2 El relicario

Grammata · Capítulo 7 de 10 · parte 1/6

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2 El relicario

Tercera Parte

Este capítulo es largo, así que está dividido en 6 partes.

La cabaña de cráneos

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Puede resultar ilustrativo contemplar los diversos estratos de la sociedad subterránea de Nueva York del mismo modo que contemplaríamos una sección

transversal geológica, o una cadena alimentaria que muestra el desarrollo desde el depredador hasta la presa. Ocupan el lugar más alto de la cadena quienes habitan en el nebuloso mundo situado entre los subterráneos y la superficie, individuos que de día acuden a los comedores de beneficencia, las oficinas de protección social, o incluso a sus puestos de trabajo, y de noche regresan a los túneles a beber o dormir. Luego están las personas que carecen de hogar de manera permanente, habitual o patológica, quienes simplemente prefieren la inmundicia cálida y oscura de los subterráneos a la inmundicia claramente visible y a menudo fría de las calles. Debajo de ellos —con frecuencia literalmente debajo— se encuentran los delincuentes y adictos a diversas sustancias, quienes utilizan los túneles del metro y el ferrocarril como refugio o escondite. En el punto más bajo de esta sección transversal están aquellos espíritus

disfuncionales para quienes la vida normal de la superficie resulta demasiado compleja o dolorosa; rehúyen los albergues de beneficencia y escapan a lugares oscuros que les pertenecen sólo a ellos. Y por supuesto existen otros grupos más difíciles de clasificar que viven al margen de estos estratos básicos de la sociedad subterránea: depredadores, asesinos empedernidos, visionarios, locos. Esta última categoría comprende una proporción creciente de personas sin hogar, debido principalmente al cierre por orden judicial de muchas instituciones psiquiátricas estatales en los últimos años.

Todos los seres humanos tienden a organizarse en comunidades, buscando así protección, defensa e interacción social. La gente sin hogar—inclusive los

«topos» más alienados de los niveles más profundos—

no es una excepción. Aquellos que han elegido vivir bajo tierra en perpetua oscuridad forman también sus sociedades y comunidades. Naturalmente, el término

«sociedad» en sí mismo se presta a confusión cuando lo aplicamos a la población subterránea. La sociedad implica regularidad y orden; la vida subterránea es, por definición, desordenada y entrópica. Alianzas, grupos y comunidades se constituyen y disuelven con la fluidez del mercurio. En un lugar donde la vida es corta, a menudo brutal y siempre carente de luz natural, las ceremonias y sutilezas de la sociedad civilizada pueden desvanecerse como cenizas barridas por la menor ráfaga de viento.

L. HAYWARD

Casta y sociedad bajo Manhattan

(de próxima aparición)

46

Hayward mantenía la vista fija al frente, atenta a los reflejos de las lámparas en el techo bajo y las húmedas paredes del túnel abandonado, semejantes a los destellos de luces de emergencia. El aparatoso escudo antidisturbios de plexiglás le pesaba en el hombro. A su derecha percibía la presencia alerta y serena de Carlin en la oscuridad. Al parecer, conocía bien su trabajo. Sabía que bajo tierra no había peor actitud que la fanfarronería.

A los topos no les gustaba que se entrometieran en sus vidas, y si algo los encolerizaba más que la visión de un policía, era la visión de muchos policías en tareas de desalojo.

Al frente, donde estaba Miller, se oían continuas risas y bravatas. La patrulla cinco ya había desalojado a dos grupos de mendigos de los niveles superiores, topos periféricos que habían huido aterrorizados hacia la superficie ante la falange de treinta policías. Aquello había servido para enfervorizar más aún a la patrulla. Hayward movió la cabeza en un gesto de disgusto. Aún no habían encontrado a los topos más radicales. Y era raro.

Deberían haber visto ya más mendigos en los túneles del metro situados bajo Columbus Circle. Hayward había advertido restos de fogatas aún humeantes. Eso quería decir que los topos se habían escondido. Lo cual no era de extrañar, considerando el alboroto que estaban organizando.

La patrulla siguió adelante, deteniéndose de vez en cuando para que pequeños destacamentos explorasen nichos y pasadizos laterales. Hayward veía regresar a los agentes con las manos vacías, pavoneándose, dando puntapiés a la basura, los escudos antidisturbios a un lado. En el aire flotaban vapores de amoníaco. Pese a que habían descendido ya a una profundidad donde normalmente no llegaban las partidas de desalojo, el ambiente de excursión aún no había desaparecido y nadie se quejaba.

Espera a que empiecen a respirar hondo, pensó Hayward.

El túnel se cortó de pronto, y la patrulla, en fila de a uno, descendió por una escalera metálica al siguiente nivel. Por lo visto, nadie sabía dónde estaba el tal Mephisto ni cuántos mendigos formaban la comunidad Ruta 666, el principal objetivo de la patrulla. Pero a nadie parecía preocuparle.

«Ya saldrá de su madriguera —había dicho Miller—. Si no lo encontramos nosotros, lo encontrará el gas.»

Mientras bajaba tras el bullicioso grupo, Hayward tenía la sensación de estar hundiéndose en agua fétida y caliente. La escalera salía a un túnel inacabado. En lo alto de las paredes toscamente labradas corrían tuberías de agua viejas y húmedas. Delante de ellos, las risas dieron paso a cuchicheos y gruñidos.

—Cuidado dónde pisa —advirtió Hayward, enfocando el suelo del túnel, salpicado de estrechos orificios de taladro.

—No me gustaría meter el pie en uno de esos —comentó Carlin, su enorme cabeza mayor aún por el casco que llevaba puesto. Empujó un guijarro con el pie hasta el agujero más cercano y escuchó con atención. Al cabo de unos segundos se oyó el eco de un golpeteo lejano—. Debe de haber caído más de treinta metros. Y por el sonido, parece que abajo también está hueco.

—Fíjese —susurró Hayward, dirigiendo el haz de la lámpara a las tuberías de madera podrida.

—Tienen cien años por lo menos —dijo Carlin—. Creo…

Hayward le apoyó una mano en el brazo para hacerlo callar. En la total oscuridad del túnel se oía un tenue tamborileo.

Un apagado rumor de voces llegó de la cabeza de la patrulla. Aguzando el oído, Hayward notó que el tamborileo se aceleraba e instantes después volvía a perder ritmo, siguiendo una cadencia secreta.

