A través de la noche

Stig Saeterbakken · Capítulo 9 de 12 · parte 1/2

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A través de la noche

3 Weinachtstadt

Este capítulo es largo, así que está dividido en 2 partes.

3

WEINACHTSTADT

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Se había acabado. Aun así continuaba. Era como una fuerza a la que no se podía impedir que siguiera golpeando, el tren arrastraba su carga a través de las franjas de agua y tierra que pasaban a toda velocidad. Cada vez más deprisa, mientras los campos del exterior iban cambiando de color, pasando de amarillo a verde, de verde a rojo. Más adelante cruzamos ciudades, filas enteras de ciudades, en las que las luces se encendían y apagaban. A las afueras de una de ellas, en la autopista, vi un coche volcado, habían colocado barreras y la gente corría de un lado a otro bajo la parpadeante luz azul de dos ambulancias. Pero no me afectó, era como si se me hubieran agotado todos los sentimientos que en su día había tenido, como si ninguna de las furiosas fuerzas del exterior pudiera alcanzarme. ¿Qué podría destruirme? Todo lo que podía ocurrir, había ocurrido ya.

Pensé en Eva y en Stine, que lloraron cuando me marché. Fue un poco indecente por su parte. Al menos por parte de Eva, teniendo en cuenta lo serena que había estado hasta entonces, el desprecio que había mostrado hacia mi comportamiento, la contundencia con la que al final se había distanciado de todo lo que yo hacía y, por tanto, lo inapreciable que sería el cambio ahora que la abandonaba por segunda vez. Mientras esperaba el taxi en la acera, con mi maleta, de pronto vino corriendo, con la cara colorada, gritando y gesticulando con los brazos, como si la casa estuviera en llamas y hubiera logrado salvarse de puro milagro.

Saqué el móvil, abrí la bandeja de entrada y fui bajando por la lista, pulsando alguno de ellos para leer su contenido. Los de Eva consistían en su mayoría en una o dos palabras. Sí. De acuerdo. Vale. Nos vemos. Eficaz como ella sola. Había uno de Ole-Jakob: ¡¡Ahora voy!! Hacía más de tres años que lo había enviado. También había algunos mensajes de Stine, aunque no recordaba por qué los había guardado. Y luego alguno más de Ole-Jakob, igual de cortos y anodinos. Igual de colmados de vida.

Sabía que al final de la lista había algunos mensajes antiguos de Mona que no había podido borrar, ni siquiera después de abandonarla. No recordaba exactamente lo que decían, solo que eran de ella, tal como había sido al principio, antes de cambiar (o antes de volver a ser ella misma, me dije). Luego usé la función marcar todos y los borré, abrí la bandeja de mensajes enviados e hice lo mismo. Una vez vaciadas las dos carpetas, el móvil me pareció más ligero en la mano. A continuación entré en la lista de contactos y fui borrándolos uno por uno hasta llegar al de Ole-Jakob, que me salté, y luego borré el resto de los nombres, salvo el de Stine, que también conservé.

Después pensé que si Eva me mandaba un mensaje, solo aparecería un número, un número que no sería capaz de reconocer, puesto que nunca me había tomado la molestia de aprendérmelo.

El tren se quedó un rato parado en una de las estaciones. Desde la ventanilla vi una parte aislada de la ciudad que estaba iluminada y llena de pequeñas casas amarillas, como los decorados de una película navideña.

Agarré la maleta, recogí mis cosas deprisa y corriendo y, por los pelos, logré bajarme del tren antes de que sonara el silbato. El aire tenía un aroma fresco y limpio, y con la maleta a rastras, enfilé hacia donde me figuraba que quedaba la ciudad en miniatura.

La encontré enseguida y, para mi sorpresa, de cerca tenía el mismo aspecto de cuento de hadas que de lejos, era uno de esos sitios en el cual es imposible imaginarse que muera alguien. Encontré una hospedería que tenía habitaciones libres y, después de instalarme en una pequeña guarida en la primera planta, me senté a mirar por la ventana. El barrio me recordaba a algo, en el compartimiento del tren había tenido la misma impresión, pero hasta ese momento no caí en la cuenta de qué era. Me recordaba a los dibujos de El príncipe Sinsaberlo. Una mujer cuyo nombre no recordaba había ilustrado el libro impreso y, en una de las ilustraciones, había dibujado la calle peatonal de la capital de Onieron bastante parecida a la que estaba viendo a mis pies. Todo era pequeño y entrañable, no me habría sorprendido si hubiera aparecido un grupillo de gnomos cantando a viva voz. Además noté que, al sentarme, había encogido la espalda y que continuaba en la misma postura aunque no hacía falta, como si por fin

hubiera cumplido el sueño que tenía de niño de vivir dentro de una de las casitas de la maqueta ferroviaria que mi padre había montado junto con unos compañeros de trabajo y que ocupaba una habitación entera del sótano.

Los carteles de las tiendas al otro lado de la calle tenían la misma forma y tamaño, estaban ladeados y eran raros, en cierto sentido infantiles, y era evidente que estaban cortados por el mismo patrón. Se habían esmerado en lograr que todo tuviera un aspecto parecido, pero ¿por qué? A simple vista tampoco podía determinar la antigüedad de las casas, en realidad podían ser bastante nuevas, aunque estuvieran construidas y pintadas para que parecieran viejas y rústicas. En cualquier caso, producía un efecto mágico, como de un mundo totalmente diferente. Sabía que la ciudad en la que me encontraba tenía cierto tamaño, aunque desde el lugar donde la miraba, resultaba difícil imaginarse que fuera algo más que aquel barrio, y además estaba en completo silencio, ni un ruido hacía pensar en la ajetreada vida de una gran ciudad.

Pensé en mis pacientes, quizá unas dos mil personas en total, y otros tantos contando la gente que aparecía por alguna urgencia, todos tenían en común que habían depositado en mí una confianza incondicional y ni en sus más salvajes fantasías se habrían imaginado que yo pudiera desaparecer así, que pudiera echar las cortinas y cerrar la puerta sin avisarlos previamente.

