Aníbal, el orgullo de Cartago
Capítulo 4
Este capítulo es largo, así que está dividido en 5 partes.
Una danza para los dioses
A pesar de las circunstancias casi fatales que habían acompañado sus primeros años, Masinisa era un joven lleno de determinación. Durante la infancia, una enfermedad desconocida había puesto en peligro su vida. Algunos años después, Un brote de viruela se había cobrado la de su hermano mayor, y la de varios primos y muchos de sus compañeros de infancia: aquél era su recuerdo más antiguo. Al cabo de un año, contrajo otra enfermedad. Lo atormentaban jaquecas y picores, no conseguía ponerse erguido a causa de los retortijones de vientre, y vomitaba todo lo que tragaba junto con otras sustancias que procedían de lo más hondo de sus entrañas. Al final quedó postrado, febril, incapaz de levantarse, con las sábanas manchadas del color rosa de la sangre que exudaba su piel. Médicos y sacerdotes se afanaban a su alrededor y entre ellos circulaban otras criaturas, pequeñas, semihumanas, que sólo él podía ver. Aquellos demonios lo agarraban y tiraban de él, para levantarlo del lecho y llevarlo a algún lugar abominable. Los combatió con toda la fuerza de su voluntad y nunca estuvo seguro de cómo los venció, pero salió de la enfermedad con una callada fe en su destino. Aquel padecimiento había sido una prueba y la había superado.
Masinisa no era alto; sin embargo, su padre siempre le había dicho que los mejores hombres eran compactos y duros como la mejor madera. Un hombre podía estar hecho de muchos materiales distintos, pero era difícil distinguir la calidad de éstos. Su estirpe, le había dicho el rey Gea, era de caoba impoluta. Al contemplar su reflejo en el hierro bruñido, Masinisa encontraba acertada la comparación. Tenía un cuerpo tal que cada porción musculosa se adhería a su esqueleto en los lugares precisos. No había grasa; una capa magra de piel lo cubría como si fuera cuero mojado secado al sol hasta adquirir la forma.
Era jinete desde que alcanzaba a recordar, y podía hacer cualquier cosa igual de bien a caballo que caminando. A lomos de una montura fumaba sus pipas, comía e incluso, en ocasiones, orinaba de lado, bromeando con sus compañeros sobre la potencia de su surtidor. A veces soñaba con conquistas sexuales a lomos del caballo, aunque no era éste un arte que practicase a menudo durante las horas diurnas. Como preparación para el combate, se dedicaba a lanzar proyectiles al galope con los que atravesaba pájaros en pleno vuelo y cazaba ardillas a la carrera. Las criaturas de mayor tamaño eran objetivos más fáciles y ninguno tanto como los anchos torsos humanos.
Antes de embarcarse rumbo a Iberia, Masinisa prometió a Sofonisba que regresaría a su lado como un héroe. Lo decía en serio, y le dolió que ella lo mirase divertida, como si sus palabras no fuesen más que una baladronada. La deseaba con ardor, no tanto por los placeres que ella le había regalado como por conocer la exquisitez de los que le reservaba. Sofonisba era exquisita y cruel, y tal combinación resultaba irresistible. Después de la muerte de su madre, Masinisa haría a la joven reina de su imperio y luego dilataría sus dominios en todas direcciones. Aun cuando Cartago dominase el Mediterráneo, los masilios extenderían su poder hacia el oeste y someterían a los gétulos y a los moros, por no hablar de los libios. Aplastaría a Sifax con el talón del pie derecho y luego se dirigiría hacia el sur. Forjaría vínculos nuevos con Audagost y Kumbi, ciudades de las que sabía muy poco, salvo que pertenecían a unas ricas y prósperas culturas antiguas. Con ellas como aliadas, controlaría el flujo comercial entre el África continental y el Mediterráneo.
¡Qué mundo crearía entonces! Pondría a los pies de su esposa tesoros de oro y marfil, cuentas de cristal, telas hermosas y tintes. En los años por venir, Sofonisba vería que Masinisa no era un muchacho del que burlarse, sino un hombre que sería recordado eternamente. Masinisa estaba seguro de ello; sólo tenía que convertir el sueño en realidad.
Durante los primeros meses en tierra ibera, demostró que era el guerrero que afirmaba ser. Sabía que la mejor manera de librar una batalla cambiaba con las circunstancias; los romanos eran lentos en comprenderlo, mientras que los númidas funcionaban mejor cuando cambiaban de idea y de estrategia, y se lanzaban a ella tan veloces como sus monturas. Una vez, sus hombres sorprendieron a un grupo de exploradores romanos que regresaba hacia el norte. Ignoraba de qué se habían enterado pero, fuera lo que fuese, murió en sus gargantas, en la de todos y cada uno de los cincuenta hombres que participaban en la misión. Condujo expediciones hasta el corazón del noreste de Hispania, en las que prendieron fuego a pueblos y aldeas, y los dejaron convertidos en piras de desesperación.
No sentía ningún odio personal hacia aquellas gentes, pero eran traidoras a Cartago, amigas de sus enemigos. Intentó hacer creer a los Escipión que no tenían ningún control sobre su territorio y que no podían ofrecer protección a sus aliados. Masinisa podía golpearlos a voluntad, cuando quisiera. Y por lo que a él hacía, podía prolongar la situación indefinidamente. Era nuevo en la guerra, sí, pero ya notaba una maestría en ella que le corría por las venas. Con su ayuda, los hermanos Barca vencerían; él mismo se encargó de recordárselo a menudo. Ellos se reían al oír sus jactancias, pero era evidente que les gustaban. Le daban palmadas en la espalda, lo abrazaban con rudeza y le tiraban del pelo y lo llamaban «hermanito». Asdrúbal dijo una vez: «Ojalá nunca seas nuestro enemigo. ¡Que la fortuna no nos traicione jamás de tal manera!». Incluso Hanón, de quien sabía que había sufrido a manos de los romanos y que era, por lo general, un hombre taciturno, simpatizaba con él.
