A través de la noche
Skubínska cesta 64
En el fondo no sé qué me esperaba, pero me sorprendió que el taxista no dijera nada cuando le di la dirección. El trayecto solo duró unos pocos minutos. Aun así daba la impresión de que estábamos saliendo de la ciudad, bosques y colinas verdes se extendían por encima de los tejados y, en la calle por la que finalmente nos adentramos, varios edificios estaban ocultos entre frondosas coníferas. También aquí estaban de obras. Unas altas mallas metálicas unidas por cintas de señalización rojas y blancas aislaban un montón de gravilla del tráfico, una gran plancha de hierro que cubría un socavón en el suelo emitió un ruido desazonador cuando las ruedas del coche pasaron por encima y, al otro lado, el reflejo del sol proyectaba destellos de luz sobre una pila de tuberías plateadas. El taxista aminoró la velocidad y se inclinó hacia delante para buscar el número de la calle. Los guantes de piel negros que llevaba le quedaban tan grandes que se le arrugaban y parecían dos enormes manos carbonizadas sobre el volante.
Al cabo de un rato detuvo el coche y dijo algo que no pude determinar si era en inglés o en eslovaco. Miré por la ventanilla. Pegada a una valla de madera marrón oscura, se erguía una casa de dos plantas de color beige claro y relucientes tejas negras. Una ventana que daba ala calle tenía las cortinas echadas, en lo alto de la pared había un agujero ovalado. Unos raquíticos abetos salían de lo que parecía un estrecho jardín a ambos lados de la casa. Me quedé todavía un rato en el coche. El reloj del salpicadero indicaba las seis menos cinco. Cogí todos los billetes que llevaba en el bolsillo y se los di al taxista, probablemente fuera varias veces la cantidad que me había pedido, luego me eché el bolso al hombro y me bajé del coche. Antes de maniobrar y desaparecer, el taxista tocó el claxon y yo lo interpreté como un amable saludo.
Saqué el móvil y lo encendí. La reluciente bola de núcleo verde oscuro apareció de la nada y parpadeó un poco antes de desintegrarse y desaparecer por primera vez en una semana. Veintinueve llamadas perdidas, con un número especialmente frecuente, pero ninguna de Stine ni de Ole-Jakob. Abrí el móvil, extraje con cuidado la tarjeta SIM y lo tiré todo a uno de los muchos contenedores de basura que había a la entrada de un complejo de apartamentos que tenía toda la pinta de estar abandonado.
Crucé la calle y abrí la verja. La dirección figuraba en una esquina de la casa, tanto el nombre de la calle como el número, cada uno en su propia placa. Otro número, el 3212, aparecía en una placa separada. El reflejo del sol sobre alguna ventana próxima dibujaba un rectángulo de oro líquido bajo la cumbrera del tejado. Una senda de piedras naturales llevaba desde la verja hasta una pequeña charca con nenúfares. En el solado que rodeaba la charca, habían construido un banco y algo que parecía un pozo, pero que estaba lleno de tierra y del que salía una planta de largas hojas verdes.
Rodeé la casa por detrás y, al doblar una esquina, primero creí que había llegado a otra casa porque allí la fachada estaba pintada de color rosa chillón con franjas blancas alrededor de las ventanas y las puertas, como si alguien hubiera empezado a transformar la casa, pero no hubiera pasado de esa pared. Dos escaleras de piedra llevaban a sendas puerta de entrada y, en medio, se reunían en un pequeño porche. Alguien había pintado un grafiti sobre el muro del sótano: VIJAY LOVES SUNITA. Levanté la vista. Las ventanas se parecían a la que había visto desde la calle, con marcos de color rojo tierra y las cortinas echadas.
Subí la escalera hasta el porche, un sillón de mimbre con un mohoso cojín estaba situado entre las dos entradas. Las puertas eran iguales, pero solo una de ellas tenía una lámpara exterior encima, un globo con el hemisferio superior cubierto por una capa de puntitos de suciedad.
Tal como había dicho Zagreb, el nombre figuraba en el timbre. Pulsé el botón, pero no sonó, lo cual era previsible en realidad. ¿Qué habría ocurrido ahí dentro desde la última visita, la de ese joven empresario que era ahora un anciano incontinente? ¿Una rápida limpieza, la eliminación de todos los rastros, la preparación de la casa para el siguiente imbécil que deseara hacerse todo el mal del mundo y que, según su contrato, tenía derecho a
exigirlo? Pensé en Zagreb que había descendido como un dios del techo del Neusohl, como mínimo había que reconocer que el hombre tenía talento para la puesta en escena. Me imaginé un equipo de hacendosos colaboradores trabajando a destajo para proporcionar al siguiente de la lista la pesadilla por la que había pagado.
¿Era eso lo que esperaba encontrarme? ¿Trampillas en el suelo y golpes en las paredes? ¿Cabezas degolladas bajo el edredón? ¿Gente al acecho con máscaras siniestras? ¿Personas maquilladas como cadáveres escondidas en los armarios, listas para caer en mis brazos en cuanto abriera las puertas?
En realidad no sabía nada, la historia del tal Reuter podía ser una ficción de principio a fin y el nombre sobre el timbre, solo otro de los efectos diseñados por Zagreb para la ocasión. ¿O sería realmente el fantasma de Marián Reuter, el albañil trastornado, lo que me iba a encontrar al entrar?
