Aníbal, el orgullo de Cartago

David Anthony Durham · Capítulo 2 de 8 · parte 3/6

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Aníbal, el orgullo de Cartago

Preludio

Este capítulo es largo, así que está dividido en 6 partes.

Avanzó entre las filas de una unidad de celtiberos sin preocuparse de si su montura arrollaba a alguno. Los soldados se apartaron de un salto y retrocedieron para abrirle paso. Eran gente de tez pálida, algunos con mechas doradas en sus cabellos. Muchos de ellos veían por primera vez de cerca a su líder, y lo contemplaban boquiabiertos.

—¡Saguntum! —exclamó. Su voz no llegaba a todos, pero sí a buena parte de los soldados—. ¿Os intimida esa ciudad, amigos míos? ¿Os abruma y pone a prueba vuestra paciencia y vuestro tesón? Así debe ser. Se trata de una gran ciudad cuyos cimientos alcanzan muy hondo, cuyos muros son gruesos y cuyos habitantes son testarudos y vanos. Estos meses de esfuerzo nos han fatigado a todos, a mí como a vosotros, y sin embargo nos hallamos ante un objetivo de indudable valor. Todos hemos venido a la llamada de nuestros amigos, los turdetanos, una buena gente que sufría bajo la opresión de la ciudad que tengo a mi espalda.

Se elevaron unos gritos que debían de salir de los turdetanos, en respuesta a la mención de su nombre. Aníbal los saludó con un gesto de cabeza y espoleó su montura en dirección a ellos.

—Existen asuntos de derechos y de afrentas que deben tratarse —dijo entonces —. Una disputa que debería resolver un árbitro imparcial. Por eso me ofrecí a ser mediador en el asunto, pero los saguntinos, en lugar de proceder como hombres de honor, apelaron a Roma para que dejara caer su poderosa mano sobre nosotros. Y ello antes de que tomáramos partido y recurriéramos a las armas. Vinieron unos romanos a mi fortaleza y se atrevieron a decirme a mí, Aníbal, lo que podía hacer o no. Me llamaron niño, y a vosotros, mis compañeros de juegos, patizambos. ¿Es así como os veis?

Espoleó al caballo y lo puso al galope, lo que obligó a los soldados de infantería a apartarse a toda prisa. La traducción llevó unos instantes y, conforme cada sección iba entendiendo sus palabras, la respuesta llegaba como el fragor de los truenos en plena tormenta, unos potentes y otros lejanos y otros aún muy próximos, unos secos y otros retumbantes, en tonos cada vez más coléricos, como si aquel insulto fuese intolerable, como si fuese algo que no se les hubiese ocurrido nunca pero que les llegara muy adentro. En sus múltiples lenguas, los hombres protestaban con una negativa unánime. No, no eran compañeros de juegos; ni Aníbal era ningún niño.

Cuando volvió a hablar, el comandante lo hizo desde el centro de una hueste de mercenarios libios cuyos soldados alzaban las manos y le tocaban las piernas a su paso. Eran hombres de piel cobriza y narices y mentones que parecían tallados en granito con los perfiles sin pulir. Veteranos forjados en la batalla, varias generaciones de cuyas familias habían combatido por Cartago, eran en muchos aspectos el núcleo de su ejército. La relación entre los dos pueblos no era la de una alianza formal; Cartago no se había comprometido a proteger a los libios, ni el rey de éstos, Sifax, era vasallo de ella. No obstante, Sifax había continuado la larga tradición de permitir que sus hombres se alistaran como mercenarios en el ejército cartaginés, sobre todo porque una parte de su paga iba a parar, de una manera u otra, a los bolsillos reales. Los libios que rodeaban a Aníbal no hablaron a su paso, pero todos se pusieron a batir los pies con un ritmo acompasado.

—¿Quiénes son los saguntinos para llamar «su dueño» a otro? ¿No parece tal acto el de un pueblo que merece conmiseración? Sin embargo, Saguntum no es de compadecer; no lo es por la injusticia que dio inicio a este conflicto, ni por los meses de trabajos que nos ha causado, ni por los hermanos vuestros a los que ha dado muerte. Hace apenas unos días envié, a través de uno de sus ciudadanos, mis términos para su rendición. ¡Incluso a estas alturas concede Aníbal la posibilidad del perdón! Pero la ciudad los ha desdeñado.

Aníbal dejó atrás la formación de los libios y se detuvo ante una compañía de caballería de los númidas masilios, aquellos hombres tan hechos a sus monturas, de piel oscura y tatuada como tenían por costumbre, con largas guedejas que les caían por los hombros y ojos que miraban fijamente desde el fondo de sus cuencas. A estos hombres también se les pagaban sus servicios, pero lo había ofrecido al ejército cartaginés su rey, Gea, tras expresar sin ambages que deseaba una unión duradera y oficial con Cartago.

Cuando cesaron las traducciones y la multitud calló, Aníbal continuó hablando al compás de las pisadas de homenaje que aún mantenían los libios.

—Así pues, esto proclamo: ¡Que la ciudad, cuando caiga, será para los hombres que la capturen! Todo el botín que se encuentre en oro, monedas, joyas y armas. En hombres, niños y mujeres. Aníbal no reclama nada para él. Mandaremos tributos a Cartago para que el pueblo entienda nuestra acción y dedicaremos una parte a financiar este gran ejército pero, aparte de esto, Aníbal lo entrega todo a los valientes que sepan tomarlo, para que hagan con ello lo que quieran. Este asedio ya ha durado suficiente, amigos míos. ¡Arrasemos ahora la ciudad y acabemos de una vez!

