Al faro

Virginia Woolf · Capítulo 1 de 3 · parte 4/5

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Al faro

1. La ventana

Este capítulo es largo, así que está dividido en 5 partes.

las patas, con armadura y a rayas, un fantástico leviatán (Nancy seguía agigantando la charca) que se deslizó por entre las enormes fisuras de la ladera de la montaña. Y luego, al permitir que su mirada se deslizase imperceptiblemente por encima de la charca y descansara sobre la línea ondulante de mar y cielo, sobre los troncos de los árboles que el humo de los barcos a vapor hacía ondular en el horizonte, quedó hipnotizada por aquella enorme fuerza que lo barría todo de manera tan salvaje y que luego inevitablemente, se retiraba; y las sensaciones simultáneas de inmensidad y de vecina pequeñez (la charca se había reducido de tamaño) que florecían en su interior, le hicieron sentir que estaba atada de pies y manos y que era incapaz de moverse, debido a la intensidad de los sentimientos que, para siempre, reducían su cuerpo, su vida, y las vidas de todos los habitantes del mundo, a la nada. Acurrucada y meditando sobre la charca, escuchó el ruido de las olas.

Hasta que al gritar Andrew que ya subía la marea, se lanzó al agua todavía poco profunda para volver chapoteando hasta la orilla; luego corrió playa arriba y su propio ímpetu y el deseo de moverse con rapidez la llevaron hasta detrás de una roca y allí, ¡oh, cielos!, estaban Paul y Minta, abrazados, besándose probablemente. Se sintió ultrajada, furiosa. Andrew y ella se pusieron medias y zapatos en completo silencio, sin hacer el menor comentario sobre la escena sorprendida. De hecho se mostraron bastante bruscos el uno con el otro. Podía haberle llamado cuando vio el camarón o la quisquilla o lo que quiera que fuese, protestó Andrew. Sin embargo, pensaron los dos, la culpa no es nuestra. No habían querido que sucediera aquella cosa tan molesta. De todos modos, a Andrew le fastidiaba que Nancy fuese mujer y a Nancy que Andrew fuese hombre, y los dos se ataron los zapatos muy concienzudamente, apretando bastante los nudos.

Minta sólo se dio cuenta, entre grandes exclamaciones, de que había perdido el broche de su abuela —el broche de su abuela, el único adorno que poseía—, un sauce llorón (tenían que recordarlo) con perlas engastadas, después de que hubieran llegado a lo alto del acantilado. Tenían que haberlo visto, dijo, con las lágrimas corriéndole por las mejillas, el broche con el que su abuela estuvo sujetándose la cofia hasta el último día de su vida. Y

ahora lo había perdido. ¡Hubiera preferido perder cualquier otra cosa! Tenía que volver y buscarlo. Volvieron todos. Hurgaron y buscaron y miraron con la mayor atención. Iban con la cabeza muy baja y hablaban de manera breve y brusca. Paul Rayley buscó como un loco alrededor de la roca donde habían estado sentados. Y cuando le dijo a Andrew que hiciera una

«búsqueda exhaustiva entre este punto y aquel», el vástago de los Ramsay pensó que toda aquella confusión por un broche no tenía en realidad ningún sentido. La marea estaba subiendo rápidamente. Al cabo de un minuto el mar habría cubierto el sitio donde se habían sentado. No había ni la más remota posibilidad de encontrarlo en aquel momento. «¡Nos quedaremos aislados!», gritó Minta, repentinamente aterrada. ¡Como si hubiera el menor peligro de una cosa así! Era otra vez la historia de los toros; no controlaba sus emociones, pensó Andrew. Era lo que les pasaba a las mujeres. El pobre Paul tuvo que tranquilizarla. Los hombres (Andrew y Paul adoptaron de inmediato una actitud varonil, diferente de la habitual) deliberaron brevemente y decidieron dejar clavado el bastón de Rayley donde se habían sentado, para volver al día siguiente con marea baja. No se podía hacer nada más en aquel momento. Si el broche estaba allí, allí seguiría por la mañana, le aseguraron a su propietaria, pero Minta siguió sollozando durante todo el trayecto hasta lo alto del acantilado. Era el broche de su abuela; preferiría haber perdido cualquier otra cosa. Nancy tuvo la impresión, sin embargo, aunque quizá fuese cierto que sentía la pérdida del broche, que no lloraba únicamente por aquello. Lloraba por alguna otra cosa. Le pareció que quizá podían sentarse todos y llorar. Pero ignoraba el motivo.

Durante el regreso Paul y Minta caminaron juntos delante, y él la consoló, explicándole la fama que tenía por su habilidad para hallar cosas perdidas. En una ocasión, cuando era muy pequeño, había encontrado un reloj de oro. Se levantaría con el alba y estaba seguro de que volvería con el broche. Aunque se le ocurrió enseguida que estaría solo en la playa y casi a oscuras y que, posiblemente, resultaría bastante peligroso, insistió en decirle a Minta que lo encontraría, pero ella no quiso ni oír hablar de que fuera a levantarse con el alba; el broche estaba perdido; lo sabía; había tenido un presentimiento al ponérselo. Pero él decidió, sin decírselo,

escaparse de la casa al amanecer, cuando todos durmieran, y, si no conseguía encontrarlo, se iría a Edimburgo y compraría otro, igual, pero más bonito. Demostraría de lo que era capaz. En la cima de la colina, al ver debajo las luces del pueblo, las luces que surgían repentinamente, una a una, le parecieron como las cosas que iban a sucederle: matrimonio, hijos, casa; y de nuevo pensó, cuando salieron a la carretera, sombreada por arbustos muy altos, cómo se retirarían juntos a la soledad, y caminarían incansablemente, él guiándola y ella siempre a su lado, muy cerca (como en aquel momento). Al llegar al cruce de caminos pensó en la terrible experiencia por la que había pasado y en la necesidad de contársela a alguien: a la señora Ramsay, desde luego, porque le dejaba sin aliento pensar en lo que había osado hacer. El peor momento de su vida había sido, sin duda, el instante en que le pidió a Minta que se casara con él. Iría directamente a ver a la señora Ramsay, porque, en cierta manera, tenía la impresión de que era la persona que le había impulsado a hacerlo. La señora Ramsay le había convencido de que podía hacer cualquier cosa. Ninguna otra persona le tomaba en serio. Pero ella le había convencido de que podría hacer lo que quisiera. Y durante todo el día había sentido sus ojos fijos en él, siguiéndolo por todas partes (aunque sin pronunciar una sola palabra), como si le estuviera diciendo: «Sí, puedes hacerlo. Creo en ti. Lo espero de ti». La señora Ramsay le había hecho sentir todo aquello y, en cuanto llegaran (buscó con la mirada las luces de la casa por encima de la bahía), iría a verla y le diría: «Lo he hecho, señora Ramsay, gracias a usted». Al llegar al camino que llevaba hasta la casa vio luces moviéndose a través de las ventanas del piso alto, lo que significaba que habían vuelto con muchísimo retraso. Todo el mundo se preparaba ya para la cena. La casa entera estaba iluminada y, después de la oscuridad, tanta luz le deslumbró y, mientras recorría el camino, se fue repitiendo, infantilmente, «Luces, luces, luces»; y aún siguió haciéndolo, como aturdido, «Luces, luces, luces», al entrar en la casa, mirando fijamente a su alrededor con gesto envarado.

