Aníbal, el orgullo de Cartago

David Anthony Durham · Capítulo 2 de 8 · parte 1/6

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Aníbal, el orgullo de Cartago

Preludio

Este capítulo es largo, así que está dividido en 6 partes.

La delegación llegó a la capital de la República de Roma con los días menguantes del otoño mediterráneo. Había viajado desde Saguntum, en la Iberia oriental, para pedir audiencia ante el Senado. Una vez concedida, un hombre llamado Gramini actuó de portavoz. Se presentó a la cámara con expresión franca y abierta y con voz firme, aunque algo ceceante. Los senadores tuvieron que alargar el cuello en sus escaños y fijarse en sus labios para entenderlo, algunos con las manos en los oídos para captar mejor lo que decía mientras otros hacían muecas y bisbiseaban que el latín del individuo resultaba ininteligible. Con todo, al final quedó claro lo sustancial de su alocución, que se resumía en esto: los saguntinos tenían miedo. Temían por la existencia misma de la ciudad, que constituía una joya incrustada en una tierra áspera, plagada de conflictos tribales y de agitación. Eran como ovejas ante un poderoso lobo al acecho. Y el nombre de la fiera no resultaba desconocido en la cámara, pues se trataba del siempre voraz Aníbal Barca de Cartago, el hijo de Amílcar, enemigo declarado de Roma.

El delegado explicó que Roma había descuidado Iberia en detrimento de la República, que la potencia africana se había aprovechado de ello para erigir allí un imperio y que éste se había convertido en un enemigo más poderoso y temible de lo que lo había sido en guerras anteriores. Gramini, el saguntino, preguntó en voz alta si los romanos habían olvidado las lecciones de la historia. ¿No recordaban el daño que les había infligido Amílcar Barca durante la última guerra entre Roma y Cartago? ¿Negaban acaso que Amílcar había salido invicto y que el conflicto se había decidido por errores de otros que él no podía corregir? ¿Olvidaban que, después de aquel revés, Amílcar no sólo se había impuesto a la revuelta mercenaria en su propio país, sino que había empezado a adueñarse del territorio ibérico? Gracias a él, los cartagineses se enriquecían aún más, y una gran fortuna en plata, esclavos y madera fluía diariamente a las arcas de la metrópoli.

Amílcar, gracias a la benevolencia de los dioses, había muerto hacía ya algunos años, pero su yerno, Asdrúbal el Bello, había extendido aún más sus dominios y había construido una ciudad-fortaleza en Cartago Nova. Ahora, también Asdrúbal había desaparecido; afortunadamente, el puñal de un asesino había encontrado su garganta mientras dormía. Sin embargo, Amílcar había resucitado en su hijo Aníbal, un joven dispuesto a completar la labor de sus mayores. Entre los tres, los cartagineses habían derrotado a los olcades y destruido su ciudad de Althia, habían castigado a los vacceos y tomado Salmantica, y habían guerreado sin cesar contra las tribus del Betis y del Tagus, e incluso con las del Durius, gentes más bravias y alejadas que las de Saguntum. En aquel mismo instante, Aníbal se hallaba ocupado en una nueva campaña contra Arbocala. Si se imponía allí —como los emisarios temían que hubiera sucedido ya—, la mayor parte de Iberia quedaría bajo el dominio cartaginés. Sólo quedaba una gran ciudad, Saguntum. ¿Y no era Saguntum aliada de Roma? ¿No era una amiga a la que socorrer en tiempos difíciles igual que ella ayudaría a Roma en momentos de adversidad? Por eso se presentaban allí, ante los insignes senadores; para pedir el pleno compromiso de Roma de apoyarlos si Aníbal centraba su siguiente objetivo en ellos.

Se levantó a responder el senador Cayo Flaminio. Hombre que destacaba por su estatura entre los romanos, el rostro de Cayo mostraba aplomo bajo la mata de cabellos ne gros que se levantaba de su frente como si la llevara fijada con clara de huevo. Empezó su discurso con un elogio, diciendo que no debía confundirse a los saguntinos con ovejas, pues eran un pueblo poderoso, como bien habían demostrado. Su ciudad fortificada era sólida, y su valía en la batalla había quedado reconocida. También añadió, con algo más de aspereza, que había un lobo del Mediterráneo, sí, pero que no residía en Iberia sino en el Tíber. No dio respuestas directas a las preguntas de los iberos, pero les agradeció su fe y los instó a tener paciencia. El Senado debatiría la cuestión.

Gramini hizo una reverencia tras escuchar tal contestación, pero alzó la mano para indicar que aún no había terminado. Quería dejar claro que el peligro que corría Saguntum era consecuencia de su alianza con Roma. Si no se cumplía lo que en ella se establecía, se cometería una grave injusticia contra un pueblo inocente. Saguntum tenía la plena intención de permanecer leal a Roma y esperaba que ésta hiciera honor también a su compromiso, pues había quien decía que la ciudad obraba estúpidamente al depositar tanta fe en una alianza con los latinos. El parlamento finalizó con una pregunta:

—¿Nos dais, pues, vuestra palabra de que tendremos ayuda militar directa?

—Aún no habéis sido atacados —repuso Flaminio—. Sería imprudente decidir una actuación antes de conocer a fondo la naturaleza del conflicto.

Para concluir, Cayo aseguró al saguntino que, en cualquier caso, debía regresar a Iberia con buen ánimo. Ninguna nación había lamentado nunca, ni lamentaría, ser amiga de Roma.

Tras recibir esta respuesta, Gramini se retiró y no tardó en disponer los preparativos para el viaje de regreso. El Senado, cabe reconocerlo, discutió las cuestiones que había planteado el ibero y lo hizo en profundidad, en un acalorado debate, aquella tarde y toda la siguiente. Se decidió enviar un mensajero a aquel cartaginés, Aníbal Barca, y ponerlo en su lugar. Que recordase el poder de Roma y obrara en consecuencia. Salvo esto, sin embargo, no alcanzaron ningún consenso firme. Había otros asuntos exteriores de los que ocuparse, en la Galia y en Iliria. La resolución del asunto con Cartago tendría que esperar.

