20000 leguas de viaje submarino

Julio Verne · Capítulo 4 de 6 · parte 4/4

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20000 leguas de viaje submarino

Fin de la Primera Parte

Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.

–No, que yo sepa.

–Pues bien, la Tierra será algún día ese cadáver frío. Será inhabitable y estará deshabitada como la Luna, que desde hace mucho tiempo ha perdido su calor vital.

–¿Dentro de cuántos siglos? – preguntó Conseil.

–Dentro de algunos centenares de millares de años.

–Entonces, tenemos tiempo de acabar nuestro viaje, con el permiso de Ned Land.

Y Conseil, tranquilizado, se concentró en la observación del alto fondo que el Nautilus iba casi rozando a una moderada velocidad.

Sobre aquel suelo rocoso y volcánico se desplegaba toda una fauniflora viviente: esponjas; holoturias; cidípidos hialinos con cirros rojizos que emitían una ligera fosforescencia; beroes, vulgarmente conocidos como cohombros de mar, bañados en las irisaciones del espectro solar; comátulas ambulantes, de un metro de anchura, cuya púrpura enrojecía el agua; euriales arborescentes de gran belleza; pavonarias de largos tallos; un gran número de erizos de mar comestibles, de variadas especies, y actinias

verdes de tronco grisáceo, con el disco oscuro, que se perdían en su cabellera olivácea de tentáculos.

Conseil se había ocupado más particularmente de observar los moluscos y los articulados, y aunque su nomenclatura sea un poco árida, no quiero ofender al buen muchacho omitiendo sus observaciones personales.

En sus notas, cita entre los moluscos numerosos pectúnculos pectiniformes; espóndilos amontonados unos sobre otros; donácidos o coquinas triangulares; hiálidos tridentados, con parápodos amarillos y conchas transparentes; pleurobranquios anaranjados; óvulas cubiertas de puntitos verdosos; aplisias, también conocidas con el nombre de liebres de mar; dolios; áceras carnosas; umbrelas, propias del Mediterráneo; orejas de mar, cuyas conchas producen un nácar muy estimado; pectúnculos apenachados; anomias, más estimadas que las ostras por los del Languedoc; almejas, tan preciadas por los marselleses; venus verrucosas blancas y grasas; esas almejas del género mercenaria de las que tanto consumo se hace en Nueva York; pechinas operculares o volandeiras de variados colores; litodomos o dátiles hundidos en sus agujeros, cuyo fuerte sabor aprecio yo mucho; venericárdidos surcados con nervaduras salientes en la cima abombada de la concha; cintias erizadas de tubérculos escarlatas; carneiros de punta curvada, semejantes a ligeras góndolas; férolas coronadas; atlantas, de conchas espiraliformes; tetis grises con manchas blancas, recubiertas por su manto festoneado; eólidas, semejantes a pequeñas limazas cavolinias rampando sobre el dorso; aurículas, y entre ellas la aurícula miosotis de concha ovalada; escalarias rojas; litorinas, janturias, peonzas, petrícolas, lamelarias, gorros de Neptuno, pandoras, etc.

En sus notas, Conseil había dividido, muy acertadamente, en seis clases a los articulados, de las cuales tres pertenecen al mundo marino. Son los crustáceos, los cirrópodos y los anélidos.

Los crustáceos se subdividen en nueve órdenes, el primero de los cuales comprende a los decápodos, es decir, a los animales cuya cabeza está soldada al tórax, y cuyo aparato bucal se compone de varios pares de miembros, y que poseen cuatro, cinco o seis pares de patas torácicas o

ambulatorias. Conseil había seguido el método de nuestro maestro Milne-Edwards, que divide en tres secciones a los decápodos: los braquiuros, los macruros y los anomuros, nombres tan bárbaros como justos y precisos.

Entre los braquiuros, Conseil cita un oxirrinco, el amatías, armado de dos grandes puntas divergentes a modo de cuernos; el inaco escorpión que, no sé por qué, simbolizaba la sabiduría entre los griegos; lambro-massena y lambro espinoso, probablemente extraviados en tan altos fondos puesto que generalmente viven a grandes profundidades; xantos; pilumnos; romboides; calapas granulosos -de fácil digestión, anota Conseil-; coristos desdentados; ebalias; cimopolios, cangrejos aterciopelados de Sicilia; dorripos lanudos, etc. Entre los macruros, subdivididos en cinco familias, los acorazados, los cavadores, los astácidos, los eucáridos y los oquizópodos, cita las langostas comunes, de carne tan apreciada, sobre todo en las hembras; cigalas, camarones ribereños y toda clase de especies comestibles, pero no dice nada de la subdivisión de los astácidos, en los que está incluido el bogavante, pues las langostas son los únicos bogavantes del Mediterráneo.

En fin, entre los anomuros, cita las drocinas comunes, abrigadas en las conchas abandonadas de las que se apoderan, homolas espinosas, ermitaños, porcelanas, etc.

Ahí se detenía el trabajo de Conseil. Le había faltado tiempo para completar la clase de los crustáceos con el examen de los estomatópodos, anfípodos, homópodos, isópodos, trilobites, branquiápodos, ostrácodos y entomostráceos. Y para terminar el estudio de los articulados marinos habría debido citar la clase de los cirrópodos, en la que se incluyen los cídopes y los árgulos, y la de los anélidos que no hubiera dejado de dividir en tubícolas y en dorsibranquios. Pero es que el Nautilus, al dejar atrás el alto fondo del estrecho de Libia, había recuperado su velocidad habitual.

Por eso, no fue posible ya ver ni moluscos, ni articulados ni zoófitos, apenas algunos grandes peces que pasaban como sombras.

Durante la noche del 16 al 17 de febrero, entramos en esa otra zona del Mediterráneo cuyas mayores profundidades se sitúan a tres mil metros.

Impulsado por su hélice y deslizándose a lo largo de sus planos inclinados, el Nautilus se hundió hasta las últimas capas del mar.