Aun así, ahora que por fin estaba allí, sentía una seguridad que me hacía intrépido. Todas las advertencias no eran más que una barrera, una prueba a superar, un obstáculo a pasar para llegar a lo que realmente te esperaba, que era, me había convencido de ello el sueño en el Hotel Lucia, la realización de todos tus deseos y todos tus sueños, la satisfacción de todas tus necesidades. Los que habían perdido el juicio ahí dentro eran los que se habían rendido ante las pruebas. Mientras que los que habían salido felices, eran los que las habían aguantado y superado, para finalmente ser recompensados en lo más profundo de sus anhelos.
Saqué la llave, que estaba vieja y desgastada, con el metal mate y lleno de rayajos. La dirección estaba escrita en un cartón amarrado con un cordel.
Cuando giré la llave, la puerta se abrió con un sonoro clic. Al otro lado había un pequeño recibidor. Bajo un estante de sombreros de barras metálicas, colgaban viejas gabardinas y abrigos, sobre una balda para zapatos había cuatro pares, dos de hombre y dos de mujer, cubiertos por una fina capa de polvo.
Me di la vuelta y miré la calle. Una pareja se acercaba por ella, iban cogidos del brazo. El hombre estaba tan gordo que, por cada paso que daba, su cuerpo entero daba media vuelta, la mujer se las veía negras para mantenerse agarrada a su brazo, aun así, era asombroso lo bien que se adaptaba a su bamboleo. Probablemente sea la única persona del mundo
capaz de andar cogida de su brazo, me dije, y al instante me invadió una sensación de desánimo al contemplar aquella prueba palpable de la perfecta unión entre las singularidades de dos individuos diferentes, dos partes que juntas constituían una sola pieza, dos seres humanos que en virtud de sus diferencias intrínsecas resultaba impensable que jamás se separaran. ¿Cómo era posible? ¿Cómo lo conseguían? ¿Lo sabrían ellos? ¿Se daban cuenta de lo afortunados que eran de poder andar así por la calle? ¿Eran conscientes de que llevaban un regalo sobre sus brazos entrelazados? Arrastrado por un impulso, los saludé con la mano y les grité para llamar su atención.
La mujer fue la primera en verme, el hombre se bamboleó otro par de veces antes de detenerse. Él llevaba unas gafas grandes de montura robusta, ella tenía el pelo naranja chillón y se le enroscaba como un arbusto alrededor de la cabeza. Cruzaron miradas. Sabía que como no se me ocurriera algo pronto, los perdería. Al final levanté el brazo y me señalé la muñeca. El hombre sonrió y asintió con la cabeza, luego se sacó un móvil del bolsillo de la chaqueta y gritó algo que no comprendí. Asentí agradecido. Seguramente aliviados de que solo fuera eso, retomaron su particular baile de pareja. Me quedé mirándolos hasta que desaparecieron por detrás de la esquina de una casa y, con la maravillosa sensación de haber llegado por fin a algo, pensé que serían las ultimas personas vivas a las que vería jamás.
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La entrada olía a moho. Todo allí dentro tenía el mismo tono gris, como si estuviera cubierto por un velo. Daba la impresión de que nadie había pasado por allí en muchos años. Cerré la puerta detrás de mí, eché la llave y esperé un instante antes de abrir la siguiente, que tenía dos cristales esmerilados de color naranja.
La amplia habitación que creía haber vislumbrado a través del cristal tintado, resultó ser un pasillo largo, sorprendentemente estrecho y con el techo mucho más bajo de lo que me había esperado. Al final, una escalera subía hasta un rellano antes de hacer un giro por detrás de la barandilla. A la derecha de la escalera, había un boquete en la pared, coronado por un arco recortado de forma irregular. Las paredes estaban empapeladas con un papel marrón, lleno de burbujas de aire y con las juntas muy marcadas. Los paneles de madera pintada, que llegaban hasta la altura del pecho, tenían el mismo aire de dejadez, como de una chapuza realizada por alguien que no conoce el oficio. No había cuadros ni espejos, de la pared solo sobresalía un grueso clavo en el que, en su día, debió de colgar algo pesado.
Me acerqué a la escalera. A la derecha había una puerta entornada. A través de la rendija pude ver un suelo de linóleo azul y la mitad de una cocina de gas. Abrí la puerta de un empujón y, por un instante, me desconcertó la penumbra al otro lado, desde fuera había dado la impresión de ser una estancia más luminosa que la entrada. Al pasar, me golpeé la rodilla contra el pico de una mesa de cocina que estaba pegada al marco de la puerta y tenía los tableros abatibles bajados. Sobre el fregadero había una ventana cubierta por una fina cortina. Por extraño que parezca, no entraba luz a través de ella, como si ya se hubiera hecho de noche en el exterior.
Sobre la encimera había una pila de platos, el último con una capa de moho negro. Algunos cubiertos estaban esparcidos sobre un paño de cocina doblado junto a unos guantes de goma amarillos. Detrás de ellos, había una cafetera que también estaba sucia, un espray con una etiqueta amarilla y
rosa y un bote de lavavajillas. En oblicuo sobre la cortinilla que colgaba del extremo de la encimera del fregadero, había una fregona apoyada contra la pared. En el rincón opuesto, una pequeña nevera. Y sobre ella, delicadamente colocado sobre un mantelito de ganchillo, un termo blanco de café, el único objeto de la cocina que parecía nuevo. Abrí la puerta de la nevera. Dos tabletas de chocolate, un queso en una quesera redonda, un bote de pepinillos en vinagre y un pastel industrial en cuya caja ponía:
«Buxton Spa Bakewell Tart», todo ello repartido a varios niveles entre las baldas transparentes. El reducido congelador rebosaba escarcha, la primera señal de que había corriente en la casa.
