20000 leguas de viaje submarino

Julio Verne · Capítulo 4 de 6 · parte 3/4

Páginas del PDF

20000 leguas de viaje submarino

Fin de la Primera Parte

Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.

–Pero entonces… es…

–¡Miren! – dijo el canadiense-, se ha vuelto de espalda y enseña las mamas.

–Es una sirena, una verdadera sirena, diga lo que diga el señor -dijo Conseil.

El nombre de sirena me puso en la vía, y comprendí que aquel animal pertenecía a ese orden de seres marinos que han dado nacimiento al mito de las sirenas, mitad mujeres y mitad peces.

–No, no es una sirena, sino un curioso ser del que apenas quedan algunos ejemplares en el mar Rojo. Es un dugongo.

–Orden de los sirenios, grupo de los pisciformes, subdase de los monodelfos, clase de los mamíferos, rama de los vertebrados.

Y cuando Conseil hablaba así, no había más que decir.

Ned Land continuaba mirando, con los ojos brillantes de codicia. Su mano parecía dispuesta al manejo del arpón. Se hubiese dicho que esperaba el momento de lanzarse al mar para atacarlo en su elemento.

–¡Oh! – exclamó, con una voz trémula de emoción-. ¡jamas he matado eso!

En esa frase estaba expresado todo el arponero.

En aquel momento, apareció el capitán Nemo. Vio al dugongo y comprendió la actitud del canadiense. Dirigiéndose a él, dijo:

–Señor Land, si tuviera usted un arpón ¿no le quemaría la mano?

–Usted lo ha dicho, señor.

–¿Le desagradaría recuperar por un momento su oficio de arponero y añadir ese cetáceo a la lista de los que ha golpeado?

–Puede creer que no.

–Bien, pues haga la prueba.

–Gracias, capitán -respondió Ned Land, cuyos ojos brillaban de alegría.

–Pero le recomiendo muy vivamente -añadió el capitán-, y en su propio interés, que no falle.

–¿Es que es peligrosa la caza del dugongo? – pregunté, a la vez que el canadiense se alzaba de hombros.

–Sí, a veces -respondió el capitán-, porque el animal se revuelve contra sus atacantes, y en sus embestidas logra, frecuentemente, hacer zozobrar las barcas. Pero con el buen ojo y mejor brazo del señor Land no cabe temer ese peligro. Si le recomiendo que no falle es porque el dugongo está considerado, y con justicia, como una pieza gastronómica, y yo sé que el

señor Land es aficionado a la buena mesa.

–¡Ah! – dijo el canadiense-, así que esa bestia se permite también el lujo de ser apetitosa en la mesa…

–Así es, señor Land. Su carne, que es verdadera carne, goza de gran estimación, hasta el punto de que en toda la Malasia está reservada a la mesa de los príncipes. Por eso se le ha hecho víctima y objeto de una caza tan encarnizada que, al igual que su congénere, el manatí, va escaseando cada vez más.

–Entonces, capitán -dijo Conseil-, si por casualidad éste fuera el último de su especie, convendría dejarle con vida, en interés de la ciencia.

–Tal vez -replicó el canadiense-, pero en interés de la cocina, más vale cazarle.

–Adelante, pues, señor Land -respondió el capitán Nemo.

Siete hombres de la tripulación, tan mudos e impasibles como siempre, aparecieron en la plataforma. Uno de ellos llevaba un arpón y una cuerda semejante a las utilizadas por los pescadores de ballenas. Se retiró el puente de la canoa, se arrancó ésta a su alvéolo y se botó al mar. Seis remeros se instalaron en sus bancos y otro se puso al timón. Ned, Conseil y yo nos instalamos a popa.

–¿No viene usted, capitán? – le pregunté.

–No. Les deseo buena caza, señores.

Impulsado por sus seis remeros, el bote se dirigió rápidamente hacia el dugongo, que flotaba a unas dos millas del Nautilus.

Llegado a algunos cables del cetáceo, el bote aminoró su marcha hasta que los remos descansaron en las aguas tranquilas. Ned Land, arpón en mano, se colocó a proa.

El arpón con que se golpea a la ballena está ordinariamente sujeto a una cuerda muy larga que se desenrolla rápidamente cuando el animal herido la arrastra consigo. Pero la cuerda que iba a manejar Ned Land en esa ocasión no medía más de una decena de brazas, y su extremidad estaba fijada a un barrilito que, al flotar, debía indicar la marcha del dugongo bajo el agua.

Puesto en pie, observaba yo al adversario del canadiense, que se parecía mucho al manatí. Su cuerpo oblongo terminaba en una cola muy alargada, y sus aletas laterales en verdaderos dedos. Se diferenciaba del manatí en que su mandíbula superior estaba armada de dos dientes largos y puntiagudos que formaban a cada lado defensas divergentes. Tenía dimensiones colosales, su longitud sobrepasaba casi los siete metros. No se movía y parecía dormir en la superficie del agua, lo que hacía más fácil su captura.

El bote se aproximó prudentemente a unas tres brazas del animal, manteniéndose a dicha distancia, con los remos inmovilizados.

Ned Land, con el cuerpo ligeramente echado hacia atrás, blandía su arpón con mano experta.

De repente se oyó un silbido y el dugongo desapareció. El arpón, lanzado con gran fuerza, había debido herir el agua únicamente.

–¡Mil diablos! – exclamó, furioso, el canadiense-. ¡Erré el golpe!

–No -le dije-, el animal está herido, mire la sangre, pero el arpón no le ha quedado en el cuerpo.

–¡Mi arpón! ¡Mi arpón! – gritó Ned Land.

Los marineros comenzaron a remar, y el timonel dirigió el bote hacia el barril flotante.

Repescado el arpón, la canoa se lanzó a la persecución del cetáceo, que emergía de vez en cuando para respirar. Su herida no había debido

debilitarle, pues se desplazaba con una extremada rapidez. El bote, impulsado por brazos vigorosos, corría tras él. Varias veces consiguió acercarse a unas cuantas brazas y entonces el canadiense intentaba golpearle, pero el dugongo se sumergía frustrando las intenciones del arponero, cuya natural impaciencia se sobreexcitaba con la ira. Ned Land obsequiaba al desgraciado animal con las más enérgicas palabrotas de la lengua inglesa. Por mi parte, únicamente sentía un cierto despecho cada vez que veía cómo el dugongo burlaba todas nuestras maniobras.