A falta de las maravillas naturales, el mar ofreció allí a mis miradas escenas emocionantes y terribles. Nos hallábamos surcando, en efecto, esa parte del Mediterráneo tan fecunda en naufragios. ¡Cuántos son los barcos que han naufragado y desaparecido entre las costas argelinas y las provenzales! El Mediterráneo no es más que un lago, si se le compara con la vasta extensión abierta del Pacífico, pero un lago caprichoso y voluble, hoy propicio y acariciante para la frágil tartana que parece flotar entreel doble azul del mar y del cielo, mañana furioso y atormentado, descompuesto por los vientos, destrozando los más sólidos navíos con los golpes violentos de sus olas.

Así, a nuestro rápido paso por esas capas profundas, vi un gran número de restos en el fondo, unos recubiertos ya por los corales y otros revestidos de una capa de orín; áncoras, cañones, obuses, piezas de hierro, paletas de hélices, piezas de máquinas, cilindros rotos, calderas destrozadas, cascos de buque flotando entre dos aguas, unos hacia abajo y otros hacia arriba.

Todos estos navíos habían naufragado o por colisiones entre ellos o por choques con escollos de granito. Había allí algunos que se habían ido a pique, y que, con su arboladura enhiesta y sus aparejos intactos, parecían estar fondeados en una inmensa rada, esperando el momento de zarpar.

Cuando pasaba entre ellos el Nautilus, iluminándolos con su luz eléctrica, parecía que esos navíos fueran a saludarle con su pabellón y darle su número de orden. Pero sólo el silencio y la muerte reinaban en ese campo de catástrofes.

Observé que los restos de naufragios en los fondos mediterráneos iban siendo más numerosos a medida que el Nautilus se acercaba al estrecho de Gibraltar. Las costas de África y de Europa van estrechándose y las colisiones en tan estrecho espacio son más frecuentes. Vi numerosas carenas de hierro, ruinas fantásticas de barcos de vapor, en pie unos y tumbados otros, semejantes a formidables animales. Uno de ellos, con los flancos abiertos, su timón separado del codaste y retenido aún por una cadena de hierro, con la popa corroída por las sales marinas, me produjo una impresión terrible. ¡Cuántas existencias rotas, cuántas víctimas había debido provocar su naufragio! ¿Habría sobrevivido algún marinero para

contar el terrible desastre? No sé por qué me vino la idea de que ese barco pudiera ser el Atlas, desaparecido desde hacía veinte años sin que nadie haya podido oír la menor explicación. ¡Qué siniestra historia la que podría hacerse con estos fondos mediterráneos, con este vasto osario en el que se han perdido tantas riquezas y en el que tantas víctimas han hallado la muerte!

Rápido e indiferente, el Nautilus pasaba a toda máquina en medio de esas ruinas. Hacia las tres de la mañana del 18 de febrero, se presentaba en la entrada del estrecho de Gibraltar.

Existen allí dos corrientes, una superior, reconocida desde hace tiempo, que lleva las aguas del océano a la cuenca mediterránea, y otra más profunda, una contracorriente cuya existencia ha sido demostrada por el razonamiento. En efecto, la suma de las aguas del Mediterráneo, incesantemente acrecentada por las del Atlántico y por los ríos que en él se sumen, tendría que elevar cada año el nivel de este mar, pues su evaporación es insuficiente para restablecer el equilibrio. Del hecho de que así no ocurra se ha inferido naturalmente la existencia de esa corriente inferior que por el estrecho de Gibraltar vierte en el Atlántico ese excedente de agua.

Suposición exacta, en efecto. Es esa contracorriente la que aprovechó el Nautilus para avanzar rápidamente por el estrecho paso. Durante unos instantes pude entrever las admirables ruinas del templo de Hércules, hundido, según Plinio y Avieno, con la isla baja que le servía de sustentación, y algunos minutos más tarde, nos hallábamos en aguas del Atlántico.

8. La bahía de Vigo

¡El Atlántico! Una vasta extensión de agua cuya superficie cubre veinticinco millones de millas cuadradas, con una longitud de nueve mil millas y una anchura media de dos mil setecientas millas. Mar importante,

casi ignorado de los antiguos, salvo, quizá, de los cartagineses, esos holandeses de la Antigüedad, que en sus peregrinaciones comerciales costeaban el occidente de Europa y de África. Océano cuyas orillas de sinuosidades paralelas acotan un perímetro inmenso, regado por los más grandes ríos del mundo, el San Lorenzo, el Mississippi, el Amazonas, el Plata, el Orinoco, el Níger, el Senegal, el Elba, el Loira, el Rin, que le ofrendan las aguas de los países más civilizados y de las comarcas más salvajes. Llanura magnífica incesantemente surcada por navíos bajo pabellón de todas las naciones, acabada en esas dos puntas terribles, temidas de todos los navegantes, del cabo de Hornos y del cabo de las Tempestades.

El Nautilus rompía sus aguas con el espolón, tras haber recorrido cerca de diez mil leguas en tres meses y medio, distancia superior a la de los grandes círculos de la Tierra.

¿Adónde ibamos ahora y qué es lo que nos reservaba el futuro?

Al salir del estrecho de Gibraltar, el Nautilus se había adentrado en alta mar.

Su retorno a la superficie del mar nos devolvió nuestros diarios paseos por la plataforma.

Subí acompañado de Ned y de Conseil. A una distancia de doce millas se veía vagamente el cabo de San Vicente que forma la punta sudoccidental de la península hispánica. El viento soplaba fuerte del Sur. La mar, gruesa y dura, imprimía un violento balanceo al Nautilus. Era casi imposible mantenerse en pie sobre la plataforma batida por el oleaje. Hubimos de bajar en seguida tras haber aspirado algunas bocanadas de aire.

Me dirigí a mi camarote y Conseil al suyo, pero el canadiense, que parecía estar muy preocupado, me siguió. Nuestra rápida travesía del Mediterráneo no le había permitido dar ejecución a sus proyectos de evasión y no se molestaba en disimular su enojo.

Tras cerrar la puerta de mi camarote, se sentó y me miró en silencio.