Yo, el dentista, era para ellos una persona infalible, alguien que no podía faltar. Pero ahora les había fallado, los había abandonado en la miseria de su propia incertidumbre. Harald Holst, que estaba esperando una nueva prótesis, su molde fue de las últimas cosas que hice, aunque ignoraba si había sido enviado al protésico dental. Evald Møller, que andaba por ahí, muy pacientemente, con un empaste provisional. Todos los alumnos a los que había aceptado tutelar para descargar de trabajo a Henrik y a los que ya habíamos enviado las citas. Y Lise, que estuvo feliz en su ignorancia hasta el día en que se encontró la consulta vacía.

Busqué el móvil y escribí un mensaje. Estoy en Redenburg, Alemania.

Me quedaré aquí unos días. ¿Todo bien? Recuerdos a mamá y a S. Busqué a Ole-Jakob como destinatario, envié el mensaje y me quedé un buen rato

con el móvil en la mano, esperando la corta señal sonora y la luz parpadeante que siempre seguía el envío.

Al día siguiente, después de desayunar, me di un paseo por aquella ciudad que no podía evitar percibir como navideña, y me abrumaron todos los detalles y el refinamiento que contribuía a reforzar aquella imagen idílica de un mundo aislado, libre de ansiedad y suspicacias. Era temprano, las tiendas aún no estaban abiertas. Por lo que pude apreciar, la oferta de productos cubría la mayor parte de las necesidades que uno pudiera tener, como en cualquier ciudad normal. Sin embargo, no me llevó mucho rato recorrer el pequeño entramado de calles y callejones, y me sentí reacio a continuar cuando salí de una callejuela y me topé de frente con el resto de la ciudad, con los edificios altos y las avenidas colapsadas, todo velocidad por todas partes.

Consideré la posibilidad de dar media vuelta y regresar. Luego apreté las mandíbulas y seguí adelante con la sensación propia de quien ha crecido en el campo y acaba de mudarse a la capital.

Había mucho bullicio en las calles. Aunque la luna todavía se veía en el cielo, los coches ya formaban cadenas aparentemente continuas y la velocidad era alta; al cruzar una de las vías, seguramente una de las principales, lo hice con la certeza de que no dudarían en arrollarme si no me movía con la suficiente rapidez. En una esquina de la avenida, entre una pequeña plaza con castaños y la entrada a un aparcamiento, apareció una chica en motocicleta. Iba sentada sobre el sillín de su vehículo azul, llevaba el pelo firmemente recogido en torno a una cara hermosa y miraba al frente cuando, con un descarado saltito, pasó por encima del bordillo de hormigón al final de la plaza, y entró a formar parte de la corriente principal. Me quedé mirándola, parecía un juguete mecánico y sus ruedas giraban ligeras y transparentes. Y luego, con agilidad y ligereza, desapareció en aquel infierno de ruidos en el que el más mínimo descuido de atención podía arrancarle la piel y la carne, retorcerle las uñas, machacarle los huesos y esparcir su masa encefálica por la calzada de asfalto.

A salvo, al menos por el momento, pensé. Pero ¿de qué valen todas las precauciones de las que se componen nuestras vidas el día que, a pesar de todo, nos golpea el accidente, el día que acaba siendo el oscuro punto final?

¿Para qué sirven todos los esfuerzos que llevamos a cabo para protegernos a nosotros mismos y a los nuestros, esos esfuerzos de los que podemos presumir hasta que el destino nos ataca de repente como un animal salvaje que todo el tiempo ha estado acechando en la sombra? Cuando Ole-Jakob tenía seis años, Eva y yo le llevamos a hacer un viaje de dos semanas por la costa oeste de Estados Unidos y le compramos un sombrero de vaquero que no se quitaba salvo para dormir. Sin embargo, lo que más le impresionó fue que los semáforos de los pasos de cebra, creo que era en Seattle, tenían una pantallita adicional debajo del muñequito verde, que mostraba los segundos que faltaban para que el semáforo se pusiera en rojo. En una ocasión me dio una voz y me retuvo en el pequeño islote entre los cuatro carriles, porque calculó que no había tiempo suficiente para llegar sano y salvo hasta el otro lado.

A medida que me adentraba por las calles, unas más estrechas, otras más anchas, el cielo fue clareando y el bullicio fue en aumento, la luz del día fue sacando a la gente de todos los rincones y poniéndolos en marcha.

¡Fuera, fuera todo el mundo! Y ellos volvían obedientemente a sus quehaceres diarios, con destreza, como partes de un todo, sin importar lo diferentes que fueran entre sí las labores hacia las que se encaminaban.

Formaban parte de una comunidad en la que nadie hacía exactamente lo mismo, en la que todas las rutinas y tareas laborales tenían sus características propias, y sin embargo el objetivo principal era común para todos: ocupar tu sitio, mantenerlo, desarrollarlo y, en la medida posible, llevarlo a la perfección. Y por debajo de todo, por debajo de tanta ambición, del instinto de competencia, de la envidia y la desesperación, vibraba la misma atención que había mostrado la chica de la motocicleta, una cautela ejercida a cada paso para no exponerse a peligros innecesarios. Como si este fuera el gran movimiento en el que todos participaban — en el que yo mismo participaba, al dejarme arrastrar por el bullicio—: una eterna carrera por evitar la muerte.

Llegué a un lugar llamado KUNSTHAUS, un edificio palaciego con un gran anexo moderno que, además de albergar todo lo que pudiera desear una persona interesada en el arte, tenía también varios restaurantes y cafeterías. Almorcé con vistas al río, donde habían instalado una gran

escultura de vidrio que reflejaba el agua marrón y turbulenta en cientos de cristales que hacían que me mareara si me quedaba demasiado tiempo mirando. Estando allí sentado me sonó el móvil, pero como el número no me dijo nada, no lo cogí. Una mujer y un hombre considerablemente más joven que ella acaban de terminar de comer, él acercó su silla a la de ella y, sin el menor pudor, deslizó la mano bajo la mesa y la introdujo entre sus piernas. Algo me dijo que estaban traicionando a alguien, al menos ella, y al hacer lo que hacían resultaban aborrecibles, él estaba un poco encorvado y charlaban aparentemente impasibles al deseo que se estaban despertando el uno al otro.

