Alcanzar la felicidad
Capítulo 3
–¿QUIERES que te diga una cosa, Macintyre Hudson? Entonces eras un cretino, y sigues siéndolo ahora.
–¿Y tú quieres que te recuerde que has sido tú la que me ha rogado que venga?
–¡Yo no te he rogado nada! Solo he apelado a tu conciencia pero, personalmente, me daba exactamente igual que volvieras o no.
–Eras una mocosa malcriada, arrogante y pija, y sigues siéndolo. Te voy a plantear un concepto nuevo para ti –continuó, molesto–. ¿Qué tal si me das las gracias por haberte rescatado? Por cierto, que ya es la segunda vez que lo hago.
–Si necesitase un héroe –espetó sin alzar la voz–, tú serías la última persona en la que pensaría.
Ese comentario debió de dolerle porque le dio la impresión de que se encogía físicamente, y se alegró por ello. ¿Una pija malcriada y arrogante?
Pero un velo de indiferencia cayó sobre su rostro y vio cómo aquella sonrisa burlona, que era su marca de identidad le aparecía en la cara. Era una sonrisa que parecía decir: «No puedes hacerme daño, así que no te molestes en intentarlo».
–¿Sabes qué? Si yo estuviera buscando a una dama en peligro, tampoco se me ocurriría pensar en ti. Sigues siendo la hija malcriada del médico.
En aquel instante volvió a sentirlo todo. El abandono. El miedo que la había cercado los meses que siguieron a su marcha. La forma en que la miraron sus padres, que siempre la habían mimado, y que entonces la contemplaban avergonzados y dolidos, como si no hubiera podido desilusionarlos más. El desprecio de los amigos a los que conocía desde el jardín de infancia, que dejaron de llamarla y que miraban para otro lado cuando se cruzaban en la calle.
Volvió a sentirlo todo.
Y de nuevo tuvo la certeza de que todo ello, hasta el último segundo de sufrimiento, había sido culpa suya.
–Solo para que quede claro, creo que eres tú quien debería estarme agradecido. He venido hasta aquí para salvarte. Eras tú quien estaba en el agua antes.
–No necesitaba tu ayuda.
En fin, que nada había cambiado. Ella seguía siendo, a sus ojos, la chica rica de ciudad pequeña, la hija del médico, una niña mimada, alejada por completo de la realidad en su opinión.
Y él seguía siendo el tío que jamás necesitaba nada de nadie.
–Ni ese birrioso intento de rescate –apostilló.
La furia que se le despertó ardía de tal manera en su interior que le pareció capaz de derretir el frío que le congelaba los miembros. Ojalá la hubiera sentido al verle caer del patín de la avioneta. En lugar de correr en su ayuda, de preocuparse por él, le habría servido para meterse en su casa y cerrar la puerta.
No lo había hecho, pero a lo mejor no era demasiado tarde para corregir un error.
Fingió un llamativo estremecimiento que a sus ojos pudiera volverla vulnerable, necesitada de su calor corporal. Aunque desconfiado, Mac dejó que se le acercara.
Lucy puso las dos manos en su pecho y le miró parpadeando varias veces, como si lo invitara a ser su héroe, y cuando lo tenía confiado, empujó con todas sus fuerzas.
Gritando sorprendido, Macintyre Hudson perdió pie y cayó desde el pantalán de nuevo al agua. Con qué satisfacción se dio ella la vuelta, aunque la maldición que le oyó lanzar al aire le confirmó que estaba bien.
Miró hacia atrás. ¡Estaba perfectamente! En vez de salir del agua, se estaba quitando la cazadora de cuero que traía y la lanzaba sobre el pantalán para volver nadando al avión,
En cuestión de minutos, volvía a tener la situación bajo control, lo cual debía de estarle complaciendo sobremanera. Amarró el avión al otro pilar del pantalán, que no cedió, y sacó de la cabina una única bolsa de equipaje.
Desde luego no quería que la pillara observándole. Es más, ¿por qué lo hacía? Otra prueba más de la debilidad que le hacía sentir, cuando lo que en realidad debería estar haciendo en aquel momento era meterse bajo el agua caliente de la ducha.
Estaba en su puerta cuando oyó el grito de Mama Freda.
–¿Qué pasa aquí?
Se volvió y la vio caminando por el pantalán, la mano sobre los ojos a modo de visera para protegerse del sol. Y cuando la vio pararse y que una sonrisa iluminaba su rostro arrugado, el frío desapareció de su cuerpo.