Una cortina de bambú cubría la abertura entre la cocina y la siguiente habitación, sonó un ruido hueco cuando aparté las largas tiras articuladas como huesos y pasé a una pequeña sala de estar donde había un sofá gris con grandes cojines de terciopelo delante de una ventana por la que, al igual que en la cocina, tampoco entraba luz. En medio de la habitación, una mesa baja de cristal con dos manteles de ganchillo. Una alfombra persa, probablemente una imitación barata, cubría el suelo ante una chimenea de frontal blanco y ornamentado sobre la que había una balda estrecha con un jarrón con flores artificiales. Tampoco allí había cuadros en las paredes.
Una mecedora con respaldo de barras de madera talladas y un cojín redondo con borlas y colores llamativos, estaba colocada en un rincón y, en el rincón opuesto, había un pequeño televisor portátil sobre una mesa auxiliar de dos pisos y con ruedas. Un tercer rincón estaba ocupado por un armario lacado en negro cuyas puertas, en la parte alta, eran de cristal oscuro. En el suelo había dos bolsas de plástico con el logotipo de un supermercado, estaban llenas. Otra bolsa, que era gris y estaba parcialmente oculta por la mecedora, contenía una gran caja de cartón. Junto a uno de los reposabrazos del sofá, había una mesita redonda y, sobre ella, un teléfono blanco de grandes teclas cuadradas.
Seguro que eran imaginaciones mías, pero cuando regresé a la entrada, me pareció más larga que antes, como si le hubieran añadido unos cuantos metros hacia la puerta. Un aplique de pared con pantalla de porcelana lucía en la escalera, aunque estaba colocado de tal manera que casi toda la luz se proyectaba sobre el rellano donde la escalera hacía un giro, mientras que la
parte superior y la inferior quedaban en sombra. En la primera planta había un pasillo corto con una puerta a la izquierda y otra al fondo. A mano derecha, una estrecha escalera blanca continuaba hacia arriba, ¿quizá condujera a un desván? ¿O habría otra planta? Como los pomos de latón de las puertas tenían cerraduras en el centro, el pasillo recordaba al de un hotel.
Noté que el nerviosismo estaba soltando sus garras. Mientras que abajo había medido al detalle cada paso, por miedo a lo que pudiera encontrarme, ahora abrí la puerta a la izquierda sin estar especialmente en guardia, convencido de que podría sobrellevar lo que fuera que me ofreciera aquella habitación.
Era un cuarto de baño. Cuando pulsé el interruptor, la lámpara del techo se encendió. De pared a pared, detrás de una cortina casi echada del todo, había una bañera. En el lavabo, una pastilla de jabón reseco con una grieta profunda y un tubo de pasta de dientes con el extremo enrollado como la punta de una zapatilla turca. En la pared sobre el lavabo, un armario con puertas correderas de espejo. Una de ellas no estaba completamente cerrada y se veían un bote de espuma de afeitar, un espray y irnos frascos de pastillas. La tapa del váter estaba levantada. Entre el váter y el lavabo, atornillado a la pared, había un toallero de cuatro barras de acero inoxidable y de dos de ellas colgaban toallas. Dos rollos de papel higiénico estaban ensartados en el mango de una escobilla de baño, una botella con un producto de limpieza y un extraño pitorro con forma de pico estaba parcialmente oculta por el tubo del desagüe. Delante del toallero, había una papelera de plástico con tapa y pedal. En el suelo, al lado de la bañera, una alfombrilla blanca de nudos redondos, algunos de los cuales emitían destellos bajo la dura luz cenital, como si alguien la hubiera pisado recientemente con los pies mojados. Eché una mirada al espejo y vi la cara de un hombre flaco, debilitado y famélico como un prisionero de guerra, con oscuras sombras en las mejillas y unos ojos demasiado grandes, desorbitados, que me devolvían una mirada salvaje, como la de quien acaba de enterarse de que su mujer le ha sido infiel y se pregunta por última vez qué hacer.
Aterrado por lo que acababa de ver, me acerqué al lavabo, abrí el grifo del medallón azul, me llené las manos de agua y me la eché en la cara.
Después apoyé las manos sobre el lavabo y me quedé mirando el agua, que caía generando una forma tan definida que daba la impresión de no correr, como si fuera una rígida columna de cristal erigida entre la boca del grifo y el agujero del desagüe del lavabo, que estaba cubierto de pelos y restos de pasta de dientes.
Cuando cerré el grifo, las cañerías soltaron un quejumbroso aullido. El silencio posterior me resultó ensordecedor porque el aullido había absorbido todos los demás sonidos, además me llegó una ráfaga de aire frío como de una puerta que acabaran de abrir.
Hasta que iba a salir, no me fijé en el albornoz que colgaba de un gancho en la parte interior de la puerta. Enseguida regresó la siniestra sensación que había tenido en el salón. Más que ninguno de los objetos que había visto hasta ese momento, aquella prenda de algodón me produjo la sensación de que no hacía mucho que alguien había estado allí. Algo en el descuido con que estaba colgada indicaba que la persona que lo había hecho tenía intención de volvérsela a poner dentro de poco. ¿Cómo reaccionaría, pensé, si de pronto se abriera la puerta y entrara un hombre, o una mujer, que se sorprendiera de encontrar a un extraño, a un intruso, en el baño de su casa? Me quedé un rato parado, preparado para cualquier cosa y varias veces creí percibir un movimiento en el pomo de la puerta.
Pero no apareció nadie. El albornoz seguía ahí, cristalizado en aquella forma inalterable, la misma que adoptó en el segundo que tardaron en colgarlo, una forma que podría mantener durante un siglo.
