Aníbal, el orgullo de Cartago
Capítulo 4
Este capítulo es largo, así que está dividido en 5 partes.
En realidad, lo que el macedonio pedía era que le dieran vino. Aníbal rara vez bebía, pero la sed de Lisento despertó la suya. Parecía sentirse muy a gusto en compañía del griego y se sentó a escuchar su relato con un brillo de alegría en los ojos.
Una tormenta los había sorprendido en la costa del Piceno, dijo Lisento. El barco estuvo a punto de zozobrar; las olas saltaban por momentos la borda y barrían todo el navío. Sobrevivieron porque salió a abordarlos una patrulla de Salapia, y fueron retenidos cinco días en esa ciudad mientras el magistrado local decidía qué hacer con ellos. Por fortuna, llevaban consigo documentos en los que se expresaba la simpatía de Filipo por la causa de Roma y su deseo de ayudar. Todo era un disparate, por supuesto, pero sirvió para que el magistrado se tranquilizara y los dejara marchar. Poco después, el barco empezó a hacer agua y, cuando intentaban acercarse a tierra, encalló en un arrecife que partió el casco y, literalmente, los arrojó a la orilla.
—Aquélla fue una noche aciaga, en verdad —dijo Lisento, e hizo una pausa para beber un sorbo de vino. Un reguero le mojó la barba y le salpicó el peto de la armadura, pero pareció un gesto casi intencionado, como si pensara que para incrementar el disfrute le fuese necesario mostrarse un tanto zafío. Continuó su relato del trayecto que habían realizado a continuación por tierra, y dijo que se habían dividido en grupos más pequeños, se habían disfrazado y robado caballos, en dos ocasiones, y también viajado una vez en la carreta de un mercader, aunque casi siempre habían caminado del ocaso a la salida del sol, hasta llegar a la silla en la que estaba sentado.
»Todo ello para presentarme ante ti —continuó—. Como ya he dicho, mi rey está impresionado. Ahora ocupas un lugar junto a los más grandes.
—Me honras, Lisento de Macedonia.
Lisento quitó importancia a sus palabras con un gesto. Sólo había dicho la verdad. A continuación, se puso algo más serio, alzó la vista de sus manos llenas de rasguños al rostro del comandante y volvió a bajarla.
—Veo que el relato que he oído era cierto —dijo—. Esta guerra te ha costado un alto precio. Comprendo tus pérdidas, amigo mío. Ojalá que Roma no te arrebate nada más…
Aníbal asintió.
—Y ahora, vayamos al grano —continuó Lisento—. He venido con una propuesta de tratado entre nuestras naciones. Filipo quiere eliminar del Adriático el azote del dominio de Roma. Macedonia se unirá a ti para vencerla. Luchará principalmente en Grecia, pero también traerá la batalla hasta aquí. La primavera del próximo año, mi rey promete aparecer en el puerto de Roma con doscientas naves, las suficientes para que los romanos se meen de miedo.
Al conocer aquella noticia, Aníbal quedó tan complacido que tardó unos momentos en hablar. En su mente se dibujaron con toda claridad los navíos de guerra y la visión le aceleró el pulso. Las distintas piezas de su plan empezaban a encajar y a cobrar forma.
Desde que había espiado a Imago Messano conspirando en compañía de Hado y de varios de los Hannones, Sapaníbal lo había considerado un traidor. Él, a su vez, hizo campaña para convencerla de que le era fiel y de que también lo era a la causa de los Bárcidas. Por costumbre, Sapaníbal casi no tenía más remedio que recibirlo cuando la visitaba, lo cual hacía a menudo, para insistir en sus argumentos con la misma pasión que si presentara un alegato ante el Consejo. Por supuesto que había pasado tiempo en compañía de aquellas criaturas vulgares, explicó. ¿Cómo no iba a hacerlo? Eran de su misma clase y, aparte de los asuntos relacionados con la guerra, había tenido que tratar con ellos una amplia variedad de cuestiones. A un hombre como él lo invitaban a los actos sociales. En más de una ocasión, había logrado cambiar opiniones muy enraizadas mientras volvía de cazar o dirigía una ceremonia religiosa. A menudo, a última hora de la noche, cuando el vino y la diversión le habían aflojado la lengua, se mostraba de lo más convincente. La buena relación que tenía con Hado le hacía ganar influencia y le daba acceso a información que les estaba negada a los que aquél consideraba acérrimos enemigos. Nada de esto, aseguró Imago, cambiaba lo que sentía ni sacrificaba un ápice su dignidad.
Sapaníbal escuchó todo aquello con los ojos entrecerrados. Él podía hacer lo que quisiera con quien le apeteciese, respondió, pero no podía esperar que confiase en él por completo. Observó que aquella indiferencia le dolía más que el enojo. Imago retrocedió como si le hubieran puesto delante un hierro al rojo, y a ella le gustó la reacción porque, a través de aquella tortura romántica, tal vez conseguiría valiosa información. Eso fue exactamente lo que ocurrió en el verano siguiente al año de Cannas. Imago confió a Sapaníbal unos datos confidenciales, algo que todavía no se había hecho público y que resultaba muy delicado, ya que minaría el renovado fervor que se había despertado hacia Aníbal en su patria. Y también había salvado a la familia de lo que ella consideraba que habría sido un grave error de juicio.
Se encontraron como lo habían hecho desde la supuesta traición de Imago, no en el jardín interior sino en los divanes de la antesala de la cámara de recepciones, un lugar sombrío y solemne. En la estancia reinaba un ambiente denso y caluroso. Las altas columnas se alzaban como soldados silenciosos y la luz de las antorchas fluctuaba sobre ellas, creando sombras en constante movimiento. Imago se enojó por la formalidad en que iba a desarrollarse el encuentro, pero aceptó con una expresión resignada que, sin embargo, parecía indicar que no toleraría aquello indefinidamente.