No tuvo que esperar a la traducción para oír el rugido de aprobación de los hombres. Los que entendían el cartaginés lanzaron de inmediato sus gritos de complacencia. Otros se les unieron, tal vez sin entender del todo pero con la certeza de que se les ofrecía algo inusual y dispuestos a expresar alegría y conocer los detalles más tarde. Aquel día cayeron sobre Saguntum con un entusiasmo que debió de conmocionar a los defensores. Los soldados de Cartago se lanzaron a las murallas como si pudieran abrirse paso a través de la propia piedra. Los saguntinos, en respuesta, arrojaron sobre ellos rocas y lanzas. Abajo hubo cráneos rotos, brazos partidos y cuerpos empalados o quemados, pero a cada hombre que caía lo sucedía otro decidido a pasar sobre el compañero para hacerse con una parte de las riquezas de la ciudad. Y tal vez cada uno fuera consciente de que el muerto sobre el que se encaramaba sería uno menos a la hora del reparto.

Tampoco les faltaba a los asaltantes un modelo de valentía en el que inspirarse, pues su comandante estaba entre ellos. Más adelante, todos los hombres declararían haber peleado junto a él en algún momento de la jornada. Aníbal hizo retirar el ariete y se lanzó a la carrera contra el pie de la muralla, profiriendo alaridos de furia. Se encaramó a la parte inferior de una escala y cuando, desde arriba, arrojaron un tronco que se llevó por delante a los hombres que subían por encima y por debajo de él y los dejó malheridos e inútiles, se puso a salvo de un salto, por muy poco. Aterrizó torpemente y se levantó con una cojera tan marcada que Magón lo convenció de que montara de nuevo. Así lo hizo y cabalgó entonces de un punto a otro exhortando a sus hombres. Iba a lomos de aquella mole de músculos en movimiento cuando le tocó la mano del destino como jamás le había sucedido hasta entonces.

Entre todo aquel movimiento, entre tanta agitación vociferando con la boca abierta, no advirtió la falárica que un enemigo arrojaba desde una de las torres de la muralla. No vio la mano que la impulsaba ni oyó la plegaria que murmuraba quien lo hacía. La punta metálica de la lanza medía más de seis palmos y llevaba en el extremo posterior un compartimento embadurnado de brea y prendido en llamas, tras el cual había un asta de diecisiete palmos que proporcionaba al arma un peso mortífero cuando alcanzaba un blanco. La falárica trazó una trayectoria indirecta hacia su objetivo, primero elevándose en el aire, dibujando un arco mientras perdía velocidad de ascenso y se precipitaba al suelo a continuación. Mientras el proyectil volaba, la montura de Aníbal trazó un círculo, hizo una breve cabriola, galopó un corto trecho y se detuvo en seco. Cuando llegó la lanza, el caballo y él habrían podido estar a varios pasos de donde se hallaban, y esto lo obsesionaría más adelante, aunque nunca compartiría con nadie sus dudas sobre qué influencia había tenido la voluntad de los dioses o las intenciones del destino en lo sucedido.

Un escolta cercano a él gritó una advertencia, pero era demasiado tarde y, de todos modos, Aníbal no la oyó. La punta de la falárica le alcanzó la pierna, cortó piel y músculo, llegó hasta el cuero de la silla de montar y, rajándolo, se hundió incluso en el cuerpo del caballo, rompiéndole dos costillas y alojándose tan adentro que la herida resultó mortal. El caballo estaba muerto antes de doblar las patas. Aníbal golpeó la brea en llamas que envolvía el asta, como si esperara rectificar lo sucedido con la furia de su gesto. Entonces advirtió que el caballo empezaba a desplomarse y que iba a aplastarlo. Así pues, hizo lo que debía.

Cuando el semental cayó rodando a un costado, él se inclinó hacia el otro. El afilado pitón de la lanza le desgarró la musculatura de la pierna, deteniéndose un instante en una delgada cinta de carne que se resistía, antes de rajarla por completo. Aníbal cayó encima del animal e intentó apartarse de un salto, pero como tenía inutilizada una pierna terminó con el pecho en la grupa de aquél. En un acto postrero, el caballo soltó una coz y su jinete advirtió tres cosas. La primera, se le cortó la respiración hasta tal punto que parecía que los pulmones le habían quedado vacíos e inútiles. Después, mientras volaba por los aires, fue consciente de la potencia del golpe, que lo enviaba por encima de la cabeza de los primeros hombres que acudían en su ayuda. Y por fin, al tiempo que rodaba por el suelo, sufría golpes y magulladuras y terminaba hecho un guiñapo, comprendió que ya no podría plantarse de nuevo ante Himilce como hacía hasta entonces. Ya no era perfecto. Y aquel pensamiento lo trastornó más aún que el dolor, más aún que la proximidad de la muerte, que las escasas pulgadas que habían llevado la punta de la lanza a una parte de su cuerpo y no a otra.

 

Cuando el emisario dio con él, Magón se hallaba en el extremo opuesto del campamento, supervisando la calidad y abundancia de la madera desbastada recientemente para la construcción de las máquinas de asedio. Al recibir el mensaje, partió de inmediato y atajó por una parte del campo que no había explorado nunca, los barrios de tiendas de las diversas tribus en la que cada grupo vivía a su modo y seguía sus propias costumbres. Pasó junto a las chozas de la gente que seguía al ejército, cabañas de piel de animal o entretejidas con plantas casi todas y algunas incluso de ladrillos de adobe y heces, y dejó atrás los mercadillos al aire libre, con los cuartos de reses colgados de los ganchos y moteados de moscas, el suelo salpicado de asaduras bajo ellos y el aire cargado del olor a carne recién sacrificada y del hedor a entrañas de pescado. Entre la confusión creada por la masa de nacionalidades se movía un gran número de mujeres, cocineras y prostitutas y doncellas, esposas y hermanas e incluso hijas, sobre todo de las tribus celtiberas que no estaban lejos de su territorio. Entre ellas había niños, los mismos crios que desarrollaban su vida en las callejas de las ciudades, rápidos y avispados, y que conseguían prosperar entre los pies de los guerreros. Los caminos entre las tiendas y chozas incluso eran patrullados por los inevitables perros vagabundos, de patas delgadas y pelaje corto, todos mestizos. Como los niños, los canes sabían buscarse la vida entre la maquinaria de guerra. Quizá reinase el caos, pero, hasta donde alcanzaba la vista, todos conocían el nombre de Aníbal Barca.

