Al faro

Virginia Woolf · Capítulo 1 de 3 · parte 3/5

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Al faro

1. La ventana

Este capítulo es largo, así que está dividido en 5 partes.

No sucedió nada, nada en absoluto, cuando apoyó la cabeza en la rodilla de la señora Ramsay. Y, sin embargo, ella sabía que en el corazón de su anfitriona se acumulaban conocimientos y sabiduría. ¿Cómo, siendo así, se preguntó, se podía llegar a saber algo de la gente, cuando resulta que todas las personas están herméticamente cerradas? Tan sólo a la manera de una abeja que, atraída por un algo de dulzura o de intensidad en el aire, imperceptible al tacto o al gusto, rondase la colmena con forma de cúpula, corriese, sola, la extensión del aire sobre los países del mundo y luego empezara a frecuentar las colmenas con sus murmullos y su agitación; las colmenas que eran las personas. La señora Ramsay se puso en pie. Lily hizo lo mismo. La señora Ramsay salió. Durante días quedaron suspendidos

alrededor de su anfitriona —como se siente después de un sueño algún cambio sutil en la persona con la que se ha soñado— sonidos y murmullos y, al sentarse en el sillón de mimbre junto a la ventana del cuarto de estar, quedaba revestida, a ojos de Lily, de una forma augusta; la forma de una cúpula.

Aquella mirada fue directamente, junto con la mirada del señor Bankes, hasta la señora Ramsay, que leía, sentada en el hueco de la ventana, con James a su lado. Pero ahora, aunque Lily miraba aún, el señor Bankes, que había terminado, se puso los lentes y dio un paso atrás. Había alzado la mano y entornado ligeramente los ojos, de un azul muy claro, cuando Lily, despertándose, vio lo que se disponía a hacer, y se encogió como un perro que ve una mano levantada para golpearlo. Hubiera retirado bruscamente el cuadro del caballete, pero se dijo, hay que permitirlo. Se dio ánimos para soportar la terrible prueba de que alguien contemplara su trabajo. Hay que permitirlo, se dijo, hay que permitirlo. Y si el cuadro tenía que ser objeto de escrutinio, el señor Bankes resultaba menos sobrecogedor que otras personas. Porque pensar en que otros ojos vieran los residuos de sus treinta y tres años, el sedimento del vivir cotidiano, mezclados con algo más secreto y más íntimo que todo lo que ella había dicho o había mostrado en el transcurso de aquellos días, le producía un sufrimiento intolerable. Y era, al mismo tiempo, extraordinariamente emocionante.

Nadie hubiera podido comportarse con más calma y seguridad. El señor Bankes sacó el cortaplumas del bolsillo y dio unos golpecitos en el lienzo con el mango de hueso. ¿Qué quería indicar Lily situando aquella forma triangular morada, «precisamente ahí»?, preguntó.

Era la señora Ramsay leyéndole a James, respondió ella. No se le escapaba su objeción: el hecho de que nadie pudiera reconocer unas formas humanas. Pero no se había propuesto conseguir un parecido, dijo ella. ¿Por qué entonces, incorporar al cuadro aquellas dos personas?, preguntó el señor Bankes. ¿Por qué, efectivamente? Tan sólo porque en un rincón había mucha luz y en el otro Lily sentía que necesitaba oscuridad. Sencillo, obvio, vulgar, a todas luces, pero el señor Bankes se mostró interesado. En ese caso, madre e hijo —objetos de veneración universal y, además, en este

caso, la madre famosa por su belleza— podían quedar reducidos, reflexionó, a una sombra morada sin cometer por ello un pecado de irreverencia.

Pero el cuadro no los representaba, dijo Lily. O, al menos, no en aquel sentido. Había otros sentidos, además, que permitían reverenciarlos.

Mediante una sombra aquí y una luz allí, por ejemplo. Su homenaje adoptaba aquella forma, si es que, como ella suponía vagamente, un cuadro tenía que ser un homenaje. Una madre y su hijo pueden quedar, sin irreverencia, reducidos a una sombra. Una luz aquí exigía una sombra allí.

El señor Bankes meditó. Estaba interesado. Lo aceptó científicamente con total buena fe. La verdad era que todos sus prejuicios estaban del otro lado, explicó. El cuadro de mayores dimensiones que colgaba en un salón, cuadro elogiado por pintores y valorado a un precio superior al que había pagado por él, representaba a unos cerezos en flor en las orillas del Kennet. Había pasado su luna de miel en las orillas del Kennet, explicó. Lily debía ir a su casa y ver aquel cuadro, dijo. Pero ahora…, se volvió, con los lentes alzados para realizar el examen científico del lienzo que tenía delante. Si se trataba de una cuestión de relaciones de volúmenes, de luces y sombras, lo que, a fuer de sincero, nunca había considerado antes, le gustaría que se le explicara: ¿qué era lo que Lily se proponía con aquello? E indicó la escena representada en el cuadro. Lily miró. No podía mostrarle lo que se proponía con aquello, porque ni siquiera ella misma era capaz de verlo sin un pincel en la mano. Adoptó una vez más su habitual postura pictórica con la mirada perdida y el gesto distraído, subordinando todas sus impresiones femeninas a algo mucho más general; con lo que la escena, bajo la fuerza de aquella visión que tuvo con toda claridad en una ocasión y que ahora se esforzaba por recuperar a tientas entre setos y casas y madres e hijos, se convirtió de nuevo en su cuadro. El problema, recordó, era cómo conectar este volumen de la derecha con aquel otro de la izquierda. Podía lograrlo atravesando el espacio con la línea de la rama de esta manera; o romper el vacío del primer término por medio de un objeto (James quizá) de esa otra. Pero el peligro estribaba en que al hacerlo se quebraba la unidad del todo. Se detuvo; no

quería aburrir al señor Bankes; con gesto alegre retiró el lienzo del caballete.

Pero ya lo habían visto; el cuadro le había sido arrebatado. Aquel hombre había compartido con ella algo muy íntimo. Y, dándole las gracias por ello al señor Ramsay y también a la señora Ramsay, así como a la hora y al lugar, concediendo al mundo un poder que no había sospechado, la posibilidad de alejarse por aquella larga galería no en la soledad, sino del brazo con alguien —el sentimiento más extraño del mundo y el más jubiloso—, Lily apretó el cierre de su caja de pinturas con más energía de la necesaria, y el chasquido pareció rodear en un círculo y para siempre la caja de pinturas, el césped, al señor Bankes y a Cam, aquella absurda delincuente, que pasó por allí a toda velocidad.