–Schatz?
Mac estaba ya de pie en el pantalán, quitándose la camiseta para escurrirla, una vista desafortunada para una chica que intentaba no dejarse impresionar. Tenía un cuerpo absolutamente perfecto, con el agua resbalando por los pectorales y las curvas bien definidas de sus abdominales.
Soltó la camiseta empapada, corrió hasta el césped y se detuvo delante de Mama Freda con una sonrisa tan brillante que habría podido iluminar todo el lago.
Mama Freda le acarició la mejilla y él la tomó en brazos como si fuera una pluma para darle unas vueltas en el aire hasta que la hizo reír como a una jovencita.
–¡Me estás mojando! –protestó, encantada–. ¡Bájame, cabra loca!
Cuando lo hizo, la mujer se colocó el pelo y lo miró con tanto afecto que Lucy sintió algo que le quemaba detrás de los ojos.
–¿Por qué estás empapado? ¡Te vas a poner malo!
–Tu pantalán se ha roto cuando he intentado amarrar el avión.
–Deberías haberme avisado de que ibas a venir –le reprochó.
–Quería darte una sorpresa.
–¿Y ves lo que pasa? Que acabas en el agua. Si me hubieras avisado, te habría dicho que amarrases en casa de Lucy.
–No creo que quiera que deje el avión en su casa.
Solo ella entendió el sentido de sus palabras.
–No seas tonto. Sabes que no le importaría.
Podría haberle jugado una mala pasada contándole a Mama Freda lo que había ocurrido de verdad, sabiendo que su madre jamás aprobaría que, a aquellas alturas de temporada, se lanzase a alguien al agua, pero no lo hizo.
–Estoy congelado. Espero que tengas un apfelstrudel recién sacado del horno.
–Tendrías que haberme dicho que venías para que lo tuviera recién sacado del horno. Pero eso no es lo que necesitas ahora.
–¿Y qué necesito, Mama? –preguntó él, y ambos sonrieron compartiendo la misma magia que los había unido siempre.
–Una cucharada de elixir.
Mac se fingió aterrorizado. Volvió a por la bolsa y la camiseta y, pasándole un brazo por la cintura, entraron juntos en la casa.
Lucy entró también en la suya, aún con la picazón en los ojos por el amor y la devoción que había visto entre ellos, y que brillaba con tanta intensidad como el sol de la mañana.
Esa era la razón de que se hubiera tomado tantas molestias para lograr que viniera. Y si había habido un motivo oculto tras ese deseo, había quedado revelado en aquel breve instante en que se había sentido rodeada por sus brazos. Una vez revelado, podía guardarlo en un sitio que le permitiera defenderse de él como si la vida misma le fuese en el empeño.
Como así era.
Por el rabillo del ojo, Mac había visto cómo Lucy presenciaba su encuentro con Mama.
–¿Es Lucy? –preguntó Mama Freda, siguiendo la dirección de su mirada.
–Sí. Tan molesta como siempre.
–Es una buena chica –insistió su madre.
–Entonces, ha llegado a ser lo que quería.
Pero ya no era una chica, sino una mujer. De eso no tenía ninguna duda.
Aun en aquellas circunstancias había notado los cambios. Seguía siendo rubia, pero ya no llevaba la melena suelta hasta rozarle el inicio de los senos.
La verdad es que, pegado al cráneo después del remojón, no parecía gran cosa, pero estaba dispuesto a apostar que llevaba uno de esos cortes de pelo ultra sofisticados que realzaría la belleza de sus increíbles ojos verdes y la perfección de sus facciones. Y era consciente de que había tenido que ignorar con gran esfuerzo la añoranza que le había asaltado de cómo era antes.
Había perdido la constitución fibrosa y delgada de una corredora de larga distancia y redondeado sus formas, un hecho que había notado a su pesar al pegarse ella en busca de calor.
¿Seguiría creyendo que lo más arriesgado que podía hacer una persona era meterse en el lago desnuda bajo la luz de la luna llena, arriesgándose a ser detenida y quedar expuesta a la humillación pública?
¿Qué le haría reír ahora? En el instituto parecía ser el centro de todo, desenfadada y popular, y su risa era tan honda y feliz que hasta los pájaros se detenían a escucharla.
