20000 leguas de viaje submarino

Julio Verne · Capítulo 4 de 6 · parte 1/4

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20000 leguas de viaje submarino

Fin de la Primera Parte

Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.

plantas de coral, en un ascenso continuo.

Aparecieron al fin las luces del Nautilus que guiaron nuestros últimos pasos. A la una, ya estábamos a bordo.

Nada más despojarme de mi escafandra, subí a la plataforma donde, Presa de una terrible confusión de ideas. fui a sentarme cerca del fanal. Pronto se unió a mí el capitán Nemo. Me levanté y le dije:

–Así, pues, tal y como había pronosticado, ese hombre murió anoche.

–Sí, señor Aronnax.

–Y ahora está reposando junto a sus compañeros en ese cementerio de coral.

–Sí, olvidado de todos, pero no de nosotros. Nosotros cavamos las tumbas y los pólipos se encargan de sellar en ellas a nuestros muertos para toda la eternidad.

Ocultando con un gesto brusco su rostro en sus manos crispadas, el capitán trató vanamente de contener un sollozo. Luego, dijo:

–Ése es nuestro apacible cementerio, a algunos centenares de pies bajo la superficie del mar.

–Sus muertos duermen en él tranquilos, capitán, fuera del alcance de los tiburones.

–Sí, señor -respondió gravemente el capitán Nemo-, fuera del alcance de los tiburones y de los hombres.

FIN DE LA PRIMERA PARTE

Segunda parte

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1. El océano índico

Aquí comienza la segunda parte de este viaje bajo los mares. Terminó la primera con la conmovedora escena del cementerio de coral que tan profunda impresión ha dejado en mi ánimo.

Así, pues, el capitán Nemo no solamente vivía su vida en el seno de los mares, sino que también había elegido en ellos domicilio para su muerte, en ese cementerio que había preparado en el más impenetrable de sus abismos.

Ningún monstruo del océano podría perturbar el último sueño de los habitantes del Nautilus, de aquellos hombres que se habían encadenado entre sí para la vida y para la muerte. «Ningún hombre, tampoco», había añadido el capitán, con unas palabras y un tono que confirmaban su feroz e implacable desconfianza hacia la sociedad humana.

Había algo que me inducía a descartar la hipótesis sustentada por Conseil, quien persistía en considerar al comandante del Nautilus como uno de esos sabios desconocidos que responden con el desprecio a la indiferencia de la humanidad. Para Conseil, el capitán Nemo era un genio incomprendido que, cansado de las decepciones terrestres, había debido refugiarse en ese medio inaccesible en el que ejercía libremente sus instintos. Pero, en mi opinión, tal hipótesis no explicaba más que una de las facetas del capitán Nemo.

El misterio de la noche en que se nos había recluido y narcotizado, el violento gesto del capitán al arrancarme el catalejo con el que me disponía a escrutar el horizonte, y la herida mortal de aquel hombre causada por un choque inexplicable del Nautilus, eran datos que me llevaban a plantearme el problema en otros términos. ¡No! ¡El capitán Nemo no se limitaba a rehuir a los hombres! ¡Su formidable aparatono era solamente un vehículo para sus instintos de libertad, sino también, tal vez, un instrumento puesto al servicio de no sé qué terribles represalias!

Nada, sin embargo, es evidente para mí en este momento, en el que sólo me es dado entrever algún atisbo de luz en las tinieblas, por lo que debo

limitarme a escribir, por así decirlo, al dictado de los acontecimientos.

Nada nos liga al capitán Nemo, por otra parte. Él sabe que escaparse del Nautilus es imposible. Ningún compromiso de honor nos encadena a él, no habiendo empeñado nuestra palabra. No somos más que cautivos, sus prisioneros, aunque por cortesía él nos designe con el nombre de huéspedes.

Ned Land no ha renunciado a la esperanza de recobrar su libertad. Es seguro que ha de aprovechar la primera ocasión que pueda depararle el azar.

Sin duda, yo haré como él. Y, sin embargo, sé que no podría llevarme sin un cierto pesar lo que la generosidad del capitán nos ha permitido conocer de los misterios del Nautilus. Pues, en último término, ¿hay que odiar o admirar a este hombre? ¿Es una víctima o un verdugo? Y, además, para ser franco, antes de abandonarle para siempre yo querría haber realizado esta vuelta al mundo bajo los mares, cuyos inicios han sido tan magníficos. Yo querría haber visto lo que ningún hombre ha visto todavía, aun cuando debiera pagar con mi vida esta insaciable necesidad de aprender. ¿Qué he descubierto hasta ahora? Nada, o casi nada, pues aún no hemos recorrido más que seis mil leguas a través del Pacífico.

Sin embargo, sé que el Nautilus se aproxima a costas habitadas, y sé también que si se nos ofreciera alguna oportunidad de salvación sería cruel sacrificar a mis compañeros a mi pasión por lo desconocido. No tendré más remedio que seguirles, tal vez guiarles. Pero ¿se presentará alguna vez tal ocasión? El hombre, privado por la fuerza de su libre albedrío, la desea, pero el científico, el curioso, la teme.

A mediodía de aquella jornada, la del 21 de enero de 1868, el segundo de a bordo subió a la plataforma a tomar la altura del sol. Yo encendí un cigarro y me entretuve en observar sus operaciones. Me pareció evidente que aquel hombre no comprendía el francés, pues permaneció mudo e impasible tantas veces cuantas yo expresé en voz alta mis comentarios, que, de haberlos comprendido, no habrían dejado de provocar en él algún signo involuntario de atención.

Mientras él efectuaba sus observaciones por medio del sextante, uno de los

marineros del Nautilus -el mismo que nos había acompañado en nuestra excursión submarina a la isla de Crespo- vino a limpiar los cristales del fanal. Eso me hizo observar con atención la instalación del aparato cuya potencia se centuplicaba gracias a los anillos lenticulares, dispuestos como los de los faros, que mantenían su luz en la orientación adecuada. La lámpara eléctrica estaba concebida para su máximo rendimiento posible. En efecto, su luz se producía en el vacío, lo que aseguraba su regularidad a la vez que su intensidad. El vacío economizaba también el deterioro de los filamentos de grafito sobre los que va montado el arco luminoso. Y esa economía era importante para el capitán Nemo, que no hubiera podido renovar con facilidad sus filamentos. El deterioro de éstos en esas condiciones era mínimo.