10

Porque Cam pasó a dos centímetros del caballete; no estaba dispuesta a detenerse ni por el señor Bankes ni por Lily Briscoe, pese a que el primero, que hubiera querido tener una hija, extendió la mano; tampoco se detuvo al ver a su padre, con quien estuvo igualmente a punto de tropezar; ni respondió a la llamada de su madre, quien, cuando pasó velozmente por delante de ella, le gritó: «¡Cam! ¡Te necesito un momento!». La niña desapareció como un pájaro, un proyectil, una flecha, ¿quién sabría decir impulsada por qué deseo, disparada por quién, dirigida hacia dónde? ¿Qué sucede?, se preguntó la señora Ramsay, siguiéndola con los ojos. Podía ser una visión: una concha, una carretilla, un reino de hadas al otro lado del seto; o podía ser el esplendor de la velocidad; nadie lo sabía. Pero cuando la señora Ramsay exclamó «¡Cam!» por segunda vez, el proyectil se detuvo a mitad de carrera para dirigirse hacia su madre con paso cansino, no sin antes arrancar una hoja de la primera planta que tuvo a mano.

Con qué estaría soñando, se preguntó la señora Ramsay, al verla enfrascada, inmóvil delante de ella, en alguna idea suya, por lo que tuvo que repetirle dos veces el mensaje: preguntar a Mildred si Andrew, la

señorita Doyle y el señor Rayley habían vuelto ya. Se diría que las palabras caían en un pozo, donde, aunque el agua fuese trasparente, tenía un efecto tan extraordinariamente distorsionante que, incluso mientras descendían, se las veía retorcerse para crear Dios sabe qué dibujo en el suelo de la mente infantil. ¿Qué recado transmitiría Cam a la cocinera?, se preguntó la señora Ramsay. Y de hecho sólo después de esperar pacientemente y de informarse de que en la cocina había una anciana de mejillas muy coloradas, que tomaba sopa en un cuenco, la señora Ramsay logró poner en marcha el instinto de lorito de su hija, que le había permitido recoger las palabras de Mildred con notable precisión, capacitándola para repetirlas, si se esperaba lo suficiente, en un monótono sonsonete. Cambiando el peso del cuerpo de un pie a otro, Cam salmodió: «No, no han vuelto, y le he dicho a Ellen que retire las cosas del té».

De manera que Minta Doyle y Paul Rayley no habían vuelto aún. Lo que sólo podía querer decir una cosa, pensó la señora Ramsay. Tiene que aceptarlo o darle calabazas. Salir a pasear después del almuerzo, aunque Andrew los acompañara, ¿qué podía querer decir, excepto que Minta había decidido, acertadamente, pensó la señora Ramsay (y le tenía mucho, muchísimo cariño a Minta), dar el sí a aquel excelente muchacho? Quizá Paul no fuese brillante, aunque, a decir verdad, pensó la señora Ramsay, dándose cuenta de que James le tiraba de la ropa para que siguiera leyéndole «La mujer del pescador», en lo más hondo del corazón prefería infinitamente los bobos a los hombres inteligentes que escribían tesis, Charles Tansley, por ejemplo. De todas formas, tenía que haber sucedido ya, de un modo o de otro, para entonces.

Pero leyó: «A la mañana siguiente la esposa se despertó antes, cuando apenas empezaba a clarear y, desde la cama, vio el hermoso país que se extendía ante ella. Su marido estaba aún desperezándose…».

Aunque, ¿cómo iba Minta a decir, después del tiempo transcurrido, que no lo quería? No podía hacerlo si aceptaba pasar las tardes enteras con él andando por el campo (porque Andrew se iría tras sus cangrejos), aunque era posible que Nancy estuviera con ellos. Trató de recobrar la imagen de los dos en la puerta del vestíbulo después del almuerzo. Allí se habían

detenido, mirando al cielo, dubitativos acerca del tiempo, y ella había dicho, pensando en parte en disimular su timidez y en parte en animarlos a marcharse (porque sus preferencias se inclinaban del lado de Paul):

—No hay ni una nube en muchos kilómetros a la redonda —a raíz de lo cual no se le escapó que el insignificante Charles Tansley, que los había seguido, dejaba escapar una risita disimulada. Pero lo había dicho con toda intención. Aunque al examinarlos mentalmente, y pasar del uno al otro, no lograba averiguar si Nancy estaba o no estaba con ellos.

Siguió leyendo: «“Ah, esposa —dijo el hombre—, ¿por qué tendríamos que ser reyes? Yo no quiero ser rey”. “Bueno —dijo la esposa—, si tú no quieres ser rey, lo seré yo; ve a ver a la Platija, porque yo seré rey”».

—Entra o sal, Cam —dijo la señora Ramsay, sabiendo que a Cam le atraía únicamente la palabra platija y que al cabo de un momento se impacientaría y se pelearía con James como de costumbre. Cam salió disparada. La señora Ramsay siguió leyendo, aliviada, porque James y ella tenían gustos comunes y estaban bien juntos.

«Y cuando llegó al mar, lo encontró de un color gris muy oscuro, y el agua surgía de lo más hondo y olía a podrido. Entonces se acercó a la orilla y dijo:

Ven, te ruego, acude a mí,

platija del fondo del mar,

que mi esposa, la buena Ilsabil,

sólo quiere hacer su voluntad.

»“Bien, ¿y qué es lo que pide entonces?”, dijo la Platija». Pero ¿dónde estaban ahora?, se preguntó la señora Ramsay, leyendo y pensando, haciendo ambas cosas al mismo tiempo sin el menor problema; porque «La mujer del pescador» era como el violín que acompaña dulcemente un aire, pero que, de cuando en cuando, se mezcla inesperadamente con la melodía.

¿Y cuándo iban a decírselo a ella? Si no sucedía nada tendría que hablar seriamente con Minta. No podía vagabundear por toda la zona, incluso

aunque Nancy estuviera con ellos (intentó de nuevo, sin éxito, verlos con la imaginación cuando se alejaban por el camino, y contarlos). Era responsable ante los padres de Minta: el Búho y el Atizador. Mientras leía le cruzaron por la cabeza los apodos que ella misma les había puesto. El Búho y el Atizador…, sí, se enfadarían bastante si oyeran —y, sin duda, acabaría por llegar a sus oídos— que Minta, durante su estancia con los Ramsay, había sido vista, etcétera, etcétera, etcétera. «Él llevaba una peluca en la Cámara de los Comunes y ella le fue de gran ayuda en lo alto de las escaleras», repitió, sacándose al matrimonio del fondo de la mente con una frase que, al regresar de alguna fiesta, había compuesto para divertir a su marido. Señor, señor, se dijo, ¿cómo se las habían apañado para producir aquella hija tan inconveniente? ¿Minta, un marimacho con un agujero en la media? ¿Cómo podía sobrevivir en aquella casa en la que la doncella estaba siempre empuñando el recogedor para hacer desaparecer la arena que había tirado el loro y donde la conversación quedaba casi enteramente reducida a las hazañas —interesantes, quizá, pero sin duda limitadas— de aquel ave?