Llevábamos ya una hora persiguiéndole sin descanso, y comenzaba ya a creer que no podríamos apoderarnos de él, cuando el animal tuvo la inoportuna inspiración de vengarse, inspiración de la que habría de arrepentirse. En efecto, el animal pasó al ataque en dirección a la canoa.

Su maniobra no escapó a la atención del arponero.

–¡Cuidado! – gritó.

El timonel pronunció unas palabras en su extraña lengua, alertando sin duda a sus compañeros para que se mantuvieran en guardia.

Llegado a unos veinte pies de la canoa, el digongo se detuvo, olfateó bruscamente el aire con sus anchas narices agujereadas no en la extremidad sino en la parte superior de su hocico y luego, tomando impulso, se precipitó contra nosotros. La canoa no pudo evitar el choque y, volcada a medias embarcó una o dos toneladas de agua que hubo que achicar, pero abordada al bies y no de lleno, gracias a la habilidad de patrón, no zozobró.

Ned Land acribillaba a golpes de arpón al gigantesco animal, que, incrustados sus dientes en la borda, levantaba la embarcación fuera del agua con tanta fuerza como la de un león con un cervatillo en sus fauces. Sus embates nos habían derribado a unos sobre otros, y no sé cómo hubiera terminado la aventura si el canadiense, en su feroz encarnizamiento, no hubiese golpeado, por fin, a la bestia en el corazón.

Oí el rechinar de sus dientes contra la embarcación antes de que el dugongo

desapareciera en el agua, arrastrando consigo el arpón. Pero pronto retornó el barril a la superficie y, unos instantes después, apareció el cuerpo del animal vuelto de espalda. El bote se acercó y se lo llevó a remolque hacia el Nautilus.

Hubo de emplearse palancas de gran potencia para izar al dugongo a la plataforma. Pesaba casi cinco mil kilogramos. Se le despedazó bajo los ojos del canadiense, que no quiso perderse ningún detalle de la operación.

El mismo día, el steward me sirvió en la cena algunas rodajas de esta carne, magníficamente preparada por el cocinero. Tenía un gusto excelente, superior incluso a la de ternera, si no a la del buey.

Al día siguiente, 11 de febrero, la despensa del Nautilus se enriqueció con otro delicado manjar, al abatirse sobre él una bandada de golondrinas de mar, palmípedas de la especie Sterna Nilótica, propia de Egipto, que tienen el pico negro, la cabeza gris con manchitas, el ojo rodeado de puntos blancos, el dorso, las alas y la cola grisáceas, el vientre y el cuello blancos y las patas rojas. Cazamos también unas docenas de patos del Nilo, aves salvajes con el cuello y la cabeza blancos moteados de puntos negros, que eran muy sabrosos.

El Nautilus se desplazaba a una velocidad muy moderada, de paseo, por decirlo así. Observé que el agua del mar Rojo iba haciéndose menos salada a medida que nos aproximábamos a Suez.

Hacia las cinco de la tarde avistamos, al Norte, el cabo de Ras Mohammed, que forma la extremidad de la Arabia Pétrea, comprendida entre el golfo de Suez y el golfo de Aqaba.

El Nautílus penetró en el estrecho de jubal, que conduce al golfo de Suez.

Pude ver con claridad la alta montaña que domina entre los dos golfos el Ras Mohammed. Era el monte Horeb, ese Sinaí en cuya cima Moisés vio a Dios cara a cara, y al que la imaginación corona siempre de incesantes relámpagos.

A las seis, el Nautilus, alternativamente sumergido y en superficie, pasó ante Tor, alojada en el fondo de una bahía cuyas aguas parecían teñidas de rojo, observación ya efectuada por el capitán Nemo.

Se hizo de noche, en medio de un pesado silencio, roto a veces por los gritos de los pelícanos y de algunos pájaros nocturnos, por el rumor de la resaca batiendo en las rocas o por el lejano zumbido de un vapor golpeando con sus hélices las aguas del golfo.

Desde las ocho a las nueve, el Nautilus navegó sumergido a muy pocos metros de la superficie. Debíamos estar ya muy cerca de Suez, según mis cálculos. A través de los cristales del salón, veía los fondos de roca vivamente iluminados por nuestra luz eléctrica. Me parecía que el estrecho iba cerrándose cada vez más.

A las nueve y cuarto emergió nuevamente el Nautilus. Impaciente por franquear el túnel del capitán Nemo, no podía yo estarme quieto y subí a la plataforma a respirar el aire fresco de la noche.

En la oscuridad vi una pálida luz que brillaba, atenuada por la bruma, a una milla de distancia.

–Un faro flotante -dijo alguien cerca de mí.

Me volví y reconocí al capitán.

–Es el faro flotante de Suez -añadió-. No tardaremos en llegar al túnel.

–Supongo que la entrada no debe ser fácil.

–No. Por eso, soy yo quien asegura la dirección del barco tomando el timón. Y ahora le ruego que baje, señor Aronnax, pues el Nautilus va a sumergirse para no reaparecer a la superficie hasta después de haber atravesado el Arabian Tunnel.

Seguí al capitán Nemo. Se cerró la escotilla, se llenaron de agua los

depósitos y el navío se sumergió una decena de metros.

En el momento en que me disponía a volver a mi camarote, el capitán me detuvo.

–¿Le gustaría acompañarme en la cabina del piloto, señor profesor?

–No me atrevía a pedírselo -respondí.

–Venga, pues. Así verá todo lo que puede verse en esta navegación a la vez submarina y subterránea.

El capitán Nemo me condujo hacia la escalera central. A media rampa, abrió una puerta, se introdujo por los corredores superiores y llegó a la cabina del piloto que se elevaba en la extremidad de la plataforma. Las dimensiones de la cabina eran de unos seis pies por cada lado, y era muy semejante a la de los steamboats del Mississippi o del Hudson. En el centro estaba la rueda, dispuesta verticalmente, engranada en los guardines del timón que corrían hasta la popa del Nautilus. Cuatro portillas de cristales lenticulares encajadas en las paredes de la cabina daban visibilidad al timonel en todas direcciones.