—Esta mañana me han llegado noticias preocupantes —dijo—. Noticias de Roma… Parece que tu hermano ha enviado a la ciudad a Cartalón, oficial de caballería, acompañado de los representantes de los prisioneros romanos de Cannas. Iba a poner un precio a su rescate y a organizar el traslado. El Senado apenas se dignó recibirlo y cuando lo hizo, rechazó el pago de dicho rescate. Los senadores incluso prohibieron a las familias de los presos que compraran su libertad con dinero.
Sapaníbal reflexionó. Llevaba el cabello peinado hacia atrás, tan tirante que la piel de su frente era como un lienzo liso y tensado, y sus rasgos se veían más rígidos de lo habitual.
—Muy inteligentes —dijo por fin—. Y estúpidos al mismo tiempo.
Imago asintió, aunque no estaba muy seguro de qué había querido decir la dama.
—Pero esos soldados no han tenido más deshonor ni desgracia que estar a las órdenes de un jefe estúpido que los condujo a una matanza. En la tradición cartaginesa, se crucifica a los generales por los fallos, no a sus hombres, pero Roma no lo ve así, por lo que repudia a miles de soldados por puro despecho. Son un pueblo extraño. Cuando Hado se entere de esto, dirá que demuestra que Aníbal no ha tenido demasiado éxito.
—¿Y él qué sabe? —le espetó Sapaníbal—. Dice que lo blanco es negro y al cabo de un instante dice que lo negro es blanco. Ha sido decisión suya que Magón vaya a Iberia en vez de regresar al lado de Aníbal. Si yo fuera a escribir a mi hermano, le diría que pidiera al Consejo lo contrario de lo que desea; sólo entonces tal vez pueda engañar a sus miembros para que, en su despecho, actúen de una forma razonable.
Distraído, Imago se mordió un trozo suelto de uña y se lo arrancó. Fue un gesto rudo impropio de un hombre normalmente apacible y ella pareció notarlo. Escupió el trozo de uña y se cubrió la mano dolorida con la otra.
—Es extraño que no acumules odio hacia los romanos como haces contra los tuyos —dijo.
—No puedo hacer nada que cambie la decisión del Senado romano y reservo el despecho para objetivos más cercanos —replicó ella—. ¿Hay algo más o hemos terminado?
—Hay otro asunto que tal vez sea más urgente.
Imago se echó hacia delante hasta que sus nalgas se apoyaron en el borde del diván. Entrechocó los talones como haría un chiquillo deseoso de estar en otro lugar y extendió los brazos, con las palmas hacia arriba, dando a entender que lo mejor era poner el asunto en cuestión en manos de una mujer.
—Guarda relación con tu familia. Con tu hermana, para ser más exactos.
Imago dudó unos instantes, pero Sapaníbal le dijo:
—Sigue.
Mientras hablaba, ella lo escuchó con expresión tensa sin dar muestras de que la historia la afectaba a excepción quizá, de sus ojos, que parecían querer hundirse en sus órbitas. Le resultaba difícil creer lo que él decía pero, pese a su exhibición de indiferencia, sabía que Imago no la mentiría en asuntos importantes.
Al cabo de un rato, los dos se dirigieron hacia la puerta delantera. Imago caminaba despacio al tiempo que hablaba con un ritmo más rápido.
—Sapaníbal, un día te llamaré «mi querida Sapaníbal». Lo deseo muchísimo, y sé que eres demasiado lista y que no puedo disimular mis anhelos. Me gustaría que no fueses tan fría conmigo. Soy un hombre maduro con muchas opciones distintas entre las que escoger. Si te elijo a ti, es porque en nuestras conversaciones encuentro una profundidad vital que nunca he experimentado con una mujer. No me despidas para siempre, Sapaníbal.
Se detuvieron al borde del patio. Un sirviente apareció a través de la pared —en realidad, no fue así, pero dio tal impresión de hacerlo que cualquiera lo habría creído — y esperó allí para acompañar al invitado a la salida. Sapaníbal no dio muestras de haber oído su declaración.
—Gracias por las noticias que me has traído —se limitó a decir—. Obraré de manera que ayude a la nación. Adiós.
Imago se despidió de ella con unas frases llenas de emoción propias de un poeta. El rostro de Sapaníbal permaneció impasible. No hubo en él nada que sugiriera la mínima concesión al ardor de Imago. Y, sin embargo, cuando él se disponía a marcharse, le rozó el brazo con los dedos. Él se volvió para preguntarle qué quería, pero ella ya había comenzado a alejarse, maldiciéndose en silencio por aquel gesto.
Verificar el relato de Imago no iba a ser tarea fácil, pues ni las leyes del Estado ni las buenas costumbres proporcionaban excusa alguna para que una aristócrata se relacionara con mercaderes y marineros, pero Sapaníbal no tenía más opción. No podía permitir que Imago se viera involucrado en aquello ni confiar la tarea a un criado; no obstante, tenía que actuar. Salió embozada, escoltada por un guarda vestido sólo de cintura para abajo, un eunuco rebosante de pesados músculos que colgaban flojos de su cuerpo, y se dirigió a los muelles, abriéndose paso entre esclavos desnudos y esquivando bestias de carga con infinidad de cajas. En el suelo había sacos de arpillera, llenos a reventar con su cargamento de pescado, cuyo olor flotaba, denso, en el aire.
Imago le había confirmado cuándo zarpaba el barco para la travesía a Capua y le había dado el nombre del navío y el del capitán que había aceptado unos pasajeros tan inusuales. Sapaníbal preguntó a varios libertos por el hombre y finalmente dio con él. No era un tipo desagradable; en realidad, tenía un porte confiado propio de un dignatario, con una mandíbula fuerte y una sonrisa afeada por la falta de varios dientes. Sapaníbal lo encontró ante un concurrido almacén. No reveló su identidad, si bien confiaba en que su porte hablaría por ella. Le dijo que el viaje no se haría con esos pasajeros especiales. Doblaría el precio que ya le habían pagado como compensación por las molestias que ello pudiera acarrearle pero, a cambio, exigía una cosa.