Como era lógico, se la había invitado a almorzar, a tomar el té, a cenar y, finalmente, a pasar una temporada con ellos en Finlay, lo que había provocado ciertas fricciones con el Búho, la madre, y más visitas, conversaciones y arena; al final de todo ello la señora Ramsay había dicho suficientes mentiras sobre loros para llenar toda una vida (eso era lo que le había asegurado a su marido aquella noche, al regresar de la fiesta). Sin embargo, Minta había venido con ellos… Sí, había venido, pensó la señora Ramsay, sospechando la presencia de alguna espina en la maraña de aquella historia; al desenredar los hilos descubrió que se trataba de lo siguiente: en una ocasión cierta señora la había acusado de «robarle el afecto de su hija»; algo de lo que dijera la señora Doyle hizo que recordase aquella acusación.

Voluntad de dominio, deseos de interferencia, ansias de que las personas hicieran lo que ella quería; esa era la acusación, sumamente injusta según ella. ¿Podía dejar de ser como era? Nadie se atrevería a acusarla de esforzarse por impresionar a nadie. Se avergonzaba con frecuencia de cómo iba vestida. Y no era ni dominante ni tiránica. Estaban mucho más cerca de la verdad si se referían a los hospitales, el saneamiento y la leche. A la

señora Ramsay le apasionaba aquel tipo de cosas, y le habría gustado, si hubiera estado a su alcance, coger a la gente por el cogote y obligarla a ver.

Ni un solo hospital en toda la isla. Era una vergüenza. La leche, que en Londres, además, le llevaban a uno a casa, allí tenía un color decididamente marrón a causa de la suciedad. Cosas así no deberían estar permitidas. Le hubiera gustado poner en marcha una lechería modelo y un hospital. Pero

¿cómo? ¿Con todos aquellos hijos? Quizá tuviera tiempo cuando fuesen mayores, cuando todos estudiaran internos.

Aunque en realidad no tenía el menor deseo de que James se hiciera mayor, que tuviera ni siquiera un día más, y lo mismo le sucedía con Cam.

Le hubiera gustado conservarlos a los dos para siempre tal como eran, demonios de perversidad, ángeles de dicha, sin dejarles nunca crecer para convertirse en monstruos de largas piernas. Nada compensaba de aquella pérdida. Al leerle a James en aquel preciso momento «había gran número de soldados con timbales y trompetas» y ver cómo se le oscurecían los ojos, pensó: ¿por qué tiene que crecer y perderlo todo? Era el mejor dotado, el más sensible de sus hijos. Aunque, en realidad, todos prometían muchísimo.

Prue, un ángel para los demás y, a veces, ya, especialmente de noche, capaz de cortarle a cualquiera la respiración con su belleza. Andrew: su mismo padre reconocía que estaba excepcionalmente dotado para las matemáticas.

Y Nancy y Roger, criaturas salvajes todavía, correteando de la mañana a la noche por los alrededores. La boca de Rose era demasiado grande, pero tenía unas manos maravillosamente hábiles. Si representaban escenas jugando a los acertijos, Rose hacía los trajes y todo lo necesario; lo que más le gustaba era adornar la mesa, colocar las flores o disponer cualquier otra cosa. A la señora Ramsay no le gustaba que Jasper tuviera la manía de disparar contra los pájaros, pero no era más que una etapa; todos pasaban por distintas etapas. ¿Por qué, se preguntó, apretando la barbilla contra la cabeza de James, tienen que crecer tan deprisa? ¿Por qué han de ir al colegio? Le hubiera gustado tener siempre un bebé en casa. Nunca era tan feliz como con uno en brazos. Que la gente dijese luego, si les apetecía, que era tiránica, dominante, autoritaria; a ella le daba igual. Y, besando el cabello de su hijo, pensó: nunca volverá a ser tan feliz, pero se detuvo

bruscamente, recordando lo mucho que su marido se enfadaba cuando le oía decir aquello. Sin embargo, era verdad. Eran más felices ahora. Un juego de té de diez peniques hacía feliz a Cam durante días. Les oía dar zapatazos y gritar entusiasmados en el piso de arriba tan pronto como se despertaban.

Recorrían el pasillo a toda prisa, se abría la puerta de golpe y allí estaban, frescos como rosas, abriendo mucho los ojos, completamente despiertos, como si aquel entrar en el comedor después del desayuno, algo que hacían todos los días de su vida, fuese para ellos un verdadero acontecimiento; y así sucesivamente, una cosa tras otra, a todo lo largo del día, hasta que subía a darles las buenas noches y los encontraba atrapados en sus literas como pájaros entre cerezas y frambuesas, todavía inventando historias acerca de alguna menudencia: algo que habían oído, algo que habían encontrado en el jardín. Todos tenían sus pequeños tesoros… De manera que bajaba y le decía a su marido: ¿Por qué tienen que crecer y perderlo todo? Nunca volverán a ser tan felices. Y el señor Ramsay se enfadaba. ¿A qué viene adoptar una postura tan sombría ante la vida?, decía. No es razonable.

Porque resultaba extraño, pero estaba convencida: su marido, pese a toda su melancolía y desesperación, era, en conjunto, más feliz y más optimista que ella. Se hallaba menos expuesto a las preocupaciones cotidianas; quizá se tratara de eso. Siempre contaba con su trabajo como refugio. Aunque tampoco era cierto que ella fuese «pesimista», que era de lo que la acusaba su marido. Al pensar en la vida aparecía ante sus ojos una estrecha franja de tiempo, sus cincuenta años. Allí estaba, delante de ella, la vida. La vida: se puso a pensar, pero el pensamiento quedó sin conclusión. Contempló la vida, porque tenía una clara sensación de su presencia, de una cosa real, privada, que no compartía ni con sus hijos ni con su marido. Entre la vida y ella se producía algo semejante a una transacción: ella estaba de un lado y la vida de otro, y ella siempre procuraba sacar lo mejor de la vida, como la vida lo sacaba de ella; y en ocasiones parlamentaban (cuando ella se quedaba sola); se producían, lo recordaba, grandes escenas de reconciliación; pero, durante la mayor parte del tiempo, extrañamente, tenía que admitir que aquella cosa a la que llamaba vida le parecía terrible, hostil, dispuesta a saltarle a uno encima si se le daba la menor oportunidad.