–Le comprendo, amigo mío, pero no tiene nada que reprocharse. Tratar de abandonar el Nautilus, en las condiciones en que navegaba, hubiera sido una locura.

No me respondió Ned Land. Sus labios apretados y su ceño fruncido indicaban en él la coercitiva obsesión de la idea fija.

–Veamos, Ned, nada está aún perdido. Estamos cerca de las costas de Portugal. No están muy lejos de Francia ni Inglaterra, donde podríamos hallar fácilmente refugio. Si el Nautilus hubiera puesto rumbo al Sur, al salir del estrecho de Gibraltar, yo compartiría su inquietud. Pero sabemos ya que el capitán Nemo no rehúye los mares civilizados. Dentro de unos días podrá actuar usted con alguna seguridad.

Ned Land me miró con mayor fijeza aún y por fin despegó los labios.

–Será esta noche -dijo.

Di un respingo, al oírle eso. No estaba yo preparado, lo confieso, para semejante comunicación. Hubiera querido responderle, pero me faltaron las palabras.

–Habíamos convenido esperar una circunstancia favorable -dijo Ned Land-.

Esa circunstancia ha llegado. Esta noche estaremos a unas pocas millas de la costa española. La noche será oscura y el viento favorable. Tengo su palabra, señor Aronnax, y cuento con usted.

Yo continuaba callado. El canadiense se levantó y se acerco a mí.

–Esta noche a las nueve -dijo-. He avisado ya a Conseil. A esa hora el capitán Nemo estará encerrado en su camarote y probablemente acostado.

Ni los mecánicos ni los hombres de la tripulación podrán vernos. Conseil y yo iremos a la escalera central. Usted, señor Aronnax, permanecerá en la biblioteca, a dos pasos de nosotros, a la espera de mi señal. Los remos, el mástil y la vela están ya en la canoa, donde tengo ya incluso algunos víveres. Me he procurado una llave inglesa para quitar las tuercas que fijan

el bote al casco del Nautílus. Todo está, pues, dispuesto. Hasta la noche.

–La mar está muy dura -dije.

–Sí, es cierto, pero habrá que arriesgarse. Ése será el precio de la libertad y hay que pagarlo. Vale la pena. Además, la embarcación es sólida y unas pocas millas, con el viento a nuestro favor, no serán un obstáculo de monta.

¿Quién sabe si mañana el Nautilus estará a cien millas, en alta mar? Si las circunstancias nos favorecen, entre las diez y las once estaremos en tierra firme, o habremos muerto. Así, pues, a la gracia de Dios y hasta esta noche.

El canadiense se retiró, dejándome aturdido. Yo había pensado que cuando llegara el momento tendría tiempo de reflexionar y de discutir. Pero mi obstinado compañero no me lo permitía. Después de todo, ¿qué hubiera podido decirle? Ned Land tenía sobrada razón de querer aprovechar la oportunidad. ¿Podía yo faltar a mi palabra y asumir la responsabilidad de comprometer el porvenir de mis compañeros por mi interés personal? ¿No era acaso muy probable que el capitán Nemo nos llevara al día siguiente lejos de toda tierra?

Un fuerte silbido me anunció en aquel momento que se estaban llenando los depósitos y que el Nautilus se sumergía.

Permanecí en mi camarote. Deseaba evitar al capitán para ocultar a sus ojos la emoción que me embargaba. Triste jornada la que así pasé, entre el deseo de recuperar la posesión de mi libre arbitrio y el pesar de abandonar ese maravilloso Nautilus y de dejar inacabados mis estudios submarinos. ¡Dejar así ese océano, «mi Atlántico», como yo me complacía en llamarle, sin haber observado sus fondos, sin robarle esos secretos que me habían revelado los mares de la India y del Pacífico! Mi novela caía de mis manos en el primer volumen, mi sueño se interrumpía en el mejor momento. ¡Qué difíciles fueron las horas que pasé así, ya viéndome sano y salvo, en tierra, con mis compañeros, ya deseando, contra toda razón, que alguna circunstancia imprevista impidiera la realización de los proyectos de Ned Land!

Por dos veces fui al salón para consultar el compás. Quería ver si la dirección del Nautilus nos acercaba a la costa o nos alejaba de ella.

Seguíamos en aguas portuguesas, rumbo al Norte.

Había que decidirse y disponerse a partir. Bien ligero era mi equipaje. Mis notas, únicamente.

Me preguntaba yo qué pensaría el capitán Nemo de nuestra evasión, qué inquietudes y qué perjuicios le causaría tal vez, así como lo que haría en el doble caso de que resultara descubierta o fallida. No podía yo quejarme de él, muy al contrario. ¿Dónde hubiera podido hallar una hospitalidad más franca que la suya? Cierto es que al abandonarle no podía acusárseme de ingratitud. Ningún juramento nos ligaba a él. No era con nuestra palabra con lo que él contaba para tenernos siempre junto a sí, sino con la fuerza de las cosas. Pero esa declarada pretensión de retenernos a bordo eternamente, como prisioneros, justificaba todas nuestras tentativas.

No había vuelto a ver al capitán desde nuestra visita a la isla de Santorin.

¿Me pondría el azar en su presencia antes de nuestra partida? Lo deseaba y lo temía a la vez. Me puse a la escucha de todo ruido procedente de su camarote, contiguo al mío, pero no oí nada. Su camarote debía estar vacío.

Se me ocurrió pensar entonces si se hallaría a bordo el extraño personaje.

Desde aquella noche en que la canoa había abandonado al Nautilus en una misteriosa expedición, mis ideas sobre él se habían modificado ligeramente.

Después de aquello, pensaba que el capitán Nemo, dijera lo que dijese, debía haber conservado con la tierra algunas relaciones. ¿Sería cierto que no abandonaba nunca el Nautilus? Habían pasado semanas enteras sin que yo le viera. ¿Qué hacía durante ese tiempo? Mientras yo le había creído presa de un acceso de misantropía, ¿no habría estado realizando, lejos de allí, alguna acción secreta cuya naturaleza me era totalmente desconocida?