Al disponerse el Nautilus a practicar su inmersión, descendí al salón. Se cerraron las escotillas y se puso rumbo directo al Oeste.

Estábamos surcando las aguas del océano Indico, vasta llanura líquida de una extensión de quinientos cincuenta millones de hectáreas, cuya transparencia es tan grande que da vértigo a quien se asoma a su superficie.

Durante varios días, el Nautilus navegó entre cien y doscientos metros de profundidad.

A cualquier otro se le hubieran hecho largas y monótonas las horas. Pero a mí, poseído de un inmenso amor al mar, los paseos cotidianos por la plataforma al aire vivificante del océano, el espectáculo fascinante de las aguas a través de los cristales del salón, la lectura de los libros de la biblioteca y la redacción de mis memorias, ocupaban todo mi tiempo sin dejarme ni un momento de cansancio o de aburrimiento.

La salud de todos se mantenía en un estado muy satisfactorio. La dieta de a bordo era perfectamente adecuada a nuestras necesidades, y yo me habría pasado muy bien sin las variantes que en ella introducía Ned Land por espíritu de protesta. Además, en aquella temperatura constante no había que temer el más mínimo catarro. Por otra parte, la dendrofilia, ese madrepórico que se conoce en Provenza con el nombre de «hinojo marino», de la que

había una buena reserva a bordo, habría suministrado, con la carne de sus pólipos, una pasta excelente para la tos.

Durante algunos días vimos una gran cantidad de aves acuáticas, palmípedas y gaviotas. Algunas de ellas pasaron a la cocina para ofrecernos una aceptable variación a los menús marinos que constituían nuestro régimen. Entre los grandes veleros, que se alejan de tierra a distancias considerables y descansan sobre el agua de la fatiga del vuelo, vi magníficos albatros, aves pertenecientes a la familia de las longipennes y que se caracterizan por sus gritos discordantes como el rebuzno de un asno.

La familia de las pelecaniformes estaba representada por rápidas fragatas que pescaban con gran ligereza los peces de la superficie y por numerosos faetones, entre ellos el de manchitas rojas, del tamaño de una paloma, cuyo blanco plumaje está matizado de colores rosáceos que contrastan vivamente con el color negro de las alas.

Las redes del Nautilus nos ofrecieron algunos careys, tortugas marinas cuya concha es muy estimada. Estos reptiles se sumergen muy fácilmente y pueden mantenerse largo tiempo bajo el agua cerrando la válvula carnosa que tienen en el orificio externo de su canal nasal. A algunos de ellos se les cogió cuando dormían bajo su caparazón, al abrigo de los animales marinos.

La carne de aquellas tortugas era bastante mediocre, pero sus huevos eran un excelente manjar.

Los peces continuaban sumiéndonos en la mayor admiración, cuando a través de los cristales del Nautilus sorprendíamos los secretos de su vida acuática. Vi algunas especies que no me había sido dado poder observar hasta entonces. Entre ellas citaré los ostracios, habitantes del mar Rojo, de las aguas del Indico y de las que bañan las costas de la América equinoccial. Estos peces, al igual que las tortugas, los armadiros, los erizos de mar y los crustáceos, se protegen bajo una coraza que no es pétrea ni cretácea, sino verdaderamente ósea. Algunos de estos ostracios o peces-cofre tienen una forma triangular y otros cuadrangular. Entre los triangulares, había algunos de medio decímetro de longitud, de una carne excelente, marrones en la cola y amarillos en las aletas, cuya aclimatación a las aguas dulces yo recomendaría. Hay un cierto número de peces marinos

que pueden acostumbrarse fácilmente al agua dulce. Citaré también ostracios cuadrangulares, de cuyo dorso sobresalían cuatro grandes tubérculos, y otros con manchitas blancas en la parte inferior, que son tan domesticables como los pájaros; trigones, provistos de aguijones formados por la prolongación de sus placas óseas, a los que su singular gruñido les ha ganado el nombre de «cerdos marinos», y los llamados dromedarios por sus gruesas gibas en forma de cono, cuya carne es dura y coriácea.

En las notas diariamente redactadas por «el profesor» Conseil veo también constancia de algunos peces del género de los tetrodones, propios de estos mares, espenglerianos con el dorso rojo y el vientre blanco, que se distinguen por tres hileras longitudinales de filamentos, y eléctricos ornados de vivos colores, de unas siete pulgadas de longitud. También, como muestras de otros géneros, ovoides, así Hamados por su semejanza con un huevo, de color marrón oscuro surcado de franjas blancas y desprovistos de cola; diodones, verdaderos puercoespines del mar, que pueden hincharse como una pelota de erizadas púas; hipocampos, comunes a todos los océanos; pegasos volantes de hocico alargado, cuyas aletas pectorales, muy extendidas y dispuestas en forma de alas, les permiten si no volar, sí, al menos, saltar por el aire; pegasos espatulados, con la cola cubierta por numerosos anillos escamosos; macrognatos, así llamados por sus grandes mandíbulas, de unos veinticinco centímetros de longitud, de hermosos y muy brillantes colores, y cuya carne es muy apreciada; caliónimos hvidos, de cabeza rugosa; miríadas de blenios saltadores, rayados de negro, que con sus largas aletas pectorales se deslizan por la superficie del agua con una prodigiosa rapidez; deliciosos peces veleros que levantan sus aletas como velas desplegadas a las corrientes favorables; espléndidos kurtos engalanados por la naturaleza con el amarillo, azul celeste, plata y oro; tricópteros, cuyas alas están formadas por radios filamentosos; los cotos, siempre manchados de cieno, que producen un cierto zumbido; las triglas, cuyo hígado es considerado venenoso; los serranos, con una especie de anteojeras sobre los ojos, y, por último, esos quetodontes de hocico alargado y tubular llamados arqueros, verdaderos papamoscas marinos que, armados de un fusil no inventado por los Chassepot o por los Remington, matan a los insectos disparándoles una simple gota de agua.