 

Desde su llegada a Iberia dos semanas antes, el menor de los hermanos Barca, Magón, daba todas las tardes un largo y vigoroso paseo a caballo por el campo. Al regreso, siempre se detenía en el mismo promontorio y contemplaba la manifestación física del legado de su familia. Asentada al final de un largo istmo, como una isla aferrada al continente por un brazo de tierra que se resistía a soltarlo, Cartago Nova causaba admiración. A lo lejos, sus murallas se alzaban sobre el agua por tres de los costados y sólo el istmo permitía acceder a ella desde tierra firme. El puerto formaba un círculo casi perfecto en torno a la ciudad, con rompeolas de roca que cerraban su boca casi por completo. Dos tercios de sus aguas tenían el mismo color negro azulado de las profundidades de mar abierto; el otro tercio, en el lado sur de la ciudad, reflejaba un maravilloso azul turquesa, iluminado desde abajo por un lecho poco profundo de roca y corales que reflejaba el sol como el nácar de una ostra.

La decimoquinta vez que contempló aquella vista, Magón se percató de que algo había cambiado. Era un detalle minúsculo y tardó un momento en reconocerlo. La enseña que ondeaba normalmente en la ciudadela había sido arriada. El rojo estandarte de campaña ya no se agitaba bajo la brisa. Y en aquel preciso momento, ante sus ojos, otra enseña ocupó su lugar. La tela se estremeció, se enroscó, se agitó sin llegar a desplegarse, pero él sabía de qué se trataba: el León de Cartago, la divisa de la familia. Que ondeara significaba que sus hermanos habían regresado del norte, de aplastar la insurrección que había estallado allí. Días antes, los mensajeros habían llevado la noticia de que el ejército se aproximaba, pero debía de haberse dado más prisa de la que calculaban.

Un jinete enviado a buscarlo lo alcanzó cerca de la puerta meridional de la fortaleza. Aníbal le pedía que acudiera sin dilación, dijo el mensajero. Cuando Magón desmontó y se encaminó a palacio, el hombre añadió:

—Por ahí, no. Sígueme, por favor.

La caminata les llevó varios minutos a paso ligero. Guiado por el mensajero, Magón descendió varios tramos de escaleras de mármol, pasó por una serie de túneles y ascendió una rampa empinada hasta la propia muralla. Desde ella, distinguió el ejército de sus hermanos, que se acercaba por el acceso septentrional, y detuvo sus pasos para contemplarlo.

La columna, larga y amplia, avanzaba por las suaves ondulaciones del terreno y se perdía a lo lejos, visible todavía en la cresta más distante. La infantería marchaba en relajada formación, por compañías y procedencias tribales. La caballería avanzaba en las alas del ejército. Los jinetes trazaban círculos, giraban y se lanzaban a cortos galopes, como si fueran conductores de ganado trajinando un gran rebaño. Los elefantes mostraban un despliegue parecido, pero iban separados a trechos más largos. Distinguió con detalle los más cercanos. Eran de la raza africana, por lo que sus conductores iban montados a horcajadas sobre ellos justo detrás de las orejas. Las cabezas y torsos de los jinetes se mecían con el ritmo pausado de las zancadas del animal. Los hombres hablaban a sus monturas y las azuzaban con varas, pero los gestos parecían automáticos, puesto que las bestias teman la fortaleza a la vista y ya olían el pienso que las esperaba.

Magón apartó la mirada y continuó la marcha detrás del mensajero, entre una muchedumbre alborozada y cada vez más numerosa. Cuando el guía aflojó por fin el paso y se volvió a mirarlo, de nuevo se hallaban al pie de la ciudad. Recorrieron un pasillo oscuro, cargado de humedad y más frío que si estuvieran al aire libre. En un costado del pasadizo, barrido, se apilaba el heno viejo. El olor acre de la orina obligó a Magón a caminar con el rostro vuelto a un lado. Estaba por preguntar al mensajero qué era aquello, si una broma o un error, cuando distinguió una cabeza que asomaba de una estancia y miraba hacia el fondo del pasillo. Tras ella apareció un cuerpo: el de Hanón, su hermano mayor y segundo al mando de Aníbal. Magón apartó de un empujón a su guía y avanzó hacia él a la carrera, con los brazos levantados y dispuestos para el recibimiento.

Hanón alzó un brazo y cerró la mano en torno al bíceps de su hermano en un breve saludo, que no pasó de ahí. Buscó la mirada de Magón y apretó los labios en una mueca de gravedad.

—Romanos —dijo—. Han llegado poco antes que nosotros. No es la bienvenida que esperábamos. Aníbal se dispone a hablar con ellos. Ven.

Hanón indicó a su hermano que lo siguiera. Aunque limpia de paja y suciedad, la estancia en la que entraron era un simple pasillo con caballerizas a uno de los lados, iluminado a medias por las teas y por la luz grisácea del atardecer que se colaba por un pasaje que daba acceso a la pista de instrucción de los animales. Varios soldados del Batallón Sagrado, la guardia juramentada en la protección de los generales de la nación, vigilaban junto a las paredes. Todos aquellos guardias llevaban afeitadas las mejillas y el bigote, y lucían en el mentón una perilla perfectamente cuidada. Con los brazos cruzados y la vista fija al frente, permanecían inmóviles ante cada casilla del establo.

En el centro del espacio se había dispuesto una solitaria silla, alta, con respaldo y unas grandes orejeras a los lados que ocultaban el perfil de quien la ocupaba en aquel momento. Los brazos del hombre descansaban en los del asiento y dejaban a la vista los nudillos de unas manos grandes y encallecidas, de piel morena que una sustancia ya reseca e incrustada en ella hacía aún más oscura. A su alrededor, varios hombres le hablaban en susurros, inclinados hacia él. Magón reconoció a uno de ellos, aunque quedaba medio oculto tras la silla y sólo podía verle parte de la cabeza y del hombro. Cuando la figura alzó la vista, Magón distinguió su rostro macizo y cuadrado y la frente surcada de profundas arrugas, rematada en una espesa cabellera ondulada. Aunque su expresión era severa, el rostro esbozó una sonrisa al ver a los recién llegados. Era Asdrúbal, el tercero de los hijos Barca. Respecto al hombre del asiento, Magón había sabido desde el primer momento que se trataba de su hermano mayor, Aníbal.