Más avanzado el verano de su primera temporada en Iberia, los dos ejércitos cartagineses se hallaban en el campo de batalla y sucedió que los movimientos de Asdrúbal lo condujeron a las proximidades de las fuerzas de los hermanos Escipión en Amtorgis. Hanón, que había retomado el mando de su ejército, no andaba lejos, pero los separaban varías millas de terreno montañoso. Al parecer, los romanos se habían cansado de las escaramuzas y deseaban una batalla de verdad antes de que terminara la temporada. Estaban a la ofensiva, como creían que estarían sus conciudadanos en Italia. Por un momento, separado como estaba de su hermano, la situación para el ejército de Asdrúbal pareció funesta, sin embargo, en vez de atacarlo con todas sus fuerzas, los romanos se dividieron en dos columnas. Cneo marchó hacia el norte para echar a Hanón, mientras que Cornelio se situó al lado de Asdrúbal, sólo separado de éste por un río y una estrecha franja de terreno.
A primera vista, las dos columnas romanas eran considerables, formadas por unos treinta mil hombres cada una. No obstante, gracias a las informaciones de sus exploradores, cuyas batidas eran muy amplias, Masinisa supo que las fuerzas de Cornelio estaban formadas básicamente de celtiberos. Sólo un tercio de los hombres era romano. Como respuesta a esta noticia, se mofó de los celtiberos, pero al cabo de un momento se detuvo a media frase, sorprendido por las palabras que acababa de pronunciar. Era una idea sencilla; sin embargo, había en ella cierta belleza sublime. Cuando los generales se encontraron a mitad de camino entre sus ejércitos para una reunión convocada a toda prisa, Masinisa no pudo por menos que empezar el encuentro exponiéndola.
—Escuchadme —dijo, hablando con su habitual apresuramiento, antes incluso de que el grupo se hubiera acomodado por completo—. Esos iberos no tienen alegría en el corazón. No esperan con ganas esta batalla y no aman a Roma. Nosotros tenemos plata. ¿Por qué no les pagamos?
Asdrúbal sacudió la cabeza y se dejó caer en su banqueta.
—No lucharán contra Roma. Están demasiado vinculados a los romanos. Y han sido tan malvados con nosotros que no pueden esperar nuestra amistad.
—No he dicho que tuvieran que luchar contra Roma —atajó Masinisa—. Eso está fuera de cuestión. Paguémosles, pero no para que luchen por nosotros, sino para que no participen.
—¿Para que no luchen?
Masinisa intentó encontrar palabras para explicarse mejor, pero entendió que ya había dejado clara su postura y se limitó a asentir.
Cneo Escipión estaba más que harto de Masinisa. Desde que había comenzado su marcha hacia el norte, el cachorro había estorbado cada uno de sus movimientos, ladrándole en los talones y lanzándose una y otra vez a unos ataques tan rápidos que sus hombres apenas tenían tiempo de ponerse en formación para afrontarlos. La fuerza de Masinisa parecía tener apenas el tamaño necesario para arrojar las lanzas, rebanar el cuello o el brazo alzado a unos cuantos porteadores, prender algún carromato con una antorcha encendida o asustar a los caballos hasta que se desbocaban. Después desaparecían, agachados sobre sus monturas, galopando a una velocidad pasmosa bajo las ramas de los pinos. Eran tácticas cobardes, pero cada incursión le costaba muy cara en vidas, suministros y orgullo.
Precisamente por eso, Cneo ordenó que la marcha silenciosa comenzara a medianoche. Sabía que Indíbil y sus tartesios —aliados de los cartagineses— marchaban a pie unas cuantas millas al este. Quizás el acoso de Masinisa era un ardid para mantenerlo distraído mientras los iberos avanzaban a fin de unir sus fuerzas con las de Hanón. Decidió emprender una acción que modificara la situación y rezó para que cuando el polvo se posara, descubriese que había obtenido alguna ventaja. Dejó un retén de hombres al cuidado de los fuegos del campamento y les ordenó dar la llamada de retreta y, en general, producir la impresión de ser más numerosos de lo que eran en realidad; él, al mando del grueso de la fuerza, se escabulló sigilosamente sin que nadie lo descubriera, lo cual no fue pequeña hazaña, ya que se trataba de un ejército de veinticinco mil hombres. Si aquello salía como imaginaba, podría deshacerse con rapidez de los tartesios y luego retroceder para afrontar la amenaza mayor. Estaba seguro de que Indíbil se recogería la túnica y cagaría piedras cuando viera el volumen de las fuerzas enviadas contra él.
La marcha comenzó perfectamente; los hombres mantuvieron un buen orden y recorrieron casi la misma distancia que habrían cubierto con luz diurna. Al amanecer, se encontraba muy cerca ya de los iberos, como sus exploradores habían anunciado que ocurriría, y forzó a éstos a entrar en combate, en un amplio frente que se extendió por el terreno ondulado y boscoso. Sus hombres tuvieron que luchar individualmente, como si fueran gladiadores en una gran competición. Para muchas legiones, combatir de este modo habría resultado difícil, pero Cneo había adiestrado a sus hombres con aquel fin y obtuvo ventaja desde el principio. Con cada acometida o ataque, los iberos retrocedían.
No obstante, cuando oyó los primeros gritos agudos y vacilantes de los númidas, se le heló la sangre en las venas. Al cabo de un momento, los jinetes de Masinisa los atacaban por ambos flancos, como un ejército de furias africanas desencadenadas que los dioses númidas escupieran por su gran boca podrida. Sin embargo, ni siquiera esto decidió el enfrentamiento. En cuestión de momentos, la sangre del Escipión pasó de helarse a hervir. Gritó a sus hombres que cerraran las filas. A su lado, el cuerno bramó instrucciones e hizo que los soldados de los flancos se volvieran para enfrentarse a los asaltantes, detuvo el avance hacia los tartesios y alertó a cada soldado de que adoptara una posición defensiva. Cuando se logró cierto orden, las fuerzas romanas comenzaron a retirarse.
