Alcanzar la felicidad

Cara Colter · Capítulo 2 de 10

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Alcanzar la felicidad

Capítulo 2

 

–BUENO, no ha ido mal.

Lucy colgó, sintiendo un inconfundible alivio. Hasta aquel momento había cargado ella sola con la preocupación que sentía por la salud de Mama Freda y ahora la había compartido, pero ¿con Mac? Él representaba la pérdida de control, una visita al lado salvaje, y se daba cuenta de que nada de eso había cambiado.

Si simplemente se hubiera limitado a asistir a la gala, ella podría haber mantenido la sensación de control ya que, desde el día que la oyó murmurar junto a la ventana, no había dejado de vigilar a Mama Freda como un halcón.

Aparte de la siestecita que se echaba después de comer, lo cierto era que parecía tan enérgica y lista como siempre. Si le habían dado una mala noticia de carácter médico, su atenta observación la había convencido de que debía tratarse de alguna enfermedad de avance lento, desde luego, no de la clase de dolencia que requería que Mac lo dejase todo para salir corriendo.

Aún faltaban dos semanas para el Día de la Madre. Dos semanas que le habrían dado tiempo.

–Tiempo ¿para qué? –se preguntó con sequedad.

Pues para prepararse. Para estar lista. Aunque, en el fondo, era consciente de una incómoda verdad sobre Macintyre Hudson: que no había modo de prepararse para él. Aquel hombre era una fuerza de la naturaleza, como un tornado.

Miró a su alrededor. Hacía un año que había vuelto a casa, y tenía la sensación de que por fin las cosas parecían empezar a encajar. Estaba dando los primeros pasos para alcanzar su sueño.

En la mesa del comedor, que no había usado una sola vez para comer desde su vuelta, había una colección de objetos donados para subastar en la gala del Día de la Madre.

Y también había una montaña de documentos, el aluvión de papeles necesarios para registrar una organización benéfica. También guardaba una fotocopia de la solicitud de recalificación de la zona para poder así abrir su casa, inútilmente grande, y compartirla así con las mujeres jóvenes que necesitasen un santuario.

Uno de sus tres gatos dormitaba al calor de un rayo de sol que venía a parar en la madera del suelo, delante de la vieja chimenea de piedras de río. Un jarrón con tulipanes cortados en el jardín, cuyas pesadas cabezas curvaban airosamente los finos tallos sobre los que florecían, prestaban su luz a una mesita de centro hecha de madera basta. Un libro descansaba abierto en el brazo de su sillón favorito.

No había ni rastro de catástrofe en aquella escena tan bien ordenada, pero no era algo que ocurriera así sin más, sino que había que trabajarse a fondo aquella clase de vida.

De hecho aquella escena parecía indicar que había conseguido por fin recoger los pedazos rotos de su vida anterior.

Y por «vida anterior» no entendía su compromiso roto con James Kennedy. No se le aparecía ante los ojos la foto de su prometido corriendo por la calle de Glen Oak sin tener ni idea de lo que ella estaba pensando. Lo que veía era la imagen de un chico marchándose, siete años atrás.

A la mañana siguiente, en el porche, acurrucada en una tumbona, con una taza de café en la mano y tapada con una manta a cuadros, disfrutaba del sabor de su bebida mezclándose con el olor dulzón de la leña de abedul que debía de estar quemándose en la chimenea de Mama Freda y que salía en forma de humo por encima de su tejado.

El canto de los pájaros se mezclaba con el lejano runrún del motor de un avión.

¿Qué querría decir exactamente con «estaré ahí en cuanto me sea posible»?

–Relájate –se dijo en voz alta.

En el mundo en el que él vivía, no era posible dejarlo todo a un lado y salir corriendo. Pasarían días antes de que se viera obligada a enfrentarse a Macintyre Hudson. En su web se decía que su empresa había facturado más de treinta y cuatro millones el año pasado, así que no podía dar media vuelta y marcharse esperando que algo así se dirigiera solo.

Podía seguir centrada en su vida. Apartó la mirada del lago y examinó la muestra de pintura que había aplicado a la pared de la casa.

Le gustaba aquel lavanda como color principal de la fachada. Le parecía un tono acogedor y juguetón, un tono que daría la bienvenida y ayudaría a tranquilizar a las mujeres que algún día llegarían allí, una vez hubiese logrado transformar todo aquello en casa de acogida: la Casa de Caleb.

«Mi madre lo detestaría».