Pronto mis ojos se acostumbraron a la oscuridad de la cabina y vi al piloto, un hombre vigoroso que manejaba la rueda. El mar estaba vivamente iluminado por el foco del fanal situado más atrás de la cabina, en el otro extremo de la plataforma.

–Ahora -dijo el capitán- busquemos nuestro paso.

Una serie de cables eléctricos unían la cabina del timonel con la sala de máquinas, y desde allí el capitán podía comunicar simultáneamente dirección y movimiento a su Nautilus. El capitán Nemo oprimió un botón metálico, y al instante disminuyó la velocidad de rotación de la hélice.

En silencio, yo miraba la alta y escarpada muralla ante la que íbamos pasando, basamento inquebrantable del macizo arenoso de la costa.

Continuamos así durante una hora, a unos metros de distancia tan sólo. El capitán Nemo no perdía de vista la brújula, y a cada gesto que hacía, el timonel modificaba instantáneamente la dirección del Nautilus.

Yo me había colocado ante la portilla de babor, y por ello veía magníficas aglomeraciones de corales y zoófitos, algas y crustáceos que agitaban sus patas enormes entre las anfractuosidades de la roca.

A las diez y cuarto, el capitán Nemo se puso él mismo al timón. Ante nosotros se abría una larga galería, negra y profunda. El Nautilus se adentró audazmente por ella. Oí un ruido insólito en sus flancos. Eran las aguas del mar Rojo que la pendiente del túnel precipitaba hacia el Mediterráneo. El Nautilus se confió al torrente, rápido como una flecha, a pesar de los esfuerzos de su maquinaria que, para resistir, batía el agua a contrahélice.

A lo largo de las estrechas murallas del paso, no veía más que rayas brillantes, líneas rectas, surcos luminosos trazados por la velocidad bajo el resplandor de la electricidad. Mi corazón latía con fuerza y yo sujetaba sus latidos con la mano.

A las diez treinta y cinco, el capitán Nemo abandonó la rueda del gobernalle y volviéndose hacia mí, dijo:

–El Mediterráneo.

En menos de veinte minutos, arrastrado por el torrente, el Nautilus había franqueado el istmo de Suez.

6. El archipiélago griego

Al día siguiente, 12 de febrero, al despuntar el día, el Nautilus emergió a la superficie. Yo me precipité a la plataforma. A tres millas, al Sur, se dibujaba vagamente la silueta de Pelusa.

Un torrente nos había llevado de un mar a otro. Pero ese túnel, de fácil descenso, debía ser impracticable en sentido opuesto.

Hacia las siete de la mañana, Ned y Conseil se unieron a mí en la plataforma. Los dos inseparables compañeros habían dormido tranquilamente, sin preocuparse de las proezas realizadas mientras tanto por el Nautilus.

El canadiense se dirigió a mí y me preguntó con un tono burlón:

–¿Qué, señor naturalista, y ese Mediterráneo?

–Estamos flotando en su superficie, amigo Ned.

–¡Cómo! ¡Así que esta misma noche! – exclamó Conseil.

–Sí, esta misma noche, en algunos minutos, hemos franqueado ese istmo infranqueable.

–No me lo creo -respondió el canadiense.

–Pues se equivoca, señor Land. Esa costa baja que se redondeahacia el Sur es la costa egipcia.

–A otro con ésas, señor -replicó el testarudo canadiense.

–Puesto que el señor lo afirma, Ned, hay que creer al señor.

–Además, Ned, el capitán Nemo me hizo el honor de invitarme a ver su túnel. Estuve a su lado, en la cabina del timonel, mientras él mismo dirigía al Nautilus a través del estrecho paso.

–¿Oye usted, Ned? – dijo Conseil.

–Usted, que tiene tan buena vista -añadí-; puede ver desde aquí las escolleras de Port-Said que se internan mar adentro.

El canadiense miró atentamente.

–En efecto, tiene usted razón, señor profesor, y su capitán es un hombre extraordinario. Estamos en el Mediterráneo. Bien. Charlemos, pues, si le parece, de nuestros asuntos, pero sin que nadie pueda oírnos.

Comprendí la intención del canadiense. En todo caso, pensé que más valía hablar, puesto que así lo deseaba, y nos fuimos los tres a sentarnos cerca del fanal, donde estaríamos menos expuestos a las salpicaduras de las olas.

–Le escuchamos, Ned -le dije-, ¿qué es lo que tiene usted que comunicarnos?

–Lo que tengo que comunicarles es muy sencillo. Estamos en Europa, y antes de que los caprichos del capitán nos lleven al fondo de los mares polares o de nuevo a Oceanía, debemos abandonar el Nautilus.

Debo confesar que continuaba resultándome embarazosa esa discusión con el canadiense. Yo no quería de ninguna forma coartar la libertad de mis compañeros, y sin embargo no tenía el menor deseo de dejar al capitán Nemo. Gracias a él, gracias a su aparato, iba yo completando cada día mis estudios oceanográficos y reescribiendo mi libro sobre los fondos submarinos en el seno mismo de su elemento. Ciertamente, jamás volvería a tener una ocasión semejante de observar las maravillas del océano. Yo no podía, pues, hacerme a la idea de abandonar el Nautilus antes de haber completado el ciclo de mis investigaciones.

–Amigo Ned, respóndame francamente. ¿Se aburre usted a bordo?

¿Lamenta que el destino le haya lanzado en manos del capitán Nemo?

Durante algunos instantes, el canadiense guardó silencio. Luego, cruzándose de brazos, dijo:

–Francamente, no me pesa este viaje bajo el mar. Y me sentiré contento de haberlo hecho. Pero para haberlo hecho, menester es que haya terminado.

Ésa es mi opinión.

–Terminará, Ned.

–¿Dónde y cuándo?

