Al faro

Virginia Woolf · Capítulo 1 de 3 · parte 2/5

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Al faro

1. La ventana

Este capítulo es largo, así que está dividido en 5 partes.

distinta. Y el resultado era, lanzó un suspiro, recorriendo con los ojos toda la habitación, desde el suelo hasta el techo, mientras sostenía la media sobre la pierna de James, que las cosas tenían peor aspecto cada verano. La estera perdía color; el papel de las paredes se despegaba. Ya no se sabía si eran rosas lo que representaba. De todos modos, si todas las puertas de una casa se dejan constantemente abiertas, y no hay un solo cerrajero en toda Escocia capaz de arreglar un pestillo, las cosas tienen que echarse a perder. ¿De qué servía cubrir el marco de un cuadro con un chal verde de Cachemira? Al cabo de dos semanas tendría color de sopa de guisantes. Aunque era cierto que las puertas le molestaban mucho: todas se dejaban abiertas. Escuchó.

Habían dejado abierta la puerta de la sala de estar y lo mismo sucedía con la del vestíbulo; el ruido hacía pensar que las puertas del dormitorio también estaban abiertas y lo estaba, sin duda, la ventana del descansillo de la escalera, porque esa la había abierto ella. Algo tan sencillo como que las ventanas debían estar abiertas y las puertas cerradas, ¿cómo era posible que ninguno lo recordara? Cuando iba de noche a las habitaciones de las criadas, las encontraba herméticamente cerradas y convertidas en hornos, con la excepción de Marie, la muchacha suiza, que prescindiría del baño antes que del aire fresco, aunque también había explicado que, en su país

«las montañas eran muy hermosas». Su padre se moría, la señora Ramsay estaba enterada. Marie iba a quedarse huérfana. En el momento de reñirla y de explicarle su trabajo (cómo hacer una cama, cómo abrir una ventana, cerrando y extendiendo las manos a la manera de una francesa), todo se había plegado en silencio a su alrededor mientras la muchacha hablaba, a la manera en que, después de un vuelo al sol, las alas de un ave se pliegan calmosamente y el azul de su plumaje cambia del acero brillante al suave morado. La señora Ramsay se había quedado callada porque no había nada que decir. Se trataba de un cáncer de garganta. Al recordar su inmovilidad y cómo la muchacha había dicho: «En mi país las montañas son muy hermosas», sabiendo que no había esperanza, ninguna en absoluto, tuvo un espasmo de irritación y, hablando con brusquedad, le dijo a James:

—Estate quieto. No seas pesado —de manera que su hijo supo al instante que su severidad no era fingida, por lo que extendió bien la pierna y

su madre la midió.

La media era demasiado corta; un centímetro por lo menos, incluso contando con que el pequeño de Sorley no estuviese tan crecido como James.

—Es demasiado corta —dijo—, todavía me falta mucho.

Nadie tuvo nunca un aspecto más triste. Amarga y negra, a mitad de camino, en la oscuridad, en el pozo que llevaba desde la luz del sol hasta las profundidades, quizá se formó una lágrima; se derramó una lágrima; las aguas se agitaron en esta y en aquella dirección, la recibieron y se inmovilizaron. Nadie tuvo nunca un aspecto más triste.

Pero ¿se trataba sólo de apariencia?, decía la gente. ¿Qué había detrás de su belleza, de su esplendor? ¿Acaso otro, un novio anterior, sobre el que circulaban rumores, se había saltado la tapa de los sesos, preguntaban, había muerto una semana antes de la boda? ¿O no había nada en realidad, nada excepto una belleza incomparable, detrás de la cual la señora Ramsay vivía, sin que nada fuese capaz de perturbarla? Porque, si bien podría haber dicho, sin darle importancia, en algún momento de intimidad, cuando se contaban en su presencia historias de grandes pasiones, de amores fracasados, de ambiciones frustradas, que también ella los había conocido o los había sentido o pasado por ellos, nunca decía nada. Siempre guardaba silencio. Lo cierto era que sabía todo aquello; lo sabía sin haberlo aprendido. Su sencillez llegaba hasta el fondo de las cosas que las personas brillantes desvirtuaban. La sinceridad de su espíritu hacía que cayera a plomo como una piedra, que se posara con la exactitud de un pájaro; le daba, de manera natural, aquella impetuosa aprehensión de la verdad por el espíritu; aprehensión que deleita, consuela y sostiene, equivocadamente quizá.

«La Naturaleza no dispone de mucha arcilla», dijo en una ocasión el señor Bankes, al oír su voz por teléfono, y muy conmovido por la idea de que la señora Ramsay le estaba dando información acerca de un tren,

«como la que utilizó para moldearla a usted». Se la imaginaba al otro extremo del hilo, griega, de ojos azules y nariz recta. ¡Qué incongruente parecía telefonear a una mujer así! Las Gracias reunidas parecían haber

juntado las manos en prados de asfódelos para componer aquel rostro. Sí, tomaría el tren de las diez treinta en Euston.

«Se da tan poca cuenta de su belleza como una niñita», dijo el señor Bankes, colgando el teléfono y atravesando la habitación para ver qué progresos habían hecho los obreros que construían un hotel detrás de la casa. Y pensó en la señora Ramsay mientras contemplaba las agitación entre los muros inacabados. Porque siempre, pensó, había algún elemento incongruente que incorporar a la armonía de su rostro. Se podía encasquetar un sombrero de cazador o correr por el césped en chanclos para evitar que un niño se hiciera daño. De manera que si era simplemente su belleza en lo que se pensaba, había que recordar la realidad palpitante, la realidad viva (mientras los contemplaba, los obreros subían ladrillos por un estrecho tablón) e incorporarla a la imagen total; o si se pensaba en ella simplemente como mujer, había que atribuirle una personalidad original que se manifestaba mediante caprichos; o suponer algún deseo latente de despojarse de aquella realeza formal como si su belleza, y todo lo que los hombres decían de la belleza, le aburriera, y sólo quisiera ser como otras personas, insignificante. No estaba seguro. No lo sabía. Tenía que volver a su trabajo.

Mientras tejía la media de color marrón rojizo, con la cabeza absurdamente contorneada por el marco dorado, el chal verde que había arrojado sobre el borde del marco y la obra maestra autentificada de Miguel Ángel, la señora Ramsay dulcificó lo que había habido de brusquedad con sus modales un momento antes, alzó la cabeza y besó a su chiquitín en la frente.

—Vamos a buscar otro dibujo para recortar —dijo.

6

Pero ¿qué había sucedido?

Error, trágico error.

