Anton Reiser

Karl Philipp Moritz · Capítulo 2 de 5 · parte 1/4

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Anton Reiser

Parte primera

Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.

Anton Reiser

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Parte primera

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Prefacio

(1785)

Esta novela psicológica acaso pudiera recibir también el nombre de biografía, porque las observaciones están tomadas en su mayor parte de la vida real. Quien tenga experiencia de la vida y sepa que lo que en un principio parece pequeño e insignificante, con el paso del tiempo muchas veces puede adquirir gran relevancia, no desaprobará la aparente trivialidad de algunos de los hechos que aquí se narran. Tampoco hay que esperar gran diversidad de caracteres en un libro que cuenta sobre todo la historia interior de la persona: pues su objetivo no es diversificar la imaginación sino inducirla a concentrarse y hacer que el hombre contemple con mirada más penetrante su propia alma. Indudablemente, la tarea no es fácil y todo intento en este sentido no tendrá necesariamente el éxito deseado. Pero en cualquier caso, y sobre todo desde un punto de vista pedagógico, no será esfuerzo completamente baldío intentar que el hombre preste más atención al hombre y dé más importancia a su existencia individual.

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En Pyrmont, lugar famoso por sus aguas medicinales, aún vivía en su quinta, en el año 1756, un noble que en Alemania era el jefe de una secta conocida por el nombre de quietistas o separatistas, cuyas doctrinas están contenidas sobre todo en los escritos de Madame Guyon, célebre mística que vivía en Francia en tiempos de Fénelon, a quien conoció y trató.

El señor von Fleischbein, así se llamaba aquel gentilhombre, vivía allí tan apartado de todos los demás habitantes del lugar, y de su religión, usos y costumbres, como su propia casa estaba separada de las de ellos por una elevada tapia que la circundaba por entero.

Constituía de por sí aquella mansión una pequeña república, en la que, sin lugar a dudas, regía una constitución completamente distinta de la que tenía validez en el resto del país. Todos los habitantes de la casa, incluido el más humilde de los criados, eran personas que no aspiraban o no parecían aspirar a otra cosa que a retornar a su «nada» (como lo llama Madame Guyon), a «aniquilar» todas sus pasiones y a erradicar toda «propiedad».

Todas aquellas gentes tenían que reunirse una vez al día en una gran sala de la casa para una especie de servicio religioso que había instituido el propio señor von Fleischbein y que consistía en que todos se sentaban en torno a una mesa, y con los ojos cerrados y la cabeza sobre la mesa, esperaban media hora a oír acaso dentro de ellos la voz de Dios o la «voz interior». Quien, al cabo, percibía algo, se lo comunicaba a los demás.

El señor von Fleischbein determinaba también lo que debían leer sus criados y cuando alguno de sus mozos o sirvientas tenía un cuarto de hora libre, se los veía siempre con alguno de los escritos de Madame Guyon en la mano, sobre la «oración interior» o algo semejante, sentados en actitud recogida y leyendo.

Todo, hasta las más pequeñas tareas domésticas, tenía en aquella casa una apariencia grave, severa y solemne. En todos los rostros se creería estar observando «aniquilación» y «negación de sí mismo», y en todas las actividades, «salida de sí mismo» y «entrada en la nada».

El señor von Fleischbein no había vuelto a casarse tras la muerte de su primera esposa, y vivía en aquella reclusión con su hermana, la señora von Prüschenk, para poder dedicarse por entero, libre de trabas, a la gran misión de propagar las doctrinas de Madame Guyon.

Un administrador, llamado H., y un ama de llaves y su hija, constituían por así decir el grado intermedio de la casa, y luego venía la servidumbre baja. Todas aquellas gentes estaban realmente muy unidas entre sí, y todos profesaban infinito respeto al señor von Fleischbein, que llevaba en verdad una vida intachable, por más que los habitantes del lugar contaran sobre él las historias más desagradables.

Se levantaba tres veces cada noche, a una hora precisa, para rezar, y de día pasaba la mayor parte del tiempo traduciendo del francés los escritos de Madame Guyon, que abarcan un gran número de volúmenes, editándolos por cuenta propia y distribuyéndolos después gratuitamente entre sus seguidores.

Las doctrinas contenidas en esos escritos se refieren sobre todo a las ya mencionadas salida total de sí mismo y entrada en una nada venturosa, a la completa eliminación de toda, así llamada, «propiedad» o «amor a sí mismo», y a un amor a Dios absolutamente desinteresado, que, para ser puro, no puede contener mezcla alguna de amor a sí mismo, surgiendo así finalmente una «quietud» perfecta y bienaventurada, que es la meta más excelsa de todas esas aspiraciones.

Ahora bien, como Madame Guyon no tuvo a lo largo de casi toda su vida otra actividad que la de escribir libros, sus escritos son tan asombrosa muchedumbre que el propio Martín Lutero apenas habría podido escribir más. Uno de ellos es una exégesis mística de toda la Biblia, que abarca alrededor de veinte volúmenes.

Aquella Madame Guyon sufrió mucha persecución y finalmente, teniéndose por peligrosas sus doctrinas, fue encarcelada en la Bastilla, donde murió a los diez años de cautiverio. Cuando abrieron su cabeza

después de muerta, hallaron como seco el cerebro. Hasta el día de hoy, por cierto, es venerada por sus adeptos como santa de primera magnitud, casi igual a Dios, y sus palabras son para ellos comparables a las de la Biblia.

Pues se da por seguro que, al haber eliminado completamente toda

«propiedad», se unió a Dios de forma que todos sus pensamientos se convirtieron necesariamente en pensamientos divinos.