En cambio, pocos reconocían al Bárcida que se abría paso entre ellos detrás del emisario y, en aquel momento, tal cosa representaba una ventaja para Magón. Había tenido que hacer frente a responsabilidades como nunca hasta entonces. Llevaba un registro diario de todos los acontecimientos de interés, organizaba las notas y analizaba informes de Adhérbal, sondeaba la moral de los diversos contingentes y resolvía disputas en nombre de Aníbal cuando los cansados soldados venteaban sus frustraciones peleándose entre ellos. Incluso se le había encargado requisar suministros para Vandícar, el jefe de los conductores de elefantes, cuyos animales estaban tan agotados por el esfuerzo del asedio como cualquier soldado.

En su intento de cumplir todas las tareas que le encomendaran, se encontró de pleno entre soldados, examinando las máquinas y aprendiendo estrategia de quienes estaban en condiciones de responder a sus preguntas. Al principio, se mostraba vacilante en el trato con hombres mayores y más experimentados, de rostro ceñudo y opiniones que no dudaban en proferir a gritos a la menor provocación. Sin embargo, cada noche, cuando terminaba su trabajo, Magón hacía repaso de su actuación durante el día y tomaba nota de los aspectos en los que no había estado a la altura.

Una mañana se atrevió a arrancar de su montura al joven general de la caballería, Cartalón, y a inmovilizarlo en el suelo bajo su pie. La infracción del militar se había producido el día anterior y había consistido en desobedecer una orden que consideraba indigna de su unidad, pero Magón había necesitado toda la noche para elaborar su respuesta. Ésta llegó como una sorpresa para muchos, Cartalón entre ellos, pero pasó inadvertida a muy pocos. El más joven de los Bárcidas empezaba muy pronto a demostrar que llevaba la sangre de la familia.

Magón saludó con un gesto a los centinelas apostados a la entrada de la tienda de Aníbal, pasó discretamente entre ellos y penetró en una atmósfera en penumbra, sumida en una bruma de incienso y cargada del olor húmedo y pegajoso del sudor y el agotamiento, de la sangre y el vinagre. Cuando sus ojos se acostumbraron a la escasa luz, la habitación cobró relieve lentamente y su escaso mobiliario tomó forma. En el centro había una mesa de madera, cubierta de mapas y otros pergaminos y rodeada de banquetas. Detrás de ella, junto a la lona del fondo de la tienda, Aníbal yacía en un camastro. Estaba recostado sobre un codo y en aquella postura contemplaba a su médico, Synhalo, que se afanaba bajo la luz de la lámpara que sostenía su ayudante.

—Bienvenido, hermano —dijo Aníbal en tono sorprendentemente ligero—. Lamento tener que llamarte, pero necesito tus servicios como escribano. El ser enfermizo que ocupaba el puesto ha muerto de la forma más desagradable, consumido desde la entrepierna hasta lo más hondo del vientre. El cirujano dice que fue consecuencia de sus costumbres sexuales, y te aseguro que prefiero mil veces la muerte en combate.

El médico egipcio volvió la cabeza y pareció dispuesto a interrumpir la cura unos momentos. Suspiró, se incorporó y susurró unas palabras al comandante. Al moverse, Magón pudo observar en qué andaba ocupado. En el muslo desnudo de su hermano, un círculo en carne viva revelaba una profunda herida, que el médico cubrió con un paño húmedo. La tela blanca se sonrosó al contacto y luego, poco a poco, enrojeció y adquirió un tono pardusco.

—No creas que estoy muy grave —dijo Aníbal—. Me han herido la piel y el músculo, Magón, pero no el hueso, ni siquiera las venas principales y, desde luego, tampoco mi corazón ni mi resolución. Sin duda he sido víctima de algún mozo de cuadra que ha arrojado la jabalina cuando ha visto su oportunidad de alcanzar la gloria. Me fastidia, sobre todo, que el incidente haya quebrado nuestra acometida y que, por ello, el asedio continúe todavía. Entra y toma asiento. Synhalo me deja ahora, pero volverá muy pronto. Tiene planeado todo tipo de torturas para mí, esta tarde, pero cree que será capaz de evitar que esta pierna herida signifique mi muerte.

Aníbal agarró por la muñeca al cirujano en un gesto de despedida. Synhalo asintió y salió de la estancia sin cruzar la mirada con Magón. Su ayudante se llevó la lámpara y, tras la partida de los dos hombres, la estancia quedó envuelta en sombras.

Magón se abrió paso entre las banquetas y tomó asiento como le ordenaba su hermano. Le costaba mirarlo a la cara, pues sus ojos sólo querían contemplar la herida.

—Si pudiera, con gusto ocuparía tu lugar —murmuró—. Con gusto habría aceptado recibir yo esa herida terrible, con tal de verte indemne.

Al comandante se le borró la sonrisa del rostro. Aunque en la tienda reinaba una temperatura agradable, unas gotitas de sudor perlaban las aletas de la nariz y las sienes. Eran la única indicación del dolor que debía de causarle la herida de la pierna.

—Tú nunca caerías en la estupidez que he cometido yo. Son muchas las razones por las que arriesgaría mi vida por nuestros objetivos, pero la impaciencia no debería ser una de ellas. ¿Están muy preocupados los hombres?

—Nadie recuerda haberte visto herido —respondió Magón—. La noticia ha causado desconcierto. En ocasiones como ésta, los rumores se extienden como la fiebre.

Aníbal se movió como si quisiera levantarse, pero Magón le leyó el pensamiento y lo detuvo con una mano.

—Nosotros nos ocupamos de esto, hermano. Me he asegurado de que el sacerdote que realizaba los sacrificios esta mañana encontrase favorables los augurios. Asimismo, he instruido a los generales para que no hablen de tu fragilidad, sino de tu valor; que recuerden a todos que tú tienes tanto que perder como ellos en esta batalla y, sin embargo, no la rehúyes. Eso les digo, hermano, pero ten más cuidado en adelante. No es cierto que tengas tanto que perder como ellos; tienes mucho más.

—Sabio consejo —dijo Aníbal—. A veces pienso que te pareces más a mí que cualquier otro hijo de nuestro padre.