–¿Dónde? No lo sé. ¿Cuándo? No puedo decirlo. Supongo que acabará cuando estos mares no tengan ya nada que enseñarnos. Todo lo que tiene comienzo tiene forzosamente fin en este mundo.

–Yo pienso como el señor -dijo Conseil-, y es muy posible que tras haber recorrido todos los mares del Globo, el capitán Nemo nos dé el vuelo a los tres.

–¡El vuelo! – exclamó el canadiense- ¿Un voleo, quiere decir?

–No exageremos, señor Land. No tenemos nada que temer del capitán Nemo, pero tampoco comparto la esperanza de Conseil. Conocemos los secretos del Nautilus, y no creo que su comandante tome el riesgo de verlos correr por el mundo, por darnos la libertad.

–Pero, entonces, ¿a qué espera usted? – preguntó el canadiense.

–A que se presenten circunstancias favorables, que podremos y deberemos aprovechar, ya sea ahora ya dentro de seis meses.

–¡Ya, ya! – dijo Ned Land-. ¿Y dónde cree que estaremos dentro de seis meses, señor naturalista?

–Tal vez aquí, tal vez en China. Usted sabe cómo corre el Nautilus.

Atraviesa los océanos como una golondrina el aire o un exprés los continentes. No rehúye los mares frecuentados. ¿Quién nos dice que no va a aproximarse a las costas de Francia, de Inglaterra o de América, en las que podríamos intentarla evasión tan ventajosamente como aquí?

–Señor Aronnax, sus argumentos se caen por la base. Habla usted en futuro:

«Estaremos allí… estaremos allá…». Yo hablo en presente: «Ahora estamos aquí, y hay que aprovechar la ocasión».

Puesto contra el muro por la lógica de Ned Land y sintiéndome batido en ese terreno, no sabía ya a qué argumentos apelar.

–Oiga, supongamos, por imposible que sea, que el capitán Nemo le ofreciera hoy mismo la libertad. ¿Qué haría usted?

–No lo sé -le respondí.

–Y si añadiera que esa oferta no volvería a hacérsela nunca más, ¿aceptaría usted?

No respondí.

–¿Y qué es lo que piensa el amigo Conseil? – preguntó Ned Land.

–El amigo Conseil -respondió plácidamente el interrogado- no tiene nada que decir. Está absolutamente desinteresado. Al igual que el señor y que su camarada Ned, es soltero. Ni mujer, ni hijos, ni parientes le esperan. Está al servicio del señor, piensa como el señor, habla como él, y por eso, y sintiéndolo mucho, no debe contarse con él para formar mayoría. Dos personas tan sólo están en presencia: el señor, de un lado, y Ned Land, de otro. Dicho esto, el amigo Conseil escucha y está dispuesto a marcar los tantos.

No pude impedirme sonreír al ver cómo Conseil aniquilaba por completo su personalidad. En el fondo, el canadiense debía estar encantado de no tenerlo contra él.

–Entonces, señor Aronnax, puesto que Conseil no existe, discutámoslo entre los dos. Yo he hablado ya y usted me ha oído. ¿Qué tiene que responder?

Era evidente que había que concluir y me repugnaba recurrir a más

evasivas.

–Amigo Ned, he aquí mi respuesta. Tiene usted razón, y mis argumentos no resisten a los suyos. No podemos contar con la buena volunta del capitán Nemo. La más elemental prudencia le prohibe ponernos en libertad. Por el contrario, la prudencia exige que aprovechemos la primera ocasión de evadirnos del Nautilus.

–Bien, señor Aronnax, eso es hablar razonablemente.

–Sin embargo, quiero hacer una observación, una sola. Es menester que la ocasión sea seria. Es preciso que nuestra primera tentativa de evasión tenga éxito, pues si se aborta, no tendremos la oportunidad de hallar una segunda ocasión, y el capitán Nemo no nos perdonará.

–Eso es muy sensato -respondió el canadiense-. Pero su observación es aplicable a toda tentativa de huida, ya sea dentro de dos años o de dos días.

Luego la cuestión continúa siendo ésta; si se presenta una ocasión favorable, hay que aprovecharla.

–De acuerdo. Y ahora, dígame, Ned, ¿qué es lo que entiende usted por una ocasión favorable?

–La que nos depararía la proximidad del Nautilus a una costa europea en una noche oscura.

–¿Y trataría usted de escapar a nado?

–Sí, si estuviéramos a escasa distancia de la orilla y si el navío flotara en la superficie. No, si estuviéramos demasiado alejados y con el barco entre dos aguas.

–¿Y en ese caso?

–En ese caso, trataría de apoderarme de la canoa. Sé cómo hay que maniobrar para ello. Nos introduciríamos en el interior, y una vez quitados

los tornillos, remontaríamos a la superficie sin que tan siquiera el timonel, situado a proa, se diera cuenta de nuestra huida.

–Bien, Ned. Pues aceche esa ocasión, pero no olvide que un fracaso sería nuestra perdición.

–No lo olvidaré, créame.

–Y ahora, Ned, ¿quiere conocer mi opinión sobre su proyecto?

–Naturalmente, señor Aronnax.

–Pues bien, pienso (no digo espero) que esa ocasión favorable no va a presentarse.

–¿Por qué?

–Porque el capitán Nemo no puede ignorar que no hemos renunciado a la esperanza de recuperar nuestra libertad, y por tanto se mantendrá en guardia, sobre todo en las proximidades de las costas europeas.

–Estoy de acuerdo con el señor -dijo Conseil.

–Ya veremos -respondió Ned Land, que movía la cabeza en un gesto de determinación.

–Y ahora, Ned, dejemos esto. Ni una palabra más sobre ello. El día que esté usted dispuesto, nos lo dirá y nosotros le seguiremos. Lo dejo en sus manos.

Así terminó esta conversación, que habría de tener más tarde tan graves consecuencias. Debo decir que los hechos parecieron confirmar mis previsiones, para desesperación del canadiense. ¿Desconfiaba de nosotros el capitán Nemo en esos mares tan frecuentados, o queria simplemente no ofrecerse a la vista de los numerosos barcos de todas las nacionalidades que surcan el Mediterráneo? Lo ignoro, pero lo cierto es que se mantuvo la mayor parte del tiempo en inmersión y a gran distancia de la costa. Cuando

emergía, lo hacía tan sólo mínimamente, asomando la cabina del timonel, pero con más frecuencia se sumergía a grandes profundidades, pues entre el archipiélago griego y el Asia Menor no hallábamos fondo a dos mil metros.