Dio un paso hacia ellos, pero Hanón lo agarró por el brazo y le indicó la boca del pasaje con un gesto de la cabeza. En el hueco había cinco hombres que parecían estudiar detenidamente el pasadizo y compartir sus impresiones con un intercambio de miradas. Uno de ellos meneó la cabeza y escupió en el suelo. Otro hizo ademán de volverse por donde había venido. Un tercero, sin embargo, contuvo a los demás con un gesto tranquilizador, se quitó el casco y, colocándoselo bajo la axila, cruzó el umbral. Los demás lo siguieron a unos pasos de distancia, y las cinco siluetas se recortaron contra la luz de la tarde.

—Tú y yo nos pondremos a la derecha de Aníbal —susurró Hanón—, y Asdrúbal y el traductor, a la izquierda. Es un recibimiento insólito, lo sé, pero queremos que te vean entre nosotros.

Los dos ocuparon sus posiciones. Magón seguía sin ver la cara a su hermano mayor, pero Asdrúbal movió la cabeza y le cuchicheó algo que no alcanzó a entender. A continuación, todos se volvieron hacia los romanos y los observaron en silencio, con la cara más inexpresiva de que eran capaces.

El jefe de la embajada avanzó hasta llegar a unos pasos de la silla y se plantó allí con los pies algo separados. Aunque no llevaba espada, el resto de su indumentaria era claramente guerrera. De tez apenas más clara que la de los cartagineses, la diferencia de orígenes resultaba, sin embargo, inconfundible. De hombros poderosos y torso robusto, era más bajo que los cartagineses, cualquiera de los cuales le sacaba media cabeza. A un lado de la boca, en la comisura de los labios, llevaba una marca, tal vez de una antigua cicatriz; una herida lenta de curar que no había sanado bien.

Su mirada fue de un hermano a otro, estudiándolos, hasta fijarse en la figura refugiada en la silla.

—Aníbal Barca —dijo—, comandante del ejército de Cartago en Iberia, me llamo Terencio Varrón y traigo un mensaje de la República de Roma, por orden del Senado.

Hizo una pausa y miró a su espalda. Uno de sus hombres carraspeó y se dispuso a traducir el latín de Varrón, pero lo cortó en seco un breve gesto que atrajo todas las miradas. Aníbal había levantado un dedo de la mano posada en el brazo de la silla. La muñeca giró en un movimiento que al principio resultó confuso, hasta que el dedo se detuvo apuntando a uno de los hombres que aguardaban detrás de él, un joven vestido con una simple capa que lo cubría por entero, salvo la cabeza y las manos. Era su traductor personal, que procedió a interpretar la introducción del romano.

—Bienvenido, Terencio Varrón —dijo Aníbal, por mediación del traductor—. Te escuchamos.

—¿Me harás hablar aquí, en un establo? —Varrón miró alrededor. Uno de sus hombres soltó un bufido de exasperación y se miró la suela de las sandalias para comprobar si se había manchado—. Me permito repetir, Aníbal Barca, que…

—Como me han dicho que estabas tan impaciente por hablar conmigo… —lo interrumpió Aníbal en cartaginés—. Acabo de llegar del asedio de Arbocala, ya lo ves. Estoy cansado y sucio, y aún llevo sangre seca bajo las uñas. Y a pesar de todo ello, he hecho un alto aquí para oír tu mensaje urgente. Cuando me lo hayas transmitido, tú y tu gente podréis montar y llevar mi respuesta a Roma. Y no os preocupéis por las sandalias. Si queréis, podemos proveeros de otras nuevas.

El comandante señaló a un soldado de la escolta y le indicó que abandonara las cuadras. El militar parecía confuso, pero se apresuró a obedecer.

—Os gustarán nuestras sandalias. No las hay más cómodas.

El romano se volvió y dirigió una severa mirada a su traductor, como si le pidiera que, de algún modo, tomara nota oficial de cuanto acontecía. Tras ello, miró de nuevo al comandante.

—Ha llegado a conocimiento del Senado que algunos de nuestros aliados aquí, en Iberia, están inquietos ante las acciones de los cartagineses.

Aníbal emitió un sonido grave y gutural, un gruñido.

El romano no se dio por enterado. Saguntum, recordó al comandante, era amiga de Roma y sería protegida como tal. Roma había sido generosa con Cartago hasta el momento, al no poner coto a sus aventuras en Iberia desde los tiempos de Amílcar y con Asdrúbal el Bello, y seguía actuando mesuradamente en sus tratos con Aníbal Barca, pero no debía deducirse de todo ello que los romanos hubieran olvidado las cláusulas de anteriores tratados. Seguían respetando el acuerdo con Asdrúbal que limitaba el ámbito de influencia cartaginés al sur del Ebro. Reconocían que los vínculos familiares y tribales de algunos aliados iberos de Cartago se extendían al otro lado de esa frontera y por ello habían mirado hacia otra parte ante ciertas violaciones de poca importancia. Pero Roma no se quedaría de brazos cruzados si Saguntum era amenazada, ni permitiría otras actividades más allá del Ebro. Ninguna. Y así debía entenderlo sin reservas el joven comandante, por si la muerte prematura de su predecesor le había dejado alguna duda.

Mientras el traductor terminaba lo anterior, Varrón, volviendo el rostro, le dirigió una mirada cómplice con la que indicaba que estaba llegando al punto central del parlamento.