Saliendo bruscamente de su ensoñación, la señora Ramsay encontró el sentido de unas palabras en apariencia ininteligibles que le daban vueltas por la cabeza desde hacía mucho tiempo. «Error, trágico error». Al reconocer con sus ojos de miope al señor Ramsay que, en aquel momento, se dirigía hacia ella, lo fue siguiendo con atención; cuando estuvo más cerca descubrió (el tintineo de las palabras cesó finalmente) que algo había sucedido, que alguien había cometido un error. Pero por mucho que se esforzaba no se le ocurría qué podía haber pasado.

El señor Ramsay temblaba y se estremecía. Toda su vanidad, toda la satisfacción que experimentaba, espectador de su propio esplendor, cuando cabalgaba cruel como un trueno, feroz como un halcón, a la cabeza de sus hombres, por el valle de la muerte, se había hecho añicos, había quedado destruida. Bajo una tempestad de metralla y obuses, audaces cabalgamos y seguros, atravesando el valle de la Muerte, entre el fragor de las descargas…, hasta darse de bruces con Lily Briscoe y William Bankes. El señor Ramsay temblaba y se estremecía.

Ni por lo más remoto se hubiera atrevido su mujer a dirigirle la palabra, al darse cuenta, gracias a signos familiares, como el apartar los ojos y cierto peculiar replegarse de toda su persona, con lo que daba la impresión de envolverse en sí mismo, que estaba necesitado de aislamiento para recobrar el equilibrio, porque se sentía ofendido y angustiado. La señora Ramsay acarició la cabeza de James, desahogando en su hijito los sentimientos que le inspiraba su marido y, al verlo pintar de amarillo la camisa blanca de vestir de un caballero en el catálogo de los Almacenes del Ejército y de la Marina, pensó en lo mucho que se alegraría si James se convirtiera en un gran artista; y ¿por qué no? Tenía una frente espléndida. Luego al levantar la vista cuando su marido cruzaba de nuevo por delante de ella, comprobó con alivio que un velo ocultaba el desastre; triunfaba la vida familiar; la costumbre salmodiaba su ritmo tranquilizador, de manera que, al detenerse ante la ventana, cuando de nuevo le correspondió pasar por delante, e inclinarse, burlón y caprichoso, para hacerle cosquillas a James en la pantorrilla desnuda con una ramita, la señora Ramsay le reprochó que

hubiera despedido a «aquel pobre muchacho», Charles Tansley. Tansley se había marchado para trabajar en su tesis, respondió su marido.

—James tendrá que escribir la suya cualquier día de estos —añadió irónico, agitando la ramita.

Sintiendo un odio profundo hacia su padre, James apartó el instrumento que, de manera característica suya, y en la que se mezclaban severidad y humor, el señor Ramsay utilizaba para hacer cosquillas a su hijo pequeño.

Intentaba acabar aquellas medias que tan pesadas se le hacían para llevárselas al día siguiente al pequeño de Sorley, dijo la señora Ramsay.

No había la menor posibilidad de que pudieran ir al faro, replicó, muy enojado, el señor Ramsay.

¿Cómo lo sabía?, le preguntó su mujer. El viento cambiaba con frecuencia.

La extraordinaria irracionalidad de aquella observación, la insensatez de la mente femenina le enfureció. Había cabalgado por el valle de la muerte, había sido destrozado y había temblado; y ahora su esposa prescindía por completo de los hechos, hacía que sus hijos concibieran esperanzas totalmente injustificadas, decía mentiras, pura y simplemente. Golpeó con el pie el escalón de piedra. «¡Condenada mujer!», dijo. Pero ¿qué había dicho ella? Simplemente, que quizá mañana hiciera bueno. Y quizá lo hiciera.

No con el barómetro bajando y viento del oeste.

Buscar la verdad con aquella sorprendente falta de consideración por los sentimientos de otras personas, desgarrar los delicados velos de la civilización de manera tan caprichosa y brutal le pareció a la señora Ramsay un ultraje tan horrible al decoro más elemental que, sin replicar, aturdida y cegada, inclinó la cabeza como para permitir que la violencia del granizo la golpeara y el chaparrón de agua sucia la salpicara sin que saliera de sus labios el menor reproche. No había nada que decir.

El señor Ramsay no se apartó de su lado. Después de algún tiempo se ofreció, muy humildemente, para acercarse al servicio costanero y preguntar cuáles eran las previsiones meteorológicas, si era eso lo que quería.

La señora Ramsay no reverenciaba a nadie como a su marido.

Estaba totalmente dispuesta a aceptar su palabra, dijo. Sólo que en ese caso no necesitaría preparar los sándwiches, nada más. Todos acudían a ella, lógicamente, puesto que era mujer; venían a lo largo del día con esto y lo de más allá; uno quería una cosa, otro, otra; a menudo le parecía no ser más que una esponja empapada al máximo en emociones humanas. Luego su marido decía: condenada mujer. Decía: lloverá. Decía: no lloverá; y, al instante, un paraíso de seguridad se abría ante ella. No había nadie por quien sintiera mayor reverencia. Estaba convencida de que no era digna de atarle los cordones de los zapatos.

Avergonzado ya de su mal humor y de la gesticulación y movimiento de los brazos cuando se lanzaba a la carga al frente de sus tropas, el señor Ramsay, tímidamente, deslizó una vez más su ramita por la pierna desnuda de su hijo y luego, como si contara con el permiso de su mujer, con un movimiento que a ella le recordó extrañamente al gran león marino del zoo cuando se tiraba de espaldas después de tragarse los peces y chapoteaba a continuación con tanta fuerza que el agua del estanque se balanceaba de un lado para otro, se zambulló en el aire del atardecer que, adelgazado ya, se estaba apoderando de la sustancia de hojas y setos, pero que, quizá a modo de compensación, devolvía a las rosas y a los claveles el brillo que no habían tenido durante el día.

—Error, trágico error —dijo de nuevo, reanudando, a grandes zancadas, sus paseos por la terraza.

Pero ¡de qué manera tan sorprendente había cambiado su tono de voz!

Era como el cuco que «cuando junio llega, ronco se queda»; se diría que estaba ensayando, que buscaba, indeciso, una nueva frase para un estado de ánimo diferente, aunque, como sólo disponía de aquella, la utilizaba, pese a estar desvencijada. Pero sonó ridícula —«Error, trágico error»—, dicha así, casi como pregunta, sin convencimiento, melodiosamente. La señora Ramsay no pudo por menos de sonreír y, muy pronto, como era inevitable, yendo y viniendo por la terraza, el señor Ramsay siguió canturreándola hasta prescindir de ella y callarse.

Estaba otra vez a salvo, devuelto a su intimidad. Se detuvo para encender la pipa, lanzó una ojeada a su mujer y a su hijo en el hueco de la ventana y, como alguien que levanta los ojos del libro mientras viaja en un tren expreso y ve una granja, un árbol o un caserío como si se tratara de una ilustración, de la confirmación de algo leído en la página impresa a la que después regresa, enriquecido y satisfecho, de la misma manera, sin distinguir en realidad ni a su hijo ni a su mujer, le enriqueció y le satisfizo verlos, dando el espaldarazo a sus esfuerzos por llegar a una rigurosa comprensión del problema al que destinaba en aquel momento las energías de su espléndida mente.