Mientras los observaba, me pregunté si Eva habría estado con alguien durante el tiempo que falté de su lado. Muchas veces había estado tentado de preguntarle, pero al final no lo había hecho. ¿Cómo habría quedado, si hubiera reunido el valor? En cualquier caso, era libre de hacer lo que quisiera, podría haberse tirado a cien hombres sin que yo hubiera estado en posición de protestar, podría haberlos traído a casa y haberlo hecho delante de mis narices y no me habría quedado más remedio que aceptarlo. Me acordé de aquella vez en Florencia cuando nos contamos historias de relaciones anteriores, recordé cómo me revolví por dentro aunque me esforcé por ocultárselo, me sentí como si me hurgara con una navaja en el corazón. Sobre todo por uno de ellos, un hombre con quién seguía manteniendo contacto y al que me dio a entender que consideraba uno de sus mejores amigos. La primera vez que lo conocí, tuve que contenerme para no ponerlo verde en cuanto nos quedamos a solas. Pero creo que ella se dio cuenta porque empezó a chincharme, habló largamente de él, lo alabó y presumió de todas sus cualidades, incluso llegó a decir que la mujer que algún día lo conquistara sería una afortunada.

Qué miedo tenía de perderla, de no cumplir sus expectativas. Eva en el laberinto. La mujer que encontré al llegar al final.

Y entonces tomé la decisión de no pensar más en ello.

Los clavos que asoman hay que meterlos a martillazos. Lo mismo ocurre con los recuerdos.

Me levanté y me di una vuelta por el palacio modernizado, se oía un murmullo de conversaciones por todas partes. Había una pequeña sala de

cine que anunciaba un HORROR FESTIVAL en una pancarta sobre la taquilla.

Compré una entrada para la siguiente proyección. No me habría extrañado que Ole-Jakob hubiera visto la película, puesto que había sido omnívoro en ese género. Después me acerqué a una serie de carteles enmarcados que colgaban en la pared contigua, la mayoría tendrían unos cuarenta o cincuenta años, estaba ansioso por ver lo que me encontraba. Da packt sie das kalte Grauen! Decía un cartel con letras doradas sobre una fotografía de un edificio de ladrillo marrón, cubierto por una hiedra, que se fundía con un primer plano de la cara aterrada de una hermosa mujer y con un grupo de personas de escasa estatura y extraña apariencia que parecían formar parte de un freakshow.

Cuando salí, ya era de noche. Habían encendido los focos bajo la escultura de cristal del río, los relucientes cristales reflejaban destellos de luz. Intenté imaginarme qué habría pensado Ole-Jakob de la película y qué podría haberle dicho yo, ahora que la había visto, y durante un rato estuvimos intercambiando pareceres hasta que me di cuenta de que la voz que oía en mi cabeza no era en absoluto la suya, que era la voz de otro, de un extraño sin parecido ninguno. ¿Sin parecido ninguno con qué?

Horrorizado caí en la cuenta de que no lo sabía. Lo intenté, pero no lo logré, por mucho que me esforzaba por oír su voz no oía nada, a pesar de que veía nítidamente la imagen de su cara. Lo intenté con todo mi empeño. Pero era como si me hubiera quedado sordo en ese único rincón del recuerdo. Ni un ruido. Un silencio sepulcral. El codicioso olvido, ¿será insaciable? ¿Seguirá devorando todo lo que una vez existió?

Por la noche volví a sentarme junto a la ventana para mirar la calle. Me sentía como un personaje de cuento. Al mismo tiempo era consciente de que ya había empezado a ver la ciudad navideña con otros ojos, de que inconscientemente había empezado a buscar algo que no encajara, como si fuera demasiado buena para ser verdad y solo fuera cuestión de tiempo que descubriera el detalle revelador.

Un joven venía andando por la calle visiblemente embriagado. Por un momento tuve la impresión de que estaba a punto de caerse. Se tambaleó, pero con un esfuerzo de voluntad logró continuar, arrastrando los pies como a cámara lenta. Una vez vi a Ole-Jakob borracho. Había ido a una fiesta de

compañeros de clase junto con un amigo que, después, iba a dormir en casa.

Tendrían unos catorce o quince años y de pronto estaban de vuelta, no eran ni las once, el amigo tan borracho que apenas podía mantenerse de pie y, cuando intenté hablar con él, no conseguí sacarle más que unos gorgoteos.

Me di cuenta de que Ole-Jakob también estaba muy bebido, pero que aun así regía, como si el lamentable estado de su amigo lo hubiera espabilado lo suficiente para llevarlo a un lugar seguro. Se había llevado tal susto y le había costado tanto arrastrar a su amigo semiinconsciente — era pleno invierno y llevaba todo el día nevando—, que probablemente se había dejado lo peor de la borrachera en el tortuoso camino hasta casa. Me imaginé que los dos debían de haber abandonado la fiesta más o menos en el mismo estado, pero que luego, paso a paso, hermanados en el peligro, el alcohol se había evaporado del cuerpo de Ole-Jakob para acumularse en el de su amigo, dejando a uno más sobrio y al otro más borracho por cada metro que avanzaban bajo la ventisca. En cuanto logramos meter al amigo en la cama y nos aseguramos de que dormía seguro, ordenamos a Ole-Jakob que se sentara en el sillón del salón frente al sofá en el que nos sentamos Eva y yo. Pero cuando iba a empezar a regañarlo, de pronto no supe qué decir, no tenía claro si debíamos limitarnos a reñirlo o si también debíamos introducir algún elogio, teniendo en cuenta la heroica actitud que había mostrado con su mejor amigo, la misma que le había llevado a escoger la revelación de los hechos y el juicio en casa, frente a la mentira y la embriaguez que tan repentinamente los había dominado dondequiera que se hubiera celebrado la fiesta (al día siguiente su amigo se sentó en el mismo sillón y, con cara verdosa, nos suplicó que no le dijéramos nada a sus padres, un ruego que presentó tan ahogado por el llanto que finalmente, aunque con serias dudas, accedimos a complacerlo).