Mejor dejar lo de la pintura y dedicarse a pedir unos cuantos libros y a trabajar en las peticiones de fondos que necesitaría enviar en cuanto la recalificación estuviera lista. Habían llegado varias donaciones para la subasta y aún no había abierto las cajas.

El ruido del motor del avión volvió a llegar a sus oídos. Sonaba demasiado cerca como para ignorarlo. Alzó la mirada y lo vio, rojo y blanco, casi directamente sobre su cabeza, tan cerca que pudo distinguir su número de matrícula. Obviamente pretendía aterrizar en el lago.

Lo vio amerizar suavemente, transformando el agua que rozaba con sus patines en espuma plateada de mercurio. El ruido del motor pasó de ser un rugido a un ronroneo.

Sunshine Lake, situado en el interior más agreste de la Columbia Británica, siempre había sido lugar de retiro para los ricos y, a veces, para los famosos. A su padre le encantaba contar que una vez, cuando era un adolescente, llegó a ver allí a la reina durante una de sus visitas a Canadá, de modo que ver llegar un avión no era cosa rara.

Lo que sí era poco habitual era verle dar la vuelta y que se encaminara directamente hacia ella.

Aunque el brillo del sol le impedía ver al piloto, Lucy supo de inmediato y sin sombra de duda que era él.

Macintyre Hudson había aterrizado. Había llegado a su mundo.

Y con esa certeza llegó otra segunda: que, a partir de aquel momento, nada iba a salir como ella esperaba. Los días en que elegir el color de la pintura para la fachada era la decisión más difícil de tomar se habían acabado.

Se había imaginado que se presentaría en un deportivo, o quizás en una moto de las más caras. Incluso había considerado la posibilidad de que apareciera en una limusina blanca con chófer, la misma que había enviado a recoger a Mama Freda el Día de la Madre del año anterior.

«Chúpate esa, doctor Lindstrom».

La avioneta se deslizó hasta el viejo pantalán de la casa de Mama Freda, el motor se detuvo y el aparato siguió deslizándose.

Entonces, por primera vez desde hacía siete años, le vio.

Macintyre Hudson abrió la puerta y saltó al pantalán, lanzó un cabo con mano experta para amarrar y tiró de él tras pasarlo alrededor de la bita de amarre.

El hecho de que hubiera llegado pilotando su propio avión dejaba más que claro que era ya un hombre seguro de sí mismo. Llevaba gafas de aviador de espejo, una cazadora de cuero y pantalones caqui, pero era el modo en que se movía, la seguridad que desprendían sus movimientos lo que irradiaba confianza y fuerza.

Sintió una presión en el pecho. El corazón le latía demasiado deprisa.

–No está calvo –murmuró, cuando el sol prendió en su cabello color chocolate. Estaba siendo un placer observarlo desde la distancia y sin que él se supiera observado. Sus movimientos eran pura eficacia mientras amarraba el avión al pantalán.

Le daba la impresión de que había ensanchado de hombros. La delgadez de su juventud había desaparecido, reemplazada por una solidez que a ella le hacía tragar saliva, el físico de un hombre maduro en la plenitud de su poderío.

Alzó de pronto la cabeza y miró a su alrededor con el ceño fruncido, como si hubiera notado que lo observaban.

Crac.

El ruido fue tan fuerte en el silencio de primera hora de la mañana que Lucy se sobresaltó de tal modo que el café le cayó en el pijama. ¿Truenos?

No. Horrorizada vio que la vieja bita de amarre de Mama Freda, gruesa como un poste de teléfono, se había tronchado como si fuera un palillo mondadientes. Ante sus ojos, vio cómo Mac se apercibió del movimiento y logró evitar el golpe, salvando la cabeza, pero no el hombro. El golpe del madero lo lanzó al agua. El poste cayó a continuación.

Un silencio pétreo engulló el lago.

Lucy se había levantado ya de la tumbona cuando la cabeza de Mac salió del agua y una maldición furiosa y sonora rompió la calma que había vuelto a reinar en la superficie de las aguas.

El grito le quitó la angustia. Al menos el poste no le había dado en la cabeza, ni la gélida temperatura del agua le había dejado atontado.

Con la manta sobre los hombros, corrió descalza por la hierba y entre los pinos que rodeaban la casa de Mama Freda para alcanzar las maderas casi podridas del embarcadero.

Mac se estaba encaramando a uno de los patines del hidroavión, que afortunadamente no parecía querer alejarse. Solo se deslizaba suavemente, apartándose del pantalán.