Estas y otras muchas ideas me asaltaron a la vez. En la extraña situación en que me hallaba, el campo de conjeturas era infinito. Sentía yo un malestar insoportable. La espera me parecía eterna. Las horas pasaban demasiado lentamente para mi impaciencia.

Me sirvieron, como siempre, la cena en mi camarote, y comí mal, por estar demasiado preocupado. Me levanté de la mesa a las siete. Ciento veinte minutos -que habría de contar uno a uno- me separaban aún del momento en que debía unirme a Ned Land. Mi agitación crecía y me latían los pulsos con fuerza. No podía permanecer inmóvil. Iba y venía, esperando calmar mi turbación con el movimiento. La idea de sucumbir en nuestra temeraria empresa era la menor de mis preocupaciones. Lo que me hacía estremecerme, lo que agitaba los latidos de mi corazón, era el temor de ver descubierto nuestro proyecto antes de dejar el Nautilus o la idea de vernos llevados ante el capitán Nemo, irritado o, lo que hubiera sido peor, entristecido por mi abandono.

Quise ver el salón por última vez. Me adentré por el corredor y llegué al museo en que había pasado tantas horas, tan agradables como útiles. Miré todas aquellas riquezas, todos aquellos tesoros, como un hombre en vísperas de un exilio eterno, que parte para nunca más volver. Iba yo a abandonar para siempre aquellas maravillas de la naturaleza y aquellas obras maestras del arte entre las que había vivido tantos días. Hubiera querido hundir mis miradas en el Atlántico a través de los cristales, pero los paneles de acero los recubrían herméticamente, separándome de ese océano que no conocía aún.

Recorrí el salón y llegué cerca de la puerta que lo comunicaba con el camarote del capitán. Vi con sorpresa que la puerta estaba entreabierta.

Retrocedí instintivamente. Si el capitán Nemo se hallaba en su camarote podía verme. Pero al no oír ningún ruido me acerqué. El camarote estaba vacío. Empujé la puerta y pasé al interior, que presentaba como siempre el mismo aspecto severo, cenobial.

Llamaron mi atención unos aguafuertes colgados en la pared que no había observado durante mi primera visita. Eran retratos, retratos de esos grandes hombres históricos cuya existencia no ha sido más que una permanente y abnegada entrega a un gran ideal: Kosciusko, el héroe caído al grito de Finis Poloniae; Botzaris, el Leónidas de la Grecia moderna; O'Connell, el defensor de Irlanda; Washington, el fundador de la Unión americana;

Manin, el patriota italiano; Lincoln, asesinado a tiros por un esclavista, y, por último, el mártir de la liberación de la raza negra, John Brown, colgado en la horca, tal como lo dibujó tan terriblemente el lápiz de Victor Hugo.

¿Qué lazo existía entre aquellas almas heroicas y la del capitán Nemo?

¿Desvelaba tal vez aquella colección de retratos el misterio de su existencia? ¿Era tal vez el capitán Nemo un campeón de los pueblos oprimidos, un liberador de las razas esclavas? ¿Había participado en las últimas conmociones políticas y sociales del siglo? ¿Había sido tal vez uno de los héroes de la terrible guerra americana, guerra lamentable y para siempre gloriosa?

Sonaron las ocho en el reloj, y el primer golpe sobre el timbre me arrancó a mis pensamientos. Me sobresalté como si un ojo invisible hubiese penetrado en lo más profundo de mi ser, y me precipité fuera del camarote.

Mi mirada se detuvo en la brújula. Nuestra dirección continuaba siendo el Norte. La corredera indicaba una velocidad moderada, y el manómetro una profundidad de unos sesenta pies. Las circunstancias favorecían, pues, los proyectos del canadiense.

Regresé a mi camarote. Me vestí con la casaca de biso forrada de piel de foca y el gorro de piel de nutria y me puse las botas de mar. Ya dispuesto, esperé. Tan sólo el rumor de la hélice rompía el profundo silencio que reinaba a bordo. Yo tendía la oreja, a la escucha, al acecho de alguna voz que pudiera indicar el descubrimiento del plan de evasión de Ned Land. Me sobrecogía una inquietud mortal. En vano trataba de recuperar mi sangre fría.

A las nueve menos unos minutos me puse a la escucha del camarote del capitán. No oí el más mínimo ruido. Salí de mi camarote y fui al salón, que estaba vacío y en semipenumbra.

Abrí la puerta que comunicaba con la biblioteca. Ésta se hallaba también vacía y en la misma penumbra. Me aposté cerca de la puerta que daba a la caja de la escalera central, y allí esperé la señal de Ned Land. En aquel

momento, el rumor de la hélice disminuyó sensiblemente hasta cesar por completo. ¿Cuál era la causa de ese cambio en la marcha del Nautilus? No me era posible saber si aquella parada favorecía o perjudicaba a los designios de Ned Land.

Tan sólo los latidos de mi corazón turbaban ya el silencio. Súbitamente, se sintió un ligero choque, que me hizo comprender que el Nautilus acababa de tocar fondo. Mi inquietud se redobló en intensidad. No me Regaba la señal del canadiense. Sentí el deseo de hablar con Ned Land para instarle a aplazar su tentativa. Me daba cuenta de que nuestra navegación no se hacía ya en condiciones normales.

En aquel momento se abrió la puerta del gran salón para dar paso al capitán Nemo. Al verme, y sin más preámbulos, me dijo:

–¡Ah!, señor profesor, le estaba buscando. ¿Conoce usted la historia de España?

Aun conociendo a fondo la historia de su propio país, en las circunstancias en que yo me hallaba, turbado el espíritu y perdida la cabeza, imposible hubiera sido citar una sola palabra.

–¿Me ha oído? – dijo el capitán Nemo-. Le he preguntado si conoce la historia de España.

–Poco y mal -respondí.

–Así son los sabios. No saben. Bien, siéntese, que le voy a contar un curioso episodio de esa historia.

El capitán se sentó en un diván y, maquinalmente, me instalé a su lado, en la penumbra.

