Anton Reiser
Introducción
Introducción
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La obra que presentamos aquí por primera vez al público de lengua castellana y que su autor calificó de «novela psicológica» es en realidad una autobiografía. Como Karl Philipp Moritz explica en el prólogo a la primera parte —la obra se publicó en cuatro entregas, la primera en 1785, la última en 1790—, la novela cuenta sobre todo la «historia interior» del protagonista y está escrita con una finalidad eminentemente pedagógica: ayudar al hombre a conocerse mejor a sí mismo. Aunque la denominación de «novela psicológica» no es del todo injustificada —no es ni crónica, ni memorias, apenas hay fechas que estructuren los hechos, el protagonista tiene un nombre ficticio, etc.— y el autor, sirviéndose de un procedimiento usual en el siglo XVIII, encubre los personajes y los lugares empleando solamente su letra inicial, los coetáneos supieron enseguida que se trataba de la biografía del autor, como bien demuestran las reacciones que siguieron a su publicación. La investigación posterior, por otra parte, identificó como reales a casi todos los personajes y estableció sin dejar lugar a dudas que los hechos narrados en aquella novela coincidían con los hechos de la vida del autor durante sus primeros veinte años.
Karl Philipp Moritz nació el 15 de septiembre de 1756 en la ciudad de Hameln (en español, «Hamelín», escenario del célebre y terrible cuento, basado en una leyenda medieval, «El flautista de Hamelín»), en la Baja Sajonia. Su padre, un modesto escribano, hombre iracundo y amargado, educa al niño según los severos principios de la espiritualidad pietista. En 1763, la familia se instala en Hannover. A los doce años, el joven Karl Philipp es colocado de aprendiz en Braunschweig, en casa de un sombrerero, pietista como el padre. Si bien aquel primer intento de aprender un oficio acabó en fracaso, el porvenir de Moritz, en una época de
inmovilismo social, aparecía sin otra perspectiva que la de vegetar ejerciendo algún oficio manual. Pero un hecho casual, la recomendación de un capellán militar, le hace obtener una ayuda del Príncipe Carlos de Mecklenburgo, regente en Hannover del rey Jorge III de Inglaterra («dinastía de los Hannover»). Con esa ayuda, el adolescente puede hacer estudios de bachillerato en el Gymnasium de Hannover. En Anton Reiser Moritz dejará un testimonio terrible e inolvidable de aquellos años de estudiante «sopista», en los que dependió de la caridad de numerosas personas (a las que él llama irónicamente «benefactores») que le ofrecían techo o comida, ya que su propio padre, que en principio rechazaba los estudios del hijo, se desentendió de él y se había trasladado a vivir al campo. Moritz-Reiser es un joven tímido, huraño, retraído, un perpetuo
«out-sider», blanco de las burlas y el escarnio de sus compañeros, y él, que tiene lúcida conciencia de ello y que dispone además de una inteligencia privilegiada, se refugia en los estudios, en la lectura, en los primeros intentos literarios y, finalmente, en el teatro.
En la Alemania de las estribaciones del siglo XVIII, la pasión por el teatro, la «teatromanía», es un fenómeno real entre la juventud intelectual.
Tal fenómeno tiene su razón de ser. A diferencia de Francia, donde la Ilustración tuvo un marcado carácter político que abocó finalmente a la abolición violenta del Antiguo Régimen, la Aufklärung alemana se mantuvo al margen de la política, y en los diminutos Estados alemanes, de estructura perfectamente feudal, el poder político continuaba, de modo exclusivo, en manos de la nobleza. Ante estas circunstancias, la actuación en escena, el oficio de actor, ofrece a la burguesía intelectual una posibilidad de evadirse de la estrechez y la falta de perspectivas de una sociedad feudal: en la escena se era un personaje público, allí se podía brillar y ser uno de esos grandes personajes que nunca se llegaba a ser en la vida, allí también se lograba, aunque de un modo efímero y transitorio, la emancipación y la libertad. Varios compañeros de estudios de Moritz se dedicaron al teatro, algunos de ellos, como Iffland, el que después sería célebre actor, con extraordinario éxito.
Moritz, cuya oscura vida diaria es más dura, más triste y angustiosa, que la de sus compañeros, intenta el mismo género de evasión: en 1776
abandona Hannover para enrolarse en una célebre compañía teatral. El intento es un fracaso, la dirección del teatro le rechaza. Vuelto a la realidad y habiendo conseguido nuevamente una ayuda oficial, empieza a estudiar teología en la universidad de Erfurt. Una segunda escapada, con el propósito de unirse a un nuevo grupo teatral, acaba en un nuevo fracaso. Y
ése es también el final, abrupto y desolado, de la novela: Anton Reiser hace un largo viaje a pie para unirse en Leipzig a la compañía teatral y, llegado a aquella ciudad, comprueba que el director, falto de recursos, se ha dado a la fuga con los últimos dineros y que la compañía, «un rebaño disperso», acaba de disolverse.