–¡Mac! –le gritó, dejando caer la manta–. ¡Lánzame el cabo!

Se puso de pie, buscó el cabo y se volvió a mirarla, y aunque tenía que estar congelado, hubo una pausa en las que ambos, simplemente, se miraron el uno al otro.

Había perdido las gafas, y sus ojos oscuros, como de chocolate derretido, no mostraban sorpresa de verla por allí, sino que parecían examinarla como haciendo inventario.

«Ay, Dios», se lamentó. «No le gusta mi pelo. ¡Madre mía! ¡Pero si llevo puesto el pijama de Winnie-the-Pooh!».

–¡Lánzame el cabo de una vez!

La gruesa cuerda volaba por el aire hacia ella. El lanzamiento iba a quedarse un poco corto, pero si se echaba hacia delante un poco conseguiría agarrarlo.

–¡No! –gritó él–. ¡Déjalo!

Demasiado tarde. Lucy se había inclinado mucho, y aunque intentó corregirse, dando un paso atrás, su peso estaba ya demasiado hacia delante y comenzó a girar los brazos como si fueran las aspas de un molino.

Sintió que perdía pie, que el aire frío le rozaba la piel y que caía al lago. Se hundió arrastrada por el peso del pijama de franela empapado. No estaba preparada para el frío de aquellas aguas grises cuando le cubrieron la cabeza. El cuerpo se le quedó rígido. La sensación era de quemarse, no de congelarse, y los miembros se le paralizaron de inmediato.

Casi a cámara lenta, por fin volvió a la superficie. Estaba en estado de shock, demasiado agarrotada siquiera para gritar. Sin saber cómo, logró acercarse al pantalán y aferrarse a los planchones de madera. Intentó auparse, pero tenía una aterradora falta de fuerza en los brazos.

–¡Espera!

Hasta los labios los tenía paralizados. Tuvo que hacer un esfuerzo tremendo para hablar.

–¡No! No lo hagas.

Aunque la cabeza le iba a cámara lenta, se dio cuenta de que no tenía sentido que los dos estuvieran en el agua. A él le ocurriría lo mismo que a ella con el frío. Y además, estaba más lejos que ella del pantalán. En cuestión de segundos quedaría inerte, como ella, a merced de las aguas.

Oyó su zambullida de inmediato. Intentó mantenerse agarrada, pero no sentía los dedos, y volvió a caer. El agua le tapó una vez más la cabeza.

Lucy se había pasado la vida entera en el agua. Tenía una medalla de bronce en una competición, e incluso habría podido ser socorrista si su padre no hubiera considerado ese trabajo indigno de su posición. Nunca había sentido miedo del agua.

Y en aquel momento, mientras se hundía, no sintió terror, sino una especie de resignación. Los dos iban a morir, lo que pondría un broche trágico y romántico a su historia: tratando de salvarse el uno al otro, tras todos aquellos años de separación.

Inesperadamente sintió sus manos, fuertes, seguras, alzándola por la cintura. La cabeza salió del agua y tosió, antes de sentirse empujada sin más ceremonias a las ásperas tablas del pantalán.

Y allí se quedó, con los brazos pillados bajo el pecho, las piernas colgando, sin fuerzas siquiera para levantar la cabeza. Sintió que la empujaba una vez más por las nalgas, un gesto poco romántico donde los hubiera, y se quedó tirada allí boqueando, tosiendo.

«Mac sigue en el agua».

Giró la cabeza en su busca, pero no lo vio. Sus manos aparecieron desde abajo y logró izarse. Quedaron tumbados el uno junto al otro, respirando a duras penas, y al poco cayó en la cuenta de que su nariz casi se rozaba con la suya, hasta tal punto que podía ver las diminutas gotas de agua que se le habían quedado pegadas a sus espesas pestañas. Tenía unos ojos increíbles, casi negros de puro marrones. La línea de su nariz era perfecta, y la barba incipiente, que también había retenido minúsculas gotitas de agua, realzaba la curva de los pómulos y la firme recta de la mandíbula.

Bajó la mirada a la curva sensual de su boca, y se sintió como drogada, imbuida de un deseo irreprimible de tocarla con la suya.

–Vaya… la pequeña Lucy Lindstrom. Tenemos que dejar de vernos así.

La canoa en la que él remaba volcó y fue ese accidente lo que los unió tantos años atrás, la niña buena y el chico malo, el menos probable de los amores.

