20000 leguas de viaje submarino

Julio Verne · Capítulo 3 de 6 · parte 4/4

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20000 leguas de viaje submarino

Nautron respoc lorni virch

Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.

Era evidente que los indígenas habían tenido ya relación con los europeos y que conocían sus navíos. Pero ¿qué podían pensar de aquel largo cilindro de acero inmovilizado en la bahía, sin mástiles ni chimenea? Nada bueno, a juzgar por la respetuosa distancia en que se habían mantenido hasta entonces. Sin embargo, su inmovilidad debía haberles inspirado un poco de confianza, y trataban de familiarizarse con él. Y era precisamente eso lo que convenía evitar. Nuestras armas, carentes de detonación, no eran las más adecuadas para espantar a los indígenas, a los que sólo inspiran respeto las que causan estruendo. Sin el estrépito del trueno, el rayo no espantaría a los hombres, pese a que el peligro esté en el relámpago y no en el ruido.

En aquel momento, ya muy próximas las piraguas al Nautilus, una lluvia de flechas se abatió sobre él.

–¡Diantre! Está granizando y quizá sea un granizo envenenado -dijo Conseil.

–Hay que avisar al capitán Nemo -dije-, y me introduje por la escotilla.

Descendí al salón. No había nadie, y me arriesgué a llamar a la puerta del camarote del capitán.

–Pase.

Entré y hallé al capitán Nemo sumergido en un mar de cálculos, entre los que abundaban las x y otros signos algebraicos.

–¿Le molesto? – le dije, por cortesía.

–Sí, señor Aronnax, pero supongo que tiene usted serias razones para venir a verme, ¿no?

–Muy serias. Las piraguas de los indígenas nos tienen rodeados, y dentro de unos minutos nos veremos asaltados por varios centenares de salvajes.

–¡Ah! – dijo el capitán Nemo, con la mayor calma-, ¿han venido con sus piraguas?

–Sí, señor.

–Pues bien, basta con cerrar las escotillas.

–Precisamente, y es lo que venía a decirle.

–Nada más fácil -dijo el capitán Nemo, al tiempo que, pulsando un timbre eléctrico, transmitía una orden a la tripulación.

–Ya está -me dijo tras algunos instantes-. La canoa está en su sitio y las escotillas cerradas. Supongo que no temerá usted que esos señores destruyan unas murallas contra las que nada pudieron los obuses de su fragata.

–No, capitán, pero subsiste aún un peligro.

–¿Cuál?

–Mañana, a la misma hora, habrá que reabrir las escotillas para renovar el aire del Nautilus.

–Así es, puesto que nuestro navío respira como los cetáceos.

–Pues bien, si en ese momento los papúes ocupan la plataforma, no veo cómo podremos impedirles la entrada.

–Así que supone usted que van a subir a bordo.

–Estoy seguro.

–Pues bien, que suban. No veo ninguna razón para impedírselo. En el fondo, estos papúes son unos pobres diablos y no quiero que mi visita a la isla Gueboroar cueste la vida a uno solo de estos desgraciados.

Me disponía a retirarme, pero el capitán Nemo me retuvo y me invitó a sentarme a su lado. Me interrogó con interés acerca de nuestras excursiones y la caza, y pareció no comprender la necesidad de carne tan apasionadamente sentida por el arponero. Luego la conversación se orientó hacia otros temas y, sin ser más comunicativo, el capitán Nemo se mostró más amable.

Entre otras cosas, tocamos el tema de la situación del Nautilus, encallado precisamente en el mismo estrecho en que Dumont d'Urville estuvo a punto de perder sus barcos. Y a propósito de Dumont d'Urville -me dijo el capitán Nemo:

–Fue uno de sus más grandes marinos, uno de sus más inteligentes navegantes. Para ustedes, los franceses, Dumont d'Urville es como el capitán Cook para los ingleses. ¡Qué infortunio el de ese hombre sabio!

¡Haber desafiado a los bancos de hielo del Polo Sur, a los arrecifes de Oceanía y a los caníbales del Pacífico, para acabar muriendo miserablemente en un tren! Si a ese hombre enérgico le fue dado pensar durante los últimos segundos de su existencia, ¿se imagina usted cuáles serían sus pensamientos?

Al hablar así, el capitán Nemo parecía emocionado, y yo inscribí ese gesto en su activo.

Luego, mapa en mano, pasamos revista a los trabajos del navegante francés, sus viajes de circunnavegación, su doble tentativa del polo Sur que le valió el descubrimiento de las tierras de Adelia y Luis Felipe y, por último, sus mapas hidrográficos de las principales islas de Oceanía.

–Lo que en la superficie de los mares hizo su Dumont d'Urville -me dijo el capitán Nemo- lo he hecho yo en el interior del océano, y más completa y más fácilmente que él. El Astrolabe y la Zelée, incesantemente zarandeados por los huracanes, no podían competir con el Nautilus, tranquilo gabinete de trabajo y verdaderamente sedentario en medio de las aguas.

–Y, sin embargo, capitán, hay un punto común entre las corbetas de Dumont d'Urville y el Nautilus.

–¿Cuál?

–El de que el Nautilus haya encallado como ellas.

–El Nautilus no ha encallado -me respondió fríamente el capitán Nemo-. El Nautilus está hecho para reposar en el lecho de los mares, y yo no tendré que emprender las penosas maniobras que hubo de hacer Dumont d'Urville para sacar a flote sus barcos. El Astrolabe y la Zelée estuvieron a punto de perderse, pero mi Nautilus no corre ningún peligro. Mañana, en el día y a la hora señalados, la marea lo elevará suavemente y reemprenderá su navegación a través de los mares.

