Aprendiendo a obedecer
Capítulo II. ESCUELA E HISTORIA
Capítulo II
ESCUELA E HISTORIA
UNA CUESTIÓN PREVIA
N o hay que ser un prestigioso intelectual para deducir que el ser humano necesita de aprendizajes diferentes a los de los animales. La naturaleza heredada es solamente una parte de la constitución de las personalidades y los saberes, ocupando lo que llamamos cultura un espacio igualmente importante. Tras un proceso de aprendizaje, en el amplio sentido del término que señalábamos antes, queda incorporado este espacio a los sujetos de manera interiorizada, convirtiéndose en lo que se ha venido a llamar a menudo una segunda naturaleza. Por otro lado, las diferentes sociedades que han existido a lo largo de la historia humana han necesitado que sus infantes y jóvenes incorporen a su visión del mundo las habilidades, normas y costumbres sociales. Sin embargo, la escuela está muy lejos de haber sido la forma hegemónica de transmisión de cultura y normas sociales a lo largo de este existir humano. La escuela actual, acompañada de un sistema escolar centralizado en manos del Estado (con los matices que se puedan poner al término), también.
Hasta aquí, pocos estarían dispuestos a poner en tela de juicio lo que decimos. Es más, se nos podría acusar de decir las verdades de Perogrullo y poco más: que la escuela tiene historia, que es fruto de un momento histórico determinado. Bien diferente sería aceptar, como introducíamos en el capítulo anterior, que la Historia, esa con mayúsculas, sea un proceso teleológico (con un fin) que nos ha traído poco menos que a la perfección del mejor de los mundos posibles. Una historia que, transitando por caminos que, si bien no siempre fueron de rosas, se convirtieron al fin y a la postre en una vía para llegar al sistema actual, de paz, prosperidad y justicia en proporciones como no se han vivido jamás. Si se compartiese esta visión histórica, la escuela sería, sin duda, una evolución necesaria y acaso inevitable, pero en todo caso positiva. Sobre esta visión de la historia tendremos tiempo de reflexionar más adelante, porque ahora nos interesa precisamente ese elemento concreto: la escuela.
El tratamiento histórico que daremos a tal fenómeno no será el de una línea que avanza, sino, por hacer una figura metafórica, el de un mar cuyas olas van dejando sedimentos en la costa y al tiempo erosionándola, componiendo poco a poco su aspecto actual. Intentaremos poner de manifiesto lo que ha ido dejando cada etapa histórica en la configuración actual de la escuela, de manera que situemos la institución en sus coordenadas temporales, tratando de huir de simplificaciones, aun conociendo los límites de este trabajo. Sobre todo, intentaremos poner de manifiesto cuáles han sido los mimbres a partir de los cuales no solo se ha constituido la escuela, sino todo un entramado de relaciones que se denominan sistemas escolares nacionales.
Concebida como la forma que de manera más justa y eficaz acerca los conocimientos a todo tipo de personas; imaginada como una institución natural, en el sentido de resumir en sí un objetivo tan loable como inevitable (el conseguir hacer pensar, conocer o disfrutar de la cultura); publicitada como palanca de movilidad social; defendida como institución eterna y modificable solamente en algunos detalles sin importancia real, la escuela se presenta a menudo como un objeto sin raíces, surgida de la nada pero conducente al todo. La escuela inevitablemente rodeada de un sistema escolar, se presenta de manera ahistórica, lo que podría conducir a concebir esos sistemas educativos sin otro propósito o explicación que los que pretenda para sí la propaganda oficial o los tímidos intentos de oposición reformadora legitimados por el mismo sistema.
Es por todo esto por lo que conviene para este libro hacer un pequeño recorrido por la historia de la escuela y de los sistemas escolares. Lógicamente no se nos puede pedir que entremos en detalle en cada etapa histórica, pues el tema daría para varios libros y además es bastante posible que resultase un material en exceso plomizo para no especialistas, pero sí pretenderemos un bosquejo que quien desee puede ampliar. Ese bosquejo va a tener dos características que adelantamos, siguiendo el sabio consejo popular de que quien avisa no es traidor (aunque pueda ser otras cosas peores, que también eso enseña la historia).
La primera es que nuestro recorrido va a ser fundamentalmente occidentalista. Las razones principales para esto son dos, a su vez: en primer lugar, será así porque la génesis de los sistemas educativos mundiales actuales está en las prácticas occidentales, exportadas con mayor o menor violencia al resto del orbe, incluidos aquellos países orientales, por ejemplo, que se acercan a los estándares del sistema de producción capitalista (véase Japón o China). Ese peso de las concepciones heredadas de la historia occidental nos lleva a alejar la mirada de otras tradiciones que han sido marginadas del devenir de la educación formal, sin que por ello creamos que resulten más o menos acertadas.
La segunda razón de este occidentalismo, reconozcámoslo, es que los conocimientos de los que disponemos sobre nuestra realidad más cercana son mayores. Sobre la educación en el mundo azteca, por ejemplo, tenemos vagas nociones que son imposibles de contrastar sin acudir a una bibliografía de la que podríamos sospechar o sin pisar el peligroso terreno de interpretar civilizaciones desde la mirada paternalista del turista intelectual.