Caol Ila sin hielo. Si bien el pedigrí del club le importaba poco, estaba muy interesado en el surtido único de whisky escocés expresamente importado. Al primer sorbo de whisky de malta, sintió su boca inundada por el humo de turba y el agua del lago Nam Ban. Lo saboreó por un largo momento y a continuación echó un vistazo alrededor, dispuesto a deleitarse con los gestos de enhorabuena y las miradas de admiración de sus colegas de la prensa.

La asignación de la crónica sobre la muerte de Pamela Wisher había sido una de las mayores oportunidades de su vida. En menos de una semana había colocado ya tres artículos en primera plana. Había logrado que las ambigüedades y vagas amenazas de Mephisto, el jefe de la gente sin hogar, sonasen incisivas y pertinentes. Esa misma tarde, cuando se marchaba del periódico, Murray se había acercado a él y le había dado una efusiva

palmada en el hombro. Precisamente Murray, el director que nunca tenía elogios para nadie.

Fallida su inspección de la clientela, se volvió de nuevo hacia la barra y tomó otro sorbo de whisky. Era extraordinario el poder de un periodista, pensó. Incitada por él, la ciudad entera había puesto el grito en el cielo.

Ginny, la secretaria de redacción, estaba ya abrumada por el volumen de llamadas en relación con la recompensa, y sería necesario incorporar a una telefonista dedicada exclusivamente a eso. Incluso el alcalde había expresado su indignación. La señora Wisher debía de estar satisfecha de su actuación. Smithback había acertado de pleno.

Una vaga sospecha de que la señora Wisher lo había manipulado con toda intención cruzó fugazmente su conciencia, siendo rechazada de inmediato. Tomó otro sorbo de whisky y cerró los ojos mientras descendía por su garganta como un sueño de un mundo mejor.

Una mano se posó en su hombro, y se volvió con manifiesto entusiasmo. Era Bryce Harriman, el cronista de sucesos del Times que cubría también el caso Wisher.

—¡Ah! —dijo Smithback con súbito desánimo.

—Te felicito, Bill —saludó Bryce sin retirar la mano del hombro de Smithback mientras se acodaba en la barra y golpeaba con una moneda el revestimiento de cinc. Dirigiéndose al camarero, dijo—: Una Killians.

Smithback asintió con la cabeza, pensando: «¡Dios santo, con tanta gente como hay en el mundo, y tener que tropezarme precisamente con este tipo!».

—Sí, señor. Muy sagaz. Debe de haberles encantado en el Post —dijo, haciendo una breve pausa antes de la última palabra.

—Pues sí, francamente —respondió Smithback.

—Tendría que darte las gracias, de hecho. —Harriman cogió su jarra de cerveza y bebió remilgadamente—. Me has dado una excelente idea para un artículo.

—¿En serio? —dijo Smithback sin interés.

—En serio. Explicar la causa por la que la investigación está estancada.

Paralizada.

Smithback alzó la vista, y el periodista del Times asintió con aire de suficiencia.

—Desde el anuncio de la recompensa se ha producido una avalancha de llamadas absurdas. La policía no tiene más remedio que dar crédito a la

mayoría. Y ahora pierden el tiempo con un millar de pistas falsas. Un consejo de amigo, Bill: no te dejes ver por la jefatura en una temporada, digamos unos diez años.

—No me vengas con ésas —repuso Smithback con tono airado—. Le hemos hecho un gran favor a la policía.

—No piensan lo mismo los policías con que yo he hablado.

Smithback volvió la cabeza y tomó otro sorbo de whisky. Estaba acostumbrado a las pullas de Harriman, el licenciado en ciencias de la información por la Universidad de Columbia que se creía un don del cielo para el periodismo. En cualquier caso Smithback mantenía aún buenas relaciones con el teniente D'Agosta. Eso era lo que contaba. Harriman no hacía más que decir tonterías.

—A propósito, Bryce, ¿cómo le ha ido al Times esta mañana en los quioscos? —preguntó—. Esta última semana el Post ha aumentado la tirada en un cuarenta por ciento.