—¿Quién va ahí? —preguntó Miller a voz en grito.

Al suave sonido se unió otro tamborileo, éste más grave, y luego otro, hasta que una infernal sinfonía de ruido pareció inundar el túnel.

—¿Qué demonios es eso? —dijo Miller. Sacó su arma y apuntó en la dirección que enfocaba su lámpara—. ¡Policía! ¡Salgan inmediatamente!

En respuesta, como burlándose de él, resonó el tamborileo entre las paredes del túnel, pero nadie se dejó ver.

—Jones y McMahon, adelántense unos cien metros con su grupo —

ordenó Miller—. Stanislaw y Fredericks, vayan a inspeccionar la retaguardia.

Hayward esperó mientras los pequeños destacamentos desaparecían en la oscuridad y volvían con las manos vacías minutos después.

—¿No irán a decirme que no han visto nada? —bramó Miller ante los gestos de desconcierto de sus hombres—. Ese ruido lo hace alguien.

El tamborileo disminuyó hasta convertirse en un único y rítmico golpeteo.

Hayward dio un paso al frente.

—Son los topos, golpeando las tuberías…

—Cállese, Hayward —la interrumpió Miller con expresión ceñuda.

Hayward notó que el resto de la patrulla prestaba atención a sus palabras.

—Así es como se comunican entre sí, señor —añadió Carlin.

Miller se volvió hacia él, su rostro oscuro e inescrutable en la negrura del túnel.

—Saben que estamos aquí —prosiguió Hayward—. Están advirtiendo a las comunidades cercanas, avisándolas de que van a ser atacadas.

—Ya, claro —dijo Miller—. ¿Acaso tiene poderes telepáticos, sargento?

—¿Y usted entiende el morse, teniente? —replicó Hayward.

Miller no supo qué contestar. Al cabo de un momento soltó una estridente carcajada.

—Aquí Hayward piensa que los nativos están inquietos.

El jocoso comentario fue recibido con risas poco convencidas. El tamborileo continuó.

—¿Y ahora qué dice? —preguntó Miller con tono sarcástico.

Hayward escuchó.

—Se han movilizado.

Tras un largo silencio, Miller bramó:

—¡Qué sarta de gilipolleces! —Se volvió hacia su grupo—. ¡Adelante en fila de a dos! Ya hemos perdido demasiado tiempo.

Cuando Hayward se disponía a protestar, se oyó un golpe sordo a corta distancia. Uno de los hombres situados en las primeras filas gimió, retrocedió tambaleándose y dejó caer el escudo. Una piedra enorme rodó hasta los pies de Hayward.

—¡Formación! —gritó Miller—. ¡Escudos en alto!

Los haces de una docena de lámparas barrieron la negrura alrededor, enfocando nichos y viejos techos. Carlin se aproximó al policía agredido.

—¿Se encuentra bien? —preguntó.

El agente McMahon, asintió con la cabeza, respirando con dificultad.

—El hijo de puta me ha dado en pleno estómago. El chaleco antibalas ha amortiguado el golpe.

—¡Salgan de ahí! —gritó Miller a la oscuridad.

Volaron otras dos piedras, surcando los haces de luz como murciélagos.

Una cayó en el suelo polvoriento del túnel y la otra golpeó de refilón el escudo de Miller. El teniente disparó su arma y las balas de goma rebotaron en el tosco techo.

Hayward escuchó alejarse por el túnel el eco de las detonaciones hasta extinguirse por completo. Los hombres escrutaban la oscuridad alarmados, balanceándose, ya nerviosos. Aquélla no era forma de abordar una operación de desalojo de tal envergadura.

Respirando hondo, Hayward se dirigió hacia la cabeza de la patrulla.

—Teniente, mejor será que salgamos ahora mismo…

De pronto empezó a caer una lluvia de objetos: botellas, piedras y basura lanzadas desde delante. Los agentes se agacharon detrás de los escudos para protegerse la cara.

—¡Mierda! —exclamó una voz al borde de la histeria—. ¡Esos cabrones nos están tirando mierda!

Cuando Hayward miró en torno buscando a Carlin, otra voz cercana musitó con manifiesta incredulidad:

—¡Dios santo!

Hayward giró en redondo y sintió que le flaqueaban las piernas ante lo que veían sus ojos: un harapiento ejército de mendigos avanzaba hacia ellos

desde detrás, en una maniobra perfectamente planeada. En el exiguo resplandor de las lámparas era imposible hacer una estimación fiable, pero Hayward calculó que había centenares, todos ellos lanzando gritos de rabia y empuñando barras angulares de hierro y trozos de varillas de acero del tipo utilizado como refuerzo en el hormigón armado.

—¡Atrás! —rugió Miller, apuntando a la turba con su arma—.

¡Repliéguense y disparen!

Sonó una descarga cerrada, un estampido breve pero insoportable en el reducido espacio del túnel. Hayward creyó oír los impactos sordos de las balas de goma contra los cuerpos. Varios atacantes de la primera fila se desplomaron, aullando de dolor y buscándose entre los andrajos las heridas de bala que creían haber recibido.

—¡Afuera los cerdos! —clamó un topo alto y mugriento de apelmazado pelo blanco y mirada salvaje, y la muchedumbre reanudó la marcha hacia ellos.

Hayward vio retroceder a Miller, refugiándose en el confuso grupo de agentes y dando órdenes contradictorias. Sonaron más disparos, pero era imposible ver nada en el caos de luces que se deslizaban frenéticamente por las paredes y el techo. Los topos gritaban todos a una; era un alarido ululante y furioso que ponía los pelos de punta.

—¡Joder! —exclamó Hayward estupefacta al ver que la turba atravesaba el parpadeante resplandor de las lámparas y entraba en lucha con la falange de policías.

—¡Por el otro lado! —advirtió un agente—. ¡Vienen también por el otro lado!

Se oyó ruido de cristales rotos, y el túnel quedó sumido en la oscuridad, viéndose sólo algún que otro destello cada vez que alguien disparaba.

Hayward permaneció inmóvil en medio del caos, desorientada por la falta de luz e intentando conservar la calma.

De pronto notó una mano grasienta entre los omóplatos. Su momentánea parálisis desapareció de inmediato. Soltando el escudo y desplazando el peso del cuerpo hacia adelante, lanzó a su agresor por encima del hombro y le asestó un furioso golpe con la bota en el abdomen.

