Arcadia
Capítulo 3
Victor se sentía halagado por el cortejo de los arquitectos, por su optimismo. Le gustaba el lenguaje que usaban; la facilidad con que cantaban acerca de fosos, cimas, galerías, travertinos, follaje, desfiladeros comerciales en módulos, como si los edificios del mercado que habían concebido fuesen cuevas antiguas, o bosques, o montañas, o parques naturales, como si estuviesen importando el campo para colonizar el corazón de la ciudad.
En noviembre, cinco meses después del despido de Rook, planes de construcción que pugnaban por el privilegio de alzarse en el lugar del antiguo mercado fueron presentados a Victor en sus oficinas por hombres que parecían poetas o compositores vestidos como restauradores. Lujosos bronceados, trajes desenfadados, los brillantes ojos de barracuda de quienes viven de su imaginación y su ingenio. Nadie discutía que el mercado existente estaba enfermo. Sus diagnósticos concordaban. Estaban de acuerdo en su mala salud, en su patología, en qué tratamiento debía recibir, qué cirugía. El viejo Mercado del Jabón era un tumor en el corazón de la ciudad y tenía que ser extirpado. Prescribieron la quimioterapia de la apisonadora, la radiación de la gran bola de hierro. «Reducir a escombros lo poco que hay. Y reconstruir.»
Estos arquitectos eran demasiado importantes para construir escuelas y casas. Alardeaban de los museos, puertos deportivos, hoteles, auditorios, oficinas centrales de banco, ayuntamientos, celebradas galerías comerciales, que habían construido en otros lugares de la ciudad y del mundo. En Tokio. En Amsterdam. En Barcelona. En Zagreb. En aburridas ciudades pequeñas que habían puesto en el mapa metiendo a la fuerza una universidad de paredes blancas donde antes sólo había prados, bosques, un barrio degradado.
Grandes rollos de papel parafinado con planos y elevaciones dibujadas a lápiz se extendieron sobre la mesa de Victor y cubrieron sus sillas. Maquetas a escala, gráficos de ordenador y vídeos presentaban nuevos Mercados del Jabón, todos los cuales defendían sus arquitectos como teatrales evangelistas. La axonometría en 3-D realzaba las líneas de los delineantes y las hacía reales.
Victor no tenía ojo para las formas. Valoraba los edificios por las palabras que usaban para su promoción. Había oído decir —y le gustaba la frase a pesar de su falsa extravagancia— que la arquitectura era música geométrica, congelada. Buscaba el tono y el ritmo de los planos por el modo en que los arquitectos cantaban sus artículos, por la palabrería que usaban. Una vez que hubiese tomado la decisión, permitiría que los directores, los planificadores financieros, los ingenieros y los contables de su plantilla tomasen el mando.
Anna había concertado citas para que los once hombres y una mujer visitaran a Victor en sus oficinas. Recibió a cada uno de ellos en la entrada desde la galería comercial y durante el viaje hasta el piso veintisiete les dio estrictas instrucciones de que no debían quedarse más de cuarenta minutos ni ser excesivamente técnicos.
—Victor tiene ochenta años —les explicó—. No tiene paciencia. Su oído no es muy bueno.
Un arquitecto —el primero en ser recibido— dijo que su edificio tenía el aire jactancioso que era apropiado para un mercado. Un foro para la venta de alimentos, después de todo, merecía un semblante seguro de sí mismo. Nada de esconderse como hacían los bancos y los cuarteles. Nada de timideces. Un mercado podía ser ambicioso, enérgico, optimista, ruidoso, temerario, alta tecnología. Y su boceto de presentación mostraba toda la anoréxica desvergüenza del modernismo desatado, las venas, las entrañas, los conductos y las tuberías pegados a la piel de cristal negro del edificio.
«Demasiado varicoso», fue el juicio de Victor, aunque él, o para ser más exactos Anna, expresó esta opinión más suavemente en una carta de rechazo que fue enviada al arquitecto esa misma tarde.
Otros presentaron planos en el estilo de cóctel posmoderno que es el preferido de los hoteleros y los magnates de compras fuera de su ciudad: un poquito de grandeza imperial, dos gotas de sentido común, un chorrito de retórica metálica. Todo endulzado y hecho más apetitoso por unos adornos color pastel.
La arquitecta —del estudio que diseñó el Monumento al Muro de Berlín— era una pragmática muy seria. No soportaba las curvas. Su inspiración eran las lápidas de las tumbas, los sujetalibros, los contenedores de carga, los envases de jabón en polvo, el cuadrado negro de la santa Kaaba en el corazón de La Meca, el Pentágono, las cajas de cerillas, los cajones de embalajes de madera, los dados. Lo que más admiraba eran los altos, rectos y democráticos desfiladeros de Manhattan. Deseaba erigir en la plaza del mercado «una atrevida y sencilla losa, libre de ligerezas ornamentales, en la cual el dogma y la perfección del diseño rectilíneo se enfrente y desafíe al inevitable desorden del mercado y, de paso, no ponga en peligro sus márgenes de beneficio».
