20000 leguas de viaje submarino
Nautron respoc lorni virch
Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.
Calculé en más de mil libras lo izado por la red. Era un buen botín, pero no sorprendente, porque ese tipo de redes, mantenidas a la rastra dura-nte varias horas, capturan en su prisión de mallas todo un mundo acuático. No debíamos, pues, carecer de víveres de excelente calidad, y fácilmente renovables por la rapidez del Nautilus y por la atracción de su luz eléctrica.
Se introdujo inmediatamente el pescado por el escotillón y se llevó a las despensas, unos para su consumo en fresco y otros para su preparación en conserva.
Terminada la pesca y renovada la provisión de aire, creía yo que el Nautilus iba a proseguir su viaje submarino y me disponía ya a regresar a mi camarote, cuando el capitán Nemo, volviéndose hacia mí, me dijo sin preámbulo alguno:
–Mire el océano, señor profesor. ¿No está dotado de una vida real? ¿No tiene sus ataques de cólera y sus accesos de ternura? Ayer se durmió como nosotros y helo aquí que se despierta tras una noche apacible.
Así me habló, sin saludo previo de ninguna clase. Se hubiera dicho que el extraño personaje continuaba conmigo una conversación ya iniciada.
–¡Mire cómo se despierta bajo la caricias del sol para revivir su existencia diurna! Interesante estudio el de observar el ritmo de su organismo. Posee pulso, arterias, tiene espasmos, y yo estoy de acuerdo con el sabio Maury, que ha descubierto en él una circulación tan real como la de la sangre en los animales.
Siendo obvio que el capitán Nemo no esperaba de mí ninguna respuesta, me
pareció inútil asentir a sus palabras con fórmulas tales como
«evidentemente», «así es», «tiene usted razón»… Se hablaba más bien a sí mismo, con largas pausas entre frase y frase. Era una meditación en alta voz.
–Sí -prosiguió-, el océano posee una verdadera circulación, y para provocarla ha bastado al Creador de todas las cosas multiplicar en él el calórico, la sal y los animálculos. El calórico crea, en efecto, densidades diferentes que producen las corrientes y contracorrientes. La evaporación, nula en las regiones hiperbóreas, muy activa en las tropicales, provoca un cambio permanente entre las aguas tropicales y polares. Además, yo he sorprendido corrientes de arriba abajo y de abajo arriba que forman la verdadera respiración del océano. Yo he visto la molécula de agua de mar, caliente en la superficie, redescender a las profundidades, alcanzar su máximo de densidad a dos grados bajo cero para, al enfriarse así, hacerse más ligera y volver a subir. Verá usted, en los Polos, las consecuencias de este fenómeno, y comprenderá entonces por qué, en virtud de esta ley de la previsora naturaleza, la congelación no puede producirse nunca más que en la superficie de las aguas.
Mientras el capitán Nemo acababa su frase, yo me decía: «¡El Polo! ¿Es que este audaz personaje pretende conducirnos hasta allí?».
El capitán Nemo guardó nuevamente silencio, en la contemplación de ese elemento tan completa e incesantemente estudiado por él.
–Las sales -prosiguió luego- se hallan en el mar en considerables cantidades, tantas que si pudiera usted, señor profesor, retirar todas las que contiene en disolución extraería usted una masa de cuatro millones y medio de leguas cúbicas que, extendida sobre el Globo, formaría una capa de más de diez metros de altura[L13]. Y no crea que la presencia de esas sales sea debida a un capricho de la naturaleza. No. Esas sales hacen que el agua marina sea menos evaporable, impiden a los vientos arrebatarle una excesiva cantidad de vapores, que, al condensarse y luego licuarse,
sumergirían las zonas templadas. ¡Inmenso papel de equilibrio el suyo en la economía del Globo!
El capitán Nemo se detuvo, se incorporó, dio algunos pa sos sobre la plataforma y regresó hacia mí '.
–En cuanto a los infusorios -continuó diciendo-, en cuanto a esos miles de millones de animálculos, de los que sólo una gota de agua contiene millones y de los que hacen falta unos ochocientos mil para dar un peso de un miligramo, su papel no es menos importante. Absorben las sales marinas, asimilan los elementos sólidos del agua y, verdaderos creadores de continentes calcáreos, fabrican corales y madréporas. Y entonces, la gota de agua, privada de su elemento mineral, se aligera, asciende a la superficie donde absorbe las sales abandonadas por la evaporación, se hace más pesada, redesciende y lleva a los animálculos nuevos elementos para absorber. De ahí, una doble corriente ascendente y descendente, en un movimiento continuo, en el movimiento de la vida. La vida, más intensa que en los continentes, más exuberante, más infinita, triunfante en todas las partes del océano, elemento mortífero para el hombre, se ha dicho, pero elemento vital para miríadas de animales y para mí.
Al hablar así, el capitán Nemo se transfiguraba y provocaba en mí una extraordinaria emoción.
–Así, pues, aquí está la verdadera existencia. Yo podría concebir la fundación de ciudades náuticas, de aglomeraciones de casas submarinas
[L14] que, como el Nautílus, ascenderían cada mañana a respirar a la superficie del mar, ciudades libres como no existe ninguna, ciudades independientes. Pero quién sabe si algún déspota…
El capitán Nemo interrumpió su frase con un gesto violento. Luego, como para expulsar un pensamiento funesto, se dirigió a mí diciéndome:
–Señor Aronnax, ¿sabe usted cuál es la profundidad del océano?
–Sé al menos, capitán, lo que nos han revelado los principales sondeos hechos hasta la fecha.