Así, sólo supe de la proximidad de la isla de Cárpatos, una de las Espórades, por el verso de Virgilio que me recitó el capitán Nemo al tiempo que posaba su dedo en un punto del planisferio:

Est in Carpathio Neptuni gurgite vates

Caeruleus Proteus…

Era, en efecto, la antigua residencia de Proteo, el viejo pastor de los rebaños de Neptuno, y la actual isla de Escarpanto, situada entre Rodas y Creta. Tan sólo pude ver su basamento granítico a través de los cristales del salón.

Al día siguiente, 14 de febrero, decidí emplear algunas horas en estudiar los peces del archipiélago, pero por un motivo desconocido las portillas permanecieron herméticamente cerradas. Por la dirección del Nautilus observé que marchaba hacia Candía, la antigua isla de Creta. En el momento en que embarqué abordo del Abraham Lincoln, la población de la isla acababa de sublevarse contra el despotismo turco. Ignoraba absolutamente lo que hubiera acontecido con esa insurrección, y no era el capitán Nemo, privado de toda comunicación con tierra firme, quien hubiera podido informarme. No hice, pues, ninguna alusión a tal acontecimiento cuando, por la tarde, me hallé a solas con él en el salón. Por otra parte, me pareció taciturno y preocupado. Luego, contrariamente a sus costumbres, ordenó abrir las dos portillas del salón y yendo de una a otra observó atentamente el mar. ¿Con qué fin? Era algo que no podía yo adivinar, y por mi parte me puse a observar los peces que pasaban ante mis ojos.

Entre otros muchos vi esos gobios citados por Aristóteles y vulgarmente conocidos con el nombre de lochas de mar, que se encuentran

particularmente en las aguas saladas próximas al delta del Nilo. Cerca de ellos evolucionaban pagros semifosforescentes, especie de esparos a los que los egipcios colocaban entre los animales sagrados, y cuya llegada a las aguas del río, anunciadora de su fecundo desbordamiento, era celebrada con ceremonias religiosas. Vi también unos déntalos de tres decímetros de longitud, peces óseos de escamas transparentes, de un color lívido mezclado con manchas rojas; son grandes devoradores de vegetales marinos, lo que les da ese gusto exquisito tan apreciado por los gastrónomos de la antigua Roma, que los pagaban a alto precio.

Sus entrañas, mezcladas con el licor seminal de las murenas, los sesos de pavo real y las lenguas de los fenicópteros, componían ese plato divino que tanto gustaba al emperador Vitelio.

Otro habitante de esos mares atrajo mi atención y me hizo rememorar la Antigüedad. Era la rémora, que viaja adherida al vientre de los tiburones. Al decir de los antiguos, este pequeño pez, adosado por su ventosa a la quilla de un navío, podía detener su marcha, y uno de ellos, al retener así la nave de Antonio durante la batalla de Actium, facilitó la victoria de Augusto. ¡De lo que depende el destino de las naciones!

Vi también admirables antias, pertenecientes a la familia de los pércidos, peces sagrados para los griegos, que les atribuyen el poder de expulsar a los monstruos marinos de las aguas que frecuentaban; su nombre significa

‘flor’, y lo justificaban por sus colores bellísimos, que recorrían toda la gama del rojo, desde el rosa pálido hasta el brillo del rubí, y los fugitivos reflejos que tornasolaban su aleta dorsal.

Mis ojos no podían apartarse de esas maravillas del mar, cuando súbitamente vieron una insólita aparición. La de un hombre en medio de las aguas, un hombre con una bolsa de cuero en su cintura. No era un cuerpo abandonado al mar, era un hombre vivo que nadaba vigorosamente. El hombre apareció y desapareció varias veces. Ascendía para respirar en la superficie y buceaba nuevamente.

Me volví hacia el capitán Nemo, emocionado:

–¡Un hombre! ¡Un náufrago! ¡Hay que salvarle a toda costa!

El capitán no me respondió y se acercó al cristal.

El hombre se había aproximado también y, con la cara pegada al cristal, nos miraba.

Profundamente estupefacto, vi cómo el capitán Nemo le hacía una señal.

El buceador le respondió con un gesto de la mano, ascendió inmediatamente a la superficie y ya no volvió más.

–No se inquiete -me dijo el capitán-. Es Nicolás, del cabo Matapán, apodado «El Pez». Es muy conocido en todas las Cícladas. Un audaz buceador. El agua es su elemento. Vive más en el agua que en tierra, yendo sin cesar de una isla a otra y hasta a Creta.

–¿Le conoce usted, capitán?

–¿Por qué no, señor Aronnax?

Dicho eso, el capitán Nemo se dirigió hacia un mueble situado a la izquierda del salón. Al lado del mueble había un cofre de hierro cuya tapa tenía una placa de cobre con la inicial del Nautilus grabada, así como su divisa Mobilis in mobile.

Sin preocuparse de mi presencia, el capitán abrió el mueble, une especie de caja fuerte, que contenía un gran número de lingotes.

Eran lingotes de oro. ¿De dónde procedían esos lingotes que representaban una fortuna enorme? ¿Dónde había obtenido ese oro el capitán y qué iba a hacer con él?

Sin pronunciar una palabra, le miraba. El capitán Nemo cogió uno a uno los

lingotes y los colocó metódicamente en el cofre de hierro hasta llenarlo por completo. Yo evalué su peso en más de mil kilogramos de oro, es decir, en unos cinco millones de francos.

Una vez hubo cerrado el cofre, el capitán Nemo escribió sobre su tapa unas palabras que por sus caracteres debían pertenecer al griego moderno. Hecho esto, el capitán Nemo pulsó un timbre. Poco después, aparecieron cuatro hombres. No sin esfuerzo, se llevaron el cofre del salón. Luego oí cómo lo izaban por medio de palancas por la escalera de hierro.