Pero, cielo santo, se dijo, llevándose la mano a la corbata, tengo que evitar hacer el ridículo).

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—Sí —dijo Prue, con su tono reflexivo característico, en respuesta a la pregunta de su madre—; creo que Nancy se fue con ellos.

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En ese caso estaba claro que Nancy se había ido con ellos, supuso la señora Ramsay, preguntándose —mientras dejaba un cepillo, cogía un peine y respondía «Adelante» a unos golpecitos en la puerta (Jasper y Rose entraron en su cuarto)— si el hecho de que Nancy estuviera con los otros tres impediría que se produjera un accidente; tal vez sí, se le ocurrió de manera poco racional, aunque, bien pensado, no era probable una catástrofe de tales dimensiones. No era posible que se hubieran ahogado todos. Y de nuevo se sintió sola en presencia de su vieja antagonista, la vida.

Jasper y Rose le explicaron que Mildred quería saber si tenía que retrasar la cena.

—Ni aunque la invitada de honor fuese la reina de Inglaterra —dijo la señora Ramsay categóricamente.

—Tampoco si se tratara de la emperatriz de México —añadió, riéndose de Jasper, que compartía su vicio, la exageración.

Y, si a Rose no le importaba, mientras Jasper llevaba el recado, podía elegir, dijo, las joyas que se iba a poner. Cuando son quince los comensales para la cena, no es posible retrasar las cosas eternamente. Ya empezaba a sentirse enojada con los excursionistas por llegar tan tarde; era una falta de consideración, y le irritaba, además de la zozobra que le causaban, que hubieran elegido para llegar con retraso la noche en la que quería que la cena resultase particularmente agradable, ya que William Bankes había accedido por fin a compartirla con ellos y disfrutarían, por añadidura, de la obra maestra de Mildred: boeuf en daube. Era fundamental que las cosas se sirvieran en el preciso momento en que estaban listas. La carne de vaca, la hoja de laurel y el vino: todo tenía que estar en su punto. Era impensable

hacer esperar a un plato como aquel. Pero habían elegido aquella, entre todas las noches, para regresar tarde, por lo que habría que devolver las cosas a la cocina a fin de mantenerlas calientes; y el boeuf en daube se echaría a perder.

Jasper ofreció a su madre un collar de ópalos; Rose otro de oro. ¿Cuál de los dos entonaba mejor con el vestido negro? ¿Cuál, efectivamente?, preguntó la señora Ramsay con aire distraído, mirándose cuello y hombros en el espejo (pero evitando la cara). Y luego, mientras sus hijos rebuscaban entre las joyas, volvió los ojos hacia la ventana para contemplar un espectáculo que siempre le divertía: los grajos en el proceso de decidir en qué árbol se instalaban para pasar la noche. Una y otra vez parecían cambiar de idea y volver a remontar el vuelo porque el grajo viejo, el padre grajo, el anciano José, como ella lo llamaba, era un ave muy picajosa y de mal carácter. Un sujeto nada respetable, al que le faltaban la mitad de las plumas en las alas. Le recordaba a un desastrado anciano con sombrero de copa al que había visto tocando la trompeta delante de una taberna.

—¡Mirad! —exclamó, riendo. Estaban peleándose. José y María se estaban peleando. Todos levantaron el vuelo, en cualquier caso, barriendo el aire con sus alas negras y tallándolo en delicadas formas de cimitarra. El movimiento de las alas, al abrirse una y otra vez —nunca era capaz de describirlo con la precisión necesaria para quedar satisfecha—, le producía un deleite extraordinario. Fíjate en eso, le dijo a Rose, con la esperanza de que lo viera con mayor claridad que ella, porque, con frecuencia, los hijos dan un empujoncito a las propias percepciones.

Pero ¿qué iba a ponerse? Habían abierto todas las bandejas del joyero.

El collar de oro, italiano, o el de ópalos que el tío James le había traído de la India; ¿o debería ponerse las amatistas?

—Elegid, hijos míos, elegid —dijo la señora Ramsay, con la esperanza de que se dieran prisa.

Pero les permitió que procedieran con calma: de manera especial a Rose, que cogía una cosa y luego otra y las colocaba sobre el vestido negro, porque, estaba convencida, aquel modesto ritual de la elección de las joyas, que se repetía todas las noches, era lo que más le gustaba a su hija. Por

alguna secreta razón personal, Rose concedía gran importancia a aquella elección. Cuál podía ser la razón, se preguntó la señora Ramsay, inmovilizándose por completo para permitirle que le abrochara el collar elegido, adivinando, gracias a sus recuerdos, algún sentimiento muy hondo, enterrado, sin traducción en palabras, hacia la propia madre, característico de la edad de Rose. Y que provocaba tristeza, como sucede con todos los sentimientos de los que se es objeto, pensó la señora Ramsay. ¡Era tan insuficiente lo que se podía ofrecer en correspondencia! Porque el sentimiento de Rose no guardaba proporción alguna con lo que ella, su madre, era en realidad. Rose crecería y, debido a aquellos sentimientos tan hondos, sufriría, supuso la señora Ramsay. Inmediatamente dijo que ya estaba lista para bajar al comedor; Jasper, por ser el caballero, debería darle el brazo, y Rose, puesto que era la dama, llevarle el pañuelo (procedió a entregárselo) y ¿qué más? Ah, sí, quizá hiciese frío: un chal. Elígeme un chal, dijo, porque aquello agradaría a Rose, que estaba destinada a sufrir tanto. «Vaya», dijo, deteniéndose ante la ventana del descansillo, «ahí están de nuevo». José se había posado en la copa de otro árbol. «¿Tú crees», le dijo a Jasper, «que les gusta que les rompan las alas?». ¿Por qué se empeñaba en disparar contra los pobres María y José? Jasper se agitó inquieto en la escalera, sintiéndose reprendido, aunque no demasiado, porque su madre no entendía el placer de disparar contra los pájaros, que no sentían nada, además; ella, por ser su madre, vivía en otra región del mundo, aunque, a decir verdad, a él le gustaban bastante sus historias sobre María y José, con las que conseguía hacerle reír. Pero ¿cómo sabía que aquellos grajos eran María y José? ¿Creía que los pájaros volvían todas las noches a los mismos árboles?, le preguntó. Pero entonces, de repente, como todas las personas mayores, su madre dejó de prestarle atención. Estaba escuchando un estrépito en el vestíbulo.