El barco era un navío modesto. La madera brillaba como si fuera de hueso, plateada por los días sin nubes y la sal marina. Era una embarcación de vela, pero también tenía ranuras para los remos e hileras de bancos, gastados, con las marcas de las posaderas de los desafortunados remeros. El único camarote para los pasajeros se encontraba en la parte trasera de la cubierta y era una especie de pequeña cabaña construida de forma improvisada con tablones diferentes unidos por anchos clavos de madera que los atravesaban y fijaban a la cubierta. El capitán tuvo que tirar de la puerta dos veces para que se abriera. Dentro había un compartimento oscuro y húmedo, lleno de madera descolorida, un rollo de soga y desechos irreconocibles.
Al ver la expresión de asco en la cara de Sapaníbal, el capitán dijo:
—Ella no pidió mucho, y yo tampoco se lo prometí. Quédate todo el tiempo que quieras. —Esbozó una sonrisa desdentada y añadió—: Pero no demasiado. Zarparé mañana por la mañana, por lo que, a menos que quieras empezar una vida nueva en el mar…
Sapaníbal no se dignó contestarle. Acompañada del eunuco, entró en la pequeña habitación. Ella se acomodó en una suerte de banco y él permaneció de pie a su lado, con la cabeza gacha porque el techo era muy bajo. Y eso fue todo. Sapaníbal esperó.
Hacía calor y el ambiente era sofocante, como el de los baños, pero el olor no era agradable como en éstos, sino todo lo contrario. Era evidente que el barco había transportado ganado hacía poco. Cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra, empezó a distinguir dibujos trazados en las irregulares tablas, el burdo trabajo de hombres de muchas naciones. Había varias imágenes sexuales, representaciones sencillas que diferenciaban a los hombres de las mujeres exagerando sus órganos sexuales o mediante posturas de agresión o de sumisión. ¿Por qué las mentes de los hombres, cuando vagaban sin control, se dedicaban a aquellas groserías? ¿Era alguno de ellos merecedor del poder y de la fe que las mujeres les atribuían?
Sapaníbal pensó en su marido y el recuerdo la asaltó con una fuerza sorprendente. Una suerte de anhelo similar a la nostalgia la golpeó en el abdomen. Asdrúbal el Bello era tan distinto de Imago… Su belleza física era mucho más evidente que la del dignatario de a bordo; unos rasgos rotundos y sin embargo afilados, como cortes hechos con rápidos movimientos de una navaja sobre una fina arcilla. En cuanto a talentos, estaba dotado de una lengua rápida y sinuosa, de una sonrisa que derretía a los incautos de ambos sexos, de un refinado gusto por la intriga y de una memoria en la que almacenaba hechos nimios como pergaminos en una biblioteca. Asdrúbal la volvía completamente loca y podía absorberle el mismo aliento de los pulmones con un guiño.
Al menos, así había sido al principio. Una vez fue oficial el matrimonio, él dejó de fingir aquel ardor y convirtió la unión en una transacción comercial que había concluido favorablemente. Había emparentado por matrimonio con los Barca y esto era lo único que a él le importaba. Apenas habían desaparecido de sus labios las palabras con las que la arrullaba, y ya le volvía la espalda. Rara vez iba a su alcoba, y cuando lo hacía, cumplía con ella muy deprisa, con el rostro vuelto hacia otro lado, como si su mismísimo olor le resultara repugnante. Y sin embargo, ella lo había visto muchas veces con otras mujeres, complaciéndolas de maneras que nunca habría imaginado. No se había tratado de encuentros casuales, sino que él la había obligado a mirar. Llevaba a otras mujeres a sus aposentos por las noches y la despertaba con risas, gemidos y conjuros lascivos. A veces, también había retozado con hombres. Tenía todas las cualidades de un degenerado, pero había conseguido mantenerlas separadas de sus responsabilidades públicas. Siempre había contado con el favor de Amílcar Barca y, a la muerte de éste, había llevado a cabo con gran habilidad las incursiones de venganza y había administrado Iberia con gran provecho. Mediante las despreciables torturas que le había infligido, había tenido sometida a Sapaníbal y no la había dejado nunca en paz, ni siquiera ahora, tantos años después de su muerte.
Imago Messano nunca la trataría como lo había hecho Asdrúbal. Sapaníbal lo sabía, y ese conocimiento la apenaba más porque ardía en deseos de responder a las declaraciones de él con las suyas propias, pero no sabía si podría dividir sus emociones entre dos hombres tan distintos. Por más que lo intentara, la muchacha que había en su interior todavía tenía que desenamorarse de aquel libertino muerto. Aún llevaba alrededor del cuello el dolor que le había causado como si fuera un collar hecho con cadenas de esclavo. ¿Cómo podía mirar a Imago con otro afecto que no fuera miedo? Él podía tener las llaves para liberarla… o quizá deseaba, simplemente, añadir más eslabones a su carga.
Sapaníbal seguía mirando los dibujos obscenos cuando oyó ruidos al otro lado de la puerta. Se irguió en el asiento, con las piernas cruzadas y las manos en el regazo. La puerta se abrió, primero alzada, y luego dejada caer de nuevo en sus bisagras de cuero. Una luz cegadora bañó el recinto. Sapaníbal reprimió la necesidad de protegerse del sol con la mano hasta que una sombra cruzó el umbral y obstaculizó el resplandor. Era Himilce, que traía a su hijo. El pequeño, apoyado en la cadera de su madre, miraba a su tía con absoluta perplejidad.
Sapaníbal se puso en pie y observó la expresión pasmada de la joven madre. Tenía pensadas unas palabras para aquel momento, pero se quedaron en su pecho, como pesadas piedras. Sostuvo la mirada de Himilce a fin de expresarle cuanto creía que necesitaba transmitirle y luego dijo:
—Vámonos. En este barco no hay nada para nosotras.