La suya era, efectivamente, una inteligencia espléndida. Porque si el pensamiento es como el teclado de un piano, dividido en un determinado número de notas, o está ordenado como el alfabeto en veintiocho letras consecutivas, la inteligencia del señor Ramsay no encontraba dificultad alguna para recorrer aquellas letras, una a una, con firmeza y precisión, hasta alcanzar, por ejemplo, la letra Q, cosa que hizo en aquel momento.

Son muy pocas las personas que, en toda Inglaterra, llegan alguna vez a Q.

Una vez allí, al detenerse un instante junto al jarrón de piedra donde estaban los geranios, vio, pero ahora muy a lo lejos, como niños que recogieran conchas, divinamente inocentes y ocupados con pequeñeces y, de algún modo, enteramente indefensos contra un destino adverso que él sí percibía, a su mujer y a su hijo, juntos, en la ventana. Necesitaban su protección y él se la daba. Pero ¿después de Q? ¿Qué viene a continuación? Después de Q

hay otras letras, la última de las cuales apenas es visible a los ojos de los mortales, aunque brilla, tenuemente roja, en la distancia. La Z sólo es alcanzada una vez por un hombre en cada generación. De todos modos, si él llegara a R, ya sería algo. Allí, al menos, estaba Q. Se afincó en Q con todas sus fuerzas. Estaba seguro de Q. Podía demostrarla. Si Q, entonces, es Q, R… Llegado a aquel punto vació la pipa con dos o tres golpes resonantes sobre el asa del jarrón de piedra, que representaba un cuerno de carnero, y después prosiguió su tarea. «En ese caso R…». Hizo un llamamiento a todas sus fuerzas y tensó todas las fibras de su ser.

Las cualidades que hubieran salvado a la tripulación de un buque abandonada en un mar embravecido sin otros recursos que seis galletas y una botella de agua —aguante y justicia, previsión, abnegación y habilidad

— acudieron en su ayuda. R es, en ese caso…, ¿qué es R?

Al moverse, el postigo de una ventana, semejante al párpado de cuero de un lagarto, perturbó la concentración de su mirada interior, oscureciendo la letra R. En aquel relámpago de oscuridad oyó a personas diciendo que era un fracasado, que R estaba por encima de sus posibilidades. Nunca alcanzaría R. Pero había que volver sobre R una vez más. R…

El lagarto parpadeó de nuevo. Al señor Ramsay se le hincharon las venas de la frente. En el jarrón de piedra la presencia del geranio alcanzó un relieve sorprendente y, perfectamente visible entre sus hojas, pudo ver, sin quererlo, aquella antigua, aquella evidente distinción entre dos clases de hombres; por una parte, los que avanzan sin descanso gracias a su fuerza sobrehumana y que, con paso lento y perseverancia, repiten en orden todo el alfabeto, veintiocho letras en total, desde la primera a la última; por otra, los mejor dotados, los inspirados que, milagrosamente, reúnen todas las letras en un relámpago: la manera de los genios. Él no era un genio; nunca había pretendido serlo; pero tenía, o podría haber tenido, la capacidad para repetir cada una de las letras del alfabeto desde la A a la Z en el orden adecuado. Por el momento estaba detenido en Q. Adelante, por lo tanto, adelante hasta R.

Sentimientos que no hubieran deshonrado a un jefe que, después de que la nieve haya empezado a caer y la cumbre de la montaña esté cubierta por la niebla, sabe que ha de tumbarse y morir antes de que llegue la mañana, se apoderaron de él, le robaron el color de los ojos, dándole, en los dos breves minutos de su recorrido por la terraza, el aspecto descolorido de la ancianidad marchita. Pero no moriría tumbado; encontraría algún risco y allí, los ojos fijos en la tormenta, tratando hasta el fin de atravesar la oscuridad, moriría de pie. No llegaría nunca a R.

Se inmovilizó por completo junto al jarrón de piedra, del que se desbordaban los geranios. ¿Después de todo, cuántos nombres entre mil millones, se preguntó, llegan a Z? Sin duda el abanderado de una

melancólica esperanza puede preguntárselo y responder, sin traicionar por ello a la expedición que lo sigue, «Uno, quizás». Uno en una generación.

¿Se le puede culpar por no ser ese uno, con tal de que se haya esforzado honestamente, de que haya dado todo lo que estaba en su poder, hasta no quedarle nada por ofrecer? ¿Y cuánto dura su fama? Incluso a un héroe moribundo le está permitido pensar, antes de extinguirse, en lo que dirán de él las generaciones futuras. Quizá su fama dure dos mil años. ¿Y qué son dos mil años? (preguntó el señor Ramsay irónicamente, contemplando el seto). ¿Qué, efectivamente, si se divisa desde la cima de una montaña el gran desierto de las edades? La piedra misma a la que se da una patada durará más que Shakespeare. Su propia lucecita brillaría, modestamente, durante uno o dos años, para luego fundirse con una luz mayor y después con otra más grande. (Contempló la oscuridad, el laberinto de los tallos de hierba). ¿Quién podrá reprochar al jefe de la expedición sin esperanza que, después de ascender lo suficiente para ver el desierto de los años y la destrucción de las estrellas, pero antes de que la muerte prive a sus miembros de toda capacidad de movimiento, alce, con cierta deliberación, los dedos entumecidos hasta la frente y saque el pecho, de manera que cuando llegue la expedición de rescate lo encuentre muerto en su puesto, imagen perfecta del soldado que ha cumplido con su deber? El señor Ramsay sacó el pecho y permaneció muy erguido junto al jarrón de piedra.

¿Quién podrá reprocharle que, inmóvil por unos momentos, piense en la fama, en expediciones de rescate, en hitos alzados sobre sus huesos por seguidores agradecidos? Finalmente, ¿quién reprochará al jefe de la expedición condenada al fracaso, que, después de haberse arriesgado al máximo y de haber gastado hasta la última onza de energía y de haberse dormido sin que le preocupe apenas volver a despertar, advierta ahora, por cierto cosquilleo en los dedos de los pies, que aún vive y que, en conjunto, no tiene objeciones contra la vida, sino que necesita comprensión y whisky y alguien a quien contar de inmediato la historia de sus sufrimientos?

¿Quién se lo reprochará? ¿Quién no se alegrará en secreto de que el héroe se despoje de su armadura, se detenga junto a la ventana y mire en dirección a su esposa y su hijo, quienes, muy distantes en un primer momento, se

acercarán de manera gradual, hasta que labios y libro y cabeza aparezcan con claridad ante sus ojos, si bien todavía seductores y extraños debido a la intensidad de su aislamiento y al desierto de las edades y la destrucción de las estrellas y, finalmente, guardándose la pipa en el bolsillo e inclinando la magnífica cabeza ante ella…, quién le reprochará que rinda homenaje a la belleza del mundo?