—Tienes una opinión demasiado alta de mí.

Aníbal no sonrió, pero en su expresión hubo algo de irónico.

—No lo creo. Tú eres lo más parecido a lo que sería si no fuese quien soy. Asdrúbal se toma la vida con una ligereza de la que yo sería incapaz. Hanón vive correctamente, pero lleva al cuello un peso que lo entorpece. En su juventud lo asaltó cierta duda que nunca ha logrado superar. Tú, Magón, posees un equilibrio que envidio. Un día te demostraré hasta qué punto te admiro, pero antes ocupémonos de lo que debemos. Te he mandado llamar porque los romanos han vuelto a enviar una embajada para regañarnos. Los tengo esperando en el puerto, fomentando su irritación, espero, y achicharrándose al sol. Podría haberlos recibido ya, pero no quiero hacerlo en este estado y estoy seguro de que en un par de días zarparán y pondrán rumbo directamente a Cartago. Prevengamos al Consejo. Será mejor que éste tenga noticias mías antes de su llegada. Encontrarás los útiles de escritura detrás de ti.

Mientras esperaba a que Magón se preparara, intentó cambiar de postura pero la pierna se lo impidió. Por fin, se dio por vencido y se contentó con espantar las moscas que se habían posado en el vendaje. Los insectos se dispersaron, volaron en círculos y regresaron un momento después. Cuando su hermano menor lo miró, empezó a dictar.

—Transcribe mis palabras exactamente. Si tienes alguna duda, detenme y pregunta. No debemos cometer errores en una correspondencia como ésta. Escribe lo siguiente… Honorado y venerado Consejo de Cartago, predilectos de Baal, descendientes de Elisa, Aníbal os saluda. Os escribo acerca de un asunto de gran importancia, que os pido tratéis el mismo día que recibáis este mensaje. Como sabéis, os sirvo humildemente en Iberia. Continúo la obra de mi padre Amílcar, quien logró con su tenacidad someter a las tribus y acabar con sus estériles luchas fratricidas. Amílcar convirtió estas tierras en una provechosa propiedad, rica en plata, madera y otros recursos. Mi padre llenó vuestras arcas y contribuyó como nadie a reconstruir las agotadas fortunas de Cartago. Y halló la muerte en este empeño, sacrificando la vida incluso a la patria que amaba.

Aníbal hizo un alto para permitir que Magón lo alcanzara y se sorprendió al ver que su hermano dejaba de escribir apenas un momento después.

—¿Tan deprisa? Te han enseñado bien. Quizá no debería haber mandado llamar a ese griego para que lleve un registro de los hechos…

Continuó el dictado, hablando un poco más deprisa.

—A la muerte de mi padre, fue mi cuñado, Asdrúbal el Bello, quien condujo con gran capacidad nuestros intereses en Iberia. Cuando él falleció, tomé esta carga en mis hombros, no sólo por propia voluntad sino a petición de todos aquellos que se interesan por la gloria de Cartago. Desde entonces casi he completado la conquista de Iberia. Para ello no he solicitado recursos a Cartago, sino que a mis propias expensas he dominado a las tribus del Tagus y he capturado Salmantica y Arbocala. Cartago apoya a los generales vencedores y a los que enriquecen a su ciudad natal. Siendo así, no podéis tener queja alguna de Aníbal ni del legado de los Bárcidas.

»Os recuerdo todo esto para que lo tengáis muy presente cuando recibáis a la embajada de Roma. Se presentarán ante vosotros condenándome, convirtiendo las verdades en mentiras y las mentiras en verdades, como suelen hacer. Ya conocéis la empresa en la que estoy enfrascado. Recordad, pues, dos cosas: que Saguntum queda al sur del Ebro y que no tenemos obligación de aceptar órdenes de los romanos respecto a una ciudad que se halla dentro de nuestro ámbito de influencia. Creo que mi actuación al tomar Saguntum no viola los acuerdos existentes. Pero, aunque así fuera, tenéis autoridad para rechazar tales acuerdos, ya que no se han cerrado directamente con el Consejo. Lo que pido que hagáis es muy sencillo: enviad a esos romanos a casa como perros desobedientes que son. No tardaré en poner fin a este asunto y os aseguro que Cartago se beneficiará de ello en sumo grado. Y sabed también que, si Roma nos desafía con la fuerza, Cartago puede contar con Aníbal y su ejército para afrontar la amenaza antes de que ésta alcance tierras africanas.

Aníbal indicó a su hermano que desplegara el rollo de manuscrito para inspeccionarlo.

—Tienes buena caligrafía —comentó en tono relajado—. Estos romanos son realmente refinados. Me llaman bárbaro, cuando ellos son los maestros de la traición y los que rompen los tratados. Se presentan aquí como niños sorprendidos de la dureza del mundo que los rodea. Pero incluso estos saguntinos comprobarán un día que Aníbal es, a la vez, fuerte y justo.

—¿Eso crees? —intervino Magón—. Me sorprendería. Que lo reconozcan, me refiero.

—No pueden decir que no les he dado la oportunidad. Considéralo de este modo: cuando encuentras un gran árbol que se interpone en tu camino, ¿te plantas ante él y lo desafías a pelear? Cuando caminas de noche y oyes a tu espalda el rugido de un león, ¿te vuelves y te enfrentas a él para que deje de importunarte? ¡No! Lo que haces es rodear el tronco, o poner pies en polvorosa y buscar refugio. Yo me presento ante los saguntinos con una fuerza que no tienen modo de derrotar. Deben adaptarse a ella. Si tuvieran el buen sentido de entenderlo, ya habrían dejado de luchar. Al rechazarme, se decantan por probar mi cólera en lugar de mi amistad. Así pues, su destino lo deciden sus propias acciones. No es ésta una perversidad por mi parte. El mundo es cruel; uno tiene que ejercer cierta crueldad para vivir en él. No he hecho otra cosa.