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Al día siguiente llovió. Solo salí para ir al supermercado que había visto el día anterior, donde compré un pan y un queso, además de un tarro de mermelada que el simpático dependiente me recomendó encarecidamente.

También me llevé un paquete de galletas, que no quiso cobrarme. Luego me deseó un buen día y se lamentó del mal tiempo. De regreso pensé que si el dependiente hubiera sido gruñón y antipático, lo habría estropeado todo.

En la recepción me preparé un café, cogí un periódico y me lo llevé todo a la habitación, donde me instalé en mi lugar habitual y empecé a leer detenidamente el periódico, página por página, desde los artículos principales hasta las noticias más pequeñas. La lluvia que golpeaba la ventana me producía una sensación parecida a la que tenía de niño cuando estaba enfermo y me quedaba en casa sin ir al colegio. Después escribí un mensaje a Ole-Jakob: ¡Festival de cine de terror en Redenburg! Ayer vi Hexensabbat. ¿La has visto? Un poco freak lo del doblaje al alemán, pero de todos modos me gustó. Saludos a los demás. La lluvia en el exterior arreció, parecía que habían untado una fina capa de gelatina al cristal. No se veía gente, solo paraguas de distintos colores que pasaban meciéndose como nenúfares en un río. Y pensé que lo único que le faltaba a mi nuevo hogar para ser perfecto era la nieve. Y entonces tomé la decisión de marcharme de allí el día que comenzara a nevar, porque así era como quería conservarlo en el recuerdo.

Por la noche bajé a la sala de la televisión. Habían encendido la chimenea y reinaba una entrañable paz en la pequeña habitación con gruesas vigas negras bajo el techo. Pedí una cerveza y un chupito de aguardiente a la mujer de pelo cano que se puso a palpar los estantes para dar con la botella correcta y de pronto me dio la impresión de que era ciega.

En uno de los canales, encontré un partido de fútbol de la Bundesliga, entre dos equipos de los que nunca había oído hablar. El juego me produjo un efecto casi hipnótico, los pases largos y precisos, las pelotas aéreas que

bajaban sin el menor esfuerzo, los repentinos arranques a gran velocidad y los agresivos duelos de cabeza a los que, a cámara lenta, solo les faltaba un vals vienés para parecer refinados espectáculos de baile. Al cabo de un rato entré en un estado de duermevela, el rugir de las tribunas me fue amodorrando y, antes de dormirme, pensé que podría permanecer así el tiempo que hiciera falta, al son de un eterno partido empatado a cero, en el cual un tiempo sucediera a otro en un continuo y unísono regocijo.

Tan agradable fue aquella cabezadita ante la pantalla del televisor

— durante unos segundos incluso soñé— que me molestó despertarme cuando el comentarista empezó a gritar gol, gol, una y otra vez, como si pretendiera despertar a todo el que se hubiera quedado dormido ante la pantalla. Pero cuando, con cierta reluctancia, conseguí despabilarme, fui capaz de compartir el entusiasmo por el gol, el delantero había recibido un duro pase en el área cuando tenía a dos defensas pegados al cuerpo, pero aun así había logrado controlar el balón antes de hacer un sorprendente giro con el cual se quitó los dos defensas de encima y, con un tiro raso, coló el balón en la esquina contraria de la portería. El guardameta seguía boquiabierto cuando el clamor del público estalló detrás de él.

El fuego se estaba extinguiendo, me levanté, eché un par de leños a la chimenea y entonces caí en la cuenta de que no había visto ningún otro huésped. ¿Quizá yo fuera el único? La mujer estaba sentada tras el mostrador con los ojos entornados, era imposible que estuviera al tanto de lo que pasaba a su alrededor. En la pantalla, dos jugadores habían llegado a las manos y el árbitro se las veía negras para separar a los dos gallitos, como si el gol del equipo local hubiera alterado el equilibrio existente entre los dos equipos, el equilibrio que había otorgado al partido ese aire de infinito y absurdo ir y venir. Todo lo que me había gustado del juego se había esfumado. Lo único que quedaba era una vulgar batalla en la que el único objetivo de los contrincantes era machacarse mutuamente en la medida de lo posible.

Aun así, como para castigarme a mí mismo, seguí viendo el partido hasta el final. Y recordé lo que me aburría cuando acompañaba a Ole-Jakob a sus partidos y el empeño que ponía en ocultárselo. Horas y horas por la banda junto con los demás padres, a los que nunca supe qué decir para

iniciar una conversación, así que por lo general nos quedábamos callados, pretendiendo estar embebidos en la torpe lucha que tenía lugar en el campo de gravilla, siempre igual de aliviados cuando sonaba el pitido final y los niños se precipitaban cada uno hacia su lado para recibir una inmerecida ovación.

Pero a veces, en el coche de camino a casa, quizá por la alegría de saber que por aquella vez había acabado, el diálogo fluía alegremente entre nosotros. La verdad es que Ole-Jakob nunca estaba más parlanchín que en esas ocasiones. Los sueños de futuro salían a borbotones por su boca y solía presionarme para que le diera mi opinión sobre las posibilidades que tenía de acabar jugando en uno de los clubes importantes, preferiblemente un club inglés. Cultivaba sus ambiciones con una soberbia ignorancia de la cuestión del tiempo que nunca me sentí capaz de corregir: se imaginaba que, un buen día, se vería en el centro del campo asistiendo a Ian Rush, Dennis Bergkamp o Eric Cantona.

Ole-Jakob Meyer, con las letras formando un arco sobre un número 7, en lugar de sobre las cifras de un año.