Una semana después de la graduación, tras obtener todos los galardones posibles y el reconocimiento de sus compañeros, Lucy cayó en la cuenta de que la diversión se había terminado. Todos los planes estaban hechos, e iba a ser su último verano de libertad, como todo el mundo le decía, medio en broma, medio en serio.

Lucy había salido sola con su canoa, algo que nunca hacía, pero una sensación de vacío la había empujado a hacerlo. Tenía la impresión de que la vida se le escapaba, como si estuviera encajando en los planes que otra persona había trazado para ella, sin preguntarle si era lo que de verdad quería.

Se desencadenó una tormenta, y no vio el tronco que flotaba bajo las aguas hasta que fue ya demasiado tarde.

Mac estaba acampado y la vio remando, y saltó a su propia canoa para ponerse a palear como un poseso intentando alcanzarla antes de que colisionara con el tronco.

La sacó del agua, sin saber cómo lo logró sin volcar su propia embarcación, y la llevó a su tienda, donde se sentaron junto a la lumbre en espera de que las aguas del lago se calmaran para que ella pudiera volver a su mundo.

Pero, en realidad, nunca terminó de volver. Lucy estaba en el punto de madurez justo para apreciar lo que él le ofrecía: una vía de escape de una vida que había sido cuidadosamente diseñada para ella, con un patrón predecible que allí, en la otra orilla del lago, junto a su salvador, le pareció una forma de muerte.

Durante toda su vida, quienes la rodeaban solo habían visto en ella a la persona que querían que fuese, una convicción que llenaba una especie de necesidad que había en ellos.

Hasta que apareció Mac y, sin esfuerzo aparente, logró ver a través de todo hasta llegar a lo real. O así les pareció.

Pero estando en aquel momento allí, empapada, respirando a bocanadas, tirada en un pantalán podrido junto a él, se sintió igual que en aquel momento del pasado.

Como si todo su mundo cobrase vida.

Como si el blanco y negro se volviese de color.

Solo a través de una experiencia cercana a la muerte podía afilarse su percepción hasta ese punto. Solo así podía ser tan consciente de la presencia de Mac, del calor de su respiración, del aliento que se escapaba de sus labios en cortos jadeos. Había un aura palpable de fuerza en torno a él, algo que, sintiéndose tan débil como se sentía, le proporcionaba fuerza.

Con un gemido, apoyándose en las manos, Mac se arrodilló primero, a continuación se puso en pie y luego se volvió para ofrecerle la mano. Ella se agarró y sintió la fuerza con que tiraba, tan natural en él como electrizante en ella, y que la levantó del suelo.

Mac recogió la manta que ella había dejado tirada, la sacudió y la cubrió primero a ella, para luego abrazarla y cubrirse él también.

–No te lo tomes como algo personal. Es pura cuestión de supervivencia.

–Gracias por la aclaración –contestó con toda la dignidad que le permitía el castañear de dientes–. Pero no tienes que preocuparte, que no tengo intención de aprovecharme de ti. En este momento, te encuentro tan sexy como a un salmón congelado.

–Sigues queriendo tener siempre la última palabra, ¿eh?

–Siempre que puedo.

Pero en aquel mismo instante notó un golpe de calor que emanaba de su cuerpo, y se acurrucó a su costado.

Sus cuerpos, con la ropa empapada y fría, temblaban bajo la manta, y ella apretó la mejilla contra su pecho. Mac le apartó un mechón.

–Qué asco.

–No ha sido mi mejor entrada, desde luego.

–No me refiero a eso, sino al pelo.

–Ya lo sabía –sonrió–. Hola, Lucy.

–Hola, Macintyre.

Estando tan cerca como estaban, tanto que podía notar cómo el frío le tenía erizada la piel, también sentía su fuerza innata. El calor estaba volviendo a su cuerpo, y de rechazo, al de Lucy.

La sensación física de aquella cercanía, de aquel calor compartido, la estaba volviendo vulnerable a otros sentimientos, que esperaba ser capaz de controlar.

No era solo desfallecimiento. Su debilidad podía atribuirse a la insensibilidad de sus miembros causada por el frío, que le impedía moverse con rapidez. Incluso la lengua la sentía pesada y rígida.

No era que no quisiera volver a moverse. Eso podía achacarse fácilmente al hecho de que sentía los miembros lentos, torpes, paralizados.

Era otra cosa, peor que sentirse debilitada.

Peor aún que sentirse agarrotada.