Aníbal hizo una pausa y ladeó su cabeza al oír unos gritos en el exterior. Luego, continuó:

—Sin embargo, algunos preguntarán: ¿Aníbal navega con viento favorable, o crea su propia brisa? Debo reconocer, a esto, que la conducta de los saguntinos me resulta perfectamente conveniente. Sabía cuál sería su respuesta, y cómo reaccionaría Roma. Aunque calculaba que tomaría la ciudad en menos tiempo, me alegro de que resulte un desafío para los hombres.

Magón asintió aunque, por una vez, la lógica de su hermano se le resistía. Le vinieron a la mente muchas preguntas; se le ocurrieron varios hechos que habrían podido contradecir las afirmaciones del gran general. Era innegable que los saguntinos luchaban con valor por sus propias vidas, para proteger a sus mujeres e impedir que sus hijos fueran vendidos como esclavos. Por la noche, cuando los oía lanzar maldiciones desde la muralla, captaba la valiente desesperación en sus voces. El poeta que llevaba dentro quedó impresionado con ellas. Tal vez era la litada que lo perseguía de nuevo, recordándole el destino de Príamo y de su Troya. Siempre le había decepcionado aquel aspecto de las grandes epopeyas. Tanta grandeza heroica conducía a la violación, al pillaje y la destrucción completa de un pueblo. Con todo, Magón nunca había comentado aquellas reflexiones con nadie y mantuvo la calma.

—En cualquier caso, el Consejo conocerá mi intención y ésta influirá en su ánimo —continuó Aníbal—. Aunque llevo muchos años lejos de la patria, aún conozco a mi gente. Mi mensaje, Baal lo quiera, se adelantará a la llegada del enviado romano y tendrá acogida en los corazones de nuestros compatriotas. Ésta es mi voluntad. Procuremos cumplirla.

Tras decir esto, estampó su sello sobre el manuscrito, que Magón enrolló, enfundó y entregó a un mensajero que esperaba a la entrada de la tienda.

Aníbal parecía a punto de despedir a su hermano, pero lo retuvo un momento más. Se pasó una mano por el puente de la nariz y se cubrió la boca como si quisiera capturar el calor de su aliento.

—Ayúdame a escribir otra carta, Magón. Y, como todo lo que suceda entre nosotros, debes guardar silencio en lo que se refiera a esta correspondencia. Puede que esa mujer sea mi debilidad, hermano, y si es así no quiero que lo sepa nadie más.

Magón se dispuso a escribir, pero su hermano titubeó un instante y, cuando volvió a hablar, lo hizo casi a regañadientes:

—Queridísima Himilce…

Sapaníbal era tan Bárcida como sus hermanos. Tema los ojos hundidos de Aníbal, la estatura y la frente alta de Hanón, la boca bien formada de Asdrúbal y la mente sensible de Magón. Como a todos ellos, y como a su hermana Sofonisba, la habían educado para servir a los intereses de la familia. Su matrimonio con Asdrúbal el Bello había tenido esa función, precisamente, creando un vínculo más fuerte que el de los simples pactos y promesas. En esto, su sacrificio fue tan sincero como si se hubiera dedicado a la guerra; Sapaníbal había soportado su tarea con la misma aplicación que se esperaba de sus hermanos. Tal vez por eso se había sentido desubicada, últimamente. Ya no estaba claro qué se esperaba de ella. Su esposo había muerto unos años antes y, por lo tanto, ella había dejado de ser un instrumento a través del cual ejercer influencia. Ninguno de los hijos que él le había engendrado había vivido más de unos pocos meses en su vientre, por lo que no le quedaba el recurso de dedicarse a la maternidad. Sus hermanos siempre andaban ocupados en campañas militares, una actividad en la que ella no desempeñaba ningún papel oficial. Por último, Sapaníbal se daba cuenta de que Himilce, la mujer que ahora gozaba de los favores de Aníbal, estaba desplazándola gradual e inevitablemente de la posición de influencia de la que antes gozaba.

Pensando en ello andaba Sapaníbal, una mañana de finales de verano, mientras recorría el sendero serpenteante hacia la arboleda de Cartago Nova, un rincón de tupido bosque de añejos gigantes atrapado dentro de las murallas de granito de la ciudad. La propia arquitectura que protegía aquellos pocos elegidos había florecido a costa de las extensiones de bosques cerrados que en otro tiempo llegaban hasta sus mismas puertas. Con el encarecimiento de las maderas nobles, aquel bosquecillo de Cartago Nova representaba un gran lujo, que había recibido protección durante el gobierno de su marido. Se rumoreaba que el patrocinio de Asdrúbal no era consecuencia de su aprecio por la naturaleza, sino de su interés en complacer a una concubina de la que estaba particularmente enamorado, por lo cual era llamado el bosque de la Puta. El nombre divertía mucho a Sapaníbal quien hacía tiempo que había dejado de tomarse a mal las infidelidades de su marido. Era un hombre, y la principal debilidad de los hombres era ceder a los impulsos de la entrepierna. En todo caso, la concubina en cuestión había muerto en lugar de Sapaníbal. Compartía el lecho de Asdrúbal la noche de su asesinato y, al igual que su amante, acabó cosida a puñaladas. Baal, en el fondo, tenía sentido del humor.

Sapaníbal encontró cierta paz y calma bajo el dosel de ramas entrecruzadas, donde aspiró la humedad del lugar. ¿Quién podía evitar un sentimiento de asombro ante los formidables robles y abetos, ante los tupidos helechos que se enredaban a las piernas y, allá arriba, el susurro de las hojas agitadas por unas brisas que apenas se percibían en el suelo? Aunque no se lo había dicho nunca a nadie, Sapaníbal había dormido en ocasiones en la arboleda. Acostada en el suelo cubierto de musgo, con los ojos cerrados, aguzaba el oído mientras el mundo natural seguía su curso. Pasar así la noche constituía para ella un placer excepcional, íntimo, y era la única ocasión en la que se sentía verdaderamente ella misma, pues era el único momento en que se olvidaba de quien era.