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Me despertó el teléfono. Me pareció que se trataba del mismo número que el día anterior. Esta vez lo cogí porque no se me ocurrió otra manera de detener el insoportable timbre. Era Boris. Me preguntó dónde coño me había metido, dijo que llevaba días intentando localizarme. Le noté en la voz que estaba borracho. Miré el reloj. Bueno, contestó cuando le dije dónde me encontraba. Si piensas que puede sentarte bien… Luego empezó a hablar de un autor que, en una entrevista que acababa de leer, decía que odiaba la atención que se le brindaba, que su único deseo era que lo dejaran en paz y que nunca volvería a conceder una entrevista, y según Boris había dicho lo mismo en todas las entrevistas que había concedido en los últimos tiempos. Yo estaba demasiado cansado para compartir su indignación, así que me limité a intercalar algún que otro comentario que pudiera interpretarse como que apoyaba su postura. En el exterior seguía siendo de noche. Estuve a punto de preguntarle si sabía lo temprano que era, pero pensé que seguramente le sorprendería lo tarde que se le había hecho. Habló mucho rato, saltando de un tema al otro y estaba tan colmado de sus propios puntos de vista que ni siquiera notó lo poco que participaba yo en la conversación. Al cabo de casi una hora, de pronto dijo: «¿Te estoy molestando? Te noto muy parco». Le dije que era por la hora, que eran las seis de la mañana y que su llamada me había despertado. «Pero ¿a ti qué coño se te ha perdido en Redenburg?».

Buscando algún tema del que hablar para desviar su atención de aquella pregunta para la que no tenía una buena respuesta, me vino a la cabeza la misteriosa casa de la que me había hablado en una ocasión y le pedí que me repitiera lo que había que hacer para encontrarla. «Francamente, Karl, ¿qué te traes entre manos?». Le pedí que esperara un momento, me acerqué a la mesa junto a la ventana y apunté en el periódico los detalles que Boris recordaba. Después hubo un largo silencio. «¿Boris?. —Resopló—: Puto tapón». «¿No has bebido ya bastante?», le dije. Una nueva pausa, ¿el ruido

de una botella vaciándose? «Tienes razón», dijo, después de lo que sonó como un prolongado trago. «Pues mándame una postal cuando llegues. Y

recuerda: hagas lo que hagas, no se te ocurra dormirte ahí dentro. ¡Buenas noches!», dijo antes de colgar. Tenía frío, se me había erizado el vello de los brazos, mientras que la oreja daba la sensación de haber estado dentro de un microondas. Eché un vistazo a lo que había apuntado sin estar seguro de por qué lo había hecho.

Zagreb

Bratislava

Reduta

Neusohl

Corgoñ

Quiero ver el lugar donde la esperanza se transforma en mugre.

A falta de algo concreto que hacer, y sin el menor deseo de lo contrario, me encaminé hacia el único lugar que conocía y me produjo cierta satisfacción no desorientarme ni una sola vez. El aire estaba frío, todos los olores tenían la misma intensidad. En la plaza delante de la KUNSTHAUS, había una mujer con el cuerpo pintado de blanco subida a un pedestal. No se movía, pero lo que realmente hacía que pareciera una estatua era que llevaba unas lentillas que le dejaban los ojos completamente blancos. Da packt sie das kalte Grauen! , pensé, impresionado por su aguante al frío.

La escalera estaba abarrotada de gente, muchos de la edad de Ole-Jakob. Gente sensata con toda la vida por delante, todos con algo bajo el trasero, algunos incluso se habían traído unas pequeñas esterillas de polietileno para sentarse sobre ellas. Me encendí un cigarrillo y de pronto, al notar la admiración que me despertaba aquel panorama juvenil, me sentí viejo. Por todas partes había gente hablando, gesticulando, explicando, sonriendo, riéndose a carcajadas, poniendo caras raras, abriendo los ojos de par en par, tapándose la boca, sacudiendo la cabeza, besándose, abrazándose o gritando de entusiasmo. Qué coraje, me dije. Qué ardor. Me sentí casi mareado, rodeado de aquellas ganas de vivir que parecían casi infinitas, inagotables, imparables, por el modo en que literalmente chisporroteaban y crepitaban las cabezas colmadas de estudios, música, teatro, arte, amor, todos implicados en algo, todos ardiendo en deseos de

llevar a cabo alguna cosa, de poner todo su empeño en realizar sus sueños.

Y pensé que aquello era el sentido de traer hijos al mundo: poder revivir la juventud a través de ellos, al mismo tiempo que uno mismo se iba alejando de ella.

Un chico se me acercó y me puso un papel en la mano. «Tienes que venir, —dijo—. Esta noche es la última función». Miré el papel, era el flyer de una obra de teatro y mostraba la foto de una estatua que reconocí enseguida. Al levantar la vista, vi que el chico se había acercado a la mujer pintada de blanco y que estaban charlando animadamente. La chica se había bajado del pedestal y se había puesto un plumas, se estaba encendiendo un cigarrillo y parecía una vestal romana recién salida de la máquina del tiempo intentando adaptarse a marchas forzadas a la cultura occidental moderna.

Por la noche seguí las indicaciones que venían en el dorso del flyer y llegué a un edificio de dos plantas, con altas paredes de cristal, que claramente había sido una estación de tren o de metro. Un pasillo con señales que indicaban el camino hacia los andenes estaba tapiado y el muro, a su vez, cubierto de grafitis. En el cristal sobre la entrada ponía en grandes letras:

