Alcanzar la felicidad

Cara Colter · Capítulo 5 de 10

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Alcanzar la felicidad

Capítulo 5

 

DURANTE un instante, sintió la tentación de contárselo. Que, después de que él se marchase aquel verano, todo su mundo había cambiado irrevocablemente y para siempre.

Pero había decidido no ceder a los impulsos, pues lamentaba las payasadas que había hecho a espaldas de Claudia, y menos aún en lo concerniente a Mac.

–No me ha pasado nada. He crecido. Eso es todo.

No quería que posara más tiempo la mirada en los papeles que tenía sobre la mesa. Los documentos para el registro de fundaciones sin ánimo de lucro estaban allí, lo mismo que la solicitud para la recalificación que le permitiera acometer la transformación necesaria para convertir aquella casa en un refugio para madres solteras.

No quería hablar de ello, y menos con él. Nunca.

Aun sosteniendo cerrados los delanteros de la bata, se interpuso entre él y sus secretos.

–¿Hay algo sobre la mesa que no quieres que vea?

Estaban tan cerca que podía olerlo. El aroma del agua del lago no se había borrado del todo de su piel; el jabón no había logrado erradicarlo.

–No.

–A diferencia de Claudia, se te está arrugando el entrecejo –le dijo, rozándole entre las cejas.

Cómo desearía poder apoyarse en esa mano y compartir sus cargas con él.

–Siete años –resumió él, mirando por encima de su hombro–. ¿Qué puede haber en tu mesa, después de siete años, que no quieras que yo vea? –preguntó, alzando las cejas de ese modo tan particular suyo–. ¿Un catálogo de lencería?

Aquello tenía que terminar. Con un movimiento rápido de la mano, agarró el sobre y lo miró con interés exagerado.

–No lo quiero.

Mac se encogió de hombros.

–Dónalo a tu organización favorita

–Está bien –suspiró. Nunca podría llegar a imaginarse la ironía que había en aquella sugerencia.

–En fin… tengo que vestirme. Si me disculpas…

–¿Tienes una organización favorita?

–¿Por qué? No querrás un recibo.

Le vio darse la vuelta y pensó que quizás se había sentido insultado e iba a marcharse. Qué alivio. Pero lo que hizo fue acomodarse en uno de los sillones. O mucho se equivocaba, o había decidido quedarse solo por el placer de verla incómoda.

Por lo menos, se había alejado de la documentación.

Parecía totalmente relajado, contemplando el paisaje que se colaba por su ventana.

Lucy ladeó la cabeza. A ver quién cansaba a quién.

Un libro descansaba abierto sobre uno de los brazos, y Mac hizo ademán de ir a curiosearlo, pero ella se lo arrebató, aunque no con la rapidez necesaria.

–Una lectura interesante tratándose de una chica que ha dejado de creer en los cuentos. ¿Bailar con un príncipe?

Iba a defender su elección cuando él cambió de asunto.

–Me gusta cómo has dejado la casa –dijo–. Tiene el encanto de una cabaña de esquí, en lugar de parecer una casa victoriana. Dudo que haya sido cosa de tu madre. Y mucho menos la elección del color de la fachada, sorprendentemente bohemio para este rincón del bosque.

–Apenas se ha secado la pintura y los vecinos ya me han hecho saber que no les gusta que me deje llevar por mi lado salvaje y secreto.

Y volvió a cobrar cuerpo el peligro, haciendo crepitar el aire. Su lado salvaje y secreto se entretejía con su historia común. Con aquellas noches calurosas de verano en que habían descubierto sus cuerpos, fundiéndose el uno en el otro. Vio que él tenía la mirada puesta en sus labios y el recuerdo le resultó abrasador. La sorpresa de lo que deseaba fue absoluta, porque quiso ser salvaje, saborearlo solo una vez más, olvidarse de las precauciones.

–Nunca me habría imaginado que tu vida sería así, Lucy.