—Roma exige, por tanto, que Aníbal limite su acción en las tierras de Saguntum a transacciones pacíficas entre aliados, sin establecer allí ningún asentamiento ni mediar en las disputas. Roma exige que ningún cartaginés ni aliado suyo cruce el Ebro por ningún motivo. Más aún, Roma exige…

—¡Basta! —exclamó Aníbal, en latín. No la pronunció muy alto, pero la solitaria palabra silenció al romano. Cuando se inclinó hacia delante, su perfil quedó por primera vez a la vista de Magón, aunque los ojos hundidos permanecieron en la sombra, ocultos bajo las cejas prominentes y a los lados de una nariz que era una hoja afilada. Como los hombres del Batallón Sagrado, Aníbal lucía una perilla recortada. Se la tocó con la yema de los dedos y pareció como si tirara de las palabras hasta arrancarlas de su boca una a una—. No escucharé más exigencias. Has planteado tu petición. ¿Oirás ahora mi respuesta?

Varrón mantuvo el aplomo. Más que sobresaltado por la interpelación, parecía incómodo ante el hecho de tener que hablar al cartaginés directamente en latín. Tuvo que carraspear antes de contestar:

—Debo indicar que aún no he terminado de exponer todas mis demandas. Dado que se me ha interrumpido…

—Sea, como quieras.

Aníbal se puso en pie y avanzó hasta el romano, al que sacaba la cabeza. Llevaba los brazos y hombros al aire y flexionó los codos, movió las articulaciones de los hombros y ladeó la barbilla con un audible crujido de la mandíbula. Aunque Magón no apreciaba ninguna diferencia en su físico, había algo en su aspecto que lo sorprendió. Su hermano siempre había sido sumamente estricto y disciplinado, pero esta vez había en sus movimientos una concentración, una manifiesta premeditación, que no había visto nunca en él. A pesar de que Aníbal aparentaba estar un poco harto del discurso, seguía apreciándose tensión y cautela en su mirada. Dio unos pasos frente al emisario de Roma y paseó la vista por diversas partes del establo: el suelo de tierra, los maderos de las caballerizas, la insignia del escudo de un componente del Batallón Sagrado… La posó un instante en Magón y reparó por primera vez en su presencia.

—¿De dónde sale esta historia de la alianza entre Roma y Saguntum? —preguntó, retomando el cartaginés. Su traductor se apresuró a pasar sus palabras al latín—. ¿Dónde está escrito el tratado? Me parece que esa ciudad es una amiga muy reciente de Roma; tal vez lo es sólo de palabra, con un único propósito. Sé franco y no escondas el objeto de vuestro interés. A Roma le molesta ser testigo del florecimiento de Cartago. Nos creíais un pueblo derrotado y, en lugar de ello, prosperamos. Hemos llegado a estas tierras bárbaras y las hemos dominado, y ahora poseemos las riquezas que fluyen de ellas. Es esto lo que ambicionáis. Roma envidia que las manos de los cartagineses aparezcan siempre, como por arte de magia, rebosantes de monedas de plata. Sé franco y reconoce que te trae ante mí la codicia y la envidia, y no la protección de una ciudad aislada. La cuestión saguntina no es más que una excusa para romper la paz entre nosotros.

Llegado a este punto, Aníbal hizo una pausa. Cuando el traductor calló, un momento después, el romano dijo sin tardanza:

—Los registradores del Senado guardan el tratado de alianza entre Roma y Saguntum. La amistad entre las dos partes es conocida y está fuera de duda.

—Bien, bien —dijo Aníbal, sin dar tiempo a que la traducción finalizara—. Pasemos a otra cosa, pues.

Sin embargo, en lugar de hacerlo, se dirigió a una de las caballerizas. Al acercarse, emergió de las sombras la testuz de un caballo, un hocico negro intenso, magro hasta que hinchó los ollares. Aníbal acogió al corcel con un chasquido y alargó la mano para acariciarlo. Se concentró en examinarle la crin y las orejas y le pasó los dedos por las pestañas. Cuando volvió a hablar, parecía casi ausente.

—Mi segundo motivo de queja es la intromisión de Roma en nuestro ámbito de influencia —dijo—. Saguntum está rodeada por todas partes de muchos pueblos que son leales a Cartago, pero los saguntinos se entrometen en los asuntos de los turdetanos, aliados nuestros. El año pasado, sin ir más lejos, dieron muerte a tres de sus caudillos tribales. ¿Con qué objeto? ¿Qué amenaza representaban esas pequeñas tribus para Saguntum… o para Roma, ya que estamos? ¿Qué motivo había para crucificar a aquellos hombres? Lo pregunto, pero no aguardaré a escuchar la respuesta de Roma, porque no tiene ninguna. Ninguna que sea veraz. —Apartó la vista del caballo y la fijó de nuevo en el romano—. ¿Cómo has dicho que te llamas?

—Terencio Varrón.

—Permíteme que te cuente algo de Cartago, Terencio Varrón, que tal vez ignores. Nosotros ayudamos a los que han recibido una afrenta. Con nuestra fuerza, no dudamos en defender de los tiranos a nuestros aliados. Ésta es mi única queja contra Saguntum y sólo exijo que ofrezca una compensación por las afrentas que ha cometido. Pero tú te presentas aquí como si ya hubiera entrado en la ciudad y tomado prisioneros a sus líderes y los hubiera crucificado. Todo eso es incierto y tú, Varrón, lo sabes. Vuelve a Roma y díselo así a tus amos. Vuelve y cuéntales que he recibido su mensaje y que les doy esta respuesta.

Aníbal respiró hondo y dejó que el silencio se prolongara unos instantes. A continuación, exhaló un largo e impertinente resoplido a través de unos labios flojos que vibraban sonoramente al escapar el aire entre ellos. En respuesta, llegó de una de las caballerizas un sonido semejante. A un soldado del Batallón Sagrado se le escapó una risilla, pero se dominó enseguida y adoptó una expresión pétrea.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó el romano.

—Sabrás repetirlo, ¿verdad? Es como el bufido de un semental aburrido de rumiar. Vuelve a Roma, preséntate ante su Senado y, con tu voz más distinguida y mejor, di… —De nuevo emitió el sonido, esta vez más largo y caballuno.

