2 El relicario
Capítulo 2
No puede excluirse, desde luego, que una jauría de perros salvajes atacase, matase y mutilase a las víctimas en los túneles. Sin embargo, a mi juicio, las marcas que aquí vemos se aproximan más a las de un hombre que a las de un perro o cualquier otro hipotético habitante del subsuelo.
—Quizá, doctor Brambell, haya más clases de habitantes en el subsuelo de los que sueña su filosofía [2] —lo interrumpió de pronto una voz con acento del sur profundo, quizá Alabama o Luisiana, y un tono de ligero cinismo.
Margo volvió la cabeza y descubrió la esbelta y familiar figura del agente especial Pendergast reclinada contra un asiento de las últimas filas.
No lo había oído entrar. Pendergast advirtió que le miraba y la saludó con la cabeza, destellando en la oscuridad sus claros ojos azules.
—Señorita Green —dijo—. Disculpe. Ahora debo llamarla doctora Green, ¿no es así?
Margo sonrió y asintió con la cabeza. No había visto al agente del FBI desde la fiesta de despedida en el despacho de Frock. Recordó de nuevo que aquella había sido la última vez que vio a la mayoría de las personas relacionadas con los asesinatos de la Bestia del Museo, el doctor Frock, por ejemplo, o Greg Kawakita.
Frock, con cierto esfuerzo, dio la vuelta a la silla, dirigió un gesto de saludo a Pendergast y se colocó nuevamente de cara a la pantalla.
Brambell observaba al recién llegado.
—¿Usted es…?
—Pendergast, agente especial del FBI —se anticipó D'Agosta—.
Colabora con nosotros en el caso.
—Comprendo —respondió Brambell—. Mucho gusto. —Se volvió hacia la pantalla con actitud diligente—. Pasemos al siguiente punto: la identificación del cadáver desconocido. En ese frente, tengo buenas noticias. Me temo que será una sorpresa para mis colegas —señaló a Frock y Margo con el mentón—, porque yo mismo acabo de enterarme.
Frock irguió la espalda con una expresión inescrutable en el rostro.
Margo miró alternativamente a los dos científicos. ¿Era posible que Brambell les hubiese ocultado algo con la intención de llevarse todos los laureles?
—Por favor, fíjense en la siguiente diapositiva. —La pantalla mostró otra imagen, la radiografía en que Margo había observado los cuatro triángulos blancos—. Aquí vemos cuatro pequeños triángulos incrustados
en las vértebras lumbares del esqueleto desconocido. Al principio, cuando la doctora Green los descubrió, nos quedamos todos perplejos. Pero anoche, en una repentina inspiración, concebí su posible origen. He pasado la mayor parte del día de hoy en contacto con varios cirujanos ortopédicos. Si estoy en lo cierto, conoceremos la identidad del individuo asesinado a finales de esta semana, quizá antes. —Sonrió y paseó una mirada triunfal por la sala, deteniéndose por un instante en Frock con manifiesta insolencia.
—Así pues, cree usted que esos triángulos son… —empezó a decir Pendergast.
—Por el momento —lo interrumpió Brambell con tono tajante— no puedo añadir nada más al respecto.
Alzó el mando a distancia, y apareció otra diapositiva en la pantalla, ésta de una cabeza en avanzado estado de descomposición, sin ojos ni labios, los dientes expuestos en una macabra mueca. Margo sintió la misma repugnancia que había sentido cuando la cabeza llegó al laboratorio.
—Como ya saben —prosiguió Brambell—, ayer nos enviaron también esta cabeza para su análisis. La encontró el teniente D'Agosta mientras investigaba unos asesinatos cometidos recientemente entre la población sin hogar. Si bien no dispondremos de un informe completo hasta dentro de unos días, nos consta que pertenece a un indigente que murió hace aproximadamente dos meses. Se advierten numerosas marcas, algunas de dientes y otras producidas por un arma toscamente acabada, también en este caso presentes sobre todo alrededor de las vértebras cervicales unidas aún al cráneo. Nos proponemos exhumar el cadáver para realizar una investigación a fondo.