Estaban los problemas eternos: el sufrimiento, la muerte, los pobres. Incluso en la isla siempre había alguna mujer muriendo de cáncer. Y, sin embargo, les había dicho a todos sus hijos: «Tendréis que pasar por ello». Se lo había dicho incansablemente a ocho personas (y la factura por el invernadero serían cincuenta libras). Por esa razón, sabiendo lo que les esperaba —amor y ambición y ser desdichados y estar solos en sitios horribles—, no podía dejar de preguntarse muchas veces: ¿Por qué tienen que crecer y perderlo todo? Y a continuación se decía, amenazando a la vida con su espada, tonterías. Serán muy felices. Y he aquí, reflexionó, que, pese a encontrarle de nuevo un gusto bastante siniestro a la vida, estaba a punto de hacer que Minta se casara con Paul Rayley; porque, fueran los que fuesen sus sentimientos personales sobre su propia situación, y pese a haberse enfrentado con pruebas que no tenían por qué presentársele a todo el mundo (pruebas que no se detallaba ni a sí misma), se sentía empujada, de forma precipitada, se daba cuenta, casi como si también para ella fuese un medio de evasión, a creer que la gente debía casarse y tener hijos.

Se preguntó si estaba equivocada en aquel punto, y repasó su conducta durante la última o las dos últimas semanas: ¿acaso había presionado a Minta, que sólo tenía veinticuatro años, para que se decidiera? Se sentía incómoda. ¿No era cierto que se había reído de todo aquello? Pero ¿no estaba quizá olvidándose de su gran influencia sobre las personas? El matrimonio requería…, todo tipo de cualidades (la factura del invernadero serían cincuenta libras); una —no hacía falta nombrarla— que era esencial; la que ella compartía con su marido. ¿La tenían Minta y Paul?

«Se puso los pantalones y salió corriendo como un loco», leyó. «Pero fuera se había desatado una gran tormenta y el viento era tan fuerte que apenas lograba mantenerse en pie; vio árboles arrancados, casas volcadas, el temblor de las montañas, rocas arrastradas hasta el mar, un cielo tan negro como la pez, truenos y relámpagos y unas olas tan altas como torres de iglesia o como montañas, y todas cubiertas de espuma blanca en lo más alto».

La señora Ramsay pasó la página; sólo quedaban unas cuantas líneas para el final, de manera que terminaría el cuento, aunque ya hubiera pasado

la hora de acostarse. Se estaba haciendo tarde: se lo indicó la luz del jardín; y la palidez de las flores y un algo gris en las hojas se unieron para despertar en ella un sentimiento de ansiedad. Al principio no se le ocurrió cuál podía ser la causa. Luego lo recordó: Paul, Minta y Andrew no habían regresado aún. Repasó mentalmente el grupito en la terraza, delante de la puerta, contemplando el cielo. Andrew tenía la red y el cesto. Eso significaba que se disponía a pescar cangrejos y otras cosas por el estilo.

También quería decir que treparía por alguna roca y se separaría de los demás. O, al volver en fila india por uno de los estrechos senderos sobre el acantilado, cualquiera de ellos podría dar un paso en falso, rodar por la pendiente y estrellarse. Se estaba haciendo muy de noche.

Pero no permitió que su voz se alterase en lo más mínimo mientras terminaba el cuento y, después de cerrar el libro, sus ojos fijos en los de James, pronunció las últimas palabras como si acabara de inventarlas: «Y

allí siguen viviendo hasta el día de hoy».

—Y ese es el final —dijo; y vio cómo, a medida que el interés por el cuento desaparecía de los ojos de su hijo, algo distinto ocupaba su lugar, una especie de pálido asombro, como el reflejo de una luz, algo que le hacía mirar con fijeza y maravillarse. La señora Ramsay volvió la vista hacia el otro lado de la bahía y allí, efectivamente, llegando con regularidad a través de las olas, primero dos destellos rápidos y a continuación otro más largo, estaba la luz del faro. Lo habían encendido ya.

Al cabo de un momento James le preguntaría «¿Vamos a ir al faro?». Y

ella tendría que decirle «No; mañana, no; tu padre dice que no».

Afortunadamente, Mildred vino a buscarlos y la agitación que siguió bastó para distraerlos. Pero el niño siguió mirando por encima del hombro mientras Mildred se lo llevaba, y la señora Ramsay tuvo la seguridad de que pensaba: mañana no iremos al faro; y el convencimiento de que lo recordaría toda la vida.

11

No, pensó, mientras reunía algunas de las imágenes que James había recortado —una nevera, una segadora, un caballero en traje de noche—, los niños no olvidan nunca. Por eso era tan importante todo lo que se decía y se hacía, y un alivio tan grande que se fueran a la cama. Porque ahora ya no necesitaba pensar en nadie. Podía ser ella misma y estar sola. Y eso era lo que, con frecuencia ya, sentía que necesitaba: tiempo para pensar; en realidad, ni siquiera para pensar: más bien para estar callada, para estar sola.

Todo el existir y el hacer, y lo que había en ello de expansivo, de brillante, de ruidoso, se evaporaba; y había que limitarse, con un sentimiento de solemnidad, a ser uno mismo, un núcleo de oscuridad con forma de cuña, algo invisible a los demás. Siguió tejiendo y erguida en la silla, porque era así como sentía que era ella; y aquel yo, libre de cualquier vínculo, podía emprender las más extrañas aventuras. Cuando la vida se sumergía por un momento, el abanico de la experiencia parecía carecer de límites. Y la señora Ramsay suponía que todo el mundo tenía siempre aquella sensación de recursos ilimitados; todos, uno tras otro, ella misma, Lily, Augustus Carmichael, tenían que comprender que nuestra apariencia, las cosas por las que se nos conoce, son simples chiquilladas. Por debajo, todo está oscuro, todo se extiende, todo es insondablemente profundo; pero de cuando en cuando salimos a la superficie y por eso se nos conoce. A la señora Ramsay su horizonte le parecía no tener límites. Estaban todos los lugares que no había visto; las llanuras de la India; también se veía apartando la gruesa cortina de cuero de una iglesia romana. El núcleo de oscuridad podía ir a cualquier sitio, porque nadie lo veía. Nadie podía detenerlo, pensó, exultante. Allí estaba la libertad, allí estaba la paz, allí estaba —bien más precioso que ningún otro— la posibilidad de recogerse, de descansar sobre una plataforma de estabilidad. De acuerdo con su experiencia, nunca se encontraba descanso en tanto que uno mismo (aquí realizó una maniobra muy hábil con las agujas), pero sí como cuña de oscuridad. Al perder la personalidad se perdía la preocupación, la prisa, la agitación; y siempre le subía hasta los labios alguna exclamación para expresar su triunfo sobre la vida cuando las cosas confluían en aquella paz, aquel descanso, aquella eternidad; y, haciendo una pausa, volvió la vista para encontrarse con el

destello del faro, el destello largo, el último de los tres, que era su destello; porque, siempre, al contemplar las cosas con aquel estado de ánimo a aquella hora del día, resultaba inevitable sentirse especialmente atraída por una de ellas; y aquella cosa, aquel destello largo, era su destello. Con frecuencia se descubría mirando, inmóvil, con la labor entre las manos, hasta convertirse en la cosa que miraba, aquella luz, por ejemplo. Y unida a ella se presentaba alguna frasecita o cosa parecida que yacía en el fondo de su mente, como aquel «Los niños no olvidan, los niños no olvidan», que repetía y a la que empezaba a añadir otras cosas: «Terminará, terminará», decía. «Vendrá, vendrá», para añadir de repente: «Estamos en las manos del Señor».