Varrón lo miró fijamente. La altivez oficial desapareció de su rostro.

—¿De veras deseas la guerra con nosotros?

—Lo que yo desee no importa —respondió Aníbal—. Lo importante es lo que vaya a suceder. En esta decisión, Aníbal no es más que una voluntad entre un millón, un hombre apenas entre una hueste de dioses. No hemos hecho nada que viole la palabra que dimos, y ésta es toda la respuesta que debo darte. Te he hablado abiertamente. Con irritación, sí, pero mi mensaje queda claro. Tengo disputas con Saguntum, es cierto, y pueden solventarse pacíficamente, si Baal lo quiere. Pero entended bien que las resolveremos, de un modo o de otro. Reza a tus dioses para que esto no nos lleve al conflicto. Adiós y que tengas buen viaje.

El encuentro había concluido. Aníbal dio media vuelta y, dirigiéndose a Asdrúbal y a los demás miembros de su séquito, se puso a comentar con ellos los asuntos que quedaban pendientes de resolver aquella tarde, los cuidados que requerirían los animales de la expedición y el reparto de provisiones a los soldados para que celebraran por todo lo alto su victorioso regreso. Los romanos se miraron entre ellos con incomodidad y, tras agruparse un instante, intercambiaron breves comentarios en voz baja. Varrón parecía a punto de replicar a Aníbal, pero uno de sus consejeros lo sujetó por el codo antes de que abriera la boca y el grupo se retiró de mala gana. Las cinco siluetas desfilaron por el largo pasillo del establo hasta salir de nuevo al gris ceniciento de la tarde invernal.

Tan pronto hubieron desaparecido los romanos, Asdrúbal dio una palmadita en la espalda a su hermano. Aníbal movió la cabeza y se rió.

—¿Ha sido una imprudencia resoplar como lo he hecho? ¿Crees que transmitirá mi mensaje al Senado?

—Me encantaría ver qué cara ponen los senadores, si lo hace. Pero, hermano, ¿has visto que el otro joven león ha regresado? —añadió, señalando a Magón con un gesto de la cabeza.

Aníbal volvió la suya y se puso en movimiento antes incluso de verlo.

—¡Por los dioses, es verdad! Y ahora tendrá el recibimiento que merece.

Se abrió paso entre los consejeros, llegó en cuatro zancadas hasta Magón y lo estrechó entre sus brazos. Magón reconoció el olor de su hermano, un olor penetrante y rancio y, a la vez, dulzón. Notó los abundantes rizos de su melena contra su mejilla y el cosquilleo de la perilla que le rozaba el hombro; Aníbal casi le cortó la respiración con la fuerza del abrazo. Le dio la impresión de que el estrujón se prolongaba demasiado, pero enseguida vio que se debía a que Aníbal estaba elevando una silenciosa oración de agradecimiento a Baal.

—Magón, no sabes cómo se alegra mi corazón al verte —murmuró Aníbal al fin, sin aflojar el abrazo y con la voz, apenas un susurro, cargada de emoción—. ¡Cuánto tiempo ha pasado! Espero que tu educación mereciera tantos años de ausencia. Sé que nuestro padre quería que desarrollaras tu talento intelectual, pero muchas veces he deseado tenerte a mi lado.

Cuando Aníbal concluyó el abrazo, Asdrúbal se adelantó e hizo como que lanzaba un puñetazo al mentón de su hermano menor, seguido de otro rápido golpe ficticio a las costillas. Instantes después, los dos se fundían en un abrazo. Magón hablando por encima del hombro de su hermano dirigió la palabra a Aníbal.

—He venido a servirte, hermano, pero no esperaba encontrar a un romano en los establos.

—Yo, tampoco —le confesó Aníbal—, pero recordemos que todo cuanto sucede es voluntad de Baal. En el aire que nos envuelve resuenan anuncios de grandes cosas, de grandes posibilidades. Son las voces de los dioses que nos llaman a la acción. Así pues, cabe esperar que sucedan grandes cosas inesperadas. Pero, ved… —Abrió los brazos y los movió en un gesto que abarcó a todos los presentes—. ¿No es éste un momento glorioso? Después de años de separación, todos los hijos de Amílcar vuelven a estar juntos. El mañana nos traerá muchas grandes cosas a los hermanos, a Cartago, a la memoria de Amílcar…

En aquel preciso instante, el soldado al que habían mandado por las sandalias entró en la estancia tímidamente, sosteniendo el encargo contra su pecho. Aníbal estalló en una carcajada.

—¡Hemos dejado que nuestros invitados se marchasen sin su calzado! Qué lástima. Trae aquí un par, pues. Vengo del norte con los pies molidos. Y otro para mi hermano; será el primero de los muchos regalos de bienvenida que voy a hacerle. — Cogió un par de sandalias y, con gesto alegre y decidido, las estampó con estruendo contra el pecho de Magón—: Ahora, debo ocuparme del regreso de mi ejército — anunció—. Todos han tenido un comportamiento excelente y merecen su recompensa. Pero esta noche…, esta noche daremos gracias a los dioses. Permitiremos que el pueblo lo celebre. Y pronto revelaré las muchas cosas que he planeado para todos.

 

Al anochecer, todo lo que quedaba por hacer ya estaba ultimado. Una hora después, los oficiales, caudillos y dignatarios, los cortesanos y los artistas empezaron a aparecer en el salón principal, una estancia enorme, de techos altísimos, en cuyas paredes se representaba el rojo intenso de un crepúsculo africano en el que rondaban leones de silueta negra. Los invitados rebosaban de alegría con el retumbar de los timbales, el tintineo de los címbalos y los ritmos contundentes de las carracas de fibra de palma. Las mesas apenas se alzaban del suelo, que estaba cubierto de confortables alfombras, y unos cojines hacían las veces de respaldo. El vino era la bebida favorita y corría a raudales. Muchachos aún impúberes, con orden de llenar los vasos de todos tanto si se lo pedían como si no, iban y venían entre los invitados con jarras del líquido de color rubí y cumplían su encargo con juvenil entusiasmo.