En el octogesimonono género de la clasificación ictiológica de Lacepède, dentro de la segunda subclase de los óseos, caracterizados por un opérculo y una membrana branquial, figura la escorpena, en la que pude observar su cabeza armada de fuertes púas y su única aleta dorsal. Los escorpénidos están revestidos o privados de pequeñas escamas, según el subgénero al que pertenezcan. Al segundo subgénero correspondían los ejemplares de didáctilos que pudimos ver, rayados de amarillo, de tres a cuatro decímetros tan sólo de longitud, pero con una cabeza de aspecto realmente fantástico.

En cuanto al primer subgénero, pudimos ver varios ejemplares de ese extrañísimo pez justamente llamado «sapo de mar», con una cabeza enorme y deformada tanto por profundas depresiones como por grandes protuberancias; erizado de púas y sembrado de tubérculos, tiene unos cuernos irregulares, de aspecto horroroso; su cuerpo y su cola están llenos de callosidades; sus púas causan heridas muy peligrosas. Es un pez realmente horrible, repugnante.

Del 21 al 23 de enero, el Nautilus navegó a razón de doscientas cincuenta leguas diarias, o sea, quinientas cuarenta millas, a una velocidad media de veintidós millas por hora. Nuestra observación, al paso, de las diferentes variedades de peces era posible porque, atraídos éstos por la luz eléctrica, trataban de acompañarnos. La mayor parte quedaban rápidamente distanciados por la velocidad del Nautilus, pero los había, sin embargo, que conseguían mantenerse algún tiempo en su compañía.

En la mañana del 24, nos hallábamos a 120 5' de latitud Sur y 940 33'de longitud, en las proximidades de la isla Keeling, de edificación madrepórica, plantada de magníficos cocoteros, que fue visitada por Darwin y el capitán Fitz-Roy. El Nautilus navegó a escasa distancia de esa isla desierta. Sus dragas hicieron una buena captura de pólipos, equinodermos y conchas de moluscos. Los tesoros del capitán Nemo se incrementaron con algunos preciosos ejemplares de la especie de las delfinulas, a las que añadí una astrea puntífera, especie de polípero parásito que se fija a menudo en una concha.

Pronto desapareció del horizonte la isla Keeling y se puso rumbo al

Noroeste, hacia la punta de la península india.

–Tierras civilizadas -me dijo aquel día Ned Land-, mejores que las de esas islas de la Papuasia en las que se encuentra uno más salvajes que venados.

En esas tierras de la India, señor profesor, hay carreteras, ferrocarriles, ciudades inglesas, francesas y asiáticas. No se pueden recorrer cinco millas sin encontrar un compatriota. ¿No cree usted que ha llegado el momento de despedirnos del capitán Nemo?

–No, Ned. No -le respondí tajantemente-. El Nautilus se está acercando a los continentes habitados. Vuelve a Europa, deje usted que nos lleve allí.

Una vez llegados a nuestros mares, veremos lo que podamos hacer. Por otra parte, no creo yo que el capitán Nemo nos permitiera ir de caza por las costas de Malabar o de Coromandel, como en las selvas de Nueva Guinea.

–¿Es que necesitamos acaso de su permiso?

No respondí al canadiense. No quería discutir. En el fondo, lo que yo deseaba de todo corazón era recorrer hasta el fin los caminos del azar, del destino que me había llevado a bordo del Nautilus.

A partir de la isla Keeling, nuestra marcha se tornó más lenta y más caprichosa, con frecuentes incursiones por las grandes profundidades. En efecto, se hizo uso en varias ocasiones de los planos inclinados por medio de palancas interiores que los disponían oblicuamente a la línea de flotación. Descendimos así hasta dos y tres kilómetros, pero sin llegar a tocar fondo en esos mares en los que se han hecho sondeos de hasta trece mil metros sin poder alcanzarlo. En cuanto a la temperatura de las capas bajas, el termómetro indicó invariablemente cuatro grados sobre cero en todos los descensos. Pude observar que, en las capas superiores, el agua estaba siempre más fría sobre los altos fondos que en alta mar.

El 25 de enero, el océano estaba absolutamente desierto. El Nautilus pasó toda la jornada en la superficie batiendo con su potente hélice las olas que hacía saltar a gran altura. ¿Quién al verlo así no lo hubiera tomado por un gigantesco cetáceo?

Pasé las tres cuartas partes de aquella jornada sobre la plataforma, contemplando el mar. Nada en el horizonte, con la unica excepción de un vapor al que avisté hacia las cuatro de la tarde navegando hacia el Oeste. Su arboladura fue visible un instante, pero su tripulación no podía ver al Nautilus, demasiado a ras de agua. Yo supuse que el vapor debía pertenecer a la línea Peninsular y Oriental que cubre el servicio de Ceilán a Sidney, con escalas en la punta del Rey George y en Melbourne.

Hacia las cinco de la tarde, antes de ese rapidísimo crepúsculo que apenas separa el día de la noche en esas zonas tropicales, Conseil y yo tuvimos ocasión de presenciar, maravillados, un curioso espectáculo.

Hay un gracioso animal cuyo encuentro presagiaba para los antiguos venturosas perspectivas. Aristóteles, Ateneo, Plinio y Opiano estudiaron su comportamiento y volcaron en sus descripciones todo el lirismo de que eran capaces los sabios de Grecia y de Italia. Lo llamaron Nautilus y Pompilius, denominación no ratificada por la ciencia moderna que ha aplicado a este molusco la de argonauta.