El señor von Fleischbein había conocido los escritos de Madame Guyon en sus viajes por Francia, y la exaltación seca, metafísica, que impera en ellos, cautivó su espíritu hasta tal punto que se entregó a ellos con todo el celo con que, en otras circunstancias, probablemente se habría entregado al más sublime estoicismo, doctrina con la que las enseñanzas de Madame Guyon, en lo tocante a la total eliminación de todas las pasiones, etc., tiene muchas veces manifiesta semejanza.

También él era venerado como santo por sus adeptos, y se pensaba realmente de él que con una sola mirada podía ver en lo más hondo del alma de una persona.

A su casa llegaban peregrinaciones de todas partes y entre quienes iban al menos una vez al año a esa casa estaba también el padre de Anton.

Éste, criado sin verdadera educación, se casó muy pronto con su primera esposa, llevó siempre una vida bastante inconstante y vagabunda, y aunque tuvo de vez en cuando alguna inquietud religiosa, no le prestó excesiva atención. Hasta que, tras la muerte de su primera esposa, se hunde de pronto en sí mismo, se convierte en un hombre pensativo, y, como suele decirse, totalmente distinto, y durante su estancia en Pyrmont conoce primero, casualmente, al administrador del señor von Fleischbein y después, a través de éste, al propio señor von Fleischbein.

Éste va dándole poco a poco a leer los escritos de Madame Guyon, él va hallando gusto en ellos y pronto se convierte en declarado seguidor del señor von Fleischbein.

Sin embargo, dio en la idea de casarse de nuevo y conoció a la madre de Anton, quien pronto consintió en el casamiento, lo cual nunca hiciera de haber previsto la inmensa desdicha que se abatiría sobre ella en el estado matrimonial. Ella esperaba de su esposo más amor y atenciones de las que había recibido de sus familiares, pero ¡en qué horrible engaño incurrió!

Si la doctrina de Madame Guyon sobre la entera eliminación y erradicación de todas las pasiones, aun de las más sutiles y delicadas, se acordaba con el alma dura e insensible de su esposo, a ella le fue imposible convenir jamás con esas ideas, contra las que se rebelaba su corazón.

Ése fue el primer germen de toda la ulterior discordia matrimonial.

Su esposo empezó a menospreciar sus opiniones por no poder abarcar éstas los excelsos misterios que enseñaba Madame Guyon.

Aquel menosprecio se extendió después a todas sus otras opiniones, y cuanto más percibía ella eso, tanto más iba disminuyendo, necesariamente, el amor conyugal y aumentando día tras día el disgusto que sentían el uno por el otro.

La madre de Anton tenía hondo conocimiento de la Biblia y una noción bastante clara de su propio sistema religioso, sabía por ejemplo hablar con mucha edificación de que la fe sin obras es fe muerta, etc.

Leía la Biblia, realmente, horas enteras con íntimo deleite, pero cuando su esposo intentaba leerle alguno de los escritos de Madame Guyon, sentía una especie de temor que seguramente nacía de la idea de que aquello la apartaba de la fe verdadera. De modo que pronto trató de liberarse por todos los medios. Se sumaba a ello el hecho de que la frialdad y dureza de corazón de su esposo ella, en gran parte, lo ponía a cuenta de la doctrina de Madame Guyon, que empezó a maldecir cada vez más en su corazón y maldijo abiertamente cuando estalló del todo la discordia conyugal.

Así, la paz doméstica y la tranquilidad y el bienestar de una familia estuvieron perturbados durante años por aquellos desdichados libros, que probablemente no entendían ni el uno ni la otra.

En tales circunstancias nació Anton, y de él cabe decir realmente que sufrió opresión desde la cuna.

Los primeros sonidos que percibieron sus oídos y que captó su incipiente entendimiento fueron maldiciones recíprocas y execraciones de los indisolubles lazos del matrimonio.

Aunque tenía padre y madre, ya desde sus primeros años fue abandonado por ese padre y esa madre, al no saber a quién unirse, con quién quedarse, puesto que ambos se odiaban, y para él, sin embargo, tan próximo estaba el uno como la otra. En su primera infancia nunca saboreó

las caricias de unos padres cariñosos, ni su sonrisa de recompensa tras un pequeño esfuerzo.

Cuando entraba en la casa de sus padres, entraba en una casa de descontento, de ira, de lágrimas y de quejas.

Esas primeras impresiones nunca en su vida se borraron de su alma, convirtiéndola en punto de confluencia de negros pensamientos, que ninguna filosofía lograría desterrar.

Cuando su padre estaba luchando en el frente, durante la Guerra de los Siete Años, la madre de Anton se trasladó con él durante dos años a un pueblecito.

Allí Anton tuvo bastante libertad y pudo resarcirse un poco de lo que había sufrido en la primera infancia.

Las imágenes de los primeros prados que vio, de los campos de trigo que ascendían por una suave colina y estaban festoneados en lo alto por verdes matorrales, del monte azulado y de los diversos matorrales y árboles que al pie del mismo proyectaban su sombra sobre la verde hierba, volviéndose más y más espesos conforme se iba ascendiendo, siguen formando parte de sus más agradables pensamientos y constituyen por así decir la base de todas las engañosas imágenes que muchas veces concibe su fantasía.

¡Mas qué pronto transcurrieron aquellos dos felices años!

Había llegado la paz y la madre de Anton se trasladó con él a la ciudad, para reunirse con su marido.

La larga separación fue causa de una breve e ilusoria concordia conyugal, pero a aquella calma engañosa pronto siguió una tempestad tanto más violenta.

El corazón de Anton se deshacía de tristeza cuando tenía que decidirse por uno de sus progenitores, pareciéndole no obstante muchas veces como si su padre, a quien él solamente temía, tuviese más razón que su madre, a la que amaba.

Así su joven alma oscilaba constantemente entre odio y amor, entre temor y confianza en sus padres.