¿Cómo continúa la vida real del autor? Moritz supera, esta vez definitivamente, la pasión por el teatro, estudia teología en Wittenberg y trabaja como profesor de segunda enseñanza primero en Potsdam, luego en Berlín. Publica su primer libro, Conversaciones con mis alumnos. Funda una revista con el título, sorprendentemente moderno, de Revista de psicología empírica («Magazin für Erfahrungsseelenkunde»). Ingresa en la masonería. Publica, escribe, enseña. Hace un viaje a pie por Inglaterra, del que deja constancia en una relación de viaje de considerable éxito. Viaja también —el sueño de todo alemán ilustrado— a Italia. En Roma traba amistad con Goethe, siete años mayor que él y su ídolo literario desde que leyera el Werther en los tristes años escolares de Hannover. Goethe le acoge en su casa de Roma, le ayuda económicamente y, de regreso a Weimar, contribuye con sus buenos oficios a que Moritz consiga una cátedra de Estética en la Academia de las Artes de Berlín. Es célebre y significativo el testimonio que Goethe ha dejado de él en su Viaje a Italia: «Es como un hermano mío menor, de mi misma índole, pero pisoteado y maltratado por ese destino que a mí me ha colmado de favores».
Moritz es consciente de sus numerosas inhibiciones, muy especialmente en el terreno erótico: con asombrosa sinceridad, confiesa repetidas veces en Anton Reiser que, con su físico poco agraciado, su vestimenta ridícula y su extraño carácter, jamás podrá ni soñar en agradar a mujer alguna. Pese a ello, se casa a los treinta y cinco años con una joven de dieciséis, que le engaña a los pocos meses, se va con otro hombre, y regresa finalmente a su
lado para cuidar al marido, enfermo de tuberculosis, hasta que éste muere, en 1793, a los treinta y seis años.
Una vida inmensamente productiva como escritor, periodista y crítico teatral, pedagogo, psicólogo, filósofo y teólogo, traductor, historiador del arte, lingüista. Todo ello en el espacio de nueve años —su primera publicación data de 1783—, pues las desgraciadas circunstancias de su vida no le permitieron a Moritz ser un autor precoz. Una obra inmensa, entre la que destaca, celebrado desde su aparición, el libro que bastaría por sí solo para convertir a su autor en uno de los grandes clásicos de la literatura alemana: Anton Reiser. Anton Reiser es una obra maestra y una obra excepcional. En primer lugar por su modernidad. Moritz es el primero que, mucho tiempo antes que Freud, busca en la primera infancia las claves del comportamiento; el primero que, dos siglos antes que Sartre, siente hasta la náusea el asco de la corporeidad y el hastío de la existencia; el primero que, un siglo antes de que naciera Knut Hamsun, describe minuciosamente la travesía del infierno del hambre. Asombroso en un joven de treinta años —
sólo median diez años entre los hechos narrados al final de la novela y la publicación de la primera parte de ella— tal capacidad de introspección y de autocrítica. En sólo diez años, Moritz ha reflexionado y ganado la distancia suficiente para comprender y aceptar, en ocasiones con una autoironía sangrante, su extraño carácter, para vivir de nuevo su pasado contemplándolo desde un doble punto de vista: como un producto de su disposición natural y del medio ambiente que le tocó vivir. Ambos elementos se extienden en un mutuo condicionamiento, como un leit-motiv, a lo largo de la novela, dándole su carácter de ejemplaridad y de modernidad.
Paradójicamente, la novela que, por voluntad del autor, ha de contar prioritariamente la «historia interior» de una persona, la novela de la introspección radical, se convierte, por obra y gracia de ese condicionamiento recíproco entre carácter y mundo exterior, en la novela de la radical pintura social. Ninguna otra obra de la literatura alemana, ningún libro de historia social, le da al lector actual una visión tan cercana, tan inmediata, de la vida en los pueblos y pequeñas ciudades alemanas en las estribaciones del siglo XVIII. No hay estudio de fuentes sobre el trabajo
artesano y sobre lo que después se llamaría explotación de la clase trabajadora que pueda competir —es un ejemplo entre muchos— con el siguiente testimonio de Anton Reiser, impresionante por su sobriedad y su naturalidad, sobre su trabajo de aprendiz, cuando contaba doce años de edad, en casa del sombrerero Lobenstein:
El sombrerero Lobenstein velaba por que en su casa reinase el orden, y allí todo funcionaba a toque de campana: trabajar, comer y dormir… La vida de Anton transcurría en aquella época de la siguiente manera: por la mañana, a partir de las seis, trabajaba esperando el desayuno, que ya degustaba siempre con la imaginación y que, cuando llegaba, consumía con el más sano apetito que pueda tener una persona, por más que no consistiese en otra cosa que en posos de café con algo de leche y un panecillo de dos peniques. Reanudaba luego sus tareas con renovadas fuerzas, y cuando la uniformidad del trabajo resultaba demasiado cansina, el pensar en el almuerzo aportaba nuevo interés a las horas de la mañana. Por la noche había, a lo largo de todo el año, un cuenco de fuerte cerveza fría. Estímulo suficiente para endulzar los trabajos de la tarde. Y luego, desde la cena hasta el reposo nocturno, el pensar en el próximo y anhelado descanso era lo que otra vez ponía una brizna de consuelo en lo desagradable y penoso del trabajo.