Mac hizo una mueca para sí mismo. Había roto aquel hechizo hacía ya mucho tiempo. ¿Por qué entonces había sido tan reacio a devolver sus llamadas? ¿Por qué tanta aversión?
Y si eso era cierto, ¿por qué habría tenido que revelarle, a ella precisamente, que su padre se dedicaba a abrir zanjas?
A lo mejor semejante confesión había contribuido al desastre del pantalán.
–¿Qué hace? –preguntó Mama Freda, preocupada–. Me parece que también está mojada, ¿no?
–Los dos hemos acabado en el agua.
–¿Y eso?
–Una comedia de errores. No te preocupes, Mama.
Pero su madre estaba decidida a preocuparse.
–Debería haberse venido a casa para que yo la cuidara. A ver si se va a resfriar.
Mama Freda seguía preocupándose de todo el mundo, excepto, quizás, de sí misma, y miraba la casa de Lucy como si estuviera pensando en ir.
La hierba de las dos casas parecía ser una sola, y eso era nuevo. El doctor Lindstrom se había tomado grandes molestias para marcar los límites de su jardín, con el propósito de evitar cualquier asociación con la casa de al lado.
A pesar de que ahora compartía el césped con la destartalada casa de su vecina, el domicilio de los Lindstrom seguía pareciendo sacado de una revista de decoración.
Se habían añadido unas hermosas cristaleras en la parte trasera de la casa, y bajo una hermosa terraza a varias alturas, se extendía un césped de hierba recién nacida que se remataba con un mar de tulipanes amarillos y rojos que se derramaban en una suave pendiente hasta la arena blanca de su playa privada.
El pantalán en forma de ele, cuya madera el sol ya había vuelto gris, estaba rodeado por una docena de canoas puestas boca abajo. ¿Qué pintarían allí? Mama Freda le había contado que Lucy vivía sola desde que volvió a su casa, un año atrás.
Un pájaro cantó cerca y Mac percibió el perfume intenso que las agujas caídas del pino ponderosa desprendían al recibir el calor del sol, y al volverse a mirar las aguas del lago se dio cuenta de lo mucho que había echado de menos aquel lugar. Al contrario que el pueblo, que era un lugar exclusivista. Se era o no se era de Lindstrom Beach.
La familia de Lucy siempre lo había sido. Por supuesto, el pertenecer o no a la comunidad venía determinado por el lugar que ocupase tu casa junto al lago, el tamaño de parcela y vivienda, la clase de barco que se tuviera y las conexiones de la familia. Se pertenecía si se era miembro de la iglesia y del club, y si tus ingresos alcanzaban un determinado nivel del que nunca se hablaba directamente, sino por referencias veladas.
Él siempre había quedado fuera. Era un crío de origen cuestionable, puesto al cuidado de Mama Freda en su casa, la única cabaña original que sobrevivía de los años cuarenta, poco más que un cobertizo de pesca, la vergüenza del vecindario.
Por ello resultaba tan sorprendente lo del césped compartido.
–¿Habéis contratado a alguien para que se ocupe del césped entre Lucy y tú?
–No. Lo hace Lucy.
Eso le sorprendió. ¿Lucy cortaba con sus propias manos una superficie tan grande de hierba? No se la imaginaba empujando un cortacésped. Solo la recordaba sentada con sus amigas en el pantalán, en biquini, mientras era otro quien sudaba la gota gorda manteniendo inmaculado el jardín. Pero no quería que Lucy volviera a colarse en sus pensamientos.
–Tienes muy buen aspecto, Mama –le dijo a modo de invitación para que confiase en él. Debería haberse imaginado que no iba a resultar tan fácil.
–Yo sí, pero tú no –espetó, pellizcándole la cintura–. No eres más que hueso. Seguro que siempre comes de restaurante. Tienes un color horrible.
Más bien era el color que se le quedaba a uno cuando se caía dos veces en un agua gélida, pero sabía por experiencia propia que no habría modo de sacar a Mama de su idea.
Se acercaban ya a la puerta trasera de la casa. El porche estaba ahogado por los lilos, con sus gordas cabezas florales casi tapando la puerta. Mac apartó algunas ramas y abrió la mosquitera, que chirrió escandalosamente. Las tablas que servían de suelo al porche estaban tan podridas como el pantalán.
Alguien parecía haber empezado a repararlo, pero con poca fortuna. ¿A quién habría contratado?
–¿Quién ha hecho esto? –le preguntó, pisando la tabla sustituida.