–Capitán, yo no pongo en duda…

–Mañana -añadió el capitán Nemo, levantándose- a las dos horas y cuarenta minutos de la tarde, el Nautilus estará a flote y abandonará, sin avería alguna, el estrecho de Torres.

El capitán Nemo se inclinó ligeramente, en señal de despedida. Salí y volví a mi camarote, donde hallé a Conseil, que deseaba conocer el resultado de mi conversación con el capitán.

–Cuando le dije que su Nautilus estaba amenazado por los naturales de la Papuasia, me respondió muy irónicamente. Así, pues, ten confianza en él y vete a dormir tranquilamente.

–¿El señor no necesita de mis servicios?

–No. ¿Qué está haciendo Ned Land?

–El señor me excusará, pero el amigo Ned está haciendo un paté de canguro que va a ser una maravilla.

Me acosté y dormí bastante mal. Oía el ruido que hacían los salvajes al pisotear la plataforma y sus gritos estridentes. Pasó así la noche sin que la tripulación cambiara en lo más mínimo su comportamiento habitual. La presencia de los caníbales les inquietaba tanto como a los soldados de un fuerte el paso de las hormigas por sus empalizadas. Me levanté a las seis de la mañana. No se habían abierto las escotillas para renovar el aire, pero hicieron funcionar los depósitos para suministrar algunos metros cúbicos de oxígeno a la atmósfera enrarecida del Nautilus.

Estuve trabajando en mi camarote hasta mediodía, sin ver ni un solo instante al capitán Nemo. No parecía efectuarse ninguna maniobra de partida a bordo. Esperé aún durante algún tiempo y luego fui al salón. El reloj de pared indicaba las dos y media. Dentro de diez minutos la marea debía alcanzar su máxima altura y, si el capitán Nemo no había hecho una promesa temeraria, el Nautilus quedaría liberado. Si así no ocurría, podrían pasar meses antes de salir de su lecho de coral. Pero no tardé en sentir los estremecimientos precursores que agitaron el casco del buque. Luego se oyeron rechinar los flancos del mismo contra las asperezas calcáreas del arrecife.

A las dos horas y treinta y cinco minutos, el capitán Nemo apareció en el salón.

–Vamos a zarpar -dijo.

–¡Ah! – exclamé.

–He dado orden de abrir las escotillas.

–¿Y los papúas?

–¿Los papúas? – dijo el capitán Nemo, alzándose de hombros.

–¿No teme que penetren en el Nautilus?

–¿Cómo podrían hacerlo?

–Entrando por las escotillas.

–Señor Aronnax, no se entra así como así por las escotillas del Nautilus, incluso cuando están abiertas.

Le miré.

–No lo comprende, ¿no es así?

–En efecto.

–Bien, pues venga y véalo.

Me dirigí hacia la escalera central, al pie de la cual se hallaban Ned Land y Conseil, muy intrigados, contemplando cómo algunos hombres de la tripulación abrían las escotillas. Afuera, sonaban gritos de rabia y espantosas vociferaciones.

Se corrieron los portalones del exterior. Veinte figuras horribles aparecieron a nuestra vista. Pero el primero de los indígenas que tocó el pasamano de la escalera, rechazado hacia atrás por no sé qué fuerza invisible, huyó dando espantosos alaridos y saltos tremendos. Diez de sus compañeros le sucedieron y los diez corrieron la misma suerte.

Conseil estaba fascinado. Ned Land, llevado de sus violentos instintos, se lanzó a la escalera. Pero nada más tocar el pasamano, fue derribado a su vez.

–¡Mil diantres! – bramó-. ¡Me ha golpeado un rayo!

Su grito me lo explicó todo. No era un pasamano, sino un cable metálico cargado de electricidad. Quienquiera que lo tocara sufría una formidable sacudida, que podría ser mortal si el capitán Nemo hubiera lanzado a ese conductor toda la electricidad de sus aparatos. Podía decirse realmente que entre sus asaltantes y él había tendido una barrera eléctrica que nadie podía franquear impunemente.

Los papúas se habían retirado enloquecidos por el terror. Nosotros, venciendo a duras penas la risa, consolábamos y friccionábamos al desdichado Ned Land, que juraba como un poseso.

En aquel momento, el Nautilus, elevado por las aguas, abandonabasu lecho de coral en el minuto exacto que había fijado el capitán. Su hélice batió el agua con una majestuosa lentitud. Su velocidad aumentó poco a poco.

Navegando en superficie, abandonó sano y salvo los peligrosos pasos del estrecho de Torres.

23- ((Aegri somnia))

Al día siguiente, 10 de enero, el Nautilus continuó su marcha entre dos aguas, pero con una velocidad extraordinaria, que no estimé en menos de treinta y cinco millas por hora. Era tal la rapidez de su hélice, que no podía yo ni seguir sus vueltas ni contarlas.

Al pensar que ese maravilloso agente eléctrico, además de dar al Nautilus movimiento, luz y calor, lo protegía de todo ataque exterior y lo transformaba en un arca santa que ningún profanador podía tocar sin ser fulminado, mi admiración no conocía límites, y del aparato se remontaba al ingeniero que lo había creado.

Marchábamos directamente hacia el oeste, y el 11 de enero pasamos antes el cabo Wessel, situado a 1350 de longitud y 100 de latitud norte, que forma la

punta oriental del golfo de Carpentaria. Los arrecifes eran todavía numerosos, pero ya más dispersos, y estaban indicados en el mapa con una extremada precisión. El Nautilus evitó con facilidad los rompientes de Money, a babor, y los arrecifes Victoria, a estribor, situados a 1300 de longitud sobre el paralelo 10, que seguíamos rigurosamente.