La puerta al final del corto pasillo era idéntica a la del baño. La habitación a la que entré era blanca desde el techo hasta el suelo, tuve la sensación de que habían estirado el albornoz para cubrir la habitación entera. Papel blanco de flores en las paredes. Una gruesa moqueta blanca de pared a pared. Un armario blanco, grande y con espejos en ambas puertas.
Una cama de matrimonio con una colcha blanca que cubría la punta de los edredones delicadamente enrollados hasta parecer salchichas. En un rincón de la habitación, en el estrecho hueco entre la cama y la pared, había un cubo de plástico, también blanco, y del borde colgaba un mugriento trapo de fregar el suelo. El cubo estaba medio lleno de agua y, en la superficie, se había formado una gruesa película gelatinosa. La moqueta, al igual que las
paredes, tenía unas manchas entre grises y marrones, del mismo color que las del techo del baño del Hotel Lucia, y alguien había puesto tanta energía en intentar eliminarlas que, en algunos sitios, el papel se había roto y había dejado al descubierto la pared. La habitación no tenía ventanas ni conductos de ventilación, así que el aire estaba cargado, olía a moqueta polvorienta y a sábanas sucias. Al salir, alguien me agarró y me retuvo por la fuerza, alcancé a imaginarme el forzudo antebrazo de un furioso agresor antes de darme cuenta de que era la correa del bolso, que se había enganchado al pomo de la puerta.
En el pasillo, me intrigaron de nuevo los peldaños de color de cal que subían en curva hacia la siguiente planta. Según mis nociones del tamaño de la casa, al final de aquella escalera no podía haber más que un pequeño desván. ¿Quizá estuviera allí el ventanuco ovalado que había visto desde fuera? Noté que me mareaba, la escalera era empinada y tampoco había barandilla a la que sujetarse. Al final había una puerta similar a las de la primera planta, solo que más baja, y delante tenía una reja de metal para niños que llegaba casi hasta la altura del pomo. La reja podía desengancharse de un clavo en el marco de la puerta y se plegó como un acordeón cuando la abrí y la enganché en otro clavo situado en el lado opuesto, un poco más arriba. Quizá a causa de aquel inesperado obstáculo, había dado por supuesto que la puerta, a la que le habían cortado un trozo para que encajara bajo el tejado abuhardillado, estaría cerrada, pero se abrió igual que las demás y dio paso a un dormitorio empapelado en naranja y verde, tan pequeño que, aunque no hacía falta, agaché la cabeza al entrar.
Tampoco allí había ventana, el aire estaba seco y estancado, saturado de polvo. Una cama negra de hierro, con un colchón de rayas azules y blancas, y un radiador montado en la pared, era todo lo que había. Sin embargo, algo me resultaba extrañamente familiar en aquella habitación, lo noté al cabo de un rato, como si hubiera pertenecido a alguien a quien conociera.
Cuando de pronto di un respingo, no tenía la menor idea del tiempo que llevaba ahí parado, pero tenía la certeza de haber oído algo, uno o varios ruidos procedentes de la planta baja, tenía la certeza de que había alguien en la casa, de que alguien había entrado mientras yo dormitaba en la última planta.
Con el corazón en un puño, bajé corriendo a la planta baja. Oía ruidos y pensaba que podían venir de la cocina. Las habitaciones daban la impresión de estar incluso más oscuras que antes. La ventana sobre la encimera estaba tan negra e impenetrable como un cuadro enmarcado en la pared. Pero tampoco esta vez había nadie. Entonces me pareció distinguir algo procedente del salón, un crujido, quizá de la mecedora. Aparté la cortina de bambú y miré hacia dentro. Nada. De pronto noté un movimiento a mi espalda y me volví con el codo levantado, preparado para defenderme.
¿Sería que mi imaginación estaba empezando a tomar las riendas de la situación? ¿Estaría viendo visiones, a falta de otra cosa que ver?
Saqué la botella de Oíd Herold que me había metido en el bolso antes de salir del hotel y le di dos buenos tragos. El alcohol es un polluelo de cuco que echa a todos los demás del nido, dijo una vez Eva, tan elocuente y segura de sí misma como siempre. La bebida se me extendió por el cuerpo y tuve la sensación de que los músculos y las articulaciones se me separaban un poco. Y pensé que yo también introducía una discrepancia en la atmósfera estancada de la casa, que yo era lo que le impedía constituir un todo. Yo era la irritación dentro de aquel organismo vivo que no deseaba otra cosa que estar tranquilo, cerrado en sí mismo, en un equilibrio imperturbable, en una armonía interior. ¿Qué pintaba yo allí, en realidad?
Podía marcharme en cualquier momento, ¿no? Pero algo me retenía. Un pensamiento, una certeza, parecía, de que había algo en aquella casa que todavía no había encontrado, algo que me estaba esperando en algún sitio, estaba convencido de que si me marchaba me perdería para siempre jamás.
Dejé la botella sobre la mesa del salón, en el centro del mantel de ganchillo. ¿Eran pasos lo que oía en la primera planta? No cabía duda, leves golpes sobre el techo de la cocina que describieron una diagonal de una esquina a otra. Encendido, salí al pasillo y subí los peldaños de la escalera de dos en dos. Si no me equivocaba, la habitación que quedaba justo encima de la cocina, era el baño. Abrí la puerta de golpe con la esperanza de pillar a alguien con las manos en la masa. También aquello estaba más oscuro que la primera vez que subí, por eso me llevó un rato descubrir al niño pequeño que estaba de pie en la bañera — ¿o sería un enano?— y que me miraba a través de la cortina. Los pliegues del plástico le deformaban el rostro,
haciéndolo parecer viejo y desfigurado. Las cuencas de los ojos estaban vacías y no tenía boca.