7

Pero su hijo lo odiaba. Lo odiaba por acercarse a ellos, por detenerse y mirarlos desde arriba; lo odiaba por interrumpirlos; lo odiaba por la exaltación y sublimidad de sus gestos, por la magnificencia de su cabeza, por su severidad y egoísmo (porque allí estaba, ordenándoles que lo atendieran); pero, sobre todo, odiaba el eco de las emociones de su padre que, vibrando a su alrededor, perturbaban la perfecta sencillez y equilibrio de las relaciones con su madre. Esperaba, mirando con fijeza la página que tenía delante, obligarlo a seguir su paseo; esperaba, señalando una palabra con el dedo, recuperar la atención de su madre, que, lo sabía muy bien y le exasperaba, vacilaba en el momento mismo en que su padre se detenía. Pero no. Nada lograría que el señor Ramsay siguiera su camino. Allí estaba, pidiendo afecto.

La señora Ramsay, que había adoptado hasta entonces una postura descansada, con un brazo alrededor de James, tensó el cuerpo y, volviéndose a medias, pareció erguirse con esfuerzo y, al mismo tiempo, lanzar al aire una lluvia vertical de energía, una columna de espuma, creando, simultáneamente, una impresión de animación y viveza, como si todas sus energías se estuvieran transformando en fuerza capaz de quemarse e iluminar (aunque seguía sentada tranquilamente, recogiendo una vez más su media), por lo que sobre aquella deliciosa fecundidad, sobre aquella fuente y manantial de vida, se abalanzó la fatal esterilidad del macho, como un espolón de bronce, desnudo y yermo. Quería compasión. Era un fracasado, dijo. La señora Ramsay esgrimió sus agujas. El señor Ramsay

repitió, sin apartar por un instante los ojos del rostro de su esposa, que era un fracasado. Ella le devolvió las palabras en un soplo. «Charles Tansley…», dijo. Pero él necesitaba más que aquello. Quería compasión, tener, en primer lugar, la seguridad de su genio y, después, que se le introdujera en el círculo de la vida, que se le calentara y tranquilizara, que se le devolvieran los sentidos, recobrar la fecundidad y que todas las habitaciones de la casa se llenaran de vida: la sala de estar y, detrás de la sala de estar, la cocina; encima de la cocina, los dormitorios; y, más allá, las habitaciones de los niños; había que amueblarlos, había que llenarlos de vida.

Charles Tansley lo consideraba el metafísico más importante de la época, dijo su mujer. Pero él necesitaba más que aquello. Tenía que conseguir compasión. Lograr la seguridad de que también él ocupaba el corazón de la vida; de que se le necesitaba; no sólo allí, sino en todo el mundo. Entrecruzando las agujas, segura de sí, erguida, la señora Ramsay creó la sala de estar y la cocina, las hizo resplandecer y le rogó que se instalara a sus anchas, que entrara y que saliera, que se divirtiera. Rio e hizo punto. Inmóvil entre sus rodillas, completamente rígido, James sintió llamear toda la energía de su madre para ser bebida y calmar así la sed del espolón de bronce, la árida cimitarra del varón, que golpeaba sin piedad, una y otra vez, reclamando compasión.

Era un fracasado, repitió el señor Ramsay. Bien, en ese caso, que mirase, que sintiera. Entrecruzando las agujas, volviendo la vista a su alrededor, más allá de la ventana, por la habitación, al mismo James, su esposa le aseguró, sin sombra de dudas, con su risa, su aplomo, su competencia (como una enfermera que, al atravesar con una luz una habitación a oscuras, consigue tranquilizar a un niño quejumbroso), que todo aquello era real; que la casa estaba llena y en el jardín soplaba el viento. Si creía en ella sin reservas, nada le heriría; por hondo que se enterrase o por alto que escalase, ella no le faltaría ni un segundo. De manera que, haciendo gala de su capacidad para rodear y proteger, apenas le quedaba fragmento alguno que le permitiera el conocimiento propio: todo se prodigaba y gastaba de aquella manera; y James, inmóvil y rígido entre

sus rodillas, sintió que su madre se transformaba en un árbol frutal de flores rosadas con hojas y brotes danzarines sobre los que el espolón de bronce, la cimitarra sin vida de su padre, el egoísta, se abalanzaba y golpeaba, pidiendo compasión.

Saciado con sus palabras, semejante a un niño que se duerme satisfecho, el señor Ramsay dijo, por fin, mirando a su esposa con gratitud humilde, restablecido, renovado, que se daría una vuelta; iría a ver cómo los chicos jugaban al críquet. Acto seguido desapareció.

La señora Ramsay pareció plegarse inmediatamente, un pétalo cerrándose sobre otro, y todo el edificio, exhausto, cayó sobre sí mismo, de manera que sólo tuvo fuerza suficiente para mover el dedo, en delicado abandono a la fatiga, sobre la página del cuento de los hermanos Grimm, mientras latía por todo su ser, como el impulso de un muelle que al desplegarse al máximo se inmoviliza dulcemente, el éxtasis de la creación satisfecha.

Cada latido de aquel pulso parecía, mientras él se alejaba, englobarlos a ella y a su marido, dándoles a ambos el consuelo que dos notas distintas, una alta, otra baja, tocadas al unísono, parecen darse mutuamente. Aunque, al morir la resonancia y regresar al cuento de hadas, la señora Ramsay no sólo se sintió corporalmente exhausta (después, no en el momento mismo, siempre se sentía así), sino que además se añadió a su fatiga corporal una sensación levemente desagradable de otro origen. No supo con exactitud, mientras leía en voz alta «La mujer del pescador», de dónde procedía; ni tampoco se permitió convertir en palabras su insatisfacción cuando se dio cuenta, al pasar de página, detenerse y oír el fragor sordo y ominoso de una ola al romperse, de cuál era su causa: lo poquísimo que le gustaba sentirse mejor que su marido; y, más aún, lo mucho que le desagradaba no estar completamente segura, cuando hablaba con él, de la verdad de lo que le decía. El hecho de que lo reclamaran universidades y personas particulares, la gran importancia de sus conferencias y libros…, todo aquello no lo dudaba ni por un momento; en cambio, le llenaba de zozobra su relación, y el que su marido viniera a ella de aquella manera, abiertamente, de forma que cualquiera pudiera verlo; porque entonces la gente decía que dependía

de ella, cuando tenían que saber que, de los dos, él era infinitamente más importante; y despreciable lo que ella daba al mundo, en comparación con lo que daba él. Pero, además, también había otra cosa: no ser capaz de decirle la verdad, asustarse, por ejemplo, en lo referente al tejado del invernadero y lo que costaría repararlo, cincuenta libras, quizá; y luego, acerca de sus libros, temer que pudiera adivinar lo que ella sospechaba en cierto modo, que su último libro no era realmente el mejor (había llegado a aquella conclusión gracias a William Bankes); y luego ocultarle pequeñeces de todos los días, y los niños viéndolo, y la carga que les suponía; todo aquello disminuía la alegría total, la alegría perfecta de dos notas que resuenan juntas y hacía que el sonido muriera en su oído con una deprimente insipidez.