El 13 de enero, llegados al mar de Timor, pasamos cerca de la isla de este nombre, a 1220 de longitud. La isla, cuya superficie es de mil seiscientas veinticinco leguas cuadradas, está gobernada por rajás. Dichos príncipes dicen ser hijos de cocodrilos, es decir, tener el más alto origen a que puede aspirar un ser humano. Sus escamosos antepasados abundan en los ríos de la isla y son objeto de una particular veneración. Se les protege, se les mima, se les adula, se les alimenta, se les ofrecen jóvenes muchachas en ofrenda. ¡Pobre del extranjero que ose poner la mano sobre estos sagrados saurios!

Pero el Nautilus no tuvo nada que ver con tan feos animales. Timor sólo fue visible un instante, a mediodía, cuando el segundo fijó la posición.

Asimismo, sólo pude entrever la pequeña isla Rotti, que forma parte del grupo, y cuyas mujeres tienen adquirida en los mercados malayos una sólida reputación de belleza.

A partir de ese punto, la dirección del Nautilus se inflexionó en latitud hacia el Sudoeste. Se puso rumbo al océano Indico. ¿Adónde iba a llevarnos la fantasía del capitán Nemo? ¿Se dirigiría hacia las costas de Asia o hacia las de Europa? Determinaciones poco probables en un hombre que rehuía los continentes habitados. ¿Descendería, pues, hacia el Sur? ¿Pasaría por el cabo de Buena Esperanza y por el de Hornos hacia el polo antártico? ¿O

regresaría a aquellos mares del Pacífico en los que su Nautilus podía hallar una navegación fácil e independiente? Era esto algo que sólo el porvenir podría decirnos.

Tras haber bordeado los escollos de Cartier, de Hibernia, de Seringapatam y de Scott, últimos esfuerzos del elemento sólido contra el elemento líquido, el 14 de enero nos hallamos más allá de todo vestigio de tierra. La

velocidad del Nautilus se redujo considerablemente, y, muy caprichoso en su comportamiento, navegaba alternativamente en inmersión y en superficie.

Durante este período del viaje, el capitán Nemo se entregó a interesantes experimentos sobre las diversas temperaturas del mar en capas diferentes.

En condiciones normales, estos datos se obtienen por medio de instrumentos bastante complicados. Las informaciones que éstos procuran son por lo menos dudosas, ya sean sondas termométricas cuyos cristales se rompen a menudo bajo la presión de las aguas, ya sean aparatos basados en la variación de resistencia de los metales a las corrientes eléctricas. Los resultados así obtenidos no pueden ser controlados con un rigor suficiente.

Pero el capitán Nemo podía permitirse ir por sí mismo a buscar la temperatura en las profundidades del mar, y su termómetro, puesto en comunicación con las diversas capas líquidas, le proporcionaba tan inmediata como seguramente los grados solicitados.

Así es como, ya fuere sobrecargando sus depósitos, ya descendiendo oblicuamente por medio de sus planos inclinados, el Nautilus alcanzó sucesivamente profundidades de tres, cuatro, cinco, siete, nueve y diez mil metros, y el resultado definitivo de sus experimentos fue que, bajo todas las latitudes, el mar, a una profundidad de mil metros, presentaba una temperatura constante de cuatro grados y medio.

Yo seguía tales estudios con el más vivo interés. El capitán Nemo ponía en ellos una verdadera pasión. A menudo me preguntaba yo con qué fin procedía él a esas observaciones. ¿Las hacía en beneficio de sus semejantes? No era probable que así fuera, pues, un día u otro, los resultados de sus trabajos debían perecer con él en algún mar ignorado. A menos que me destinara a mí el resultado de sus estudios. Pero eso significaría admitir que mi extraño viaje tendría un término, y ese término yo no lo veía.

Fuera como fuese, el capitán Nemo me dio a conocer algunos datos por él obtenidos acerca de las densidades del agua en los principales mares del Globo. De tal comunicación deduje yo algo interesante a título personal,

que no tenía carácter científico.

Fue en la mañana del 15 de enero, cuando me hallaba paseando con el capitán por la plataforma. Me preguntó si conocía las diferentes densidades de las aguas marítimas. Le respondí negativamente, precisándole que la ciencia carecía de observaciones rigurosas sobre este punto.

–Yo he efectuado esas observaciones, y puedo certificar la certeza de las mismas.

–Bien, pero el Nautilus es un mundo aparte, y los secretos de los sabios no llegan a la tierra.

–Tiene usted razón, señor profesor -me dijo tras algunos instantes de silencio-. Es, efectivamente, un mundo aparte. Es tan extranjero a la Tierra como a los planetas que la acompañan en su viaje alrededor del Sol. Nunca se conocerán los trabajos de los sabios de Saturno o de Júpiter. Sin embargo, y puesto que el azar ha ligado nuestras vidas, voy a comunicarle el resultado de mis observaciones.

–Le escucho, capitán.

–Usted sabe, señor profesor, que el agua de mar es más densa que el agua dulce. Pero esta densidad no es uniforme. En efecto, si se representara por la unidad la densidad del agua dulce, hallaríamos uno y veintiocho milésimas para las aguas del Atlántico, uno y veintiséis milésimas para la del Pacífico, uno y treinta milésimas para las del Mediterráneo…

«¡Ah! – pensé-, así que se aventura por el Mediterráneo!»

–… uno y dieciocho milésimas para las del Jónico y uno y veintinueve milésimas para las del Adriático.