—Ni lo sé ni me importa. A un verdadero periodista le tienen sin cuidado las ventas.

—Acéptalo, Bryce: me he llevado el gato al agua —replicó Smithback, aprovechando su ventaja—. Conseguí la entrevista con la señora Wisher, y tú no.

Smithback había puesto el dedo en la llaga. El rostro de Harriman se ensombreció. Probablemente su director se lo había echado ya en cara.

—Sí —dijo Harriman—. Sabe de qué pie cojeas, desde luego. Te hace comer en la palma de su mano. Entretanto la verdadera noticia se cuece en otra parte.

—¿A qué verdadera noticia te refieres?

—Por ejemplo, la identidad del segundo esqueleto. O incluso el actual paradero de los cadáveres. —Harriman apuró su cerveza con afectada despreocupación sin apartar la vista de Smithback—. ¿Acaso no sabías que los han cambiado de sitio? Estás muy ocupado charlando con chiflados en los túneles del ferrocarril, supongo.

Smithback miró a su colega con un supremo esfuerzo por disimular su asombro. ¿Era aquello una especie de falsa pista? Pero no. La fría mirada de Harriman tras sus gafas de concha era despectiva pero franca.

—Eso aún no lo he averiguado —contestó con cautela.

—No me digas. —Harriman le dio una palmada en la espalda—. Cien mil pavos de recompensa, ¿no? Eso cubriría tu salario de los próximos dos

años. Si es que el Post no vuelve a hacer suspensión de pagos…

Soltó una carcajada, dejó un billete de cinco dólares en la barra y se marchó.

Smithback, irritado, lo observó alejarse. Así que los cadáveres no estaban ya en el depósito municipal. Debería haberse enterado por su cuenta. Pero ¿adónde los habían trasladado? No había habido preparativos para el funeral, ni entierro. Tenían que estar en algún laboratorio, un laboratorio mejor equipado que el del Instituto Forense. En un lugar seguro, no como las universidades de Columbia o Rockefeller, con estudiantes rondando por todas partes. Al fin y al cabo, se ocupaba del caso el teniente D'Agosta. Como Smithback bien sabía, el teniente era un hombre calculador. No tomaba decisiones precipitadas. ¿Por qué D'Agosta habría trasladado los cadáveres…?

D'Agosta.

De pronto imaginó —mejor dicho, supo— dónde se hallaban los esqueletos.

Tras acabarse el whisky, bajó del taburete y se encaminó hacia los teléfonos del vestíbulo por la elegante alfombra roja. Insertó una moneda en el primero y marcó.

—Curly, dígame —contestó una voz cascada a causa de la edad.

—¡Curly! —exclamó el periodista—. Soy Bill Smithback. ¿Qué tal va todo?

—Bien, doctor Smithback. Hace mucho que no lo veo por aquí.

Curly, el vigilante de la entrada del personal del Museo de Historia Natural, llamaba «doctor» a todo el mundo. Los príncipes nacían y morían, las dinastías ascendían y caían; pero Curly, como Smithback sabía, permanecería eternamente en su recargada garita de bronce comprobando la identificación de cuantos pasaban por allí.

—Curly, ¿a qué hora del miércoles por la noche llegaron las ambulancias ? Ya sabe, las dos que llegaron juntas. —Smithback hablaba deprisa, rogando que el anciano vigilante no supiese que después de publicarse su libro sobre el museo había empezado a ejercer el periodismo.

—A ver, déjeme pensar —dijo Curly con su habitual parsimonia—.

Pues lo siento, doctor, pero no recuerdo nada de eso.

—¿De verdad? —preguntó Smithback, desanimado. Hubiese jurado que los esqueletos estaban allí.

—A no ser que se refiera a la que llegó con la sirena y las luces de aviso apagadas. Pero eso fue el jueves temprano, no el miércoles. —Smithback oyó a Curly pasar las hojas del registro de entradas—. Sí, exacto, poco después de las cinco de la mañana.

—Tiene razón. Fue el jueves. ¿En qué estaría yo pensando?