—¡Han vuelto! —exclamó la señora Ramsay, e inmediatamente se indignó con ellos en lugar de sentirse aliviada. Después se preguntó:

¿habría sucedido? Bajaría y se lo contarían…, pero no. No podían contarle nada, con tantos espectadores alrededor. Tenía que bajar, empezar la cena y esperar. Y, como una reina que, al comprobar que sus súbditos se han

reunido en una gran sala, los contempla desde lo alto, desciende para reunirse con ellos, les agradece en silencio su homenaje y acepta su devoción y que se inclinen a su paso (Paul no movió un solo músculo y se limitó a mirar al frente al pasar ella), la señora Ramsay bajó la escalera, cruzó el vestíbulo e hizo una levísima inclinación de cabeza, como para aceptar lo que no podían expresar con palabras: el homenaje a su belleza.

Pero se detuvo de pronto. Olía a quemado. ¿Era posible que hubieran dejado cocer en exceso el boeuf en daube?, se preguntó. Y estaba rogando al cielo que no fuese así, cuando el gran estruendo metálico del gong anunció solemnemente, con autoridad, que todas aquellas personas que estaban repartidas por la casa, en áticos, en dormitorios, en sus pequeños refugios personales, leyendo, escribiendo, dándose el toque final en el pelo o abrochándose el vestido, debían dejar todo aquello, y cualquier otro instrumento que estuvieran manejando, en la repisa del lavabo o en el tocador, y abandonar la novela en la mesilla o interrumpir la redacción del diario para reunirse en el comedor y disponerse a cenar.

17

Pero ¿qué he hecho con mi vida?, pensó la señora Ramsay al ocupar su sitio a la cabecera de la mesa y contemplar los círculos blancos que creaban los platos colocados en ella.

—William, siéntate a mi lado —dijo—. Lily —con voz cansada—, ponte ahí.

Paul Rayley y Minta Doyle tenían lo que tenían; ella, tan sólo una mesa infinitamente larga y platos y cuchillos. Y, en el otro extremo, su marido, acurrucado y con el ceño fruncido. ¿Por qué? La señora Ramsay no lo sabía. Pero no le importaba. No entendía que hubiera sido alguna vez objeto de sus emociones ni que hubiese sentido por él el más mínimo afecto. Tuvo la sensación de estar más allá de todo, de haber pasado por todo, de quedar fuera de todo, mientras servía la sopa, como si hubiera un remolino —allí mismo— y se pudiera estar en él o fuera de él y ella estuviese fuera. Todo

ha llegado a su fin, pensó, mientras, uno tras otro, iban apareciendo: Charles Tansley («Siéntese aquí, por favor», le dijo), o Augustus Carmichael, y ocupaban sus sitios. Y, mientras tanto, esperaba, pasivamente, a que alguien le contestara, a que sucediera algo. Pero esa no es una de las cosas, pensó, sirviendo la sopa, que se dicen.

Al alzar las cejas a causa de la discrepancia (entre lo que estaba pasando y lo que estaba haciendo, servir la sopa), se sintió, cada vez con más intensidad, fuera de aquel remolino; o como si, al bajar una persiana, y quedar las cosas privadas de color, las viese como eran en realidad. El comedor (miró en torno suyo) tenía un aspecto lamentable. No había ni asomo de belleza en ningún sitio. Se abstuvo de examinar al señor Tansley.

No se había logrado la menor integración. Todos seguían aislados. Y el esfuerzo total para unirlos, para dar fluidez a la cena y crear un ambiente compartido dependía de ella. Advirtió una vez más, con carácter de simple comprobación desprovista de hostilidad, la ineficacia de los varones, porque si ella no lo hacía, nadie lo haría, de manera que, dándose un golpecito como se le da a un reloj que se ha parado, el viejo pulso familiar recobró su ritmo, como el reloj que echa a andar: un, dos, tres, un, dos, tres. Y así sucesivamente, repitió, escuchando el pulso todavía débil y resguardándolo y animándolo como se puede proteger del viento con un periódico una llamita vacilante. Y ahora sigamos adelante, concluyó, dirigiéndose a William Bankes por medio de una inclinación silenciosa: ¡pobre hombre, sin esposa ni hijos, que cenaba a solas en su alojamiento, con la excepción de aquella noche! Apiadada de él, puesto que la vida tenía ya la fuerza suficiente para arrastrarla consigo, inició toda aquella tarea, como un marinero que ve, no sin cansancio, cómo, aunque el viento hincha las velas, apenas tiene deseos de volver a navegar y se le ocurre que, si el barco se hubiera hundido, se habría limitado a dar vueltas y más vueltas hasta encontrar reposo en el fondo del mar.

—¿Ha recogido sus cartas? Les he dicho que se las dejaran en el vestíbulo —le explicó a William Bankes.

Lily Briscoe la vio adentrarse en la extraña tierra de nadie donde era imposible seguir a la gente, incluso cuando su proceder provoca tales

escalofríos en aquellos que los observan que siempre tratan de seguirlos al menos con los ojos, como se sigue a un barco que se aleja hasta que sus velas se hunden por detrás del horizonte.

Qué vieja parece, qué gastada está, pensó Lily, y qué distante. Luego, cuando la señora Ramsay se volvió hacia William Bankes, sonriendo, fue como si el barco hubiera virado y el sol hubiera iluminado de nuevo sus velas, y Lily pensó, ligeramente divertida por el alivio que sentía, ¿a qué viene compadecerse de él? Porque fue esa la impresión que dio al decirle que sus cartas estaban en el vestíbulo. Pobre William Bankes, parecía estar diciendo, como si su propio cansancio proviniera en parte de su compasión por la gente, y la vida que rebullía en ella, su decisión de vivir de nuevo, tuviera como impulso la compasión. Y no era cierto, pensó Lily; era uno de sus errores de apreciación que parecían instintivos y que surgían de alguna necesidad propia y no de la realidad objetiva. No hay ninguna razón para compadecerlo. Tiene su trabajo, se dijo Lily. Y recordó, de repente, como si hubiera encontrado un tesoro, que también ella tenía el suyo. En un relámpago de luz vio su cuadro y pensó: Sí, pondré el árbol más en el centro y así evitaré ese espacio tan incómodo. Será eso lo que haga. Había dado con lo que la tenía tan desconcertada. Cogió el salero y lo colocó de nuevo sobre una flor bordada en el mantel, como recordatorio para no olvidarse de cambiar el árbol de sitio.

—Es curioso que, si bien casi nunca se recibe por correo nada que merezca la pena, siempre se desea tener cartas —dijo el señor Bankes.