Entre los chillidos y las detonaciones, oyó aullar de dolor al hombre. Otra figura se aproximaba rápidamente a ella. Instintivamente, Hayward adoptó una postura defensiva: encogida, el peso apoyado en la pierna izquierda, el brazo izquierdo en posición vertical ante la cara. A la vez que fintaba, lanzó

un golpe con el brazo izquierdo y acto seguido giró en redondo sobre la pierna apoyada, alzó la otra pierna y derribó al atacante de una patada.

—¡Joder! —dijo Carlin con tono de aprobación, abriéndose paso hacia ella.

La oscuridad era ya absoluta. A menos que consiguiesen luz, estaban perdidos. Sin pérdida de tiempo, Hayward buscó a tientas una bengala en su cinturón, la levantó y tiró del cordón de encendido. El túnel quedó bañado por una fantasmagórica luz anaranjada. Atónita, Hayward contempló las figuras que forcejeaban alrededor. Se hallaban acorralados por un gran número de topos. Oyó un chasquido y vio aparecer otra luz junto a ella. Al menos Carlin conservaba la suficiente presencia de ánimo para seguir su ejemplo.

Hayward alzó la bengala sobre su cabeza y observó la situación, pensando cómo reorganizar la patrulla. No veía a Miller por ninguna parte.

Recogió el escudo, desenfundó la porra y probó a avanzar unos pasos. Dos topos corrieron hacia ella, pero los puso en retirada con certeros baquetazos.

Carlin, vio Hayward de reojo, permanecía a su lado, intimidando a los agresores con su imponente corpulencia y guardándole el flanco con ayuda de su escudo y su porra. Hayward sabía que, en su mayoría, los mendigos de los subterráneos estaban desnutridos y débiles a causa de la drogadicción. Si bien las bengalas habían reducido temporalmente la ventaja de los topos, el mayor peligro seguía siendo su superioridad numérica.

Otros agentes se agruparon en torno a ellos dos. Situándose contra una pared, se atrincheraron tras una barrera de escudos. Hayward advirtió que el grupo de topos que los habían atacado desde la retaguardia era relativamente pequeño y empezaba a unirse al grupo principal. La mayor parte de los policías rehacían la formación al otro lado de la turba, que avanzaba por el túnel hacia la escalera, gritando y arrojando piedras. La única manera de salir era flanquear a la muchedumbre, obligándolos simultáneamente a subir al nivel superior.

—¡Síganme! —gritó Hayward—. ¡Llevémoslos hacia la salida!

Esquivando piedras y botellas, guió al grupo hacia el flanco derecho de la turba. Los mendigos retrocedieron, y Hayward disparó por encima de sus cabezas, dispersándolos. Menguado ya su arsenal de proyectiles, la lluvia de objetos comenzó a amainar. Los alaridos e insultos continuaban de manera

intermitente, pero su moral decrecía, y Hayward advirtió con alivio que la turba se retiraba en desorden.

Se detuvo por un instante para recobrar el aliento y evaluar la situación.

Dos policías yacían en el suelo mugriento del túnel, uno revolviéndose con la cabeza entre los brazos, el otro al parecer inconsciente.

—¡Carlin! —dijo Hayward, y señaló a los heridos con la barbilla.

De repente se produjo un violento tumulto entre la multitud en retirada.

Hayward levantó la bengala y estiró el cuello para ver la causa del súbito alboroto. Allí estaba Miller, aislado del resto de los policías al otro lado de la turba. Probablemente había intentado huir durante el primer ataque y había quedado acorralado por la segunda emboscada.

Hayward oyó un ruido seco y vio aparecer una nube de humo, empalagosamente verde a la trémula luz de la bengala. Miller, aterrorizado, debía de haber echado mano del gas lacrimógeno.

«¡Dios, sólo nos faltaba eso!», pensó.

—¡Las máscaras! —advirtió a voz en cuello.

El gas avanzó lenta y sinuosamente hacia ellos, extendiéndose por el suelo como una alfombra venenosa.

Hayward se apresuró a colocarse la máscara y se ajustó el cierre de velcro.

Al salir de la nube de humo, agachado y con la máscara puesta, Miller parecía un alienígena.

—¡Échenles el gas! —ordenó con voz ahogada.

—¡No! —protestó Hayward—. ¡Aquí no! ¡Hay dos hombres heridos!

Miller pasó ante Hayward sin mirarla siquiera, agarró un bote del cinturón del agente más cercano, tiró de la anilla y lo lanzó hacia la turba.

Hayward vio volar otros dos o tres botes de humo, arrojados por agentes que, presas del pánico, seguían el ejemplo de Miller. Se oyeron más chasquidos a medida que otros policías tiraban de las anillas, y la multitud de topos desapareció entre las espirales de humo. Hayward vio que Miller ordenaba a varios agentes que lanzasen sus botes por los orificios abiertos en el suelo del túnel.

—Haremos salir a esos hijos de puta a fuerza de gas —decía—. Si hay más topos escondidos ahí abajo, los obligaremos a subir con esto.

Carlin, arrodillado junto al policía tendido boca abajo, alzó la vista y rugió:

—¡Pare ya, maldita sea!

Las nubes de gas ascendían lentamente, propagándose por todo el túnel.

Alrededor, policías de rodillas echaban botes de humo por los orificios.

Hayward advirtió que los topos corrían atropelladamente hacia la escalera, intentando escapar del gas.

—¡Se acabó el tiempo! —gritó Miller. Su voz aguda se quebró—.

¡Salgamos de aquí!

En su mayor parte, los policías no se hicieron rogar y desaparecieron en la nube de humo.

Hayward se abrió paso hacia Carlin, inclinado aún sobre el agente caído junto a McMahon. El otro herido se había incorporado y vomitaba sujetándose el estómago. El gas se acercaba a ellos.

—Retrocedamos un poco —sugirió Hayward—. No podemos ponerle la máscara a ese hombre hasta que acabe de devolver.

El policía se puso en pie lentamente, tambaleándose y cogiéndose la cabeza. Hayward lo ayudó a alejarse mientras Carlin y McMahon llevaban al policía inconsciente a un lugar más seguro del túnel.

—Despierte, amigo —dijo Carlin, dándole palmadas en las mejillas y examinando la profunda brecha abierta en su frente.

El muro verde de gas lacrimógeno estaba cada vez más cerca.