—¿Ole-Jakob? —dije, y mi voz sonó como chatarra oxidada en la boca —. ¿Ole-Jakob?
Pero cuanto más miraba, menos seguro estaba de que realmente hubiera alguien. Bien podía ser mi propio cerebro el que, en la penumbra, creaba una personita a partir de las irregularidades y los pliegues de la cortina traslúcida. Me incliné hacia delante y tiré un poco del frío plástico. El enano se esfumó y en su lugar apareció otra forma, una que no parecía nada en absoluto.
Luego intuí, más que oí, algo sobre mi cabeza, la presencia de alguien, por un instante estuve completamente seguro. Había alguien en la pequeña habitación del desván, arriba del todo, en la que me había producido esa extraña sensación de familiaridad. Cuando llegué al final de la escalera, me llevé un susto al encontrarme la reja abierta, pero luego me acordé de que había sido yo quien no se había tomado la molestia de cerrarla. Al abrir la puerta, me temblaba la mano.
La habitación estaba vacía. Todo seguía igual que la primera vez que la vi, la única diferencia, que quizá no fuera tal porque simplemente podía no haberme fijado la primera vez, era que había un candado enganchado a la tubería que iba del radiador a la pared, aunque no entendí para qué podía servir.
Volví a tener la sensación de haber estado allí antes, cuando aún estaba habitada. Habían eliminado de la habitación todas las pertenencias privadas que en su día le habían conferido su carácter, pero aun así quedaba algo, y era eso lo que notaba, algo que retenía lo que antes había habido. Alguien se había propuesto eliminar todos los objetos vinculados a la persona que había ocupado la habitación, a las cosas que habían ocurrido allí. El colchón, la cama y el radiador eran lo único que quedaba, anodinos restos incapaces de contar nada en absoluto. Alguien se había esmerado en hacer que aquella habitación fuera tan impersonal como la celda de una cárcel y casi lo había conseguido, casi había logrado eliminar todo lo que recordara a una vida, salvo la habitación en sí, que había quedado como un contenedor que almacenaría para siempre las reminiscencias, el eco, la
resonancia del ruido bajo, pero continuo, de los acontecimientos cotidianos encapsulados herméticamente dentro de aquel pequeño cubo de suelo, techo y paredes.
Allí había vivido alguien. Allí se habían hecho cosas, se habían dicho cosas, se habían pensado cosas, y era eso lo que notaba, y era eso lo que me producía la sensación de haber estado allí antes, no porque hubiera estado, sino porque se trataba de las mismas cosas que sucedían en todas partes todo el tiempo, más o menos las mismas que habría hecho yo si hubiera crecido en aquella casa y este hubiera sido mi cuarto de pequeño. Pensé que era perfectamente posible que fuera mi historia, en vez de la de otros, la que se guardaba entre aquellas paredes, una historia casi idéntica a la de los demás, una historia que podría sustituirse por la de casi cualquiera sin que nadie se diera cuenta.
Nunca había vivido un loco en esa casa. No había cadáveres enterrados bajo el suelo del sótano. Ningún trastornado había corrido de habitación en habitación chillando, angustiado por la muerte, con una jaula amarrada al pecho. Nada terrible había ocurrido en aquel lugar, solo una incontable cantidad de quehaceres humanos sencillos, una serie interminable de sucesos cotidianos del pasado.
Me senté en el borde del colchón, que cedió con un chasquido seco de uno de los muelles. Hacía bochorno en la habitación, era sofocante, tenía la espalda empapada en sudor. Me sonaron las tripas. Metí la mano en el bolso, pero no encontré la botella. ¿Dónde la habría dejado? Sabía que la había dejado en algún sitio, pero ¿dónde? Sentado en esa cama, echando en falta la botella, me vino a la cabeza un sueño que había tenido de adolescente y que me había asustado tanto que, durante semanas y meses, me angustiaba quedarme dormido. En el sueño entraba en un dormitorio bastante parecido a aquel, sin más mobiliario que una cama y una cómoda con restos de pegatinas. Sobre el borde de la cama había un hombre sentado, un hombre que se parecía a Humpty Dumpty. Tenía la tez gris y forma ovalada porque carecía de cuello, su torso empezaba donde terminaban las mejillas y todo en él era igual de gordo y compacto. De la bola gris salían dos brazos y dos piernas flacas y lo único que llevaba puesto era un pantalón de peto azul con anchos tirantes, además de unos
grandes zapatos de suela gruesa. Balanceaba las piernas, que no le llegaban el suelo, a la vez que se golpeaba el cuerpo con lo que primero creí que era una rama de abedul, pero que después entendí que era una pequeña hacha.
El filo del hacha penetraba profundamente en su cuerpo y, sin embargo, mantenía en los labios una sonrisa demencial, como si estuviera muy orgulloso, así lo interpreté, de lo que era capaz de soportar. ¡Mira lo que aguanto! ¡Mira lo duro que soy conmigo mismo! Me ponía malo verlo. Al mismo tiempo sentía que nunca sería capaz de marcharme. ¿Por qué? ¿Sería por su buen humor, por la enorme autosatisfacción que demostraba? ¿O
sería por las llagas escarlatas que se abrían como boquitas en la masa gris?
No lo sé. ¿Sería la conciencia? ¿Sería la conciencia la que me impedía abandonar a aquel chico lívido pero alegre con su hacha de explorador, ahora que por fin había conseguido el público que creía merecer? Algo infinitamente exigente, una omnipotencia, colmaba la habitación. El chico estaba radiante. Y aunque seguía dándose hachazos, no me quitaba la vista de encima. Su mirada me decía: ¡No te vayas! ¡Por favor! ¡No me dejes ahora! ¡Quédate y mira! ¡Quédate hasta que termine y luego presume de mí!