–¿Podría usted citarlos, para que yo pueda controlarlos?
–He aquí algunos -respondí-, o por lo menos los que me vienen ahora a la memoria. Si no me equivoco, se ha hallado una profundidad media de ocho mil doscientos metros en el Atlántico Norte y de dos mil quinientos metros en el Mediterráneo. Los sondeos más notables efectuados en el Atlántico Sur, cerca de los treinta y cinco grados, han dado doce mil metros, catorce mil noventa y un metros y quince mil ciento cuarenta y nueve metros. En resumen, se estima que si el fondo del mar estuviera nivelado su profundidad media sería de unos siete kilómetros[L15].
–Bien, señor profesor -respondió el capitán Nemo-, espero mostrarle algo mejor. En cuanto a la profundidad media de esta parte del Pacífico, puedo informarle de que es solamente de cuatro mil metros.
Dicho esto, el capitán Nemo se dirigió hacia la escotilla y desapareció por la escalera. Le seguí y me dirigí al gran salón.
En seguida, la hélice se puso en movimiento y la corredera acusó una velocidad de veinte millas por hora.
Durante los días y las semanas siguientes, vi al capitán Nemo muy pocas veces. Su segundo echaba regularmente el punto, que se consignaba en la carta, de tal suerte que yo podía seguir exactamente la ruta del Nautílus.
Conseil y Land pasaban mucho tiempo conmigo. Conseil había relatado a su amigo las maravillas de nuestro paseo, y el canadiense lamentaba no habernos acompañado. Pero yo esperaba que se presentaría nuevamente una
ocasion para visitar los bosques oceánicos.
Durante algunas horas y casi todos los días se descubrían los observatorios del salón y nuestras miradas no se cansaban de penetrar en los misterios del mundo submarino.
El rumbo general del Nautílus era Sudeste y se mantenía entre cien y ciento cincuenta metros de profundidad. Un día, sin embargo, por no sé qué capricho, navegando diagonalmente por medio de sus planos inclinados, alcanzó las capas de agua situadas a dos mil metros. El termómetro indicaba una temperatura de cuatro grados centígrados, temperatura que a esa profundidad parece ser común a todas las latitudes[L16].
El 26 de noviembre, a las tres de la mañana, el Nautilus franqueó el trópico de Cáncer a 1720 de longitud. El 27 pasó ante las costas de las islas Sandwich, donde el ilustre Cook halló la muerte el 14 de febrero de 1779.
Habíamos recorrido ya cuatro mil ochocientas sesenta leguas desde nuestro punto de partida. Al ascender aquella mañana a la plataforma, pude ver, a unas dos millas a sotavento, Hawaii, la mayor de las siete islas que forman el archipiélago de este nombre. Distinguí con claridad los linderos de sus cultivos, las diversas cadenas montañosas que corren paralelas a la costa y sus volcanes dominados por el Mauna-Kea, que se eleva a cinco mil metros sobre el nivel del mar.
Entre otras muestras recogidas por las redes en aquellos parajes destacaban unas flabelarias pavonias, pólipos comprimidos de graciosas formas, que son peculiares de esta parte del océano.
El Nautilus se mantuvo rumbo al Sudeste. Cortó el ecuador el 1 de diciembre a 1420 de longitud, y el 4 del mismo mes, tras una rápida travesía efectuada sin incidente alguno, avistamos el archipiélago de las Marquesas.
A 80 57' de latitud Sur y 1390 32' de longitud Oeste, vi a unas tres millas el cabo Martín, de Nouka-Hiva, la principal isla de este archipiélago, que pertenece a Francia. Tan sólo me fue dado ver las montañas boscosas que se
dibujaban en el horizonte, pues el capitán Nemo evitaba acercarse a tierra.
Allí las redes recogieron hermosos especímenes de peces, como unas coríferas con las aletas azuladas y la cola de oro, cuya carne no tiene rival; hologimnosos casi desprovistos de escamas y también de un sabor exquisito; ostorrincos de mandibula ósea; todos ellos dignos de la mesa del Nautilus.
Tras haber dejado aquellas encantadoras islas bajo pabellón francés, el Nautilus recorrió unas dos mil millas, del 4 al 11 de diciembre, sin más hecho mencionable que el encuentro de una inmensa cantidad de calamares, curiosos moluscos muy semejantes a la jibia. Los pescadores franceses los designan con el nombre de encornets. Los calamares pertenecen a la clase de los cefalópodos y a la familia de los dibranquios que incluye con ellos a las jibias y a los argonautas. Estos animales fueron particularmente estudiados por los naturalistas de la Antigüedad, y, de creer a Ateneo, médico griego que vivió antes que Galeno, proveyeron de numerosas metáforas a los oradores del Ágora, a la vez que de un plato excelente a la mesa de los ricos ciudadanos.
Fue durante la noche del 9 al 10 de diciembre cuando el Nautilus halló aquel ejército de moluscos, que son particularmente nocturnos. Podían contarse por millones. Iban en emigración de las zonas templadas hacia las menos cálidas, siguiendo el itinerario de los arenques y de las sardinas. A través de los gruesos cristales los veíamos nadar hacia atrás con gran rapidez, moviéndose por medio de su tubo locomotor, persiguiendo a peces y moluscos, devorando a los pequeños y siendo derovados por los grandes, y agitando en una indescriptible confusión los diez pies que la naturileza les ha implantado sobre la cabeza, como una cabellera de serpientes neumáticas. A pesar de su velocidad, el Nautilus navegó durante varias horas en medio de ese banco animal y sus redes izaron a bordo una enorme cantidad de ejemplares entre los que reconocí las nueve especies del Pacífico clasificadas por D'Orbigny.