Todo esto se llevó a cabo con la máxima pericia, pero aquel día conspiraban contra Cneo otros poderes. Un jinete se presentó ante él con el anuncio de un último golpe malhadado de la Fortuna: Hanón se aproximaba deprisa. Los romanos habían estado tan distraídos que no se habían percatado de su avance hasta que los vieron marchar en grandes columnas entre los pinos. La mirada del general se dirigió hacia la hilera de los árboles que el explorador señalaba. Podía tratarse de una ilusión causada por el viento, pero las copas de los pinos temblaban y oscilaban como si algo golpeara los troncos mientras avanzaba entre ellos. Dijo a uno de sus oficiales que reuniese un pequeño grupo de jinetes y cabalgase hasta el campamento de Cornelio a pedir toda la ayuda que pudiera proporcionarle pero, mientras el mensajero espoleaba el caballo, Cneo tuvo la certeza de que el esfuerzo era inútil.
Enviado el mensaje, dio nuevas órdenes. Los soldados romanos detuvieron la marcha y se dedicaron a levantar fortificaciones. No siguieron el orden normal de construcción de un campo defensivo, sino que Cneo fue de un lado a otro a caballo, dando instrucciones sobre cómo aprovechar mejor el terreno. Los velites y el personal del campo cavaron trincheras en aquel suelo tan poco firme. Los hombres talaban árboles y situaban los troncos caídos de forma que uno se unía con el siguiente para formar un perímetro defensivo justo detrás de las trincheras. Extendieron esta barrera entre riscos del tamaño de elefantes e intentaron sacar ventaja de los accidentes del terreno.
Mientras trabajaban, no dejaban de lloverles los proyectiles enemigos. El corneta que se encontraba junto a Cneo cayó al suelo, retorciéndose de dolor en silencio. Tenía clavada en el pecho una jabalina que le atravesaba el pulmón y salía por el otro lado. El hombre parecía no saber cómo responder a tal herida y se limitaba, por ello, a permanecer tendido. Al cabo de unos momentos, aparecieron cinco númidas saltando por encima de un tronco caído y se enfrentaron mano a mano con los hombres de la plana mayor del general. El propio Cneo desenvainó la espada y trató de acercarse a algún enemigo lo bastante para abrirle la cabeza, pero los númidas se retiraron antes de que pudiera asestar un solo golpe.
Entonces llegó el ejército de Hanón. En aquel terreno escarpado y boscoso resultaba imposible saber cuántos hombres lo componían, pero debían de ser decenas de miles. Las fuerzas de Hanón se desplegaron en una maniobra envolvente, se mezclaron con los tartesios, que los recibieron con vítores y cornetazos, y rodearon a los romanos tanto físicamente como con un muro de sonido y con un brillo de sanguinaria ferocidad en sus ojos, abiertos como platos. Cneo alentó a sus hombres con gritos, aunque no pudo evitar que su voz delatara la cercanía de la muerte. En los momentos que siguieron, tuvo que sentir cierto orgullo al constatar que sus hombres luchaban con una entrega total y no manifestaban ni un ápice de pánico. Pidió a Júpiter que permitiera que alguien sobreviviese a todo aquello y pudiese contar la historia. Terminada la plegaria, ya no pensó nada más. Se apeó de su montura, se unió a sus tropas y, junto a ellas, se enfrentó a la horda que se les venía encima saltando sobre los troncos caídos.
Cuatro días después de que su hermano empezara la marcha hacia el norte, los suesetanos de Cornelio Escipión despertaron al alba y levantaron el campamento a toda prisa. Recogieron las tiendas, amontonaron los suministros a lomos de los animales de carga y, cuando Cornelio envió a un traductor a preguntar qué estaban haciendo, le respondieron llanamente que en su país había estallado una revuelta que exigía de su presencia. Al oír aquello, el procónsul en persona fue a hablar con sus jefes e intentó razonar con ellos. Les imploró que se quedaran, insinuando vagamente que podrían ser recompensados si lo hacían. Estuvo a punto de ofrecerles un pago, pero su orgullo le hizo tragar las palabras antes de pronunciarlas. Al cabo, les recriminó su perfidia y los acusó de urdir planes con el enemigo. Y cuando alargó violentamente el brazo para agarrar a uno de los jefes, se encontró entre dos frentes de afiladas lanzas; el de los celtiberos, delante, y el de los suyos, detrás. Estuvo a punto de gritar que capturaran a los cabecillas, pero advirtió que no tenía ese poder. Los suesetanos los doblaban en número.
Mientras los veía alejarse, formando un grupo poco compacto y despreocupado, un estremecimiento de temor le recorrió la espalda. Cornelio tuvo la certeza de que había sido traicionado. Se volvió y comenzó a contar a sus hombres con la mirada, pero se detuvo. Conocía las cifras y lo que significaban. Convocó a sus oficiales y decidió con ellos huir en busca de las fuerzas de su hermano. Cierto que estaban a cuatro jornadas de distancia, pero si enviaban mensajeros rápidos de inmediato y avanzaban a marchas forzadas, tal vez consiguieran darles alcance en menos de una semana. En cualquier caso, como su número de hombres era inferior, podrían ir más deprisa.
El ejército de Asdrúbal cruzó el río detrás de ellos y los siguió a una jornada de marcha. En ocasiones, durante los dos primeros días, los tiradores cartagineses acosaban al convoy de equipajes de los romanos. La mañana del tercer día, uno de los mensajeros que había enviado primero llegó al campamento a caballo. El animal, cubierto de espuma, estaba tan agotado que cayó muerto a sus pies en el mismo momento en que detuvo su galope. El hombre casi había perdido la mano izquierda, alcanzada por el filo de una espada a la altura de la muñeca. El costado del caballo y la pierna del propio mensajero estaban manchados de sangre, y el hombre llevaba el rostro surcado de trazos marrones, de sus intentos de enjugarse el sudor. Otras veces, Cornelio había recibido buenas noticias de mensajeros que llegaban con peor aspecto, pero las primeras palabras que brotaron de la boca del hombre demostraron que, en esa ocasión, no era el caso.