–Señor profesor, escúcheme bien, pues esta historia le interesará en algún aspecto, por responder a una cuestión que sin duda no ha podido usted resolver.

–Le escucho, capitán -le dije, no sabiendo bien adónde quería ir a parar y preguntándome si tendría aquello relación con nuestro proyecto de evasión.

–Señor profesor, si no le parece mal nos remontaremos a 1702. No ignora usted que en esa época, vuestro rey Luis XIV, creyendo que bastaba con un gesto de potentado para enterrar los Pirineos, había impuesto a los españoles a su nieto el duque de Anjou. Este príncipe, que reinó más o menos mal bajo el nombre de Felipe V, tuvo que hacer frente a graves dificultades exteriores. En efecto, el año anterior, las casas reales de Holanda, de Austria y de Inglaterra habían concertado en La Haya un tratado de alianza, con el fin de arrancar la corona de España a Felipe V

para depositarla en la cabeza de un archiduque al que prematuramente habían dado el nombre de Carlos III. España hubo de resistir a esa coalición, casi desprovista de soldados y de marinos. Pero no le faltaba el dinero, a condición, sin embargo, de que sus galeones, cargados del oro y la plata de América, pudiesen entrar en sus puertos.

»Hacia el fin de 1702, España esperaba un rico convoy que Francia hizo escoltar por una flota de veintitrés navíos bajo el mando del almirante Cháteau-Renault, para protegerlo de las correrías por el Atlántico de las armadas de la coalición. El convoy debía ir a Cádiz, pero el almirante, conocedor de que la flota inglesa surcaba esos parajes, decidió dirigirlo a un puerto de Francia. Tal decisión suscitó la oposición de los marinos españoles, que deseaban dirigirse a un puerto de su país, y que propusieron, a falta de Cádiz, ir a la bahía de Vigo, al noroeste de España, que no se hallaba bloqueada. El almirante de Cháteau-Renault tuvo la debilidad de plegarse a esta imposición, y los galeones entraron en la bahía de Vigo.

Desgraciadamente, esta bahía forma una rada abierta y sin defensa.

Necesario era, pues, apresurarse a descargar los galeones antes de que pudieran llegar las flotas coaligadas, y no hubiera faltado el tiempo para el desembarque si no hubiera estallado una miserable cuestión de rivalidades.

¿Va siguiendo usted el encadenamiento de los hechos?

–Perfectamente -respondí, no sabiendo aún con qué motivos me estaba dando esa lección de historia.

–Continúo, pues. He aquí lo que ocurrió. Los comerciantes de Cádiz tenían el privilegio de ser los destinatarios de todas las mercancías procedentes de las Indias occidentales. Desembarcar los lingotes de los galeones en el puerto de Vigo era ir contra su derecho. Por ello, se quejaron en Madrid y obtuvieron del débil Felipe V que el convoy, sin proceder a su descarga, permaneciera embargado en la rada de Vigo hasta que se hubieran alejado las flotas enemigas. Pero, mientras se tomaba esa decisión, la flota inglesa hacía su aparición en la bahía de Vigo el 22 de octubre de 1702. Pese a su inferioridad material, el almirante de Cháteau-Renault se batió valientemente. Pero cuando vio que las riquezas del convoy iban a caer entre las manos del enemigo, incendió y hundió los galeones, que se sumergieron con sus inmensos tesoros.

El capitán Nemo pareció haber concluido su relato que, lo confieso, no veía yo en qué podía interesarme.

–¿Y bien? – le pregunté.

–Pues bien, señor Aronnax, estamos en la bahía de Vigo, y sólo de usted depende que pueda conocer sus secretos.

El capitán se levantó y me rogó que le siguiera. Le obedecí, ya recuperada mi sangre fría. El salón estaba oscuro, pero a través de los cristales transparentes refulgía el mar. Miré.

En un radio de media milla en torno al Nautilus las aguas estaban impregnadas de luz eléctrica. Se veía neta, claramente el fondo arenoso.

Hombres de la tripulación equipados con escafandras se ocupaban de inspeccionar toneles medio podridos, cofres desventrados en medio de restos ennegrecidos. De las cajas y de los barriles se escapaban lingotes de oro y plata, cascadas de piastras y de joyas. El fondo estaba sembrado de esos tesoros. Cargados del precioso botín, los hombres regresaban al Nautilus, depositaban en él su carga y volvían a emprender aquella inagotable pesca de oro y de plata.

Comprendí entonces que nos hallábamos en el escenario de la batalla del 22

de octubre de 1702 y que aquél era el lugar en que se habían hundido los galeones fletados por el gobierno español. Allí era donde el capitán Nemo subvenía a sus necesidades y lastraba con aquellos millones al Nautilus.

Para él, para él sólo había entregado América sus metales preciosos. Él era el heredero directo y único de aquellos tesoros arrancados a los incas y a los vencidos por Hernán Cortés.

–¿Podía usted imaginar, señor profesor, que el mar contuviera tantas riquezas? – preguntó, sonriente, el capitán Nemo.

–Sabía que se evalúa en dos millones de toneladas la plata que contienen las aguas en suspensión.

–Cierto, pero su extracción arrojaría un coste superior a de su precio. Aquí, al contrario, no tengo más que recoger lo que han perdido los hombres, y no sólo en esta bahía de Vigo sino también en los múltiples escenarios de naufragios registrados en mis mapas de los fondos submarinos.

¿Comprende ahora por qué puedo disponer de miles de millones?

–Sí, ahora lo comprendo, capitán. Permítame, sin embargo, decirle que al explotar precisamente esta bahía de Vigo no ha hecho usted más que anticiparse a los trabajos de una sociedad rival.

–¿Cuál?

–Una sociedad que ha obtenido del gobierno español el privilegio de buscar los galeones sumergidos. Los accionistas están excitados por el cebo de un enorme beneficio, pues se evalúa en quinientos millones el valor de esas riquezas naufragadas.

–Quinientos millones… Los había, pero ya no.

–En efecto -dije-. Y sería un acto de caridad prevenir a esos accionistas.