Así, durante la travesía el mar nos prodigaba incesantemente sus más maravillosos espectáculos, variándolos al infinito y cambiando su decoración y su escenificación para el placer de nuestros ojos. Llamados
estábamos no sólo a contemplar en medio del elemento líquido las obras del Creador, sino también a penetrar los más temibles misterios del océano.
Durante la jornada del 11 de diciembre, me hallaba yo leyendo en el gran salón, mientras Ned Land y Conseil observaban las aguas luminosas a través del cristal. El Nautilus estaba inmóvil. Llenos sus depósitos, se mantenía a una profundidad de mil metros, región poco habitada, en la que tan sólo los grandes peces hacían raras apariciones. Estaba yo leyendo un libro delicioso de Jean Macé, Los servidores del estómago, y saboreando sus ingeniosas lecciones, cuando Conseil interrumpió mi lectura:
–¿Quiere venir un instante el señor?
–¿Qué pasa, Conseil?
–Mire el señor.
Me levanté y me acerqué al cristal.
Iluminada por la luz eléctrica, una enorme masa negruzca, inmóvil, se mantenía suspendida en medio de las aguas. La observé atentamente, tratando de reconocer la naturaleza del gigantesco cetáceo. Pero otra idea me asaltó súbitamente.
–¡Un navío! – exclamé.
–Sí -respondió el canadiense- un barco que se fue a pique.
No se equivocaba Ned Land. Estábamos ante un barco cuyos obenques cortados pendían aún de sus cadenas. Su casco parecía estar en buen estado, y su naufragio debía datar de unas pocas horas. Tres trozos de mástiles, cortados a dos pies por encima del puente, indicaban que el barco había debido sacrificar su arboladura. Pero vencido de costado, había hecho agua y aún daba la banda por babor. Si triste era el espectáculo de ese casco perdido bajo el agua, más lo era aún el de su puente, en el que yacían algunos cadáveres, amarrados con cuerdas. Conté cuatro -cuatro hombres,
uno de los cuales se mantenía en pie, al timón- y luego una mujer, medio asomada a la toldilla con un niño en sus brazos. Era una mujer joven, y a la luz del foco del Nautilus pude ver sus rasgos aún no descompuestos por el agua. En un supremo esfuerzo había elevado por encima de su cabeza a su hijo, pobre ser cuyos brazos trataban de aferrarse al cuello de la madre.
Espantosa era la actitud de los cuatro marineros, retorcidos en sus movimientos convulsivos que denunciaban un último esfuerzo por arrancarse a las cuerdas que les ligaban al barco. Sólo, más sereno, con el semblante grave, sus grises cabellos pegados a la frente, y la mano crispada sobre la rueda del timón, el timonel parecía conducir aún su barco naufragado a través de las profundidades del océano.
¡Qué escena! Estábamos en silencio, con el corazón palpitante, ante aquel naufragio sorprendido ínfraganti y, por así decir, fotografiado en su último minuto. Y veía ya avanzar a enormes tiburones que con los ojos encendidos acudían atraídos por el cebo de la carne humana.
El Nautilus dio una vuelta en torno al navío sumergido, y al pasar ante la popa del mismo pude leer su nombre: Florída, Sunderland.
19. Vanikoro
Ese terrible espectáculo inauguraba la serie de catástrofes marítimas que el Nautilus debía encontrar en su derrotero. Desde su incursión en mares más frecuentados, veíamos a menudo restos de naufragios que se pudrían entre dos aguas, y más profundamente cañones, obuses, anclas, cadenas y otros mil objetos de hierro carcomidos por el orín.
El Nautilus, en el que vivíamos como aislados, llegó el 11 de diciembre a las inmediaciones del archipiélago de las Pomotú, calificado como peligroso por Bougainville, que se extiende sobre un espacio de quinientas leguas desde el EsteSudeste al Oeste-Noroeste, entre los 130 30' y 230 50'
de latitud Sur y los 1250 30' y 1510 30' de longitud Oeste, desde la isla
Ducia hasta la isla Lazareff. Este archipiélago cubre una superficie de trescientas setenta leguas cuadradas y está formado por unos sesenta grupos de islas, entre los que destaca el de Gambier, al que Francia ha impuesto su protectorado. Son islas coralígenas. Un levantamiento lento pero continuo, provocado por el trabajo los pólipos, las unirá algún día entre sí. Luego, esta nueva isla se soldará a su vez a los archipiélagos vecinos, y un quinto continente se extenderá desde la Nueva Zelanda y la Nuelva Caledonia hasta las Marquesas.
El día que ante el capitán Nemo desarrollé esta teoría, él me respondió fríamente:
–No son nuevos continentes lo que necesita la Tierra, sino hombres nuevos.
Los azares de su navegación habían conducido al Nautilus hacia la isla Clermont-Tonnerre, una de las más curiosas del grupo, que fue descubierta en 1822 por el capitán Bell, de la La Minerve. Pude así estudiar el sistema madrepórico, al que deben su formación las islas de este océano.