«¡Oh, no!», pensó Margo.
Brambell pasó varias diapositivas más.
—Del estudio de las heridas del cuello se desprende una vez más que la fuerza ejercida se corresponde con la de un agresor humano, y no la de un nuevo Mbwun.
La pantalla quedó en blanco, y Brambell dejó el puntero en una mesa cercana. Cuando se encendieron las luces, D'Agosta se puso en pie.
—Es un alivio mayor de lo que se imaginan —dijo—. Pero dejemos las cosas claras. ¿Asegura que esas marcas de dientes son de una persona?
Brambell asintió con la cabeza.
—¿No de un perro u otro animal que pueda vivir en las cloacas?
—Dado el carácter y el estado de las marcas, no puede descartarse por completo a un perro. Pero personalmente opino que existen mayores probabilidades de que pertenezcan a uno o varios humanos. Si dispusiésemos aunque sólo fuese de una marca nítida de toda o buena parte de la dentadura, pero desgraciadamente… —Extendió las manos—. Y si se demuestra que algunas de esas incisiones son fruto de un arma, por tosca que sea, obviamente no podrían haber sido producidas por un perro.
—¿Y usted qué piensa, doctor Frock? —preguntó D'Agosta.
—Coincido con el doctor Brambell —contestó Frock lacónicamente, revolviéndose en la silla de ruedas. A continuación masculló—: Por si no lo recuerdan, fui yo quien desde el primer momento sostuve que esto no era obra de una criatura como Mbwun. Me complace que los resultados del análisis me hayan dado la razón. No obstante, debo protestar por el modo en que el doctor Brambell ha actuado respecto a la identificación del cadáver A.
—Tomo cumplida nota —dijo Brambell con una forzada sonrisa.
—El asesino es un vulgar imitador —sentenció el policía corpulento con tono triunfal.
Se produjo un silencio.
El policía se levantó y miró alrededor.
—Anda suelto un bicho raro que se inspira en los asesinatos de la Bestia del Museo —afirmó a voz en grito—. Algún chiflado que va por ahí matando gente, cortando cabezas y quizá comiendo carne humana.
—Eso concuerda con los datos —dijo Brambell—, excepto por el hecho…
—Un asesino en serie que además es mendigo —lo interrumpió el policía.
—Oye, Jack… capitán Waxie —dijo D'Agosta—, eso no explica…
—¡Lo explica todo! —insistió obstinadamente el hombre llamado Waxie.
De pronto se abrió una de las puertas de acceso a la sala, y una voz airada resonó en torno al grupo.
—¿Por qué demonios no se me ha informado de esta reunión?
Margo volvió la cabeza y al instante reconoció aquella cara picada de viruelas, el impecable uniforme, la pesada guarnición de medallas y galones: era Horlocker, el jefe de policía, y bajaba por el pasillo con paso enérgico, seguido de dos ayudantes.
Una expresión de cautela asomó fugazmente al rostro de D'Agosta, dando paso de inmediato a una máscara de neutralidad.
—Jefe, le envié…
—¿Qué? ¿Un comunicado interno? —Furioso, Horlocker se acercó a la fila de butacas donde se hallaban el teniente y Waxie—. D'Agosta, por lo que se ve, ha cometido el mismo error que la otra vez en el museo. No mantuvo al corriente a sus superiores desde el principio. Usted y el imbécil de Coffey se empeñaron en que era un asesino en serie y lo tenían todo bajo control. Cuando se dieron cuenta de lo que era realmente, el museo estaba ya lleno de cadáveres.
—Si me permite un inciso, jefe Horlocker, ésa es una interpretación en extremo inexacta de lo que ocurrió —intervino Pendergast con su voz meliflua desde el otro lado de la sala.
Margo vio a Horlocker volverse hacia la voz.
—¿Quién es ése? —preguntó.
D'Agosta se dispuso a responder, pero Pendergast lo hizo callar alzando una mano.