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Con el ánimo por los suelos, bajé de nuevo a la planta baja. Me di cuenta de que entornaba los ojos como para ver mejor. La luz de la escalera era aún más tenue que antes, el bochorno incluso más denso, como si el suministro eléctrico de la casa bajara gradualmente. Cada vez que bajo, me dije, esto está más oscuro. Dentro de poco avanzaré a tientas, como un ciego. Al mismo tiempo la penumbra parecía destacar ciertas cosas, haciéndolas más singulares de lo que realmente eran. Los estampados del empapelado parecían salir de la pared y entrar en la habitación, las grandes burbujas de aire daban a la pared el aire de algo hinchado hasta el punto de reventar.
Me quedé mirando la estancia que, de una manera odiosa, estaba pasando a resultarme familiar. Me di cuenta de que toda la pintura había sido aplicada con el mismo grado de dejadez. En los rincones, junto a los rodapiés, bajo la barandilla de la escalera y alrededor de los cuarterones del panel de madera había pegotes de pintura; en el palo en espiral al final de la barandilla de la escalera, la pintura había corrido formando regueros; en la parte superior de los rodapiés, habían pintado por encima de las pelusas y de lo que parecían insectos muertos, en un lugar sobresalían dos pelos pintados de blanco.
¿Sería que pintaban la casa entera cada vez? También el empapelado, con todas sus burbujas, parecía hecho deprisa y corriendo. Me acerqué a la pared y, al presionar una de las burbujas, esta se hundió hacia dentro.
Por eso sentí cierto alivio al descubrir una puerta que no había visto antes, bien escondida en la alcoba poco iluminada entre la entrada y la cocina. Por fin, pensé, aquí es. Al principio la puerta se resistió, pero tras darle un par de tirones fuertes, cedió con un estruendo. El sudor me corría por la espalda. Palpé con la mano la pared del interior y al final di con un interruptor de luz. Vislumbré los primeros peldaños de una escalera en la penumbra creada por una fuente de luz procedente del sótano.
La escalera conducía a una pequeña habitación de paredes desnudas y suelo de hormigón. Una bombilla colgaba del techo y el portalámparas estaba cubierto con cinta de carrocero como si alguien lo hubiera preparado para pintar, sobre la bombilla había una pegatina cuyo borde se estaba desprendiendo a causa del calor. En un rincón había una silla blanca, colocada a modo de contrapeso sobre una bolsa de basura negra y medio llena. Entre unos ganchos en lo alto de una pared, habían desplegado una cuerda que parecía el comienzo de un tendedero para la ropa, la bobina de cuerda colgaba de uno de los ganchos con un nudo que impedía que se desenroscara.
Una puerta con la cerradura de resorte desbloqueada estaba entreabierta.
Al otro lado, en una habitación más pequeña, había una estufa radiante cuyo cable estaba enrollado en el suelo a su lado, además de un armario vacío, sin puertas, de baldas extraíbles y lleno de pequeños agujeros en los dos laterales. Parcialmente oculta detrás del armario, estaba la entrada de un pasillo tan estrecho que tuve que pasar de lado, escamas del enfoscado se desprendían cada vez que rozaba la pared con la espalda o el estómago y, al caer al suelo, producían un ruido parecido al de las migas que se precipitan sobre una hoja de papel.
El pasillo terminaba en un angosto cuarto construido con bloques de arlita, el cemento solidificado entre ellos rebosaba como la nata entre las capas de una tarta. En medio de una pared, una rejilla estaba atornillada sobre la salida del conducto de ventilación. Sobre la pared del fondo, habían clavado un tablero de aglomerado. Un material de aislamiento de color amarillo se salía por unas grietas en el tablero y, en algunos sitios, estaba reventado, como si alguien hubiera intentado destrozarlo a martillazos.
Pasé los dedos por el relleno solidificado de la tarta. No hubo reacción, tan solo la sequedad de unos materiales fríos y duros, colocados unos sobre otros. Nada, pensé. Aquí no hay nada. Aparte de mí. Aquí está todo muerto, yo soy lo único que está vivo. Puedo hacer lo que quiera, pero tampoco mucho más. Todo aquello en lo que he creído y en lo que he participado, no han sido más que mis propias ilusiones, creadas para cubrir el vacío con el que he vivido, un vacío en el que no había nada, en el que nunca hubo nada más que lo que no me quedó más remedio que imaginarme para soportarlo.
Fantasmas, no eran más que eso, fantasmas que podrían haber sido sustituidos por otros sin que cambiara nada, yo ni siquiera lo habría notado.
Mi pensamiento es libre, yo mismo puedo elegir cómo quiero que sea el mundo. Pero eso es todo. Se queda dentro de mí. Todo se queda dentro de mí. El mundo está en mi interior. Vive y muere conmigo. De la misma manera que vive y muere dentro de los demás, sin que lo que hay dentro de mí y lo que hay dentro de los demás llegue nunca a relacionarse. Vivimos por separado. Cuando creemos que compartimos la vida con alguien, nos equivocamos, en realidad vivimos solos, rodeados por otros que también viven solos. Nada de lo que hay en mí pasará jamás a formar parte de los demás. Lo que tienen ellos nunca será mío. Eva, Ole-Jakob, Stine, nunca los alcancé y ellos nunca me alcanzaron a mí, no éramos más que imágenes en los sueños de los demás, los sueños sobre cómo queríamos que fueran las cosas.