En brazos de Macintyre Hudson, calada, con su pijama de Winnie-the-Pooh ofreciéndole una protección tan sólida como una toallita de papel mojada, Lucy Lindstrom sintió la peor debilidad de todas, el deseo que se había ocultado a sí misma: el de no estar tan sola.

Comenzó a temblar incontroladamente y una especie de sollozo se escapó de sus labios.

–¿Estás bien? –preguntó él.

–No del todo.

No le quedaba más remedio que admitir la verdad ante sí. No era el frío lo que la debilitaba, sino él.

¿Acaso era la vida un bucle interminable, en el que las mismas cosas se repetían una y otra vez?

Estaba maldita en el amor. Tenía que aceptarlo, y dedicar su considerable energía y talento a causas que pudieran ayudar a otros, y que, de paso, no le hicieran daño a ella.

Se separó de él haciendo acopio de toda su fuerza física y mental. La manta la sujetaba, de modo que apenas pudo crear una separación de un par de centímetros, pero al menos ya no estaban pegados.

La historia no se repetiría.

Era bueno que por fin estuviera allí. Así tendría oportunidad de enfrentarse a él, de pinchar el globo de las ilusiones que pudieran quedarle y de seguir adelante con su maravillosa vida de hacer el bien a los demás.

–¿Estás herida? –preguntó, apartándola de él y mirándola a la cara.

Ya echaba de menos el escaso calor que había empezado a generar su cuerpo, y hubo de aferrarse a su fuerza física y mental para resistir el deseo de dejarse abrazar de nuevo.

–Estoy bien.

–A mí no me lo parece.

–No estoy herida, sino avergonzada.

Su expresión era de pura exasperación.

–¿Se puede saber quién está a punto de ahogarse y siente vergüenza?

Los dos en peligro de muerte, ¿y a ella le preocupaba su pelo, o que pudiera tener el aspecto de una rata a medio ahogar? ¿El pijama que llevaba puesto?

¡Todo había vuelto a empezar!

La necesidad incapacitante que solo él había sabido ver. ¿No había estado deseándolo desde entonces?

Tanta insistencia en que asistiera a la fiesta en honor de Mama Freda, ¿era en verdad por ella, o por sí misma, por volver a sentir sus brazos rodeándola?

Temblando, intentando ahogar aquella parte de sí misma que lo único que deseaba era volver al abrigo de sus brazos, se recordó que sentirse así había estado a punto de destrozarla, que había tenido repercusiones de largo alcance que habían roto su familia y habían dejado su vida tambaleándose.

–Todo esto ha sido culpa tuya –le dijo, y menos mal que él se lo tomó al pie de la letra.

–Yo no tengo la culpa de que no sepas recepcionar un lanzamiento.

–¡Menuda birria de lanzamiento!

–Pues sí. Por eso precisamente no tendrías que haber intentado alcanzar el cabo. Te lo habría vuelto a lanzar.

–Y tú no deberías haberte tirado al agua. El frío podría haberte paralizado. Me sorprende que no haya pasado, la verdad. Los dos nos habríamos visto en un apuro.

–Se tienen diez minutos en un agua tan fría antes de quedarse congelado. Además, yo no soy tan sensible al agua fría como la gente. Remo en aguas bravas, y creo que eso me ha quitado la sensibilidad. No pensarás que iba a quedarme tan tranquilo en el patín viendo cómo te ahogabas, tú o cualquiera.

–No iba a ahogarme –espetó, aunque apenas habían pasado unos minutos desde que estaba convencida precisamente de lo contrario–. Llevo toda la vida viviendo en el lago.

–¡Ah, claro! –exclamó, dándose una palmada en la frente–. ¿Cómo se me ha podido olvidar eso? No solo llevas toda la vida en el lago, sino que tres generaciones de tu familia han estado viviendo aquí antes que tú. Los Lindstrom no se ahogan, y además mueren como han vivido: una muerte respetable que les llega en la misma cama en la que nacieron, y en la ciudad de la que no han salido prácticamente nunca.

–He vivido en Glen Oak seis años –le recordó.

–¡Glen Oak nada menos! A una hora de aquí. Hay quien piensa que Lindstrom Beach es el barrio veraniego de Glen Oak.

¿Por qué demonios habría mordido el anzuelo? ¿Por qué se había dejado reaccionar ante él?

Mac se había marchado de aquella ciudad, cerrando la puerta a la posibilidad de abrirse a los demás. Aquel verano habían jugado con fuego los dos. Ella se había quemado y él había decidido largarse, sin tan siquiera haberle dicho una sola vez que la quería.