Cuando Anton aún no había cumplido ocho años, su madre dio a luz un segundo hijo, sobre el que recayeron desde entonces los pocos residuos de

amor paterno y materno, de forma que a partir de aquel tiempo él careció casi totalmente de cuidados y, siempre que hablaban de él, oía que lo nombraban con una suerte de menosprecio y desdén que se le metía en el alma.

¿De dónde pudo nacer en él ese ardiente deseo de que lo trataran con cariño, si nunca estuvo habituado a ello, y por consiguiente apenas podía tener entendimiento de tal cosa?

Pero al final, ese sentimiento acabó por atrofiarse considerablemente.

Le parecía como si hubiese de ser reprendido de continuo, y una mirada amable que recibía alguna vez, era para él algo totalmente singular que no casaba bien con el resto de sus representaciones.

Sentía la íntima necesidad de hacer amistad con sus semejantes, y muchas veces, cuando veía a un niño de su edad, su alma entera se volcaba en él y habría dado cualquier cosa por ser su amigo. Mas el agobiante sentimiento del menosprecio que recibía de sus padres y el oprobio de sus vestidos pobres, sucios y destrozados, impedían que se atreviese a dirigir la palabra a un niño más feliz.

Así pues, vagaba casi siempre triste y solitario, porque casi todos los niños de la vecindad iban vestidos con más esmero, más limpieza y mejor que él, y por eso no querían tratarle, y con los que no eran así, por ir tan desaliñados y también quizás por un cierto orgullo de su parte, él no quería trato ninguno.

Así, no tenía a nadie con quien juntarse, ningún compañero de juegos infantiles, ningún amigo entre grandes y pequeños.

Cuando tenía ocho años de edad, su padre empezó a enseñarle un poco a leer y al final le compró dos libritos, uno de los cuales eran unas instrucciones para deletrear y el otro un tratado contra el deletreo.

En el primero, Anton tenía que deletrear sobre todo difíciles nombres bíblicos: Nabucodonosor, Abednego, etc., nombres de los que él no podía ni vislumbrar la imagen. Los progresos eran por eso algo lentos.

Pero en cuanto notó que las letras juntas expresaban verdaderamente ideas sensatas, su deseo de aprender a leer fue cada día más fuerte.

Su padre apenas le había dado unas horas de instrucción y he aquí que, ante el asombro de todos sus familiares, él aprendió solo en pocas semanas.

Todavía hoy recuerda con hondo placer la intensa alegría que sintió la primera vez que, con esfuerzo y deletreando mucho, logró leer unas líneas con las que pudo representarse algo.

Pero después no podía comprender cómo era posible que otras personas lograsen leer tan deprisa como hablaban; desesperó entonces completamente de la posibilidad de llegar tan lejos.

Tanto mayor fue entonces su gozo y asombro cuando también supo hacerlo al cabo de unas semanas.

Al parecer, aquello también le hizo ganar un poco la estima de sus padres, y más aún la de sus otros parientes, pero aunque a él no le pasó inadvertido tal hecho, nunca fue ésa la verdadera causa de su aplicación.

Sus ansias de lectura eran ahora insaciables. En el libro de deletrear, además de las citas bíblicas, había por fortuna algunos relatos sobre niños piadosos, que él leyó y releyó más de cien veces, aunque no tuviesen en sí mucho atractivo.

Uno de ellos trataba de un niño de seis años, que en tiempos de persecución no quiso renegar de la religión cristiana, sino que dejó que lo torturasen de la manera más espantosa, sufriendo martirio por la religión junto con su madre. Otro, sobre un niño malo que se convirtió en su vigésimo año de vida y murió al poco tiempo.

Le llegó el turno después al otro librito que contenía el tratado contra el deletreo, y Anton leyó con el mayor asombro que era perjudicial, y hasta pernicioso para el alma, enseñar a leer deletreando.

También halló en aquel libro instrucciones para los maestros sobre cómo habían de enseñar a leer a los niños, y un tratado sobre cómo producían los instrumentos del lenguaje los distintos sonidos. Por más árido que aquello le pareciese, falto de algo mejor, lo leyó todo por su orden con la mayor perseverancia.

Con la lectura se le había abierto de golpe un mundo nuevo, encontrando en él un gusto que le resarció en cierto modo de todo lo desagradable de su mundo real. Cuando en su entorno sólo había gritos y reproches y discordia familiar, y cuando él buscaba en vano un compañero de juegos, se precipitaba sobre su libro.

Así, ya muy pronto fue forzado a dejar el mundo natural infantil y a vivir en un mundo antinatural idealista, en el que su espíritu perdió la sensibilidad para las mil alegrías de la vida que otros pueden disfrutar con toda su alma.

Cuando sólo tenía ocho años, se le declaró una especie de enfermedad consuntiva. Quedó desahuciado y oía hablar constantemente de él como de quien ya es tenido por muerto. Lo cual siempre le parecía ridículo, o más bien, tal y como él se lo imaginaba entonces, el morir le parecía más ridículo que serio. Su prima, que parecía tenerle un poco más de afecto que sus padres, fue por fin con él a un médico, y un tratamiento de varios meses le devolvió la salud.

Llevaba apenas unos meses restablecido, cuando, paseando con sus padres por el campo, lo cual sucedía raras veces y tenía por eso un encanto especial para él, empezó a dolerle el pie izquierdo. Ése fue, después de vencida la enfermedad, su primer paseo y sería también el último que daría en mucho tiempo.

A los tres días, el tumor y la infección del pie se habían vuelto tan peligrosos que a los cuatro días ya se quería proceder a la amputación. La madre de Anton estaba sentada llorando, y el padre le dio al niño dos peniques. Ésas fueron las primeras muestras de compasión que, en sus recuerdos, tuvieron sus padres con él y que, por lo inusitado, le dejaron una impresión aún más fuerte.