El capitán Nemo se volvió hacia mí:

–¿Decía usted, señor profesor?

–No decía nada, capitán.

–Entonces, permítame desearle una buena noche.

El capitán Nemo salió.

Yo volví a mi camarote, muy intrigado, como puede suponerse. Traté en vano de dormir. Buscaba una relación entre la aparición del buceador y ese cofre lleno de oro. Luego, por los movimientos de balanceo y de cabeceo que hacía el Nautilus, me di cuenta de que había emergido a la superficie.

Oí un ruido de pasos sobre la plataforma y supuse que estaban botando la canoa al mar. Se oyó el ruido del bote al chocar con el flanco del Nautilus, y luego fue el silencio.

Dos horas después, se reprodujeron los mismos ruidos, las mismas ¡das y venidas. La embarcación, izada a bordo, había sido encajada en su alvéolo, y el Nautilus volvió a sumergirse.

Así, pues, esos millones habían sido transportados a su destino. ¿A qué lugar del continente? ¿Quién era el corresponsal del capitán Nemo?

Al día siguiente, conté a Conseil y al canadiense los acontecimientos de

aquella noche que tanto sobreexcitaban mi curiosidad. Mis compañeros se manifestaron no menos sorprendidos que yo.

–Pero ¿de dónde saca esos millones? – preguntó Ned Land.

No había respuesta posible a esa pregunta. Me dirigí al salón, después de haber desayunado, y me puse a trabajar. Hasta las cinco de la tarde estuve redactando mis notas. En aquel momento sentí un calor extremo, y atribuyéndolo a una disposición personal, me quité mis ropas de biso. Era incomprensible, en las latitudes en que nos hallábamos, y además, el Nautilus en inmersión no debía experimentar ninguna elevación de temperatura. Miré el manómetro y vi que marcaba una profundidad de sesenta pies, inalcanzable para el calor atmosférico.

Continué trabajando, pero la temperatura se elevó hasta hacerse intolerable.

«¿Habrá fuego a bordo?», me pregunté. Iba a salir del salón, cuando entró el capitán Nemo. Se acercó al termómetro, lo consultó y se volvió hacia mí.

–Cuarenta y dos grados -dijo.

–Ya me doy cuenta, capitán, y si este calor aumenta no podremos soportarlo.

–¡Oh!, señor profesor, que el calor aumente depende de nosotros.

–¿Puede usted moderarlo a voluntad?

–No, pero puedo alejarme del foco que lo produce.

–¿Es, pues, exterior?

–Sí. Estamos en una corriente de agua hirviente.

–¿Es posible?

–Mire.

Se abrieron las portillas y vi el mar completamente blanco en torno al Nautilus. Un torbellino de vapores sulfurosos se desarrollaba en medio de las aguas que hervían como si estuvieran en una caldera. Apoyé la mano en uno de los cristales, pero el calor era tan intenso que hube de retirarla.

–¿Dónde estamos?

–Cerca de la isla Santorin, señor profesor -me respondió el capitán-, y precisamente en el canal que separa la Nea Kamenni de la Palea Kamenni.

He querido ofrecerle el curioso espectáculo de una erupción submarina.

–Yo creía que la formación de estas nuevas islas había terminado.

–Nada está nunca terminado en los parajes volcánicos -respondió el capitán Nemo-. El Globo está siempre siendo remodelado por los fuegos subterráneos. Ya en el año 19 de nuestra era, según Casiodoro y Plinio, apareció una isla nueva, Theia la divina, en el lugar mismo en que se han formado estos islotes. Se hundió luego en el mar para reaparecer en el año 69, hasta que se hundió definitivamente. Desde entonces a nuestros días el trabajo plutónico quedó interrumpido. Pero el 3 de febrero de 1866, emergió un nuevo islote, al que se dio el nombre de George, en medio de vapores sulfurosos, cerca de Nea Kamenni, a la que quedó unida el 6 del mismo mes. Siete días después, el 13 de febrero, apareció el islote Afroesa, creando entre él y Nea Kamenni un canal de diez metros de anchura. Yo estaba por aquí cuando se produjo el fenómeno y pude observar todas sus fases. El islote Afroesa, de forma redondeada, medía trescientos pies de diámetro y tenía una altura de treinta pies. Estaba compuesto por lavas negras y vítreas, con fragmentos feldespáticos. El 10 de marzo, un islote más pequeño, llamado Reka, apareció junto a Nea Kamenni, y desde entonces, los tres islotes, soldados entre sí, no forman más que una sola isla.

–¿Y este canal en el que estamos ahora?

–Véalo aquí -me respondió el capitán Nemo, mostrándome un mapa del

archipiélago-. Como ve, he inscrito en él los nuevos islotes.

–Pero este canal acabará colmándose un día, ¿no?

–Es probable, señor Aronnax, pues desde 1866 han surgido ya ocho pequeños islotes de lava frente al puerto San Nicolás de Palca Kamenni. Es, pues, evidente, que Nea y Palea se reunirán un día no lejano. Si en medio del Pacífico son los infusorios los que forman los continentes, aquí son los fenómenos eruptivos. Mire usted el trabajo que está realizándose bajo el mar.

Volví al cristal. El Nautilus parecía inmóvil. El calor era ya intolerable. Del blanco el mar había pasado al rojo, coloración debida a la presencia de una sal de hierro. Pese a que el salón estaba herméticamente cerrado, había sido invadido por un olor sulfuroso absolutamente insoportable. Veía llamas escarlatas cuya vivacidad apagaba el brillo de la electricidad.

Estaba sudando a mares, me asfixiaba, iba a cocerme. Sí, me sentía literalmente cocido.

–No podemos permanecer en esta agua hirviente -dije al capitán.

–No, no sería prudente -respondió el impasible capitán.

A una orden del capitán Nemo, el Nautilus viró de bordo y se alejó de aquel horno al que no podía desafiar impunemente por más tiempo. Un cuarto de hora después, respirábamos el aire libre, en la superficie del mar. Se me ocurrió pensar entonces que si Ned hubiera escogido esos parajes como escenario de nuestra fuga no habríamos podido salir vivos de ese mar de fuego.