Las madréporas, que no hay que confundir con los corales, tienen un tejido revestido de una costra calcárea, cuyas modificaciones estructurales han inducido a mi ilustre maestro, Milne-Edwards, a clasificarlas en cinco secciones. Los animálculos que secretan este pólipo viven por millones en el fondo de sus celdas. Son sus depósitos calcáreos los que se erigen en rocas, arrecifes, islotes e islas. En algunos lugares forman un anillo circular en torno a un pequeño lago interior comunicado con el mar por algunas brechas. En otros, se alinean en barreras de arrecifes semejantes a las existentes en las costas de la Nueva Caledonia y en diversas islas de las Pomotú. Finalmente, en otros lugares, como en las islas de la Reunión y de Mauricio, elevan arrecifes dentados en forma de altas murallas rectas, en cuyas proximidades son considerables las profundidades del océano.
Como el Nautilus bordeara a unos cables de distancia tan sólo el basamento de la isla Clermont-Tonnerre, pude admirar la obra gigantesca realizada por esos trabajadores microscópicos. Aquellas murallas eran especialmente obra de las madréporas conocidas con los nombres de miliporas, porites,
astreas y meandrinas. Estos pólipos se desarrollan particularmente en las capas agitadas de la superficie del mar y, consecuentemente, es por su parte superior por la que comienzan estas construcciones que, poco a poco, se hunden con los restos de las secreciones que las soportan. Tal es, al menos, la teoría de Darwin, que explica así la formación de los atolones, teoría más plausible, en mi opinión, que la que da por base a los trabajos madrepóricos las cimas de las montañas o de los volcanes sumergidos a algunos pies bajo la superficie del mar.
Pude observar de cerca aquellas curiosas murallas verticales, ya que la sonda indicaba más de trescientos metros de profundidad, y nuestros focos eléctricos arrancaban resplandores de aquella brillante masa calcárea.
Asombré mucho a Conseil, en respuesta a su pregunta sobre el crecimiento de esas barreras colosales, al decirle que los sabios medían ese crecimiento en un octavo de pulgada por siglo.
–Luego, para elevar esas murallas se ha necesitado…
–Ciento noventa y dos mil años, mi buen Conseil, lo que amplía singularmente los días bíblicos. Pero, por otra parte, la formación de la hulla, es decir, la mineralización de los bosques hundidos por los diluvios, ha exigido un tiempo mucho más considerable. Pero debo añadir que los días de la Biblia son épocas y no el período que media entre dos salidas del sol, puesto que, según la misma Biblia, el astro diurno no data del primer día de la creación.
Cuando el Nautilus emergió a la superficie pude ver en todo su desarrollo la isla de Clermont-Tonnerre, baja y boscosa. Sus rocas madrepóricas fueron evidentemente fertilizadas por las lluvias y tempestades. Un día, alguna semilla arrebatada por el huracán a las tierras vecinas cayó sobre las capas calcáreas mezcladas con los detritus descompuestos de peces y de plantas marinas que formaron el mantillo. Una nuez de coco, llevada por las olas, llegó a estas nuevas costas. La semilla arraigó. El árbol creciente retuvo el vapor de agua. Nació un arroyo. La vegetación se extendió poco a poco.
Algunos animales, gusanos, insectos, llegaron sobre troncos arrancados a
las islas por el viento. Las tortugas vinieron a depositar sus huevos. Los pájaros anidaron en los jóvenes árboles. De esa forma, se desarrolló la vida animal y, atraído por la vegetación y la fertilidad, apareció el hombre. Así se formaron estas islas, obras inmensas de animales microscópicos.
Al atardecer, Clermont-Tonnerre se desvaneció en la lejanía.
El Nautilus modificó sensiblemente su rumbo. Tras haber pasado el trópico de Capricornio por el meridiano ciento treinta y cinco, se dirigió hacia el Oeste-Noroeste, remontando toda la zona intertropical. Aunque el sol del verano prodigara generosamente sus rayos, no nos afectaba en absoluto el calor, pues a treinta o cuarenta metros por debajo del agua la temperatura no se elevaba por encima de diez a doce grados.
El 15 de diciembre dejábamos al Este el espléndido archipiélago de la Sociedad y la graciosa Tahití, la reina del Pacífico, cuyas cimas vi por la mañana a algunas millas a sotavento. Sus aguas suministraron a la mesa de a bordo algunos peces excelentes, como caballas, bonitos, albacoras y una variedad de serpiente de mar llamada munerofis.
El Nautilus había recorrido entonces ocho mil cien millas. A nueve mil setecientas veinte millas se elevaba la distancia recorrida cuando pasó entre el archipiélago de Tonga-Tabú, en el que perecieron las tripulaciones del Argo, del Port-au-Prince y del Duke o Portland, y el archipiélago de los Navegantes, en el que fue asesinado el capitán de Langle, el amigo de La Pérousse. Luego pasó ante el archipiélago Viti, en el que los salvajes mataron a los marineros del Union y al capitán Bureu, de Nantes, comandante de la Aimable Josephine.
Este archipiélago, que se prolonga sobre una extensión de cien leguas de Norte a Sur, y sobre noventa leguas de Este a Oeste, está situado entre 60 y 20 de latitud Sur y 1740 y 1790 de longitud Oeste. Se compone de un cierto número de islas, de islotes y de escollos, entre los que destacan las islas de Viti-Levu, de Vanua-Levu y de Kandubon.
Fue Tassman quien descubrió este grupo en 1643, el mismo año en que Torricelli inventó el barómetro y en el que Luis XIV ascendió al trono.
Piénsese cuál de esos hechos fue más útil a la humanidad. Vinieron luego Cook, en 1714, D'Entrecasteaux, en 1793, y Dumont d'Urville, en 1827, que fue quien aclaró el caos geográfico de este archipiélago.