Una sombra cayó sobre la hoja; la señora Ramsay levantó la vista. Era Augustus Carmichael que pasaba con lentitud, precisamente ahora, en el momento mismo en que resultaba doloroso que le recordaran lo inadecuado de las relaciones humanas, cómo hasta la más perfecta tenía defectos y no soportaba el examen al que ella, por el amor a su marido y su necesidad de saber la verdad, la sometía; en el momento en que le resultaba tan doloroso sentirse culpable de indignidad e impedida para realizar las funciones que le correspondían a causa de aquellas mentiras, de aquellas exageraciones…; fue en aquel momento, mientras se atormentaba de manera tan innoble después de su exaltación, cuando el señor Carmichael cruzó lentamente, con sus zapatillas amarillas, y algún demonio interior le exigió a la señora Ramsay que lo llamara:

—¿Va usted a entrar, señor Carmichael?

8

El señor Carmichael no respondió. Se sabía que tomaba opio. Los chicos decían que era ese el motivo de que tuviera la barba manchada de amarillo.

A la señora Ramsay le resultaba evidente que aquel pobre hombre era muy desgraciado y que venía a su casa en verano para escapar a su vida

cotidiana; sin embargo, todos los años sentía lo mismo: el señor Carmichael no se fiaba de ella. Le decía: «Voy al pueblo. ¿Quiere que le traiga sellos, papel, tabaco?». Y notaba que ponía mala cara. No se fiaba de ella. Y la responsable era su mujer. Recordaba perfectamente el comportamiento de su esposa, que la había hecho adoptar a ella (a la señora Ramsay) una actitud dura e inflexible de rechazo en la horrible habitación de St. John’s Wood, cuando vio con sus propios ojos cómo aquella odiosa mujer lo ponía de patitas en la calle. Iba descuidado, la chaqueta llena de manchas y se movía con la pesadez de un anciano que ya no tiene nada que hacer en el mundo; y ella le obligó a salir de la habitación. Le dijo, de aquella manera suya tan odiosa: «Ahora la señora Ramsay y yo queremos hablar un poquito a solas», y la señora Ramsay vio, como si los tuviera delante de los ojos, los innumerables sufrimientos de su vida. ¿Tema dinero suficiente para comprar tabaco? ¿Estaba obligado a pedírselo a su mujer? ¿Media corona?

¿Dieciocho peniques? No podía pensar sin alterarse en las pequeñas indignidades a que lo sometía. Y ahora siempre (el porqué no lograba adivinarlo, excepto que probablemente tenía que ver de algún modo con aquella mujer) la evitaba. Nunca le contaba nada. Pero ¿qué más podía haber hecho ella? Le habían dejado una habitación soleada. Los chicos se portaban bien con él. La señora Ramsay no había dado nunca la menor señal de que no deseara tenerlo allí. De hecho se esforzaba muy especialmente por mostrarse amable. ¿Quiere usted sellos, quiere usted tabaco? Aquí tiene un libro que quizá le guste, y otras cosas parecidas. Y

después de todo…, después de todo (aquí, de manera insensible, se irguió, presentándosele, como le sucedía muy pocas veces, el sentimiento de su propia belleza)…, después de todo, en general no le resultaba difícil hacerse agradable a otras personas; George Manning, por ejemplo; el señor Wallace; pese a ser famosos, venían a verla una velada, con toda calma, para hablar a solas junto al fuego. Llevaba consigo a todas partes, le era imposible no saberlo, la antorcha de su belleza; la llevaba bien derecha en cualquier habitación en la que entraba y, después de todo, por mucho que tratara de esconderla y rehuyera la monotonía de soportar lo que aquello le imponía, su belleza saltaba a la vista. La habían admirado. Había sido amada. Había

entrado en habitaciones donde se encontraban personas que lloraban algún difunto. Habían corrido lágrimas en su presencia. Hombres, y también mujeres, olvidados de la complejidad del mundo, se habían permitido con ella el alivio de la simplicidad. La ofendía que el señor Carmichael la rehuyera. Se sentía herida. Y además su actitud no era clara, no era tajante.

Aquello era lo que más le importaba, produciéndose como se producía a continuación del descontento que le había hecho sentir su marido; lo que más la afectaba ahora, cuando el señor Carmichael pasaba cerca, caminando lentamente, con un libro bajo el brazo y calzado con zapatillas amarillas, y se limitaba, ante sus preguntas, a asentir con la cabeza, era que sospechaba de ella; y la posibilidad de que todo aquel deseo suyo de dar, de ayudar, fuese vanidad. ¿No era su propia satisfacción el motivo de que deseara tan instintivamente ayudar, dar, de manera que la gente dijese de ella: «¡Oh, señora Ramsay! Querida señora Ramsay… ¡La señora Ramsay, por supuesto!», y la necesitaran y mandaran a buscarla y la admirasen? En el fondo no era otra cosa lo que quería y, por consiguiente, cuando el señor Carmichael la evitaba, como hacía en aquel momento, dirigiéndose hacia algún rincón donde se dedicaba interminablemente a los acrósticos, no sólo se sentía desairada, sino que tomaba conciencia de la mezquindad de alguna parte de su ser y también de las relaciones humanas, qué imperfectas son, qué despreciables, qué egoístas, en el mejor de los casos. Ahora que descuidaba a veces su arreglo personal, que el desgaste de la vida la había agotado y que no era ya, casi con toda seguridad (las mejillas hundidas, el cabello blanco), un objeto que llenara de alegría los ojos que la contemplaban, lo mejor que podía hacer era consagrarse a «La mujer del pescador» y aplacar de aquel modo el manojo de nervios que era James (sin duda alguna el más susceptible de sus hijos).

—El hombre sintió un peso en el corazón —leyó en voz alta— y no quiso ir. Se dijo: «No es justo». Y, sin embargo, fue. Y cuando salió al mar el agua era casi de color morado y azul oscuro, y gris y espesa, y mucho menos verde y amarilla, aunque siempre inmóvil. Se quedó allí y dijo…

La señora Ramsay habría deseado que su marido no eligiera aquel momento para detenerse. ¿Por qué no había ido, según su promesa, a ver

cómo los chicos jugaban al críquet? Pero el señor Ramsay no dijo nada; se limitó a mirar, a asentir con la cabeza, a aprobar y a seguir adelante.