La ruta septentrional era un hormiguero de númidas, explicó. Estaban por doquier y se movían a su aire. Los demás componentes de su grupo habían caído. Él había conseguido escapar gracias a que el caballo lo había llevado a galope por una pendiente resbaladiza y llena de grava y nadie se había atrevido a seguirlo. Debían prepararse, añadió, porque los númidas podían atacarlos en cualquier momento.
Cornelio se agachó hacia el hombre, que se había sentado mientras le vendaban la herida y bebía agua a borbotones entre frase y frase.
—¿Estás seguro de que has visto eso? —le preguntó—. ¿No será que los númidas seguían al ejército de mi hermano? Si están tan cerca, supongo que Cneo también lo está. Tal vez los hemos atrapado en una pinza.
—No, señor. —El mensajero sacudió la cabeza—. Cuando nosotros los encontramos, no iban en pos de tu hermano. Se dirigían hacia el sur. Nos siguen a nosotros.
Hacia el este, la tierra era baldía y, para los romanos, prácticamente desconocida. No había asentamientos importantes, por lo que habían pasado por alto la zona, pero no se trataba de una extensión muy amplia. Podían alcanzar la costa en cinco días; dos jornadas más y se encontrarían entre aliados. No era una decisión fácil de tomar; Cornelio desconocía si a su hermano le había sobrevenido alguna desgracia y no estaba seguro de si continuar su avance lo llevaría a reunirse con él o lo conduciría a la aniquilación. Lo único que podía hacer era tomar decisiones basándose en lo que sabía, y sus diez mil hombres no eran rival para las fuerzas cartaginesas, en aquel momento. Tenía un ejército pisándole los talones y partidas de merodeadores africanos delante. Al final, ordenó dirigirse a la costa lo más deprisa posible.
Dejaron atrás las carretas y los pertrechos del campamento que había que transportar con los animales de carga, y sólo llevaron comida suficiente para una semana. Aquel día recorrieron un buen trecho. No se detuvieron hasta que oscureció y para el alba volvían a estar en marcha. Cornelio pidió un racionamiento estricto de agua, pero el segundo día recorrieran una tierra tan reseca que parecía absorberles perversamente los líquidos de la piel y de las calabazas. El sol brillaba en un cielo sin nubes, abrasándolo todo con la furia de su calor, que reverberaba rebotando en la arena. En los cielos no se observaba ninguna señal que recordase que el otoño se aproximaba ni que anunciase las lluvias que aquella estación siempre traía consigo.
La tercera tarde pasaron por una zona cuyas gentes moraban en cavernas. Eran un pueblo extraño, sin poder militar, que contemplaron a los romanos desde las bocas negras de la roca. Parecían saber quién era el que estaba en peligro allí, pues no mostraron ningún miedo. Los niños se arracimaban en torno a las piernas de los adultos y observaban con los ojos muy abiertos, sin dejar de parlotear y de señalar la inaudita visión de un ejército romano en plena huida. Cornelio ordenó que se les requisara el agua, pero no les encontraron ni una gota. Era un completo misterio cómo conseguían sobrevivir en aquella tierra cuarteada y árida.
El cuarto día, los ataques de la caballería númida —hasta entonces esporádicos y de poca monta— se incrementaron. Los jinetes aparecieron por los flancos y, hacia mediodía, comenzaron a atacar ante los romanos. Y cuando el sol se inclinaba ya hacia el ocaso, Cornelio recibió de los exploradores la peor noticia posible: creían que era el propio Masinisa quien dirigía los ataques de la caballería. Además, hacia el oeste habían divisado una nube de polvo que se alzaba desde el suelo y que se teñía de rojo con los rayos del sol poniente. No podía tratarse de otra cosa que de un gran ejército, pero las tropas de Asdrúbal por sí solas no podían ser la causa de aquel tumulto. Los ejércitos de los hermanos Barca debían de haberse unido.
Cornelio sabía que, de ser así, Cneo tal vez habría perecido. Pasó toda la noche dando vueltas a esa posibilidad y se levantó sin haber dormido un segundo. Desde el momento en que salió el sol, los númidas no le concedieron un momento de descanso. Aquel día no encontraron agua. En cambio, dieron con el cauce seco de varios ríos. En los ratos de descanso, observó a los hombres, que se agarraban la cabeza con los labios resecos y agrietados y los ojos cada vez más hundidos en las órbitas. Algunos caballos se negaban a caminar y otros se desplomaban de cansancio, arrojando al suelo a sus jinetes. Cornelio creía que sólo necesitaban un día más. Una jornada más de retirada. Pero mientras el sol se ponía por quinta vez, el procónsul fue consciente de que, antes de que amaneciera, deberían sobrevivir a una larga noche y que tendrían que hacerlo en un territorio indeciblemente yermo.
Hicieron una pausa junto a la única nota distintiva en el entorno que los rodeaba, una montaña pelada que caía suavemente en todas direcciones y que no era más que un grano en la piel del paisaje. Los diez mil hombres apenas cabían en la ladera, y ésta no ofrecía ninguna de las muchas cosas necesarias para construir un campamento fortificado. No había madera para las estacas, ni extensiones de hierba que cortar en cuadrículas para utilizarla en los muros. Ni siquiera podían cavar el rocoso suelo para hacer una trinchera. El procónsul tardó unos instantes en confirmar por sí mismo la situación. Observó el terreno que tenían por delante y comprobó que, hasta donde alcanzaba la vista, les aguardaba más de lo mismo.