DER TURM VON BABEL

, y debajo: PLANET OF THE APES. Sabía que había visto las películas en el cuarto de Ole-Jakob, era una serie completa que venía en un estuche y en la cubierta aparecía la silueta de la estatua americana de la libertad sobre el fondo de una puesta de sol color rojo sangre. Cuando se abrió una puerta corredera, vi un pequeño mostrador que hacía las veces de taquilla, a continuación se entraba en una sala diáfana que tenía en el centro dos torres de ascensor con una escalera mecánica a cada lado. Las dos escaleras estaban en funcionamiento, una subía y la otra bajaba, confiriendo al lugar una atmósfera siniestra, como si los que antaño trabajaron allí hubieran huido a toda prisa de sus comercios. En un escaparate todavía quedaban algunos vestidos colgados de un perchero; cerca de la taquilla, una pantalla de publicidad cambiaba de imagen cada quince segundos, aproximadamente, produciendo un sonido desagradable y abrupto. Delante de las puertas de los ascensores estaba la mujer blanca sobre su pedestal, en

la misma postura que unas horas antes había tenido delante de la KUNSTHAUS. Habían colocado tres filas de sillas. Al llegar la hora prevista para el espectáculo, había cuatro personas en la sala aparte de mí y me imaginé a la compañía de teatro eliminando una fila de sillas por cada función a medida que sus expectativas iban menguando. Antes de apagar el móvil, envié un mensaje: No te lo vas a creer. Estoy en un sitio guay que se llama la Torre de Babel, voy a ver una obra de teatro titulada El planeta de los simios. O al revés. Al enviar el mensaje, recordé cómo se revolvía Ole-Jakob cada vez que yo empleaba una expresión del tipo freak, guay o molón, era como una reacción alérgica a la falsedad del intento de su padre de ponerse a su nivel, del mismo modo que se ruborizaba de vergüenza cuando yo usaba emoticonos.

Entonces se apagaron las luces y una chica con uniforme escolar bajó por la escalera mecánica pronunciando un largo monólogo. «Por fin llegó la noche al mundo de los no vivientes. Salieron de sus rincones y escondites…». Mientras hablaba, otros actores iban bajando de la planta superior, o aparecían de la oscuridad, hacían alguna pirueta y volvían a desaparecer. Constantemente aparecían nuevos personajes, pero al cabo de un rato empecé a reconocer a los actores y comprendí que probablemente se trataba de una compañía bastante reducida y que se habían repartido los numerosos papeles que, al poco, entendí que representaban diversos juguetes como peonzas, muñecas, animales de cuerda y cosas por el estilo.

Algunos eran bastante divertidos y en una ocasión no pude contener la risa, fue cuando pasaron arrastrando un pequeño carromato sobre el que iba un hombre calvo: el tipo sacudía la cabeza cuando el carromato se movía, pero se quedaba quieto cada vez que la chica que tiraba del carro se paraba.

También hubo una especie de número de magia que fui incapaz de entender cómo hacían: una mujer se metió en uno de los ascensores y al segundo salió por el otro. Todo iba acompañado de una música de feria antigua y pensé que, salvo por un par de insinuaciones sexuales, bien podría haber sido una función para niños.

Luego se produjo un cambio, el nostálgico espectáculo fue adquiriendo un tono más oscuro. Los juguetes empezaron a imitar actos violentos, dos ositos de peluche intentaron apuñalarse el uno al otro, un soldado con

uniforme alemán y careta de calavera levantó una metralleta y nos encañonó, luego llegó la chica con el uniforme escolar y quiso que le metiera el arma entre las piernas. Me di cuenta de que la alegre música de feria había sido sustituida por lo que probablemente eran marchas militares, pero como las reproducían a poca velocidad, sonaban como los lamentos de un gigante desconsolado, como los prolongados bramidos de una especie de trol. Cuando un payaso salió del ascensor con una maqueta del World Trade Center sobre los hombros y un avión de juguete en cada mano, el hombre que estaba sentado a mi lado se levantó y se marchó entre maldiciones.

Y justo cuando pensaba que habían agotado su creatividad burlesca, un enano desnudo y escuálido salió tambaleándose de la oscuridad bajo una de las escaleras. En la cabeza tenía algo parecido a un enorme tumor, llevaba todo el cuerpo pintado de blanco y, por encima de los hombros, dos alas de ángel aparecían y desaparecían al ritmo de sus pasos. Estaba realmente raquítico, anoréxico, como una versión en miniatura de los presos de los campos de exterminio, su tórax parecía el cráneo de un pájaro y, en el lugar donde terminaban las costillas, caía en picado, como si la escasa piel que le cubría el estómago fuera succionada hacia la columna vertebral. Con lo pequeño que era, ¿aún quería menguar más? Lo único que tenía de tamaño normal eran los brazos, que casi rozaban el suelo. Noté que me ponía malo de mirarlo y consideré la posibilidad de seguir el ejemplo del hombre que había tenido a mi vera. Pero algo me retuvo, quizá sencillamente el deseo de no perderme el punto de inflexión en el que los actores interrumpieran aquel espectáculo que de pronto había adquirido un carácter hostil de realidad y se rieran de nosotros contándonos lo imbéciles que éramos por tragarnos todas las atrocidades que se les había ocurrido servirnos.

El pequeño esqueleto se había acercado a la primera fila de sillas. Allí se colocó y fue clavando la mirada en cada uno de nosotros. Las manos largas y marchitas colgaban a los lados de su cuerpo, mientras que las yemas de sus dedos, que parecían esforzarse por tocar el suelo, temblaban ligeramente. Tenía la mirada de una persona encerrada a quien acabaran de concederle un resquicio por el que mirar hacia afuera. Y de repente me preocupé. ¿Y si resultaba ser una de esas representaciones en las que, en un momento dado, el público participa en la obra? ¿Y si tuvieran previsto que

uno de nosotros saliera a escena para ponerse en ridículo delante de todo el mundo? Miré las cabezas del resto del público. Ninguno de los presentes parecía seguir con vida, estaban todos completamente paralizados. De las cuatro personas entre las que podían escoger, no me cabía ninguna duda de a quien le tocaría.