Decididamente, el Nautilus no rehuía los mares frecuentados de Europa, y de ello inferí que podría llevarnos -tal vez en breve- hacia continentes más civilizados. Pensé que Ned Land acogería con gran satisfacción esta

información.

Durante varios días, nuestra jornadas transcurrieron en medio de experimentos de todas clases, tanto sobre los grados de salinidad de las aguas a diferentes profundidades como sobre su electrización, coloración y transparencia. Y en todos estos estudios el capitán Nemo desplegó tanta ingeniosidad como amabilidad hacia,/mí. Pero luego, durante varios días consecutivos, no volví a verle y permanecí de nuevo aislado a bordo.

El 16 de enero, el Nautilus pareció dormirse a unos metros tan sólo bajo la superficie. Sus aparatos eléctricos no funcionaban, y su hélice inmóvil le dejaba errar al dictado de la corriente. Supuse que la tripulación se ocupaba de las reparaciones interiores, hechas necesarias por la violencia de los movimientos mecánicos de la máquina.

Mis compañeros y yo fuimos entonces testigos de un curioso espectáculo.

Los observatorios del salón estaban descubiertos, y como el fanal del Nautilus estaba apagado reinaba una vaga oscuridad en medio de las aguas.

El cielo, tormentoso y cubierto de espesas nubes, daba una insuficiente claridad a las primeras capas del océano.

Observaba yo el estado del mar en esas condiciones, en las que los más grandes peces aparecían como sombras apenas dibujadas, cuando el Nautilus se halló súbitamente inundado de luz. Creí en un primer momento que se había encendido el fanal, pero una rápida observación me hizo reconocer mi error.

El Nautilus flotaba en medio de una capa fosforescente que, en la oscuridad, se hacía deslumbrante. El fenómeno era producido por miriadas de animales luminosos, cuyo brillo se acrecentaba al deslizarse sobre el casco metálico del aparato. Advertí entonces una serie de relámpagos en medio de las capas luminosas, como coladas de plomo fundido en un horno o masas metálicas llevadas a la incandescencia, de tal modo que, por contraste, algunas zonas luminosas parecían oscuras en ese medio ígneo que abolía la oscuridad. No, aquella luminosidad era muy diferente de la irradiación continua de nuestro alumbrado habitual; había en ella una

intensidad y un movimiento insólitos. ¡Se diría una luz viva!

Y viva era, puesto que emanaba de una infinita aglomeración de infusorios pelágicos, de las noctilucas miliares, verdaderos glóbulos de gelatina diáfana, provistos de un flagelo filiforme, de las que se ha llegado a contar hasta veinticinco mil en treinta centímetros cúbicos de agua. Su luminosidad se reforzaba con los resplandores propios de las medusas, de las asterias, de las aurelias, de los dátiles y de otros zoófltos fosforescentes, impregnados de las materias orgánicas procedentes del desove de los peces y descompuestas por el mar, y tal vez de las mucosidades secretadas por los peces.

Durante varias horas, el Nautilus se bañó en aquella luz. Nuestra fascinación se hizo aún más intensa al ver grandes animales marinos evolucionar como salamandras. Vi allí, en medio de ese fuego que no quema, unas marsopas rápidas y elegantes, infatigables payasos de los mares, y unos istióforos o espadones veleros, de tres metros de longitud, de quienes se dice que anuncian los huracanes, y que golpeaban, a veces, nuestros cristales con su formidable espada. Aparecieron luego peces más pequeños, entre ellos variados balistes, escómbridos saltadores, nasones y otros muchos que rayaban de colores fulgurantes y zigzagueantes el agua luminosa.

Era un espectáculo prodigioso, deslumbrante el de aquel fenómeno, cuya intensidad tal vez era acrecentada por alguna perturbación atmosférica. ¿Se estaba desencadenando acaso una tempestad en la superficie del océano?

De ser así, el Nautilus, a unos cuantos metros de profundidad, no sentía su furor y se mecía apaciblemente en medio de las aguas tranquilas.

Así proseguía nuestro viaje, siempre amenizado por alguna nueva maravilla. Conseil observaba y clasificaba sus zoófitos, sus articulados, sus moluscos y sus peces. Los días pasaban rápidamente y ya no los contaba yo.

Por su parte, Ned se entretenía tratando de variar la dieta de a bordo.

Éramos unos verdaderos caracoles, ya acostumbrados a nuestro caparazón.

Por eso puedo afirmar que es fácil llegar a ser un perfecto caracol. Así estábamos, adaptados ya a una existencia que había llegado a parecernos

fácil y natural, sin que apenas pudiéramos imaginar ya que existiera una vida diferente en la superficie de la tierra, cuando sobrevino un acontecimiento que habría de recordarnos lo extraño de nuestra situación.

El 18 de enero, el Nautilus se hallaba a 1050 de longitud y 150 de latitud meridional. El tiempo estaba tormentoso y agitado y duro el mar. Soplaba con fuerza el viento del Este. En baja desde hacía varios días, el barómetro anunciaba tempestad. Había subido yo a la plataforma en el momento en que el segundo tomaba sus medidas de ángulos horarios. Esperaba yo oír, como siempre, la frase cotidiana. Pero aquel día esa frase fue reemplazada por otra no menos incomprensible. Casi inmediatamente vi aparecer al capitán Nemo, quien, provisto de un catalejo, escrutó el horizonte. Durante algunos minutos, el capitán permaneció inmóvil en su contemplación.