Hizo formar la infantería en un círculo alrededor de la montaña con órdenes de repeler las cargas de la caballería del enemigo, las cuales empezaron antes incluso de que terminara de hablar. Dentro de aquella barrera de hombres, todos los demás desensillaron las monturas y descargaron los fardos de suministros y pertrechos varios de las acémilas, todo lo cual amontonaron para formar una segunda línea de defensa, que reforzaron con grandes piedras en los puntos oportunos. Degollaron cincuenta mulas y colocaron los cadáveres sobre el improvisado muro. Poco después mataron al resto de los animales, pues de poco iban a servir a unos hombres que al día siguiente estarían muertos.
Cuando todo estuvo a punto, aparecieron las tropas cartaginesas exhibiendo su poderío. Se desplegaron por el terreno como un río de sangre coagulada, y sus corazas, con la apariencia del cuero curtido, reflejaron como perlas el resplandor cada vez más débil del cielo carmesí. Los númidas se replegaron para consultar con ellos, y Cornelio dispuso a su infantería en el interior de aquella extraña fortaleza. Mandó cerrar la entrada y colocó centinelas en todo el perímetro; también envió vigías a los puntos más elevados para observar los movimientos del enemigo. A continuación, un silencio sepulcral se cernió sobre el ejército. No había nada más que hacer. Con rostro sombrío, los hombres jadeaban, tan deshidratados muchos de ellos que ya no podían sudar. Cornelio les ordenó que descansaran, que compartiesen el agua, si les quedaba, que mantuvieran las armas preparadas y que se acordasen de sus dioses y de la nación a la que servían. Estaban allí por una noble causa y no había de qué lamentarse. Ninguno de ellos tenía que afrontar lo que estaba por llegar con otra actitud que no fuera coraje.
Cuando cayó la noche, reinó la oscuridad hasta que salieron la luna y las estrellas. A su alrededor sólo imperaba el silencio. La brisa transmitía de vez en cuando un retazo de conversación en alguna lengua africana; sin embargo, estas voces no daban una auténtica medida del mar de animosidad que los rodeaba. Cornelio se hallaba sentado en una sencilla banqueta, rodeado de sus oficiales. Éstos, en voz baja, comentaron los acontecimientos del día, valoraron la noche que tenían por delante y, dejándose llevar por el optimismo, propusieron estrategias para la defensa. Sin embargo, al hombre más entrado en años que ocupaba el centro del círculo, sus palabras se le antojaron palabrería infantil. En su fuero interno rezaba para que los cartagineses esperasen a que amaneciera. Tardarán, se decía. Descansarán. Ningún ejército ataca de noche. Quiso subirse al montículo y gritar aquello a sus hombres, por si no lo sabían. Las maniobras nocturnas eran una insensatez. ¡Esperad hasta el amanecer! ¡Esperad hasta el amanecer! Pero al tiempo que expresaba aquel deseo, tuvo que reconocer que los cartagineses serían unos estúpidos si no terminaban con ellos aquella noche. Y los Bárcidas no eran estúpidos.
Cornelio intentó encontrar alguna razón que explicase por qué los dioses habían bendecido de forma tan repentina al enemigo. Aquella noche se celebraban las Nonas Caprotinas, en las que se honraba a las mujeres que habían defendido a Roma con las armas en cierta ocasión, y no había nada de mal agüero en tal festividad. Nunca había entendido las razones que se ocultaban detrás de la inestable ascensión y caída de la Fortuna y, con el paso de los años, se le hacían cada vez más incomprensibles. Por más que otros siempre fueran capaces de encontrar explicación al éxito o al fracaso, él jamás había creído que la gente tuviera ni la más pequeña idea de las inclinaciones de los dioses. En toda su vida había flaqueado en su devoción, no había dejado de ofrecer tributos, ni había permitido que su fervor decayese un solo instante. ¿Por qué, pues, la Fortuna no mostraba igual constancia con él?
Aunque lo esperaba, cuando llegó, el grito lo estremeció de tal manera que dio un visible respingo.
—¡Allí! —voceó el centinela—. ¡Ya vienen!
Las murallas blancas de Cartago brillaban bajo el resplandor del sol, gloriosas y cegadoras como estructuras forjadas en plata y bruñidas hasta lo indecible. Magón recordó lo mucho que veneraba aquel lugar. Pisó de nuevo la tierra africana, aspiró su aire y contempló a sus paisanos. La noticia de su llegada lo había precedido. Mientras subía desde el puerto, la gente salió a saludarlo. Las mujeres lo abrazaron y lo besaron, los hombres le dieron palmadas en la espalda, y todos lo alabaron y le hicieron preguntas; sin embargo, Magón no quiso hablar todavía de los rumores que les habían llegado. El Consejo lo convocó pocas horas después de su arribada, pero se demoró un rato en ordenar que descargaran del barco una serie de bultos.
A continuación, corrió a su casa para reunirse con su madre. En público, Didóbal lo recibió con toda la dignidad de su condición, pero en la intimidad de sus aposentos le dio un abrazo maternal. Magón no discutió con ella. Le explicó cuanto pudo y ella lo escuchó todo, sonrió y frunció el ceño cuando le pareció apropiado, e hizo su juicio razonado de la campaña con la autoridad de un viejo guerrero. Al igual que Aníbal, Didóbal se tomó las victorias como algo natural y les quitó importancia para concentrarse en cómo terminar la guerra. A Magón se le hacía extraño escucharla, pues en su voz había una cadencia que le recordaba a su padre y que nunca hasta entonces había notado.
Sapaníbal lo recibió con más entusiasmo del habitual. Se apretó contra él, le acarició la cara y empezó a preguntarle por los detalles de la campaña: dónde había tenido lugar, cómo les había afectado la falta de refuerzos y qué pensaba Aníbal respecto a marchar sobre Roma. Si Didóbal era un guerrero viejo, Sapaníbal era su equivalente en joven; bullía de ideas y planes.