El herido parpadeó.

—¿Se encuentra bien?

—Mierda —murmuró el hombre, tratando de incorporarse.

—¿Puede pensar con claridad? —preguntó Carlin—. ¿Cómo se llama?

—Beal —respondió con voz apagada.

El gas casi los había alcanzado. Carlin desprendió la máscara del cinturón de Beal.

—Voy a ponerle esto, ¿de acuerdo?

Beal asintió con expresión ausente. Carlin le ciñó la máscara y abrió la válvula del distribuidor. Luego lo ayudó a levantarse con cuidado.

—No puedo andar —dijo Beal.

—Apóyese en nosotros —respondió Carlin—. Lo sacaremos de aquí.

La nube los había envuelto ya, una extraña neblina verdosa iluminada por el decreciente resplandor de las bengalas. Avanzaron lentamente, casi arrastrando a Beal, hasta donde se hallaba Hayward, que ajustaba la máscara en torno a la cabeza del otro herido.

—Vámonos —dijo Hayward.

Atravesaron el gas lacrimógeno con cautela. Al otro lado no había nadie. Los mendigos habían huido del gas, y Miller, al frente de la patrulla, los había seguido. Hayward encendió su radio, pero no consiguió ponerse en contacto con nadie a través del denso zumbido de interferencias. A lo lejos, oían toses y maldiciones, procedentes de los rezagados ocultos en el laberinto de túneles inferiores obligados a subir a la superficie por el gas.

Hayward no tenía el menor deseo de tropezarse con ellos cuando saliesen.

Al llegar a la escalera, Beal se dobló de pronto por la cintura y vomitó en la máscara. Separándose de inmediato del otro herido, Hayward arrancó la máscara a Beal. El agente agachó la cabeza y volvió a levantarla al instante al respirar el gas. Tensó los miembros, se revolvió y, soltándose de los otros dos hombres, se desplomó con la cara entre las manos.

—Tenemos que seguir —gritó McMahon.

—Sigan ustedes —dijo Hayward—. Yo no pienso dejar aquí a este hombre.

McMahon, indeciso, permaneció inmóvil. Carlin le lanzó una mirada iracunda. Por fin McMahon, con expresión ceñuda, cedió.

—Está bien, me quedo.

Con la ayuda de McMahon, Hayward levantó a Beal, que respiraba con dificultad.

—O camina, o nos ahogamos todos —susurró Hayward al oído de Beal

—. Es así de sencillo, amigo mío.

47

El Departamento de Policía de Nueva York había habilitado un centro de control de crisis para la operación de desagüe. Entrando detrás de Pendergast y D'Agosta, Margo vio varias hileras de equipo de comunicaciones colocado todavía en plataformas rodantes. Había numerosos policías uniformados de pie en torno a las mesas cubiertas de mapas. Por el suelo serpenteaban gruesos cables negros unidos con cinta aislante.

Horlocker y Waxie se hallaban sentados ante una larga mesa, de espaldas al equipo de comunicaciones. Incluso desde la puerta, Margo

advirtió en sus rostros el brillo del sudor. Cerca de ellos, un hombre de escasa estatura y poblado bigote trabajaba ante un ordenador.

—¿Qué es esto? —preguntó Horlocker al verlos llegar—. ¿Un comité de damas en visita de cortesía?

—Señor —dijo D'Agosta—, no podemos desaguar el Reservoir.

Horlocker ladeó la cabeza.

—D'Agosta, ahora no puedo atenderle. Por si no tenía ya bastante, ahora para colmo debo ocuparme de la manifestación de esa Wisher. Entretanto se lleva a cabo bajo tierra la operación de desalojo del siglo. He desplegado a todo mi contingente. Así que si quiere decirme algo, envíeme una carta,

¿entendido? —Hizo una pausa—. ¿Qué? ¿Han ido a darse un baño?

—El Reservoir —intervino Pendergast, avanzando un paso— está infestado de estas peligrosas plantas. Es la especie que Mbwun necesitaba para vivir, la planta de la que Kawakita extraía su droga. Y está granando.

—Arrojó sobre la mesa la planta lodosa que llevaba al hombro—. Ahí la tiene. Llena a rebosar de esmalte. Ahora sabemos dónde la cultivaban.

—¿Qué demonios hace? —protestó Horlocker—. ¡Quite esa mierda de mi mesa!

—Eh, D'Agosta —dijo Waxie—, hace un rato nos has convencido de que debíamos sacar a esos monstruos verdes tuyos de las cloacas, y eso nos proponemos. ¿Qué pasa? ¿Ahora quieres echarte atrás? Pues ni hablar.

D'Agosta contempló con repugnancia la sudorosa papada de Waxie.

—Pedazo de gilipollas —respondió—. Para empezar, la idea de desaguar el Reservoir ha sido tuya.

—Mucho cuidado…

—Caballeros, por favor —terció Pendergast, levantando las manos. Se volvió hacia Horlocker—. Tendremos reproches de sobra que hacernos en otro momento. Ahora el problema más urgente es que cuando esas semillas entren en contacto con el agua salada, se activará el retrovirus portador de la droga. —Sus labios se contrajeron por un instante— Los experimentos de la doctora Green han demostrado que la droga afecta a muy diversas formas de vida, desde organismos unicelulares hasta el hombre, pasando por toda la cadena alimentaria. ¿Querría usted cargar con la responsabilidad de un cataclismo ecológico a nivel mundial?

—Eso no son más que… —empezó a balbucear Waxie.

Horlocker le apoyó una mano en el brazo y echó un vistazo a la enorme planta que empapaba los papeles esparcidos sobre la mesa de mando.

—A mí no me parece tan peligrosa —dijo.

—No existe la menor duda de que es una Liliceae mbwunensis —

intervino Margo—. Y contiene una versión manipulada genéticamente del retrovirus de Mbwun.

Horlocker miró a Margo y luego contempló de nuevo la planta.

—Comprendo su incertidumbre —dijo Pendergast con calma—. Han ocurrido muchas cosas desde la reunión de esta mañana. Sólo le pido veinticuatro horas. En ese tiempo la doctora Green realizará las pruebas necesarias. Le demostraremos que esa planta alberga la droga, y que el retrovirus, en contacto con el agua salada, invadiría el ecosistema. Sé que es así; pero si estamos equivocados, me retiraré del caso y podrá usted desaguar el Reservoir cuando quiera.