Me volví como pude en aquel estrecho habitáculo. Lo único que encontraron los que estuvieron en la casa antes que yo, y por eso enloquecieron, me dije, fue a sí mismos, su propio vacío fantasmagórico, pensé, asaltado por una desesperación tan intensa que no pude contener un prolongado grito que me resultó completamente ajeno, como si fuera de otro hombre. Luego brotaron las lágrimas, un torrente salado salió a borbotones de todas mis fisuras. La dureza y la angostura de aquel callejón sin salida de la anchura de un hombre, parecía un ataúd, la presión de la compacta tierra al otro lado de las paredes del sótano, la negrura de la eterna noche del exterior… todo se me vino encima. Y entonces me eché hacia atrás todo lo que pude, sollozando como un niño que ha perdido el norte y se ha alejado de todo lo que es bueno y seguro. Y a continuación lancé la cabeza hacia adelante, contra la pared, y oí un ruido parecido al de la detonación de un disparo procedente de mi nariz. Después no sentí dolor, solo un entumecimiento en toda la cara. Volví a echar la cabeza atrás y embestí de nuevo contra la rugosa pared y esta vez fue como si algo se me soltara dentro del cerebro, como si por fin reventara un huevo que hasta ese momento hubiera estado intacto ahí adentro y su contenido empezara a correr hacia mis ojos, mi nariz y mi boca junto con las lágrimas y la sangre.
En la cocina todo seguía igual. Nada había sido tocado. Nada eliminado.
Nada añadido. Lo mismo en el salón. Se veía perfectamente. Hacía años que nadie pasaba por allí. Nadie salvo el que, una hora antes, había dejado una botella de Oíd Herold sobre la mesa con los manteles de ganchillo. Bajé la mano con la que me sujetaba la nariz, con cuidado por si seguía sangrando. Pero las fosas nasales estaban taponadas, obstruidas por la sangre, y cuando me palpé las aletas, parecían haber doblado su tamaño.
Me saqué el bolso por encima de la cabeza y me senté en el sofá, era tan hondo y tan mullido que pareció hundirme en él. Sentía los ojos como dos corchos metidos por la fuerza en estrechos cuellos de botella. Me encendí un cigarro, pero no sirvió para aliviarme el cansancio. Haciendo un gran esfuerzo me levanté del sofá, agarré la botella y me fui a la cocina, donde encontré un vaso que llené hasta el borde y me bebí de dos largos tragos. El estómago se me hinchó como un globo. ¿Cuánto hacía que no comía nada?
Abrí la puerta de la nevera y saqué el bote de pepinillos en vinagre, estaba sin abrir. Había oído decir que los polacos comían nata agria y pepinillos entre chupito y chupito, y que así eran capaces de beber todo el vodka que quisieran. Busqué la fecha de caducidad del bote, pero no la encontré. Al darle la vuelta, el contenido se desplazó produciendo un sonido parecido a un suspiro.
Una punzada en el corazón me hizo retroceder de golpe. Algo se estaba tensando en mí, algo me presionaba el tórax hacia dentro — ¡por un momento visualicé una jaula con barrotes!—, y me encogía el corazón.
Luego fue como si se me doblara el pulso, el corazón me palpitaba como si tuviera dentro un perturbado ansioso por salir y el bote de pepinillos se me cayó de la mano y se quebró contra el suelo con un golpe seco. Empezó a formarse una oscura estrella sobre el linóleo, una estrella llena de granos amarillos y lo que parecían unos animalillos regordetes. Los pepinillos siguieron retorciéndose un rato. Se me vino a la cabeza la rata de Reuter.
¿Qué habría sentido desde el momento en que royó el primer agujerito hasta que penetró el interior del cuerpo?
Luego se alivió la presión. El tórax volvió a expandirse y los pulmones recuperaron el espacio que necesitaban. Los llené de aire respirando un par de veces y oí un ruido estertoroso, sentía zumbidos y pinchazos en la
cabeza, como si hubiera estado cerca de la muerte. ¿Y quizá lo había estado?
Me fui al salón y me senté en el sofá, esta vez tuve la sensación de hundirme aún más. Oí un crujido procedente del interior del mueble. El peso de mi cuerpo había desencadenado un movimiento ahí dentro. A continuación hubo silencio. Luego volvió a sonar. Había algo vivo en el interior. Algo que, al ser perturbado en su sueño, había empezado a moverse. Intenté no pensar qué. Volví a sentir la punzada en el corazón, pero esta vez más suave. ¿Sería un preaviso? ¿Una pequeña muestra de lo que acabaría matándome? ¿O sería la manera en que la casa iba a liquidarme? ¿Sería eso lo que significaba la casa para mí? ¿El lugar en el que iba a morir?
Bueno, ¿y qué? No sería un problema. El frío se extendería por mi cuerpo, pero yo sería el único que se diera cuenta de que ocurría. Todo lo que había en mi interior se detendría, y sin embargo no afectaría en absoluto al contexto. Mi miedo a la muerte, ¿qué había sido sino el temor a lo que les pasaría a mis hijos si los dejaba huérfanos?
¿O estaría ya muerto? ¿Sería esto la muerte? ¿Morí al entrar? Mi figura abriendo la puerta, ¿fue lo último que el mundo vio de mí? ¿Sería este el aspecto de la muerte? ¿Una casa sin nada en su interior? Pensé en la chapucera pintura del pasillo, en las pelusas que sobresalían de los rodapiés.
En el empapelado abombado. En la atmósfera estancada. En la falta de aire fresco. En las ventanas que no se podían abrir. Todo aquello formaba parte del conjunto. El aire de estas habitaciones no se había renovado en años, hacía mucho que el oxígeno se había agotado. Seguramente hacía rato que yo había dejado de respirar. Probablemente estaba muerto. Probablemente esto era la muerte.