El Nautilus se aproximó luego a la bahía de Wailea, escenario de las terribles aventuras del capitán Dillon, que fue el primero en aclarar el misterio del naufragio de La Pérousse.
Esta bahía, dragada en varias ocasiones, nos suministró unas ostras excelentes, de las que hicimos un consumo inmoderado, tras'haberlas abierto en nuestra propia mesa siguiendo el consejo de Séneca. Aquellos moluscos pertenecían a la especie conocida con el nombre de «ostra lamellosa», muy común en Córcega. El banco de Wailea debía ser considerable, y, ciertamente, si no fuera por las múltiples causas de destrucción, esas aglomeraciones terminarían por colmar las bahías, ya que se cuentan hasta dos millones de huevos en un solo individuo.
Si Ned Land no tuvo que arrepentirse de su glotonería en esa ocasión es porque la ostra es el único alimento que no provoca ninguna indigestión. No se requieren menos de seis docenas de estos moluscos acéfalos para suministrar los trescientos quince gramos de sustancia azoada necesarios a la alimentación cotidiana del hombre.
El 25 de diciembre, el Nautilus navegaba en medio del archipiélago de las Nuevas Hébridas descubierto por Quirós, en 1606; explorado por Bougainville, en 1768, y bautizado con su actual nombre por Cook, en 1773. Este grupo se compone principalmente de nueve grandes islas, y forma una banda de ciento veinte leguas del Norte-Noroeste al Sur-Sudeste, entre los 150 y 20 de latitud Sur y los 1640 y 1680 de longitud. Pasamos bastante cerca de la isla de Auru que, en el momento de las observaciones de mediodía, vi como una masa boscosa dominada por un pico de gran altura.
Aquel día era Navidad, y me pareció que Ned Land lamentaba vivamente que no se celebrara el Christmas, verdadera fiesta familiar de la que los protestantes son fanáticos observadores.
Hacía ya ocho días que no veía al capitán Nemo cuando, el 27 por la mañana, entró en el gran salón, con ese aire del hombre que acaba de dejarle a uno hace cinco minutos. Estaba yo tratando de reconocer en el planisferio la ruta seguida por el Nautilus. El capitán se acercó, marcó con el dedo un punto del mapa y pronunció una sola palabra:
–Vanikoro.
Era una palabra mágica. Era el nombre de los islotes en los que se perdieron los navíos de La Pérousse. Me incorporé y le pregunté:
–¿Nos lleva el Nautilus a Vanikoro?
–Sí, señor profesor.
–¿Y podré visitar estas célebres islas en las que se destrozaron el Boussole y el Astrolabe?
–Si así le place, señor profesor.
–¿Cuándo estaremos en Vanikoro?
–Estamos ya, señor profesor.
Seguido del capitán Nemo subí a la plataforma, y desde allí mi mirada recorrió ávidamente el horizonte.
Al Nordeste emergían dos islas volcánicas de desigual magnitud, rodeadas de un arrecife de coral de unas cuarenta millas de perímetro. Estábamos ante la isla de Vanikoro propiamente dicha, a la que Dumont d'Urville impuso el nombre de isla de la Récherche, y precisamente ante el pequeño
puerto de Vanu, situado a 160 4' de latitud Sur y 1640 32' de longitud Este.
Las tierras parecían recubiertas de verdor, desde la playa hasta las cimas del interior, dominadas por e monte Kapogo a una altitud de cuatrocientas setenta y seis toesas.
Tras haber franqueado el cinturón exterior de rocas por un estrecho paso, el Nautilus se encontró al otro lado de los rompientes, en aguas cuya profundidad se limitaba a unas treinta o cuarenta brazas. Bajo la verde sombra de los manglares, vi a algunos salvajes que manifestaban una viva sorpresa. En el largo cuerpo negruzco que avanzaba a flor de agua ¿no veían ellos un formidable cetáceo del que había que desconfiar?
En aquel momento, el capitán Nemo me preguntó qué era lo que yo sabía acerca del naufragio de La Pérousse.
–Lo que sabe todo el mundo, capitán -le respondí.
–¿Y podría decirme qué es lo que sabe todo el mundo? – me preguntó con un tono un tanto irónico.
–Con mucho gusto.
Y le conté lo que los últimos trabajos de Dumont d'Urville habían dado a conocer, y que muy sucintamente resumido es lo que sigue. La Pérousse y su segundo, el capitán de Langle, fueron enviados por Luis XIV, en 1785, en un viaje de circunnavegación a bordo de las corbetas Boussole y Astrolabe, que nunca más reaparecerían.
En 1791, el gobierno francés, inquieto por la suerte de las dos corbetas armó dos grandes navíos, Récherche y Esperance, que zarparon de Brest el 28 de septiembre, bajo el mando de Bruni d'Entrecasteaux. Dos meses después, se supo por la declaración de un tal Bowen, capitán del Albermale, que se habían visto restos de los buques naufragados en la costas de la Nueva Georgia. Pero ignorando D'Entrecasteaux tal comunicación, bastante incierta, por otra parte, se dirigió hacia las islas del Almirantazgo,
designadas en un informe del capitán Hunter como escenario del naufragio de La Pérousse.
Vanas fueron sus búsquedas. La Esperance y la Récherche pasaron incluso ante Vanikoro sin detenerse. Fue un viaje muy desgraciado, pues costó la vida a D'Entrecasteaux, a dos de sus oficiales y a varios marineros de su tripulación.