Mientras veía de nuevo el seto que, una y otra vez, había redondeado alguna pausa en la conversación, había llenado de significado alguna conclusión, mientras veía a su mujer y a su hijo, así como los jarrones de piedra con los rojos geranios trepadores que tantas veces habían servido de marco a sus procesos mentales y que llevaban, escritos entre las hojas, como si fueran fragmentos de papel en los que se garrapatean veloces notas de lectura…, el señor Ramsay se dejó llevar, viendo todo aquello, hacia las especulaciones sugeridas por un artículo en The Times sobre el número de norteamericanos que visitan cada año la casa de Shakespeare. Si Shakespeare no hubiera existido, se preguntó, ¿sería hoy muy diferente el mundo? El progreso de la civilización, ¿depende de los grandes hombres? La suerte de un ser humano corriente, ¿es ahora mejor que en tiempos de los faraones? Aunque, se preguntó, la suerte de un ser humano corriente, ¿es el criterio adecuado para juzgar una civilización? Posiblemente no. Posiblemente el bien supremo requiera la existencia de una clase de esclavos. El ascensorista del metro es una necesidad eterna. La idea le pareció muy desagradable y agitó la cabeza. Para evitarla encontraría alguna manera de rechazar la supremacía de las artes. Defendería que el mundo existe para el ser humano corriente; que las artes no pasan de ser una decoración colocada sobre la cumbre de la vida, pero sin darle expresión. Tampoco Shakespeare es necesario para la vida. Sin saber con exactitud por qué quería desacreditar a Shakespeare y rescatar al hombre que permanece eternamente junto a la puerta del ascensor, arrancó una hoja del seto. Todo aquello habría que presentárselo ordenadamente a los jóvenes de Cardiff al cabo de un mes, pensó; allí, en su terraza, él se limitaba a buscar y recoger (tiró la hoja que había arrancado tan malhumoradamente), como un jinete que se inclina desde su cabalgadura para coger un ramillete de rosas, o se llena los bolsillos de nueces y avellanas mientras deambula sin prisas por las sendas y los campos de una región que conoce desde niño. Todo le era familiar: el giro, la escalerita para atravesar una cerca, el atajo que atravesaba el prado. Eran horas las que pasaba así, con su pipa, cualquier tarde, pensando mientras

subía y bajaba, mientras recorría los viejos senderos y prados familiares, que llevaban ya para siempre incorporadas, aquí y allá, la historia de una campaña bélica o la vida de un hombre de Estado, junto con poemas y anécdotas, y también figuras: la de este pensador, la de aquel militar; todo vigoroso y nítido; pero, a la larga, el sendero, el campo, el prado, el nogal cargado de frutos y el seto florecido lo conducían hasta aquel último giro del camino donde siempre se apeaba de su montura, ataba el caballo a un árbol, y proseguía el paseo a pie. Llegaba al límite de la extensión del césped y contemplaba desde allí la bahía que quedaba debajo.

Era su destino peculiar, tanto si lo deseaba como si no, llegar así a una punta de tierra que el mar, lentamente, está devorando, y quedarse allí, solo, como una melancólica ave marina. Tenía la capacidad, el don, de prescindir bruscamente de todo lo superfluo, de encogerse y disminuir hasta parecer más despojado y más ligero incluso corporalmente, sin perder por ello capacidad mental, y de ese modo mantenerse en su pequeño reborde, frente a la oscuridad de la ignorancia humana, frente al hecho de que no sabemos nada y de que el mar va devorando el suelo en el que nos apoyamos; tal era su capacidad y su don. Pero después de haber prescindido, al desmontar, de todo gesto y afectación, de todos los trofeos de rosas y frutos secos, y de haberse encogido hasta el punto de que no sólo había olvidado la fama, sino hasta su mismo nombre, mantenía, incluso en aquella desolación, una vigilancia que no perdonaba ningún fantasma ni se deleitaba con visión alguna, y era de esa guisa como inspiraba en William Bankes (de manera intermitente) y en Charles Tansley (obsequiosamente) y también ahora en su esposa, cuando levantó la vista y vio a su marido en el límite del césped, una profunda reverencia, al igual que compasión, y también gratitud, como una estaca clavada en el lecho de un canal, y sobre la que se posan las gaviotas y golpean las olas, inspira en los alegres pasajeros de una barca un sentimiento de gratitud por haberse impuesto el deber de señalar, solitaria, entre las olas, el canal.

—Pero el padre de ocho hijos no tiene elección… —el murmullo a media voz quedó interrumpido y el señor Ramsay se volvió, suspiró, alzó los ojos, buscó la figura de su esposa que leía historias de James y a

continuación llenó la pipa. Se apartó del espectáculo de la ignorancia y del destino humanos y del mar devorando la tierra que nos sostiene, lo que, si hubiera sido capaz de contemplarlo con fijeza, quizá le habría conducido a algo, y encontró consuelo en pequeñeces tan insignificantes, comparadas con el augusto tema que tenía delante en aquel momento, que se dispuso a pasar por alto aquel consuelo, a desaprobarlo, como si el hecho de ser sorprendido sintiéndose feliz en un mundo de sufrimientos fuese, para un hombre honrado, el más despreciable de los delitos. Era cierto; se sentía feliz la mayor parte del tiempo; tenía a su mujer; tenía a sus hijos; había prometido, para dentro de seis semanas, decir «algunas tonterías» a los jóvenes de Cardiff sobre Locke, Hume, Berkeley y las causas de la revolución francesa. Pero aquello y el placer que le proporcionaba, y su satisfacción por las frases que se le ocurrían, el entusiasmo de la juventud, la belleza de su mujer, los homenajes que le llegaban desde Swansea, Cardiff, Exeter, Southampton, Kidderminster, Oxford, Cambridge…, había que despreciarlo todo y ocultarlo bajo la frase «decir algunas tonterías», porque, en efecto, no había hecho lo que podría haber hecho. Era un disfraz; era el refugio de un hombre a quien asustaba reconocer los propios sentimientos, que no podía decir: Esto es lo que me gusta, esto es lo que soy; y por lo que resultaba bastante lastimoso y desagradable a William Bankes y a Lily Briscoe, que se preguntaban cuál era la necesidad de aquellos ocultamientos; por qué estaba necesitado de continuas alabanzas; por qué un hombre tan valeroso en las ideas tenía que ser tan pusilánime en la vida; curiosamente, *** NO HAY *** venerable y risible resultaba al mismo tiempo.

Enseñar y predicar, sospechaba Lily, mientras recogía sus cosas, estaba por encima de las posibilidades humanas. Aquellos a quienes se exalta terminan de algún modo por darse el batacazo. La señora Ramsay entregaba con demasiadas facilidad lo que su marido le pedía. Además, el cambio debe de ser demasiado desconcertante, dijo Lily. Sale de estar con sus libros y se encuentra con todos nosotros, jugando y diciendo tonterías. Imagínese qué cambio, en comparación con las cosas sobre las que piensa, dijo.