Quien hubiera consultado a Conseil habría sabido que los moluscos se dividen en cinco clases, la primera de las cuales, la de los cefalópodos, en sus dos variedades de desnudos y de testáceos, comprende a su vez dos familias: la de los dibranquios y la de los tetrabranquios, en función de su número de branquias. Hubiera sabido asimismo que la familia de los dibranquios contiene tres géneros: el argonauta, el calamar y la jibia, en tanto que la de los tetrabranquios tiene uno sólo: el nautilo. Si después de esta explicación de nomenclatura, un entendimiento rebelde confundiera al argonauta, que es acetabulífero, es decir, portador de ventosas con el nautdo, que es tentaculífero, es decir, portador de ten táculos, no tendría perdón.

Eran argonautas, y en una cantidad de varios centenares, los que acompañaban al Nautilus. Pertenecían a la especie de los argonautas tuberculados, propia de los mares de la India.

Los graciosos moluscos se movían a reculones por medio de su tubo locomotor a través del cual expulsaban el agua que habían aspirado. De sus ocho brazos, seis, finos y alargados, flotaban en el agua, mientras los dos restantes, redondeados, se tendían al viento como una vela ligera. Veía yo perfectamente su concha espiraliforme y ondulada que Cuvier ha comparado a una elegante chalupa. Y es, en efecto, un verdadero barquito que transporta al animal que lo ha secretado, sin adherencia entre ambos.

–El argonauta es libre de abandonar su concha -le dije a Conseil-, pero nunca lo hace.

–Lo mismo que el capitán Nemo -respondió atinada mente Conseil-. Por eso hubiera hecho mejor en llamar a su navío El Argonauta.

Durante casi una hora navegó el Nautilus en medio de aquellos moluscos, hasta que, súbitamente, espantados, al parecer, por algo que ignoro, y como respondiendo a una señal, arriaron las velas, replegaron los brazos, contrajeron los cuerpos y cambiaron el centro de gravedad al invertir la posición de las conchas. En un instante, toda la flotilla desapareció bajo las olas con una simultaneidad y acompasamiento nunca igualados por los navíos de una escuadra.

La desaparición de los argonautas coincidió con la súbita caída de la noche.

Las olas, apenas levantadas por la brisa, golpeaban los flancos del Nautilus.

Al día siguiente, 26 de enero, cortábamos el ecuador por el meridiano noventa y regresábamos al hemisferio boreal.

Durante aquel día tuvimos por cortejo una formidable tropa de escualos, terribles animales que pululan en estos mares haciéndolos muy peligrosos.

Eran escualos filipos de lomo oscuro y vientre blancuzco, armados de once hileras de dientes; escualos ojeteados con el cuello marcado por una gran mancha negra rodeada de blanco que parece un ojo; isabelos de hocico redondeado y manchado de puntos oscuros. De vez en cuando, los potentes tiburones se precipitaban contra el cristal de nuestro observatorio con una violencia inquietante, que ponía fuera de sí a Ned Land. Quería subir a la

superficie y arponear a los monstruos, sobre todo a algunos emisoles con la boca empedrada de dientes dispuestos como un mosaico, y a los tigres, de cinco metros de longitud, que le provocaban con una particular insistencia.

Pero el Nautilus aumentó su velocidad y no tardó en dejar rezagados a los más rápidos de aquellos tiburones.

El 27 de enero, a la entrada del vasto golfo de Bengala, pudimos ver en varias ocasiones el siniestro espectáculo de cadáveres flotantes. Eran los muertos de las ciudades de la India llevados a alta mar por la corriente del Ganges, ya devorados a medias por los buitres, los únicos sepultureros del país. Pero no faltaban allí escualos para ayudarles en su fúnebre tarea.

Hacia las siete de la tarde, el Nautilus, navegando a flor de agua, se halló en medio de un mar blanquecino que se diría de leche.

El extraño efecto no se debía a los rayos lunares, pues la luna apenas se había levantado aún en el horizonte. Todo el cielo, aunque iluminado por la radiación sideral, parecía negro por contraste con la blancura de las aguas.

Conseil no podía dar crédito a sus ojos y me interrogó sobre las causas del singular fenómeno.

–Es lo que se llama un mar de leche -le respondí-, una vasta extensión de olas blancas que puede verse frecuentemente en las costas de Amboine y en estos parajes.

–Pero ¿puede decirme el señor cuál es la causa de este singular efecto?

Porque no creo yo que el agua se haya transformado en leche.

–Claro que no. Esta blancura que tanto te sorprende es debida a la presencia de miríadas de infusorios, una especie de gusanillos luminosos, incoloros y gelatinosos, del grosor de un cabello y con una longitud que no pasa de la quinta parte de un milímetro. Estos infusorios se adhieren entre sí formando una masa que se extiende sobre varias leguas.

–¿Leguas? ¿Es posible?

–Sí, muchacho, y te recomiendo que no trates de calcular el número de infusorios. Nunca lo conseguirías, pues, si no me equivoco, algunos navegantes han flotado sobre estos mares de leche durante más de cuarenta millas.

No sé si Conseil tuvo o no en cuenta mi recomendación, pero la profunda concentración en que se quedó sumido parecía indicar que se hallaba calculando cuántos quintos de milímetro pueden contener cuarenta millas cuadradas, mientras yo continuaba observando el fenómeno.

Durante varias horas, el Nautilus cortó con su espolón aquella agua blancuzca, deslizándose sin ruido por el agua jabonosa, como si estuviera flotando en los remolinos de espuma que forman las corrientes y contracorrientes de las bahías.

Hacia media noche, el mar recuperó súbitamente su aspecto ordinario, pero detrás de nosotros, y hasta los límites del horizonte, el cielo, reflejando la blancura del agua, pareció durante largo tiempo acoger los vagos fulgores de una aurora boreal.

2. Una nueva proposición del capitán Nemo

El 28 de febrero, al emerger el Nautilus a la superficie, a mediodía, nos hallábamos, a 90 4'de latitud Norte, ala vista de tierra, a unas ocho millas al Oeste. Vi una aglomeración de montañas, de unos dos mil pies de altura, modeladas en formas muy caprichosas. Una vez fijada la posición, volví al salón donde al consultar el mapa reconocí que nos hallábamos en presencia de la isla de Ceilán, esa perla que pende del lóbulo inferior de la península indostánica.