Sofonisba lo rescató de ella. Se le echó al cuello como si todavía fuera una chiquilla, entrelazando las piernas alrededor de su cintura, y le llenó la cara de besos. Aquel recibimiento lo conmovió y le agradó. Astarté se había empleado a fondo en ella, ¿o acaso era una creación de la diosa griega Afrodita? Por más que fingiera ser todavía una chiquilla, ya no lo era y Magón, aunque fuese su hermano, no pudo dejar de apreciar la pasmosa belleza de su feminidad. Darse cuenta de ello le produjo una inmediata sensación de incomodidad. Ojalá que la guerra no llegara nunca a esa tierra suya, murmuró entre dientes.
Todavía andaba pensando en ello cuando vio a Himilce, que se le acercó sola con toda la reserva que exigía el decoro propio de los cartagineses, le dedicó una reverencia, lo saludó con palabras elogiosas y no se irguió hasta que él le pidió que lo hiciera. Himilce preguntó por Aníbal con timidez y desapasionadamente, como si le pidiera información del tiempo. Él respondió en los términos más vagos y no le habló de su marido, sino que se refirió en todo instante al comandante victorioso. No le apetecía, por supuesto, hablar del deterioro físico de su hermano, de las pruebas por las que había pasado y de los cambios que el destino había esculpido en él. Aquellas cosas sólo podía explicarlas el propio Aníbal. Magón dio a Himilce el pergamino que su hermano le había confiado. De todos los documentos que llevaba consigo, ése fue el único que entregó en mano. La mirada de Himilce delató la desesperada urgencia que tenía por leerlo, pero se abstuvo de hacerlo. Se limitó a dar las gracias con un gesto de cabeza y se lo tendió a una sirvienta.
Cuando Magón se presentó finalmente ante el Consejo, el clamor de las preguntas resonó en la oscura cámara llena de humo e iluminada con el vacilante resplandor anaranjado de las antorchas. Magón alzó las manos e hizo cuanto pudo para acallar a los consejeros. Empezó diciendo que se presentaba ante ellos con pruebas que confirmaban la grandeza de las hazañas de Aníbal; unas pruebas que enseguida les mostraría. Antes, sin embargo, deseaba recitar la lista de los logros de su hermano para que todos comprendiesen su magnitud. Describió los obstáculos geográficos que habían superado, mencionó las batallas que habían ganado y enumeró a los enemigos derrotados en cada una. Declaró que, hasta entonces, Aníbal había sido responsable de la muerte de casi doscientos mil soldados romanos, había capturado otros cuarenta mil por los que había exigido rescate y había enviado a numerosos aliados romanos de vuelta a sus pueblos para que cantaran las alabanzas de la justicia de Cartago. Habló largo y tendido, sin decir nada abiertamente menospreciativo hacia el Consejo, pero hizo saber a sus miembros que todas aquellas gestas se habían logrado con los recursos más limitados.
Después, esbozó los planes de Aníbal para la continuación de la guerra. Que fuese una estrategia en varios frentes: mandar refuerzos a Italia, sí, pero también redoblar los esfuerzos para conservar Iberia, atacar Sicilia, ganarse de nuevo a los viejos aliados y enviar ayuda y apoyo a Filipo, que luchaba para terminar con la influencia romana en Iliria. Si Cartago lograba mantener los ejércitos romanos lo más desplegados posible y luchando en el círculo interior, Aníbal podría atacar este último con éxito. Roma sería despojada de sus aliados, uno a uno, hasta quedar sola y desnuda entre enemigos. En el plazo de un año, Cartago sería la primera nación del mundo, la única potencia hegemónica, sin obstáculos que le impidieran expandirse allende los horizontes más lejanos.
Cuando terminó su parlamento, un consejero llamado Giscón impuso su voz a la de los demás, que habían empezado a hacerle preguntas. Magón no pudo por menos que mirar el techo con cierta irritación. Giscón había sido rival de su padre desde hacía mucho tiempo y, a juzgar por la expresión de su gruesa cara, seguía siendo un enemigo de todo lo relacionado con los Bárcidas.
—Hablas con grandilocuencia de las victorias de tu hermano —dijo Giscón—, pero tus palabras son engañosas. Si Aníbal ha logrado tamaños triunfos, ¿por qué no ha saqueado ya Roma? Si hemos de creerte, en toda Italia no queda ni un solo hombre en edad de luchar. En tal caso, ¿Aníbal necesita ayuda para enfrentarse a mujeres y niños? ¿Le dan miedo los viejos? Enumeras victorias y luego pides más, más y más. Explícame ese punto porque estoy confundido.
Aunque la reacción lo sorprendió, la cara de Magón no perdió ni un ápice de su serena compostura. Esperaba encontrar cierto resentimiento entre los consejeros, pero le extrañó que las primeras preguntas ya le fueran formuladas con tal hostilidad. Una vez más, Aníbal tenía razón. Reaccionaban como él había anunciado que harían, casi como si su hermano hubiese puesto las palabras en su boca. Había pasado muchos años lejos, pero aún conocía mejor que bien a su gente.
Magón dejó que su sorpresa se manifestara en una expresión jocosa.
—Consejero —dijo—, no creo que haya explicaciones que puedan curar tu particular confusión.
—¡No me insultes! —gritó Giscón. Ponerse en pie era una tarea ardua para él y lo hizo con gran esfuerzo, ya que su cuerpo era muy pesado y estaba debilitado por viejas heridas.
»Tú, aquí ante nosotros, no eres un príncipe. Ni tu hermano es el rey. ¡Dame respuestas, no comentarios ingeniosos, o haré que claven tu ingenio en una cruz!