–Lucy –contestó, contemplando con orgullo aquel desastre–. Me ayuda mucho.
Mac frunció el ceño. Jamás se habría podido imaginar a Lucy haciendo algo así, con los clavos entre los dientes y dando golpes con el martillo.
Aunque Mama no le había dicho nada, sospechaba que llevaba ya tiempo desbordada por la casa, y aquello lo confirmaba.
–Deberías venirte a Toronto conmigo –le dijo a modo de introducción. En la bolsa llevaba algunos folletos de las mejores residencias para mayores.
–¿A Toronto, yo? Eres tú el que debería venirse aquí. Esa ciudad tan grande no es sitio para un chico como tú.
–Ya no soy un chico, Mama.
–Para mí siempre serás mi niño.
La miró con cariño, buscando algún síntoma de enfermedad entre sus arrugas, pero la encontró como siempre. Cuando la conoció ya parecía mayor, y no parecían pasar los años por ella. De hecho, esa falta de cambios, esa inmutabilidad, era un ancla para él en un mundo tan cambiante.
¿Por qué no habría querido decirle que le habían retirado el permiso de conducir?
Cumpliría los ochenta tres días antes del Día de la Madre. Sostuvo abierta la puerta para que pasara y ambos entraron a la cocina.
De nuevo signos de falta de atención: la pintura de los armarios despellejada, una puerta que no cerraba, las losetas de linóleo antiguo que empezaban a despegarse por los bordes. Había un paño de cocina atado fuertemente en un grifo y se acercó a mirar.
Habían intentado contener una fuga.
–¿Obra de Lucy?
–Sí.
La Lucy que él no conocía otra vez.
–Tienes que decirme estas cosas. Habría pagado al fontanero.
–Ya pagas bastante.
Se volvió a mirarla, y sin previo aviso volvió a sentirse un chaval de catorce años, de pie en aquella cocina por primera vez.
La casa de Harriet Freda era su quinto hogar de acogida en otros tantos meses, y a pesar de que el entorno que ocupaba era privilegiado, vista desde fuera parecía más pequeña, más vieja y más oscura que todas las demás por las que había pasado ya.
A lo mejor, pensó entonces con una buena dosis de cinismo, van enviándote cada vez a sitios peores.
Habría parecido una casa muy humilde de estar en un entorno distinto, pero rodeada de aquellas magníficas casas de campo, parecía una choza fuera de sitio en la orilla de Sunshine Lake.
Aquella mañana, de pie en una cocina que difería bastante del exterior de la casa, Mac tenía catorce años y estaba muy asustado, pero había una lección que había aprendido bien desde la muerte de su padre: nunca debía dejar que vieran su miedo.
Le habían presentado a Mama Freda, una mujer que parecía fuerte y bastante mayor, con el pelo de un blanco azulado y más frito que rizado gracias a una mala permanente. Tenía en la cara más arrugas que un Shar-Pei, y Mac pensó que parecía demasiado mayor para cuidar de los hijos de otros.
Pero, por otro lado, su aspecto era totalmente inofensivo plantada allí en su cocina, con un vestido desaliñado, piernas y brazos gordezuelos, tobillos hinchados y zapatos cómodos. Sobre el vestido llevaba un delantal que una vez fue blanco pero que, después de muchos pasos por la lejía, tenía ya el color del té y sombras de manchas de chocolate y arándanos.
Terminadas las presentaciones y las formalidades, la trabajadora social se marchó y él se quedó con una bolsa de papel en la que llevaba dos camisetas, unos vaqueros y una muda. La señora Freda lo miró y Mac notó en sus ojos el brillo de la amabilidad.
Cuanto antes se enterara de que no iban a ser amigos, mejor.
–He matado a un hombre con mis propias manos –espetó.
Lo de «con mis propias manos» lo había añadido de su cosecha pero, en realidad, era parte de la estrofa de una canción. Así conseguía que la gente se apartara de él, creyéndolo peligroso.
Y si algo quería entonces, a sus catorce años, era que la gente se mantuviera alejada de él. Era como un animal herido que no quería volver a confiar.
Mama Freda levantó la vista de lo que estaba haciendo, que era estirar una enorme masa, y lo miró. El brillo había desaparecido, reemplazado por una lástima inmensa.
–Eso es terrible –exclamó, dejándose caer en la silla–. Matar a un hombre. Yo sé lo que es. Tuve que hacerlo una vez.