Quién sabe, sin embargo, si el aviso sería bien recibido, pues a menudo lo que los jugadores lamentan por encima de todo es menos la pérdida de su

dinero que la de sus locas esperanzas. Les compadezco menos, después de todo, que a esos millares de desgraciados a quienes hubieran podido aprovechar tantas riquezas bien repartidas, y que ya serán siempre estériles para ellos.

No había terminado yo de expresar esto cuando sentí que había herido al capitán Nemo.

–¡Estériles! – respondió, con gran viveza-. ¿Cree usted, pues, que estas riquezas están perdidas por ser yo quien las recoja? ¿Acaso cree que es para mí por lo que me tomo el trabajo de recoger estos tesoros? ¿Quién le ha dicho que no haga yo buen uso de ellos? ¿Cree usted que yo ignoro que existen seres que sufren, razas oprimidas, miserables por aliviar, víctimas por vengar? ¿No comprende que…?

El capitán Nemo se contuvo, lamentando tal vez haber hablado demasiado.

Pero yo había comprendido. Cualesquiera que fuesen los motivos que le habían forzado a buscar la independencia bajo los mares, seguía siendo ante todo un hombre. Su corazón palpitaba aún con los sufrimientos de la humanidad y su inmensa caridad se volcaba tanto sobre las razas esclavizadas como sobre los individuos.

Fue entonces cuando comprendí a quién estaban destinados los millones entregados por el capitán Nemo, cuando el Nautilus navegaba por las aguas de la Creta insurrecta.

9. Un continente desaparecido

Al día siguiente, 19 de febrero, por la mañana, vi entrar al canadiense en mi camarote. Esperaba yo su visita. Estaba visiblemente disgustado.

–¿Y bien, señor? – me dijo.

–Y bien, Ned, el azar se puso ayer contra nosotros.

–Sí. Este condenado capitán tuvo que detenerse precisamente a la hora en que íbamos a fugarnos.

–Sí, Ned. Estuvo tratando un negocio con su banquero.

–¿Su banquero?

–O más bien su casa de banca; quiero decir que su banquero es este océano que guarda sus riquezas con más seguridad que las cajas de un Estado.

Relaté entonces al canadiense los hechos de la víspera, y lo hice con la secreta esperanza de disuadirle de su idea de abandonar al capitán. Pero mi relato no tuvo otro resultado que el de llevarle a lamentar enérgicamente no haber podido hacer por su cuenta un paseo por el campo de batalla de Vigo.

–¡En fin! – suspiró-. No todo está perdido. No es más que un golpe de arpón en el vacío. Lo lograremos en otra ocasión, tal vez esta misma noche si es posible.

–¿Cuál es la dirección del Nautilus? – le pregunté.

–Lo ignoro -respondió Ned.

–Bien, a mediodía lo sabremos.

El canadiense volvió junto a Conseil. Por mi parte, una vezvestido, fui al salón. El compás no era muy tranquilizador. El Nautilus navegaba con rumbo Sur-sudoeste. Nos alejábamos de Europa.

Esperé con impaciencia que se registrara la posición en la carta de marear.

Hacia las once y media se vaciaron los depósitos y nuestro aparato emergió a la superficie. Me lancé hacia la plataforma, en la que me había precedido Ned Land.

Ninguna tierra a la vista. Nada más que el mar inmenso. Algunas velas en el

horizonte, de los barcos que van a buscar hasta el cabo San Roque los vientos favorables para doblar el cabo de Buena Esperanza. El cielo estaba cubierto, y se anunciaba un ventarrón.

Rabioso, Ned Land trataba de horadar con su mirada el horizonte brumoso, en la esperanza de que tras la niebla se extendiera la tierra deseada.

A mediodía, el sol se asomó un instante. El segundo de a bordo aprovechó el claro para tomar la altitud. El oleaje nos obligó a descender, y se cerró la escotilla.

Una hora después, al consultar el mapa vi que la posición del Nautilus se hallaba indicada en él a 160 17' de longitud y 330 22' de latitud, a ciento cincuenta leguas de la costa más cercana. Inútil era pensar en la fuga, y puede imaginarse la cólera del canadiense cuando le notifiqué nuestra situación.

En cuanto a mí, no me sentí muy desconsolado, sino, antes bien, aliviado del peso que me oprimía. Así pude reanudar, con una calma relativa, mi trabajo habitual.

Por la noche, hacia las once, recibí la inesperada visita del capitán Nemo, quien me preguntó muy atentamente si me sentía fatigado por la velada de la noche anterior, a lo que le respondí negativamente.

–Si es así, señor Aronnax, voy a proponerle una curiosa excursión.

–Le escucho, capitán.

–Hasta ahora no ha visitado usted los fondos submarinos más que de día y bajo la claridad del sol. ¿Le gustaría verlos en una noche oscura?

–Naturalmente, capitán.

–El paseo será duro, se lo advierto. Habrá que caminar durante largo tiempo

y escalar una montaña. Los caminos no están en muy buen estado.

–Lo que me dice, capitán, redobla mi curiosidad. Estoy dispuesto a seguirle.

–Venga entonces conmigo a ponerse la escafandra.

Llegado al vestuario, vi que ni mis compañeros ni ningún hombre de la tripulación debía seguirnos en esa excursión. El capitán Nemo no me había propuesto llevar con nosotros a Ned y a Conseil.

En algunos instantes nos hallamos equipados, con los depósitos de aire a nuestras espaldas, pero sin lámparas eléctricas. Se lo hice observar al capitán, pero éste respondió:

–Nos serían inútiles.

Creí haber oído mal, pero no pude insistir pues la cabeza del capitán había desaparecido ya en su envoltura metálica. Acabé de vestirme, y noté que me ponían en la mano un bastón con la punta de hierro. Algunos minutos después, tras la maniobra habitual, tocábamos pie en el fondo del Atlántico, a una profundidad de trescientos metros.