Se oyeron algunos murmullos de aprobación, aunque pocos parecían complacidos con aquella amenaza directa. Alguien, en un tono más razonable, dijo que se le antojaba extraño que un general victorioso anduviera siempre pidiendo ayuda. Otra voz, salida de los escaños de los jóvenes Hannones, añadió:
—Cuando comenzó esta guerra, tu hermano no nos pidió consejo. ¿Por qué necesita ahora nuestra ayuda para terminarla? Esta guerra ni siquiera es algo propiamente de Cartago; es la lucha de Aníbal, y él será el único responsable de su resultado.
—Entonces, en caso de victoria, ¿toda la gloria será para él? —preguntó Magón.
La respuesta llegó de otra zona de la cámara. Hado no se levantó. Habló en voz baja, pero su tono transmitía toda la autoridad necesaria.
—A Aníbal, lo que sea de Aníbal —dijo—. Pero no perdamos el turno de palabra. Has dicho que traes pruebas, joven Barca. Muéstranoslas.
Magón pareció dudar unos instantes, pero al fin asintió, pues comprendió que había llegado el momento. Irguió la cabeza y habló con voz firme.
—Honorables consejeros, tenéis razón. Os enseñaré lo que he traído. Sí, lo haré. ¡Os traigo un regalo de parte de mi hermano, Aníbal Barca, hijo de Amílcar, orgullo de Cartago!
Hacia el final de la frase, alzó la voz de tal manera que terminó gritando. Aquello era, indudablemente, una señal, pues al cabo de un momento se produjo un alboroto en el vestíbulo, fuera del patio del Consejo. Diversos hombres, esclavos con el torso desnudo, magros y bien formados, empujaron una pesada carreta hasta el centro del Consejo. Iba cubierta con una gruesa tela que ocultaba su contenido, pero se intuía que estaba cargada hasta muy arriba de alguna suerte de botín. Magón paseó junto a la carreta, pasando la mano por encima del paño.
—Cuando os informamos de la magnitud de nuestra victoria en Cannas, hacéis muchas preguntas. Algunos dudáis de los hechos que se exponen. Algunos preguntáis las cifras, pedís pruebas, alguna manera de comprender, desde la seguridad de Cartago, lo que ha logrado Aníbal en vuestro nombre. Pero ¿cómo traer la realidad de nuestras victorias hasta esta cámara? ¿Y cómo afirmar con certeza el número de enemigos muertos? Nadie, salvo Baal, conoce la cifra exacta. Yo todavía tengo que contarlos, pero ¡oh, honorables consejeros!, si queréis saber el número, podéis contar estos objetos, obtenido cada uno de la mano de un ciudadano romano muerto. ¡Un regalo de Aníbal procedente del campo de batalla de Cannas!
Con un gesto ampuloso y teatral, Magón tiró de la tela que cubría la carreta. Casi simultáneamente, los esclavos inclinaron ésta desde atrás y el contenido cayó con gran estrépito sobre las losas del suelo. Al principio, costó distinguir los objetos bajo aquella luz vacilante. Brillaban y rebotaban en la piedra, rodando, saltando y deslizándose, y por extraño que resultase, fue un solo objeto de entre aquellos miles el que permitió reconocer de qué se trataba. Rodó hacia delante, separándose de los demás, y siguió un camino errático que lo llevó a los bancos de los consejeros antes de dar la vuelta y retroceder. Con dedos rápidos, Magón lo agarró y lo alzó en el aire. Era un anillo de oro. Uno de miles. Anillos romanos, tantos que sus ojos no daban crédito a lo que veían.
Los consejeros callaron. El silencio contrastó con el previo repiqueteo de los anillos. Exultante, Magón observó la sorpresa y el temor reverencial en los rostros de los hombres, que comenzaban a comprender. Olvidó la reserva, una cualidad que tan a menudo ejemplificaba su hermano y, sin poderlo evitar, sonrió de oreja a oreja.
Y sonrió durante varios días, hasta que el Consejo le ordenó volver a la batalla con un nuevo ejército. Pero, a pesar de todo lo que les había revelado, se negaron a permitirle que regresara junto a Aníbal en Italia. Por el contrario, lo enviaron a Iberia, donde podría ampliar los éxitos de su hermano. Aníbal, le dijeron, podría pasar sin él un tiempo más.
El otoño después de Cannas transcurrió en una extraña y voraz neblina, como si la batalla hubiese sido un enorme festival y cada ser vivo que hubiera participado en él hubiera quedado agotado y aturdido. Entre las fuerzas cartaginesas se respiraba una atmósfera de euforia, alimentada cada semana por nuevas noticias favorables. El primer enclave latino importante que se declaró en su favor fue Capua. Antigua rival de Roma, la ciudad de la Campania llevaba con encaro su sometimiento y se volvió contra Roma por consenso popular, pero no sin emplear cierto número de ardides. Después de ser avisados de que la plebe se rebelaba contra ellos, los oficiales romanos y sus seguidores fueron conducidos mediante engaños a las termas, alegando razones de seguridad. Cuando los tuvieron allí, cerraron las puertas y todos ellos murieron ahogados y quemados en el vapor. A continuación, sacaron a sus familias de sus casas y lapidaron a todos los miembros. De este modo, el pueblo de Capua selló con sangre su unión a Cartago.
Los términos en los que se acordó la paz entre ambas la convirtió en la ciudad más preeminente de Italia; no sólo ya no estaba sometida a Roma, sino que también quedaba fuera de la jurisdicción cartaginesa. Tal vez era más de lo razonable, pero Aníbal no se sentía inclinado a poner reparos al regalo.
Siguieron otras ciudades. Calatia y Atelia se pusieron de su parte. Las tribus del sur, los hirpinos, los lucanos y los brutios se rebelaron. Los ligures del noroeste aceptaron luchar por una paga. A diferencia de sus vecinos, los galos, estos ligures eran hombres de constitución ligera, soldados de pasos rápidos y muy hábiles en las escaramuzas, que libraban sin armadura, con unas túnicas que, pese a ser de lana, llevaban en todas las estaciones del año. Además de esto, llegó una noticia del norte, un relato extraño que los satisfizo en gran manera.