—Debería haberse retirado ya el primer día —repuso Waxie con desdén

—. Usted es del FBI. No tiene jurisdicción sobre esto.

—Ahora que sabemos que existe un delito de fabricación y distribución de droga, la investigación podría pasar a manos del FBI —contestó Pendergast sin inmutarse—. Y de manera inmediata. ¿Eso es lo que quiere?

—Un momento —saltó Horlocker, lanzando una fría mirada a Waxie—.

No hay necesidad de llegar a ese extremo. Pero ¿por qué no echamos una buena cantidad de herbicida?

—En este momento no se me ocurre ningún herbicida capaz de matar a todas las plantas sin poner en peligro a los millones de habitantes de Manhattan que consumen ese agua —contestó Pendergast—. ¿Conoce usted alguno, doctora Green?

—Sólo el thyoxin —dijo Margo pensativamente—. Pero tardaría veinticuatro horas, quizá cuarenta y ocho, en matarlas. Es un herbicida de acción lenta.

Margo frunció el entrecejo. Thyoxin, pensó. Yo he oído esa palabra recientemente, estoy segura. Pero ¿dónde? De pronto lo recordó: era una de las palabras que aparecían en las notas fragmentarias del cuaderno quemado de Kawakita.

—Bien, en todo caso será mejor que lo echemos. —Horlocker alzó la vista en un gesto de desesperación—. Tendré que avisar a la Agencia de Protección del Medio Ambiente. ¡Dios, esto se está convirtiendo en un lío de mil demonios!

Margo vio que Horlocker se volvía hacia el hombre de aspecto asustado que trabajaba en el ordenador cercano, encorvado todavía ante el monitor

con exagerada concentración.

—¡Stan!

El hombre se sobresaltó.

—Stan, mejor será que suspenda la secuencia de desagüe —dijo Horlocker con un suspiro—. Al menos hasta que aclaremos este asunto.

Waxie, póngase en contacto con Masters. Dígale que continúe con el desalojo de los túneles, pero adviértale que deberemos tener a los mendigos apartados de la circulación otras veinticuatro horas más.

Margo vio que el hombre sentado ante el ordenador palidecía.

Horlocker lo miró de nuevo y preguntó:

—¿Me ha oído, Duffy?

—No puedo suspenderla —contestó el hombre llamado Duffy con voz casi inaudible.

Se produjo un silencio.

—¿Cómo? —preguntó Pendergast.

Al ver la expresión en el rostro de Pendergast, Margo sintió una punzada de miedo. Ella había supuesto que el problema se reducía a convencer a Horlocker.

—¿Qué quiere decir con eso? —prorrumpió Horlocker—. Vaya al ordenador e introduzca la orden.

—No funciona así —respondió Duffy—. Como le expliqué al capitán Waxie, una vez iniciada la secuencia el sistema se alimenta por gravedad.

Toneladas de agua vienen en este momento hacia aquí. Los dispositivos hidráulicos son todos automáticos y…

Horlocker dio un puñetazo en la mesa.

—¿De qué demonios me habla?

—No puedo detener el proceso con el ordenador —contestó Duffy con voz entrecortada.

—A mí no me había dicho nada de eso —gimoteó Waxie—. Lo juro…

Horlocker lo obligó a callar con una mirada feroz. Bajando la voz, se dirigió de nuevo al ingeniero.

—No quiero saber lo que no puede hacer. Sólo dígame qué puede hacer.

—Bueno —masculló Duffy—, alguien podría acceder al desagüe principal desde debajo del Reservoir y cerrar las válvulas manualmente.

Pero sería una operación arriesgada. Dudo que los mecanismos manuales de esas válvulas se hayan utilizado desde que se automatizó el sistema. De eso hace al menos doce años. En cuanto al caudal de entrada, es imposible

detenerlo. Millones de litros de agua bajan hacia aquí desde las montañas a través de tuberías de dos metros y medio de diámetro. Aunque consigamos cerrar esas válvulas a mano, no hay manera de detener el agua. Cuando entre en el Reservoir desde el norte, subirá el nivel. El agua se desbordará en el Central Park y…

—Da igual que el parque se convierta en un lago. Llévese a Waxie y tantos hombres como necesite y hágalo.

—Pero, señor—dijo Waxie con los ojos desorbitados—, creo que sería mejor… —Su voz se fue apagando.

Duffy movía nerviosamente las manos.

—Es muy difícil acceder a esos mecanismos —balbuceó—. Están justo debajo del Reservoir, suspendidos bajo el sistema de válvulas, y sale mucha agua. Alguien podría resultar herido…

—Duffy —lo interrumpió Horlocker—, lárguese de aquí ahora mismo y cierre esas válvulas. ¿Entendido?

—Sí —respondió Duffy, lívido.

Horlocker se volvió hacia Waxie.

—Usted puso esto en marcha, y usted lo detendrá. ¿Alguna pregunta?

—Sí, señor —contestó Waxie.

—¿Qué?

—Quería decir no, señor.

Se produjo un silencio. Nadie se movió.

—¿A qué esperan, pues? —bramó Horlocker.

Margo se hizo a un lado para dejar pasar a Waxie cuando éste, de mala gana, se puso en pie y siguió a Duffy hacia la puerta.

48

La entrada del Whine Cellar —uno de los muchos sótanos rehabilitados como locales nocturnos que habían aparecido por todo Manhattan en el último año— era poco más que una estrecha puerta art déco, colocada como por casualidad en el ángulo inferior izquierdo de la fachada de la Hampshire House. Desde su privilegiaba posición junto a la entrada, Smithback veía un mar de cabezas que se extendía a uno y otro lado de la avenida, sobresaliendo sólo las copas de los ginkgos alineados ante el

Central Park. Muchos de los manifestantes mantenían la vista baja en reverente silencio; otros —en su mayoría jóvenes con camisas blancas arremangadas y corbatas aflojadas— bebían cerveza y chocaban las palmas de las manos unos con otros. En la segunda fila, una muchacha sostenía en alto una pancarta que rezaba: PAMELA, NUNCA TE OLVIDAREMOS ; una lágrima resbalaba lentamente por su mejilla. Smithback no pudo menos que notar que en la otra mano llevaba un ejemplar del Post con su reciente artículo.