Fui a la biblioteca a buscar algún libro sobre la isla, una de las más fértiles del mundo, y hallé un volumen de Sirr H. C., Esq., titulado Ceylan and the

Cingalese. En el salón, tomé nota de la situación y extensión de Ceilán, a la que la Antigüedad dio nombres tan diversos. Está entre 50 55'y 90 49' de latitud Norte y entre 790 42' y 820 y 4', de longitud al Este del meridiano de Greenwich. Tiene doscientas setenta y cinco millas de longitud y ciento cincuenta de anchura máxima; su circunferencia, novecientas millas, y su superficie, veinticuatro mil cuatrocientas cuarenta y ocho millas, es decir, un poco inferior a la de Irlanda.

El capitán Nemo y su segundo entraron en el salón. El capitán echó una ojeada al mapa y luego se volvió hacia mí.

–La isla de Ceilán -dijo-, una tierra célebre por sus pesquerías de perlas.

¿Le gustaría visitar una de esas pesquerías, señor Aronnax?

–Naturalmente que sí, capitán.

–Bien, pues nada más fácil. Veremos las pesquerías, pero no a los pescadores. Todavía no ha empezado la explotación del año. Voy a ordenar, pues, que nos adentremos en el golfo de Manaar, al que llegaremos esta noche.

El capitán dijo algo a su segundo, que salió en seguida. Pronto el Nautilus se sumergió nuevamente, a una profundidad de treinta pies, según indicó el manómetro.

Busqué el golfo de Manaar en el mapa y lo hallé en el noveno paralelo, en la costa occidental de Ceilán. Está formado por la alargada línea de la pequeña isla de Manaar. Para llegar a él había que costear toda la parte occidental de la isla.

–Señor profesor -dijo el capitán Nemo-, la pesca de perlas se efectúa en el golfo de Bengala, en el mar de las Indias, en los mares de China y del Japón, en aguas de América del Sur, en el golfo de Panamá y en el de California, pero es en Ceilán donde se hace con más provecho. Llegamos un poco pronto, cierto. Los pescadores no se concentran en el golfo de

Manaar hasta el mes de marzo. En ese tiempo y durante treinta días sus trescientos barcos se entregan a esta lucrativa explotación de los tesoros del mar. Cada barco tiene una dotación de diez remeros y diez pescadores.

Éstos, divididos en dos grupos, bucean alternativamente descendiendo hasta una profundidad de doce metros por medio de una pesada piedra entre sus pies, que una cuerda liga al barco.

–¿Continúan usando ese medio tan primitivo?

–Así es -respondió el capitán Nemo-, pese a que estas pesquerías pertenezcan al pueblo más industrioso del mundo, a los ingleses, a quienes fueron cedidas por el tratado de Amiens en 1802.

–Creo que la escafandra, tal como usted la usa, sería de gran utilidad en estas faenas.

–Sí, ya que estos pobres pescadores no pueden resistir mucho tiempo bajo el agua. El inglés Perceval, en la descripción de su viaje a Ceilán, habla de un cafre que resistía cinco minutos bajo el agua, pero esto no es digno de crédito. Sé que algunos llegan a resistir hasta cincuenta y siete segundos, e incluso los hay que permanecen ochenta y siete segundos. Pero son muy pocos los que pueden aguantar tanto, y cuando salen echan sangre por la nariz y los oídos. Yo creo que la media de tiempo que los pescadores pueden soportar es de treinta segundos. Durante ese tiempo, se apresuran a meter en una pequeña red todas las ostras perlíferas que pueden arrancar.

Pero generalmente estos pescadores no llegan a viejos. Su vista se debilita y sus ojos se ulceran, sus cuerpos se cubren de llagas. Y con frecuencia sufren ataques de apoplejía bajo el agua.

–Sí, es un triste oficio, y tanto más cuanto que sólo sirve a satisfacer los caprichos de algunos. Pero, dígame, capitán, ¿qué cantidad de ostras puede pescar un barco al día?

–De cuarenta a cincuenta mil. Se dice que, en 1814, el gobierno inglés acometió por su cuenta la explotación y, en veinte días de trabajo, sus buceadores cogieron setenta y seis millones de ostras.

–¿Están bien retribuidos, al menos, estos pescadores?

–Apenas, señor profesor. En Panamá, sólo ganan un dólar a la semana. Se les paga un sol por cada ostra que contenga una perla. Imagínese el número de ostras que recogen sin perlas.

–Es odioso que se pueda pagar así a esas pobres gentes que enriquecen a sus patronos.

–Bien, señor profesor, visitarán usted y sus compañeros el banco de Manaar, y si por casualidad encontramos allí algún pescador madrugador le veremos operar.

–De acuerdo, capitán.

–A propósito, señor Aronnax, espero que no tenga usted miedo a los tiburones.

–¿Tiburones?

La pregunta me pareció a mí mismo ociosa.

–¿Y bien?

–Debo confesarle, capitán, que todavía no estoy muy familiarizado con esta clase de peces.

–Nosotros sí lo estamos, como lo estará usted con el tiempo. Además, iremos armados y quizá podamos cazar alguno por el camino. Es una caza interesante. Así, pues, hasta mañana. Habrá que madrugar mucho, señor profesor.

Dicho eso, con la mayor naturalidad, el capitán Nemo salió del salón.

Cualquiera a quien se le invitara a una cacería de osos en las montañas de

Suiza, diría naturalmente: «Muy bien, mañana vamos a cazar osos». Si la invitación fuera a cazar leones en las llanuras del Atlas o tigres en las junglas de la India, diría no menos naturalmente: «¡Ah! Parece que vamos a cazar leones o tigres». Pero cualquiera a quien se le invitara a cazar tiburones en su elemento natural solicitaría un tiempo de reflexión antes de aceptar la invitación.

Hube de pasarme la mano por la frente para secarme unas gotas de sudor frío.