De qué estupideces hablan, pensó Charles Tansley, colocando la cuchara exactamente en el centro del plato, que ya había rebañado a la perfección, como si, pensó Lily (lo tenía enfrente, de espaldas a la ventana, tapando precisamente el centro del paisaje), estuviera decidido a asegurarse de que comía lo suficiente. Todo lo suyo tenía aquella seca firmeza, aquella escueta fealdad. Seguía siendo cierto, sin embargo, que era casi imposible sentir aversión hacia alguien si se le miraba despacio. Le gustaban sus ojos, azules, hundidos en las órbitas, aterradores.

—¿Escribe usted muchas cartas, señor Tansley? —preguntó la señora Ramsay, compadeciéndolo también, supuso Lily; porque aquel era sin duda

uno de los rasgos de la señora Ramsay: compadecer siempre a los hombres como si les faltara algo, aunque nunca a las mujeres, como si poseyeran algo. Charles Tansley explicó, lo más brevemente que pudo, que escribía a su madre; aparte de eso, no creía que pasara de una carta al mes.

Porque no estaba dispuesto a decir las necedades que la gente quería que dijera. No iba a permitir que aquellas tontas mujeres se mostrasen condescendientes. Había estado leyendo en su cuarto y después había bajado al comedor y todo le parecía tonto, frívolo e insustancial. ¿Por qué se vestían para cenar? Él había bajado con su ropa habitual. No tenía ropa de vestir. «Nunca se recibe por correo una que merezca la pena», era un ejemplo perfecto de las cosas que decían todo el tiempo. Y lograban que los hombres las dijeran también. Aunque, a decir verdad, tenía toda la razón, pensó. Aquellas gentes nunca recibían nada que mereciera la pena desde que empezaba el año hasta que acababa. No hacían más que hablar y hablar y comer y comer. La culpa la tenían las mujeres. Las mujeres, con todo su

«encanto», con toda su estupidez, hacían imposible la civilización.

—No se podrá ir mañana al faro, señora Ramsay —dijo, a modo de afirmación personal. Le gustaba la señora Ramsay; la admiraba; aún se acordaba del hombre subido en el canalón mirándola; pero juzgó necesario hacer un acto de afirmación personal.

Realmente, pensó Lily Briscoe, Charles Tansley era, a pesar de sus ojos, el ser humano más desangelado que había conocido nunca. En ese caso,

¿qué más le daba lo que dijera? Las mujeres no saben ni escribir ni pintar…

¿qué importancia tenía, viniendo de él, puesto que estaba claro que no se lo creía, sino que, por alguna razón, le resultaba útil decirlo y por eso lo decía?

¿Por qué, ante aquella humillación, todo su ser se inclinaba, como el trigo bajo el viento, sólo se recuperaba después de un notable y penoso esfuerzo?

Tenía que hacerlo una vez más. Aquí está la flor bordada en el mantel; ahí está mi cuadro; tengo que colocar el árbol en el centro; eso es lo que importa, nada más. ¿Por qué no se aferraba a aquello?, se preguntó, sin enfadarse ni discutir, y, si quería vengarse un poco, ¿por qué no se reía de él?

—Por favor, señor Tansley —dijo—, tenga la bondad de llevarme al faro. Me encantaría.

Mentía, estaba claro. Por alguna razón decía lo que no sentía para molestarlo. Se reía de él. Llevaba puestos los viejos pantalones de franela.

No tenía otros. Se sintió muy tosco y distinto y muy solo. Sabía que Lily Briscoe trataba de burlarse de él por alguna razón; no quería ir al faro con él; lo despreciaba; lo mismo sucedía con Rose Ramsay y con todos los demás. Pero no iba a permitir que las mujeres lo pusieran en ridículo, de manera que volvió la cabeza con toda intención, miró por la ventana y dijo, con brusquedad muy poco cortés, que el mar estaría demasiado revuelto al día siguiente y que, sin duda, la señorita Briscoe devolvería lo que comiera.

A Charles Tansley le molestó que Lily le hubiera forzado a hablar de aquella manera, con la señora Ramsay por testigo. ¡Ojalá pudiera estar a solas en su cuarto, trabajando, pensó, rodeado de sus libros! Así era como se sentía a sus anchas. Nunca había tenido deuda alguna; no le costaba ni un céntimo a su padre desde los quince años; ayudaba en casa con sus ahorros y estaba dando una educación a su hermana. De todos modos, le hubiera gustado saber cómo contestar adecuadamente a la señorita Briscoe; preferiría no haber hablado de aquella manera tan brusca. «Devolverá lo que coma». Le gustaría decirle algo a la señora Ramsay, algo que demostrara que no era un pedante sin alma. Eso era lo que todos pensaban de él. Se volvió hacia ella. Pero la señora Ramsay dialogaba con William Bankes sobre personas de las que nunca había oído hablar.

—Sí, lléveselo —dijo la anfitriona, interrumpiendo la conversación para hablar con la doncella—. Debe de hacer quince años…, no, veinte, desde la última vez que la vi —retomó el hilo como si no pudiera perder un momento, porque estaba absorta en lo que decían. ¡De manera que el señor Bankes había tenido noticias suyas precisamente aquella tarde! ¿Carne vivía aún en Marlow y seguía todo igual? ¡Lo recordaba como si fuera ayer! El paseo por el río y el frío intenso. Pero cuando los Manning planeaban algo, nada les hacía cambiar de idea. ¡Nunca se olvidaría de Herbert en la orilla, matando una avispa con una cucharilla de té! Y todo aquello continuaba aún, pensó, ensimismada, deslizándose como un fantasma entre las sillas y

las mesas de aquel salón en las orillas del Támesis donde, veinte años atrás, había pasado tanto, tantísimo frío; aunque ahora caminaba entre ellas como un fantasma; y le fascinaba como si, pese a que ella había cambiado, aquel día particular, que ahora resultaba tan tranquilo y tan hermoso, hubiera seguido allí durante todos aquellos años. ¿Le había escrito Carrie en persona?, preguntó.

—Sí. Dice que están construyendo una sala de billar —respondió el señor Bankes. ¡No, no! ¡Qué cosa tan absurda! ¡Construir una sala de billar!

Le parecía imposible.

El señor Bankes no veía que fuese tan extraño. Ahora disfrutaban de una situación muy acomodada. ¿Debería saludar a Carrie de su parte?

La señora Ramsay se sobresaltó un poco, y terminó por decir «No», al descubrir que no conocía a aquella Carrie que construía una sala de billar.

Pero, repitió, divirtiendo con ello al señor Bankes, qué extraño que aún siguieran viviendo allí. Porque era extraordinario que hubieran seguido vivos aunque apenas había pensado en ellos. ¡Cuántas cosas le habían sucedido durante aquellos años! Sin embargo, quizá tampoco Carrie Manning se hubiera acordado de ella. La idea le resultó extraña y desagradable.