Cuando la gente de las primeras filas calló, Smithback oyó claramente los gritos de los manifestantes, mezclados con las advertencias de la policía a través de los megáfonos —cada vez más lejanas—, los ululatos de las sirenas y los bocinazos de los coches.

Junto a él, la señora Wisher colocó una vela ante un gran retrato de su hija. Tenía el pulso firme, pero la llama oscilaba incesantemente agitada por la fresca brisa nocturna. El silencio se hizo más profundo cuando se arrodilló para orar. Al cabo de un momento volvió a ponerse en pie y se aproximó a un alto montón de flores, permitiendo a varios amigos adelantarse por turno y depositar sus velas junto a la de ella. Pasaron los minutos. Finalmente la señora Wisher dirigió una última mirada a la fotografía, ahora rodeada de velas. Por un instante pareció tambalearse, y Smithback se apresuró a cogerla del brazo. Ella lo miró, como si de pronto hubiese olvidado sus propósitos. Sin embargo la mirada distante desapareció de sus ojos; dio a Smithback un fuerte apretón en el brazo, casi doloroso, y se soltó de él para volverse hacia la multitud.

—Quiero expresar mi dolor —dijo con voz clara— a todas las madres que han perdido a sus hijos a causa de la delincuencia, de los asesinatos, de la enfermedad que se ha apoderado de esta ciudad y este país. Eso es todo.

Varias cámaras de televisión habían conseguido abrirse paso hasta la primera fila; pero la señora Wisher se limitó a alzar la cabeza en actitud desafiante.

—¡A Central Park West! —anunció a voz en grito—. ¡Y al Great Lawn!

Smithback permaneció cerca de ella mientras la muchedumbre reanudaba la marcha hacia el oeste, impulsada por su propio motor interno.

Pese a la abundante bebida que corría entre los manifestantes de menor edad, todo parecía bajo control. Casi parecía que la multitud fuese consciente de estar participando en un acontecimiento memorable.

Cruzaron la Séptima Avenida. Casi hasta donde la vista alcanzaba, se divisaban varias filas ininterrumpidas de luces rojas de freno. El sonido de

los silbatos y megáfonos de la policía era ahora un continuo gemido, un monótono ruido de fondo procedente de todas direcciones. Smithback se rezagó por un momento para consultar el programa de la manifestación publicado por el Post. Se cumplía el horario previsto. Quedaban tres paradas más, todas en Central Park West. Luego entrarían en el parque para la oración final de medianoche.

Cuando rodeaban Columbus Circle, Smithback echó un vistazo hacia Broadway, una ancha brecha gris entre las apretadas filas de edificios. Allí la policía había actuado más deprisa, y la calle estaba cortada y desierta hasta Times Square, ofreciendo un aspecto extraño sin tráfico, reflejándose la luz de incontables farolas sobre el pavimento. Unos cuantos agentes y coches patrulla controlaban el acceso a la calle en el otro extremo; probablemente el resto de la policía seguía movilizado, en un esfuerzo por organizar la circulación e impedir que se sumasen más manifestantes a la marcha. Smithback movió la cabeza en un gesto de asombro, pensando que una mujer diminuta había conseguido paralizar casi por completo el centro de la ciudad. Después de aquello no podían desoír las quejas de la señora Wisher. Y por esa misma razón tampoco podían pasar por alto sus artículos.

Lo tenía ya todo planeado. Primero, un artículo en profundidad sobre el acontecimiento, escrito literalmente a la derecha de la señora Wisher, pero por supuesto con su particular enfoque. Luego una serie de perfiles, entrevistas y notas de elogio, con vistas ya al futuro libro. Fácilmente sacaría medio millón de pavos en concepto de derechos por la edición en tapa dura, quizá el doble por la edición en rústica, y eso sólo por las ventas nacionales; si sumaba los derechos de publicación en otros países, que ascenderían al menos a…

Sus cálculos se vieron de pronto interrumpidos por un extraño ruido.

Desapareció y volvió a oírse al cabo de un momento, tan grave que parecía más una vibración que un sonido. Smithback notó que alrededor el rumor de las voces perdía intensidad; por lo visto, otros lo habían oído también.

De repente en Broadway, a unas dos manzanas de allí, una tapa de alcantarilla se elevó sobre el asfalto y cayó a un lado. Una nube de vapor ascendió hacia el cielo e instantes después salió un hombre increíblemente sucio, estornudando y tosiendo a la luz de las farolas, sus inmundos harapos agitándose en torno a sus miembros. Por un momento Smithback pensó que era el Artillero, el individuo de aspecto abstraído que lo había guiado hasta Mephisto. Al cabo de unos segundos surgió otro hombre de la boca de

alcantarilla, sangrando profusamente por un corte abierto en la sien. Lo siguió un tercero, y un cuarto.

Smithback oyó junto a él una profunda inhalación. Al volverse, vio que la señora Wisher caminaba con paso vacilante. De inmediato se aproximó a ella.

—¿Qué está pasando? —preguntó ella casi en un susurro.

Súbitamente saltó otra tapa de alcantarilla más cerca de los manifestantes, y varias figuras demacradas treparon al exterior, tosiendo y desorientadas. Smithback observó estupefacto al andrajoso grupo, incapaz de adivinar la edad o ni siquiera el sexo de ninguno de ellos bajo el pelo pegoteado y la suciedad incrustada. Algunos blandían trozos de tubería o varillas de acero; otros, bates o porras rotas de policía. Uno llevaba en la cabeza algo que parecía una gorra nueva de policía. Los manifestantes más próximos a Broadway se habían detenido y contemplaban el espectáculo.

Smithback oyó un nuevo rumor entre la multitud que lo rodeaba: murmullos de preocupación por parte de las personas de mayor edad y mejor vestidas; silbidos y abucheos procedentes de los jóvenes radicales y los oficinistas.

Una neblina verde emanó de la estación de metro de la línea IRT, y más mendigos subieron atropelladamente por la escalera. A medida que salía más gente de las bocas de alcantarilla y el metro, fue formándose un andrajoso ejército, y en sus rostros el inicial desconcierto dio paso a una manifiesta hostilidad.

Uno de los harapientos se acercó y dirigió una mirada furiosa a la primera fila de manifestantes. Abrió la boca y prorrumpió en un inarticulado rugido de rabia y frustración, alzando una varilla de acero sobre la cabeza como si fuese un bastón.

En respuesta, los demás mendigos gritaron y levantaron las manos.