Al pasar junto a Himilce, deslizó una mano por el hombro del pequeño Amílcar y colocó la palma bajo su cabecita. Con la ligera presión, lo hizo volverse y se lo llevó; luego se agachó para hablar con él. Sintió la frialdad de todo aquello: el terrible silencio de Himilce, la manera en que había palidecido su rostro, la brevedad de su parlamento y lo poco que había tardado en frustrar los planes de su cuñada. Experimentó una suerte de satisfacción y otra sensación que era absolutamente opuesta: la amarga alegría que constituye el dolor de ver heridos a los seres amados, de saber que sufren tanto como uno mismo.
Y sin embargo, algunos sufrimientos eran necesarios, eran amarguras que llevarían a un bien mayor. Después de la guerra, Himilce volvería a ver a su marido, pero no hasta entonces, en las condiciones que él marcara y no en las suyas. Una esposa no podía acercarse a su marido durante la guerra; sólo a él le correspondía regresar o no a ella, e Himilce acabaría por aceptarlo.
Publio Escipión oyó por primera vez el anuncio de la muerte de su padre y de su tío mientras estaba en el Senado, rodeado de cientos de ojos que lo observaban con atención. Había habido tanta confusión en Iberia y tanta preocupación en Roma que la noticia tardó muchos meses en llegarle. Quiso saltar de su asiento y agarrar al mensajero por el cuello, llamarlo mentiroso y exigirle que probara que las muertes que acababa de anunciar se habían producido realmente, pero con semejante espectáculo habría deshonrado a su padre, por lo que no le quedó más remedio que apretar las mandíbulas y seguir escuchando, impertérrito. Intentó que su rostro no delatara sus emociones y luego se puso en pie para dirigirse a la cámara recordando a los dos hombres.
Más tarde, a solas en casa de su padre, se arrodilló en el centro del atrio, se agarró la cabeza con las manos y lloró. De las paredes, a su alrededor, colgaban imágenes de cera de sus antepasados más prominentes. Las caras se hallaban ocultas detrás de fachadas de templos en miniatura, y en cada uno de ellos había inscripciones que detallaban sus gestas, los cargos que habían ocupado o los honores conseguidos. La última vez que había visto a su padre, lo había hecho en aquel preciso lugar. Por alguna razón, Cornelio había hablado de la madre de Publio, fallecida hacía tantos años como su hijo tenía. Cornelio le confió que todavía amaba mucho a aquella mujer. Su amor por ella había sido indecoroso, más allá de los términos de su contrato de matrimonio. La había adorado como un poeta griego adoraba a su musa. Si hubiera vivido, él tal vez se habría convertido en una criatura absurda. Los senadores lo habrían llamado afeminado, habrían dicho que estaba esclavizado por el amor de una mujer. Y habrían estado en lo cierto. Tal vez por eso la Fortuna se la había llevado de su lado el día que dio luz a un hijo.
—Pero no me mires así —había dicho Cornelio—. Eres demasiado mayor para apenarte por esas cosas. Tu madre quería que nacieras; por eso, cuando el parto se complicó, pidió al cirujano que le hiciera un corte para sacarte. Nuestras vidas no son más que acontecimientos pasajeros. Las cosas que hacemos o que no conseguimos hacer no son nuestras, sino que pertenecen al honor de la familia. Tal vez los dioses consideren oportuno permitir que regrese a esta casa, pero tal vez no. Por ello, debo recordarte que todo lo que soy, todo lo que he logrado, te lo transmito a ti, y que tú deberás aumentar nuestra gloria y transmitir el espíritu de los Escipión a tus hijos. Somos eslabones de una misma cadena. Sé el eslabón fuerte que estoy seguro que puedes ser y educa a tus hijos para que sean más fuertes aún.
En aquel trance, el recuerdo de las palabras de su padre turbó a Publio. Era como si le estuviera hablando desde más allá de la tumba y a partir de aquel instante, siempre lo haría. No encontraba defecto alguno en los sentimientos que Cornelio había expresado. En realidad, lo enorgullecía recordarlos, alojados como estaban en su interior junto a su indestructible fe en el derecho de Roma. Y, sin embargo, en la sinceridad de las declaraciones de su padre había algo que lo avergonzaba. No sabía si podría estar a la altura de tales expectativas. Ignoraba si ya era digno del hombre que había sido su progenitor. No podía decir con seguridad si su camino en la vida había demostrado, hasta aquel momento, que la fe del anciano tema fundamento.
Mientras estuvo en Roma, se dedicó a reclutar nuevas tropas y a adiestrarlas, aunque había pedido volver al campo de batalla. Su mente se concentraba en la guerra todo el día. Hacía desfilar a los nuevos soldados —granjeros y esclavos, comerciantes y mercaderes— bajo el sofocante sol del mediodía. Reflexionaba sobre crónicas de guerras anteriores. Entrevistaba a los que ya habían sufrido las astutas estratagemas de Aníbal, escuchando todo lo que tenían que contarle, para después reflexionar en ello, asimilarlo y digerirlo hasta que entraba a formar parte del tejido de sus pensamientos. Por lo general, se guardaba las opiniones para sí, pero hacía muchas preguntas y escuchaba todo lo que cualquier hombre con ganas de hablar quisiera contarle. También se dedicó a estudiar a Cartago, y meditó largo y tendido sobre el hombre: Aníbal. Publio creía que no había nadie invencible. Nadie, ni siquiera los dioses, se libraba de tener debilidades. Sentía un gran aprecio por todo lo griego desde su juventud, y pensó en el antiguo relato de Homero sobre Aquiles. Por más que fuera un guerrero espléndido, hermoso e incomparable, incluso él tenía un punto débil. Aníbal también debía de tenerlo, sí.