Se acercaba a ellos. Se detuvo de pronto y se quedó contemplando el mar en silencio. Muy poco después había vuelto a girar en redondo.

9

Sí, dijo el señor Bankes, observándolo mientras se alejaba. Era una verdadera lástima. (Lily había dicho algo acerca de lo mucho que le asustaban sus repentinos cambios de humor). Sí, dijo el señor Bankes, era una verdadera lástima que Ramsay no se comportara del todo como el resto de las personas. (Lily Briscoe le gustaba y podía analizar a Ramsay en su presencia con toda libertad). No era otra la razón, dijo, de que los jóvenes no leyeran a Carlyle. Un viejo desabrido y refunfuñón que se enfada si las gachas están frías, ¿por qué tendría que sermonearnos? Aquello era, en opinión del señor Bankes, lo que los jóvenes decían. Y eso era una verdadera pena si se estaba convencido, como le sucedía a él, de que Carlyle era uno de los grandes maestros de la humanidad. A Lily le avergonzaba decir que no había leído a Carlyle desde su época de colegiala, pero, en su opinión, aún se apreciaba más al señor Ramsay por el hecho de que imaginara que un simple dolor suyo en el dedo meñique era el fin del mundo. A ella, desde luego, no le importaba. Porque ¿a quién podía engañar el señor Ramsay? Pedía, de la manera más directa, ser adulado y admirado, y sus pequeños trucos no engañaban a nadie. Lo que a ella no le gustaba, dijo, mientras lo iba siguiendo con la vista, era su estrechez, su ceguera.

—¿Un tantillo hipócrita? —sugirió el señor Bankes, contemplando también la espalda del señor Ramsay, porque ¿no estaba él pensando en su amistad y en Cam negándose a darle una flor, en todos aquellos chicos y chicas y en su propia casa, llena de comodidades, pero demasiado tranquila desde la muerte de su mujer? Era cierto que tenía su trabajo…, pero, de todos modos, más bien le apetecía que Lily estuviera de acuerdo en que Ramsay era, como él había dicho, «un tantillo hipócrita».

Lily Briscoe continuó recogiendo los pinceles, levantando y bajando la cabeza. Si alzaba la vista, allí estaba (el señor Ramsay) dirigiéndose hacia ellos, despreocupado, olvidado del mundo exterior, remoto. ¿Un tantillo hipócrita?, repitió. No, no; el más sincero de todos los hombres, el más auténtico (ya estaba allí), el mejor; pero, pensó, mientras bajaba los ojos, está pendiente únicamente de sí mismo, es un tirano, es injusto; y siguió mirando al suelo, intencionadamente, porque era la única manera de conservar la cabeza en su sitio estando con los Ramsay. Tan pronto como levantaba los ojos y los veía, se sentía inundada por lo que ella denominaba

«estar enamorada». Los Ramsay pasaban a formar parte del universo irreal pero emocionante y cautivador en que se convierte el mundo visto a través de los ojos del amor. El cielo les era consustancial; los pájaros cantaban a través suyo. Y, lo más emocionante, incluso, en su opinión, mientras veía al señor Ramsay acercarse y retroceder y a la señora Ramsay sentada con James junto a la ventana y las nubes en movimiento y a los árboles inclinándose, era cómo la vida, aunque estuviera hecha de pequeños incidentes aislados que se vivían uno a uno, acababa por rizarse y unirse en una ola que nos arrastra y nos tira, arrojándonos violentamente sobre la playa.

El señor Bankes esperaba su respuesta. Y Lily se disponía a decir algo que supusiera una crítica de la señora Ramsay —cómo también ella resultaba sobrecogedora, a su manera, despótica, o algún otro adjetivo con un sentido similar—, cuando el señor Bankes, al quedarse extasiado, lo hizo totalmente innecesario. Porque no se le podía dar otro nombre a lo que le sucedió, si se tenía en cuenta su edad, superados ya los sesenta, así como su limpieza, su objetividad y la pureza del manto científico que parecía envolverlo. En su caso, mirar como Lily le vio mirar a la señora Ramsay era éxtasis, equivalente, le pareció, a los amores de docenas de jóvenes (y quizá la señora Ramsay nunca había despertado el amor de docenas de jóvenes).

Sin duda era amor destilado y filtrado, pensó Lily, fingiendo mover el lienzo; amor que no trataba de apoderarse de su objeto; pero, como el amor que los matemáticos sienten por sus símbolos, o los poetas por sus frases, estaba destinado a extenderse por el mundo y convertirse en parte del

patrimonio de la humanidad. Así debía ser, en efecto. Sin duda el mundo debería compartirlo en el caso de que el señor Bankes pudiera explicar por qué aquella mujer le gustaba tanto; por qué verla leyendo un cuento de hadas a su hijo pequeño tenía sobre él precisamente el mismo efecto que la solución de un problema científico, de manera que descansaba en la contemplación y sentía, como le sucedía cuando había demostrado algo definitivo sobre el sistema digestivo de las plantas, que la barbarie quedaba domesticada y el reino del caos sometido.

Un éxtasis como aquel —porque ¿qué otro nombre se le podía dar?—

hizo que Lily Briscoe se olvidara por completo de lo que había estado a punto de decir. No era nada importante, algo sobre la señora Ramsay que palidecía al lado de aquel «éxtasis», de aquella mirada silenciosa por la que sintió una intensa gratitud, porque nada la consolaba tanto, ni suavizaba tanto su perplejidad ante la vida, ni reducía de manera tan milagrosa el peso de sus cargas como aquella fuerza sublime, aquel don celestial y, mientras duraba, se atrevería tan poco a perturbarlo como a interrumpir un rayo de sol que iluminara el suelo.

Que las personas amaran de aquel modo, que el señor Bankes sintiera aquello por la señora Ramsay (lo miró, absorto en su contemplación) era estimulante, era exaltante. Lily limpió los pinceles, uno tras otro, con un trapo viejo, como lo haría una criada, a propósito, refugiándose en aquella reverencia que abarcaba a todo el género femenino, sintiéndose personalmente alabada. Que mirase todo lo que quisiera; ella aprovecharía para contemplar un instante su propio cuadro.

Era para echarse a llorar. ¡Malo, muy malo, malísimo! Podría haberlo hecho de manera diferente, por supuesto; podría haber adelgazado y difuminado los colores; haber idealizado las formas; así lo habría visto Paunceforte. Pero lo cierto era que ella no lo veía así. Lily sentía arder el color sobre un marco de acero; la luz del ala de una mariposa sobre los arcos de una catedral. De todo aquello sólo quedaban en el lienzo algunas marcas garrapateadas al azar. Y nadie lo vería; nunca se colgaría en ningún sitio, y se acordó del señor Tansley, susurrándole al oído «Las mujeres no saben ni pintar, ni escribir…».