—Disculpa, Vincent. Jefe Horlocker, soy Pendergast, agente especial del FBI.
Horlocker lo miró con expresión ceñuda.
—He oído hablar de usted. También participó en la cagada del museo.
—Una florida metáfora —repuso Pendergast.
—¿Y qué quiere ahora, Pendergast? —preguntó Horlocker con impaciencia—. No tiene competencias en este asunto.
—Colaboro con el teniente D'Agosta en calidad de asesor.
Horlocker arrugó el entrecejo.
—D'Agosta no necesita ayuda.
—Perdone que le contradiga —contestó Pendergast—, pero creo que tanto él como usted necesitan toda la ayuda posible. —Miró a Waxie y luego otra vez a Horlocker—. No se preocupe, jefe, no busco condecoraciones. Estoy aquí para contribuir a determinar la identidad del asesino, no para apropiarme del caso.
—¡Vaya un consuelo! —exclamó Horlocker. Volviéndose hacia D'Agosta, preguntó— ¿Y bien? ¿Qué tenemos?
—En opinión del forense, el próximo viernes contaremos con la identificación del esqueleto desconocido —dijo D'Agosta—. Y cree también que las marcas de dientes pertenecen a un humano. O a varios.
—¿A varios? —repitió Horlocker.
—Jefe, a mi juicio, las pruebas apuntan a más de un asesino —confirmó D'Agosta.
Brambell asintió con la cabeza.
Horlocker parecía consternado.
—¿Cómo? ¿Está diciéndome que andan por ahí dos psicópatas con tendencias caníbales? ¡Por Dios, D'Agosta, use la cabeza! Lo que tenemos aquí es un mendigo asesino que se ceba en los de su propia clase, y de vez en cuando una persona de verdad, como Pamela Wisher o ese tal Bitterman, aparece en el momento y lugar menos oportunos y acaba muerta.
—¿Una persona de verdad? —murmuró Pendergast.
—Ya me entiende. Un miembro productivo de la sociedad. Alguien con domicilio conocido. —Horlocker miró a D'Agosta con el entrecejo fruncido
—. Le di un plazo, y esperaba mucho más que esto.
Waxie se levantó de la butaca con visible esfuerzo y declaró:
—Yo estoy convencido de que todo es obra de un mismo asesino.
—Exacto —dijo Horlocker, echando un vistazo alrededor por si alguien se atrevía a contradecirlo—. En resumen, nos enfrentamos con un chiflado sin hogar, instalado probablemente en alguna parte del Central Park, que se cree la Bestia del Museo. Y después del condenado artículo del Times media ciudad ha enloquecido. —Dirigiéndose a D'Agosta, preguntó—: Y
ahora ¿qué planes tiene?
—Du calme, du calme, jefe —terció Pendergast con tono apaciguador
—. Con frecuencia he observado que quien más alto habla es quien menos tiene que decir.
Horlocker lo miró con expresión de incredulidad.
—A mí no puede hablarme así.
—Al contrario, en esta sala soy el único que sí puede hablarle así —
respondió con intencionada parsimonia—. Por eso me corresponde a mí señalar que ha planteado usted una serie de conjeturas sin la menor base.
Primero, que el asesino es un mendigo. Segundo, que vive en el Central Park. Tercero, que es un psicópata. Y cuarto, que sólo hay uno. —
Pendergast contempló a Horlocker casi con benevolencia, como un padre paciente que sigue el juego a un niño molesto—. Ha conseguido amontonar un buen número de suposiciones en una sola frase, jefe Horlocker.
Con la vista fija en Pendergast, Horlocker abrió la boca y volvió a cerrarla. Luego, no sin antes lanzar una fulminante mirada a D'Agosta, se
dio media vuelta y salió a grandes zancadas de la sala; sus ayudantes trotaron tras él para no quedarse rezagados.
Al portazo siguieron unos instantes de silencio.
—¡Valiente payasada! —oyó Margo mascullar a Frock a la vez que se movía inquieto en la silla de ruedas.