Abstraído como solía estar en las cuestiones marciales, a menudo tenía a sus hombres haciendo instrucción hasta después de la hora nona sin darse cuenta de ello. Descubría que el sol se inclinaba sobre el horizonte, las sombras se alargaban y los hombres lo miraban con veladas preguntas en los ojos. Más de una vez, su lugarteniente había tenido que hacer un aparte con él para recordarle qué hora era. Incluso en tiempo de guerra, le recordaba, un romano debe ser siempre un romano y no ha de olvidar la división del día en horas dedicadas al trabajo y horas dedicadas al ocio.
Al volver del mundo de sus pensamientos, a Publio siempre le sorprendía que los acontecimientos normales de la vida romana siguieran sucediéndose inalterados. Cuando caminaba hacia el foro al atardecer, con la cabeza llena de violencia bélica, miraba a su alrededor y descubría que la expresión de sus conciudadanos era sociable. Aunque él siempre vestía la toga, la gente de la noche iba ataviada con brillantes túnicas, rojas, amarillas y azules, unas prendas bordadas en oro con capucha que estaban de moda aquel verano. Tal vez eran las libertas quienes más disfrutaban de aquellas ostentaciones, viudas que miraban las piernas, el torso y la espalda de los jóvenes, y se reían con sus criadas como muchachas. El aire estaba colmado de sonidos de alegría, de las voces de narradores de historias que se ganaban el sustento, y de los olores de las salchichas asadas y las aromáticas tartas de miel. Y después de todo esto, la colación de la noche tentaba a todo el mundo a entregarse a la comida, al vino y al descanso.
Publio acostumbraba cenar recostado, mientras hablaba en voz baja con su compañero Lelio. Disfrutaba de aquellos momentos, pero la alegría que sentía era extraña. Lelio era la única persona a la que podía confiar su tristeza. Le resultaba difícil comprender por qué la gente se dedicaba a satisfacer pequeños placeres. ¿Tan descuidada era? ¿La tenían engañada o era excesivamente orgullosa? ¿O había en esa actitud un testimonio del espíritu romano? La gente no tenía otra posibilidad que la de vivir hasta la muerte. Siempre había sido así. Tal vez los niños de Roma, las prostitutas y las lascivas matronas, y también los senadores embriagados de vino lo sabían mejor que él. Quizás, en lo que parecía frivolidad, había sabiduría.
Aun cuando así fuera, se producían otros lances en los que Publio no encontraba virtud. Terencio Varrón todavía merecía el respeto del Senado. En toda la historia, nadie había sido responsable de la muerte de más romanos valientes y, sin embargo, pocos parecían notarlo. Publio no le tenía inquina, pero temía que Roma no advirtiera sus torpezas a menos que las reconociera como tales y lo dijera públicamente.
Por otro lado, se lanzaban calumnias, insultos y maledicencias sobre los miles de soldados que se habían rendido a Aníbal en Cannas. Se los consideraba tan deshonrosos que el Senado se negó a pagar el rescate que Aníbal exigía y prohibió a las familias de esos hombres que entregaran las sumas exigidas. Lo mejor sería que languidecieran en manos de los enemigos. Publio, que se había librado de la desgracia, se contuvo ante los insultos de aquellos hombres. El Estado nunca había abandonado a tantos soldados.
Al final, casi todos volvieron a casa. Económicamente, Aníbal no tenía nada que ganar con ellos, por lo que los liberó y los puso a caminar hacia un país que ya no los quería. A muchos, aquel gesto les pareció una locura, pero Publio entendió por qué lo hacía, puesto que con ello propinaba un golpe en el corazón de la nación. Por el contrario, despreció la reacción del Senado de enviar el grueso de aquellos hombres a Sicilia, a servir a la causa romana en suelo extranjero, para que su existencia no ofendiera la vista. Era una locura. Publio imaginó la vergüenza de esos hombres y supo que todavía servirían como valerosos combatientes. ¿Quién más que ellos tenía motivos para demostrar su valía? Y Publio sabía que cualquier superviviente de Cannas había sido testigo de un horror inusitado, de una visión infernal superior a cualquiera guardada en la memoria. Aquello los había unido entre sí y los había hecho especiales, por más que los comentarios mezquinos de otros hombres sugiriesen lo contrario.
Eran los [1] idus del año nuevo cuando se puso en pie para hablar en el Senado. Invocó la presencia de su padre, pidió su bendición para lo que estaba a punto de proponer y dijo en voz alta:
—Conciudadanos míos, si habéis valorado a mi padre y lo habéis considerado, junto a mis hermanos, un héroe de esta nación, entonces dadme lo que voy a pediros. Permitidme ir a Iberia y ocupar el cargo de mi padre. Allí los Escipión han dejado su tarea por terminar, y yo ardo en deseos de verla finalizada.
En la cámara reinó el silencio. Luego, y de manera gradual, varios senadores formularon preguntas. Unos cuantos debatieron la cuestión de la juventud de Publio. Otros, sin embargo, sugerían que no debía sacrificarse por causa del luto. La verdad era que, con varios ejércitos enemigos merodeando por Iberia, algunos senadores decían entre susurros que debían dar por perdido de momento aquel territorio. Pero aquello no fueron más que palabras. Al final, los senadores, sabiendo que nadie más quería aquel destino, accedieron a los deseos del joven. No contaría con los grandes recursos del Estado y tenía por delante una formidable tarea, pero si él la quería…
Sapaníbal jamás dijo una palabra a Himilce acerca de su intento de fuga en barco a Italia. Nunca le explicó cómo había descubierto el plan ni la castigó por la estupidez de aquel acto. Para Himilce, el silencio se convirtió en una amonestación más poderosa que las palabras. La suya había sido una idea tan absurda que ni siquiera merecía reproches. No podía explicarlo. Se enteró de repente de que Aníbal pasaba el invierno cerca de Capua y quiso escapar a su lado. ¿Con qué habría podido encontrarse, presentándose sin previo aviso en un puerto extranjero? ¿La recibiría con agrado? Podía ocurrir incluso que no la reconociera, o que ella no lo reconociese a él. ¿Y si la hubiera capturado el enemigo?