Pero aquella frase hizo que se enojara de inmediato consigo misma.

¿Quién la había dicho? Ella no; se había visto forzada a decir algo que no quería decir. Miró por encima de la labor, se tropezó con el tercer destello y le pareció que era como si sus ojos se tropezaran con sus ojos, que aquel rayo de luz buscaba en su mente y en su corazón, purificando, hasta privarla de existencia, aquella mentira, cualquier mentira. Se alababa a sí misma al alabar aquella luz, sin vanidad, porque ella era severa, penetrante, bella como aquella luz. Resultaba curioso, pensó, cómo, cuando alguien estaba solo, se apoyaba en las cosas, en las cosas inanimadas; árboles, ríos, flores; sentía que daban expresión a su propio ser, que se convertían en él, que lo conocían; que, en cierta manera, eran él, y sentía de ese modo la misma ternura irracional por las cosas (contempló el largo destello luminoso) que por uno mismo. Desde el suelo de la mente, desde el lago del propio ser se alzaba, surgía, se levantaba —y la señora Ramsay miró y siguió mirando, inmóviles las agujas—, una niebla, una novia para reunirse con su enamorado.

¿Qué era lo que le había llevado a decir «Estamos en las manos del Señor»?, se preguntó. La insinceridad deslizándose entre las verdades la preocupó y la irritó. Reanudó su labor de punto. ¿Cómo podía ningún Señor haber creado un mundo como aquel?, se preguntó. Con la cabeza había sabido desde siempre que no existen razón, orden ni justicia, tan sólo sufrimiento, muerte, pobreza. No había traición lo bastante vil para que el

mundo no la cometiera; lo sabía perfectamente. No existía felicidad duradera; también lo sabía. Siguió tejiendo, serena y firme, apretando ligeramente los labios y, sin darse cuenta, debido a un hábito de austeridad, ordenó de tal manera los rasgos de su rostro que, cuando su marido pasó por delante de la ventana, aunque reía entre dientes con la idea de que Hume, el filósofo, enormemente gordo, se hubiera hundido en una ciénaga, no pudo por menos de advertir la severidad presente en el centro de su belleza.

Aquello le entristeció y su lejanía le apenó, sintiendo, mientras pasaba por delante, que no estaba en condiciones de protegerla, de manera que, cuando llegó junto al seto, le había invadido la tristeza. No podía hacer nada por ayudarla. Tenía que limitarse a verla. La verdad, en toda su crudeza, era que él le hacía la vida más difícil, porque era irritable, picajoso y había perdido la calma con motivo de la excursión al faro. Contempló el seto, estudiando su complejidad, su oscuridad.

La señora Ramsay estaba convencida de que siempre se prescindía de la soledad a regañadientes, echando mano de alguna insignificancia, de un sonido, de un objeto visto. Aguzó el oído, pero todo estaba inmóvil; el críquet había terminado; los chicos se estaban bañando; sólo quedaba el ruido del mar. Dejó de hacer punto y alzó la mano para calcular la longitud de la media de color marrón rojizo. Vio una vez más la luz del faro. Con cierta ironía en la interrogación de su mirada, ya que, por poco que una persona se despierte, siempre descubre un cambio en su relación con las cosas, la señora Ramsay consideró aquella luz tranquila, implacable y sin remordimientos, que era tan parecida a ella y, al mismo tiempo, tan distinta; que la tenía a su servicio (se despertaba por la noche y la veía, inclinada sobre la cama, acariciando el suelo), aunque, pese a todo, pensó, contemplándola fascinada, hipnotizada, como si estuviera acariciando con sus dedos de plata alguna vasija sellada en el interior de su cerebro cuya ruptura la inundaría de gozo, ella había conocido la felicidad, felicidad exquisita, felicidad intensa; consideró la luz que plateaba con intensidad creciente las ásperas olas a medida que la luz de la tarde se esfumaba y el azul desaparecía del mar, ondulado ya en olas de color limón intenso que se curvaban e hinchaban y rompían sobre la playa, y el éxtasis le estalló en los

ojos y olas de puro deleite se precipitaron por el suelo de su mente, y pensó:

¡Ya basta! ¡Ya basta!

Al darse la vuelta, el señor Ramsay la vio. ¡Ah! Era encantadora; más encantadora ahora que nunca, pensó. Pero no podía hablar con ella. No podía interrumpirla. Quería hablarle con urgencia ahora que estaba sola, después de la marcha de James. Pero decidió que no; no la interrumpiría. Su hermosura, su tristeza la distanciaban de él. No la molestaría, por lo que pasó por delante sin decirle nada, aunque le dolía su aspecto tan remoto, y no podía llegar hasta ella, no podía hacer nada por ayudarla. Y hubiera vuelto a pasar por delante en completo silencio si, en aquel preciso momento, la señora Ramsay no le hubiera dado, por propia iniciativa, lo que sabía que él no le pediría nunca, de manera que lo llamó, retiró el chal verde que adornaba el cuadro y se dirigió hacia él. Porque sabía que su marido deseaba protegerla.

12

La señora Ramsay dobló el chal verde para ponérselo sobre los hombros y cogió del brazo a su marido. Era tan guapo, dijo, empezando inmediatamente a hablar de Kennedy, el jardinero, que no se sentía capaz de despedirlo. Había una escalera apoyada en la pared del invernadero, y bultitos de masilla pegados aquí y allá, porque estaban empezando a reparar el techo. Sí; pero mientras seguía paseando con su marido sintió que había localizado un motivo concreto de preocupación. Aunque tenía ya en la punta de la lengua la frase «Costará cincuenta libras», siempre le faltaba valor en cuestiones de dinero, y, en lugar de pronunciarla, habló de Jasper disparando contra los pájaros, y su marido le respondió, tranquilizándola al instante, que era normal en un muchacho de su edad y que confiaba en que hallara pronto mejores maneras de divertirse. ¡El señor Ramsay era una persona tan razonable, tan justa! De manera que dijo: «Sí, todos los niños pasan por etapas», y empezó a pensar en las dabas del macizo más grande, sin saber lo que harían con las flores al año siguiente y preguntándole al

mismo tiempo a su marido si había oído el apodo que los chicos le habían puesto a Charles Tansley. Le llamaban el ateo, el ateíto. «No es un ejemplar muy refinado», dijo el señor Ramsay. «Desde luego que no», respondió la señora Ramsay.

Daba por sentado, dijo la señora Ramsay, que no había ningún inconveniente en dejarle que se las arreglara por su cuenta, meditando al mismo tiempo sobre si serviría de algo enviar bulbos; ¿los plantarían? «Sí, claro, tiene que escribir la tesis», dijo el señor Ramsay. Estaba perfectamente informada sobre aquel punto, explicó la señora Ramsay.