D'Agosta exhaló un suspiro y se volvió hacia Brambell.
—Mejor será que le envíe un informe al jefe —dijo—. Pero abrévielo un poco, eh; deje sólo lo más importante. E incluya muchas ilustraciones, procurando que la lectura sea amena. Como para un niño de cuarto de primaria.
Brambell, reluciendo su calva bajo el resplandor del proyector, prorrumpió en una aguda risa de satisfacción y respondió:
—¡Cómo no, teniente! Exprimiré al máximo mis aptitudes literarias.
Margo vio que Waxie lanzaba a ambos una mirada de desaprobación y se encaminaba después hacia la puerta.
—No considero muy profesional andar riéndose a costa del jefe —
reprochó antes de salir—. Yo personalmente tengo otras cosas más importantes que hacer.
D'Agosta lo miró con furia.
—Pensándolo mejor —dijo lentamente—, redáctelo para un niño de tercer grado, así también podrá leerlo el capitán.
En la cabina de proyección, convertida provisionalmente en su atalaya, Smithback se apartó de la abertura de observación y apagó complacido el casete. Escuchando con atención, aguardó a que la Sala Linneo se vaciase.
El operador salió y entró en la cabina desde la sala de control y miró a Smithback con expresión ceñuda.
—Usted ha dicho…
El periodista le quitó importancia con un gesto.
—Ya sé qué he dicho. No quería inquietarlo más aún. —Smithback extrajo veinte dólares de su cartera y se los entregó—. Tenga.
El operador, nervioso, se guardó el billete en un bolsillo.
—No lo aceptaría si los salarios del museo fuesen mínimamente decentes. Como está la vida en Nueva York, uno no tiene ni para empezar…
—Claro —respondió Smithback, echando un último vistazo por la abertura de observación—. No hace falta que se justifique. Está contribuyendo a la libertad de prensa. Vaya a cenar a un buen restaurante y
no se preocupe. Aunque me metan en la cárcel, no revelaré mi fuente de información.
—¿En la cárcel? —gimoteó el operador.
Smithback lo tranquilizó con una palmada en la espalda, salió de la cabina de proyección y, con el casete y la libreta bajo el brazo, recorrió los antiguos y polvorientos pasillos que tan bien recordaba. Afortunadamente en la salida norte vigilaba la vieja Pocahontas, así apodada por la vehemencia con que aplicaba colorete a sus generosas mejillas. Pasó a toda prisa ante ella con una ráfaga de sonrisas e insinuantes guiños, tapando discretamente la fecha de caducidad de su ajada tarjeta de identificación del museo.
19
Margo empujó la puerta giratoria de la comisaría del distrito veintisiete, torció a la izquierda y bajó al sótano por la larga y empinada escalera. El pasamanos había desaparecido de la vieja pared amarilla hacía décadas, y Margo debía pisar con cuidado para no resbalar en los peldaños de cemento.
Pese al espesor de los cimientos que la rodeaban, empezó a oír las apagadas detonaciones mucho antes de llegar al pie de la escalera.
Ya abajo, tiró de la pesada puerta insonorizada, y de pronto las apagadas detonaciones se convirtieron en ensordecedores estampidos. Con el rostro contraído a causa del estruendo, se dirigió al mostrador. El agente la reconoció y, al ver que abría el bolso, le indicó con un gesto que no era necesario que mostrase su carta de presentación y su permiso especial.
—Vaya a la número diecisiete —dijo, haciéndose oír por encima del ruido y entregándole una docena de blancos y un gastado protector acústico.
Margo anotó su nombre y la hora de entrada en el registro y se dirigió hacia la cabina asignada, poniéndose a la vez el protector acústico. De inmediato el estruendo volvió a ser tolerable. A su izquierda, se hallaban las cabinas sin techo de la galería, casi todas ocupadas por agentes de policía que cargaban sus armas, colgaban los blancos, comprobaban el resultado de sus disparos. A media tarde aquello estaba siempre muy concurrido. Y entre la docena de galerías de tiro de veinticinco metros repartidas por las
comisarías de Nueva York, la del distrito veintisiete presumía de ser la mayor y mejor equipada.