El día anterior a la ya decidida amputación fue a ver a la madre de Anton un compasivo zapatero, que le trajo un ungüento, cuya aplicación hizo desaparecer el tumor y la infección del pie en el espacio de pocas horas. Así pues, no le cortaron el pie, pero no obstante la llaga tardó cuatro años en curar, en cuyo tiempo nuestro Anton se vio privado de nuevo, en medio de dolores con frecuencia indecibles, de todos los goces de la infancia.

La llaga a veces le impedía salir de casa durante tres meses seguidos, pues después de haberse cerrado algún tiempo, volvía a abrirse una y otra vez.

Con frecuencia gemía y se quejaba durante noches enteras y casi a diario, durante las curas, hubo de tolerar los más terribles dolores. Eso,

como es natural, lo alejaba todavía más del mundo y del trato con los de su edad y lo encadenaba cada vez más a la lectura y a los libros. Leía sobre todo cuando acunaba a su hermanito pequeño y si en aquel entonces le faltaba un libro era como si hoy le faltase un amigo: pues el libro era necesariamente amigo, consuelo y todo para él.

A los nueve años leyó, desde el principio hasta el fin, todas las partes históricas de la Biblia. Y cuando moría alguno de los personajes centrales, cuando moría Moisés, Samuel o David, él podía estar contristado días y días, hallándose en un estado como si se le hubiera muerto un amigo, tanto se encariñaba con las personas que habían hecho mucho en el mundo y adquirido renombre.

Así, Joab era su héroe y le dolía tener que pensar a veces mal de él. En especial, los rasgos de magnanimidad en la historia de David, cuando éste, teniendo en sus manos a su peor enemigo, le perdonaba la vida, le conmovió muchas veces hasta las lágrimas.

Cayó después en sus manos las Vitae patrum o «Vidas de los antiguos eremitas», por los que su padre sentía gran veneración, citándolos como autoridades en toda ocasión. Sus alocuciones morales solían empezar del siguiente modo: «Dice Madame Guyon», o «Aseguran San Macario o San Antonio», etc.

Los ermitaños, por disparatadas y extrañas que fuesen muchas veces sus historias, eran para Anton los modelos más dignos propuestos a la imitación, y durante algún tiempo no conoció deseo más sublime que asemejarse al gran santo de su nombre, a San Antonio, y como él, dejar padre y madre y huir a un desierto, que él esperaba hallar no lejos de las murallas de la ciudad, y al que una vez empezó a dirigirse de verdad, alejándose más de cien pasos de la casa de sus padres, y quizás hubiera continuado andando si los dolores del pie no le hubiesen obligado a regresar de nuevo. En alguna ocasión también empezó a clavarse realmente agujas y a lastimarse por otros procedimientos, para asemejarse así de alguna manera a los santos ermitaños, aunque dolores no le faltaban en modo alguno.

Cuando estaba dedicado a esa lectura, le regalaron un librito pequeño, de cuyo verdadero título no se acuerda, pero que trataba de un temprano temor de Dios y daba instrucciones sobre cómo hacer progresos en la

piedad ya entre los seis y los catorce años de edad. Así, los capítulos de aquel librillo se intitulaban: «Para niños de seis años», «Para niños de siete años», etc. Así pues, Anton leyó el capítulo «Para niños de nueve años» y halló que todavía era tiempo de convertirse en persona piadosa, pero que ya había perdido tres años.

Aquello puso en entera conmoción el alma de Anton, quien tomó una tan firme determinación de convertirse como raras veces la toman los adultos. A partir de aquel momento cumplió exactísimamente todo lo que indicaba el libro sobre oración, obediencia, paciencia, orden, etc., y se reprochaba como pecado casi cualquier paso dado con excesiva rapidez.

Cuán avanzado no estaré yo, pensaba, dentro de cinco años, si persevero en mi propósito. Pues aquel librito presentaba los progresos en la piedad casi como cosa de ambición, al igual que uno se alegra, por ejemplo, de haber pasado de una clase a la siguiente.

Cuando él, cosa natural, se olvidaba a veces de sus propósitos y, si sentía algún alivio en el pie, saltaba o correteaba de un lado a otro, tenía enormes remordimientos y le parecía como si hubiese vuelto a descender algunos peldaños.

Aquel librito tuvo durante mucho tiempo una fuerte influencia en sus obras y pensamientos: pues lo que él leía, trataba también de llevarlo enseguida a la práctica. Por eso cada día de la semana leía muy cuidadosamente la oración matutina y vespertina, porque decía el catecismo que era menester leerla. Tampoco olvidaba hacer al mismo tiempo la señal de la cruz y rezar el «Gobierne Dios», [1] como mandaba el catecismo.

Aparte de eso no veía mucha piedad en torno a él, aunque oía hablar continuamente de ella y su madre le daba la bendición todas las noches y nunca olvidaba hacerle a Anton la señal de la cruz antes de dormirse.

El señor von Fleischbein había traducido al alemán, entre otras cosas, los Cánticos espirituales de Madame Guyon, y el padre de Anton, que tenía talento para la música, les ponía melodías que solían tener un ritmo rápido y alegre.

Cuando alguna vez venía a acontecer, por ejemplo, que el padre regresaba otra vez a casa, al cabo de una larga separación, la esposa se dejaba persuadir y cantaba también algunos de esos cánticos, que él

acompañaba con la cítara. Aquello solía ocurrir poco después de la primera alegría del encuentro, y tales horas fueron seguramente las más felices de su vida matrimonial.

En esas ocasiones, Anton era el más alegre y con frecuencia él también cantaba lo mejor que podía aquellos himnos, que eran un signo de la tan rara armonía y avenencia entre sus padres.

Después, cuando su padre le consideró con la suficiente madurez para tales lecturas, le entregó esos cánticos y se los hizo aprender en parte de memoria.