«Reflexionemos -me dije- y tomémoslo con calma. Pase aún lo de ir a cazar nutrias en los bosques submarinos, como hicimos en la isla Crespo. Pero eso de ir al fondo del mar con la seguridad de encontrar tiburones es harina de otro costal. Ya sé que en determinados lugares, como en las islas Andamenas, los negros no vacilan en atacar al tiburón, con un puñal en una mano y un lazo en la otra, pero también sé que muchos de los que afrontan a esos formidables animales no vuelven nunca. Además, yo no soy un negro, y aunque lo fuera, creo que la duda no está desplazada.»

Y heme aquí con la mente llena de tiburones, pensando en esas terribles mandíbulas armadas de múltiples hileras de dientes capaces de cortar a un hombre en dos. Creo que llegué a sentir el dolor en los riñones. Y, además, me era difícil digerir la naturalidad con que el capitán me había hecho esa deplorable invitación. Cualquiera hubiese dicho que se trataba simplemente de cazar un inofensivo zorro en el bosque.

«Bueno -pensé-, de todos modos, Conseil no querrá venir, lo que me dispensará de acompañar al capitán.»

No estaba yo tan seguro de la cordura de Ned Land. Cualquier peligro, por grande que fuese, ejercía una invencible atracción sobre su naturaleza combativa.

Intenté continuar la lectura del libro de Sirr, pero sin poder hacer otra cosa que hojearlo maquinalmente. Veía entre las líneas las formidables mandilbulas abiertas de los escualos.

En aquel momento, entraron Conseil y el canadiense. Venían tranquilos e incluso alegres. No sabían lo que les esperaba.

–Oiga -me dijo Ned Land-, su capitán Nemo (que el diablo se lleve) acaba de hacernos una amable invitación.

–¡Ah!, entonces ya sabéis lo que…

–El comandante del Nautilus -dijo Conseil- nos ha invitado a visitar mañana, en compañía del señor, las magníficas pesquerías de Ceilán. Y lo ha hecho en los términos más amables, como un verdadero gentleman.

–¿No os ha dicho nada más?

–Nada, sino que ya le había hablado al señor de este pequeño paseo.

–En efecto, pero no os ha dado ningún detalle sobre…

–Ninguno, señor naturalista. Nos acompañará usted, ¿no?

–Yo… sin duda, Ned. Pero veo que le apetece a usted.

–Sí, será curioso, muy curioso.

–Peligroso tal vez -añadí con un tono insinuante.

–¿Peligrosa una simple excursión por un banco de ostras?

Decididamente, el capitán Nemo había juzgado inútil hablarles de los tiburones. Yo les miraba, turbado, como si ya les faltara algún miembro.

¿Debía advertirles? Sí, sin duda, pero no sabía cómo hacerlo.

–¿Querría el señor darnos algunos detalles sobre la pesca de perlas?

–¿Sobre la pesca en sí misma, o sobre los incidentes que pueden…?

–Sobre la pesca -respondió el canadiense-. Bueno es conocer el terreno antes de adentrarse en él.

–Pues bien, sentaos, amigos míos, y os enseñaré todo lo que el inglés Sirr acaba de enseñarme sobre esto.

Ned y Conseil se sentaron en el diván. Antes de que comenzara a explicarles, preguntó el canadiense:

–¿Qué es exactamente una perla?

–Amigo Ned, para el poeta, la perla es una lágrima del mar; para los orientales, es una gota de rocío solidificada; para las damas, es una joya de forma oblonga, de brillo hialino, de una materia nacarada, que ellas llevan en los dedos, en el cuello o en las orejas; para el químico, es una mezcla de fosfato y de carbonato cálcico con un poco de gelatina, y, por último, para el naturalista, es una simple secreción enfermiza del órgano que produce el nácar en algunos bivalvos.

–Rama de los moluscos -dijo Conseil-, clase de los aréfalos, orden de los testáceos.

–Precisamente, sabio Conseil. Ahora bien, entre estos testáceos, la oreja de mar iris, los turbos, las tridacnas, las pinnas, en una palabra, todos los que secretan nácar, es decir, esta sustancia azul, azulada, violeta o blanca que tapiza el interior de sus valvas, son susceptibles de producir perlas.

–¿Las almejas también? – preguntó el canadiense.

–Sí, las almejas de algunos ríos de Escocia, del País de Gales, de Irlanda, de Sajonia, de Bohemia y de Francia.

–Habrá que estar atentos de ahora en adelante -respondió el canadiense.

–Pero el molusco por excelencia que destila la perla es la madreperla, la

Meleagrina margaritifera, la preciosa pintadina. La perla no es más que una concreción nacarada de forma globulosa, que se adhiere a la concha de la ostra o se incrusta en los pliegues del animal. Cuando se aloja en las valvas, la perla es adherente; cuando lo hace en la carne, está suelta. Siempre tiene por núcleo un pequeño cuerpo duro, ya sea un óvulo estéril, ya un grano de arena, en torno al cual va depositándose la materia nacarada a lo largo de varios años, sucesivamente y en capas finas y concéntricas.

–¿Puede haber varias perlas en una misma ostra?

–Sí, hay algunas madreperlas que son un verdadero joyero. Se ha hablado de un ejemplar que contenía, annque yo me permito dudarlo, nada menos que ciento cincuenta tiburones.

–¿Ciento cincuenta tiburones? – exclamó Ned Land.

–¿Dije tiburones? Quería decir perlas. Tiburones… no tendría sentido.

–En efecto -dijo Conseil-, pero tal vez el señor quiera decirnos ahora cómo se extraen esas perlas.

–Se procede de varios modos. Cuando las perlas están adheridas a las valvas se arrancan incluso con pinzas. Pero lo corriente es que se depositen las madreperlas en unas esterillas sobre el suelo. Mueren así al aire libre, y al cabo de diez días se hallan en un estado satisfactorio de putrefacción. Se meten entonces en grandes depósitos Henos de agua de mar, y luego se abren y se lavan. Se procede después a un doble trabajo. Primero, se separan las placas de nácar conocidas en el comercio con los nombres de franca plateada, bastarda blanca y bastarda negra, que se entregan en cajas de ciento veinticinco a ciento cincuenta kilos. Luego quitan el parénquima de la ostra, lo ponen a hervir y lo tamizan para extraer hasta las más pequeñas perlas.