Smithback advirtió que cada mano sujetaba algo: piedras, trozos de cemento, barras de hierro. Muchos tenían cortes y contusiones. Daba la impresión de que estuviesen preparándose para una batalla, o acabasen de librarla.

¿Qué demonios es esto?, pensó Smithback. ¿De dónde han salido estos tipos? Por un instante se preguntó si se trataría acaso de una especie de atraco a gran escala. Recordó de pronto las últimas palabras de Mephisto mientras él escuchaba agachado en la oscuridad: «Buscaremos otras maneras de hacernos oír.» Ahora no, pensó Smithback. No podrían haber elegido peor momento.

Una voluta de humo se aproximó arrastrada por la brisa, y varios de los manifestantes que se hallaban más cerca empezaron a jadear. Al cabo de unos segundos, Smithback sintió un intenso escozor en los ojos y comprendió que lo que le había parecido vapor era en realidad gas lacrimógeno. En el tramo desierto de Broadway, más allá de los mendigos, Smithback vio a un reducido grupo de policías —sus uniformes desgarrados y sucios— salir por una escalera del metro y dirigirse a trompicones hacia los lejanos coches patrulla.

«Joder —pensó—, aquí ha pasado algo serio.»

—¿Dónde está Mephisto? —preguntó a voz en cuello uno de los mendigos.

—He oído decir que se lo llevaba la policía.

La turba se enardecía por momentos.

—¡Polis de mierda! —exclamó alguien—. Me juego algo a que le han dado una paliza.

—¿Qué hacen ahí esos asquerosos? —oyó preguntar Smithback a un joven detrás de él.

—No lo sé —contestó otra voz—. Desde luego es demasiado tarde para cobrar un cheque de la protección social.

El comentario se recibió con risas y abucheos dispersos.

—¡Mephisto! —empezó a entonar la multitud de harapientos frente a ellos—. ¿Dónde está Mephisto?

—Seguramente esos hijos de puta lo han asesinado.

Se produjo un repentino alboroto entre los manifestantes en el lado de la calle contiguo al parque, y Smithback, al volverse, vio que en el suelo una gran rejilla del metro se abría violentamente y salía otro grupo de mendigos.

—¡Asesinado! —denunciaba un harapiento—. ¡Esos cabrones lo han asesinado!

El hombre que se había adelantado agitó su varilla de acero.

—¡Lo pagarán! ¡Esta vez lo pagarán! —Alzó los brazos—. ¡Esos hijos de puta nos han gaseado!

En respuesta, la turba de vagabundos prorrumpió en furiosos gritos.

—¡Han arrasado nuestros hogares!

Otro rugido surgió de la turba.

—¡Ahora nosotros destrozaremos los suyos!

El harapiento lanzó su varilla contra el cristal de una sucursal bancaria cercana. La varilla rompió la vidriera y fue a caer en el vestíbulo. Empezó a

sonar una alarma, ahogada de inmediato por el bullicio ambiental.

—¡Eh! —protestó alguien junto a Smithback—. ¿Habéis visto qué ha hecho ese gilipollas!

La turba de vagabundos, vociferando, arrojó una lluvia de objetos hacia los edificios de Broadway. Smithback, mirando a izquierda y derecha, vio que seguían saliendo mendigos de las alcantarillas, los respiraderos y las bocas de metro, desahogando en Broadway y Central Park West su ira incoherente. Por encima de los alaridos, oyó el tenue e insistente ulular de los vehículos de emergencia. Incontables fragmentos de cristal resplandecían sobre el pavimento negro.

Smithback se sobresaltó al oír la voz amplificada de la señora Wisher.

Con el micrófono en la mano, se había vuelto para arengar a los manifestantes.

—¿Ven lo que está ocurriendo? —preguntó. Su voz reverberó en las altas fachadas y se perdió en el parque oscuro y silencioso—. Esta gente pretende destruir lo que nosotros hemos venido a preservar.

En torno a ella comenzaron a elevarse voces indignadas. Smithback miró alrededor. Los grupos de manifestantes de mayor edad —los iniciales seguidores de la señora Wisher— cruzaban unas palabras, señalaban hacia la Quinta Avenida o Central Park West y se alejaban apresuradamente, huyendo del inminente enfrentamiento. Otros, los elementos más jóvenes y agresivos, gritaban airados y avanzaban hacia la turba.

Las cámaras de televisión iban de un lado a otro, unas enfocando a la señora Wisher, otras a los vagabundos, que subían por la calle, haciendo acopio de nuevos proyectiles en los contenedores y cubos de basura, lanzando aullidos de ira y desafío.

La señora Wisher miró a los manifestantes, extendió las manos y volvió a juntarlas como si reuniese al grupo bajo su estandarte.

—¡Fíjense en esa escoria! ¿Vamos a consentirlo, esta noche precisamente?

En el posterior instante de silencio, dirigió a la multitud una mirada en parte interrogativa, en parte suplicante. Los vagabundos de las primeras filas interrumpieron por un momento sus desmanes, sorprendidos por aquella voz atronadora y omnipresente que surgía de una docena de altavoces.

—¡Nada de eso! —exclamó una voz joven.

Con una mezcla de veneración y temor, Smithback observó a la señora Wisher, que alzó un brazo por encima de la cabeza y luego, con imperiosa determinación, lo bajó y señaló a la creciente muchedumbre de vagabundos.

—¡Ésa es la gente que destruiría nuestra ciudad! —declaró, y si bien su voz era firme, Smithback detectó un asomo de histeria.

—¡Fijaos en esos vagos! —gritó un joven, abriéndose paso hasta la primera fila de manifestantes. Un ruidoso grupo se congregó junto a él, a escasos tres metros de los mendigos. Dirigiéndose al jefe, dijo—: ¡Búscate un trabajo, gilipollas!

Entre los topos se produjo un silencio sepulcral y amenazador.

—¿Te crees que me mato a trabajar y pago impuestos para mantenerte?

—preguntó el joven.

Un murmullo de indignación surgió de la muchedumbre de mendigos.

—¿Por qué no haces algo por tu país en lugar de vivir de él? —reprochó el joven. Dio un paso al frente y escupió en el suelo—. Vago de mierda.

Los manifestantes lanzaron un rugido de aprobación.

Un mendigo se adelantó al resto, agitando el muñón del brazo izquierdo.