Charles Tansley no hablaba de otra cosa. El tema era la influencia de alguien sobre algo. «A decir verdad, es todo lo que tiene a su favor», dijo el señor Ramsay. «Habrá que pedirle al cielo que no se enamore de Prue», dijo la señora Ramsay. La desheredaría si se casara con él, dijo el señor Ramsay.

No miraba las flores, que su mujer estaba examinando, sino a un punto a unos treinta centímetros por encima. Tansley era inofensivo, añadió, y estaba a punto de añadir que, en cualquier caso, era el único joven de Inglaterra que admiraba su… pero se contuvo. No la molestaría de nuevo con sus libros. Aquellas flores no tenían mal aspecto, dijo el señor Ramsay, bajando la vista y advirtiendo la presencia de algo rojo y de algo marrón. Sí, pero esas las había colocado ella con sus propias manos, dijo la señora Ramsay. El problema era el siguiente: ¿qué pasaría si enviaba bulbos? ¿Los plantaría Kennedy? El problema era su pereza incurable, añadió, prosiguiendo el paseo. Si ella se pasaba todo el día encima de él con una pala en la mano, a veces conseguía que trabajara un poco. Siguieron adelante, hacia los tritomas de color escarlata. «Estás enseñando a tus hijas a exagerar», dijo el señor Ramsay con tono reprobador. Su tía Camilla era mucho peor que ella, hizo notar la señora Ramsay. «No me consta que nadie haya considerado nunca a tu tía Camilla un modelo de virtud», dijo el señor Ramsay. «Era la mujer más hermosa que he conocido», dijo la señora Ramsay. «Eso hay que decirlo de otra persona», respondió el señor Ramsay.

Prue iba a ser mucho más guapa que ella, dijo la señora Ramsay. Su marido respondió que no veía la menor señal de que fuese a ser así. «En ese caso, fíjate en ella esta noche», dijo la señora Ramsay. Se detuvieron un

momento. Al señor Ramsay le gustaría convencer a Andrew para que trabajara con más ahínco. De lo contrario perdería toda posibilidad de una beca. «¡Ah, las becas!», exclamó ella. Al señor Ramsay le pareció una tontería que dijera aquello cuando se hablaba de una cosa tan seria como una beca. Se sentiría muy orgulloso de Andrew si consiguiera una beca, dijo. Ella respondió que no estaría menos orgullosa de él si no la consiguiera. Siempre discrepaban en aquel punto, pero no importaba. A la señora Ramsay le gustaba que su marido creyera en las becas, y a él que su mujer se enorgulleciera de Andrew, hiciera lo que hiciese. De repente la señora Ramsay se acordó de los estrechos senderos que seguían el borde del acantilado.

¿No era ya tarde?, preguntó. Los jóvenes no habían regresado aún. El señor Ramsay consultó distraídamente el reloj. Pero sólo acababan de dar las siete. Lo mantuvo abierto unos momentos, mientras decidía si le contaba a su mujer lo que había sentido en la terraza. Para empezar, no era razonable preocuparse de aquel modo. Andrew sabía cuidarse. A continuación quería decirle que, cuando, poco antes, paseaba por la terraza…, al llegar aquí se sintió incómodo, como si estuviera forzando aquella soledad, aquella reserva, aquella lejanía suya… Pero ella le insistió.

Qué era lo que quería decirle, preguntó, pensando que se trataría de la excursión al faro y de que sentía haber dicho «condenada mujer». Pero no.

No le gustaba que tuviera un aspecto tan triste, dijo. Era sólo que se le iba el santo al cielo, protestó ella, sonrojándose un poco. Los dos se sintieron incómodos, indecisos sobre si seguir adelante o regresar. La señora Ramsay dijo que le había estado leyendo cuentos de hadas a James. No; no podían compartir aquella emoción; no podían decir aquello.

Habían llegado al hueco entre los dos grupos de tritomas de color escarlata, y desde allí se divisaba otra vez el faro, pero la señora Ramsay no estaba dispuesta a mirarlo. Si hubiera sabido que su marido la vigilaba, no hubiera seguido allí sentada, pensando. Le molestaba cualquier cosa que le recordara que el señor Ramsay la había visto quieta, pensando. De manera que miró por encima del hombro, hacia el pueblo. Las luces se ondulaban y corrían como si fueran gotas de plata líquida luchando contra el viento.

Toda la pobreza, todo el sufrimiento se habían convertido en aquello, pensó.

Las luces del pueblo y del puerto y de los barcos eran semejantes a una red fantasmal que flotase allí para señalar algo hundido. Bueno, se dijo el señor Ramsay, si no podía compartir los pensamientos de su mujer, se marcharía para consagrarse a los suyos. Quería seguir pensando, quería contarse la historia de cómo Hume se había hundido en una ciénaga; quería reírse.

Pero, en primer lugar, era absurdo, preocuparse por Andrew. Cuando él tenía la edad de Andrew solía pasear por el campo durante todo el día, sin llevar otra cosa que una galleta en el bolsillo, y nadie se preocupaba por él, ni pensaba que se hubiera caído por un precipicio. Alzó la voz para anunciar que, si no cambiaba el tiempo, se marcharía a la mañana siguiente para caminar durante todo el día. Ya había tenido más que suficiente de Bankes y de Carmichael. Le vendría bien un poco de soledad. Sí, dijo ella.

A él le molestó que su mujer no protestara. La señora Ramsay sabía que no lo haría. Era demasiado viejo para caminar todo el día con sólo una galleta en el bolsillo. Se preocupaba por los chicos, pero no por él. Años atrás, antes de casarse, pensó el señor Ramsay, mirando hacia el otro lado de la bahía, mientras estaban parados entre los grupos de tritomas, caminaba durante todo el día y se alimentaba de pan y queso en una taberna. También trabajaba diez horas seguidas; una anciana asomaba la cabeza por su habitación de cuando en cuando y se ocupaba del fuego. Era la zona que más le gustaba, allí a lo lejos, aquellas colinas de arena que se perdían en la oscuridad. Se podía andar todo un día sin encontrarse con nadie. Apenas había casas y ni un solo pueblo en muchos kilómetros. Se podía pensar en las cosas en completa soledad. Había playitas que nadie había pisado desde el principio del tiempo. Las focas se erguían y te miraban. A veces le parecía que, en una casita, allí lejos, solo…, se interrumpió con un suspiro.

No tenía derecho. Se recordó que era padre de ocho hijos y que sólo un desalmado y un canalla querría cambiar nada. Andrew sería mejor que él.