Sería un viejo navegante del Pacífico, el capitán Dillon, el primero que encontrara huellas indiscutibles de los náufragos. El 15 de mayo de 1824, al pasar con su navío, el Saint-Patrick, cerca de la isla de Tikopia, una de las Nuevas Hébridas, un indígena que se había acercado en piragua le vendió la empuñadura de plata de una espada en la que aparecían unos caracteres grabados con buril. El indígena afirmó que seis años antes, durante una estancia en Vanikoro, había visto a dos europeos, pertenecientes a las tripulaciones de unos barcos que habían naufragado hacía largos años en los arrecifes de la isla.
Dillon adivinó que se trataba de los barcos de La Pérousse, cuya desaparición había conmovido al mundo entero. Quiso ir a Vanikoro, donde, según el indígena, había numerosos restos del naufragio, pero los vientos y las corrientes se lo impidieron. Dillon regresó a Calcuta, donde consiguió interesar en su descubrimiento a la Sociedad Asiática y a la Compañía de Indias, que pusieron a su disposicion un navío, al que él dio el nombre de Récherche, con el que se hizo a la mar el 23 de enero de 1827, acompañado por un agente francés.
La nueva Récherche, tras haber tocado en distintos puntos del Pacífico, fondeó ante Vanikoro el 7 de julio de 1827, en la misma rada de Vanu en la que se hallaba el Nautílus en ese momento.
Allí pudo recoger numerosos restos del naufragio, utensilios de hierro, áncoras, estrobos de poleas, cañones, un obús del dieciocho, restos de instrumentos de astronomía, un trozo del coronamiento y una campana de bronce con la inscripción: «Bazin me hizo», marca de la fundición del arsenal de Brest hacia 1785. La duda ya no era posible.
Estuvo Dillon completando sus investigaciones en el lugar del naufragio hasta el mes de octubre. Luego, zarpó de Vanikoro, se dirigió hacia Nueva Zelanda y llegó a Calcuta el 7 de abril de 1828. Viajó después a Francia, donde fue acogido con mucha simpatía por Carlos X.
Pero mientras tanto, ignorante Dumont d'Urville de los hallazgos de Dillon, había partido para buscar en otro lugar el escenario de naufragio. Y, en efecto, se había sabido por un bafienero que unas medallas y una cruz de San Luis se hallaban entre las manos de los salvajes de la Luisiada y de la Nueva Caledonia.
Dumont d'Urville se había hecho, pues, a la mar, al mando del Astrolabe, y dos meses después que Dillon abandonara Vanikoro fondeaba ante Hobart Town. Fue allí donde se enteró de los hallazgos de Dillon y donde supo, además, que un tal James Hobbs, segundo del Union, de Calcuta, había desembarcado en una isla, situada a 80 18' de latitud Sur y 1560 30'de longitud Este, y visto a los indígenas de la misma servirse de unas barras de hierro y de telas rojas.
Bastante perplejo y dudando de si dar crédito a estos relatos, comunicados por periódicos poco dignos de confianza, Dumont d'Urvifie se decidió, sin embargo, a seguir los pasos de Dillon.
El 10 de febrero de 1828, Dumont d'Urville se presentó en Tikopia, donde tomó por guía e intérprete a un desertor establecido en esa isla, y de allí se dirigió a Vanikoro, cuyas costas avistó el 12 de febrero. Estuvo bordeando sus arrecifes hasta el 14, y tan sólo el 20 pudo fondear al otro lado de la barrera, en la rada de Vanu. El día 23, varios de sus oficiales dieron la vuelta a la isla y volvieron con algunos restos de escasa importancia. Los indígenas, ateniéndose a una actitud negativa y evasiva, rehusaban conducirles al lugar del naufragio. Esa sospechosa conducta les indujo a creer que los indígenas habían maltratado a los náufragos y que temían que Dumont d'Urville hubiese llegado para vengar a La Pérousse y a sus infortunados compañeros. Sin embargo, unos días más tarde, el 26,
estimulados por algunos regalos y comprendiendo que no tenían que temer ninguna represalia, condujeron al lugarteniente de Dumont, Jasquinot, al lugar del naufragio.
Allí, a tres o cuatro brazas de agua y entre los arrecifes de Pacú y de Vanu yacían á4,coras, cañones y piezas de hierro fundido y de plomo, incrustados en las concreciones calcáreas. El Astrolabe envió al lugar su chalupa y su ballenera. No sin gran trabajo, sus tripulaciones consiguieron retirar un áncora que pesaba mil ochocientas libras, un cañón del ocho de fundicion, una pieza de plomo y dos cañoncitos de cobre.
El interrogatorio a que sometió Dumont d'Urville a los indígenas le reveló que La Pérousse, tras la pérdida de sus dos barcos en los arrecifes de la isla, había construido uno más pequeño, que se perdería a su vez. ¿Dónde? Se ignoraba.
El capitán del Astrolabe hizo erigir bajo un manglar un cenotaflo a la memoria del célebre navegante y de sus compañeros. Era una simple pirámide cuadrangular asentada sobre un basamento de corales, de la que excluyó todo objeto metálico que pudiera excitar la codicia de los indígenas.
Dumont d'Urville quiso partir inmediatamente, pero hallándose sus hombres y él mismo minados por las fiebres que habían contraído en aquellas costas malsanas, no pudo aparejar hasta el 17 de marzo.
Mientras tanto, temeroso el gobierno francés de que Dumont d'Urville no se hubiese enterado de los hallazgos de Dillon, había enviado a Vanikoro a la corbeta Bayonnaise, al mando de Legoarant de Tromelin, desde la costa occidental de América donde se hallaba. Legoarant fondeó ante Vanikoro algunos meses después de la partida del Astrolabe. No halló ningún documento nuevo, pero pudo comprobar que los salvajes habían respetado el mausoleo de La Pérousse.