Era casi medianoche. Las aguas estaban profundamente oscuras, pero el capitán Nemo me mostró a lo lejos un punto rojizo, una especie de resplandor que brillaba a unas dos millas del Nautilus. Lo que pudiera ser aquel fuego, así como las materias que lo alimentaban y la razón de que se revivificara en la masa líquida, era algo que escapaba por completo a mi comprensión. En todo caso, nos iluminaba, vagamente, es cierto, pero pronto me acostumbré a esas particulares tinieblas, y comprendí entonces la inutilidad en esas circunstancias de los aparatos Ruhmkorff.

El capitán Nemo y yo marchábamos uno junto al otro, directamente hacia el fuego señalado. El fondo llano ascendía insensiblemente. íbamos a largas zancadas, ayudándonos con los bastones, pero nuestra marcha era lenta, pues se nos hundían con frecuencia los pies en el fango entre algas y piedras lisas. Oía, mientras avanzaba, una especie de crepitación por encima

de mi cabeza, que redoblaba a veces de intensidad y producía como un continuo chapoteo. No tardé en comprender que era el efecto de la lluvia que caía violentamente sobre la superficie. Instintivamente me vino la idea de que iba a mojarme. ¡Por el agua, en medio del agua! No pude impedirme reír ante una idea tan barroca. Pero es que hay que decir que bajo el pesado ropaje y la escafandra no se siente el líquido elemento y uno se cree en medio de una atmósfera un poco más densa que la terrestre.

Tras media hora de marcha, el suelo se hizo rocoso. Las medusas, los crustáceos microscópicos, las pennátulas lo iluminaban ligeramente con sus fosforescencias. Entreví montones de piedras que cubrían mifiones de zoófitos y matorrales de algas. Los pies resbalaban a menudo sobre el viscoso tapiz de algas y, sin mi bastón con punta de hierro, más de una vez me hubiera caído.

Cuando me volvía, veía el blanquecino fanal del Nautilus que comenzaba a palidecer en la lejanía.

Las aglomeraciones de piedras de que acabo de hablar estaban dispuestas en el fondo oceánico según una cierta regularidad que no podía explicarme.

Veía surcos gigantescos que se perdían en la lejana oscuridad y cuya longitud escapaba a toda evaluación. Habría otras particularidades de dificil interpretación. Me parecía que mis pesadas suelas de plomo iban aplastando un lecho de osamentas que producían secos chasquidos. ¿Qué era esa vasta llanura que íbamos recorriendo? Hubiera querido interrogar al capitán, pero su lenguaje de gestos que le permitía comunicarse con sus compañeros durante sus excursiones submarinas, me era todavía incomprensible.

La rojiza claridad que nos guiaba iba aumentando e inflamaba el horizonte.

Me intrigaba poderosamente la presencia de ese foco bajo las aguas. ¿Eran efluvios eléctricos lo que allí se manifestaba? ¿Me hallaba acaso ante un fenómeno natural aún desconocido para los sabios de la tierra? ¿O tal vez -

pues reconozco que la idea atravesó mi cerebro- se debía aquella inflamación a la mano del hombre? ¿Era ésta la que atizaba el incendio?

¿Acaso iba a encontrar, bajo esas capas profundas, a companeros, amigos del capitán Nemo, protagonistas como él de esa extraña existencia, a los

que éste iba a visitar? ¿Hallaría yo allí una colonia de exiliados que, cansados de las miserias de la tierra, habían buscado y hallado la independencia en lo más profundo del océano? Todas estas locas ideas, estas inadmisibles figuraciones, me asaltaban en tropel, y en esa disposición de ánimo, sobreexcitado sin cesar por la serie de maravillas que pasaban ante mis ojos, no hubiera encontrado sorprendente la existencia de una de esas ciudades submarinas que soñaba el capitán Nemo.

Nuestro camino estaba cada vez más iluminado. El blanquecino resplandor irradiaba de la cima de una montaña de unos ochocientos pies de altura.

Pero lo que yo veía no era una simple reverberación desarrollada por las aguas cristalinas. El foco de esa inexplicable claridad se hallaba en la vertiente opuesta de la montaña.

En medio de los dédalos de piedras que surcaban el fondo del Atlántico, el capitán Nemo avanzaba sin vacilación. Conocía la oscura ruta. No cabía duda de que la había recorrido a menudo y que no temía perderse. Yo le seguía con una confianza inquebrantable. Me parecía ser uno de los genios del mar, y al verlo andar ante mí, admiraba su alta estatura que se recortaba en negro sobre el fondo luminoso del horizonte.

Era ya la una de la madrugada. Habíamos llegado a las primeras rampas de la montaña. Pero para abordarlas había que aventurarse por los difíciles senderos de una vasta espesura. Sí, una espesura de árboles muertos, sin hojas, sin savia, árboles mineralizados por la acción del agua y de entre los que sobresalían aquí y allá algunos pinos gigantescos. Era como una hullera aún en pie, manteniéndose por sus raíces sobre el suelo hundido, y cuyos ramajes se dibujaban netamente sobre el techo de las aguas, a la manera de esas figuras recortadas en cartulina negra. Imagínese un bosque del Harz, agarrado a los flancos de una montaña, pero un bosque sumergido. Los senderos estaban llenos de algas y de fucos, entre los que pululaba un mundo de crustáceos. Yo iba escalando las rocas, saltando por encima de los troncos abatidos, rompiendo las lianas marinas que se balanceaban de un árbol a otro, y espantando a los peces que volaban de rama en rama.

Excitado, no sentía la fatiga, y seguía a mi guía incansable.

¡Qué espectáculo tan indescriptible! ¡Cómo decir el aspecto de esos árboles y de esas rocas en ese medio líquido, el de sus fondos tenebrosos y el de sus cimas coloreadas de tonos rojizos bajo la claridad que difundía la potencia reverberante de las aguas! Escalábamos rocas que se venían en seguida abajo con el sordo fragor de un alud. A derecha e izquierda se abrían tenebrosas galerías por las que se perdía la mirada. De vez en cuando se abrían vastos calveros que parecían practicados por la mano del hombre, y yo me preguntaba a veces si no iba a aparecerse de repente algún habitante de esas regiones submarinas.