Recordó de pronto lo que había estado a punto de decir sobre la señora Ramsay. Ignoraba cómo lo habría formulado, pero hubiese sido algo crítico.

La otra noche le había molestado una manifestación suya de arbitrariedad.

Siguiendo la dirección de la mirada del señor Bankes, Lily decidió que ninguna mujer podía reverenciar a otra de la manera en que él lo hacía; tan sólo refugiarse bajo la sombra que el señor Bankes extendía sobre ambas.

Siguiendo la dirección de su mirada, añadió su rayo, distinto, pensando que la señora Ramsay era, sin duda alguna, la más encantadora de las personas (inclinada sobre su libro); la mejor, quizá; pero, al mismo tiempo, diferente, también, de la forma perfecta que se ofrecía a la vista. Pero ¿por qué diferente y diferente en qué?, se preguntó, raspando de su paleta todos los montoncitos de azul y verde que ahora le parecían manchas sin vida, aunque jurándose que los llenaría de inspiración, que los obligaría a moverse, a deslizarse, a obedecer sus órdenes al día siguiente. ¿De qué manera era diferente la señora Ramsay? ¿Cuál era la fuerza espiritual, la realidad esencial por la que, si alguien se encontraba un guante en el rincón de un sofá, sabría, por su dedo retorcido, que era incontestablemente suyo?

La señora Ramsay era como un pájaro por la rapidez y como una flecha por lo recto de su trayectoria. Era caprichosa; era imperiosa (por supuesto, se dijo Lily, estoy pensando en sus relaciones con mujeres, y yo soy una persona mucho más joven e insignificante, de Brompton Road). Abría las ventanas de los dormitorios. Cerraba las puertas. (Lily se esforzó por reconstruir en su interior la melodía de la señora Ramsay). Aparecía tarde, por la noche, dando unos golpecitos en la puerta, envuelta en un viejo abrigo de piel (porque el marco de su belleza era siempre así, apresurado pero eficaz) y representaba de nuevo lo que quiera que fuese: Charles Tansley perdiendo el paraguas, el señor Carmichael resollando y sorbiéndose la nariz, el señor Bankes diciendo «las sales vegetales se han perdido». A todo aquello le daba forma muy hábilmente, incluso lo deformaba maliciosamente; luego, llegándose a la ventana, con el pretexto de que tenía que marcharse —estaba amaneciendo, veía alzarse el sol—, medio vuelta de espaldas, con tono más íntimo, pero siempre sin dejar de reír, insistía en que Lily tenía que casarse, al igual que Minta y que todas

ellas, puesto que el mundo entero, fueran los que fuesen los laureles que llegaran a atribuirle (aunque a la señora Ramsay no le interesaba en lo más mínimo su pintura) o los triunfos que consiguiera (probablemente la señora Ramsay había tenido los suyos), y al llegar aquí se entristecía, se le nublaba el rostro y volvía a sentarse para decir que había una verdad indiscutible: una mujer que no se casa (le cogía la mano con suavidad durante un instante), una mujer que no se casa ha perdido lo mejor de la vida. La casa parecía llena de niños dormidos y de la señora Ramsay escuchando; de luces veladas y respiraciones tranquilas.

Pero, decía Lily, estaba su padre, su hogar, e incluso, si se hubiera atrevido a mencionarlo, su pintura. Aunque todo aquello parecía tan poquita cosa, tan virginal, comparado con lo otro. Sin embargo, a medida que la noche transcurría, y luces blancas se abrían paso entre las cortinas e incluso, de cuando en cuando, algún pájaro gorjeaba en el jardín, haciendo acopio del valor de la desesperación, solicitaba que se la eximiera de aquella ley universal; lo suplicaba; le gustaba estar sola; le gustaba ser ella; no estaba hecha para el matrimonio; por lo que tenía que vérselas con una seria mirada de unos ojos de una hondura incomparable y enfrentarse con la tranquila certeza de la señora Ramsay (aquí su anfitriona se infantilizaba nuevamente) de que su querida Lily, de que su pequeña Brisk, era una tonta de capirote. Luego, lo recordaba perfectamente, reclinó la cabeza sobre su regazo y estuvo riendo y riendo, de manera casi histérica, ante la idea de la señora Ramsay presidiendo, con calma inmutable, sobre destinos que era totalmente incapaz de comprender. Allí estaba, sencilla, seria. Lily había recuperado su idea de ella: el dedo retorcido del guante. Pero ¿en qué santuario había penetrado? Lily Briscoe levantó finalmente los ojos y allí estaba la señora Ramsay, totalmente ignorante de lo que había provocado su risa, todavía presidiendo, pero desaparecido ya cualquier rastro de obstinación y, en su lugar, algo tan claro como el espacio que las nubes terminan por descubrir: el trocito de cielo que duerme junto a la luna.

¿Era prudencia? ¿Era sabiduría? ¿Era, una vez más, la apariencia engañosa de la belleza, de manera que todas las percepciones propias, a mitad de camino hacia la verdad, se enredaban en una malla dorada? ¿O

encerraba en su interior algún secreto que, Lily estaba convencida, las personas tienen que tener si se quiere que la vida siga su curso? No todo el mundo podía ser tan embarullado, vivir tan al día como ella. Pero si sabían algo, ¿estaban en condiciones de contar lo que sabían? Sentada en el suelo, abrazada a las rodillas de la señora Ramsay, se apretaba lo más posible contra ella y sonreía al pensar que su anfitriona nunca sabría el motivo de aquella presión, y se imaginaba cómo, en las celdas de la mente y del corazón de la mujer en contacto físico con ella, se hallaban, como los tesoros de las tumbas de los reyes, tablillas con inscripciones sagradas que, si uno fuera capaz de deletrear, se lo enseñarían todo, pero que nunca se ofrecerían abiertamente, nunca se harían públicas. ¿Qué arte había allí, accesible tan sólo al amor o a la astucia, gracias al cuál se conseguía el acceso a aquellas celdas secretas? ¿Qué procedimiento para, gracias a una fusión inextricable, pasar a formar parte del objeto adorado, a la manera de las aguas que se confunden dentro de un recipiente? ¿Podía lograrlo el cuerpo, o la mente, realizando mezclas sutiles en los intrincados pasadizos del cerebro, o del corazón? ¿Acaso el amor, como la gente lo llamaba, podía hacer un solo ser de ella y de la señora Ramsay? Porque no era conocimiento, sino unión lo que ella deseaba, no inscripciones en tablillas, nada que pudiera escribirse en idioma alguno conocido de los hombres, sino la intimidad misma, que es conocimiento, tal como ella la había sentido al apoyar la cabeza sobre la rodilla de la señora Ramsay.

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