Todavía creía que Sapaníbal era un ser con un corazón de piedra pero, a cada día que pasaba, Himilce se sentía más en deuda con su cuñada. Una de las cosas más extrañas de la familia a la que se había vinculado por matrimonio era que en cada uno de sus miembros había algo que hacía que Himilce desease con todas sus fuerzas recibir su aprobación. Aquello no era habitual en ella. Hacía mucho que había aprendido que la mayor parte de las personas no eran dignas de juzgar a las demás. Había descubierto que muchas llevaban la avaricia pegada al movimiento de las manos, la lascivia en la mueca de los labios, sus inseguridades en la lengua y sus mezquinas mentes tras el aleteo de los párpados. Con los Bárcidas no era así. Para Himilce, cada uno de ellos era una isla de quietud. Sapaníbal había asumido la disciplina de su apellido y la demostraba de la única manera posible para una mujer de su clase. Incluso Sofonisba —pese a lo mucho que se dedicaba a las habladurías y chismorreos— tenía una fuerza inusual en las mujeres de su edad. Y Didóbal inspiraba a Himilce un temor respetuoso con cada uno de sus movimientos, con cada palabra dicha o no dicha, con cada gesto, con la expresión de la mirada, la inclinación de la cabeza o el aleteo de las fosas nasales al respirar. Esos encuentros eran siempre tensos, y en ellos la matriarca rara vez hablaba más del mínimo que dictaba la cortesía.
Durante los días húmedos y templados de principios de primavera, Himilce se ganó el honor de trenzar los cabellos de la anciana. Había practicado aquella técnica desde su llegada a Cartago. Las complejidades de los peinados cartagineses, cuya influencia se debía, según le dijeron, a los pueblos del sur, le resultaron totalmente nuevas. De vez en cuando, se reunía con Didóbal en sus aposentos, en una pequeña estancia cuyas paredes estaban cubiertas de innumerables capas de vistosas telas. Allí siempre hacía una temperatura agradable y el olor del incienso resultaba embriagador. Unas lámparas de aceite situadas en soportes de madera iluminaban el recinto con sus pequeñas llamas, pero había tantas que la luz que producían era casi uniforme. En una ocasión, Himilce se quemó la falda con una de ellas. En otra, tiró dos al suelo y los criados entraron corriendo con mantas mojadas para apagar el fuego. Didóbal no comentó ninguno de los incidentes.
Una mañana, semanas después de su abortado viaje, Himilce estaba pasándole los dedos por la cabeza a la mujer, recorriéndole las trenzas. Didóbal tenía unos cabellos gruesos, oscuros y abundantes. No le caían lacios alrededor de la cabeza, sino que cada hebra contenía una fuerza dúctil y sinuosa. Himilce los peinó en mechas que midió con los dedos y, ayudada de una criada, empezó a tratar dichas mechas por separado, untando algunas de ellas con aceite aromatizado con canela. En otras trenzó hilos de plata y otras las enrolló con lazos de algas marinas. Esta vez iba a peinar a su suegra imitando el tocado de un busto de Elisa, constituido por apretadas trenzas cruzadas en la base de la nuca, las cuales formaban una plataforma en la que colocar la diadema de oro que sujetaría dos grandes mechones curvos en forma de cuernos.
Como ocurría con demasiada frecuencia, Himilce se descubrió hablando para llenar el denso silencio. Las palabras le salían solas: un comentario sobre el aumento del nivel del agua en las cisternas, un recuerdo de su sueño de la noche anterior, una pregunta —que quedó sin respuesta— sobre el velo de Tanit, aquella sagrada reliquia tan querida de la diosa. Y entonces, sin saber que estaba a punto de decirlo, habló sobre el dolor que le producía el hecho de llevar tanto tiempo separada de su marido. Era injusto, dijo, que él estuviera luchando tan lejos y que no pudiera regresar para pasar el invierno en casa, como habían hecho la mayoría de los soldados a lo largo de la historia.
Didóbal carraspeó y dirigió una mirada a su ayudante. La muchacha retrocedió, dio media vuelta y salió. Las demás criadas la imitaron y se retiraron a los pliegues de tela de las paredes. Sus rostros se volvieron inexpresivos y permanecieron inmóviles como estatuas, con la vista perdida. Didóbal lo había conseguido con una sola mirada. Himilce temió que su suegra fuera a decirle que se marchara pero, en cambio, ella le preguntó:
—Sientes una gran pasión por mi hijo, ¿verdad?
—Sí —respondió Himilce.
—¿Cómo pocas mujeres sienten por sus maridos?
—No sé qué sienten otras mujeres; yo lo tengo presente en todo instante.
—Por tu tono, pareces sugerir que yo no sé nada de esto. ¿Crees que eres la única mujer que ha amado a su marido casi con locura?
—No, no. Yo no quería decir eso.
—Cuando te conocí, no supe qué pensar de ti —prosiguió Didóbal—. No me inspiraste confianza. Perdóname pero para una madre es difícil de aceptar que su hijo entregue su afecto a otra mujer. Una madre siempre piensa que ella ha sido la primera: las primeras entrañas, el primer pezón entre sus labios, el primer amor irreflexivo…
La mujer volvió la cabeza despacio, retirando las gruesas trenzas de las manos de Himilce. Sus ojos eran grandes, con el blanco algo amarillento, gruesas venillas y el iris oscuro, de un color pardo que en aquel momento se veía negro como el carbón.
—Estoy segura de que lo comprendes —añadió.
Didóbal se volvió de lado y mostró su perfil a la joven.