Distinguió a Himilce, que estaba con su dama de compañía y con su guardia, antes de que ellos se percataran de su presencia. £1 grupo aguardaba donde, mediante mensajeros, habían convenido en hacerlo unas horas antes. Sapaníbal aminoró el paso y observó unos instantes a la esposa de Aníbal. Sentadas en unas banquetas que debían de haber instalado unos sirvientes, Himilce y su doncella quedaban empequeñecidas entre los árboles, tanto los que se mantenían en pie como el enorme ejemplar que había caído un par de años antes, cuyo grosor superaba la estatura de ambas mujeres. El tronco yacente se extendía detrás de ellas como una muralla levantada por el propio bosque. Qué extraño, pensó Sapaníbal, que unas criaturas capaces de construir edificios tan enormes parecieran poco más que insectos ante la muda exhibición de poderío de la naturaleza.

—Mi buena Himilce —dijo, al tiempo que irrumpía en el claro del bosque—, discúlpame por haber insistido en que nos reuniéramos aquí, pero siempre empiezo el día con un paseo entre los árboles y he pensado que te gustaría acompañarme. Ven, permíteme ser tu guía en un recorrido por el bosque de la Puta.

Himilce se puso en pie, hizo un gesto con la cabeza a su doncella y las dos avanzaron hasta llegar a la altura de su cuñada. Himilce tenía un paso liviano y ágil en marcado contraste con el de Sapaníbal, quien, aunque vestía con elegancia y recogía sus cabellos en unas cuidadas trenzas y adornaba sus orejas con aros de plata, seguía siendo una oca que guiaba a un cisne. Consciente de ello, y molesta además, lo disimulaba con arrogancia.

La arboleda estaba llena de vida y, durante el paseo, le fue contando a Himilce cuanto conocía de aquel paraje. Las llamadas penetrantes de unas aves tropicales, criaturas espectaculares de flamantes colores verdes y rojos, algunas de un blanco inmaculado, pico grande y diseño absurdo, cortaban el aire en bandadas cacofónicas. Tales pájaros no eran autóctonos, sino que se reponían cada año y se mantenían en aquel bosque urbano a base de cortarles las alas y gracias a la extensión de tierra desprovista de arbolado que rodeaba la ciudad. Los loros no eran los únicos extranjeros del bosque. Allí residía también un grupo de monos de cara menuda, brazos largos y agilidad rayana en lo inverosímil, importados de África. Los cuadrumanos se llamaban entre ellos y soltaban insultos contra las intrusas. Sapaníbal sacó unos dátiles de la bolsa que llevaba a la cintura y los lanzó uno tras otro hacia los árboles, lo que provocó más gritos. Los monos saltaron de rama en rama y cazaron los frutos al vuelo. Siguieron a las mujeres hasta que llegaron al lindero del bosque y salieron al campo recién segado que se extendía una corta distancia hasta la muralla de la ciudad.

Sapaníbal buscó un lugar adecuado y se sentó en el suelo con las piernas cruzadas y la espalda muy erguida.

—Somos un pueblo extraño —comentó, al tiempo que señalaba un grupito de raros animales que ramoneaba junto a un recodo de la muralla. Desde lejos parecían caballos pero se apreciaba algo atípico en su movimiento y en su color. Eran cebras —. Hay quien querría convertir Cartago Nova en un depósito de toda suerte de exotismos, sean gentes, piedras preciosas o animales. A decir verdad, a veces me da la impresión de que si mi hermano triunfa, no es gracias a Cartago sino a pesar de ella. Esta extravagancia será la causa de nuestra decadencia. ¿Sabías, Himilce, que en cierta ocasión un comerciante llamado Sastanu viajó desde Cartago con dos jirafas adultas por toda mercancía? Dijo que eran regalos de boda para Asdrúbal y para mí. Una murió de fiebres; la otra mordió en el trasero a un guardia y éste le cortó la garganta de un tajo.

Himilce todavía estaba decidiendo si sentarse o no en la hierba. Finalmente, a regañadientes, lo hizo.

—No había oído hablar de ello —dijo—. Me encantaría ver una jirafa. ¿Son tan altas como cuentan, realmente?

Aunque había sido ella quien había iniciado la conversación, Sapaníbal parecía impaciente por pasar a otra cosa.

—Sí. Tú pasarías por debajo de su vientre perfectamente erguida, y aún sobraría espacio. Pero no te he traído aquí para hablar de esto. Cuñada, te traigo un mensaje de mi hermano.

—¿De mi marido?

Sapaníbal buscó entre los amplios pliegues de su túnica y sacó un pequeño rollo, perfectamente cerrado.

—Parece que el asedio continúa, lento como el verano y mucho menos agradable.

—¿Has leído la carta?

Sapaníbal le dedicó una mirada adusta y respondió:

—No, hermana, no la he leído. Me llega mucho correo y, al ver éste, he querido entregártelo yo misma en lugar de mandar a otro.

Himilce tomó el rollo y lo sostuvo con torpeza. Sus dedos acariciaron el cordel que lo ataba. Se produjo un silencio hasta que, por último, dio las gracias a Sapaníbal y pareció que se disponía a marcharse.

Sin embargo, antes de que lo hiciera, Sapaníbal dejó caer una sugerencia.

—Si quieres, lo leeré yo.

Aquello detuvo a Himilce. Dio la impresión de que iba a decir que no con la cabeza pero, finalmente, convirtió el gesto en un encogimiento de hombros.

—No querría importunarte… —respondió.

—No es ninguna molestia. —Sapaníbal extendió una mano con la palma abierta —. Es una minucia que me complacerá hacer por ti.

Himilce le devolvió el rollo y esperó a que Sapaníbal desatara el cordel, desenrollara el escrito y lo alisara con sus dedos.

—Queridísima Himilce —leyó—, deseo que te encuentres como la última vez que te vi, dechado de salud y de belleza. Ruego que el verano no haya sido demasiado opresivo en Cartago Nova. Me llegaron informes de unas fiebres en la región, pero después me han confirmado que no eran ciertos. Por favor, háblame de esto la próxima vez que me escribas. Aquí, las cosas van despacio. Como bien me advertiste, nuestro adversario es más tenaz de lo que yo esperaba. Tú conoces a estas gentes mejor que yo. Espero que la próxima vez me recuerdes este episodio y me obligues a seguir tu consejo. Con todo, el sitio concluirá antes de que acabe la temporada de guerrear, te lo aseguro, y entonces me tendrás en tu presencia una vez más.