Miembros de la tribu gala de los boyos habían huido hacia el norte desde el campo de batalla de Cannas anunciando su triunfo. Finalmente, habían visto pruebas claras de que Aníbal cumpliría sus promesas y llevaron esta noticia a sus paisanos junto con las baratijas de los romanos muertos, joyas y armas, tabas y dientes. No les costó convencer a sus paisanos de que se sublevaran en masa contra los romanos, que todavía patrullaban el territorio, y les dieran caza cada vez que pudieran. Aunque los boyos eran fuertes, orgullosos y aguerridos, no destacaban por su visión táctica y su coordinación, pero tenían entre ellos un enemigo al que sabían que podían derrotar. Por una vez, urdieron un plan de ataque bien organizado que a cada hombre se le antojó tan inspirado que se entregó a él con toda devoción.
Sabían que una columna enemiga estaba a punto de ponerse en movimiento por una ruta que cruzaba un bosque al que llamaban de Litana. Los galos eligieron una zona de arbolado tupido para tender la trampa. Unos pinos centenarios, árboles muy altos y con unos troncos de gran diámetro, bordeaban el estrecho sendero. Los boyos se aplicaron a su tarea con hachas y sierras de dientes, y antes de que los romanos llegaran a la zona, cientos de árboles se sostenían en equilibrio sobre un trozo mínimo de madera sin cortar. A los ojos de quienes pasaban, el trecho parecía un bosque en pleno crecimiento. Los galos dejaron sus largas espadas en el suelo, a sus pies, y se agacharon a esperar entre los helechos, junto a los árboles heridos.
Sin saberlo, Lucio Postumio llevaba a su ejército hacia esa zona del bosque. Tenía a su mando dos legiones, además de las tropas aliadas traídas de la costa. Eran unos veinte mil hombres, por lo que les tomó mucho tiempo avanzar por aquel terreno arbolado. Una vez estuvieron todos allí, los galos se levantaron de entre el sotobosque y empujaron los árboles hacia el camino. Tenían palancas preparadas para este fin y cuerdas atadas a algunos troncos, mientras que otros los desplazaron a empujones. Un árbol cayó junto al de al lado y se lo llevó por delante, y ambos siguieron derribando los contiguos hasta que los dos costados del bosque se desmoronaron entre una gran confusión y los romanos quedaron atrapados en medio. Columnas de troncos bloqueaban el cielo, derribaban hombres y caballos y destrozaban carretas. El aire era un torbellino desenfrenado de sonidos, de hojas y de polvo a través del cual los pájaros intentaban, frenéticos, alzar el vuelo.
Algunos hombres consiguieron evitar el horror y huyeron, pero ninguno de ellos escapó con vida. Los boyos los estaban aguardando. Los aturdidos soldados se tropezaron con ellos y fueron rebanados como títeres de feria colocados allí para su diversión. Los galos blandían sus grandes espadas en arcos grandiosos que separaban más de una cabeza romana de los hombros que la sostenían. Al propio Postumio lo desnudaron y lo humillaron. Luego, los boyos le cortaron la cabeza y la despellejaron. Licuaron el cerebro y lo escurrieron. Bañaron en oro aquel cráneo y lo convirtieron en una horrenda copa para ofrecer libaciones a sus dioses.
Aníbal envió mensajeros a los boyos para que contaran esta historia en su tierra con nuevos regalos y alabanzas. Poco después, llevó el ejército a Capua a fin de pasar el invierno con unas comodidades que ninguno de los hombres había disfrutado en años y unos lujos que algunos no habían experimentado en toda su vida: suculenta comida de pescado y marisco, vino en abundancia, camas calientes y mujeres contentas de complacerlos a cambio de recibir parte de las riquezas que habían acumulado en las batallas. Dio permiso a sus hombres para que salieran a las calles y acudieran a los antros de la ciudad, y él se retiró a la villa de su anfitrión e intentó concentrarse en el año que tenía por delante.
Fue allí, rodeado de tanta opulencia, donde recibió la noticia de la muerte de los Escipión en Iberia y, al cabo de pocos días, a otro feliz enviado.
Lisento entró en la sala a paso veloz. Tenía el cabello negro y lo llevaba muy largo; sus rasgos, tal como Aníbal recordaba, eran marcados y aguileños. Al ver al comandante, se detuvo sobre sus pasos y gritó:
—¡Por todos los dioses, Aníbal! ¡Pasarás a la historia! ¡Tu nombre tardará en olvidarse! Permite que no te considere un hombre sino una deidad en ciernes. Me postro ante ti y tus hijos y los hijos de tus hijos.
El macedonio hizo una reverencia y tocó el suelo con una rodilla como si tuviera la intención de postrarse de veras. Aníbal lo detuvo, lo levantó y lo abrazó. No había planeado aquel gesto pero se contagió inmediatamente del entusiasmo del hombre. Al contemplarlo, le vinieron a la mente los recuerdos de su último encuentro. Cuánto tiempo parecía haber pasado desde aquellos días inocentes, cuando toda esa aventura no era más que un proyecto, cuando sus hermanos estaban a su alrededor y Bóstar aún se contaba entre los vivos.
—Entonces, ¿estás impresionado? —le preguntó, risueño.
—Sí, lo estoy, pero lo más importante es que lo está mi rey. Filipo está pendiente de cualquier frase que comience o acabe con la palabra Aníbal. Cree que con sólo pronunciarla, en toda Roma se oirá el toque de difuntos. Alguien podría decirle: «Aníbal se ha clavado una espina en un dedo», y él gritaría regocijado: «¿Has oído esto? Aníbal se ha clavado una espina en el dedo: ¡Roma está condenada!». Te contaré las muchas cosas que mi rey ha planeado, pero dame de beber. Comandante, no sabes las pruebas que he tenido que superar para reunirme contigo. Sacia mi sed y te contaré la historia.