Smithback dio las gracias a Curly y, eufórico, colgó el auricular.

Sonriente, regresó a la barra. Con una sola llamada telefónica había descubierto lo que Harriman llevaba días buscando en vano.

Todo encajaba. Smithback sabía que D'Agosta había utilizado el laboratorio del museo en otros casos, en particular el de los asesinatos de la Bestia del Museo. Era un laboratorio de máxima seguridad en un museo de máxima seguridad. Sin duda había solicitado la colaboración de aquel viejo y pedante conservador, Frock. Y quizá también la de la antigua ayudante de Frock, Margo Green, amiga de Smithback durante la época de éste en el museo.

Margo Green, pensó Smithback. Aquello merecía una visita.

Llamó al camarero.

—Paddy, creo que seguiremos en la isla de Islay, pero cambiando de destilería. Ahora tráeme un Laphroaig, por favor. El de quince años.

Tomó un sorbo del extraordinario whisky. Costaba diez pavos la copa, pero sin duda los valía. «Cien mil pavos de recompensa, ¿no? Eso cubriría tu salario de los próximos dos años», se había burlado Harriman. Smithback decidió que en cuanto colocase otro artículo en primera plana pediría un aumento a Murray. Había que aprovechar la coyuntura.

11

La sargento Hayward descendió por una larga escalera metálica, abrió una puerta angosta y oxidada, y salió a un apartadero abandonado. D'Agosta la seguía con las manos en los bolsillos. La luz del día se filtraba tenuemente por una serie de rejillas situadas a gran altura e iluminaba las motas de polvo que flotaban en el aire quieto. Al salir, D'Agosta miró a izquierda y derecha. En ambas direcciones las vías del ferrocarril se perdían en la oscuridad del túnel. Advirtió que Hayward, bajo tierra, tenía una manera de moverse poco común, un andar sigiloso y cauto.

—¿Dónde está el capitán? —preguntó Hayward.

—Ahora vendrá —contestó D'Agosta, apoyando el tacón del zapato en un raíl—. Usted siga adelante.

Observó a Hayward adentrarse en el túnel con movimientos felinos, precedida por el estrecho haz de luz de su linterna. Cualquier duda que pudiese haber albergado sobre la aptitud de aquella mujer menuda para guiarlos se disipó al comprobar la soltura con que se desenvolvía en los subterráneos.

Waxie, en cambio, había aminorado notablemente la marcha desde la visita, hacía un par de horas, al sótano donde unos tres meses antes se había hallado el primer cadáver. Era una sala húmeda, atestada de viejas calderas.

Del techo pendían cables podridos. Hayward les había mostrado el colchón encajonado tras una caldera ennegrecida y cubierto de botellas de agua vacías y periódicos rotos. Allí había vivido el muerto. El colchón tenía una mancha de sangre seca de un metro de diámetro, muy mordisqueada por las ratas. Encima, colgaban de una tubería unos calcetines raídos y mohosos.

El cadáver encontrado allí había sido identificado como Hank Jasper, explicó Hayward. No había testigos ni se le conocían parientes o amigos. El expediente tampoco les había servido de nada; no incluía fotografías ni descripción pericial del lugar del crimen. Se reducía al papeleo de rutina, un breve informe forense que dejaba constancia de las «múltiples laceraciones» y el violento aplastamiento del cráneo, y el aviso de un apresurado entierro en la fosa común de Hart Island.

Tampoco había resultado de gran utilidad la visita a los servicios clausurados de la estación de Columbus Circle, donde se había descubierto el segundo cadáver. Sólo habían encontrado basura y restos de sangre en los viejos lavabos y los espejos agrietados que alguien había intentado limpiar sin mucho empeño.

D'Agosta oyó a sus espaldas una maldición entre dientes, y al volverse vio salir por la puerta oxidada la oronda figura del capitán Waxie, que echó un vistazo alrededor con manifiesta repugnancia. En la penumbra su rostro mantecoso y pálido brillaba de una manera poco natural.