–¿Ah, no?

–Me habría imaginado algo más tradicional: una casa grande, un marido siempre ocupado y un montón de críos: niñas que llevar a clases de ballet, chicos a los que convencer de que no dejen ranas en el fregadero de la cocina…

Lucy no contestó.

–Pensaba que llevarías una vida muy parecida a la de tus padres, rodeada por la gente con la que creciste. Copas los viernes en el club náutico, esquí acuático los fines de semana del verano, esquí en las montañas en invierno.

Ella lo miró alzando las cejas.

–Me sorprende que pensaras en mí.

Entonces le tocó a él quedarse callado. La vista que se contemplaba a través de la ventana parecía retener su atención.

–Un hombre nunca olvida su primer amor –dijo al fin.

–No sabía que yo hubiera sido tu primer amor.

–¿Cómo no ibas a saberlo? Aquellas semanas fueron una locura, Lucy. Me despertaba pensando en ti, me dormía pensando en ti. Pasábamos juntos todos los momentos del día. Tenía la sensación de no poder respirar si tú no estabas allí para darme aire.

–Nunca llegaste a decirme que me querías –replicó en voz baja.

–Es que nunca se lo he dicho a nadie. Ni siquiera a Mama.

–¿Nunca se lo has dicho?

–Creo que no.

–¡Ya te vale!

–En fin… esos días quedan ya en el pasado.

Sí, así era, y remover aquellos recuerdos no traería nada bueno. Ya el corazón le latía acelerado con oírle admitir que se había pasado día y noche pensando en ella.

–¿Y qué hace la Lucy adulta para divertirse?

La pregunta la pilló desprevenida.

–¿Para divertirme?

–Recuerdo que siempre estabas en el centro de todo, aunque las diversiones de aquel entonces a mí me parecieran un poco ridículas: la guerra de agua en el césped del instituto, el lavado de coches con fines benéficos, la excursión de tres días en bici a Bartlett, o en canoa hasta Point. Recuerdo una noche que estaba yo en casa de Mama y que tú tenías aquí un grupo de chavales. ¿Sabes lo que me resultaba increíble? ¡Que consiguieras hacerles cantar a todos! Ellos, que se creían lo más de lo más, cantando canciones infantiles…

–Creía que esos días formaban parte ya del pasado –argumentó–. Además, tú nunca participaste.

–No.

–¿Por qué?

–Porque tenía la sensación de que no encajaba.

Era una admisión que no se esperaba de él porque se trataba de algo real, y fue la segunda sorpresa de aquella conversación. Le había contado más de sí mismo en aquellos últimos diez minutos que en todo el tiempo que pasaron juntos.

–Pues no lo demostraste nunca. ¡Parecías tan seguro de ti mismo! Todo el mundo pensaba que eras tan genial, tan valiente, en cierto modo. Atrevido. Si llevabas unos vaqueros con un desgarrón en la rodilla, la mitad del instituto te lo copiaba a la semana siguiente.

–No es que careciera de lo necesario: la ropa, la moto… es que la gente con la que salías era tan normal: padre y madre, un perro, pagas, gente que desde que nacía sabía cómo iba a comportarse y qué iba a llegar a ser. Me sentía excluido de todo eso; como si nunca fuera a pertenecer a vuestro grupo. Como si siempre fuera a estar de visita.

–Espero que yo nunca te hiciera sentir así.

–No, Lucy, tú no. Es más: durante aquellas semanas…

–¿Qué? –lo animó.

Pero él hizo el movimiento que haría un púgil que quisiera esquivar un golpe.

–Nada.

Y el velo volvió a caer delante de sus ojos. Así era como ella lo recordaba: acércate, pero no demasiado.

–Así que has acabado dándole la espalda a todas las expectativas que tenían puestas en ti, ¿no?

Sí, pero solo porque, antes de Mac, tenía una vida y, después, le quedó otra completamente distinta.