Mac la miró con la boca abierta, y cuando ella señaló la silla que tenía al lado, abandonó su bolsa medio vacía y se sentó junto a ella, como si fuera un metal atraído por el imán.
–Fue casi al final de la guerra –dijo, mirándose las manos–. Tenía trece años. Era un soldado –añadió, mirándole y preguntándose cuántos detalles más debía añadir–, y estaba… estaba haciéndole daño a mi hermana. Estaba de espaldas. Agarré una sartén de hierro, me acerqué sin hacer ruido y le di un golpe con todas mis fuerzas en la cabeza. Hubo un ruido terrible. Terrible. Se cayó al suelo. Creo que ya estaba muerto, pero sabía que si volvía a levantarse, todos estaríamos condenados, así que seguí golpeándolo muchas veces más.
Mac nunca había escuchado un silencio tan denso como el que se adueñó de la cocina en aquel momento. El tic-tac del reloj parecía casi una explosión.
–Así que sé bien lo que es –dijo por fin–. Sé cómo se lleva dentro. Cómo recuerdas su cara y te preguntas quién era antes de que el mal se apoderara de él. Me pregunto qué sentiría su madre al no verlo volver a casa, y si sus hermanas siguen echándolo de menos ahora del mismo modo que a mí me duele el hermano que se fue a la guerra y no volvió.
Sacó la mano de debajo del delantal y la puso sobre la mesa, con la palma hacia arriba, invitando. Y Mac se sorprendió al darse cuenta de que no podía resistirla y que ponía la suya también sobre la mesa. Ella la tomó y apretó con una fuerza sorprendente para ser una señora tan mayor.
–Mírame –le dijo, y él obedeció.
No dijo una sola palabra porque no era necesario. Mac la miró a los ojos, y por primera vez en mucho, mucho tiempo, tuvo la sensación de no estar solo. De que alguien más sabía lo que era sufrir.
Más tarde comieron el apfelstrudel que terminó de preparar en la mesa de la cocina, y fue como si de pronto sus papilas gustativas se hubieran despertado de un largo sueño, como si también por primera vez, desde hacía mucho, mucho tiempo, probase algo tan maravilloso.
Y con un pedazo de aquel maravilloso pastel deshaciéndosele en la boca, hizo lo que había jurado que nunca volvería a hacer. Pero tuvo cuidado de no pronunciar su nombre, de no decir las palabras que lo volverían sólido y real. Para él, admitir el amor era lo mismo que empuñar la espada de un samurái en dirección a su propio corazón.
Pero nunca cambió la historia que le contó aquel día, ni siquiera cuando ella le dijo, en una ocasión:
–Sé, schatz, que no hay nada en ti que pueda matar a otra persona. Ni siquiera a un pajarillo recién nacido que se haya caído del nido. Si hasta te he visto sacar afuera los bichos que se cuelan en casa.
Mama, con su enorme capacidad para cuidar de todo, lo había salvado.
Y tenía que estar a su lado si lo necesitaba. A juzgar por el aspecto de la casa, estaba claro que no lo había estado, al menos en ese sentido, mientras que Lucy, a la que había llamado mocosa malcriada, sí que lo había estado.
¿Se sentía culpable por ello?
–Date una ducha –le dijo, y Mac volvió al presente con un movimiento de cabeza–. Bien caliente –añadió, y la vio empinarse en las puntas de los pies para sacar del armario de la cocina la vieja botella marrón de jarabe.
Rápidamente subió las escaleras y se metió en el pequeño cuarto de baño.
Cuando volvió a bajar, ya con ropa seca, le tenía ya servido un vaso.
–Bébetelo. Te quitará el frío.
–No tengo frío.
–¡Vas a pillarte un buen resfriado! –protestó, con los brazos cruzados.
No tenía sentido explicarle que los catarros no tenían nada que ver con el frío, sino con ponerse en contacto con los cientos de virus que andan por ahí, y que seguramente no escogerían las gélidas aguas de Sunshine Lake como habitat.
Tomó el vaso y, tapándose la nariz, vació su contenido, que cayó como una bomba en el estómago.
–¡Por amor de Dios, pero si es schnapps! –exclamó con los ojos llenos de lágrimas.
–Es obstler –confesó sonriendo–. No ese pipermint azucarado que beben aquí. Este lo hago yo con manzanas y hierbas.