Prue sería una belleza, decía su madre. Contendrían un poco el flujo del tiempo. En conjunto sus ocho hijos no eran un trabajo despreciable. Ponían de manifiesto que él no condenaba por completo al pobre e insignificante universo, pese a que, en una tarde como aquella, pensó, contemplando la

tierra que se empequeñecía al alejarse, la islita en la que se encontraban resultaba patéticamente pequeña, devorada a medias por el mar.

—¡Bien poca cosa, a decir verdad! —murmuró con un suspiro.

Su mujer le oyó. Siempre decía cosas sumamente melancólicas, pero la señora Ramsay se había fijado en que nada más decirlas parecía más alegre que de ordinario. Para él todas aquellas frases no eran más que un juego, pensó, porque, si ella hubiera dicho la mitad de lo que él decía, ya se habría volado la tapa de los sesos.

Aquella manía de hacer frases le molestaba, y le dijo, con la mayor naturalidad, que la tarde era maravillosa. A continuación procedió a preguntarle que de qué se quejaba, riéndose en parte de él y en parte protestando, porque adivinaba su pensamiento: que habría escrito mejores libros si no se hubiera casado.

No se quejaba, dijo él. Ella sabía que no se quejaba. Sabía que no tenía motivo alguno para quejarse. Y le cogió la mano y se la llevó a los labios y se la besó con una intensidad tal que a la señora Ramsay se le llenaron los ojos de lágrimas y él le soltó la mano enseguida.

Dieron la espalda al paisaje de la bahía y, cogidos del brazo, empezaron a subir por el sendero donde crecían unas plantas semejantes a lanzas, de color plata y verde. El brazo de su marido, delgado y resistente, era casi como el de un joven, aunque ya había cumplido los sesenta, pensó la señora Ramsay, encantada de comprobar su fuerza y de que siguiera tan indomable y optimista, pero sorprendida de que estando convencido, como sin duda lo estaba, de la existencia de tantos horrores, aquel convencimiento, en lugar de deprimirlo, sirviera para darle ánimos. ¿No era extraño?, se preguntó. En ocasiones le parecía que su marido estaba hecho de manera distinta a otras personas; que había nacido ciego, sordo y mudo ante las cosas ordinarias de la vida, pero con vista de águila para las extraordinarias. Su inteligencia le sorprendía con frecuencia. Pero ¿se fijaba en las flores? No. ¿Se fijaba en el paisaje? No. ¿Reparaba alguna vez en la belleza de su propia hija, o se daba cuenta de si era pudding o asado lo que tenía en el plato? Se sentaba con ellos a la mesa como una persona en un sueño. Y la costumbre de hablar

solo o de recitar poesías se estaba convirtiendo, mucho se temía, en una segunda naturaleza; porque a veces resultaba embarazoso: Oh, tú, la mejor y la más radiante, ¡ven conmigo! [4]

La pobre señorita Giddings, cuando oyó que le gritaba aquello, se llevó un susto de muerte. Pero luego, además de ponerse al instante de parte de su marido contra todas las estúpidas Giddings del mundo, luego, pensó la señora Ramsay, al tiempo que señalaba a su esposo con una leve presión en el brazo que subía la pendiente demasiado deprisa para ella, y que tenía que detenerse un momento para ver si las toperas eran recientes, luego, pensó, agachándose para mirar, una mente excepcional como la suya debía de ser diferente de las demás desde cualquier punto de vista. Todos los grandes hombres que había conocido, pensó, llegando a la conclusión de que había entrado un conejo, eran así, y el simple hecho de oírlo, el simple hecho de verlo, era excelente para los jóvenes (aunque ella fuera casi incapaz de soportar la atmósfera cargada y deprimente de las aulas). Pero, si no los cazaban, ¿cómo conseguir que no hubiera demasiados conejos?, se preguntó. Podía ser un conejo, o quizá un topo. En cualquier caso, algún animalillo estaba acabando con sus prímulas. Y, al levantar los ojos, vio por encima de los árboles, todavía jóvenes, el primer destello de la estrella más brillante del cielo, y quiso que su marido también la contemplara, porque a ella le producía un placer muy intenso verla. Pero renunció enseguida. El señor Ramsay nunca miraba las cosas. Si ahora lo hiciera, sería únicamente para decir, «Pobre mundo», con uno de sus suspiros.

En aquel momento, para complacerla, el señor Ramsay dijo

«Espléndidas» y fingió admirar las flores. Pero ella sabía perfectamente que le eran indiferentes o incluso que ni siquiera reparaba en su existencia. Sólo pretendía agradarle… Ah, pero ¿no será Lily Briscoe quien paseaba con William Bankes? A pesar de su miopía, se esforzó por ver mejor la espalda de la pareja que se alejaba. Sí, no había duda, era ella. ¿Y no era señal de

que acabarían casándose? ¡Sí, claro que sí! ¡Qué idea tan estupenda!

¡Tenían que casarse!

13

Había estado en Ámsterdam, le decía el señor Bankes a Lily Briscoe mientras paseaban por el césped. Había visto los cuadros de Rembrandt.

Había estado en Madrid. Desgraciadamente, era viernes santo y encontró cerrado el Museo del Prado. Había estado en Roma. ¿Conocía Roma la señorita Briscoe? Debería… Sería una experiencia maravillosa…, la Capilla Sixtina, Miguel Ángel…, y Padua, con los frescos de Giotto. Su esposa no estaba casi nunca bien de salud, de manera que habían viajado muy poco.

Lily conocía Bruselas y había estado en París, pero sólo en una visita relámpago para ver a una tía enferma. También conocía Dresde; eran muchísimos los cuadros que no había visto; sin embargo, a veces se hacía la reflexión de que quizá fuese mejor no verlos: sólo servían para que uno se sintiera desesperanzadamente descontento con su propio trabajo. El señor Bankes opinó que quizá se podía llevar demasiado lejos aquel punto de vista. No todos podemos ser Tiziano, ni tampoco Darwin, dijo; al mismo tiempo, dudaba de que Darwin y Tiziano hubieran existido de no ser por personas modestas como ellos. A Lily le hubiera gustado hacerle un cumplido; usted no es modesto, señor Bankes, hubiera querido decir. Pero a él no le gustaban los cumplidos (a la mayoría de los hombres, sí, pensó Lily) y se avergonzó un poco de su arranque y guardó silencio, mientras él hacía notar que quizá lo que estaba diciendo no se aplicase a la pintura. De todos modos, dijo Lily, rechazando su pequeña insinceridad, nunca dejaría de pintar, porque la pintura le interesaba. Sí, dijo el señor Bankes, estaba seguro de que sería así y, cuando llegaron al sitio donde se acababa el césped, le preguntó si le resultaba difícil encontrar temas en Londres, pero, al dar la vuelta, vieron a los Ramsay. De manera que eso es el matrimonio, pensó Lily, un hombre y una mujer contemplando a una muchachita que lanza una pelota. Eso fue lo que la señora Ramsay trató de decirme la otra