—¡Dios santo, Vinnie! —exclamó Waxie, cruzando las vías con sumo cuidado—. ¿Qué carajo hemos venido a hacer aquí? Ya te he dicho antes que esto no es trabajo para un capitán, y menos un domingo por la tarde. —

Señaló con el mentón hacia el oscuro túnel—. Ha sido idea de esa monada,

¿verdad? Desde luego tiene un buen par de tetas. ¿Sabías que le ofrecí un

puesto como ayudante personal mía? Pero prefirió seguir con la brigada de desalojo, sacando a los vagabundos de sus madrigueras. No hay quien lo entienda.

«A mí no me parece tan raro», pensó D'Agosta, imaginando lo que podía ser la vida de una mujer atractiva como Hayward a las órdenes de Waxie.

—¡Y ahora se me ha estropeado la condenada radio! —protesto Waxie, irritado.

D'Agosta señaló hacia arriba.

—Dice Hayward que en los subterráneos las radios no funcionan. O al menos no de manera fiable.

—Estupendo. ¿Y cómo vamos, pues, a pedir apoyo?

—No vamos a pedir apoyo. Esto es sólo cosa nuestra.

—Estupendo —repitió Waxie.

D'Agosta observó a Waxie. Sobre su labio superior el sudor manaba en grandes gotas, y sus blancuzcas mejillas, normalmente firmes, empezaban a colgar.

—Esto está dentro de tu jurisdicción, no de la mía —dijo D'Agosta—.

Piensa en lo bien que quedarás si esto llega a tener resonancia, habiendo tomado las riendas del asunto de inmediato, visitando en persona el lugar de los hechos. Para variar. —Se llevó los dedos al bolsillo de la chaqueta para sacar un cigarro, pero cambió de idea—. Y piensa en la mala imagen que darías si los asesinatos tienen relación, y la prensa dice que te desentendiste.

Waxie lo miró con expresión ceñuda.

—No tengo intención de presentarme a la alcaldía, Vinnie.

—No hablo de la alcaldía. Yo sólo sé que cuando empiece a llover mierda, como siempre pasa en estos casos, tendrás las espaldas cubiertas.

Waxie, al parecer ya más tranquilo, dejó escapar un gruñido.

D'Agosta vio acercarse la linterna de Hayward por las vías, y pronto su silueta surgió de la oscuridad.

—Casi hemos llegado —informó—. Hay que bajar un nivel más.

—¿Bajar? —dijo Waxie—. ¡Sargento, creía que éste era el nivel más bajo!

Hayward no contestó.

—¿Y por dónde tenemos que bajar? —preguntó D'Agosta.

Hayward señaló con la cabeza en dirección hacia el lugar de donde había venido.

—A la derecha, a unos cuatrocientos metros, hay otra escalera.

—¿Y si viene un tren? —preguntó Waxie.

—Este tramo está abandonado —dijo Hayward—. No pasan trenes desde hace mucho tiempo.

—¿Cómo lo sabe?

Hayward enfocó la linterna hacia el suelo e iluminó los raíles, cubiertos de una espesa capa de óxido anaranjado. La mirada de D'Agosta ascendió por el haz de luz hasta el rostro de Hayward. No parecía muy contenta con la perspectiva.

—¿Hay algo fuera de lo normal en el siguiente nivel? —preguntó D'Agosta con naturalidad.

Hayward guardó silencio por un momento.

—Por lo general, sólo patrullamos en los niveles superiores. Pero corren ciertas historias, y cuanto más bajo es el nivel, más espantosas son las historias. —Tras una pausa añadió, en una clara insinuación a D'Agosta—: Por eso propuse que viniésemos con un grupo de agentes.

—¿Aquí abajo vive gente? —dijo Waxie, ahorrando a D'Agosta la respuesta.

—Claro. —A juzgar por su expresión, Hayward daba por sentado que Waxie debería haber estado ya al corriente—. Es un sitio caliente en invierno, resguardado de la lluvia y el viento. No han de preocuparse de nadie, salvo de los otros topos.