Luego, bajó su catalejo y cambió unas palabras con su segundo, quien parecía presa de una emoción que se esforzaba en vano por contener. El capitán Nemo, más dueño de sí, permanecía sereno. Daba la impresión de que oponía algunas objeciones a lo que decía el segundo, a juzgar, al menos, por la diferencia entre el tono y los gestos de ambos.

Por mi parte, había mirado cuidadosamente en la dirección escrutada por el capitán Nemo, sin ver otra cosa que la nítida línea del horizonte en que se confundían el cielo y el mar.

El capitán Nemo se paseaba de un extremo a otro de la plataforma, sin mirarme, tal vez sin verme. Su paso era seguro, pero menos regular que de costumbre. Se detenía de vez en cuando y, los brazos cruzados sobre el pecho, observaba el mar. ¿Qué podía buscar en ese inmenso espacio? El Nautilus se hallaba a varios centenares de millas de la costa más cercana.

El segundo había tomado el catalejo con el que interrogaba obstinadamente al horizonte. Luego comenzó a ir y venir, dandomuestras de una agitación nerviosa que contrastaba con la serenidad de su jefe.

Parecía que el misterio iba a aclararse rápidamente, pues a una orden del capitán Nemo, la máquina desarrolló una mayor potencia imprimiendo a la

hélice una rotación más rápida.

En aquel momento, el segundo atrajo de nuevo la atención del capitán. Éste suspendió su paseo y dirigió otra vez el catalejo hacia el punto indicado, observándolo detenidamente.

Sumamente intrigado, descendí al salón y volví provisto del catalejo que solía yo usar. Tomando como soporte para el catalejo el saliente formado por el fanal, me disponía a observar a mi vez el punto indicado, cuando, antes incluso de que hubiera podido aplicar el ojo al ocular, se me arrancó brutalmente el instrumento de la mano.

Al volverme vi al capitán Nemo ante mí, pero a un capitán Nemo irreconocible. Su fisonomía se había transfigurado. Sus ojos brillaban con un fulgor sombrío bajo su ceño fruncido. La boca descubría a medias sus dientes apretados. Su cuerpo, tenso; sus puños, cerrados, y su cabeza, replegada entre los hombros, denunciaban la violencia del odio que exhalaba su persona. Estaba inmóvil. Se le había caído mi catalejo de la mano y rodado a sus pies.

¿Era yo quien, sin querer, había provocado ese acceso de cólera? ¿Acaso creía aquel incomprensible personaje que había sorprendido yo un secreto prohibido a los huéspedes del Nautilus?

No. No debía ser yo el destinatario de su odio, puesto que no me miraba, y su atención seguía concentrada obstinadamente en aquel impenetrable punto del horizonte.

El capitán Nemo recobró por fin el dominio de sí mismo. Su fisonomía, tan profundamente alterada, recuperó su calma habitual. Tras dirigir a su segundo algunas palabras en su idioma incomprensible, se volvió hacia mí y me dijo en un tono bastante imperioso:

–Señor Aronnax, voy a reclamar de usted el cumplimiento de uno de los compromisos que ha contraído conmigo.

–¿De qué se trata, capitán?

–Tanto usted como sus compañeros deben aceptar que les encierre hasta el momento en que yo juzgue conveniente devolverles la libertad.

–Estamos en sus manos -le respondí, mirándole fijamente-. Pero ¿puedo hacerle una pregunta?

–Ninguna, señor.

Ante esta respuesta, no cabía discutir, sino obedecer, puesto que toda resistencia hubiera sido imposible.

Descendí al camarote de Ned Land y de Conseil y les informé de la determinación del capitán. Fácil es imaginar la reacción del canadiense a esta comunicación. Pero ni tan siquiera hubo tiempo para explicaciones.

Cuatro hombres de la tripulación nos esperaban a la puerta y nos condujeron a la celda en que habíamos pasado nuestra primera noche a bordo del Nautilus.

Ned Land quiso protestar, pero la puerta se cerró tras él por toda respuesta.

–¿Podría explicarnos el señor a qué se debe esto y por qué? – preguntó Conseil.

Referí a mis compañeros lo ocurrido, lo que les sorprendió tanto como a mí y les dejó a dos velas.

No podía apartar de mi mente el recuerdo de la extraña fisonomía del capitán Nemo y, sumido en un abismo de reflexiones, me perdía en las más absurdas hipótesis, incapaz de reunir dos ideas lógicas, cuando Ned Land me sacó de mi concentración al decir, con tono de sorpresa, que el almuerzo estaba servido.

En efecto, la mesa estaba puesta, lo que probaba que el capitán Nemo había ordenado servirla al mismo tiempo que hacía acelerar la marcha del

Nautilus.

–¿Me permitiría el señor darle un consejo? – dijo Conseil.

–Sí, muchacho.

–El de que coma. Es prudente hacerlo, porque no sabemos lo que puede ocurrir.

–Tienes razón, Conseil.

–Desgraciadamente -dijo Ned Land- nos han dado el menú de a bordo.

–Amigo Ned -replicó Conseil-, ¡qué diría entonces si nos hubieran dejado en ayunas!

Este razonamiento bastó para acallar al arponero.

Nos sentamos a la mesa y comimos en silencio. Yo comí muy poco. Conseil se forzó a hacerlo, por prudencia, y Ned Land, pese a sus protestas, no perdió bocado. Apenas habíamos terminado de almorzar, cuando se apagó el globo luminoso sumiéndonos en una oscuridad total.

Ned Land no tardó en dormirse, y, con gran sorpresa mía, Conseil cayó también en un profundo sopor. Me preguntaba qué era lo que había podido provocar en él esa imperiosa necesidad de dormir cuando me sentí yo invadido por una pesada somnolencia, que me hacía cerrar los ojos contra mi voluntad. Me sentía presa de una extraña alucinación.