Y en verdad, pese a la torpe traducción, aquellos cánticos seguían teniendo tal dulzura para el alma, una tan inimitable suavidad en la expresión, un tan tierno claroscuro en la exposición y tal irresistible atractivo para un alma sensible, que la impresión que causaron en el corazón de Anton dejó en él una huella indeleble.

En horas solitarias en que se creía abandonado de todo el mundo, con frecuencia hallaba consuelo en uno de esos cánticos que trataban de la venturosa salida de sí mismo y del dulce anonadamiento ante el manantial primigenio de la existencia.

Así, sus representaciones infantiles le procuraban ya entonces una especie de paz celestial.

Una vez, sus padres habían sido invitados por el dueño de la casa en que vivían a una pequeña fiesta familiar. Anton veía desde la ventana cómo iban llegando a la fiesta los niños de los vecinos, primorosamente ataviados, mientras que él había tenido que quedarse solo en el cuarto por avergonzarse sus padres de su pobre atuendo. Cayó la noche y empezó a sentir hambre, y sus padres no le habían dejado ni un trozo de pan.

Mientras que estaba arriba llorando, subía hasta él desde abajo el alegre alboroto. Abandonado de todos, sintió primero una suerte de amargo desprecio de sí mismo, que sin embargo pronto se convirtió en inefable melancolía, al abrir al azar el libro de cánticos de Madame Guyon y encontrar uno que parecía convenir a su estado. Un anonadamiento como el que sentía él en aquel instante, debía haber previamente, según el cántico de Madame Guyon, antes de perderse en el abismo del amor divino como se pierde una gota en el océano. Pero cuando el hambre empezó a ser

insoportable, las consolaciones de Madame Guyon ya no le servían de ayuda, y se atrevió a bajar donde sus padres se regalaban en compañía de mucha gente. Anton abrió un poquito la puerta y pidió a su madre la llave de la despensa y permiso para tomar un poco de pan, pues tenía mucha hambre.

Aquello produjo primero gran hilaridad y después la compasión de la tertulia, a más de cierta indignación contra sus padres.

Le llevaron a la mesa con los otros y le pusieron delante los mejores bocados, lo cual le procuró, indudablemente, un género de gozo muy diferente del que le habían procurado antes los cánticos de consolación de Madame Guyon.

Pese a todo, aquel gozo hecho de melancolía y de lágrimas siguió teniendo una cierta fuerza de seducción y Anton se entregaba a él poniéndose a leer los cánticos de Madame Guyon siempre que no se le cumplía un deseo o que le esperaba una aflicción, cuando, por ejemplo, sabía por anticipado que le iban a curar el pie y a frotarle la llaga con piedra infernal. El segundo libro que su padre le dio a leer después de los cánticos de Madame Guyon, fue una Guía para la oración interior, de la misma autora.

Allí se mostraba cómo era posible llegar poco a poco a conversar directamente con Dios y a percibir claramente en el corazón su voz, o la verdadera «palabra interior», que era, a saber, procurando liberarse lo más posible de los sentidos desde un principio y ocuparse de sí mismo y de los propios pensamientos, o aprendiendo a meditar. Pero todo eso también tenía que cesar e incluso había que olvidarse de sí mismo, antes de poder percibir en el interior de uno mismo la voz de Dios.

Anton siguió esas instrucciones con toda aplicación, pues tenía verdaderas ansias de oír dentro de sí algo tan maravilloso como la voz de Dios.

Así que permanecía durante media hora con los ojos cerrados, para ausentarse del mundo de los sentidos. Su padre hacía lo mismo, muy a pesar de su madre, la cual sin embargo no se preocupaba de Anton, por no considerarle capaz de poner en práctica ninguna idea que le viniera a la mente durante esos momentos.

Pronto hizo Anton tales progresos que se creyó bastante liberado de los sentidos, y entonces empezó a platicar realmente con Dios, con quien pronto tuvo un trato bastante familiar. A lo largo del día, durante sus solitarios paseos, en sus actividades e incluso en sus juegos, hablaba con Dios, siempre, indudablemente, con una especie de amor y de confianza, pero también como se habla más o menos con una persona del mismo nivel, con alguien con quien no se gastan muchos cumplidos, y a él siempre le parecía que Dios le respondía realmente esto o aquello.

Por otra parte, no todo marchaba tan bien que Anton no sintiera de vez en cuando cierto descontento, cuando por ejemplo se le frustraba algún juego inocente o algún otro deseo. Decía entonces muchas veces: «¡Mira que no concederme ni siquiera esta pequeñez!». O también: «¡Eso podrías haberlo permitido, a poco que hubiera sido posible!». Y así, Anton no se hacía reproches si a veces, a su manera, andaba como un poco enfadado con Dios. Pues aunque los escritos de Madame Guyon no decían nada al respecto, él creía que el trato familiar incluía también eso.

Todos aquellos cambios interiores le acaecieron entre los nueve y los diez años. Durante ese tiempo, debido al padecimiento del pie, su padre también le llevó a las aguas medicinales de Pyrmont. Cómo se alegraba él de poder conocer personalmente al señor von Fleischbein, de quien su padre hablaba constantemente con tales muestras de veneración que parecía tratarse de un ser sobrenatural, y cómo se alegraba de poder dar cuenta de sus grandes progresos en la beatitud interior. Su fantasía imaginaba allí una especie de templo, donde él sería consagrado sacerdote y de donde regresaría como tal, para asombro de todos los que le conocían.

Fue aquél el primer viaje que hizo con su padre, quien durante el camino fue algo más bondadoso y se ocupó de él más que en casa. Anton contempló entonces la naturaleza en toda su inefable belleza. Los montes en torno a él, cerca y lejos, y los suaves valles, cautivaron su alma y la inundaron de una melancolía nacida en parte de su expectación ante las grandes cosas que allí iban a acontecerle.