—¡Mira lo que he hecho por mi país! —graznó—. Lo he dado todo. —

Mostró el muñón a un lado y a otro y, con la cara crispada por la ira, se volvió hacia el joven—. Chu Lai, ¿te suena de algo?

Los topos avanzaron, y el colérico murmullo se convirtió en clamor.

Smithback observó a la señora Wisher, que seguía mirando a los mendigos con expresión fría y severa. Creía realmente que aquellos individuos eran el enemigo, comprendió Smithback con creciente incredulidad.

—¡Vete a la mierda, sanguijuela! —profirió una voz ebria.

—¡Vete a atracar a tus amigos izquierdistas! —gritó un joven fornido, provocando un estallido de estentóreas carcajadas.

—¡Mataron a mi hermano! —dijo indignado un topo, un hombre alto y delgado—. Caído por la patria, colina Phon Mak, 2 de agosto de 1969. —

Dio un paso al frente y levantó el dedo medio en un violento gesto ante el joven fornido—. Métete en el culo tu país de mierda, gilipollas.

—La lástima es que no te matasen a ti también —replicó el joven—.

Así habría un despojo menos vagando por las calles.

De pronto una botella, lanzada desde la multitud encolerizada de mendigos, voló por el aire y acertó de pleno en la cabeza del joven. Éste

retrocedió tambaleándose, sosteniéndose apenas sobre las piernas, y se llevó las manos a la frente, que sangraba a borbotones.

Fue como si la muchedumbre de manifestantes estallase de repente. Con un clamor inarticulado, los jóvenes se abalanzaron hacia los mendigos.

Smithback miró alrededor desconcertado. Los manifestantes de mayor edad habían desaparecido, dejando atrás a los elementos incontrolables y ebrios.

Él mismo se vio envuelto por la horda de manifestantes que arremetía con gritos furiosos contra los mendigos. Zarandeado y momentáneamente desorientado, buscó a la señora Wisher y su séquito, pero también ellos se habían evaporado.

Por más que forcejeó, Smithback se vio arrastrado por la riada de gente.

Por encima del vocerío, empezó a oír el escalofriante ruido de los palos contra los huesos y los puños contra la carne. Alaridos de dolor y rabia se mezclaron con el griterío colérico. Notó un golpe en los hombros y cayó de rodillas, cubriéndose instintivamente la cabeza con los brazos. De reojo vio deslizarse su casete por el asfalto y quedar reducido a añicos bajo los pies de los contendientes. Intentó levantarse, pero se agachó de nuevo al ver volar en su dirección un pedazo de cemento. Resultaba asombroso contemplar cómo, en cuestión de segundos, el caos se había adueñado de las calles oscuras.

La gran duda era qué o quién había obligado a los mendigos a salir en tropel a la superficie. Smithback sólo sabía que de pronto cada bando veía al rival como la encarnación del diablo. Se había impuesto la mentalidad de las masas exaltadas.

Aún de rodillas, irguió el tronco y miró alrededor desesperado, entre sacudidas y empujones. La manifestación se había disuelto. Sin embargo su artículo aún era salvable; quizá no sólo salvable si aquella algarada alcanzaba las proporciones que cabía prever. Pero tenía que alejarse de la muchedumbre, apostarse en algún lugar elevado desde donde disponer de una buena perspectiva de la situación. Miró al norte, hacia el parque. Sobre el mar de puños y palos en alto, avistó la estatua en bronce de Shakespeare, que contemplaba plácidamente el caos. Agachado, se encaminó hacia allí.

Un vagabundo de ojos desorbitados corrió hacia él, aullando y blandiendo amenazadoramente una botella vacía de cerveza. De manera instintiva, Smithback lanzó el puño, y la figura se desplomó con las manos en el estómago. Sorprendido, Smithback advirtió que era una mujer.

—Lo siento, señora —murmuró, escabullándose.

Mientras cruzaba Central Park South, crujían bajo sus pies los cascotes y cristales rotos. Apartó a un borracho de un empujón, se abrió paso entre un grupo de ruidosos jóvenes con trajes caros pero hechos jirones y finalmente llegó a la otra acera.

En la periferia del tumulto, el ruido decrecía notablemente. Evitando los excrementos de paloma, trepó al pedestal de la estatua y se agarró a los pliegues inferiores de la ropa de Shakespeare. Luego se encaramó al brazo y el libro de bronce, y desde allí se subió a los anchos hombros del bardo.

La vista era imponente. La refriega se extendía por Central Park South y Broadway abajo. De la estación de metro de Columbus Circle, así como de las rejillas y respiraderos que bordeaban el parque, seguían saliendo mendigos. Nunca habría imaginado que hubiese tanta gente sin hogar en el mundo, y tampoco, de hecho, tantos jóvenes yuppies borrachos. Desde allí veía también a los manifestantes de mayor edad, la guardia principal de la plataforma Recuperemos Nuestra Ciudad, que se retiraban en ordenada formación hacia Amsterdam Avenue, alejándose lo más posible del tumulto e intentando desesperadamente encontrar taxis. Ante él, se formaban y desintegraban sin cesar grupos de gente vociferante. Con horrorizada fascinación, contempló los lanzamientos de objetos, las peleas a puñetazos, las batallas con palos. En el suelo yacían ya numerosas víctimas, sin conocimiento o acaso algo peor. La sangre corría entre los cascotes y cristales rotos que salpicaban la calle. A la vez, buena parte del enfrentamiento se reducía a insultos, empujones y afectados aspavientos; mucho ruido y pocas nueces. Por fin, varios destacamentos de policía antidisturbios abrían brecha en la multitud; pero no eran suficientes, y la algarada se desplazaba gradualmente hacia el parque, donde sería más difícil controlarla. ¿Dónde se ha metido el resto de la policía?, volvió a preguntarse Smithback.

Pese a su horror y aversión, una parte de él experimentaba una sensación de euforia: ¡Qué artículo saldría de todo aquello! Aguzó la vista en la oscuridad, intentando retener las imágenes en su memoria, redactando ya mentalmente el encabezamiento de la crónica. La turba de mendigos parecía ganar terreno, gritando con justificada ira y obligando a retroceder hacia el parque a los manifestantes. Aunque sin duda muchos de los topos se hallaban debilitados por sus precarias vidas, era evidente que conocían mucho mejor las tácticas de la reyerta callejera que sus adversarios. Varias cámaras de televisión habían quedado destrozadas en el tumulto, y las

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