–Puede que mi vida no sea lo que mis padres esperaban, pero yo estoy encantada. Me gusta lo que hago.

–Mama me ha mantenido al corriente.

«Qué vergüenza», pensó Lucy, y al ver él su expresión mortificada, Mac se echó a reír.

–No te preocupes, que no me ha contado ningún rumor interesante. Solo pequeñas pinceladas aquí y allá. Me enteré de que habías abierto una librería online y que te iba muy bien.

–Ah, eso. Ya conoces a Mama. Si te quiere, nada de lo que hagas está mal.

–¿Cómo es que estáis tan unidas? Cuando yo vivía aquí, siempre había una especie de barrera entre tu familia y ella, impuesta por el señor doctor. Mama y tú erais corteses la una con la otra, y buenas vecinas, pero ni le cortabas el césped, ni le hacías reparaciones en casa.

–No recuerdo los detalles –mintió. Bien que los recordaba… había corrido sobre la hierba de noche, con un dolor interior tan grande que ni siquiera se dio cuenta de que había pisado una piedra y que le sangraba un pie.

La puerta de Mama se había abierto y ella apareció en su rectángulo de luz.

¡Liebling! ¿Qué te pasa?

–Entonces, volvamos a la pregunta original: ¿qué haces para divertirte?

–Mi trabajo es divertido.

–Imagino que estás de broma.

–¿Y tú? ¿Cómo te diviertes?

–Mi trabajo sí que es divertido. De hecho, he creado una empresa que precisamente trata de la diversión. Creo que las raíces de Wild Side se hunden en eso.

–Entonces, también tu trabajo es tu modo de divertirte.

–Touché. Pero me encanta bajar por aguas bravas con el kayak. Es muy físico, y requiere concentración absoluta. Me hace sentirme más vivo que cualquier otra cosa que haya hecho en mi vida.

Pero un recuerdo apareció como un relámpago ante los ojos de Mac, y fue como si ella también pudiera verlo: tumbados en la arena, uno al lado del otro, con la luz de la luna coloreándolos, sintiéndose más vivos que nunca.

O que después.

–Supongo que eso es lo que te estoy preguntando, Lucy. ¿Qué te hace sentir así?

–Así, ¿cómo? –balbució.

–Como me siento yo en un kayak. Vivo. Completamente concentrada. Con toda tu intensidad puesta en ese momento. ¿Qué te hace sentir así?

Si no contestaba, pensaría que era una fracasada. Y en cierto modo, se sentía así.

–Tengo algo –confesó a regañadientes–. Hace que me sienta viva, aunque a ti no te parecerá divertido.

–Prueba.

–Hoy no.

Contárselo la dejaría demasiado vulnerable.

–Bébete el schnapps y volveré a preguntártelo.

Entró en la cocina a por un vaso, se sirvió el licor de Mama y volvió al salón. Una vez allí, apuró el vaso.

–Bien –dijo él–. ¿Qué haces para divertirte, Lucy Lin?

–Ya lo sabes –le contestó–: trabajar. Y ahora, fuera, que tengo mucho que hacer hoy.

Él la miró fijamente. «Fuera». Ojalá hubiera empleado otra palabra.

–Volveré –dijo, al darle la espalda.

–Me lo temía –murmuró mientras lo veía alejarse.

Aunque se ordenó no hacerlo, aunque sabía que no debería, se quedó viendo cómo cruzaba el jardín hacia casa de Mama.

Iba silbando, y la melodía le llegó por la puerta abierta, mezclada con el perfume de los árboles, y le recorrió la espalda.

El rebelde. La palabra encarnaba en sí misma una advertencia, pero no podía sino reconocer que se sentía viva como no lo había estado en mucho, muchísimo tiempo.

 

Mac cruzó la hierba pensativo. Había algo muy diferente en Lucy. ¿Qué la habría hecho cambiar?