Era evidente que se nos había puesto en la comida alguna sustancia soporífera. Así pues, no bastaba infligirnos la prisión para ocultarnos los proyectos del capitán Nemo, sino que además había que narcotizarnos.

Oí el ruido de las escotillas al cerrarse. Poco después cesaba el ligero movimiento de balanceo producido por las olas, lo que parecía indicar que el Nautilus se había sumergido.

Imposible me fue resistir al sueño. Mi respiración se debilitaba. Sentí un frío mortal helar mis miembros cada vez más pesados, como paralizados.

Mis párpados, pesados como el plomo, se cerraron sobre los ojos. Un sueño mórbido, poblado de alucinaciones, se apoderó de todo mi ser. Poco a poco fueron desapareciendo las visiones, y me quedé sumido en un total anonadamiento.

24. El reino del coral

Al día siguiente, me desperté con la cabeza singularmente despejada, y vi con sorpresa que me hallaba en mi camarote. Mis compañeros debían haber sido también reintegrados al suyo sin darse cuenta, como yo. Como yo, ignoraban lo ocurrido en esa noche. Para desvelar el misterio, sólo podía confiar en el azar de lo porvenir.

La idea de salir del camarote me llevó a preguntarme si me hallaría preso o libre nuevamente. Libre por completo. Abrí la puerta, recorrí los pasillos y subí la escalera central. Las escotillas, cerradas la víspera, estaban abiertas.

Llegué a la plataforma, donde ya estaban, esperándome, Ned y Conseil. A mis preguntas respondieron diciendo que no sabían nada. Les había sorprendido hallarse en su camarote, al despertarse de un pesado sueño que no había dejado en ellos recuerdo alguno.

El Nautilus estaba tan tranquilo y tan misterioso como siempre, navegando por la superficie de las olas a una marcha moderada. Nada parecía haber cambiado a bordo.

Ned Land observaba el mar con sus ojos penetrantes. No había nada a la vista. El canadiense no señaló nada nuevo en el horizonte, ni vela ni tierra.

Soplaba una sonora brisa del Oeste, que encrespaba al mar en largas olas, sometiendo al Nautilus a un sensible balanceo.

Tras haber renovado su aire, el Nautilus se sumergió a una profundidad media de quince metros, al objeto, al parecer, de poder emerger rápidamente a la superficie, operación que, contra toda costumbre, se practicó en varias ocasiones durante aquella jornada del 19 de enero. En todas ellas, el segundo subía a la plataforma y pronunciaba su frase habitual.

El capitán Nemo no apareció durante toda la mañana. El único miembro de la tripulación a quien vi fue al steward, que me sirvió la comida con su exactitud y mutismo de costumbre.

Hacia las dos de la tarde me hallaba en el salón, ocupado en clasificar mis notas, cuando apareció el capitán. A mi saludo respondió con una inclinación casi impercetible, sin dirigirme la palabra. Volví a mi trabajo, esperando que me diera quizá alguna explicación sobre los acontecimientos de la noche anterior, pero no me dijo nada. Le miré. Su rostro denunciaba la fatiga, sus ojos enrojecidos no habían sido refrescados por el sueño. Toda su fisonomía expresaba una profunda tristeza, un sentimiento de pesadumbre real. Iba y venía, se sentaba y se incorporaba, tomaba un libro al azar para dejarlo en seguida, consultaba sus instrumentos sin tomar notas como solía, y parecía no poder estar quieto ni un instante.

Al fin se acercó a mí y me dijo:

–¿Es usted médico, señor Aronnax?

Era tan inesperada su pregunta, que me quedé mirándole sin responder.

–¿Es usted médico? – repitió-. Sé que algunos de sus colegas han hecho estudios de medicina, como Gratiolet, Moquin-Tandon y otros.

–En efecto -dije-. Soy médico y he practicado durante varios años como interno de hospitales, antes de entrar en el Museo.

–Bien, muy bien.

Mi respuesta satisfizo evidentemente al capitán Nemo.

Ignorando cuáles pudieran ser sus intenciones, esperé que me hiciera nuevas preguntas, reservándome para responderle según las circunstancias.

–Señor Aronnax, ¿aceptaría usted asistir a uno de mis hombres?

–¿Tiene usted un enfermo?

–Sí.

–Estoy a su disposición.

–Sígame.

Debo confesar que me sentía excitado. No sé por qué veía yo una cierta conexión entre la enfermedad de uno de los tripulantes y los acontecimientos de la víspera, y este misterio me preocupaba casi tanto como el enfermo.

El capitán Nemo me condujo a la popa del Nautilus y me hizo entrar en un camarote en el que sobre un lecho yacía un hombre de unos cuarenta años de edad, de aspecto enérgico. Era un verdadero prototipo del anglosajón.

Al inclinarme sobre él vi que no era simplemente un enfermo, sino un herido. Su cabeza, envuelta en vendajes sanguinolentos, reposaba sobre una doble almohada. Le retiré el vendaje. El herido me miraba fijamente, sin proferir una sola queja.

La herida era horrible. El cráneo, machacado por un instrumento contundente, dejaba el cerebro al descubierto. La sustancia cerebral había sufrido una profunda atrición y se habían producido unos cuajarones sanguíneos con un color parecido al de las heces del vino. Había a la vez contusión y conmocion cerebrales. La respiración del enfermo era lenta. Su rostro estaba agitado por espasmódicas contracciones musculares. La flegmasía cerebral era completa y provocaba ya la parálisis de la

sensibilidad y del movimiento.

