A través de la noche
2 Restaurante Chino
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RESTAURANTE CHINO
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Había elegido un restaurante chino a solo un par de manzanas de mi piso de estudiante, aunque no pretendo decir con ello que tuviera esperanzas de que la noche acabara en mi casa. Eva comía con palillos, había pedido al camarero que se los trajera en vez de los cubiertos normales y los manejaba con tal soltura y elegancia que mi propia torpeza me generó cierto pudor.
De pronto me vi como un muchacho de pueblo en vez de un hombre experimentado y cosmopolita, como un analfabeto frente al gran libro de la vida. Pero ella no dijo nada al respecto, con lo cual me resultó aún más deslumbrante. Estaba tan versada en el manejo de aquel espectacular utensilio de cocina, que no concedía ninguna importancia a su propio dominio, ni prestaba la menor atención al hecho de que otros no compartieran su destreza. Yo, sin embargo, no podía quitarle los ojos de encima. Incluso los minúsculos granos de arroz lograba cogerlos sin el menor esfuerzo con aquellas lanzas blancas y resbaladizas.
En el momento en que nos encontramos cara a cara en el pasillo ante el aula, a mí ya había empezado a flaquearme el valor, a pesar de que, durante las dos últimas semanas, había hablado con ella todos los días. En una ocasión, incluso nos habíamos quedado un rato en la cafetería después de que se marcharan todos los demás. Con independencia de qué le dijera, contara o preguntara, ella siempre se tomaba su tiempo y se lo pensaba bien antes de contestar. Me asombraba el tiempo que le dedicaba a cualquier comentario que yo soltara a la ligera y la seriedad que demostraba.
Al salir del restaurante, paseando de su brazo por las calles, tuve la sensación de que ya éramos pareja. De pronto, la gente a nuestro alrededor parecía tener las peculiaridades de su carácter inscritas en la cara y, cada vez que nos cruzábamos con alguien, Eva y yo intercambiábamos breves miradas. Decidimos dar un paseo por el centro antes de que ella cogiera el metro a casa. El gentío aumentaba por momentos, tuvimos que dejar las peculiaridades de cada persona a un lado y, al cabo de un rato, constituían
una masa compacta que se movía de un lado a otro a nuestro alrededor.
Entonces empezó a nevar. Cuando el aguanieve fue cuajando sobre el pavimento, las ruedas de los coches empezaron a silbar sobre la calzada.
Eva me contó una película que había visto recientemente sobre dos hermanas que eran actrices, o lo habían sido. Una de ellas había sido estrella infantil, mientras que la otra había alcanzado el éxito ya entrada en años, aunque una vez logrado, este había sido considerable.
—Viven juntas en la casa en la que se criaron. Una depende de los cuidados de la otra porque se encuentra postrada en una silla de ruedas desde que un accidente de coche acabó con su carrera, un accidente que, durante todos los años que llevan viviendo juntas, le ha hecho creer a la otra, es decir, a la antigua estrella infantil, que ella había provocado con plena conciencia y voluntad en un estado de exagerada embriaguez, algo que esta, la antigua estrella infantil, se ha creído porque no recuerda con claridad lo que pasó aquella noche. Pero en el momento en que la envidia y el odio de la hermana, me refiero a la estrella infantil, pasa a locura, la de la silla de ruedas le confiesa que en realidad había sido culpa suya, puesto que se trató de un intento fallido de atropellar y matar a su hermana, a la que había sido estrella infantil.
Me encantó aquella manera tan enrevesada de relatar la trama, el modo en que constantemente tenía que recurrir a frases subordinadas para explicarse y distinguir a las dos hermanas cuyos nombres no recordaba. No me cansaba de escuchar su voz y, si hubiera sido por mí, habríamos seguido paseando durante horas bajo la ventisca. (Lo único que no me gustó fue que mencionara a un chico de su promoción que, en una fiesta, había hecho una imitación brillante, ese fue el adjetivo que usó, de uno de los profesores).
Yo no dije gran cosa, fue sobre todo Eva quien habló, como si esa noche le tocara a ella empezar a relatar quién era. Mientras paseábamos, fui perdiendo la noción del tiempo, los copos de nieve que caían hacían que todo pareciera una película vieja y deteriorada, mis pensamientos iban acompañando a los suyos y, al no reparar ni por un momento en ello, fui completa y enteramente yo.
Para llegar a la zona de mesas del restaurante habíamos tenido que cruzar un puente rojo y amarillo, por debajo del cual fluía una corriente por
la que nadaban unos pequeños peces de color naranja. Cuando bajábamos las escaleras del metro, me vino a la cabeza la imagen del puente y seguí pensando en él hasta que llegamos al andén. Llevábamos un rato sin decir nada. Y antes de que me diera tiempo a preocuparme por la respuesta, le solté:
—Ese puente del restaurante, ¿crees que sería un puente de amor?
Entonces ella se echó a reír y me agarró el cuello del abrigo con ambas manos.
—¿Quizá? —dijo con una sonrisa, y luego no recuerdo quién de los dos tiró del cuerpo del otro hacia sí.