—Las personas se distancian enseguida —dijo el señor Bankes, sintiendo, sin embargo, cierta satisfacción al pensar que, después de todo, conocía a los Manning y también a los Ramsay. Él no se había distanciado, pensó, dejando la cuchara y limpiándose minuciosamente la boca. Pero quizá, pensó, se apartaba un tanto de la norma en aquel asunto; nunca se dejaba vencer por la costumbre. Conservaba amigos en todos los círculos…

La señora Ramsay tuvo que interrumpir la conversación en aquel punto para decirle algo a la doncella sobre mantener caliente la comida. Por eso prefería cenar solo. Todas aquellas interrupciones le irritaban. Bien, pensó, manteniendo una actitud de exquisita cortesía y limitándose a extender sobre el mantel los dedos de la mano izquierda, para examinarlos como, en un intervalo de ocio, examina un mecánico un instrumento bellamente pulimentado y listo para el uso, tales son los sacrificios que exigen los amigos. La señora Ramsay se habría sentido herida si hubiese rechazado su

invitación. Pero no merecía la pena. Mientras se miraba la mano pensó que si hubiera cenado solo, casi habría terminado ya y hubiera podido seguir trabajando. Sí, pensó, era una terrible pérdida de tiempo. Los hijos de los Ramsay aún seguían llegando. «Me gustaría que uno de vosotros subiera en un periquete al cuarto de Roger», estaba diciendo la señora Ramsay. Qué trivial es todo ello, qué aburrido, pensó el señor Bankes, comparado con la otra cosa: el trabajo. Allí seguía, tamborileando sobre el mantel, cuando podía haber estado…, tuvo, en un relámpago, una visión de conjunto de su trabajo. ¡Qué pérdida de tiempo! Sin embargo, pensó, es una de mis amistades más antiguas. Se me considera devoto suyo. Pero en aquel momento la presencia de la señora Ramsay no significaba absolutamente nada para él; ni tampoco su belleza; ni el recuerdo de haberla visto sentada con su hijo pequeño junto a la ventana; nada, absolutamente nada. Sólo quería estar solo y volver a tener entre las manos aquel libro. Se sentía incómodo; se sentía reo de traición por estar junto a su anfitriona y no sentir nada. La verdad era que no disfrutaba con la vida de familia. Al sentirse dominado por aquel estado de ánimo, uno se preguntaba: ¿Para qué vivimos? ¿Para qué hacemos tantos esfuerzos a fin de que la raza humana siga adelante? ¿Es de verdad tan deseable? ¿Resultamos atractivos como especie? No demasiado, pensó, mirando a aquellos jóvenes bastante desaliñados. Cam, su favorita, se había acostado ya, supuso. Preguntas vanas, preguntas estúpidas, preguntas que no se hacían si se estaba ocupado. ¿La vida humana es esto? ¿O es otra cosa? Nunca se tenía tiempo para pensar en ello. Pero él se hacía aquellas preguntas porque la señora Ramsay estaba dando instrucciones a la servidumbre, y también porque había comprendido, al advertir cómo su anfitriona se sorprendía de que Carrie Manning siguiera existiendo, que las amistades, incluso las mejores, son una cosa muy frágil. Él, por su parte, estaba sentado junto a la señora Ramsay y no tenía absolutamente nada que decirle.

—Lo siento —dijo su anfitriona, volviéndose de nuevo hacia él. El señor Bankes se sintió rígido y vacío, como un par de botas empapadas que, cuando se secan, quedan tan tiesas que casi es imposible meter los pies dentro. Sin embargo tenía que hacerlo. Tenía que forzarse a hablar. Si no se

andaba con mucho cuidado, la anfitriona descubriría su traición; se daría cuenta de que le tenía sin cuidado, y eso no sería nada agradable, pensó. De manera que inclinó cortésmente la cabeza en su dirección.

—¡Qué insoportable debe de resultarle cenar en esta casa de fieras! —

dijo la señora Ramsay, utilizando, como solía hacerlo en momentos de confusión, sus recursos mundanos. De manera parecida, cuando surge un problema de idiomas en alguna reunión, el presidente, para lograr la unidad, propone que se hable en francés. Quizá sea mal francés; quizá el francés no disponga de palabras para expresar las ideas del orador; sin embargo, el hecho de hablar en francés impone cierto orden, cierta uniformidad.

Replicándole en el mismo idioma, el señor Bankes dijo: «No, no, nada de eso», y el señor Tansley, que no conocía aquel idioma, ni siquiera cuando se hablaba con palabras tan breves como aquellas, sospechó al instante su insinceridad. Los Ramsay, pensó, decían, sin duda, tonterías; y celebró con júbilo aquella nueva demostración, redactando mentalmente una nota que cualquier día de aquellos leería en voz alta a uno o dos amigos. Allí, en el seno de un grupo donde sí se podía decir lo que se pensaba, describiría sarcásticamente «la estancia con los Ramsay» y las tonterías que decían.

Merecía la pena ser una vez invitado suyo, diría, pero no repetir la experiencia. Las mujeres no podían ser más aburridas, diría. Ramsay, por supuesto, se lo había buscado casándose con una mujer hermosa y teniendo ocho hijos. Esa sería, poco más o menos, la forma que adoptara, pero ahora, en aquel momento, allí clavado, con un asiento vacío al lado, nada había tomado forma en absoluto. Todo eran restos y trozos. Se sentía extraordinariamente incómodo, incluso físicamente. Quería que alguien le diese una oportunidad de afirmarse. Lo necesitaba con tanta urgencia que no podía estarse quieto en la silla: miraba a una persona, luego a otra, trataba de intervenir en su conversación, abría la boca y volvía a cerrarla.

Hablaban sobre la industria pesquera. ¿Por qué no se le pedía su opinión?

¿Qué sabían ellos sobre la industria pesquera?

Lily Briscoe se daba cuenta de todo aquello. Sentada frente a él, ¿acaso no veía perfectamente, como en una radiografía, el esqueleto de la necesidad que aquel joven sentía de impresionar a los comensales,

semejante a una sombra muy oscura en la niebla de su carne, aquella ligera niebla con que las convenciones habían recubierto su ardiente deseo de intervenir en la conversación? Pero, pensó, entornando mucho los ojos de aspecto oriental, y recordando cómo despreciaba a las mujeres («No saben ni pintar, ni escribir»), ¿por qué tendría que ayudarlo a satisfacer esa necesidad?

Existe un código de comportamiento, conocido por Lily, cuyo artículo séptimo dice (probablemente) que en una ocasión así corresponde a la mujer, cualquiera que sea su ocupación, salir en ayuda del joven que tiene delante de manera que este pueda exhibir el esqueleto de su vanidad y satisfacer su urgente deseo de afirmación personal; de la misma manera, se hizo la reflexión con ecuanimidad de solterona, esos jóvenes están obligados a ayudarnos en el caso hipotético de un incendio en el metro. Si eso sucediera, pensó, esperaría sin duda que el señor Tansley me sacara de allí. Pero ¿qué pasaría, se preguntó, si ninguno de los dos cumpliera su parte en el trato? Así que siguió sin intervenir, sonriendo.