—Por eso no pude recibirte con otra cosa que no fuera cautela —prosiguió—. Te mandé vigilar. Es vergonzoso, sí, pero… Himilce, apenas hacías nada en Cartago de lo que yo no tuviera noticia a los pocos minutos. ¿Por qué hice tal cosa? Porque una persona no demuestra quién es con sus palabras, sino con una acumulación de actos a lo largo del tiempo. ¿Estabas en mi casa sólo por nuestras riquezas? ¿Te preocupaba el destino de tu esposo y honrabas las tradiciones de su pueblo en tus momentos íntimos? ¿Participabas en las diversiones que esta ciudad ofrece incluso a las mujeres de tu clase? ¿Sonreías y suspirabas ante la mirada de hombres poderosos? Perdóname, pero me preocupaban demasiadas cosas.
Mientras se producía ese parlamento, Himilce intentó reanudar su trabajo. Sujetó con horquillas las trenzas inferiores y luego cogió un peine de marfil para desenredar el cabello de la parte superior de la cabeza, el cual, comparado con el entretejido de la nuca, se veía caótico y rebelde. Pero mientras Didóbal hablaba, los dedos de Himilce fueron disminuyendo el ritmo y, finalmente, se quedó con el peine en la mano, las perlas incrustadas apretadas entre sus blancos dedos.
Vaya serie de preguntas, pensó Himilce. En aquel momento no podía imaginar las respuestas que la mujer habría recibido. ¡La habían sometido a vigilancia! ¡Del primer día hasta el último! Sin saber muy bien por qué, le pareció que aquello tenía sentido. Explicaba buena parte de su desconcierto. Todo aquel tiempo…
—Era tan difícil no amar a Amílcar como ahora lo es no amar a Aníbal —dijo Didóbal—. Están hechos de la misma pasta. Nosotras, las que hemos vivido cerca de su fuego, estamos bendecidas y maldecidas a la vez, y se me antoja que tú y yo no somos tan distintas como parecemos. Durante la guerra de los mercenarios, no soportaba estar lejos de mi esposo e hice lo que tú, con mayor sabiduría, no has hecho. Lo seguí al desierto mientras se dedicaba a repeler a los rebeldes. Llegué junto a él dos días después de la batalla de Leptis Minor. Había salido de ella victorioso, pero nunca lo había visto así, con todo el cuerpo lleno de regueros de polvo y sangre, los ojos enrojecidos y la piel plagada de ampollas, como si se hubiera quemado. Esperaba encontrarlo muy enojado y tenía miedo, pero no me dirigió ni una palabra de reproche; al contrario, me poseyó como no lo había hecho hasta entonces, rugiendo como un león. Su pasión iba más allá de las palabras y no me habló en todo el acto. No me dio nada de afecto y me dejó toda la piel de color rojo, con las manchas de la guerra.
»Fue horrible, Himilce, pero aquella noche pensé que si aquél era el ardor de mi marido durante la campaña, era mejor que yo estuviese allí, a su lado, porque, ¿quién sino yo lo acogería así? Al día siguiente, me tomó de la mano y me llevó hasta la cima de la montaña y hasta el fondo del valle en el que había luchado. Me mostró el campo de batalla. Me paseó entre los montones de cadáveres. Fue una visión, Himilce, con la que deseo que nunca te encuentres. Después de permanecer tres días al sol, los cuerpos hinchados expelían gases y temblaban como si todavía quedara vida en ellos y se manifestara en espasmos. Algunos habían reventado como si hubieran cocido demasiado tiempo y despedían el hedor más terrible del mundo. Los buitres, unas criaturas de cuello largo que volaban por doquier, como demonios calvos, oscurecían el cielo.
»Y eso fue sólo el principio. Permanecí una semana al lado de mi esposo. Me hizo presenciarlo todo. Dedicaron días a levantar estacas en las que crucificar a los cabecillas capturados. Algunos prisioneros fueron liberados después de cortarles las manos. A otros les amputaron los pies y los dejaron a merced de las hienas. A otros más les arrancaron los ojos y la lengua y les cortaron el miembro viril, para servir después de alimento de los leones capturados. La guerra había sido sanguinaria más allá de lo imaginable y Amílcar, mi marido, respondía a anteriores brutalidades. Han pasado muchos años, pero esas escenas continúan vivas en mí como si en algún sitio fueran reales. Y son reales porque en esta guerra, en algún lugar, están repitiéndose. Los hombres a quienes amamos son los arquitectos de esas escenas, o sus víctimas. Y por eso decidí no volver a importunar a mi marido. Dejé que hiciera su trabajo sin mí, no como sacrificio, sino porque no soportaba que me hiciese presenciarlo todo. No lo aguantaba y nunca comprendí que un hombre pudiese cometer aquellos horrores; por eso me mantuve lejos de él gran parte de mi vida de casada. Yo lo amaba y, por lo tanto, apenas soportaba estar con él.
»No sé si esto tiene mucho sentido para ti, Himilce, pero no emprendas los caminos de la guerra. Ni intentes comprenderlos. Recibe a tu marido en sus momentos tranquilos, cuando está en tus brazos y mira a tus hijos con amor. Debes hacer esto, porque si te enteras de demasiadas cosas de la vida del guerrero, llegarás a odiarlo y yo nunca toleraré que dudes de mi hijo.
—Yo, tampoco —susurró Himilce.
—Entonces, quédate con tu ignorancia. Es mejor que muchas de las locuras de los hombres sean un misterio para nosotras.
—¿Crees que todo lo que hacen es inútil?
—¿Inútil? —Didóbal frunció los labios—. No, yo no diría eso. El mundo avanza gracias a la lucha de los que viven en él. Como la comida alimenta al cuerpo, los conflictos alimentan a los dioses. Una criatura ha de prevalecer sobre otra. No desearía que nuestro país fuera utilizado como una esclava, por lo que cada día rezo por la victoria. ¿Qué otra cosa podemos hacer? El día que esta guerra termine, comenzará otra nueva. Es horroroso, pero siempre ha sido así. No hay razón para creer que las cosas cambiarán.