El pulso del herido era intermitente. Comenzaban a enfriarse las extremidades del cuerpo. Comprendí que la muerte se acercaba sin que fuera posible hacer nada por impedirlo. Tras haber vendado al herido, me dirigí al capitán Nemo.

–¿Cómo se ha producido esta herida?

–¿Qué puede importar eso? – respondió evasivamente el capitán-. Un choque del Nautílus ha roto una de las palancas de la maquinaria y herido a este hombre. Pero, dígame, ¿cómo está?

Al ver mi vacilación en responder, el capitán me dijo:

–Puede usted hablar libremente. Este hombre no comprende el francés.

Miré nuevamente al herido y respondí:

–Va a morir de aquí a dos horas.

–¿No hay nada que hacer?

–Nada.

Pude ver cómo se crispaban las manos del capitán Nemo, y cómo brotaban las lágrimas de sus ojos, que yo no hubiera creído hechos para llorar.

Durante algunos momentos seguí observando al agonizante, cuya palidez iba aumentando bajo la luz eléctrica que iluminaba su lecho mortal. Miraba su rostro inteligente, surcado de prematuras arrugas labradas tal vez hacía tiempo por la desgracia, si no por la miseria.

Trataba de sorprender el secreto de su vida en las últimas palabras que pudieran dejar escapar sus labios.

–Puede usted retirarse, señor Aronnax -me dijo el capitán Nemo.

Dejé al capitán en el camarote del agonizante y volví al mío, muy emocionado por aquella escena. Durante todo el día me sentí agitado por siniestros presentimientos. Dormí mal aquella noche, y en los momentos de duermevela creí oír lejanos suspiros, y algo así como una fúnebre salmodia.

¿Sería aquello una plegaria de difuntos en esa lengua que yo no podía comprender?

Al día siguiente, por la mañana, cuando subí al puente hallé allí al capitán Nemo. Nada más verme me dijo:

–Señor profesor, ¿desea hacer hoy una excursión submarina?

–¿Con mis compañeros?

–Si quieren.

–Estamos a sus órdenes, capitán.

–Vayan, pues, a ponerse sus escafandras.

Nada me dijo del moribundo o del muerto. Fui a buscar a Ned Land y a Conseil, a quienes participé la proposición del capitán Nemo. Conseil se apresuró a aceptar y, esta vez, el canadiense se mostró muy dispuesto a seguirnos.

Eran las ocho de la mañana. Media hora después estábamos ya vestidos para ese nuevo paseo, y equipados de los dos aparatos de alumbrado y de respiración. Se abrió la doble puerta, y, acompañados del capitán Nemo, al que seguían doce hombres de la tripulación, pusimos el pie a una profundidad de diez metros sobre el suelo firme en el que reposaba el Nautilus.

Una ligera pendiente nos condujo a un fondo accidentado, a una profundidad de unas quince brazas. Aquel fondo difería mucho del que

había visitado durante mi primera excursión bajo las aguas del océano Pacífico. Ni arena fina, ni praderas submarinas, ni bosques pelágicos.

Reconocí inmediatamente la maravillosa región a que nos conducía aquel día el capitán Nemo. Era el reino del coral.

Entre los zoófltos y en la clase de los alcionarios figura el orden de los gorgónidos, que incluye a las gorgonias, las isis y los coralarios. Es a este último grupo al que pertenece el coral, curiosa sustancia que fue alternativamente clasificada en los reinos mineral, vegetal y animal.

Utilizada como remedio por los antiguos y como joya ornamental por los modernos, su definitiva incorporación al reino animal, hecha por el marsellés Peysonnel, data tan sólo de 1694.

El coral es una colonia de pequeñísimos animales unidos entre sí por un polípero calcáreo y ramificado de naturaleza quebradiza. Estos pólipos tienen un generador único que los produce por brotes. Su vida comunal no les dispensa de tener una existencia propia. Es, pues, una especie de socialismo natural.

Yo conocía los últimos estudios hechos sobre este curioso zoófito que se mineraliza al arborizarse, según la muy atinada observación de los naturalistas, y nada podía tener mayor interés para mí que visitar uno de esos bosques petrificados que la naturaleza ha plantado en el fondo del mar.

Con los aparatos Ruhmkorff en funcionamiento, caminamos a lo largo de un banco de coral en vía de formación, que, con el tiempo, llegará a cerrar un día esta zona del océano índico. El camino estaba bordeado de inextricables espesuras formadas por el entrelazamiento de arbustos coronados por florecillas de blancas corolas en forma de estrella. Pero a diferencia de las plantas terrestres, aquellas arborescencias, fijadas a las rocas del suelo, se dirigían todas de arriba abajo.

La luz producía maravillosos efectos entre aquellos ramajes tan vivamente coloreados. Bajo la ondulación de las aguas parecían temblar aquellos tubos membranosos y cilíndricos, que me ofrecían la tentación de coger sus frescas corolas ornadas de delicados tentáculos, recién abiertas unas, apenas

nacientes otras, que los peces rozaban al pasar como bandadas de pájaros.

Pero bastaba que acercara la mano a aquellas flores vivas, como sensitivas, para que la alarma recorriera la colonia. Las corolas blancas se replegaban en sus estuches rojos, las flores se desvanecían ante mis ojos, y el

«matorral» se transformaba en un bloque pétreo.

El azar me había puesto en presencia de una de las más preciosas muestras de este zoófito. Aquel coral era tan valioso como el que se pesca en el Mediterráneo, a lo largo de las costas de Francia, Italia y del Norte de África. Por sus vivos tonos, justificaba los poéticos nombres de flor y espuma de sangre que da el comercio a sus más hermosos productos.