—¿No estarás planeando ir al faro, verdad, Lily? —preguntó la señora Ramsay—. Acuérdate del pobre señor Langley; había dado la vuelta al mundo una docena de veces, pero me contó que nunca había sufrido tanto como cuando mi marido lo llevó allí. ¿Es usted buen marinero, señor Tansley?

El señor Tansley alzó un martillo y lo balanceó en el aire; pero al darse cuenta, mientras descendía, de que no podría aplastar aquella mariposa con semejante instrumento, se limitó a afirmar que no se había mareado nunca.

Si bien en aquella frase estaba encerrado, en forma compacta, como pólvora, el hecho de que su abuelo era pescador y su padre boticario, el de que él se había abierto camino exclusivamente con su esfuerzo personal y estaba orgulloso de ello y el de que era Charles Tansley, algo de lo que allí nadie parecía darse cuenta, pero que tendrían ocasión de comprobar el día menos pensado. Frunció el entrecejo pensando en el futuro. Casi le daban pena aquellas personas tan cultivadas y apacibles que más pronto o más tarde saltarían por los aires, como balas de algodón o barriles de manzanas, cuando estallase la pólvora que él llevaba dentro.

—¿Me llevará con usted, señor Tansley? —preguntó Lily al instante, amablemente, ya que, por supuesto, si la señora Ramsay le decía, como de hecho lo estaba haciendo, «Me ahogo, querida, en mares de fuego. A no ser que apliques algún bálsamo a la angustia de este momento y digas algo agradable a ese joven que tienes ahí delante, la vida se estrellará contra los arrecifes; de hecho ya oigo los chirridos y el retumbar de las olas en este instante. Tengo los nervios tan tensos como cuerdas de violín. Un golpe más y saltarán…». Cuando la señora Ramsay decía todo aquello, como se lo estaba diciendo su mirada, Lily Briscoe, por supuesto, renunciaba por enésima vez a su experimento (qué sucede si una no es amable con el joven que tiene delante) y volvía a mostrarse conciliadora.

Charles Tansley hizo una apreciación correcta del cambio de humor de Lily diciendo que su actitud era ya amistosa —y, libre de la preocupación de defender su yo, le contó que solían tirarlo al agua de pequeño, que su padre lo sacaba del mar con un bichero y que fue así como aprendió a nadar

—. Uno de sus tíos era farero en algún promontorio de la costa de Escocia, dijo. Había estado allí con él durante una tempestad. Esto último lo dijo en voz muy alta durante una pausa en la conversación general. Tuvieron que escucharle cuando dijo que había estado con su tío en un faro durante una tempestad. Ah, pensó Lily Briscoe, cuando la conversación tomó aquel rumbo favorable y sintió la gratitud de la señora Ramsay (que ahora era libre de hablar un momento por su cuenta), ah, pensó, ¡si supiera lo que me ha costado! No había sido sincera. Había utilizado su estratagema habitual: mostrarse amable. Nunca conocería a Charles Tansley. Y él nunca la conocería. Las relaciones humanas eran así, pensó, y ninguna peor (de no haber sido por el señor Bankes) que las relaciones, extraordinariamente insinceras, inevitablemente, entre hombres y mujeres. Después reparó en el salero, ya que ella misma lo había colocado a modo de recordatorio; a la mañana siguiente movería el árbol más hacia el centro del cuadro y, sintiéndose muy animada ante la idea de pintar al día siguiente, rio en voz alta de lo que el señor Tansley estaba contando. Que hablara toda la noche si era eso lo que quería.

—¿Cuánto tiempo seguido trabaja un farero? —preguntó. Tansley se lo dijo. Estaba asombrosamente bien informado. Y puesto que, movido por el agradecimiento, aquel joven veía a Lily con simpatía y empezaba a pasarlo bien, era el momento, pensó la señora Ramsay, de que regresara a aquel mundo de ensueño, a aquel lugar, irreal pero fascinante, que era el salón de los Manning en Marlow veinte años atrás; un lugar que se podía recorrer sin prisa ni ansiedad, porque allí no había ningún futuro que pudiera preocuparle. Sabía lo que les había sucedido a los Manning y lo que le había sucedido a ella. Era como leer de nuevo un buen libro, porque ya sabía el final de la historia: todo había sucedido veinte años antes, y la vida, que se derramaba en cascadas incluso desde aquella mesa de comedor, sólo Dios sabía hacia dónde, allí estaba contenida, y permanecía en reposo, como un lago dentro de sus orillas. William aseguraba que habían construido una sala de billar…, ¿sería posible? ¿Estaría dispuesto a seguir hablando de los Manning? Ella quería que lo hiciera. Pero no; por alguna razón ya no estaba de humor. Lo intentó. Pero no obtuvo respuesta. No podía forzarlo. Se sintió decepcionada.

—Los chicos son un desastre —dijo, suspirando. El señor Bankes respondió algo acerca de la puntualidad, virtud secundaria que sólo se adquiere más adelante en la vida.

—Si es que se adquiere —dijo la señora Ramsay únicamente para llenar un hueco, mientras pensaba que William se estaba convirtiendo en toda una solterona. Dándose cuenta de su traición, dándose cuenta de que su anfitriona quería hablar sobre algo más íntimo, pero que él no estaba de humor para ello en aquel momento, el señor Bankes sintió, mientras esperaba, que se le venía encima el lado desagradable de la vida. Quizá los otros estuvieran hablando de algo interesante. ¿Qué decían?

Que aquel año la pesca iba mal y que los trabajadores del sector estaban emigrando. Hablaban de sueldos y de paro. El joven huésped de los Ramsay insultaba al gobierno. William Bankes, pensando en que era un alivio dar con algo como aquello cuando la vida privada resultaba desagradable, le oyó mencionar «uno de los actos más escandalosos del gobierno actual».

Lily escuchaba; la señora Ramsay también; todos escuchaban. Pero,

aburrida ya, Lily sintió que faltaba algo; el señor Bankes también sintió que faltaba algo. Ciñéndose el chal, la señora Ramsay sintió que faltaba algo.

Todos ellos, adelantando el cuerpo para escuchar, pensaban: «Quiera Dios que no se trasluzca lo que tengo en la cabeza», porque cada uno de ellos pensaba: «A los demás les afecta. Se consideran insultados y les indigna lo que el gobierno está haciendo con los pescadores. Pero yo no siento nada».