—Entonces, ¿nunca podremos vivir en paz?
—Hasta que mueran los dioses, no —respondió Didóbal—. Y las dos sabemos que son inmortales. Los dioses siempre nos harán danzar para ellos. Esto es lo que significa nacer de la carne. En realidad, Himilce, creo que los dioses están inquietos con esta guerra. No sé qué ocurrirá, pero sea lo que sea, se aproxima a toda prisa, como una tormenta del norte, como una tempestad que asola la Tierra desde los cielos. Acordémonos de todos mis hijos en nuestras plegarias.
Didóbal alzó el brazo y tendió la mano a su nuera. Himilce la tomó y notó que la mujer le apretaba los dedos con su regia mano, llena de grandes anillos. En aquella presión vio algo que la hizo sentir como un niño agarrado a la mano de un gigante.
—Perdona la desconfianza que he sentido hacia ti —dijo Didóbal—. Te quiero mucho, hija.
Publio zarpó de Ostia a la cabeza de una flota, con diez mil soldados de infantería y otros mil de caballería, toda la fuerza que Roma le había asignado en un año. Apenas sus hombres habían puesto pie en tierra en Emporion y ya los obligaba a hacer instrucción para recuperar las fuerzas perdidas con el entumecimiento del viaje. Reunió los restos maltrechos del ejército existente y con ellos dejó atrás las distracciones de la ciudad griega. Marcharon a Tarraco, donde Publio había instalado su cuartel general, y allí empezó a entrevistar a todos los que le pareció que tenían información útil. Nunca había estado tan ocupado. Jamás había dirigido tantos hombres, afrontado tales dificultades o asumido una responsabilidad tan grande. Sabía que Roma estaba tan lejos que no podía confiar en ella como guía, por lo que era asunto suyo solamente ganar o perder Iberia. La actividad constante le impedía pararse a pensar en la gravedad de todo aquello.
Al cabo de siete días, había enviado invitaciones a todas las tribus que ya se hallaban del lado de Roma e incluso a algunas que seguían siendo aliadas de Cartago. Las delegaciones se presentaron ante él con diversos grados de entusiasmo, con más quejas que promesas, con ojos cautelosos que miraban con escepticismo a aquel nuevo y joven comandante. ¿Era aquello realmente lo mejor que Roma podía hacer, enviar a un muchacho que apenas tenía pelo en el pecho? ¿Qué esperaba lograr que su padre y su tío no hubiesen logrado, sobre todo en aquellos momentos en que la situación había empeorado tanto? Cornelio y Cneo habían sido unos jefes diestros, con años de experiencia a la espalda, dos ejércitos y una constelación de aliados que les había costado años conseguir. Pero habían sido destruidos. Ahora que Magón Barca había llegado durante el invierno, los cartagineses tenían en Iberia tres ejércitos. Recorrían el territorio y, como nubes de tormenta, descargaban rayos de castigo por anteriores traiciones. Hanón había clavado en una cruz al caudillo de los vacceos y había enviado a quinientas hijas de su pueblo a Cartago Nova como prisioneras. Asdrúbal dejaba un rastro de tierra quemada a su paso, a lo largo del río Tagus hasta el Gran Mar, convertía en esclavas a tribus enteras, quemaba pueblos y asaba a sus caudillos en el ardiente espetón del espanto como sólo los cartagineses sabían hacer. Magón cargaba con impuestos a las tribus meridionales y, día a día, construía su ejército hasta convertirlo en una gran horda clamorosa que sería la segunda que marcharía sobre Roma. Tomando todo esto en consideración, más de un enviado preguntó qué seguridad podía dar Publio de que la causa romana no estaba muerta y putrefacta como los cadáveres de sus predecesores.
Por extraño que resultara, Publio encontró algo tranquilizante en la contemplación de aquellos ojos beligerantes. Mientras los traductores transmitían sus mensajes, estudió aquellos rasgos extranjeros, sus distintos atavíos y actitudes. Cuanto mayor era la falta de respeto que los iberos le demostraban, más fuerte encajaban las mandíbulas, más fija era su mirada, más fluidos los movimientos de su mano. No prometió nada concreto y dijo que un individuo solo nunca decidía cuestiones tan importantes, pero prometió luchar contra los cartaginenses como nunca se había luchado hasta entonces. Les recordó que todavía era hora de que Roma pronunciase una palabra de reconciliación a los africanos; tal era su certeza de que la batalla se inclinaría finalmente a su favor. Habían cometido errores. Se habían apresurado cuando debían haberse mostrado pacientes, honestos cuando debían haber sido insinceros, contenidos cuando debían haber estallado de ira. En muchos aspectos, hasta el momento, habían librado la guerra de una manera incompetente. Sí, reconoció; incluso su padre había cometido errores de juicio, pero éstos no tenían por qué repetirse.
Las delegaciones de las tribus acogieron las palabras de Publio de manera diversa pero, cada vez que las pronunciaba, el romano creía un poco más en ellas. Descubría rasgos de carácter en sí mismo que nunca había sabido que poseía, si bien tenía poco tiempo para detenerse a reflexionar sobre ello. Lelio, como un hermano gemelo a su lado, no expresó ningún pensamiento que no estuviera directamente relacionado con la guerra, por lo que él tampoco lo hizo. En ningún oficial confiaba tanto como en su colega. A solas con él, desplegó todos los mapas y la información que tenía de Iberia. Se movieron por el suelo de mármol a gatas, comentando cada fragmento de información, desde el más obvio hasta el más complejo. Ambos creían que debían atacar, y pronto. No podían confiar en que les llegasen refuerzos de Italia y, por lo que sabían, era posible que Aníbal asestase allí un duro golpe que les complicara aún más las cosas. De camino a la victoria, podrían ganarse la confianza de viejos aliados y conseguir otros nuevos. Los vencedores siempre tenían compañía.