—¿Y cuándo fue la última vez que se desalojó ese nivel?

—Los niveles inferiores no se desalojan, capitán.

—¿Por qué?

Se produjo otro silencio.

—Para empezar, es imposible dar con los topos de las zonas más profundas. Viviendo en la oscuridad desarrollan una buena visión nocturna.

Oímos un ruido, y en cuanto nos volvemos, ya han desaparecido. Sólo se hacen un par de rondas anuales al azar con perros adiestrados para encontrar cadáveres. Y ni siquiera en esos casos se baja tanto. Además, es muy peligroso. No todos los topos vienen aquí buscando cobijo. Algunos vienen a esconderse. Algunos huyen de algo, normalmente la justicia. Y

también hay depredadores.

—¿Y lo que contaba el artículo del Post? —dijo D'Agosta—. Hablaba de una especie de comunidad subterránea. Eso no parecía tan hostil.

—Se refería a los túneles situados bajo el Central Park, teniente, no a los apartaderos del West Side —contestó Hayward—. Hay unas zonas más seguras que otras. Y no olvide que ese artículo mencionaba también otra cosa. Algo sobre unos caníbales. —Esbozó una agradable sonrisa.

Waxie abrió la boca para responder, pero volvió a cerrarla y tragó saliva ruidosamente.

Comenzaron a avanzar por las vías en silencio. D'Agosta advirtió que inconscientemente se había llevado la mano a su Smith & Wesson modelo 4946 de doble acción. En el año 93 el cambio a una semiautomática de 9

milímetros había originado cierta controversia en el departamento. Ahora D'Agosta se alegraba de llevarla.

Una puerta de acero que colgaba del marco en un precario ángulo daba acceso a la escalera. Hayward tiró de ella y se hizo a un lado. D'Agosta entró y de inmediato se le saltaron las lágrimas. Un olor parecido al del amoníaco ofendió a su olfato.

—Yo iré delante, teniente —propuso Hayward.

D'Agosta la dejó pasar. A ese respecto no pensaba discutir.

La escalera de cemento descendía hasta un descansillo y luego doblaba.

A D'Agosta los ojos llorosos empezaron a escocerle. El olor era muy penetrante, indescriptible.

—¿A qué demonios huele? —preguntó.

—A orina —contestó Hayward con naturalidad—. Básicamente. Y a algunas otras cosas que preferirá no saber.

A sus espaldas, el resuello de Waxie se hizo más acusado.

Salieron a un espacio húmedo y lóbrego a través de una abertura de contornos irregulares. Hayward recorrió las paredes con la linterna, y D'Agosta tuvo la impresión de que se hallaban en el cavernoso extremo de un antiguo túnel. Pero allí no había raíles, y charcos de aceite y agua salpicaban el desigual suelo de tierra. Se veía basura desperdigada por todas partes: trozos de periódicos, un pantalón roto, un zapato viejo, un pañal recién usado.

D'Agosta oía resoplar a Waxie detrás de él. Se preguntó por qué había dejado de quejarse repentinamente el capitán. Quizá sea el mal olor, pensó.

Hayward se dirigió a un pasadizo que conducía al exterior de la caverna.

—Por aquí —dijo—. El cadáver se encontró ahí dentro, un poco más adelante. Es mejor que no nos separemos, y cuidado no los entuben.

—¿Entuben? —preguntó D'Agosta.

—Alguien podría salir de la oscuridad y golpearlos en la cabeza con un trozo de tubería.

—Yo no veo a nadie —repuso D'Agosta.

—Están aquí —aseguró Hayward.

Waxie respiraba cada vez con mayor dificultad.

Se adentraron lentamente en el pasadizo. Con frecuencia Hayward dirigía la luz hacia las paredes. Cada siete u ocho metros había un amplio espacio rectangular abierto en la roca; zonas de trabajo y almacenamiento utilizadas por las cuadrillas de obreros que construían el metro cien años atrás, explicó Hayward. Mugrientos colchones cubrían el suelo de muchos cubículos. A menudo el haz de la linterna sorprendía a enormes ratas parduscas, que se agitaban entre la basura y se alejaban con insolente lentitud. Pero no había señales de gente.