Aunque quizás, pensó el señor Bankes, mientras miraba al señor Tansley, aquí tenemos al hombre. Siempre se está esperando al hombre. Siempre existe la posibilidad. En cualquier momento puede surgir el líder, el genio, en política como en cualquier otra cosa. Probablemente se mostrará extraordinariamente desagradable con nosotros, los vejestorios, pensó el señor Bankes, haciendo todo lo que estaba en su mano por ser indulgente, ya que sabía, por cierta curiosa sensación corporal, como de nervios erizados en la espalda, que tenía celos, en parte por sí mismo y en parte, más probablemente, por su trabajo, por su punto de vista, por su ciencia; y que, por consiguiente, su actitud no era completamente imparcial ni del todo justa, porque el señor Tansley daba la impresión de estar diciendo: habéis malgastado vuestra vida. Estáis todos equivocados. Pobres vejestorios, estáis irremediablemente anticuados. Aquel joven parecía bastante engreído y sus modales eran pésimos. Pero el señor Bankes se forzó a reconocer que tenía valor, que no carecía de habilidad y que estaba muy bien informado. Probablemente, pensó, mientras Tansley despotricaba contra el gobierno, debe de haber una buena parte de verdad en lo que dice.

—Ahora explíqueme… —dijo. De manera que discutieron sobre política, y Lily contempló la flor bordada en el mantel; y la señora Ramsay, dejando el debate por completo en manos de los dos hombres, se preguntó por qué le aburría tanto aquella conversación, y deseó, mirando a su marido, sentado al otro extremo de la mesa, que dijera algo. Bastaría una palabra, pensó. Porque si decía alguna cosa cambiaría todo. Su marido llegaba al meollo de las cosas. Le preocupaban los pescadores y sus jornales. No dormía pensando en ellos. Todo cambiaba por completo cuando él hablaba, ya que entonces no había que rogar al cielo que el interlocutor no advirtiera la propia falta de interés, porque el interés resurgía. Luego, al darse cuenta

de que estaba esperando a que hablara debido a la gran admiración que le inspiraba, sintió como si alguien hubiera alabado en su presencia a su marido y su matrimonio, y se llenó de satisfacción sin advertir que era ella misma quien había hecho el elogio. Miró al señor Ramsay esperando encontrar todo aquello reflejado en su rostro; debería de tener un aspecto magnífico, pero… ¡ni muchísimo menos! Estaba torciendo la cara, hacía muecas, fruncía el ceño y tenía el rostro encendido por la indignación.

¿Cuál podía ser el motivo?, se preguntó. ¿Qué podía estar pasando? Tan sólo que el bueno de Augustus Carmichael había pedido un segundo plato de sopa: eso era todo. Era impensable, era intolerable (su marido se lo indicaba desde el otro extremo de la mesa) que Augustus se tomara otro plato de sopa. No soportaba que nadie siguiera comiendo cuando él ya había terminado. La señora Ramsay vio que la indignación le ascendía como una jauría de sabuesos hasta los ojos y la frente y presintió que al cabo de un momento se produciría una violenta explosión y que entonces…, pero, afortunadamente, vio que su marido se dominaba y que apretaba con fuerza el freno sobre la rueda y cómo el conjunto de su cuerpo parecía despedir chispas pero no palabras. Siguió haciendo muecas. No había dicho nada, quería que su mujer reparase en ello. ¡Que le concediera el mérito que tenía! Pero ¿por qué, después de todo, no iba a poder pedir un segundo plato de sopa el pobre Augustus? Se había limitado a tocar a Ellen en el brazo y a decirle:

—Ellen, por favor, un poco más de sopa —y el señor Ramsay había empezado a poner caras.

¿Y por qué no?, se preguntó la señora Ramsay. Sin duda podían dejar a Augustus que se sirviera sopa una segunda vez si le apetecía. Le repugnaba la gente que se hartaba de comer, le transmitió el señor Ramsay con un fruncimiento de cejas. Le molestaba todo lo que se alargaba horas y horas, como aquello. Pero había logrado controlarse, el señor Ramsay quería que su mujer lo advirtiera, aunque el espectáculo era asqueante. Pero por qué manifestarlo con tanta claridad, preguntó la señora Ramsay (se miraban desde los extremos de la mesa, mandándose de un lado a otro todas aquellas preguntas y respuestas, los dos reconociendo con exactitud los sentimientos

del otro). Todo el mundo lo veía, pensó la señora Ramsay. Estaba Rose, sin ir más lejos, mirando fijamente a su padre; estaba Roger; los dos empezarían a retorcerse de risa en menos de un segundo, estaba segura, de manera que dijo de inmediato (ya era el momento de hacerlo, de todas formas):

—Encended las velas —con lo que los dos se pusieron en pie de un salto y empezaron a rebuscar en el aparador.

¿Por qué su marido no era nunca capaz de disimular sus sentimientos?, se preguntó la señora Ramsay; y también se preguntó si Augustus Carmichael se habría dado cuenta. Tal vez sí; tal vez no. No podía por menos de admirar la compostura con que seguía allí, tomándose la sopa. Si quería sopa, la pedía. Le daba lo mismo que la gente se riera de él o se enfadase. No sentía afecto por ella, estaba convencida; pero en parte por esa misma razón lo respetaba; y al verlo tomándose la sopa, voluminoso y tranquilo, a la luz del crepúsculo, monumental y contemplativo, se preguntó qué sentía entonces, y por qué estaba siempre contento y parecía tan digno; pensó también en el mucho afecto que tenía a Andrew, y cómo lo llamaba a su cuarto y le «enseñaba cosas», según explicaba Andrew. Luego se pasaba todo el día tumbado en el césped, reflexionando probablemente sobre su poesía, hasta que conseguía que uno se acordara de un gato vigilando pájaros, y luego juntaba las zarpas cuando había encontrado la palabra, y su marido decía, «El bueno de Augustus es un verdadero poeta», lo que era una gran alabanza, tratándose del señor Ramsay.

Ahora había ya ocho velas sobre la mesa y, después de las primeras vacilaciones, las llamas se irguieron, haciendo visible la totalidad de la larga mesa y, en el centro, una bandeja de fruta amarilla y morada. Cómo lo habría conseguido Rose, se preguntó la señora Ramsay, porque la distribución de las uvas y de las peras, de la concha marina erizada de cuernos y delicadamente rosa en su interior, de los plátanos, le hicieron pensar en un trofeo sacado del fondo del mar, en el banquete de Neptuno, en el racimo que cuelga, rodeado de hojas de parra, sobre el hombro de Baco (en algún cuadro), entre las pieles de leopardo y el resplandor rojo y dorado de las antorchas… Aquella fuente, al adquirir repentina corporeidad

bajo la luz, dio la impresión de poseer gran tamaño e ilimitada profundidad; era como un mundo ante el que existía la posibilidad de coger un bastón e iniciar la ascensión por sus colinas, pensó la señora Ramsay, descendiendo luego hasta sus valles y, para deleite suyo (porque les daba un momentáneo interés común) advirtió que también Augustus se regalaba la vista con la bandeja de fruta, se sumergía en ella, cortaba aquí una flor, allí una espiga, y regresaba, después del banquete, a su colmena. Era la manera de mirar de Augustus, diferente de la suya. Pero el hecho de mirar lo mismo les unía.