El capitán Nemo continuaba ascendiendo y yo le seguía audazmente, no queriendo quedarme rezagado. Mi bastón me prestaba un útil concurso, pues un solo paso en falso hubiese sido tremendamente peligroso en aquellos estrechos pasos tallados en los flancos de los abismos. Marchaba yo con pie firme, sin sentir la embriaguez del vértigo. Unas veces saltaba una grieta cuya profundidad me hubiese hecho retroceder en medio de los glaciares de la tierra, y otras me aventuraba sobre el tronco vacilante de los árboles tendidos como puentes sobre los abismos, sin mirar bajo mis pies, por no tener ojos más que para admirar los lugares salvajes de la región.

Algunas rocas monumentales, inclinadas sobre sus bases irregularmente recortadas, parecían desafiar las leyes del equilibrio. Entre sus rodillas de piedra, crecían árboles como surtidores sometidos a una formidable presión, que sostenían a los que les soportaban a su vez. Torres naturales, amplios cortes tallados a pico, como cortinas, se inclinaban bajo un ángulo que las leyes de la gravitación no habrían autorizado en la superficie de las regiones terrestres.

Yo mismo no sentía esa diferencia debida a la poderosa densidad del agua, cuando, pese a mis pesados ropajes, mi esfera de cobre y mis suelas metálicas, me elevaba sobre pendientes de una elevación impracticable, que iba franqueando, por así decirlo, con la ligereza de una gamuza.

Bien sé que no podré ser verosímil con este relato de excursión bajo el agua. Yo soy el historiador de las cosas de apariencia imposible, que sin embargo son reales, incontestables. No he soñado. He visto y sentido.

A las dos horas de nuestra partida del Nautilus habíamos atravesado la línea de árboles, y ya, a cien pies por encima de nuestras cabezas, se erguía el pico de la montaña cuya proyección trazaba su sombra sobre la brillante irradiación de la vertiente opuesta. Algunos arbustos petrificados corrían aquí y allá en ondulantes zigzags. Los peces se levantaban en masa bajo nuestros pasos como pájaros sorprendidos en las altas hierbas. La masa rocosa estaba torturada por impenetrables anfractuosidades, profundas grutas, insondables agujeros en cuyos fondos oía yo removerse cosas formidables. La sangre me asaltaba a torrentes el corazón cuando veía una antena enorme cerrarme la ruta o cuando alguna pinza espantosa se cerraba ruidosamente en la sombra de las cavidades. Millares de puntos luminosos acribillaban las tinieblas. Eran los ojos de crustáceos gigantescos, agazapados en sus guaridas, de enormes bogavantes erguidos como alabarderos haciendo resonar sus patas con un estrépito de chatarra, titánicos cangrejos apuntados como cañones sobre sus cureñas, y pulpos espantosos entrelazando sus tentáculos como un matorral vivo de serpientes.

¿Qué mundo exorbitante era ese que yo no conocía aún? ¿A qué orden pertenecían esos articulados a los que las rocas daban un segundo caparazón? ¿Dónde había hallado la naturaleza el secreto de su existencia vegetativa, y desde cuántos siglos venían viviendo así en las últimas capas del océano?

Pero no podía yo detenerme. Familiarizado con esos terribles animales, el capitán Nemo no paraba su atención en ellos. Habíamos llegado a una primera meseta, en la que me esperaban otras sorpresas. La de unas ruinas pintorescas que traicionaban la mano del hombre y no la del Creador. Eran vastas aglomeraciones de piedras entre las que se distinguían vagas formas de castillos, de templos revestidos de un mundo de zoófitos en flor y a los que en vez de hiedra las algas y los fucos revestían de un espeso manto vegetal.

Pero ¿qué era esta porción del mundo sumergida por los cataclismos?

¿Quién había dispuesto esas rocas y esas piedras como dólmenes de los tiempos antehistóricos? ¿Dónde estaba, adónde me había llevado la fantasía

del capitán Nemo?

Hubiera querido interrogarle. No pudiendo hacerlo, le detuve, agarrándole del brazo. Pero él, moviendo la cabeza, y mostrándome la última cima de la montaña, pareció decirme: «Ven, sigue, continúa».

Le seguí, tomando nuevo impulso, y en algunos minutos acabé de escalar el pico que dominaba en una decena de metros toda esa masa rocosa.

Miré la pendiente que acabábamos de escalar. Por esa parte, la montaña no se elevaba más que de setecientos a ochocientos pies por encima de la llanura, pero por la vertiente opuesta dominaba desde una altura doble el fondo de esa porción del Atlántico. Mi mirada se extendía a lo lejos y abarcaba un vasto espacio iluminado por una violenta fulguración. En efecto, era un volcán aquella montaña. A cincuenta pies por debajo del pico, en medio de una lluvia de piedras y de escorias, un ancho cráter vomitaba torrentes de lava que se dispersaban en cascada de fuego en el seno de la masa líquida. Así situado, el volcán, como una inmensa antorcha, iluminaba la llanura inferior hasta los últimos límites del horizonte.

He dicho que el cráter submarino escupía lavas, no llamas. Las llamas necesitan del oxígeno del aire y no podrían producirse bajo el agua, pero los torrentes de lava incandescentes pueden llegar al rojo blanco, luchar victoriosamente contra el elemento líquido y vaporizarse a su contacto.

Rápidas corrientes arrastraban a los gases en difusión y los torrentes de lava corrían hasta la base de la montaña como las deyecciones del Vesubio sobre otra Torre del Greco.

Allí, bajo mis ojos, abismada y en ruinas, aparecía una ciudad destruida, con sus tejados derruidos, sus templos abatidos, sus arcos dislocados, sus columnas yacentes en tierra. En esas ruinas se adivinaban aún las sólidas proporciones de una especie de arquitectura toscana. Más lejos, se veían los restos de un gigantesco acueducto; en otro lugar, la achatada elevación de una acrópolis, con las formas flotantes de un Partenón; allá, los vestigios de un malecón que en otro tiempo debió abrigar en el puerto situado a orillas de un océano desaparecido los barcos mercantes y los trirremes de guerra;