Desde luego si había algún virus despistado navegando por su organismo, fuera cual fuese su origen, habría quedado aniquilado.
–Con la receta de mi abuela –continuó explicando–. Anda, llévale un poco a Lucy. Ya se lo tengo preparado.
Y le entregó una pequeña botella marrón de su elixir secreto.
–No pienso ir a ver a Lucy.
Después de su encuentro en el muelle, cuanto menos tuviese que ver con ella, mejor.
Hubiera querido pensar que, después de todo aquel tiempo, la chica para la que no había sido lo bastante bueno, no tendría poder alguno sobre él. Había visto mundo. Había alcanzado éxito. Estaba convencido de que Lucy y su universo no serían más que una mota de polvo del pasado.
Lo que de ninguna manera se esperaba era el aluvión de sentimientos que había experimentado al verla. Aun calada hasta los huesos, medio congelada, verla en el pantalán llamándolo le había provocado una sensación tan fuerte que el corazón había estado a punto de salírsele del pecho. Seguía teniendo la misma cara de una belleza fuera de convencionalismos, pícara, que inspiraba confianza, lo bastante para lograr que un hombre bajase de inmediato la guardia y quedara en un estado tal de indefensión que pudiese hacerle acabar en el lago por el empujón de una persona que pesaba, como poco, treinta kilos menos que él.
Una pena antigua afloró a la superficie, con bordes afilados como cuchillos.
«Jamás podría enamorarme de un tío como tú».
Ese era el problema de volver a un sitio que se creía haber dejado atrás: que las viejas heridas no acababan nunca de sanar, sino que esperaban. Y aquellas palabras, viniendo de labios de Lucy, la chica a la que le había confiado su corazón maltratado…
–¡Tiene que tomárselo! No querrás que se pille una pulmonía.
Dado que no quería contarle por qué no quería ver a Lucy, quizás había llegado el momento de explicarle cómo funcionaban los virus, aunque por otro lado, sabía que esa explicación caería en oídos sordos.
–Es hija de un médico. Seguro que sabe lo que necesita.
Pero ella siguió mirándolo, inflexible.
–Mama, seguramente sea ilegal fabricar este brebaje, y mucho más dárselo a beber a nadie.
Seguía con los brazos cruzados y, de pronto, le atacó por otro flanco:
–¿Has intentado hablar con tu madre, schatz?
Él la miró sin saber qué contestar.
–El Día de la Madre está a la vuelta de la esquina. Apenas faltan dos semanas. Debe de echarte mucho de menos.
Lo único a lo que su madre podía echar de menos era al saldo de su cuenta corriente. Pero no estaba dispuesto a meterse en esa conversación. Y estaba claro que Mama se había aferrado a la idea como un perro que arrancase la carne de un hueso a dentelladas.
–¿Cuántos años han pasado? –insistió.
Mac no quiso contestar, pero mentalmente hizo la cuenta.
–Ya es más que hora.
Su madre era la única parcela de su vida a la que se había negado a darle acceso a Mama desde el día que llegó a su casa. No iba a haber reconciliación alguna con su madre.
–Solo una tarjeta para empezar –le dijo ella, como si no hubieran tenido aquella misma escena cientos de veces–. Creo que tengo una perfecta por aquí.
Mama siempre tenía un cajón dedicado a las tarjetas de felicitación de un tipo u otro, adecuadas para cada ocasión.
Para todas menos para una madre y un hijo que llevaban separados catorce años.
Sin decir palabra, agarró el bote de schnapps y salió por la puerta, que lo despidió con un chirrido. Cuando miró hacia atrás, Mama estaba de espaldas con el cajón abierto ante sí, canturreando satisfecha.
Qué encogida estaba. Qué frágil, a pesar de su corpulencia.
Y qué estropeada estaba la casa. Volvió a sentirse culpable por haber permitido que llegara a aquel estado.
Apenas llevaba media hora en Lindstrom Beach y ya se sentía ahogado por todos aquellos incómodos sentimientos. No le gustaba sentirse así.
Lucy había estado allí y él, no. Pero aquello iba a cambiar.
–¡Asegúrate de que se bebe un poco! –le gritó Mama desde la cocina–. Y no vuelvas hasta que lo consigas.
Y a pesar de que detestaba tener que darle la razón a Lucy, por mucho que le molestaran aquellos inesperados sentimientos, tenía que admitir que había acertado con su insistencia para que volviera.
Mama lo necesitaba.