Sapaníbal hizo una pausa, carraspeó y espantó una mosca que se había posado en el brazo.

—¿Cómo está el joven Amílcar? —continuó—. No verlo crecer día a día es una de mis máximas penalidades. Espero que, como quedamos en primavera, lo estés arrullando de forma que sus tiernos oídos sepan de su padre y me reconozca a mi regreso. Hace poco, me han contado que desde mi partida ofreces sacrificios a diario por mí. Te lo agradezco mucho. Que los dioses te sonrían y transmitan tu sabiduría a nuestro hijo. Himilce, quizás hayas oído también que me han herido; no hagas caso del rumor. Sigo tan incólume como siempre. De tu esposo, que te ama, Aníbal.

Himilce permaneció callada un largo rato. Por fin, murmuró:

—Miente, ¿verdad? Está herido. Debo ir con él.

—No —respondió Sapaníbal—. Si mi hermano dice que está sano y salvo, debes creerlo. Y si estuviera herido, es asunto del cirujano, no de la esposa.

—Entonces, ¿tú también crees que le ha sucedido algo?

Sapaníbal hizo caso omiso de la pregunta.

—Aníbal debe saber que te encuentras bien, esperándole, amorosa y confiada. Incluso esta carta es un exceso de indulgencia por su parte. Es el comandante de un ejército, Himilce. Debe tener la cabeza libre de preocupaciones y concentrada únicamente en su objetivo. Muchas vidas y el destino de nuestra nación dependen de ello. Si quieres, te ayudaré a escribir una respuesta, una carta animada que le recuerde que su hijo crece sano y que su esposa lo quiere. Esto es lo que necesita, ¿comprendes?

—Has sido muy clara, hermana. —Himilce levantó la vista y observó las cebras en la lejanía.

—Bien. Lo mejor que puede hacer Aníbal para recuperarse es concentrarse en ello.

Himilce volvió la cabeza enérgicamente y, exasperada, clavó la mirada en Sapaníbal.

—¡Así pues, también lo crees! ¿O lo has sabido por otra fuente? Dímelo, por favor. Tienes espías por todas partes, ¿verdad? A Sapaníbal no se le escapa nada. Sólo yo vivo en la ignorancia.

—Nos juzgas mal a las dos, y en ninguno de los casos dices la verdad. Nadie insinuaría que Himilce es ignorante o que yo tengo poder de ninguna clase. Sólo te ofrezco mi consejo como esposa de guerrero que he sido. Sabes tan bien como yo que Aníbal ha estado provocando a Roma. Si se enfrenta de lleno a los romanos, será una guerra como no ha visto el mundo. No será una campaña de verano, sino una empresa mucho más duradera. Debes tomar en consideración cómo puedes contribuir mejor a nuestra causa.

—Tal vez lo acompañe —planteó Himilce.

Sapaníbal apretó los labios y miró al infinito, pues Himilce había bajado la vista a su regazo.

—Sí, algunas mujeres lo hacen —dijo por último—. Y entre los que van tras el campamento siempre hay mujeres, pero sabes tan bien como yo que en tu caso, con el niño, tal idea resulta absurda. Muy al contrario, creo que deberías regresar a Cartago conmigo y esperar allí el desenlace de la guerra.

—¿Me harías abandonar Iberia?

—Sería lo más conveniente. Recuerda que ahora estás casada con Cartago. Además, así verás la ciudad, aprenderás a hablar bien la lengua y conocerás a mi madre, Didóbal, y a mi hermana, Sofonisba.

—Preguntaré a mi marido.

—Hazlo, pero debes saber que ya he hablado con él de este asunto y está de acuerdo.

Himilce miró a Sapaníbal de hito en hito mientras encajaba la noticia.

—Le preguntaré —repitió y, poniéndose en pie, se sacudió unas brozas que le habían caído en la falda—. Esta tarde haré sacrificios a Baal y redactaré una misiva, alegre como tú dices. Gracias, hermana, por el consejo.

Sapaníbal observó a Himilce mientras ésta se alejaba. A pesar de las corteses palabras de la bella ibera, desconfiaba de ella. No estaba segura de que la joven no fuera a perjudicar, conscientemente o no, el curso de los acontecimientos que se avecinaban. Al fin y al cabo, era hija de un caudillo vencido. Aunque había quien aún no se había dado cuenta y sólo veía su elegante fachada, a ella no se le escapaba que Himilce formaba sus propios juicios.

Como Aníbal esperaba, el Consejo cartaginés tuvo tiempo de debatir su carta antes de la llegada del enviado de Roma, a quien despidieron con indiferencia, citando los argumentos que mencionaba la misiva. Por desgracia, el mismo mensajero que llevó la noticia a Aníbal informó también de que se había producido una rebelión entre los carpetanos en el centro de Iberia. El comandante dejó Saguntum para ocuparse en persona del alzamiento. Habría podido delegar la tarea en un general de confianza, pero estimó que tenía la gravedad suficiente para requerir su presencia. Si no se intervenía pronto, aquellas tribus rebeldes podían inspirar más descontento hacia la autoridad cartaginesa, lo cual debía evitarse.

En su ausencia, dejó a Hanón al mando, con instrucciones de terminar el asedio cuando fuera posible. Sin embargo, no bien la figura de Aníbal desapareció tras las colinas de Saguntum, el entusiasmo abandonó los cansados cuerpos de los hombres. Hanón lo advirtió; más incluso, él mismo sufrió aquel desánimo. Pero, si bien era incapaz de lanzar discursos inspirados para dar fuerzas a aquellos hombres empapados en sudor, apestosos e infestados de bichos, estaba convencido de que ninguna ciudad podía resistir indefinidamente a una fuerza lo bastante tenaz. Hizo que los hombres construyeran máquinas de asalto aún mayores: torres, mas altas que los muros, que podían transportarse por las zonas más llanas hasta las proximidades de la muralla y desde las cuales se lanzaba una lluvia de flechas, lanzas y dardos como protección de los que se afanaban debajo. En otros puntos, se abrieron senderos resguardados para que los obreros pudieran avanzar a cubierto y socavar los cimientos de la ciudad con relativa seguridad. Adhérbal, el ingeniero jefe, informó de que los bloques de la base de la muralla estaban encajados y sellados con barro, de modo que arrancaron en gran número esos sillares, lo que debilitó los fundamentos mismos de las defensas.