noche, pensó. Porque la dueña de la casa llevaba un chal verde y los dos estaban muy juntos viendo cómo Prue y Jasper lanzaban y recogían una pelota. Y, de repente, el significado que, sin razón alguna, quizá cuando salen del metro o llaman al timbre, desciende sobre las personas, haciéndolas simbólicas, representativas, descendió sobre ellos, haciéndolos, inmóviles en el crepúsculo, mirando, el símbolo del matrimonio, marido y mujer. Luego, al cabo de un instante, el contorno simbólico que iba más allá de las figuras reales se disipó, y el marido y la esposa volvieron a ser, cuando se reunieron con ellos, el señor y la señora Ramsay, viendo cómo sus hijos lanzaban y recogían una pelota. Pero aún por un momento, aunque la señora Ramsay los obsequió con su sonrisa habitual (ah, se le ha ocurrido que nos vamos a casar, pensó Lily) y dijo: «Esta noche he triunfado», con lo que hacía referencia al hecho de que, por una vez, el señor Bankes hubiera condescendido a cenar con ellos en lugar de escapar a su alojamiento, donde su criado le preparaba bien las verduras; por un momento, todavía, se tuvo la impresión de cosas que habían volado por los aires, de espacio, de irresponsabilidad, mientras la pelota subía muy alto y la seguían hasta perderla y venían la única estrella y las ramas cubiertas de follaje. A la luz del crepúsculo todos parecían nítidamente recortados y etéreos y separados por grandes distancias. Luego corriendo hacia atrás como una flecha sobre el vasto espacio (porque se tenía la impresión de que la solidez había desaparecido por completo), Prue se precipitó de lleno contra ellos y recogió la pelota brillantemente y a gran altura con la mano izquierda, y su madre dijo: «¿No han regresado todavía?», momento en que se rompió el hechizo. El señor Ramsay se sintió ya en libertad para reírse en voz alta de Hume, que se había hundido en una ciénaga y una anciana lo rescató a condición de que rezara el padrenuestro, con lo que, riendo entre dientes, se dirigió hacia su estudio. La señora Ramsay, devolviendo a Prue a la alianza de la vida familiar, de la que había escapado jugando a la pelota, preguntó:

—¿Se fue Nancy con ellos?

14

(Nancy, efectivamente, se había ido con ellos, ya que Minta Doyle se lo pidió, con mucha súplica, tendiéndole la mano cuando Nancy se escapaba, después del almuerzo, camino de su cuarto en el ático, para librarse del horror de la vida familiar. Le pareció que debía ir, aunque no quería. No deseaba en absoluto que la mezclaran en todo aquello. Porque mientras avanzaban por la carretera hacia el acantilado, Minta insistía en cogerle de la mano. Luego se la soltaba. Después volvía a cogérsela. ¿Qué era lo que quería?, se preguntó Nancy. Había algo, por supuesto, que la gente quería, porque, cuando Minta le cogió la mano y la retuvo, Nancy, a regañadientes, vio extenderse el mundo entero bajo ella, como si fuera Constantinopla visto a través de la niebla y, en ese caso, por pocos deseos que se tenga de mirar, se acaba preguntando inevitablemente: «¿Es eso Santa Sofía?». «¿Es eso el Cuerno de Oro?». De manera que Nancy preguntó cuando Minta le cogió la mano: «¿Qué es lo que quiere? ¿Es eso?». ¿Y qué era eso? Aquí y allá salían de la niebla (mientras Nancy miraba hacia abajo, a la vida extendida debajo de ella) un pináculo, una cúpula; cosas destacadas, aunque sin nombre. Pero cuando Minta le soltó la mano, como hizo mientras corrían colina abajo, todo aquello, la cúpula, el pináculo, lo que fuera que sobresalía, volvió a hundirse en la niebla y desapareció.

Minta, observó Andrew, era bastante andariega. Llevaba ropa más adecuada que la mayoría de las mujeres y se ponía faldas muy cortas y pololos negros. Sea metía en los arroyos sin pensárselo y los atravesaba como podía. A Andrew le gustaba su impetuosidad, pero comprendía que no era razonable: probablemente se mataría de alguna manera estúpida el día menos pensado. Parecía no tenerle miedo a nada, con la excepción de los toros. Le bastaba ver a un toro en un campo para levantar los brazos y echar a correr gritando, que es lo mejor que se puede hacer para enfurecer a un toro, por supuesto. Pero, por lo menos, no le importaba admitirlo: eso había que reconocérselo. Sabía que era terriblemente cobarde con los toros, según su propia confesión. Pensaba que debía haber sufrido una cogida en el cochecito cuando no era más que un bebé. Parecía no importarle ni lo que decía ni lo que hacía. Ahora, de pronto, se sentó en el borde del acantilado y empezó a cantar una canción sobre

Malditos tus ojos, malditos tus ojos.

Todos tenían que incorporarse al llegar el estribillo y cantar juntos a gritos:

Malditos tus ojos, malditos tus ojos,

pero sería una trágica equivocación dejar que subiera la marea y que inundase los mejores cazaderos antes de que ellos llegaran a la playa.

—Trágica —reconoció Paul, poniéndose en pie de un salto; luego, mientras se deslizaban por la pendiente, se dedicó a citar la guía sobre

«aquellas islas, justamente celebradas por su belleza paisajística y su arbolado, así como por la abundancia y diversidad de sus curiosidades marinas». Pero, en conjunto, decidió Andrew, mientras iba eligiendo el camino para bajar, aquellos gritos y maldiciones a los ojos, las palmaditas en la espalda, los apelativos confianzudos y todo lo demás resultaba inaceptable, completamente inaceptable. Eso era lo peor de salir a caminar con mujeres. Una vez en la playa se separaron: Andrew se dirigió a las rocas conocidas como la Nariz del Papa, para lo que procedió a quitarse los zapatos y a meter dentro los calcetines, dispuesto a dejar que la pareja se ocupara de sus propios asuntos; Nancy fue vadeando hasta sus propias rocas y se dedicó a buscar en sus propias charcas, dejando igualmente que la pareja se ocupara de sus asuntos. Agachándose mucho, tocó las tersas anémonas marinas, tan elásticas como si fueran de caucho, pegadas como pellas de gelatina a la pared de la roca. Con la imaginación transformó la charca en el mar, convirtió a los pececillos en tiburones y ballenas y situó vastas nubes sobre aquel mundo diminuto interceptando con la mano los rayos del sol, con lo que hundió en la oscuridad y en la desolación, como podría hacerlo Dios mismo, a millones de criaturas tan ignorantes como inocentes, para luego retirar la mano de repente y permitir que el sol derramara de nuevo su luz. Sobre la pálida arena del fondo de su océano, con las líneas entrecruzadas dejadas por la marea, avanzaba, alzando mucho

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