–¿Depende el precio del tamaño? – preguntó Conseil.

–No sólo de su tamaño, sino también de su forma, de su agua, es decir, de

su color, y de su oriente, es decir, de ese brillo suave de visos cambiantes que las hace tan agradables a la vista. Las más bellas perlas son llamadas perlas vírgenes o parangones. Son las que se forman aisladamente en el tejido del molusco; son blancas, generalmente opacas, aunque a veces tienen una transparencia opalina, y suelen ser esféricas o piriformes. Las esféricas son comúnmente utilizadas para collares y brazaletes; las piriformes, para pendientes, y por ser las más preciosas se venden por unidades. Las otras, las que se adhieren a la concha de la ostra, son más irregulares y se venden al peso. Por último, en un orden inferior se clasifican las pequeñas perlas conocidas con el nombre de aljófar, que se venden por medidas y que sirven especialmente para realizar bordados sobre los ornamentos eclesiásticos.

–Debe ser muy laboriosa la separación de las perlas por su tamaño -dijo el canadiense.

–No. Ese trabajo se hace por medio de once tamices o cribas con un número variable de agujeros. Las perlas que quedan en los tamices que tienen de veinte a ochenta agujeros son las de primer orden. Las que no escapan a las cribas perforadas por cien a ochocientos agujeros son las de segundo orden.

Por último, aquellas con las que se emplean tamices de novecientos a mil agujeros son las que forman el aljófar.

–Es muy ingeniosa esa clasificación mecánica de las perlas -dijo Conseil-.

¿Podría decirnos el señor lo que produce la explotación de los bancos de madreperlas?

–Si nos atenemos al libro de Sirr -respondí-, las pesquerías de Ceilán están arrendadas por una suma anual de tres millones de escualos.

–De francos -dijo Conseil.

–Sí, de francos. Tres millones de francos. Pero yo creo que estas pesquerías no producen ya tanto como en otro tiempo Lo mismo ocurre con las pesquerías americanas, que, bajo e reinado de Carlos V, producían cuatro millones de francos en tanto que ahora no pasan de los dos tercios. En suma

puede evaluarse en nueve millones de francos el rendimiento general de la explotación de las perlas.

–Se ha hablado de algunas perlas célebres cotizadas a muy altos precios -

dijo Conseil.

–En efecto. Se ha dicho que César ofreció a Servilia una perla estimada en ciento veinte mil francos de nuestra moneda.

–Yo he oído contar -dijo el canadiense- que hubo una dama de la Antigüedad que bebía perlas con vinagre.

–Cleopatra -dijo Conseil.

–Eso debía tener muy mal gusto -añadió Ned Land.

–Detestable, Ned -respondió Conseil-, pero un vasito de vinagre al precio de mil quinientos francos hay que apreciarlo.

–Siento no haberme casado con esa señora -dijo el canadiense a la vez que hacía un gesto de amenaza.

–¡Ned Land esposo de Cleopatra! – exclamó Conseil.

–Pues aquí donde me ve, Conseil, estuve a punto de casarme -dijo el canadiense muy en serio-, y no fue culpa mía que la cosa no saliera bien. Y

ahora recuerdo que a mi novia, Kat Tender, que luego se casó con otro, le regalé un collar de perlas. Pues bien, aquel collar no me costó más de un dólar, y, sin embargo, puede creerme el señor profesor, las perlas que lo formaban no hubieran pasado por el tamiz de veinte agujeros.

–Mi buen Ned -le dije, riendo-, eran perlas artificiales, simples glóbulos huecos de vidrio delgado interiormente revestido de la llamada esencia de perlas o esencia de Oriente.

–Pero esa esencia de perlas -dijo el canadiense- debe costar cara.

–Prácticamente nada. No es otra cosa que el albeto, la sustancia plateada de las escamas del alburno, conservado en amoníaco. No tiene valor alguno.

–Quizá fuera por eso por lo que Kat Tender se casó con otro -dijo filosóficamente Ned Land.

–Pero, volviendo a las perlas de muy alto valor -dije-, no creo que jamás soberano alguno haya poseído una superior a la del capitán Nemo.

–Ésta -dijo Consed, mostrando una magnífica perla en la vitrina.

–Estoy seguro de no equivocarme al asignarle como mínimo un valor de dos millones de…

–De francos -dijo vivamente Conseil.

–Sí -dije-, dos millones de francos, sin que le haya costado seguramente más trabajo que recogerla.

–¿Quién nos dice que no podamos mañana encontrar otra de tanto valor? –

dijo Ned Land.

–¡Bah! – exclamó Conseil.

–¿Y por qué no?

–¿Para qué nos servirían esos millones, a bordo del Nautilus?

–A bordo, para nada -dijo Ned Land-; pero… fuera…

–¡Oh! ¡Fuera de aquí! – exclamó Conseil, moviendo la cabeza.

–Ned Land tiene razón -dije-, y si volvemos alguna vez a Europa o a América con una perla millonaria, tendremos algo que dará una gran autenticidad y al mismo tiempo un alto precio al relato de nuestras

aventuras.

–Ya lo creo -dijo el canadiense.

Pero Conseil, atraído siempre por el lado instructivo de las cosas, preguntó:

–¿Es peligrosa la pesca de perlas?

–No -respondí vivamente-, sobre todo, si se toman ciertas precauciones.

–¿Qué puede arriesgarse en ese oficio? ¿Tragar unas cuantas bocanadas de agua salada? – dijo Ned Land.

–Tiene usted razón, Ned. A propósito -dije, tratando de remedar la naturalidad del capitán Nemo-, ¿no tiene usted miedo de los tiburones?

–¿Yo? ¿Miedo yo, un arponero profesional? Mi oficio es burlarme de ellos.

–Es que no se trata de arponearlos, de izarlos al puente de un barco, de despedazarlos, de abrirles el vientre y arrancarles el corazón para luego echarlos al mar.