Parecía haber adquirido el estatus de marginada en el grupo de Lindstrom Beach, lo cual le resultaba increíble, casi tanto como que anduviera segando hierba, reparando suelos o alquilando canoas.

Y ese extrañamiento de la comunidad, ¿sería por decisión propia, o de ellos?

En su fuero interno había una mujer que quería pintar su casa de malva, y que seguramente acabaría por no hacerlo.

Si alguien no lo remediaba.

Él iba a ser el hombre que Mama esperaba que fuera, y antes de marcharse, ayudaría a Lucy a divertirse un rato.

 

* * *

Lucy se sentía algo mareada.

Debía de ser el schnapps, y no la llegada arrasadora de Mac Hudson. Subió a su dormitorio y se miró con ojo crítico en el espejo de cuerpo entero. ¡Primero calada hasta los huesos, y luego, en bata! Su intención era parecer sofisticada y profesional, aunque tuviera un trabajo en el que podía pasarse el día en pijama si quería.

A medida que fue avanzando el día y el calor se hizo notar, salió a trabajar al porche, como hacía a menudo. El día era precioso, pero le molestaba su incapacidad para dejar de echar una mirada hacia casa de Mama. Se oía en ella una gran actividad, sierras y martillazos, pero no vio a Mac.

Deseaba acercarse y ver qué estaban haciendo, pero el orgullo se lo impidió.

Cuando por fin consiguió quitárselo de la cabeza, tenía la radio puesta y oyó el anuncio de la donación de Wild Side en agradecimiento al ofrecimiento del club náutico para que se celebrase en sus instalaciones la Gala del Día de la Madre.

En cuestión de una hora, recibió varias llamadas de representantes del club náutico, por supuesto no de Claudia, invitándola a celebrar en sus instalaciones la Gala del Día de la Madre, insistiendo en que se haría de manera gratuita.

Ya se había hecho tarde, y volvía a estar acomodada y en pijama, intentando concentrarse en ver una película. Pero que él estuviera en la casa de al lado no dejaba de molestarla. Mama y ella solían ver una película o un programa juntas por las noches.

Se sentía sola y le daba mucha rabia, lo mismo que estar evaluando su vida con un prisma diferente. ¿Cómo se había permitido llegar a ser tan aburrida?

El teléfono sonó.

–Hola, Lucy.

–Mac… iba a llamarte para darte las gracias. El club náutico me ha confirmado la reserva.

Él se rio quedamente. Ella, también.

–No me habías dicho que el coche de Mama no tiene seguro.

–¿Para qué iba a tenerlo, si no puede conducir?

–He ido con él tres veces al pueblo a buscar materiales antes de que ella se acordara de decírmelo. ¡Me podrían haber detenido por ir sin seguro!

De la soledad a la risa que pugnaba por salir.

–En fin, que a Mama le gustaría ver una película. ¿Podrías llevarme al centro a por una?

–Puedes usar mi coche cuando quieras.

–Gracias, lo tendré en cuenta, pero es que Mama dice que no me deja elegir la peli si tú no estás. Que voy a traer una de esas de hombres. Ya sabes: de acción, con mucha sangre y palabrotas.

–Puaj.

–Lo mismo que ha dicho ella. Y si vas tú sola, será de esas lacrimógenas y con mucha música de violines.

–¿Y por qué no vais Mama y tú?

–Está haciendo apfelstrudel –reveló, satisfecho–, y dice que está en un momento delicado. Lo tendrá listo para cuando volvamos con la peli. Tienes que venir a por un trozo.

Era una de las órdenes de Mama a las que no podías decir que no. Como si fuera posible decirle que no a su pastel de manzana…

–No ha dejado de cocinar desde que has vuelto, ¿verdad?

–Pues no, porque también he ido a la compra con el coche antes de saber que era ilegal. Ha hecho schnitzel para cenar –explicó, obviamente encantado–. ¿Sabes una cosa? Vale la pena arriesgarse a acabar en la comisaría por su schnitzel. Ya tiene preparada otra lista de la compra. ¿Te importaría que parásemos a comprar un momento antes de volver?