¡Hola, príncipe Sinsaberlo! ¡Estás muerto!
Intenté levantar un brazo, pero no lo conseguí, estaba postrado como algo que no me perteneciera. Intenté levantar el otro, con el mismo resultado. Solo parecía estar vivo del cuello para arriba. El puto cuerpo humano de los cojones. Alguien iba a tener que ayudarme. De lo contrario, jamás lograría salir de allí. Miré la pantalla negra del televisor. Si hubiera tenido un hacha, la habría usado contra mí. Me habría dividido en las dos
partes de las que estaba compuesto. Me habría partido en dos. Inmortalidad.
¿Qué hace que el ser humano desee la inmortalidad? Incluso una jaula con una rata en el pecho es mejor que eso. Incluso ser torturado y asesinado por un loco. Incluso ver morir a tus hijos. Incluso prender fuego a todo lo que amas. Incluso conducir el coche que mata a un chico en la plenitud de su adolescencia. Incluso saber que hacías lo que podías y ser consciente de que no bastaba.
Mañana no me quiero despertar, pensé, y sentí que el sueño se extendía como un oscuro líquido desde los ojos hasta el resto del cuerpo.
Bien.
Pues deja que ocurra.
Deja que ocurra.
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Como si hasta entonces todo hubiera sido un sueño, me desperté con el cuello doblado contra el respaldo, estaba aturdido, tiritaba de frío y no sabía cuánto tiempo había dormido. Si es que lo había hecho. Todo estaba en silencio. Nada se movía. Las cosas a mi alrededor parecían enormes. La habitación entera debía de haber crecido. ¿O sería yo quien había menguado? Sí, era yo quien había menguado. Era de nuevo un niño. Por lo menos me sentía diminuto encorvado en aquel sofá que parecía un enorme barco a mi alrededor. La mesa de cristal rebosaba ceniza y colillas. La botella seguía allí, aunque también había una taza de café que no relacionaba con nada, además de una figurilla de estaño, un esqueleto con gafas de sol, casco alemán y una metralleta en la mano, levantada por encima de la cabeza en señal de victoria. Hice unas muecas, pero paré al oír un crujido. Me llevé la mano a la nariz, pero al tocármela no sentí nada, como si me hubieran atornillado una prótesis.
El culín de borovicka que quedaba me tentó. Cuando alargué el brazo para coger la botella, me dio la impresión de que tardaba varios minutos en alcanzarla. Esta vez el alcohol me dejó el estómago tranquilo, pero en su lugar se acumuló en algunos puntos sobre las cejas que empezaron a palpitar al mismo ritmo que el corazón, a la vez que un ardiente calor se extendía por todo mi cuerpo liliputiense. Al cabo de un rato empecé a distinguir algunos sonidos dispersos, el motor de un coche que aceleraba, el ritmo acolchado de un bajo en un equipo de música, una sirena en la lejanía… Los ruidos fueron haciéndose más audibles a medida que remitía la presión sobre mi frente. La capacidad auditiva y el dolor de cabeza parecían estar cambiándose el sitio en mi conciencia. Fue como un segundo despertar.
Luego escuché un ruido que estuve seguro de que procedía de algún lugar del interior de la casa. Un ligero tintineo. Y el carraspeo de una mujer.
A continuación más voces, las de un niño y una niña que charlaban en voz
baja. Me incliné hacia delante y miré a través de la cortina. El cerebro estuvo más lento que la cabeza, tardó un poco en seguir el movimiento, y la jaqueca volvió de inmediato. Esperé, luego me levanté y, al tambalearme un poco, tuve que apoyarme en el reposabrazos para no caerme.
Había alguien sentado en la penumbra de la cocina.
—¿Hola? —dije y mi voz vibró como un pequeño motor dentro de la nariz rota.
No hubo ninguna reacción.
—¿Hola?
Tres personas estaban sentadas alrededor de una mesa. Estaban comiendo. De vez en cuando hablaban, pero en un tono tan bajo que era imposible captar lo que decían o qué idioma hablaban.
—¿Hola?
Al decirlo, una de las fosas nasales se destaponó un poco y salió un reguero caliente.
Los tres continuaron tranquilamente sentados, fragmentados por la cortina de bambú, con las cabezas gachas. Uno de ellos era un chico de ocho, quizá nueve años, estaba de espaldas y llevaba unas sandalias de color marrón claro que parecían las de un tullido por la manera en la que retorcía los pies bajo la silla, constantemente en nuevas posturas. Tenía el pelo corto. Un escalofrío me recorrió el cuerpo al reconocer el patrón de espiga de los pelos cortos y blancos de su nuca.
—¿Hola? —grité. El chico dio un respingo. Pero seguía sin querer volverse, como quién se avergüenza de su aspecto.
Los miré, ya ninguno decía nada, estaban tranquilos y pensativos, reunidos en torno a la comida, cada uno un poco en su mundo y un poco en el de los demás, lo único que se oía era el tintineo de los cubiertos contra los platos.
La mujer se inclinó sobre la mesa y se acercó una de las fuentes. Yo sabía quién era. Sabía qué caras vería dentro de muy poco. Pero también sabía que habría algo en ellas, algo que las hacía irreconocibles, estarían feas, arrugadas como las de los ancianos o ennegrecidas de hollín como tras un incendio; sabía que estarían dañadas, que tendrían terribles quemaduras,
que, cuando por fin se volvieran, tendrían un aspecto espantoso. Y sabía que era culpa mía, que había sido yo quien los había dejado así.
Entonces aparté la cortina y me uní a ellos.
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