Cuando llegó a la cabina diecisiete, sacó del bolso la pistola, una caja de munición FMJ 120 gr y varios cargadores de repuesto. Tras colocar la munición en un estante lateral, revisó la pequeña semiautomática. Los movimientos eran ya tan habituales como extraños habían sido un año atrás, cuando acababa de comprar el arma. Satisfecha, insertó el primer cargador, colgó un blanco corriente en la guía y lo alejó diez metros.
A continuación adoptó rápidamente la posición Weaver, como le habían enseñado: el índice de la mano derecha en el gatillo, la mano izquierda sujetando con firmeza la mano derecha. Alineando la mira y el blanco, apretó el gatillo y dejó que los codos flexionados absorbiesen el retroceso.
Miró el blanco por un momento con los ojos entornados y luego disparó sin interrupción hasta vaciar el resto del cargador de diez balas.
Siguiendo la rutina de tiro acostumbrada —cargar, situar el blanco, disparar—, vació casi mecánicamente varios cargadores. Consumida ya media caja de munición, pasó a los blancos de silueta. Al acabarse el último cargador, se volvió para limpiar el arma y, sorprendida, vio a sus espaldas al teniente D'Agosta, que la observaba de brazos cruzados.
—Hola —saludó Margo a voz en grito, quitándose el protector acústico.
D'Agosta señaló el blanco con el mentón.
—Veamos cómo ha ido —dijo. Cuando ella acercó la silueta, comentó con tono de halago—: Una bonita insignia en la solapa.
Margo se echó a reír.
—Gracias —dijo—. En realidad, tengo que agradecérselo a usted, y no sólo esto sino también el permiso.
Guardó los cargadores vacíos en el bolso, pensando lo extraña que debió de parecerle su actitud a D'Agosta cuando, tres meses después de resolverse los asesinatos del museo, ella irrumpió en su despacho y le pidió que le consiguiese un permiso de armas. Para protegerse, pretextó. ¿Cómo habría podido explicarle que vivía atormentada por un persistente miedo, por angustiosas pesadillas, por una profunda sensación de vulnerabilidad?
—Me contó Brad que era usted una buena alumna —dijo D'Agosta—.
Supuse que se llevarían bien; por eso se lo recomendé. En cuanto al permiso, no debe agradecérmelo a mí. Pendergast se ocupó personalmente del asunto. Por cierto, déjeme ver qué clase de arma le aconsejó Brad.
Margo le entregó la pistola.
—Es una Glock pequeña. Modelo 26, con un «gatillo Nueva York», modificado en fábrica, que ofrece mayor resistencia y reduce el riesgo de accidentes.
—Ligera y agradable al tacto —dictaminó D'Agosta, sopesándola—.
Pero tiene un radio de mira corto.
—Su amigo Brad me ayudó mucho a ese respecto. Me enseñó a ajustar la mira y estimar la posible desviación. He hecho todas las prácticas con esta pistola. Probablemente sería incapaz de usar otra.
—Lo dudo. —D'Agosta le devolvió el arma—. Con puntuaciones como ésa, probablemente se desenvolvería bien con cualquier cosa. —Señaló hacia la salida—. Aquí hay mucho ruido. Mejor será que salgamos. La acompaño.
Margo se detuvo ante el mostrador para consignar la hora de salida, y vio con sorpresa que D'Agosta firmaba también en el registro.
—¿Ha venido a disparar? —preguntó.
—¿Por qué no? —respondió D'Agosta—. Incluso los veteranos como yo nos oxidamos. —Salieron de la galería y empezaron a subir por la larga y empinada escalera— La verdad es que en investigaciones como ésta todo el mundo se pone nervioso. Unas prácticas de tiro no vienen mal, y menos después de la reunión de hoy.