Lo primero que hizo al llegar fue dirigirse con su padre a la mansión del señor von Fleischbein, donde el padre habló primero con el administrador,

el señor H., le abrazó y le besó, y éste a su vez le dio la más cariñosa bienvenida.

Cuando Anton entró en la casa del señor von Fleischbein, estaba fuera de sí de alegría, pese a lo mucho que le dolía el pie después del viaje. Aquel día lo pasó en la habitación del señor H., con quien en lo sucesivo cenaría todas las noches. Por lo demás, en la casa se ocupaban de él mucho menos de lo que había esperado.

Continuaba ejercitándose en la oración interior con todo celo. Pero, claro, era inevitable que a veces aquellos ejercicios tomaran un giro bastante infantil. Detrás de la casa en que su padre se alojaba en Pyrmont, había un gran huerto: encontró allí casualmente una carretilla y se divertía llevándola por todo el huerto.

Para justificar tal cosa, pues empezaba a considerarla pecaminosa, se le ocurrió una idea curiosísima. En los libros de Madame Guyon y en otros escritos había leído mucho sobre Jesusito, de quien se decía allí que estaba en todas partes y que se podía tener trato con él en todo momento y lugar.

El diminutivo hizo que él se lo representara como un niño, algo más pequeño que él, y si él ya tenía tanta familiaridad con Dios mismo, por qué no iba a tenerla mucho más con ése su hijo, quien, en eso confiaba, no se negaría a jugar con él y no tendría por tanto nada que objetar si él quería darle unos paseos en carretilla.

De modo que se consideró muy dichoso por poder pasear en la carretilla a tan excelso personaje, procurándole así gusto y deleite. Y como el personaje era criatura de su imaginación, hacía con él lo que quería, divirtiéndole con esos paseos, más largos o más cortos, y diciendo también alguna vez con la mayor reverencia, siempre que estaba fatigado de las carreras: «Aunque me gustaría mucho, ahora me resulta imposible seguir paseándote».

Al final, él veía aquello como una especie de servicio religioso y ya no consideraba pecado el entretenerse la mitad del día con la carretilla.

Mas he aquí que, con el consentimiento del señor von Fleischbein, le dieron después un libro que le introdujo en un mundo completamente nuevo y distinto. Era la Acerra philologica.[2] Allí leyó ahora la historia de Troya, de Ulises, de Circe, del Tártaro y del Elíseo y muy pronto tuvo

conocimiento de todos los dioses y diosas del paganismo. Al poco tiempo y también con el consentimiento del señor von Fleischbein, le dieron a leer el Telémaco, quizás porque su autor, el señor de Fénelon, había tenido trato con Madame Guyon.

La Acerra philologica fue para él una buena preparación a la lectura del Telémaco, pues a través de aquel libro se enteró perfectamente de todo lo relativo a los dioses, interesándose ya por la mayoría de los héroes que volvería a encontrar en el Telémaco.

Anton leyó aquellos libros varias veces consecutivas con la mayor avidez y verdadero embeleso, sobre todo el Telémaco, en el que gustó por vez primera de los encantos de un relato bello y coherente.

El pasaje que le causó más viva emoción en todo el Telémaco fue la conmovedora alocución del viejo Mentor al joven Telémaco, cuando, a punto de confundir éste, en la isla de Chipre, la virtud con el vicio, se le apareció otra vez de pronto su fiel Mentor, a quien ya consideraba perdido desde hacía mucho tiempo y cuya triste mirada lo estremeció hasta lo más hondo de su alma.

Aquello, sin duda alguna, le procuró a Anton mucho más deleite que la historia sagrada y que todo lo que había leído antes en las Vitae patrum y en los escritos de Madame Guyon. Y como, en el fondo, nadie había dicho nunca que lo uno era verdadero y lo otro falso, no tuvo reparo alguno en creerse realmente la historia de los dioses paganos con todo lo que en ella acontecía.

Pero tampoco podía rechazar lo que decía la Biblia, tanto más cuanto que aquello había dejado las primeras impresiones en su espíritu. Buscó, pues, el único remedio que le quedaba, que fue aunar en su mente del mejor modo posible los diferentes sistemas, fundiendo así la Biblia con el Telémaco, las Vitae patrum con la Acerra philologica y el mundo pagano con el cristiano.

La primera persona de la Trinidad y Júpiter, Calipso y Madame Guyon, el cielo y el Elíseo, el infierno y el Tártaro, Plutón y el diablo, hicieron nacer en él la más singular combinación de ideas que seguramente haya existido jamás en cerebro humano.

Ello dejó una tan fuerte impresión en su ánimo que mucho tiempo después seguía sintiendo una cierta veneración por las divinidades paganas.

Desde la casa donde se alojaba el padre de Anton hasta las fuentes medicinales y la alameda contigua había un camino bastante largo. Pese a ello, Anton arrastraba hasta allí su pie dolorido, con su libro bajo el brazo, y se sentaba después en un banco de la alameda, donde con la lectura olvidaba poco a poco el dolor, hallándose enseguida, no sólo en aquel banco de Pyrmont, sino en una isla de altos palacios y torres o en medio de la más enconada batalla.

Con una especie de melancólico deleite leía entonces que los héroes morían en el combate, y le dolía, sí, pero le parecía que tenían que morir.

Aquello también influyó mucho seguramente en sus juegos infantiles.

Un lugar lleno de ortigales o de cardos de gran altura eran para él otras tantas cabezas enemigas, entre las que a veces causaba enormes estragos, rebanándolas una tras otra con un palo.

Cuando caminaba por el prado, procedía a una separación y, mentalmente, hacía marchar a dos ejércitos de flores blancas o amarillas el uno contra el otro. A las más grandes les daba los nombres de sus héroes, y una de ellas se llamaba como él. Hacía surgir luego una especie de hado ciego y cerrando los ojos golpeaba con su palo donde acertaba. Cuando volvía a abrir los ojos veía el horrible estrago, acá yacía un héroe y allá había otro tendido en el suelo, y muchas veces, con una curiosa sensación, triste y sin embargo agradable, se descubría a sí mismo entre los caídos.