Los cocineros sirvieron el banquete por tandas. Los criados actuaron al unísono, como si obedecieran a una señal de la música, tal vez, aunque los espectadores no la advirtieron. Sobre cada mesa, depositaron una fuente con un gran pescado, que procedieron a abrir con un hábil corte a lo largo del vientre. Metieron los dedos en el interior y ayudaron al pescado a parir otro, un pez rojo, que a su vez albergaba otro, que ocultaba una anguila asada, de la que extrajeron una larga y apretada comitiva de pulpitos, criaturas minúsculas del tamaño de uvas grandes que los invitados se llevaban a la boca como si fueran tales frutos. En unos pocos instantes, el solitario pescado se había convertido en una exhibición del esplendor del océano, cada producto con su sazón y su salsa, cada uno cocinado de diferente manera antes de ser escondido en el vientre cosido del siguiente.

Unos hombres desnudos entraron jabalíes asados en espetones que cargaban a los hombros. Los animales, en su chamuscada magnificencia, fueron colocados sobre unas brasas; aun en aquel mermado estado, sus moles de áspero pelaje evocaban unas bestias puestas en el mundo por algún dios retorcido. Los comensales cortaron lonjas de carne y se incorporaron con los labios grasientos, asombrados de su sabor, pues se le había infundido de algún modo un aroma ahumado, especiado y suculento que dejaba en el paladar el regusto persistente de la cidra. Y en medio de todo ello corrían los platillos de encurtidos, las fuentes de frutas, las verduras a la parrilla, los cuencos de aceitunas variadas y los frascos de aceite de oliva.

Así transcurrió el banquete dedicado a los oficiales caudillos aliados y soldados valerosos que se habían distinguido durante la campaña. Era bien sabido que el comandante participaba en pocas de aquellas celebraciones. Los excesos a los que él se entregaba se reducían casi exclusivamente a lo que el mundo militar denominaba virtudes: una rotunda firmeza ante el dolor, la tortura y la muerte, una disciplina rayana en el absurdo, o una cabeza fría pese a tener dominio sobre la vida y la muerte de millares de personas. Aníbal ejercitaba su cuerpo incluso cuando descansaba. Paseaba cuando podía estar quieto, nunca se sentaba a dictar o a leer su correspondencia, caminaba con pesos cosidos a sus sandalias y contenía la respiración durante largos intervalos mientras se adiestraba. Esta última era una costumbre en la que casi nadie reparaba, pero que le proporcionaba una resistencia superior a la de cualquiera. Su hermano Asdrúbal era hombre de parecida disciplina, pero prefería realizar sus ejercicios en público y era bien conocido su carácter extrovertido; sobre la verdadera preparación de Aníbal, sólo cabía especular. Su templanza estaba mejor documentada. Nunca bebía más de medio vaso de vino. Jamás comía hasta saciarse o dormía hasta más allá de los primeros momentos del alba, y siempre estaba levantado para contemplar el amanecer y meditar sobre el día que se iniciaba. Prefería la carne magra a la grasa, la ropa sencilla a la opulenta y la dureza del suelo al lujo del lecho palaciego. Y prefería a su esposa por encima de todas las demás mujeres, una verdadera aberración en un hombre que gobernaba con un poder absoluto sobre esclavas, sirvientas y prostitutas, y sobre esposas e hijas de su cortejo de aduladores y ambiciosos. También podría haber escogido entre miles de bellezas capturadas a tribus vencidas. Pero no; Aníbal se reservaba para las cosas que consideraba importantes.

Como todos lo sabían, pocos se molestaron en protestar cuando su comandante se retiró. Lo hizo discretamente, dejando a sus hermanos la parte de los placeres que le correspondían, los cuales tomaron un cariz más carnal tras su partida. Más tarde, esa noche, Aníbal se asomó al balcón de su alcoba, que dominaba la ciudad, y contempló el juego de luces de las numerosas hogueras mientras llegaban a sus oídos los gritos ahogados de la algarabía de las calles. Lo captó todo con una callada quietud en su interior que no era alegría, ni contento, ni orgullo, sino algo para lo que no halló nombre. Aunque la noche era fresca, sólo vestía una túnica. La tela sedosa colgaba de sus hombros y cubría toda su figura hasta rozar las losas pulidas del suelo.

A su espalda, la cámara estaba brillantemente iluminada. Era un lujoso museo de caoba tallada y telas orientales, sofás bajos y mesas de patas finas que parecían producir por sí mismas frutas y bebidas, siempre presentes, siempre en sazón. Los artífices de tal efecto se ocultaban en las sombras y rincones de la estancia. Aquellos cenceños criados estaban allí día y noche, pero eran tan inexpresivos y tan reservados en su trabajo que uno podía estar rodeado de ellos y sentirse completamente a solas. Calentaba el aposento un único hogar, de tal tamaño que habría cabido un semental erguido en la boca en la que ardían las llamas.

Como sucedía con el banquete del que había escapado hacía poco, nada de la opulencia que reinaba en torno a él era producto de su deseo; por nada de aquello sentía aprecio. Simplemente, era lo que correspondía al papel que debía desempeñar. Y era un presente a aquella que le había concedido la inmortalidad.

Aunque la túnica era demasiado lujosa para su gusto, agradeció su delgadez. Con los ojos cerrados, se concentró en el calor que bañaba su espalda, en el aire frío que le acariciaba el rostro y en la sensación de movimiento del aire caliente que salía de la habitación para perderse en el exterior. El efecto terna algo de embriagador, como si también él pudiera salir volando con el calor, planear en la noche y contemplar su ciudad desde el cielo; como si pudiera, por un instante, contemplar el mundo desde la perspectiva de un dios. Incluso llegó a verlo en su mente, a gozar de una visión extraña y vertiginosa que ningún ser humano había experimentado nunca. Contempló a sus pies la ciudad de su creación, desde una distancia tal que las figuras que deambulaban allá abajo se movían sin sonidos ni identidad, sin las pasiones y los deseos triviales que la proximidad hacía tan evidentes.