Afortunadamente, al cabo de un rato, el enano se dio la vuelta. Sus bumeranes cubiertos de plumas fueron meciéndose y entrechocando mientras él se acercaba al lugar donde había estado la vestal romana. Una vez allí, se quedó un buen rato parado antes de subirse al pedestal. Estuvo a punto de perder el equilibrio al ocupar su sitio, era imposible determinar si se trataba de un movimiento ensayado, en cualquier caso, por un instante pareció que iba a caerse al suelo y romperse en mil pedazos, pero luego recuperó el control de sus huesudos miembros y adoptó una postura con la que supuse que pretendía imitar a la vestal. Sin embargo, las dos estatuas no podrían haber sido más diferentes. Mientras que la belleza romana había permanecido inmóvil en su sublimidad, el viejo enano temblaba como si estuviera invirtiendo sus últimas fuerzas en mantener alzados sus brazos monstruosamente largos. Mientras que la cara de la vestal había parecido esculpida en mármol con esos ojos blancos y muertos, la del hombre estaba retorcida en una mueca de dolor, tenía los ojos fuertemente guiñados y los labios vueltos del revés dejaban al descubierto los dientes. La graciosa elegancia de la una contra el descomunal esfuerzo del otro. Le temblaba incluso su minúsculo pene. Pasaron los minutos. Descubrí que tenía los puños fuertemente cerrados mientras esperaba el colapso de aquel cuerpo blanco sobre el pedestal. La música había dejado de sonar, todas las luces estaban apagadas salvo la que lo alumbraba a él y a través de las paredes de cristal veíamos la luna sobre Redenburg.

No sé cuánto tiempo permaneció así. Me parecieron horas. El temblor iba remitiendo o aumentando, pero nunca lograba quedarse inmóvil. Parecía contener la respiración, parecía que llevaba haciéndolo desde el momento en que salió de la oscuridad, sus costillas se marcaban contra la fina piel que las cubría y me imaginé la posibilidad de tocarlas como si fueran un instrumento musical, en cuyo caso sonarían como un xilófono. Mantenía la cara vuelta hacia arriba al mismo tiempo que sufría una extraña

transformación, tan lenta que tardé mucho en percibirla, era como si sus rasgos huesudos se estuvieran derritiendo. Aún pasó otro rato hasta que por fin comprendí por qué, fue cuando vi caer unas gotas sobre su pecho de pajarillo, una mezcla de lágrimas y maquillaje corrido. Sentí ganas de abalanzarme sobre él para intentar mitigar su dolor, al mismo tiempo que era consciente de que probablemente fuera lo peor que podía hacer, la única ayuda que podíamos proporcionarle era mirarlo, no apartar la vista, sino soportar verlo clavado a su invisible cruz mientras las lágrimas eliminaban la máscara y tornaban irreconocible su cara, una cara de enano disuelta en una papilla de piel y de carne.

Y por fin se acabó. Las luces de la sala se encendieron y la esquelética estatua dejó caer los brazos y se bajó del pedestal. Suspiré aliviado. Todos los actores, no eran más de siete en total, salieron para recibir lo que más parecía el ruido de los pasos de gente huyendo despavorida, que el aplauso de los que se habían quedado, para colmo uno permanecía inmóvil y no aplaudió. El grupo podría haber constituido una imagen divertida si no hubiera sido por la sistemática destrucción de cualquier atisbo de comicidad que habían llevado a cabo durante la última hora. Los actores parecían sacados de distintos planetas, una muestra representativa de especies del mundo animal, de mundos soñados, de mundos futuros, etcétera, todos ellos reunidos aleatoriamente por un aventurero bromista y caprichoso. El planeta de los simios, me dije, ¿quizá en el fondo la cosa tenga su sentido?

Cuando me levanté para irme, se me acercó el chico que me había dado el flyer, todavía llevaba el último traje con el que había actuado, unas placas de metal ensambladas para hacerle parecer un soldadito de plomo.

—Al final has venido —dijo sonriente, como si se tratara de la función de Navidad de un colegio —. ¿Qué te ha parecido?

—La primera parte me ha gustado mucho —le dije, algo inhibido por tener que usar mi alemán de colegio que apenas había practicado.

—Pero ¿la segunda parte no?

—La segunda parte…

Titubeé.

—Al menos has venido —dijo con un tono alegre que de nuevo me hizo pensar en un profesor que pasa a saludar a todos los padres. Al marcharme,

me reproché no haber tenido nada amable que decirle, o al menos no haber fingido que lo tenía.

Después de caminar un rato, me detuve, encendí el teléfono y escribí: Al final no era tan guay, seguido del emoticono de una cara triste. Cuando lo envié, no pude evitar sonreír al pensar en cómo reaccionaría Ole-Jakob.

Mientras estaba parado, vino hacia mí un chico en bicicleta que había soltado el manillar y mantenía las brazos cruzados sobre el pecho, como si quisiera presumir ante mí. Luego me di cuenta de que lo hacía para impresionar a la novia, o a la amiga, que pasó a continuación sobre una bicicleta tan escacharrada que parecía a punto de caerse a pedazos.

Creía estar regresando por el mismo camino que había cogido a la ida, pero al cabo de algunas manzanas llegué a una plaza empedrada que no había visto antes. En medio de la plaza había una fuente con tres ranas que se sacaban la lengua entre ellas. Al otro lado, delante de una cafetería, un grupo de personas fumaban bajo una marquesina de rayas verdes y blancas al calor de una estufa incandescente. Muy cerca, alguien estaba tocando un arpa que, en el frío de la noche, sonaba como el delicado tintineo de un rebanador de huevos. Cuando me acerqué, el sonido del instrumento adquirió más profundidad y empezó a sonar a música. La chica que tocaba me miró y me sonrió. Llevaba un gorro de invierno con orejeras, unos botines gruesos y un mono acolchado con brillantes tiras reflectantes, parecía una niña de guardería a la que le hubieran colocado las manos de una arpista. Me miró durante todo el rato que estuve escuchándola, y sonreía y asentía con la cabeza cada vez que peinaba una hilera de sonidos especialmente gráciles con su gran peine de oro.

Me quedé parado hasta que terminó de tocar la pieza, envidiándole aquella increíble destreza manual y pensando en los deslucidos fines a los que había dedicado yo la mía. La chica se levantó y se frotó a sí misma para entrar en calor.

—¿Quieres probar? —preguntó.

Negué con la cabeza, pero le devolví la agradable sonrisa. Saqué un billete de la cartera y quise dárselo, pero entonces fue ella quien sacudió la cabeza.

—La música es gratis —dijo. Temí haberla ofendido, pero entonces dio unos pasos de baile y giró un par de veces haciendo reverencias, probablemente para combatir el frío, aunque lo interpreté como señal de que al menos no estaba ofendida.