Lloraba luego algún tiempo a sus héroes y abandonaba el feroz campo de batalla. En su ciudad, no lejos de la casa de sus padres, había un cementerio, donde él, con férreo bastón de mando, acaudillaba una generación entera de flores y plantas y todos los días, sin falta, pasaba revista a sus tropas.

Cuando regresó de Pyrmont a casa, recortó en papel todos los héroes del Telémaco, los dibujó, conforme a los grabados al cobre, con casco y coraza y les hizo permanecer varios días en orden de batalla, hasta que, finalmente, decidió su destino y con crueles cuchilladas causó un estrago entre ellos, partiéndoles a éste el casco, a aquél la cabeza, y no viendo en torno a él otra cosa que muerte y destrucción.

Así que siempre que jugaba, aunque fuese con huesos de cerezas y de ciruelas, todo acababa en ruina y estrago. Sobre esos huesos también actuaba el hado ciego, cuando él hacía que se enfrentaran dos especies diferentes y después, con los ojos cerrados, dejaba caer sobre ellos el martillo de hierro, y a quien le tocaba le tocaba.

Cuando mataba moscas con el matamoscas, lo hacía con una especie de solemnidad, tocándole antes a muerto a cada una de ellas, con un trozo de latón que tenía en la mano. La mayor diversión consistía en prender fuego a un pueblo de casitas de papel y observar después, con solemne gravedad y melancolía, el montón de cenizas que quedaba.

Sí, cuando en la ciudad en que vivían sus padres, ardió una vez realmente una casa por la noche, en medio del susto sintió una especie de secreto deseo de que no apagasen el fuego tan pronto.

Tal deseo no provenía en modo alguno de una alegría por el daño ajeno, sino de un oscuro deseo de que hubiese grandes cambios, migraciones y revoluciones, de que todas las cosas adquiriesen una muy distinta configuración y cesara la uniformidad de su vida.

Hasta el pensar en su propia destrucción, no sólo le resultaba agradable sino que le causaba una especie de sensación de placer, cuando muchas veces, antes de dormirse por la noche, se representaba vivamente la disolución y descomposición de su cuerpo.

Los tres meses que Anton pasó en Pyrmont fueron en muchos aspectos muy ventajosos para él, pues gozó casi siempre de libertad y tuvo la suerte de permanecer otra vez lejos de sus padres por ese breve tiempo, pues su madre se había quedado en casa y su padre tenía otras ocupaciones en Pyrmont y a él no le prestaba mucha atención. Sin embargo, cuando lo veía alguna vez, se comportaba con él mucho más bondadosamente que en casa.

En la casa donde vivía el padre de Anton se alojaba asimismo un inglés que hablaba bien alemán y que se ocupó de él más de lo que nadie se había ocupado antes, pues hasta empezó a enseñarle inglés hablando simplemente con él, y se alegraba de sus progresos. Conversaba con él, paseaba con él y al final casi no podía estar sin él.

Fue aquél el primer amigo que tuvo Anton en el mundo, y se despidió de él lleno de tristeza. El inglés le entregó al marcharse un medallón de

plata, para que lo guardase como recuerdo hasta que fuese alguna vez a Inglaterra, donde su casa estaría abierta para él. Quince años después, Anton viajó, en efecto, a Inglaterra y todavía conservaba el medallón, pero el primer amigo de su infancia había muerto.

En cierta ocasión, Anton tenía que ocultar la presencia de ese inglés a un forastero que deseaba verle, y decir que no estaba en casa. No hubo manera de hacérselo decir, porque no quería mentir.

Aquello le hizo ganarse el respeto de los demás, pero fue justamente uno de los casos en que él quiso parecer más virtuoso de lo que realmente era, pues una mentira por necesidad no solía importarle tanto. Pero su verdadero combate interior, en que sacrificaba muchas veces sus más inocentes deseos a un imaginario enojo del ser divino, eso nadie lo notaba.

De todos modos, el cariñoso trato de que fue objeto en Pyrmont le infundió aliento y remontó un poco su ánimo abatido. Le tenían lástima por sus dolores en el pie, en la casa de von Fleischbein le acogían amablemente, y el señor von Fleischbein le besaba en la frente siempre que lo encontraba por la calle. Tales encuentros eran para él algo extraordinario y emocionante que le despejaba otra vez la frente, le hacía abrir más los ojos y le alegraba el alma.

En aquella época empezó también a cultivar la poesía, y a componer versos sobre todo lo que veía y oía. Tenía dos hermanastros, que aprendían ambos el oficio de sastre en Pyrmont, y cuyos maestros eran asimismo seguidores de la doctrina del señor von Fleischbein. Anton se despidió de ellos muy emocionado, con versos que él mismo había escrito y aprendido de memoria, y también de la casa de von Fleischbein. A decir verdad, Anton no regresó del viaje a Pyrmont como él había esperado, pero en aquel breve periodo se había convertido en una persona muy diferente y su universo mental se había vuelto mucho más amplio.

Pero una vez en casa, debido a la renovada discordia de sus padres, a la cual seguramente contribuyó en gran parte la llegada de sus dos hermanastros, y debido a las riñas y gritos incesantes de su madre, pronto quedaron borradas las buenas impresiones recibidas en Pyrmont y sobre todo en la casa de von Fleischbein, y se halló de nuevo en su antigua y

desairada situación, con lo que su carácter también se volvió sombrío y misantrópico.