Sí que le importaba. Le importaba muchísimo reconocer que se había estado sintiendo sola hasta aquella llamada. Que la vida pareciese vibrar de pronto con mil posibilidades, que abarcaban desde alquilar una película hasta ir al supermercado.

No quería engañarse: esa nueva vibración no tenía nada que ver con el cine, ni con la compra.

Ya no era una adolescente para la que la compañía de Mac tornaba todo en una realidad mágica. Pero entonces era una inocente. Él mismo le había recordado que antes creía en cuentos de hadas. Que era una romántica incurable, una soñadora, una optimista.

No estaría mal poder comprobar cómo era Mac de adulto y conseguir derribarlo del pedestal al que lo había encaramado cuando no era más que una cría. Estaría bien poder comprobar cómo se sentía ella, ya una mujer adulta, en su compañía.

–Recógeme en la puerta dentro de diez minutos.

¿Dedicaría mayor cuidado del habitual a lo que se iba a poner? ¡Por supuesto! Era humano desear, por un lado, romper la fascinación que sentía por él y, por otro, que la que él pudiera sentir por ella aumentara.

Quería ser ella quien ocupara la posición que propiciara el cambio.

En realidad, ese había sido siempre su problema: que le había dado demasiado poder sobre su vida a los demás. Que se había dejado la piel intentando obtener su aprobación.

Si tenía un defecto capital, era el de confundir la aprobación con el amor.

–¿Sabías que dicen que la elección de coche revela mucho de su propietario? – comentó Mac poco después cuando iban ya de camino al pueblo.

Lucy miró su coche, un compacto de seis años de un indefinible color gris, y frunció el ceño. La verdad es que era un reflejo casi perfecto de la vida que parecía estar reevaluando.

–Es seguro –lo defendió.

–De la lista de cosas que haces para divertirte, ya puedo tachar conducir.

–¿Qué coche tienes tú?

–¿Tú qué crees?

–Un deportivo que se traga el doble de lo que te corresponde de los recursos del planeta.

–Pues aciertas. Tengo dos coches: un deportivo y un monovolumen que me viene de perlas para llevar el equipo.

–Rojos, ¿a que sí?

–Por supuesto. Uno es descapotable. Te gustaría.

–Ostentoso.

–No me gusta ser ostentoso –respondió–. Solo quiero que entre con facilidad en el aparcamiento. Están siempre abarrotados.

Montaron en el coche, y Lucy no le invitó a conducirlo. No es que su coche fuera a desilusionarle después de lo que tenía por costumbre conducir, sino que no iba a permitirle tomar las riendas. Un detalle, sí, pero esperaba que revelase también algo de él.

–Me alegro de que me acompañes –le dijo para romper el silencio que se había creado tras su comentario sobre lo ostentoso de un descapotable rojo.

Su actitud se suavizó. ¿Qué sentido tenía seguir molesta con él cuando, al fin y al cabo, había sido precisamente él quien había requerido su compañía? Lo miró. Estaba leyendo la lista de la compra con el ceño fruncido.

–No querría tener que preguntar en la tienda dónde está todo esto. Co… mi… no –leyó.

–¿Comino?

–¿Qué es?

–Una especia.

Mac se rascó la frente.

–¿Lo ves? Yo creía que era un producto de higiene femenina.

–¡Mac, eres la pera! ¿Cómo se te ocurre decir eso?

–¿Y tú por qué te ríes?

–Tengo los dientes apretados. No es una sonrisa. No me gustan los comentarios de mal gusto.

–Hablas como si acabaras de salir de una escuela para señoritas. No te tomes la vida tan en serio, Lucy. Se acaba en un abrir y cerrar de ojos.

Sus palabras le molestaron doblemente porque era lo mismo que se había dicho ella un momento antes.