–Entonces, de lo que se trata es de…

–Sí.

–¿En el agua?

–En el agua.

–Bien, ¡con un buen arpón! ¿Sabe usted, señor profesor? Los tiburones tienen un defecto, y es que necesitan ponerse tripa arriba para clavarle los dientes, y mientras tanto…

Daba escalofríos la forma con que Ned Land dijo eso de «clavarle los dientes».

–Y tú, Conseil, ¿qué piensas de esto?

–Yo seré franco con el señor.

«¡Vaya! ¡Menos mal!», pensé.

–Si el señor afronta a los tiburones, no veo por qué su fiel sirviente no lo haría con él.

3. Una perla de diez millones

No pude apenas dormir aquella noche. Los escualos atravesaban mis sueños. Me parecía tan justa como injusta a la vez esa etimología que hace proceder la palabra francesa con que se designa al tiburón, requin, de la palabra requiem.

A las cuatro de la mañana me despertó el steward que el capitán Nemo había puesto especialmente a mi servicio. Me levanté rápidamente, me vestí y pasé al salón, donde ya se hallaba el capitán Nemo.

–¿Está usted dispuesto, señor Aronnax?

–Lo estoy, capitán.

–Entonces, sígame.

–¿Y mis compañeros?

–Nos están esperando ya.

–¿No vamos a ponernos las escafandras?

–Todavía no. No he acercado el Nautilus a la costa, y estamos bastante lejos

del banco de Manaar. Pero he hecho preparar la canoa, que nos conducirá al punto preciso de desembarco evitándonos un largo trayecto. Nos equiparemos con los trajes de buzo en el momento de dar comienzo a esta exploración submarina.

El capitán Nemo me condujo hacia la escalera central, cuyos peldaños terminaban en la plataforma. Ned y Conseil estaban ya allí, visiblemente contentos de la «placentera expedición» que se preparaba.

Cinco marineros nos esperaban en la canoa adosada al flanco del Nautilus.

Aún era de noche. Las nubes cubrían el cielo, dejando apenas entrever algunas estrellas. Dirigí la mirada a tierra, pero no vi más que una línea confusa que cerraba las tres cuartas partes del horizonte del Sudoeste al Noroeste. El Nautilus había costeado durante la noche la región occidental de Ceilán y se hallaba al Oeste de la bahía, o más bien del golfo que forma con ese país la isla de Manaar. Allí, bajo sus oscuras aguas, se extendía el banco de madreperlas sobre más de veinte millas de longitud.

El capitán Nemo, Conseil, Ned Land y yo nos instalamos a popa. Un marinero se puso al timón, mientras los otros cuatro tomaban los remos. Se largó la boza y nos alejamos del Nautilus, con rumbo Sur. Los remeros trabajaban sin prisa. Observé que sus vigorosos movimientos se sucedían cada diez segundos, según el método generalmente usado por las marinas de guerra.

Mientras corría la embarcación por su derrotero, las gotas líquidas golpeaban a los remos crepitando como esquirlas de plomo fundido. Un ligero oleaje imprimía a la canoa un pequeño balanceo, y las crestas de algunas olas chapoteaban en la proa.

Íbamos silenciosos. ¿En qué pensaba el capitán Nemo? Tal vez en esa tierra hacia la que se aproximaba y que debía parecerle excesivamente cercana, al contrario que al canadiense, para quien debía estar excesivamente lejana.

Conseil iba como un simple curioso.

Hacia las cinco y media empezó a acusarse más netamente en el horizonte la línea superior de la costa. Bastante llana por el Este, se elevaba un poco hacia el Sur. Cinco millas nos separaban todavía de ella y su perfil se confundía aún con las aguas brumosas. Entre la costa y nosotros, el mar desierto. Ni un barco, ni un buceador. Soledad profunda en este lugar de cita de los pescadores de perlas. Tal como había dicho el capitán Nemo, llegábamos a estos parajes con un mes de anticipación.

A las seis, se hizo súbitamente de día, con esa rapidez peculiar de las regiones tropicales, que no conocen ni la aurora ni el crepúsculo. Los rayos solares atravesaron la cortina de nubes amontonadas en el horizonte oriental y el astro radiante se elevó rápidamente.

Vi entonces con toda claridad la tierra sobre la que se elevaban algunos árboles dispersos.

La canoa avanzó hacia la isla de Manaar que tomaba una forma redondeada por el Sur. El capitán Nemo se puso en pie y observó el mar. A una señal suya, se echó el ancla. La cadena corrió apenas, pues el fondo no estaba a más de un metro en aquel lugar, uno de los más elevados del banco de madreperlas. La canoa giró en seguida en torno a su ancla, por el empuje del reflujo.

–Ya hemos llegado, señor Aronnax -dijo el capitán Nemo-. En esta cerrada bahía, dentro de un mes se reunirán los numerosos barcos de los pescadores y los buceadores se sumergirán audazmente en su rudo trabajo. La disposición de la bahía es magnífica para este tipo de pesca, al hallarse abrigada de los vientos. El oleaje no es nunca demasiado fuerte, lo que favorece el trabajo de los buceadores. Vamos a ponernos las escafandras, para comenzar nuestra expedición.

No respondí, y sin dejar de mirar aquellas aguas sospechosas, comencé a ponerme mi pesado traje marino, ayudado por los marineros. El capitán Nemo y mis dos compañeros se estaban vistiendo también. Ninguno de los hombres del Nautilus iba a acompañarnos en esta nueva excursión.

No tardamos en hallarnos aprisionados hasta el cuello en los trajes de caucho, con los aparatos de aire fijados a la espalda por los tirantes.

En esa ocasión no eran necesarios los aparatos Ruhmkorff. Antes de introducir mi cabeza en la cápsula de cobre, se lo había preguntado al capitán.

–No nos serían de ninguna utilidad -me había respondido el capitán Nemo-.

No iremos a grandes profundidades y nos iluminará la luz del sol. Además, no es prudente llevar bajo estas aguas una linterna eléctrica, que podría atraer inopinadamente a algún peligroso habitante.

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