Margo no se molestó en responder. Se detuvo en lo alto de la escalera y esperó a D'Agosta. El teniente llegó por fin con un leve resuello, y salieron por la puerta giratoria a la calle Treinta y uno. Era una tarde fresca y había poco tráfico. Margo consultó su reloj: casi las ocho. Podía volver a casa haciendo jogging, prepararse una cena ligera y acostarse para intentar recuperar el sueño perdido.
—Estoy seguro de que esa condenada escalera ha provocado más infartos que todas las pastelerías de Nueva York juntas —bromeó D'Agosta
—. A usted sin embargo no la afectan, por lo que se ve.
Margo se encogió de hombros.
—Ahora hago ejercicio.
—Ya se nota. No es la misma que hace dieciocho meses. Al menos exteriormente. ¿Qué clase de gimnasia hace?
—Sobre todo musculación. Ya sabe: mucho peso y series cortas.
D'Agosta asintió con la cabeza.
—¿Un par de veces por semana?
—Ejercito en días alternos los músculos superiores e inferiores.
También salgo a correr.
—¿Cuánto peso levanta? ¿Cincuenta kilos?
Margo negó con la cabeza.
—Sesenta. Es más cómodo, porque ahora ya no tengo que andar poniendo todo ese montón de discos pequeños en la barra. Me arreglo con los de veinte.
D'Agosta volvió a asentir.
—No está mal. —Se dirigieron hacia la Sexta Avenida—. ¿Y le ha servido?
—¿Cómo dice?
—Que si le ha servido —repitió D'Agosta.
—No le entiendo —dijo Margo, arrugando la frente, pero supo a qué se refería el teniente aun antes de terminar la frase. Al cabo de un momento, bajando la voz, contestó— La verdad es que sólo en parte.
—No es mi intención entrometerme —dijo D'Agosta, palpándose distraídamente los bolsillos en busca de un cigarro—. Es sólo que no suelo andarme con rodeos, por si no se había dado cuenta. —Encontró uno, quitó la vitola con la uña e inspeccionó la envoltura—. Aquella mierda del museo nos afectó a todos, supongo.
Llegaron a la avenida, y Margo vaciló por un instante, mirando hacia el norte.
—Lo siento —dijo por fin—. Me cuesta hablar de ese tema.
—Lo sé —contestó D'Agosta—. Y más ahora. —Guardó silencio mientras encendía el puro—. Cuídese, doctora Green.
Margo esbozó una débil sonrisa.
—Lo mismo digo. —Tocándose el bolso añadió—: Y gracias de nuevo por esto.
A continuación empezó a correr suavemente entre los coches, camino del West Side y su apartamento.
20
D'Agosta miró el reloj. Eran las diez de la noche, y pese a sus esfuerzos no tenían aún ni una sola pista. Las patrullas de agentes habían recorrido
todos los refugios, centros de acogida y comedores de beneficencia, buscando en vano noticias de alguien que hubiese mostrado un excesivo interés en Mbwun. Hayward, cuyos conocimientos sobre la gente sin hogar que vivía en el subsuelo eran cada vez más valiosos, había dirigido personalmente varias batidas especiales con los grupos de desalojo. Por desgracia, el resultado había sido también decepcionante; los topos se desvanecían ante las patrullas, ocultándose en lugares cada vez más recónditos y oscuros. Además, como Hayward había explicado, las batidas apenas arañaban la superficie de la vasta red de túneles que se extendía bajo las calles de la ciudad. Por lo menos, la avalancha de llamadas telefónicas de chiflados que reclamaban la recompensa del Post se había reducido a un simple goteo. Quizá la gente estaba demasiado preocupada por el artículo del Times y el asesinato de Bitterman.
Contempló su escritorio, enterrado aún bajo los informes semicoordinados de los distintos grupos de búsqueda. Luego contempló el tablón de anuncios por enésima vez aquella tarde, clavando la vista en el plano como si con la intensidad de su mirada pudiese arrancarle una respuesta. ¿Cuál era la pauta? Tenía que haberla; ésa era la primera regla en el trabajo de investigación policial.