Al día siguiente, 16 de febrero, abandonamos aquella región que, entre Rodas y Alejandría, tiene fondos marinos de tres mil metros. Tras pasar a lo largo de Cerigo y doblar el cabo Matapán, el Nautilus dejaba atrás el archipiélago griego.

7. El mediterráneo en cuarenta y ocho horas

El Mediterráneo, el mar azul por excelencia, el «gran mar» de los hebreos, el «mar» de los griegos, el mare nostrum de los romanos; bordeado de naranjos, de áloes, de cactos, de pinos marítimos; embalsamado por el perfume de los mirtos; rodeado de montañas; saturado de un aire puro y transparente, pero incesantemente agitado por los fuegos telúricos, es un verdadero campo de batalla en el que Neptuno y Plutón se disputan todavía el imperio del mundo. En él, en sus aguas y en sus orillas, dijo Michelet, el hombre se revigoriza en uno de los más poderosos climas de la Tierra.

Pero apenas me fue dada la oportunidad de observar la belleza de esta cuenca de dos millones de kilómetros cuadrados de superficie. Tampoco pude contar con los conocimientos personales del capitán Nemo, pues el enigmático personaje no apareció ni una sola vez en el salón durante una travesía efectuada a gran velocidad. Estimo en unas seiscientas leguas el camino recorrido por el Nautilus bajo la superficie del Mediterráneo y en un tiempo de cuarenta y ocho horas. Habíamos abandonado los parajes de Grecia en la mañana del 16 de febrero y al salir el sol el 18 ya habíamos atravesado el estrecho de Gibraltar.

Fue evidente para mí que ese mar, cercado por todas partes por la tierra firme de la que huía, no agradaba al capitán Nemo. Sus aguas y sus brisas debían traerle muchos recuerdos y tal vez pesadumbres. En el Mediterráneo no tenía esa libertad de marcha y esa independencia de maniobras que le dejaban los océanos, y su Nautilus debía sentirse incómodo entre las costas demasiado cercanas de África y de Europa.

Navegamos, pues, a una velocidad de veinticinco millas por hora, lo que equivale a doce leguas de cuatro kilómetros. Obvio es decir que Ned Land, muy a su pesar, debió renunciar a sus proyectos de evasión, en la imposibilidad de servirse de un bote llevado a una marcha de doce o trece metros por segundo. Salir del Nautilus en esas condiciones hubiera sido una maniobra tan imprudente como saltar en marcha de un tren a esa velocidad.

Además, nuestro submarino no emergió a la superficie más que por la noche, a fin de renovar su provisión de aire, confiando la dirección de su rumbo a las solas indicaciones de la brújula y de la corredera.

Del interior del Mediterráneo pude ver tan sólo lo que le es dado presenciar al viajero de un tren expreso del paisaje que huye ante sus ojos, es decir, los horizontes lejanos, y no los primeros planos que pasan como un relámpago.

Sin embargo, Conseil y yo pudimos observar algunos de esos peces mediterráneos que por la potencia de sus aletas conseguían mantenerse algunos instantes en las aguas del Nautilus. Permanecimos mucho tiempo al acecho ante los cristales del salón, y nuestras notas me permiten ahora resumir en pocas palabras nuestra visión ictiológica de ese mar. De los diversos peces que lo habitan, sin hablar de todos aquellos que la velocidad del Nautílus hartó a mis ojos, puedo decir que vi algunos y apenas entreví otros. Permítaseme, pues, presentarlos en una clasificación que será caprichosa, sin duda, pero que, al menos, reflejará con fidelidad mis rápidas observaciones.

Entre las aguas vivamente iluminadas por nuestra luz eléctrica serpenteaban algunas lampreas, de un metro de longitud, comunes a casi todas las zonas dimáticas. Algunas rayas de cinco pies de ancho, de vientre blanco y dorso gris ceniza con manchas, evolucionaban como grandes chales llevados por la corriente. Otras rayas pasaban tan rápidamente que no pude reconocer si merecían ese nombre de águilas que les dieron los griegos, o las calificaciones de rata, de sapo o de murciélago que les dan los pescadores marinos. Escualos milandros, de doce pies de longitud, tan temidos por los buceadores, competían en velocidad entre ellos. Como grandes sombras azuladas vimos zorras marinas, animales dotados de una extremada finura de olfato, de unos ocho pies de longitud. Las doradas, del género esparo, mostraban sus tonos de plata y de azul cruzados por franjas que contrastaban con lo oscuro de sus aletas; peces consagrados a Venus, con el ojo engastado en un anillo de oro; especie preciosa, amiga de todas las aguas, dulces o saladas, que habita ríos, lagos y océanos, bajo todos los climas, soportando todas las temperaturas, y cuya raza, que remonta sus orígenes a las épocas geológicas de la Tierra, ha conservado la belleza de sus primeros días. Magníficos esturiones, de nueve a diez metros de largo,

dotados de gran velocidad, golpeaban con su cola poderosa los cristales de nuestro observatorio y nos mostraban su lomo azulado con manchas marrones; se parecen a los escualos, cuya fuerza no igualan, sin embargo; se encuentran en todos los mares, y en la primavera remontan los grandes ríos, en lucha contra las corrientes del Volga, del Danubio, del Po, del Rin, del Loira, del Oder… y se alimentan de arenques, caballas, salmones y gádidos; aunque pertenezcan a la clase de los cartilaginosos, son delicados; se comen frescos, en salazón, escabechados, y, en otro tiempo, eran llevados en triunfo a las mesas de los Lúculos.