Cuando los dos hermanastros de Anton se pusieron pronto en camino para iniciar su recorrido, [3] retornó la paz doméstica por algún tiempo, y ahora el padre de Anton le leía no los escritos de Madame Guyon, sino partes del Telémaco, o comentaba algunos capítulos de la historia antigua o moderna, en la que estaba realmente muy versado. Pues, además de su música, en la que estaba muy avanzado en la parte práctica, convertía constantemente la lectura de libros útiles en estudios propios, hasta que los escritos de Madame Guyon acabaron por eliminar todo lo demás.

Hablaba por ello también una especie de lenguaje libresco, y Anton recuerda todavía muy exactamente que cuando él tenía siete u ocho años, muchas veces escuchaba con toda atención lo que decía su padre, y que se extrañaba de no entender una sola sílaba de las palabras que terminaban en

«dad», en «dez» y en «ión», siendo así que él entendía las demás cosas que se hablaban.

El padre de Anton era también un hombre de agradable trato fuera de casa y sabía conversar amablemente con toda clase de gentes sobre toda clase de materias. Y el matrimonio acaso hubiera marchado mejor si la madre de Anton no hubiese tenido la desgracia de sentirse ofendida muchas veces y de complacerse en sentirse ofendida, aunque no lo estuviese realmente, sólo para tener de qué entristecerse y ofenderse y para sentir una cierta compasión de sí misma, en lo cual parecía complacerse.

Desgraciadamente, tal enfermedad parece haber sido heredada por su hijo, quien todavía hoy tiene que luchar contra ella, muchas veces en vano.

Ya de niño, cuando repartían alguna cosa entre todos y a él le ponían lo suyo delante sin decir que era su parte, él prefería dejarlo sin tocar aun sabiendo que estaba destinado a él, sólo por sentir el placer de sufrir una injusticia y poder decir que a todos los demás les habían dado algo y a él nada.

Si ya tenía Anton un sentimiento tan fuerte de la injusticia imaginaria, tanto más fuerte era su sentimiento de la injusticia real. Y ciertamente, nadie percibe la injusticia con más intensidad que los niños, y a su vez, a

nadie se le puede hacer más fácilmente una injusticia: un aserto que todos los pedagogos deberían tomar en consideración día tras día y hora tras hora.

Anton podía estar reflexionando muchas veces durante horas, sopesando con toda precisión las razones a favor y en contra de si su padre le había castigado justa o injustamente.

Después, a los once años, gozó por primera vez del placer inefable de la lectura prohibida.

Su padre era enemigo declarado de todas las novelas, y amenazaba con echar inmediatamente al fuego un libro de ese género si llegaba a encontrarlo en su casa. A pesar de ello, Anton se procuró a través de su prima La bella Banise, [4] Las mil y una noches y La isla de Felsenburg,[5]

que leyó a hurtadillas —aunque a sabiendas de su madre— en su cuarto, devorándolos con una especie de ansia insaciable.

Fueron aquéllas algunas de las horas más agradables de su vida. Cuando entraba su madre, ésta sólo le amenazaba con la llegada del padre, sin prohibirle ella misma la lectura de unos libros que antaño le habían procurado a ella un placer igual de maravilloso.

El relato de la isla de Felsenburg impresionó muchísimo a Anton. Pues a partir de entonces y durante algún tiempo, sus pensamientos no tuvieron meta menos ilustre que la de querer representar un gran papel en el mundo y tener siempre en derredor suyo, primero un círculo reducido de personas, luego otro cada vez mayor, siendo él el centro de ese círculo, el cual se hacía cada vez más amplio, y su desenfrenada imaginación acababa incluyendo en el ámbito de su existencia a animales, plantas y criaturas inanimadas, en una palabra, todo lo que le rodeaba, y todo tenía que moverse en torno a él, único punto central, hasta que sentía vértigo.

En aquel entonces, aquel juego imaginativo le procuró muchas veces a Anton horas tan placenteras como nunca llegaría a disfrutar después.

Su imaginación fue, pues, fuente de casi todos los padecimientos y gozos de su infancia. ¡Cuántas veces, estando encerrado en el cuarto en un día gris, lleno de tedio y hastío, y entrando un rayo de sol por alguna ventana, no le vinieron de pronto a la mente imágenes del Paraíso, del Elíseo o de la isla de Calipso, que le embelesaban durante horas enteras!

Pero también recuerda desde la edad de dos o tres años los tormentos infernales que, despierto o dormido, le infligían los cuentos de su madre y de su prima, cuando, en sueños, ora veía en torno a él personas conocidas que de pronto, con rostros espantosamente desfigurados, le hacían muecas, ora subía una empinada y lóbrega escalera y una figura horrible le impedía volver, o incluso el demonio, ora como gallina salpicada de manchas, ora como paño negro, se le aparecía en la pared.

Cuando todavía vivía con su madre en la aldea, cualquier vieja le infundía miedo y horror, tanto era lo que constantemente oía contar sobre brujas y hechizos. Y cuando el viento silbaba a veces a través de la choza, con extraño murmullo, su madre llamaba a aquello en sentido alegórico, sin poner más intención, «el hombre sin manos».

Pero no lo hiciera de haber sabido cuántas horas terribles y cuántas noches insomnes haría pasar a su hijo, aún mucho tiempo después, aquel hombre sin manos.

En especial las cuatro últimas semanas antes de Navidad, fueron siempre para Anton un purgatorio, a cambio del cual hubiese renunciado gustoso al abeto ornado de candelas y engalanado con manzanas y nueces plateadas.

No pasaba día en que no se oyese un extraño fragor, como de campanas, o un arañar en la puerta, o una voz sorda, que anunciaba al acompañante del Niño Jesús, al siervo Ruprecht, a quien Anton, con toda seriedad, tomaba por un espíritu o ser supraterrenal, y así, durante todo aquel tiempo, tampoco había noche en que no se despertara asustado y con la frente empapada de sudor.

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