De vez en cuando, la mole de la muralla se movía y se ajustaba a los huecos horadados y se la oía gemir, como en una llamada de auxilio. Era un efecto de esperar, normal tras la acción de los arietes que estremecían las defensas hasta sus cimientos; sin embargo, una mañana de calor sofocante de finales de estío, Hanón despertó con una extraña sensación, un mal presagio. Cuando un mensajero le llevó la noticia de que se había producido un extraño suceso, casi lo esperaba. Una esquina del empinado baluarte septentrional de la ciudad se había desplazado de pronto, aplastando al cuerpo de zapadores que lo socavaba y enterrándolo en una instantánea fosa común, con un gran estruendo que había dado paso a un completo silencio. Ni gritos, ni gemidos, ni llamadas de auxilio. Cuando el polvo se despejó lentamente, quedó a la vista la más extraña de las remodelaciones arquitectónicas. La muralla no se había derrumbado en absoluto; sólo se había hundido cinco codos, completamente intacta, sin debilitarse con el cambio, y seguía tan inaccesible como antes.

Al inspeccionar el lugar, Hanón sintió una duda inquietante: ¿qué fuerza había levantado su inmensa bota y había aplastado con ella a aquellos cincuenta hombres, borrándolos de la faz de la tierra sin dejar rastro? El suceso era demasiado extraño para no tomarlo en cuenta. Podía ser un presagio de otras cosas por llegar. Quizá los saguntinos habían invocado a un dios cuya dedicación a ellos superaba la ayuda que Baal prestaba a los cartagineses. Si así era, ni siquiera toda la capacidad de Aníbal bastaría para imponerse. Hanón ordenó que se detuvieran todos los trabajos parecidos y acudió al gran sacerdote para pedirle consejo.

Mandárbal era un hombre taciturno de rostro desfigurado cuyo labio superior se juntaba con la base de la nariz, lo que le dejaba la boca permanentemente abierta y lo obligaba a mostrar los largos dientes amarillentos que sobresalían de ella. Se rumoreaba que había nacido con unas manos como las aletas de una criatura marina, con los dedos unidos por una suerte de membranas que un sacerdote cirujano le había separado el día en que el muchacho huérfano había ingresado en la orden. Por esta razón, el sacerdote llevaba siempre unos guantes de piel, como los que lucía aquella tarde mientras invocaba la presencia de los dioses, su sabiduría y su consejo en la cuestión que les planteaba. El animal que se inmolaría sería una cabra que llevaba un tiempo preparada para la ocasión propicia. Los ayudantes de Mandárbal, con sus capas negras, condujeron al animal al patio polvoriento de la tienda de mando, entonando unas salmodias sagradas cuyo significado sólo conocían los iniciados. La cabra los miró con recelo, asustadiza y terca, y tiró de la soga a la que estaba atada. A los sacerdotes les costó esfuerzo mantener la debida solemnidad en sus intentos por controlarla.

Magón, presente junto a su hermano, le dio un leve codazo en las costillas.

—Parece que supiera lo que la espera —comentó—. Nuestro futuro, escrito en sus entrañas. Qué extraña manera de hablarnos tienen los dioses.

La resistencia del animal duró muy poco. Mandárbal conocía bien su oficio y se aplicó a él sin tardanza. Con la ayuda de sus asistentes, se colocó a horcajadas sobre la cabra y, tras sujetarla por las paletillas delanteras, le clavó en el cuello un punzón largo y fino. De una arteria brotaron abundantes chorros de sangre que oscurecieron rápidamente el cuello del animal y gotearon sobre la tierra reseca. El sacerdote alargó la mano para tomar el siguiente instrumento, un cuchillo de hoja curva con el filo en la parte interior y un mango que, según se decía, procedía de la espina de un monstruo marino. El gesto con el que cortó el gaznate a la cabra fue poco mañoso, pero tan rápido que el animal apenas se dio cuenta. Antes de enterarse de que le habían causado una nueva herida, ya había doblado las patas.

Aquella parte de la ceremonia fue pública. Sin embargo, cuando procedieron a diseccionarla, los sacerdotes se congregaron en torno a la víctima y trabajaron en silencio.

Magón empezó a cuchichear algo a su hermano, pero se detuvo al observar que otro hombre se acercaba al grupo. Era un individuo bajo, de pecho poco desarrollado y brazos finos como los de un impúber. Su cabeza era un poco mayor de lo normal, cuadrada en la parte posterior y cubierta de una abundante mata de pelo negro y rizado. Con todo, a pesar de su aparente fragilidad, tenía la piel tostada de un marrón coriáceo y, cargado con un voluminoso paquete a los hombros, avanzaba con pasos firmes de sus piernas fibrosas y nervudas. Arrojó su carga al suelo y se presentó, hablando en griego primero, luego un poco en latín y, finalmente, en un elocuente cartaginés. Era Sileno, el griego que había de actuar como cronista e historiador oficial de Aníbal. Declaró que venía de muy lejos a inmortalizar aquella empresa colosal, en unas palabras que pondrían celosos a los poetas clásicos, y añadió que necesitaba poco más que vino para mojar su pluma.

A Magón le cayó bien de inmediato, pero Hanón respondió:

—Llegas en mal momento. Deberías haberte presentado aquí hace varias semanas.

—Lo sé, señor. Me han retenido las muchas cosas de las que debía dar cuenta en breve tiempo. Si me lo pedís, os daré ahora los fastidiosos pormenores, pero es una historia que se escucharía mejor en un momento más tranquilo.

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