Pero entre todos estos diversos habitantes del Mediterráneo, los que pude observar más útilmente, cuando el Nautilus se aproximaba a la superficie, fueron los pertenecientes al sexagesimotercer género de la clasificación de los peces óseos: los atunes, escómbridos con el lomo azul negruzco y vientre plateado, cuyos radios dorsales desprendían reflejos dorados. Tienen fama de seguir a los barcos, cuya sombra fresca buscan bajo los ardores del cielo tropical, y no la desmintieron con el Nautilus, al que siguieron como en otro tiempo acompañando a los navíos de La Pérousse. Durante algunas horas compitieron en velocidad con nuestro submarino. Yo no me cansaba de admirar a estos animales verdaderamente diseñados para la carrera, con su pequeña cabeza, su cuerpo liso y fusiforme que en algunos de ellos sobrepasaba los tres metros, sus aletas pectorales dotadas de extraordinario vigor y las caudales en forma de horquilla. Nadaban en triángulo, como suelen hacerlo algunos pájaros cuya rapidez igualan, lo que hacía decir a los antiguos que la geometría y la estrategia no les eran ajenas. Y, sin embargo, ese supuesto conocimiento de la estrategia no les hace escapar a las persecuciones de los provenzales, que los estiman tanto como antaño los habitantes de la Propóntide y de Italia, y como ciegos y aturdidos se lanzan y perecen por millares en las almadrabas marsellesas.

Entre los peces que entrevimos apenas Conseil y yo, citaré a título de inventario los blanquecinos fierasfers, que pasaban como inaprehensibles vapores; los congrios y morenas, serpientes de tres o cuatro metros, ornadas de verde, de azul y de amarillo; las merluzas, de tres pies de largo, cuyo hígado ofrece un plato delicado; las cepolas tenioideas, que flotaban como finas algas; las triglas, que los poetas llaman peces-lira y los marinos peces

silbantes, cuyos hocicos se adornan con dos láminas triangulares y dentadas que se asemejan al instrumento tañido por el viejo Homero, y triglas golondrinas que nadaban con la rapidez del pájaro del que han tomado su nombre; holocentros de cabeza roja y con la aleta dorsal guarnecida de filamentos; sábalos, salpicados de manchas negras, grises, marrones, azules, verdes y amarillas, que son sensibles al sonido argentino de las campanillas; espléndidos rodaballos, esos faisanes del mar, con forma de rombo, aletas amarillentas con puntitos oscuros y cuya parte superior, la del lado izquierdo, está generalmente veteada de marrón y de amarillo; y, por último, verdaderas bandadas de salmonetes, la versión marítima tal vez de las aves del paraíso, los mismos que en otro tiempo pagaban los romanos hasta diez mil sestercios por pieza, y que hacían morir a la mesa para seguir con mirada cruel sus cambios de color, desde el rojo cinabrio de la vida hasta la palidez de la muerte.

Y si no pude observar ni rayas de espejos, ni balistes, ni tetrodones, ni hipocampos, ni centriscos, ni blenios, ni labros, ni eperlanos, ni exocetos, ni pageles, ni bogas, ni orflos, ni los principales representantes del orden de los pleuronectos, los lenguados, los gallos, las platijas, comunes al Atlántico y al Mediterráneo, fue debido a la vertiginosa velocidad a que navegaba el Nautilus por esas aguas opulentas.

En cuanto a los mamíferos marinos, creo haber reconocido al pasar ante la bocana del Adriático dos o tres cachalotes que por su aleta dorsal parecían pertenecer al género de los fisetéridos, algunos delfines del género de los globicéfalos, propios del Mediterráneo, cuya cabeza, en su parte anterior, está surcada de unas rayas claras, así como una docena de focas de vientre blanco y pelaje negro, de las llamadas frailes por su parecido con los dominicos, de unos tres metros de longitud.

Por su parte, Conseil creyó haber visto una tortuga de unos seis pies de anchura, con tres aristas salientes orientadas longitudinalmente. Sentí no haberla visto, pues por la descripción que de ella me hizo Conseil, debía de pertenecer a esa rara especie conocida con el nombre de laúd. Yo tan sólo pude ver algunas cacuanas de caparazón alargado. En cuanto a los zoófitos, vi durante algunos instantes una admirable galeolaria anaranjada que se

pegó al cristal de la portilla de babor. Era un largo y tenue filamento que se complicaba en arabescos arborescentes cuyas finas ramas terminaban en el más delicado encaje que hayan hilado jamás las rivales de Aracne.

Desgraciadamente, no pude pescar esa admirable muestra, y ningún otro zoóflto mediterráneo se habría presentado ante mis ojos de no haber disminuido singularmente su velocidad el Nautilus en la tarde del 16, y en las circunstancias que describo seguidamente.

Nos hallábamos a la sazón entre Sicilia y la costa de Túnez. En ese espacio delimitado por el cabo Bon y el estrecho de Mesina, el fondo del mar sube bruscamente formando una verdadera cresta a diecisiete metros de la superficie, mientras que a ambos lados de la misma la profundidad es de ciento setenta metros. El Nautilus hubo de maniobrar con prudencia para no chocar con la barrera submarina.

Mostré a Conseil en el mapa del Mediterráneo el emplazamiento del largo arrecife.

–Pero -dijo Conseil-, ¡si es un verdadero istmo que une a Europa y África!

–Sí, muchacho, cierra por completo el estrecho de Libia. Los sondeos hechos por Smith han probado que los dos continentes estuvieron unidos en otro tiempo, entre los cabos Boco y Furina.

–Lo creo -respondió Conseil.

–Una barrera semejante -añadí- existe entre Gibraltar y Ceuta, que en los tiempos geológicos cerraba completamente el Mediterráneo.

–¡Mire que si un empuje volcánico levantara un día estas dos barreras por encima de la superficie del mar! Entonces…

–Es muy poco probable que eso suceda, Conseil.

–Permftame el señor acabar lo que iba a decir, y es que si se produjera ese fenómeno, lo sentiría por el señor de Lesseps que tanto se está esforzando

por abrir su istmo.

–De acuerdo, pero te repito, Conseil, que ese fenómeno no se producirá. La violencia de las fuerzas subterráneas va decreciendo cada vez más. Los volcanes, tan numerosos en los primeros días del mundo, se apagan poco a poco. El calor interno se debilita, y la temperatura de las capas inferiores subterráneas va reduciéndose siglo a siglo en una apreciable proporción, y ello en detrimento de nuestro planeta, pues ese calor es su vida.

–Sin embargo, el sol…

–El sol es insuficiente, Conseil. ¿Puede el sol dar calor a un cadáver?

Seguir: parte 4 de 4