Tal es, en sustancia, el relato que expuse al capitán Nemo.
–Así que se ignora todavía dónde fue a acabar el tercer navío, construido por los náufragos en la isla de Vanikoro, ¿no es así?
–En efecto.
Por toda respuesta, el capitán Nemo me indicó que le siguiera al gran salón.
El Nautilus se sumergió algunos metros por debajo de las olas. Se corrieron los paneles metálicos para dar visibilidad a los cristales.
Yo me precipité a ellos, y bajo las concreciones de coral, revestidas de fungias, de sifoneas, de alcionarios y de cariofíleas, y a través de miriadas de peces hermosísimos, de girelas, de glifisidontos, de ponféridos, de diácopodos y de holocentros, reconocí algunos restos que las dragas no habían podido arrancar; tales como abrazaderas de hierro, áncoras, cañones, obuses, una pieza del cabrestante, una roda, objetos todos procedentes de los navíos naufragados y tapizados ahora de flores vivas.
Mientras contemplaba yo así aquellos restos desolados, el capitán Nemo me decía con una voz grave:
–El comandante La Pérousse partió el 7 de diciembre de 1785 con sus navíos Boussole y Astrolabe. Fondeó primero en Botany Bay, visitó luego el archipiélago de la Amistad, la Nueva Caledonia, se dirigió hacia Santa Cruz y arribó a Namuka, una de las islas del archipiélago Hapai. Llegó más tarde a los arrecifes desconocidos de Vanikoro. El Boussole, que iba delante, tocó en la costa meridional. El Astrolabe, que acudió en su ayuda, encalló también. El primero quedó destruido casi inmediatamente. El segundo, encallado a sotavento, resistió algunos días. Los indígenas dieron una buena acogida a los náufragos. Éstos se instalaron en la isla y construyeron un barco más pequeño con los restos de los dos grandes. Algunos marineros se quedaron voluntariamente en Vanikoro. Los otros, debilitados y enfermos, partieron con La Pérousse hacia las islas Salomón, para perecer allí en la costa occidental de la isla principal del archipiélago, entre los cabos Decepción y Satisfacción.
–¿Cómo lo sabe usted? – le pregunté.
–Encontré esto en el lugar de último naufragio.
El capitán Nemo me mostró una caja de hojalata sellada con las armas de Francia y toda roñosa por la corrosión del agua marina. La abrió y vi un rollo de papeles amarillentos, pero aún legibles.
Eran las instrucciones del ministro de la Marina al comandante La Pérousse, con anotaciones al margen hechas personalmente por Luis XVI.
–Una hermosa muerte para un marino -dijo el capitán Nemo- y una tranquila tumba de coral. ¡Quiera el cielo que tanto yo como mis compañeros no tengamos otra!
20. El estrecho de Torres
Durante la noche del 27 al 28 de diciembre, el Nautilus abandonó los parajes de Vanikoro a toda máquina. Hizo rumbo al Sudoeste y, en tres días, franqueó las setecientas cincuenta leguas que separan el archipiélago de La Pérousse de la punta Sudeste de la Papuasia.
El 1 de enero de 1868, a primera hora de la mañana, Conseil se reunió conmigo en la plataforma.
–Permítame el señor que le desee un buen año.
–¡Cómo no, Conseil! Exactamente como si estuviéramos en París, en mi gabinete del Jardín de Plantas. Acepto tus votos y te los agradezco. Pero tendré que preguntarte qué es lo que entiendes por un «buen año», en las circunstancias en que nos encontramos. ¿Es el año que debe poner fin a nuestro cautiverio o el año que verá continuar este extraño viaje?
–A fe mía, que no sé qué decirle al señor. Cierto es que estamos viendo
cosas muy curiosas, y que, desde hace dos meses, no hemos tenido tiempo de aburrirnos. La última maravilla es siempre la mejor, y si esta progresión se mantiene no sé adónde vamos a parar. Me parece a mí que no volveremos a encontrar nunca una ocasión semejante.
–Nunca, Conseil.
–Además, el señor Nemo, que justifica muy bien su nombre latino, no es más molesto que si no existiera.
–Dices bien, Conseil.
–Yo pienso, pues, mal que le pese al señor, que un buen año sería el que nos permitiera verlo todo.
–¿Todo? Quizá fuera entonces un poco largo. Pero ¿qué piensa de esto Ned Land?
–Ned Land piensa exactamente lo contrario que yo. Es un hombre positivo, con un estómago imperioso. Pasarse la vida mirando y comiendo peces no le basta. La falta de vino, de pan, de carne, no conviene a un digno sajón familiarizado con los bistecs, y a quien no disgusta ni el brandy ni la ginebra en proporciones moderadas.
–No es eso lo que a mí me atormenta, Conseil, yo me acomodo muy bien al régimen de a bordo.
–Igual que yo -respondió Conseil-. Por eso, yo quiero permanecer aquí tanto como Ned Land quiere fugarse. Así, si el año que comienza no es bueno para mí, lo será para él y recíprocamente. De esta forma, siempre habrá alguno satisfecho. En fin, y para concluir, deseo al señor lo que desee el señor.
–Gracias, Conseil. únicamente te pediré que aplacemos la cuestión de los regalos y que los reemplacemos provisionalmente por un buen apretón de manos. Es lo único que tengo sobre mí.
–Nunca ha sido tan generoso el señor -respondió Conseil.
Y el buen muchacho se fue.