Empecé a caminar con la sensación de que la chica tenía algo más que contarme, algo que había dejado de decir por pudor o en un intento de protegerme. A los pocos metros, me di la vuelta. La chica estaba de espaldas, introduciendo el gran instrumento en una funda azul. Caminé unos metros más y al darme la vuelta por segunda vez, había desaparecido.

Eché una mirada a la cafetería donde los fumadores seguían sentados bajo la marquesina, uno de ellos se echó a reír y nada en su actitud indicaba que algo extraordinario hubiera tenido lugar ante ellos, lo cierto es que la plaza entera parecía el lugar más normal, apacible e inocente del mundo.

Con cierta inquietud, seguí mi camino sin saber adónde me dirigía. La luna que había visto antes a través de las paredes del centro comercial abandonado relucía como una lámpara sobre la ciudad y no dejaba un solo rincón a oscuras. En varias casas tenían la chimenea encendida y humos de diversos colores, azul, gris y amarillento, se acumulaban en el aire y se alejaban como el vapor de una locomotora.

Durante un rato seguí a una chica. En el trasero de sus vaqueros ponía ILLINOIS, lo cual me despertó el deseo de verle la cara. Pero luego se metió en un portal y, cuando lo hizo, tuve la impresión de que atravesaba la pared.

El involuntario número de ilusionismo me hizo pensar en una de las novelas que Boris me había dado a leer y que trataba de un hombre que se despertaba después de soñar que había matado a una persona y luego era incapaz de seguir viviendo su vida como antes. Se me había olvidado el resto de la historia, pero esa parte me había impresionado por la manera en la que el autor la narraba. Había sucedido algo que no se podía deshacer y al mismo tiempo no había sucedido nada en absoluto. Al pensar en Boris, me di cuenta de que le echaba de menos y me apeteció llamarlo por teléfono, pero no lo hice. Luego intenté hacerme una idea de cómo habría juzgado él la función de teatro que había presenciado, pero la única conclusión a la que llegué fue que habría sido o muy positivo o muy negativo.

En un sitio estaban haciendo obras bajo tierra y de una zanja en el asfalto salía una columna de vapor con forma de seta. La luz de una farola proyectaba la sombra de un arbolito contra la columna de vapor, que a su vez se mecía lentamente de un lado al otro, impulsada por el viento y la rítmica expulsión desde aquella obra subterránea.

Una acera sin luz, limitada hacia la calle por una valla con cadenas y tan estrecha que apenas se podía pasar, me condujo hasta un ancho canal en el que había una hilera de casas flotantes amarradas. Las casas de ladrillo de la otra orilla eran muy altas y estaban ladeadas. Si desapareciera una de ellas, pensé, las demás se caerían. Continué caminando a orillas del canal. La superficie del agua estaba tan lisa que parecía inmóvil, como el agua de un barreño o de una artesa, sin embargo, la hojarasca se alejaba produciendo la sensación de que había una fuerte corriente, de modo que ninguna de las partes parecía encajar con la manera en que fluía el agua en realidad. Varios de los barcos tenían las luces encendidas, en algunos había cortinas en las ventanas. Sobre la cubierta de uno de ellos vi a un hombre y una mujer, ella lo abrazaba y él le correspondía con una mirada de satisfacción. Pero cuando el hombre quiso abrazarla, ella apartó la cara en señal de rechazo.

Algo más adelante, un puente con una superestructura de vigas y cables conducía al otro lado del canal. Al acercarme, descubrí una oscura silueta en lo alto de la compleja obra de ingeniería. Al principio no le di ninguna importancia, simplemente registré que había alguien. Luego eché a correr.

Quise gritar, pero pensé que eso podría provocar el salto y, al llegar al puente, empecé a escalar por la enorme estructura de hierro procurando hacer el menor ruido posible. Se trataba de una mujer, que estaba agarrada con una mano a uno de los cables. Por fin alcancé la altura suficiente y, después de sujetarme bien a una viga sobre mi cabeza, lancé el brazo libre alrededor de la mujer y la agarré con fuerza. La mujer dio un respingo y gritó como si acabara de despertarse de un profundo sueño. Al mismo tiempo dejó caer algo que se sumergió en el agua con un grave chapoteo.

Tuve que emplearme a fondo para sujetarla, luchaba por desembarazarse y comprendí que aquel rescate era la última excusa que necesitaba para reunir el valor para realizar sus planes. Pero al cabo de un rato se calmó, su cuerpo entero se encogió un poco. Maldijo y me pidió que la soltara. La sujeté más

fuerte. «¡Joder!, —gritó—. ¡Suéltame de una puta vez!». Aun así, seguí sujetándola un buen rato antes de decirle que bajase ella primero y que la soltaría cuando lograra dejarla en un lugar seguro dentro de la estructura del puente. Protestó. Volví a agarrarla con más fuerza. Y por fin se rindió y aceptó hacer lo que le pedía. La pregunté si podía confiar en ella y me contestó que sí con un tono de voz tan irritado que me convenció de que ya no suponía ningún peligro para sí misma. La levanté con cuidado y la dejé dentro de la estructura que cubría el puente, sujetándole el abrigo con la mano hasta que sus hombros quedaron a la altura de mis pies. Luego la solté y bajé trepando por el mismo sitio.

Me esperó en el puente. Se había colocado a unos metros de distancia y parecía dudar entre atacarme o huir despavorida, sus ojos centelleaban bajo un flequillo negro como el azabache.

—¿Quién coño eres tú?

Quise contestar, pero no sabía por dónde empezar, ahora que el drama había terminado solo quedaba lo embarazoso de la situación.

—¿Te das cuenta de lo que has hecho?

—No podía… —le dije—. No podía dejar que lo hicieras.

—¿Hacer qué? —preguntó furiosa. Mi vacilación y la apariencia pusilánime con la que seguramente había empezado a asociarla, le infundió valor —. ¿Sacar fotos del canal?

Seguir: parte 2 de 2