Le traía sin cuidado la opinión de Horlocker; la intuición le decía que aquellas muertes eran obra de más de un asesino. Y no sólo la intuición.
Había demasiados crímenes, y el modus operandi era similar pero no idéntico: unas víctimas aparecían decapitadas, otras con el cráneo aplastado, y otras simplemente mutiladas. Quizá se trataba de una secta de gente profundamente perturbada. Pero, fuera lo que fuese, los amenazadores plazos impuestos por Horlocker no servían más que para distraerlos de su verdadero cometido y hacerles perder el tiempo. Lo que se requería en aquellas circunstancias era un trabajo de investigación paciente, metódico e inteligente.
D'Agosta rió para sí. «Dios mío —pensó—, cada vez me parezco más a Pendergast.»
Al otro lado de la puerta del cuarto de material contiguo a su despacho, D'Agosta empezó a oír extraños ruidos. Hayward había entrado allí minutos antes aprovechando un descanso. Permaneció atento a la puerta, y los ruidos continuaron. Finalmente se levantó, se dirigió a la puerta, abrió y entró.
Hayward se hallaba en medio del cuarto, agazapada en una postura animal, la mano izquierda rígidamente extendida al frente como una flecha y la
derecha ladeada junto a la cabeza. Tenía ambas manos tensas y ligeramente curvadas, con los pulgares hacia afuera. Mientras D'Agosta la observaba, dio un giro de noventa grados, invirtió las posiciones de los brazos en un mudo golpe de puño, y giró otros noventa grados. Semejaba una especie de peligroso ballet.
Intercalaba entre los movimientos profundas exhalaciones, no muy distintas del modo de respirar que tanto había sorprendido a D'Agosta durante el enfrentamiento en los túneles. Tras un nuevo giro, Hayward quedó cara a cara ante D'Agosta y bajó las manos pausadamente.
—¿Necesita algo, teniente? —preguntó.
—Sólo que me explique qué demonios hace —respondió D'Agosta.
Hayward se irguió lentamente, dejó escapar el aire de los pulmones y miró a D'Agosta.
—Es una de las serie heian del kata.
—¿Cómo?
—Los ejercicios formales del kárate shotokan —dijo Hayward.
Advirtiendo la expresión de D'Agosta, aclaró—: Me ayudan a relajarme y mantenerme en forma. Además, teniente, es mi rato de descanso.
—Pues adelante. —D'Agosta se volvió hacia la puerta, pero antes de salir se detuvo—. ¿Qué cinturón es?
Hayward lo miró por un momento en silencio y finalmente contestó:
—Blanco.
—Ya.
Hayward sonrió.
—El shotokan es la escuela japonesa de kárate original. En general, no les entusiasman los cinturones de colores. Hay seis niveles de cinturón blanco, tres de marrón y el negro.
D'Agosta asintió con la cabeza y preguntó con curiosidad:
—¿Y usted en qué nivel está?
—El mes que viene me presentaré al examen para el cinturón marrón sankyu.
D'Agosta oyó abrirse la puerta de su despacho. Al salir del cuarto de material, vio la corpulenta figura del capitán Waxie. Sin mediar palabra, Waxie empezó a pasearse ante el tablón de anuncios con las manos cruzadas tras la espalda, estudiando atentamente el caos de alfileres rojos y blancos.
—Aquí hay una pauta —anunció por fin.
—¿Sí? —preguntó D'Agosta, esforzándose por mantener un tono neutro.
Waxie, sin volverse, asintió sabiamente.
D'Agosta guardó silencio. Sabía que se arrepentiría hasta el día de su muerte de haber involucrado a Waxie en el caso.
—Se origina aquí —dijo Waxie, golpeando ruidosamente con un dedo un punto verde del plano.
D'Agosta vio que señalaba el Rumble, la zona más agreste del Central Park.
—¿En qué te basas?