El 2 de enero habíamos recorrido once mil trescientas cuarenta millas desde nuestro punto de partida en los mares del Japón. Ante el espolón del Nautilus se extendían los peligrosos parajes del mar del Coral, a lo largo de la costa nordeste de Australia. Nuestro barco bordeaba a una distancia de algunas millas el temible banco, en el que estuvieron a punto de naufragar los navíos de Cook, el 10 de junio de 1770. El barco en que navegaba Cook chocó con una roca, y si no se fue a pique se debió a la circunstancia de que el trozo de coral arrancado se incrustó en el casco entreabierto.
Yo deseaba vivamente visitar ese arrecife de trescientas sesenta leguas de longitud contra el que el mar rompía su oleaje con una formidable intensidad sólo comparable a la de las descargas del trueno. Pero en aquel momento, los planos inclinados del Nautilus nos llevaban a una gran profundidad y no pude ver nada de esas altas murallas coralígenas. Hube de contentarme con la observación de los diferentes especímenes de peces capturados por nuestras redes. Observé, entre otros, a unos escombros, grandes como atunes, con los flancos azulados y surcados por unas bandas transversales que desaparecían con la vida del animal. Estos peces nos acompañaban en gran cantidad y suministraron a nuestra mesa un delicado manjar. Cogimos también un buen número de esparos de medio decímetro de longitud, cuyo sabor es muy parecido al de la dorada, y peces voladores, verdaderas golondrinas marinas que, en las noches oscuras, rayan alternativamente el agua y el aire con sus resplandores fosforescentes. Entre los moluscos y los zoófitos hallé en las redes de la barredera diversas especies de alcionarias, de erizos de mar, de martillos, espolones, ceritios, hiálidos. La flora estaba representada por bellas algas flotantes, laminarias y macrocísteas, impregnadas del mucílago que exudaban sus poros y entre las que recogí una admirable Nemastoma geliniaroíde, que halló su lugar entre las curiosidades naturales del museo.
Dos días después de haber atravesado el mar del Coral, el 4 de enero,
avistamos las costas de la Papuasia. En esa ocasión, el capitán Nemo me notificó su intención de dirigirse al océano indico por el estrecho de Torres, sin darme más precisiones. Ned observó, complacido, que esa ruta nos acercaba a los mares europeos.
El estrecho de Torres debe su reputación de peligroso tanto a los escollos de que está erizado Como a los salvajes habitantes de sus costas. El estrecho separa la Nueva Holanda de la gran isla de la Papuasia, conocida también con el nombre de Nueva Guinea.
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La Papuasia tiene cuatrocientas leguas de longitud por ciento treinta de anchura, y una superficie de cuarenta mil leguas geográficas[L17]. Está situada, en latitud, entre 00 19' y 100 2' Sur, y, en longitud, entre 1280 23' y 1460 15'. A mediodía, mientras el segundo tomaba la altura del sol, vi las cimas de los montes Arfalxs, que se alzan en grandes planos para terminar en pitones agudos.
Esta tierra, descubierta en 1511 por el portugués Francisco Serrano, fue sucesivamente visitada por don José de Meneses, en 1526; por el general español Alvar de Saavedra, en 1528; por Juigo Ortez, en 1545; por el holandés Shouten, en 1616; por Nicolás Sruick, en 1753; por Tasman, Dampier, Fumel, Carteret, Edwards, Bougainville, Cook, Forrest, Mac Cluer y D'Entrecasteaux, en 1792; por Duperrey, en 1823; y por Dumont d'Urville, en 1827. «Es el foco de los negros que ocupan toda la Malasia», ha dicho Rienzi. No podía yo sospechar que los azares de esta navegación iban a ponerme en presencia de los temibles Andamenos.
El Nautilus se presentó en la entrada del estrecho más peligroso del mundo, cuya travesía evitan hasta los más audaces navegantes. Es el estrecho que afrontó Luis Paz de Torres a su regreso de los mares del Sur, en la Melanesia, y en el que las corbetas encalladas de Dumont d'Urville estuvieron a punto de perderse por completo en 1840. El Nautilus, superior a todos los peligros del mar, se disponía, sin embargo, a desafiar a los arrecifes de coral.
El estrecho de Torres tiene unas treinta y cuatro leguas de anchura, pero se halla obstruido por una innumerable cantidad de islas, islotes, rocas y rompientes que hacen casi impracticable su navegación. Por ello, el capitán Nemo tomó todas las precauciones posibles para atravesarlo. Flotando a flor de agua, el Nautilus avanzaba a una marcha moderada. Su hélice batía lentamente las aguas, como la cola de un cetáceo.
Mis dos compañeros y yo aprovechamos la ocasión para instalarnos en la plataforma. Ante nosotros se elevaba la cabina del timonel, quien, si no me engaño, debía ser en esos momentos el propio capitán Nemo.
Tenía yo a la vista los excelentes mapas del estrecho de Torres levantados y trazados por el ingeniero hidrógrafo Vincendon Dumoulin ypor el teniente de navío Coupvent-Desbois -almirante en la actualidad-, integrantes del estado mayor de Dumont d'Urville durante el último viaje de circunnavegación realizado por éste. Estos mapas son, junto con los del capitán King, los mejores para guiarse por el intrincado laberinto del estrecho, y yo los consultaba con una escrupulosa atención.
El mar se agitaba furiosamente en torno al Nautilus. La corriente de las olas, que iba del Sudeste al Noroeste con una velocidad de dos millas y media, se rompía en los arrecifes que asomaban sus crestas por doquier.