Abrió los ojos y todo volvió a estar como antes: la ciudad a su alrededor y el balcón de mármol abierto al cielo nocturno. La luz azulada de la luna lo bañaba todo —a él, las piedras e incluso el tranquilo mar— con el mismo tono pálido. Qué extraño resultaba que, en momentos de celebración como aquél, le acometieran accesos de melancolía. Una parte de él se sentía exultante con el conocimiento de que se había apuntado otro éxito y con la perspectiva de los momentos de tranquilidad que pronto podría compartir con sus hermanos; otra parte, en cambio, ya veía la conquista de Arbocala como un suceso lejano y falto de lustre, un episodio mediocre del pasado. Otro habría celebrado esa victoria y pasado el resto de su vida recordándosela a los demás, sin hacer otra cosa que ejercitar su lengua en loor de sí mismo. En el caso de Aníbal, tal vez su persona era el campo de batalla en el que dos dioses disputaban una cuestión de la que él no tenía idea. ¿Por qué, sino, porfiaba y porfiaba y después se sentía vacío…?

Una voz interrumpió sus pensamientos.

—¿Aníbal? Ven y recibe a tu amada.

Se volvió y contempló a su esposa, que se acercaba con el niño dormido acunado en sus brazos.

—Ya nos has hecho esperar bastante —añadió ella.

El cartaginés de Himilce, su mujer, era pausado y comedido, aunque su pronunciación tenía una ligera aspereza, un acento de su idioma nativo que daba a su voz un tono algo masculino, en comparación con la delicadeza de sus rasgos. Era, al fin y al cabo, natural de Iberia, hija de Muero, rey de Cástulo y caudillo de los béticos. Su matrimonio la había arrojado en brazos de una cultura por completo extranjera y, sin embargo, se había adaptado con rapidez y gracia. Aníbal incluso había llegado a convencerse de que el aparente afecto que había entre los dos era real. A veces, esa idea le producía una gran alegría; otras, le preocupaba más de lo que lo haría la indiferencia.

Himilce se detuvo a cierta distancia del balcón.

—Retírate del frío. Tu hijo esta aquí, dentro, donde también deberías estar tú.

Aníbal obedeció. Se retiró despacio del balcón mientras contemplaba a la mujer con una mirada cauta, como si buscara en ella algún signo de que no era quien decía ser. La de Himilce era una belleza de finas líneas, pestañas de un castaño claro que parecían dibujadas de un limpio trazo y labios en absoluto fruncidos, sino dotados de una elegancia trémula y serpentina. El conjunto de sus facciones poseía una frágil energía, como si fuera una vasija que contuviera el espíritu de una niña irritable y consentida, dotada de una inteligencia reservada que había sido, de hecho, lo primero que lo había atraído de ella. Deslizó una mano hasta rodearla por la cintura, la atrajo hacia él y posó los labios en la tersa piel aceitunada de su frente. Aspiró el olor de sus cabellos. Era el que recordaba, un aroma levemente floral, un punto picante. Era la Himilce de siempre.

Pero si ella era la misma que había dejado, no sucedía lo mismo con su hijo, desde luego. Ya no era el minúsculo recién nacido que su padre podía sostener entre las palmas de las manos. Ya no estaba pálido, pelón y arrugado. Todo él había madurado. Terna las muñecas regordetas, y sus puños cerrados ya parecían mazos con los que pelear. El padre se vio en los labios carnosos del niño y el parecido lo complació. Tomó al pequeño de brazos de la madre con gesto torpe y, cuando al pequeño se le fue la cabeza hacia atrás, Aníbal lo enderezó y tomó asiento en una banqueta con gran cuidado.

—Eres igual que tu hermana mayor —dijo Himilce—. Aunque ha sido muy buena conmigo, Sapaníbal también procura despertarlo manejándolo con torpeza. Siempre dice que le apetece ver sus ojos grises. Pero esta vez no te dará resultado. Tu hijo está saciado de la leche de su madre y satisfecho, ahíto del único alimento que precisa en el mundo. Aníbal levantó el rostro y la contempló. —Disfrútalo ahora, madre, pues muy pronto él verá que existe un mundo más allá de tus pechos. Y entonces será todo mío.

—Jamás —replicó Himilce, y pareció que quería coger al niño, pero no llegó a hacerlo—. Y bien, esposo mío, ¿cómo te sientes en la victoria?

—Como siempre, Himilce. Siento la inquietud de perder el tiempo.

—¿Ya estás impaciente?

—Siempre queda una parte de mí sin calmar.

—¿Qué puedes decirme de la campaña?

El comandante se encogió de hombros, suspiró y carraspeó antes de murmurar que había poco que contar, pero ella esperó y pronto su marido apuntó una anécdota y luego otra. Los tres hermanos habían regresado con salud e intactos. Arbocala era suya, aunque no era una gran ganancia, pues la ciudad era un conjunto de chozas aún más penoso de lo que había sido Mastia antes de que Asdrúbal el Bello edificara Cartago Nova sobre ella. Los vacceos que la habitaban no sólo se habían mostrado desafiantes, sino también arrogantes, irrespetuosos y traicioneros. Asesinaron a una delegación enviada a la ciudad a presentar los términos de la rendición. Devolvieron los cuerpos decapitados arrojándolos con catapultas y empalaron las cabezas en unos postes sobre las murallas. Este insulto afectó profundamente a Aníbal, pues había estado a punto de enviar a Asdrúbal en la delegación. Era un pueblo tan terco que el único aspecto favorable que alcanzaba a ver en toda aquella aventura era la posibilidad de convertirlos en soldados de Cartago. Si tenían el buen sentido de aceptar tal cosa, se verían más ricos de lo que nunca hubieran soñado. Sin embargo, dudaba de que fuera fácil convencerlos. Probablemente, en aquel mismo instante hervían de odio y de impaciencia por romper como fuese los tratados y recobrar la libertad.

—Nunca será tarea fácil mantener dominada esta tierra —comentó—. Los iberos sois gente turbulenta, como perros salvajes que no domestica la amistad ni la fuerza.