—Muy sencillo —respondió Waxie—. El jefe ha tenido una charla con el principal actuario de seguros del Departamento de Recursos Humanos, y éste ha observado los lugares de los asesinatos, ha hecho un análisis lineal del área de mayor incidencia y ha dicho que confluyen aquí. ¿Lo ves? Las muertes forman un semicírculo alrededor de este punto. El Castillo de Belvedere es la clave. —Se volvió y miró a D'Agosta—. En el Rumble hay rocas, cuevas, espesas arboledas. Y mucha gente sin hogar. Es el escondite perfecto. Ahí encontraremos al asesino.
Esta vez D'Agosta fue incapaz de disimular su incredulidad.
—A ver si lo entiendo. ¿Un agente de seguros de Personal os ha hecho esa sugerencia? ¿Y ha intentado venderos también un plan de ahorro?
Waxie frunció el entrecejo, y sus carnosas mejillas adquirieron un intenso color carmesí.
—No me gusta nada ese tono —reprochó—. No era apropiado en la reunión de esta tarde, y tampoco lo es ahora.
—Dime, Jack —replicó D'Agosta, intentando no perder la paciencia—,
¿qué demonios sabe de asesinatos un actuario, por más que sea un actuario de la policía? Su opinión no basta. Hay que tener en cuenta la entrada, la salida, todo. Además, el asesinato del Castillo de Belvedere es el que más se aleja del modus operandi.
D'Agosta desistió. No servía de nada hablar con Waxie. Horlocker era un entusiasta de los especialistas, expertos y asesores. Y Waxie era la obsecuencia en persona…
—Voy a necesitar este plano —dijo Waxie, volviéndose de nuevo hacia el tablón.
D'Agosta observó la ancha espalda que tenía enfrente. De pronto una luz se encendió en su cabeza, y comprendió el motivo de aquello.
—Sírvete tú mismo —replicó—. Los expedientes principales del caso están en esos armarios, y la sargento Hayward conoce bien…
—No necesito a Hayward —lo interrumpió Waxie—. Me basta con el tablón de anuncios y los expedientes. Envíamelos mañana a las ocho a mi despacho, el 2.403. Me han trasladado aquí a jefatura. —Lentamente se dio media vuelta y miró a D'Agosta con recelo—. Lo siento, Vinnie. Creo que se reduce todo a una cuestión de buena comunicación. Entre Horlocker y yo. Quiere a alguien con quien sintonizar. Alguien capaz de tener callada a la prensa. No es nada personal, compréndelo. Ya veremos con qué misión, pero sigues en el caso. Y ahora que empezaremos a avanzar, puede que te calmes un poco. Mantendremos vigilado el Rumble y atraparemos a ese fulano.
—No lo dudo —respondió D'Agosta. Recordó que aquél era un caso sin solución posible, del que al principio de buena gana se habría desentendido.
No le sirvió de consuelo.
Waxie le tendió la mano.
—¿No me guardas rencor, Vinnie?
D'Agosta estrechó la mano tibia y rechoncha.
—En absoluto, Jack —se oyó contestar.
Waxie volvió a echar un vistazo al despacho por si había alguna otra cosa digna de apropiarse. Por fin dijo:
—Bueno, tengo que irme. Quería darte la noticia en persona.
—Gracias.
Se quedaron inmóviles por un momento en el incómodo silencio que siguió. Luego Waxie, en un forzado gesto, le dio una palmada en el hombro y salió del despacho.
D'Agosta oyó un susurro de tela, y Hayward apareció junto a él.
Permanecieron callados mientras se alejaban las pisadas por el pasillo de linóleo y desaparecían finalmente en el leve rumor de voces y máquinas de escribir. Entonces Hayward se volvió hacia D'Agosta.
—Teniente, ¿cómo ha consentido que se salga con la suya? —preguntó airada—. Cuando estábamos acorralados en los túneles, ese cagueta salió corriendo.
D'Agosta se sentó y buscó a tientas un cigarro en el primer cajón del escritorio.
—El respeto a los superiores no es su fuerte, ¿eh, sargento? —dijo—.
De todos modos, ¿por qué está tan segura de que quedarse con el caso es un