Hayward se detuvo, se quitó la gorra y volvió a colocarse un mechón de pelo mojado tras la oreja.

—Según el informe, era un cubículo situado justo enfrente de una pasarela de hierro caída —dijo.

D'Agosta intentó respirar a través de la mano, y cuando eso ya no le sirvió, se aflojó el nudo de la corbata y se subió el cuello de la camisa, usándolo a modo de mascarilla para taparse la boca.

—Ahí es —anunció Hayward, alumbrando una herrumbrosa maraña de montantes y vigas. Enfocó la linterna hacia el lado opuesto del pasadizo y localizó el cubículo. A primera vista era como los otros: un metro y medio de longitud, un metro de profundidad, abierto en la roca a una altura de medio metro del suelo.

D'Agosta se acercó y echó un vistazo. Contenía un colchón ladeado, con grandes manchas de sangre seca. La sangre —junto con fragmentos de algo cuya naturaleza D'Agosta prefería desconocer— había salpicado también las paredes. Vio asimismo el omnipresente cajón de embalaje, volcado y medio aplastado. El suelo del cubículo estaba cubierto de periódicos. El hedor era intolerable.

—Éste apareció también decapitado —susurró Hayward—. Lo identificaron mediante las huellas digitales. Shasheen Walker, treinta y dos años. Con una hoja de antecedentes penales tan larga como mi brazo, drogadicto.

En otras circunstancias a D'Agosta le habría parecido ridículo que un policía hablase en susurros. En aquel momento, en cambio, lo agradecía. Se

produjo un largo silencio mientras D'Agosta inspeccionaba el cubículo con su propia linterna.

—¿Encontraron la cabeza? —preguntó por fin.

—No —respondió Hayward.

El inmundo cubil no presentaba indicios de registro policial. Pensando que habría preferido estar en cualquier otra parte, hacer cualquier otra cosa, D'Agosta alargó un brazo hacia el interior del cubículo, agarró la esquina de una manta roñosa y tiró de ella.

Algo marrón resbaló de entre los pliegues y rodó hacia el borde exterior del cubículo. Lo que quedaba de la boca permanecía abierto en un grito helado.

—Diría que no buscaron muy a fondo —comentó D'Agosta. Oyó escapar un leve gemido de la garganta de Waxie. Se volvió hacia él y preguntó—: ¿Te pasa algo, Jack?

Waxie no respondió. Su rostro parecía una pálida luna suspendida en la fétida oscuridad.

D'Agosta iluminó de nuevo la cabeza.

—Tendremos que hacer venir a un equipo de técnicos para realizar un registro completo —dijo, e hizo ademán de sacar la radio, pero se detuvo al recordar que allí no funcionaría.

Hayward se acercó.

—¿Teniente?

—¿Sí?

—Los topos han dejado esto tal como estaba porque aquí murió una persona. Son supersticiosos con estas cosas, o por lo menos algunos. Pero en cuanto nos vayamos limpiarán el cubículo de arriba abajo, se desharán de la cabeza, y nunca la encontraremos. No quieren ver policía aquí abajo por nada del mundo.

—¿Y cómo demonios van a enterarse de que hemos estado aquí?

—Ya se lo he dicho, teniente: están aquí, alrededor, escuchando.

D'Agosta alumbró en torno con la linterna. El pasadizo estaba en silencio y no se veía un alma.

—¿Y qué propone?

—Si quiere la cabeza, va a tener que llevársela ahora —aconsejó Hayward.

—¡Mierda! —dijo D'Agosta entre dientes—. De acuerdo, sargento, improvisaremos. Acerque esa toalla que hay ahí.

Rodeando a Waxie, que se hallaba paralizado, la sargento Hayward cogió la toalla empapada de agua y la extendió sobre el húmedo hormigón junto a la cabeza. Luego, cubriéndose la mano con la manga del uniforme, empujó la cabeza hacia la toalla con la muñeca.

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