El coral llega a venderse hasta a quinientos francos el kilogramo, y el que allí tenía ante mis ojos hubiera hecho la fortuna de un gran número de joyeros. La preciosa materia, mezclada a menudo con otros políperos, formaba esos conjuntos inextricables y compactos que se conocen con el nombre de «macciota», y entre los cuales pude ver admirables especímenes de coral rosa.

Pero pronto los «matorrales» se espesaron y crecieron las formaciones arbóreas, abriéndose ante nosotros verdaderos sotos petrificados y largas galerías de una arquitectura fantástica. El capitán Nemo se adentró por una de ellas a lo largo de una suave pendiente que nos condujo a una profundidad de cien metros. La luz de nuestras linternas arrancaba a veces mágicos efectos de las rugosas asperezas de aquellos arcos naturales y de las pechinas que semejaban lucernas a las que hacía refulgir con vivos centelleos. Entre los arbustos de coral vi otros pólipos no menos curiosos, melitas, iris con ramificaciones articuladas, matojos de coralinas, unas verdes y otras rojas, verdaderas algas enquistadas en sus sales calcáreas, a las que los naturalistas han alojado definitivamente, tras largas discusiones, en el reino vegetal. Un pensador ha dicho que «quizá se halle allí el límite real a partir del cual la vida empieza a salir del sueño de la piedra, sin por ello liberarse totalmente y todavía de su rudo punto de partida».

Al cabo de dos horas de marcha habíamos llegado a una profundidad de unos trescientos metros, es decir, al límite extremo de la formación del

coral. Allí no existía ya ni el aislado «matorral» ni el «bosquecillo» de monte bajo. Era el dominio del bosque inmenso, de las grandes vegetaciones minerales, de los enormes árboles petrificados, reunidos por guirnaldas de elegantes plumarias, esas lianas marinas, cuya belleza realzaban sus matices de color y sus destellos fosforescentes. Andábamos fácilmente bajo los altos ramajes perdidos en la oscuridad de las aguas, mientras a nuestros pies, las tubíporas, las meandrinas, las astreas, las fungias, las cariófilas, formaban un tapiz de flores sembrado de gemas resplandecientes.

¡Qué indescriptible espectáculo! ¡Ah! ¡No poder comunicar nuestras sensaciones! ¡Hallarse aprisionado en una jaula de metal y de vidrio!

¡Vernos imposibilitados para comunicarnos entre nosotros! ¡Ah, no poder vivir la vida de esos peces que pueblan el líquido elemento, o mejor aún, la de esos anfibios que, durante largo tiempo, pueden recorrer al albedrío de su antojo el doble dominio de la tierra y del agua!

Mis compañeros y yo suspendimos nuestra marcha al ver que el capitán Nemo se había detenido, con sus hombres formando semicírculo en torno suyo. Fue entonces cuando me di cuenta de que cuatro de ellos llevaban sobre sus hombros un objeto de forma oblonga.

Nos hallábamos en el centro de un vasto calvero, rodeado por las altas concreciones arbóreas del bosque submarino. Nuestras lámparas proyectaban sobre ese espacio una especie de claridad crepuscular que alargaba desmesuradamente nuestras sombras sobre el suelo. En los lindes del calvero la oscuridad era profunda, sólo surcada por algún que otro centelleo arrancado por nuestras lámparas a las vivas aristas de coral.

Ned Land y Conseil se hallaban junto a mí. Yo intuía que íbamos a asistir a una extraña escena. Observando el suelo, vi que en algunos puntos se elevaba ligeramente en unas protuberancias de depósitos calcáreos cuya regularidad traicionaba la mano del hombre.

En medio del calvero, sobre un pedestal de rocas groseramente amontonadas, se erguía una cruz de coral cuyos largos brazos se hubiera

dicho estaban hechos de sangre petrificada.

A una señal del capitán Nemo, se adelantó uno de sus hombres y, a algunos pasos de la cruz, comenzó a excavar un agujero con un pico que había desatado de su cinturón.

Sólo entonces comprendí que aquel calvero era un cementerio, el agujero, una tumba, y el objeto oblongo, el cuerpo del hombre que había muerto durante la noche. ¡El capitán Nemo y los suyos habían venido a enterrar a su compañero en esa última residencia común, en el fondo inaccesible del océano!

¡No! ¡Nunca mi espíritu se había sentido tan sobrecogido como en aquel momento! ¡Jamás me había sentido embargado por una emoción tan impresionante como aquélla! ¡No quería ver lo que estaban viendo mis ojos!

Pero la tumba iba tomando forma lentamente. Sobresaltados, huían los peces de aquí y de allá. Se oía resonar el hierro del pico sobre el suelo calcáreo y de vez en cuando sobre algún sílex perdido en el fondo de las aguas. El agujero se iba alargando y ensanchando y pronto se convirtió en una fosa suficientemente profunda para albergar el cuerpo.

Los portadores se acercaron a ella. El cuerpo, envuelto en un tejido de biso blanco, descendió a su húmeda tumba. El capitán Nemo, los brazos cruzados sobre el pecho, y todos los demás, se arrodillaron en la actitud de la plegaria… Mis dos compañeros y yo nos inclinamos religiosamente.

Se recubrió la tumba con los restos arrancados al suelo, formando una ligera protuberancia.

El capitán Nemo y sus hombres se reincorporaron y, acercándose a la tumba, extendieron sus manos en un gesto de suprema despedida.

La fúnebre comitiva emprendió entonces el camino de regreso al Nautilus, bajo los arcos del bosque, a través de los matorrales y a lo largo de las