El bebé hizo una mueca, ladeó la cabeza y se debatió en los brazos de su padre. Himilce volvió a cogerlo.

—El lleva en sus venas la sangre de esos perros salvajes —musitó—. No lo irrites. Ahora debemos dejar que duerma en paz. Mañana disfrutarás de él de nuevo.

Se dirigió a un rincón de la estancia y entregó el niño a una criada que esperaba. Susurró algo y la muchacha se retiró con una reverencia, sin darle la espalda, mientras sostenía con cuidado a la criatura. Himilce lanzó entonces dos palabras al aire, una orden seca en su lengua natal. Le respondió un rumor de pasos en las sombras, el susurro de unos movimientos, y los criados desaparecieron de la estancia por diversas salidas, prácticamente sin ser vistos.

Al cabo de un momento, estaban a solas e Himilce se volvía hacia su esposo. En el rostro ya tenía otra expresión; las mejillas se le habían sonrojado y la mirada se había hecho más sensual. Mientras se acercaba a él, se soltó los alfileres que sujetaban el apretado moño. La melena oscura se desparramó sobre sus hombros y los envolvió. Parecía que la madre había dejado la alcoba con el niño y había aparecido en su lugar otra persona.

—Ya estamos solos —dijo—. Muéstrame…

Aníbal sonrió y se puso en pie para proceder con aquella costumbre suya. Se soltó el cinto de la túnica, deslizó la tela de sus hombros y la dejó caer al suelo. Desnudo ante ella, apartó los brazos de los costados y volvió las palmas de las manos para que pudiera observar todas las partes de su cuerpo. Los largos músculos de sus muslos sobresalían armoniosamente; las pantorrillas parecían pulidos guijarros de río introducidos bajo su piel y los tendones de la ingle eran como tensas cinchas. El sexo reposaba en su nido con cierta timidez y, encima de él, las marcadas ondas de los músculos del vientre conducían a la robustez de su pecho y a la reciedumbre de sus hombros amplios.

—Como ves —dijo—, no traigo ninguna marca nueva, ni golpes ni magulladuras.

La mujer centró la mirada en su entrepierna.

—¿No te falta… nada?

—No, sigo entero —le aseguró él con una sonrisa—. No me han tocado.

—Pero ¿tú, a ellos, sí?

—Sin duda. Muchos son los que ahora lamentan sus actos, algunos desde el otro mundo.

—Y tú, ¿no tienes nada que lamentar?

Él la siguió con la mirada mientras Himilce lo rodeaba inspeccionándolo.

—Baal estuvo conmigo en esta aventura. Yo no era sino el humilde servidor de su voluntad.

A su espalda, ella murmuró:

—¿Es posible? ¿Aníbal se doblega a la voluntad de otro?

—Si se trata de la de mi dios, sí.

Himilce llevó un dedo a la base del cráneo de su marido y recorrió su columna vertebral hasta detenerse justo en la rabadilla.

—Ya veo —dijo—. Y esto, ¿qué es?

—¿Qué?

Aníbal quiso volver la cabeza pero, antes de que pudiera hacerlo, Himilce enseñó los dientes y le mordisqueó el hombro. Él se apartó de un brinco, se volvió velozmente, la estrechó contra su pecho y la llevó a la cama en volandas.

Más tarde, boca abajo sobre las mantas extendidas en el suelo, Aníbal reposaba con los ojos fijos en los pliegues del tejido que tenía delante, en las crestas y valles que formaba, en la cordillera de picos que había modelado con sus dedos y que estudiaba como si fueran verdaderas montañas rocosas. Himilce volvió a entrar sigilosamente en la alcoba, se detuvo a contemplar a su esposo desde un rincón oscuro, junto a la pared, y procedió a despojarse otra vez de su vestido. Sumergió los dedos en un cuenco de agua aromatizada y se humedeció los erectos pezones. Luego, continuó avanzando hasta quedar iluminada por la lámpara. Se encaramó a la espalda de Aníbal y se tendió encima de él. Los dos guardaron silencio unos instantes y, cuando Himilce lo rompió al fin, no se anduvo con rodeos.

—Así pues, estás decidido a hacerlo, ¿verdad? Atacarás Roma, ¿no?

—Se acerca el momento y estoy dispuesto.

—Claro que lo estás. ¿Cuándo no ha sido así? A mi modo de ver, te apresuras en exceso, pero no intentaré convencerte de ello porque sé que no tengo influencia alguna en tus decisiones. Sin embargo, amado mío, dime, ¿dónde conducirá este camino?

—A la gloria.

Himilce contempló el techo mientras pensaba en ello. Una de las lámparas había empezado a humear y sobre el yeso flotaba una voluta de humo negro que parecía una anguila en busca de guarida.

—¿A la gloria? ¿Eso es todo?

—Y a la justicia, también. A la libertad —respondió Aníbal—. Y, sí, supones bien: a la venganza. —Exhaló un largo suspiro y continuó con cierta sequedad en su tono—: Pero no seguiré hablando de esto contigo. Tu marido, Himilce, no es un hombre normal. He nacido para esto. Es mi único objetivo. Y a ti te quiero demasiado para enfadarme contigo, así que no insistas.

Himilce rodó de lado y se acurrucó bajo su brazo. Él se movió para acogerla y la estrechó contra sí.

—¿Sabes qué pensé de ti la primera vez que te vi? —preguntó ella—. No fue el día de la boda, como tal vez piensas. Antes de ese día, te había espiado en ocasiones. Una vez, me oculté tras los cortinajes de las paredes en la corte de mi padre mientras éste te agasajaba. Entreabrí la tela lo necesario para observarte.

—Tu padre te habría despellejado viva si te hubiera descubierto —comentó Aníbal.

—Tal vez, pero estaba desesperado por emparentar con los Barca. No era tan poderoso como tú creías.

—Ya lo sé. Y ahora los héticos ya no tienen importancia, de modo que tal vez debería repudiarte y buscar otra esposa.

Seguir: parte 2 de 6