Ya estaban encendidas todas las velas y la luz acercaba los rostros situados a ambos lados de la mesa, creando, como no había sido posible durante el crepúsculo, un grupo unido; y es que ahora los cristales dejaban fuera la noche, porque lejos de dar una visión exacta del mundo exterior, lo ondulaban de una manera tan extraña que el interior del comedor parecía el reino del orden y de la tierra firme, mientras que del otro lado sólo existía un reflejo en el que las cosas temblaban y desaparecían como en un mundo acuático.

De inmediato se produjo un cambio en todos ellos, como si aquella transformación fuese real, y todos supieran que, juntos, formaban un grupo en una oquedad, en una isla; que tenían que hacer causa común contra aquella inestabilidad exterior. La señora Ramsay, que había estado inquieta, esperando a que Paul y Minta hicieran su aparición, e incapaz de participar con calma en lo que sucedía a su alrededor, sintió que su desasosiego se convertía en esperanza. Porque tenían que llegar ya, y Lily Briscoe, al tratar de analizar la causa de aquella repentina alegría, la comparó con el momento en la pista de tenis cuando la solidez desaparece repentinamente y se extienden entre los jugadores los mismos espacios inconmensurables; y ahora se conseguía el mismo efecto con la abundancia de velas en el comedor escasamente amueblado, las ventanas sin cortinas y el resplandor, como de máscaras, de los rostros vistos a la luz de las velas. Se les había quitado un peso de encima a todos, pensó que podía suceder cualquier cosa.

Tienen que presentarse ahora, se dijo la señora Ramsay, mirando hacia la puerta y, en aquel instante, llegaron juntos Minta Doyle, Paul Rayley y una doncella que traía una gran bandeja. Se habían retrasado muchísimo;

llegaban terriblemente tarde, dijo Minta, mientras los dos encontraban acomodo en extremos opuestos de la mesa.

—He perdido mi broche…, el broche de mi abuela —dijo Minta con entonación compungida y un atisbo de humedad en sus grandes ojos castaños, alzándolos y bajándolos mientras se sentaba junto al señor Ramsay, que avivó su caballerosidad hasta el punto de bromear con ella.

¿Cómo podía ser tan pava, le preguntó, para gatear por las rocas cargada de joyas?

Se daba por supuesto que a Minta la aterraba el señor Ramsay, por tratarse de un hombre tan sumamente inteligente y, la primera noche, cuando se sentó a su lado, y él le habló sobre George Eliot, se asustó de verdad, porque se había dejado en el tren el tercer volumen de Middlemarch y nunca llegó a saber lo que sucedía al final; pero a partir de entonces se llevaban estupendamente y ella se fingía aún más ignorante de lo que era en realidad, porque al señor Ramsay le gustaba decirle que era tonta. Y aquella noche dejó de tener miedo tan pronto como se rio de ella. Supo, además, al entrar en el comedor, que se había producido el milagro, que iba envuelta en la neblina dorada. Unas veces le sucedía y otras no. Nunca sabía por qué aparecía ni por qué se disipaba, ni tampoco si la acompañaba hasta entrar en una habitación; pero después lo sabía al instante por la manera en que la miraban algunos hombres. Sí, aquella noche iba envuelta en ella y la neblina era muy intensa; lo supo por la manera que tuvo el señor Ramsay de decirle que no fuese tan tonta. Minta se sentó a su lado, sonriendo.

Debe de hacer sucedido, pensó la señora Ramsay; se han prometido. Y, por un momento, sintió lo que nunca esperaba volver a sentir: celos. Porque él, su marido, captó también el resplandor de Minta; al señor Ramsay le gustaban aquellas muchachas de color dorado rojizo, con un algo flameante, algo un poco insensato y atolondrado, que no llevaban el pelo tirante y que no eran, como decía de la pobre Lily Briscoe, «muy poquita cosa». Tenían ciertas cualidades que a ella le faltaban, cierto brillo, cierta suntuosidad, que atraía a su marido, que le divertía, que le llevaba a convertir en preferidas suyas a muchachas como Minta, por lo que les permitía que le cortaran el pelo, que le trenzaran cadenas para el reloj o que le interrumpieran durante

su trabajo, llamándolo (ella las oía) con un «Vamos, señor Ramsay, ahora nos toca a nosotros ganarle», con lo que conseguían que saliera a jugar al tenis.

Pero no tenía celos, por supuesto; tan sólo, en ocasiones, cuando se forzaba a mirarse en el espejo, se sentía un poco molesta porque quizá tenía la culpa de haber envejecido. (La factura por la reparación del invernadero y todo lo demás). Les agradecía que se rieran de él («¿Cuántas pipas ha fumado hoy, señor Ramsay?» y otras cosas por el estilo) hasta lograr que pareciera un hombre joven; un hombre de gran atractivo para las mujeres, que no estaba ni abrumado ni oprimido por la importancia de su tarea ni por las desgracias del mundo ni por su fama ni por sus fracasos, sino de nuevo como ella lo había conocido, demacrado pero caballeroso; ayudándola, lo recordaba muy bien, a saltar a tierra desde un bote; con modales encantadores, como ahora (lo miró, y parecía asombrosamente joven, bromeando con Minta). A ella —«Ponlo ahí», dijo, ayudando a la chica suiza a colocar con mucho cuidado delante de ella la enorme olla marrón donde se encontraba el boeuf en daube—, por su parte, le gustaban los tontitos. Paul se tenía que sentar a su lado. Le había guardado el sitio. A veces, realmente, estaba convencida de que le gustaban más los tontos, que tenían la virtud de no importunarla con sus tesis. ¡Cuánto se perdían, después de todo, aquellos hombres tan inteligentes! Qué secos se quedaban, al fin y a la postre. Había algo muy agradable en Paul, pensó mientras su huésped se sentaba. Sus modales le resultaban encantadores, al igual que su nariz afilada y sus brillantes ojos azules. ¡Era tan atento! ¿Le diría —ahora que todo el mundo hablaba de nuevo— lo que había sucedido?

—Volvimos atrás para buscar el broche de Minta —dijo Paul, sentándose a su lado. Bastaba con aquella utilización de la primera persona del plural. La señora Ramsay captó por el esfuerzo, por la elevación de la voz para superar una palabra difícil, que era la primera vez que la usaba.

Hicimos esto, hicimos lo de más allá. Lo dirían el resto de su vida, pensó, y un exquisito aroma a olivas, aceite y salsa salió de la gran olla marrón cuando Marthe, con un gesto levemente teatral, alzó la tapa. La cocinera se había pasado tres días confeccionando aquel plato. Y ella tendría que

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