Mientras nos besábamos, llegó un tren traqueteando, los frenos chirriaron cuando se detuvo junto a nosotros, las puertas se abrieron de golpe y se oyó una voz estridente. Durante un rato hubo silencio. A continuación se repitieron los mismos sonidos pero en orden inverso y, con el ruido atronador del túnel retumbándome aún en los oídos, pude ver, en un delirante parpadeo de imágenes, cómo sería todo: la casa en la que viviríamos, los viajes que haríamos, las fiestas que celebraríamos, las habitaciones por las que andaríamos, los niños de quienes seríamos padres y que, año tras año, estarían siempre con nosotros, las otras parejas que conoceríamos y frecuentaríamos, las cenas a las que asistiríamos y que organizaríamos por turnos, las preocupaciones compartidas sobre la adolescencia, la escolarización y las perspectivas de futuro que nos unirían, uno de los hombres que siempre tendría debilidad por ella y que más tarde sería su amante, la terrible noche en la que yo lo descubriría, los espantosos días y semanas que seguirían, el shock que paralizaría nuestro mismísimo nervio vital y nos imposibilitaría recobrar la confianza y la intimidad que en su día habíamos tenido, el modo en que ambos llegaríamos a darlo todo por perdido para siempre, mientras que la verdad sería que, pese a todo y aunque nunca volviera a ser exactamente como antes, con el tiempo reencontraríamos lo que nos había unido, incluso algo más, por el daño ya sufrido, y acabaríamos constatando que nuestra relación era más fuerte que nunca y que, precisamente por haber pasado y superado tantas pruebas, ya nunca podría ocurrir nada que no fuéramos capaces de aguantar.
Un mes más tarde, me encontraba en un balcón de Florencia cubierto solo con una toalla enrollada a la cintura y la buscaba con la mirada. Las nubes grises se estaban tiñendo de un luminoso tono rojo, como si se estuvieran impregnando del color de los tejados, cuando por fin la vi llegar con sus andares apresurados, algo distraída y con un paquete bajo el brazo.
Llevaba el vestido verde que se había comprado la víspera y el pelo recogido en un firme moño, tenía la piel deliciosamente bronceada y venía hacia mí, su único deseo era regresar a mi lado para continuar con aquello que apenas habíamos comenzado. La miré deseando que no levantara la vista, que no me descubriera. La miré y pensé: Ahí está. Es ella. Ella es.
Y me imaginé mi vida como uno de esos laberintos que aparecen en las revistas junto a los crucigramas y, en la última habitación, me esperaba Eva.
Eché una mirada al cielo, donde el sol rojo se había tornado amarillo y brillaba con tanta fuerza que parecía querer incendiarlo todo, y di gracias a Dios por haber escogido el camino correcto.
Y cuando Eva dio a luz al hijo que creíamos haber sido lo bastante cautelosos para no concebir, dudé de que alguna vez pudiera volver a sentir tristeza. Toda esa alegría me impacientó. ¿Cuánto faltaría para que pudiera mantener una verdadera conversación con él? Lo miraba patalear y babear sobre la colcha de colorines. ¡Venga, vamos, pequeño diablillo! ¡Crece!
¡Piensa! ¡Habla! Tenía que hacer un esfuerzo por contenerme cada vez que me inclinaba sobre la torpe criatura para hacerle una carantoña. Me sentía como un idiota. Me sentía completamente insignificante. Y entonces me di cuenta de algo: nunca antes había experimentado nada que no fuera yo mismo. Había sido una persona, pero solo para mí. No había tenido más cosas en que pensar. Pero ahora me había quedado reducido a algo sin sentido en sí mismo, puesto que formaba parte de algo mayor, de algo infinito, algo con lo que no podía ni compararme, algo cien veces más importante que Karl Christian Andreas Meyer.
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Estábamos tumbados en la playa, Ole-Jakob acababa de dar sus primeros pasos y se tambaleaba de un lado a otro con cómicos movimientos robóticos, como si el miedo a olvidar lo aprendido le impidiera descansar ni un momento. Eva se había quedado dormida, o al menos adormilada. El libro que estaba leyendo le cubría la cara y noté que yo también estaba cansado después de tanto sol y tanto baño en agua salada, tenía la sensación de que las cavidades de los ojos se me habían quedado un poco pequeñas para los globos oculares y además, en la comida, me había permitido acompañar la cerveza con un chupito de licor amargo. Oía las voces del resto de la gente que estaba en la playa, un agradable susurro solo interrumpido por algún que otro grito y, a lo lejos, distinguí el ruido de un avión que despegaba de una pista de aterrizaje cercana. Y aunque no perdí de vista a Ole-Jakob ni por un segundo, de repente se había esfumado.
Sabía que un momento antes había estado a mi vera, quizá algo más allá, aunque no mucho, y sin embargo ya no estaba. Me levanté sobresaltado.
Era como si una mano gigantesca lo hubiera eliminado de mi campo de visión con un chasquido de dedos, como si se hubiera desvanecido en un abrir y cerrar de ojos. Me puse la mano por visera y miré hacia todos los lados, incluso escudriñé la superficie del mar aparentemente infinito, pero seguí sin verlo. Y como era consciente de lo fácil que era divisar su bañador de rayas, me invadió el pánico y me imaginé la playa acordonada y a los agentes de policía corriendo de un lado para otro.
De repente escuché un grito familiar, pero seguía sin ver a Ole-Jakob por ninguna parte. Algunos hombres se levantaron de sus toallas y miraron a su alrededor. Otro grito procedente de ningún sitio recorrió el espacio.
Eché a correr, sin saber si iba en la dirección correcta. Se levantó más gente.
Por el rabillo del ojo, vi a Eva soltar el libro e incorporarse. Alguien gritó un nombre, pero no era el de Ole-Jakob. Y de pronto oí su llanto. No me cupo duda de que era él. Pero ¿dónde estaba? Entonces me fijé en un
hombre algo corpulento que estaba arrodillado entre la hierba al otro lado del sendero. El hombre se inclinó hacia delante, sus brazos se hundieron en el suelo y, cuando se incorporó, tenía a Ole-Jakob en las manos. Se puso en pie y levantó al niño todo lo que pudo, con los brazos extendidos, como si quisiera protegerlo de la codiciosa tierra que se lo había tragado.
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