Quien lee Anton Reiser se ve transportado a una Alemania preindustrial, de caminos polvorientos, ciudades de angostas callejuelas y altas murallas, estamentos perfectamente definidos y diferenciados por la forma de vestir
—¡cómo se avergüenza el joven Reiser de su pobre vestimenta!—, un mundo en el que la burguesía ilustrada, a la que Anton Reiser, gracias a sus lecturas, a su inteligencia y a una serie de circunstancias fortuitas llegará a pertenecer, acepta el absolutismo político y el orden social establecido, y se retira al terreno del intelecto y del espíritu: pocas épocas de la historia alemana han producido tal profusión de escritores, músicos, filósofos, teólogos. Anton Reiser es una fuente inagotable de informaciones, de detalles concretos sobre la vida alemana del siglo XVIII. El sistema de enseñanza, con la omnipresencia y la hegemonía absoluta, indiscutible, del latín («la lengua latina era la única materia con la que se podía conseguir fama y aplauso. Pues el único criterio para fijar el orden de los puestos era manejar bien el latín»); los rituales estudiantiles; la vida diaria del artesano; el mundo militar, con los reclutadores prusianos a la caza de jóvenes ingenuos; la vida angustiosa, en lucha por la supervivencia diaria, del estudiante pobre. Todo ello, en un ambiente y con un horizonte espiritual
que oscila entre el racionalismo de la Aufklärung y el sentimentalismo, intimista e introvertido, del pietismo protestante.
No es tarea fácil para el lector español, con un pasado histórico de un catolicismo monolítico, comprender lo que fue el panorama religioso del siglo XVIII en los Estados del Norte de Alemania, de confesión protestante.
La esencia misma de la Reforma, el principio del libre examen —es decir, la libre interpretación de la Biblia— hizo que inmediatamente surgieran numerosas sectas, que no aceptaban la doctrina del luteranismo oficial, que tenían sus propias prácticas religiosas, pero que coexistían, sin recibir un anatema oficial, con la Iglesia luterana. Con la minuciosa descripción de una de estas sectas, los «quietistas» o «separatistas», seguidores de la doctrina de una mística francesa del siglo XVII, madame Guyon —célebre en su época por su amistad con Fénelon, quien simpatizó con sus ideas religiosas y la defendió ante el obispo Bossuet, pero muerta hacía tiempo y ya olvidada en su patria—, comienza la novela. No es casualidad que así sea. Porque a esa secta pertenecía también el padre de Anton Reiser, que educará a su hijo según los severos principios de madame Guyon.
Visto así, el libro no es sólo el primer «Bildungsroman», la primera
«novela de aprendizaje» de la literatura alemana, sino también, en efecto, como afirma Michel Tournier en el prólogo a la edición francesa de Anton Reiser (París, 1986), la historia de una liberación. Pero esa liberación no es simplemente, como insinúa Tournier, una salida del oscurantismo, la opresión y la hipocresía, para irse integrando poco a poco —en una suerte de « gradus ad Parnassum»— en el radiante «siglo de las luces», sino una liberación dolorosa y nostálgica del mundo, un mundo también entrañable, de la infancia:
Reiser regresó muy conmovido a casa y se propuso entregarse otra vez del todo a Dios…
Recordaba con nostalgia el estado en que se había encontrado de muchacho, cuando conversaba con Dios y estaba siempre en ansiosa espera de las grandes cosas que iban a sucederle. Aquellos recuerdos tenían una extraordinaria dulzura, porque la novela que la piadosa imaginación de los creyentes crea en torno al ser supremo, de quien se creen, ora abandonados, ora acogidos de nuevo, y ora sienten un deseo ardiente y una sed de Él, ora se hallan en un estado de sequedad y vacío interior, tiene realmente algo sublime y grandioso y mantiene en perpetua actividad las facultades anímicas… Sus recuerdos se remontaron a aquellos tiempos felices en que, a su parecer, había empezado a marchar por el camino de perfección. Cuando ahora estaba muchas
veces triste y malhumorado debido a las circunstancias de su vida…, la Biblia y los cánticos de madame Guyon, por lo atrayente de la oscuridad que en ellos imperaba, eran su único refugio.
Anton Reiser no es la autobiografía de un «disidente» ni un ajuste de cuentas del autor con la educación pietista de su infancia. El pasaje citado, uno entre muchos, basta para probar que la actitud del autor frente al mundo de su infancia es ambivalente. Y es esa tensión, esa dualidad, acompañada muchas veces de una mirada irónica llena de simpatía y de humor, uno de los mayores encantos de la novela. Karl Philipp Moritz, que es miembro de la masonería cuando escribe la novela y está ya perfectamente integrado en el mundo de la Aufklärung, sabe que la religiosidad pietista de su infancia, basada en la firme convicción de la justicia distributiva divina y en el trato ingenuo y personal, «de tú a tú», con un Dios misericordioso —el pobre y el oprimido, en último término, tenían siempre el consuelo de la otra vida—
fue también el ancla de salvación que no le dejó caer en la desesperación y que, paradójicamente, le permitiría alcanzar la edad de la emancipación.
Esa emancipación es de orden personal e intelectual, sin trascender jamás a la esfera política. Como tantos jóvenes de la burguesía modesta de su época, el afán de liberación que siente Anton Reiser, queda limitado a un deseo de «conseguir fama y aplauso», de hacer impacto en las masas con la fuerza de la palabra: ser un gran predicador, como el pastor Paulmann, el héroe de su adolescencia, o un actor célebre, o tal vez, un gran escritor. En Anton Reiser no hay apenas síntomas de rebeldía social. Aunque el protagonista hace su aparición en la novela con la frase lapidaria: «En tales circunstancias nació Anton y de él cabe decir realmente que sufrió opresión desde la cuna», esa opresión, que pesa sobre él y sobre tantos otros personajes del libro —entrañables algunos, como el doctor Sauer o el zapatero Schantz— sólo le hace sentir un difuso malestar social que, en una única ocasión, tras haber sufrido un desplante por parte de un joven de la aristocracia a quien él daba clase, llega a concretarse en una oleada de rebeldía, digna de un monólogo de Segismundo: «Lo que le hacía odiar la vida era el sentimiento de la humanidad oprimida por las condiciones de vida de la burguesía… ¿Qué pecado había cometido él antes de nacer para no ser también una persona de la que tiene que ocuparse y a la que tiene que
servir otra serie de personas? ¿Por qué le había tocado a él trabajar y a otro pagar?».
Fuera de estos contados brotes de rebeldía, Anton Reiser es un libro apolítico. Sabemos, por una breve alusión en la propia novela y sobre todo por sus escritos posteriores, que hasta el viaje a Inglaterra, donde escuchó en el Parlamento a varios oradores célebres, no nació en Moritz un cierto interés por la política. En Alemania habrá que esperar a la generación de Georg Büchner, a los jóvenes liberales del Vormärz (el movimiento que, a partir de 1815, prepararía la Revolución de Marzo de 1848) para que el descontento con el orden social del Antiguo Régimen cristalizara en un pensamiento y en una actividad revolucionarias.
« Habent sua fata libelli». Anton Reiser fue muy bien acogido por sus coetáneos y siguió siendo conocido y estimado durante la primera mitad del siglo XIX: Heinrich Heine lo considera «uno de los más importantes monumentos» del pasado, Schopenhauer recomienda su lectura a maestros y educadores y E. T. A. Hoffmann alaba al autor por la profundidad de sus
«conocimientos psicológicos». Pero en la segunda mitad del siglo, sobre todo a partir de la guerra franco-prusiana, fue cayendo en el olvido. Su contenido no armonizaba con aquella nueva Alemania unificada, próspera y victoriosa que vio en Reiser el producto sensiblero y lacrimógeno de un sentimental siglo XVIII.
Pero ya a principios del siglo XX hay un primer renacimiento de Karl Philipp Moritz. Las reediciones de Anton Reiser se suceden. Autores famosos, como Hermann Hesse y Walter Benjamin, recomiendan calurosamente su lectura. Es, sin embargo, la generación de los años setenta, la generación crítica y escéptica de un Thomas Bernhard, de un Peter Handke, una generación que desconfía de las grandes empresas colectivas y vuelve al terreno de la introspección radical, al viejo género de las «Confesiones», la que volverá a apreciar Anton Reiser en todo su valor, viendo en él una genial obra autobiográfica, equiparable a las Confesiones de Rousseau o a Poesía y verdad de Goethe.
Así lo han comprendido también los otros países europeos —Rusia, Inglaterra, Francia, Italia— que, en el curso de la última década han traducido (o vuelto a traducir) la novela a sus respectivos idiomas. Como
traductora, es para mí una gran satisfacción haber contribuido a hacer accesible esta gran obra al público hispanohablante.
CARMEN GAUGER
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