—No debemos disimular, sino celebrar, la honestidad de los rectángulos y los cubos —dijo.
Un guapo arquitecto local, joven adorado por los columnistas de ecos de sociedad por su atrevida desatención al gusto público y a las mujeres de su vida, pedía edificios que fueran metáforas visuales, las aspiraciones de la ciudad hechas tangibles en cristal ahumado y piedra. La metáfora que había preparado para el Mercado del Jabón era especialmente visible para Dios. Visto desde arriba —desde un helicóptero en caso necesario o incluso desde el jardín de la azotea del Gran Vic—, su forma era cruciforme, un pájaro de alas cuadradas en vuelo. Su cola de golondrina bifurcada se convertía, para la gente que estaba en tierra, en dos cuñas cónicas que daban la bienvenida y abrazaban a la clientela. La protegía del viento y el sol y la conducía a las puertas del mercado en el trasero de la golondrina.
—Este edificio mantiene un diálogo con la gente que pasa por él —proclamó el arquitecto—. Su lenguaje es el lenguaje de la calle.
Victor permanecía sordo a lo que el edificio tenía que decir. Si hubiese querido metáforas para Dios, habría construido una iglesia.
Se mostró más interesado y paciente con los arquitectos esperantistas cuyos edificios Shanghai-aztecas estaban decorados con fachadas que tenían confusas deudas con Marrakesh y con Mondrian, o con pirámides y pagodas, o con el simétrico clasicismo de cementerio de Roma y Grecia y el Père Lachaise, o con los Jardines Colgantes de Babilonia y el IBM Garden Plaza en la esquina de la calle 56 con Madison en Nueva York, o con balnearios y ferias y barcas de remos. Era divertido dejarse guiar por estos entornos globales temáticos, oír hablar de tabiques de bambú y acero, tejados de bálago metálico y «módulos de venta» cuyos mostradores revestidos de mármol tenían frisos y plintos como las tumbas.
Pero no hubo la menor duda de quién conseguiría el contrato una vez que llegó el Signor Claudio Busi y le dijo al viejo que su credo era éste:
—Mi lealtad está con lo que usted desee. Los grandes edificios como éste deben glorificar la visión del hombre que paga. Cito a dell’Ova y digo: «Los edificios más altos arrojan las sombras más largas. Así los grandes hombres dejan su impronta.»
Sólo Dios sabe cómo se las arregló para dar en la diana, pues las pasiones y las aversiones de Victor no estaban documentadas, y Anna se mostraba complaciente en el ascensor pero no era de gran ayuda en este sentido. Quizá el tal Busi poseía la habilidad de insinuar imágenes en una mente vacía por medio de la adulación. Pero, por suerte o por astucia, todo lo que decía era agradable e iba directo al blanco.
Claudio Busi era un hombre delgado y fuerte de sesenta y nueve años, el socio de más edad de un estudio célebre por su buen gusto y pragmatismo. Era Busi quien había diseñado los Aparejos, el complejo portuario en Port St Phillips que había sido arrasado por el huracán Eduardo hacía dos años y no había sido reconstruido. El Palacio de Exposiciones de hierro forjado en Amsterdam también era suyo. E igualmente lo era el Proyecto Cortinas en Milán, que había ganado el Premio de las Naciones Unidas: «Una asombrosa aventura de ingeniería.» Y el Centro del Centenario en el lago Michigan. Su libro El mundo bajo un solo techo había iniciado una pasajera moda de «el espacio como terreno de juego, la edificación como acontecimiento», y había elevado a Busi a la categoría de encantador maestro de la arquitectura en los coloquios y los programas de televisión. Un hombre de éxito con las mujeres, se decía. Tenía una voz aterciopelada capaz de ablandar a una piedra.
Sus socios más jóvenes tenían que tratarle con respeto, pero en gran medida le habían apartado del tablero de dibujo. Se había vuelto demasiado descuidado, demasiado pasado de moda. No entendía las obsesiones funcionales de los clientes modernos que querían «esplendor por fuera y pobreza por dentro», es decir, entradas enormes pero despachos tan pequeños y feos como las celdas de una prisión. Viajaba vestido con sus trajes verde oliva entre los estudios de Nueva York, París y Milán igual que un obispo viaja por su diócesis, con gran pompa, pero poco poder o control. Era un testaferro, y el hombre adecuado, consideraron sus socios, para obtener el contrato del Mercado del Jabón. El hombre de ochenta años podría mostrarse condescendiente con otro de sesenta y nueve y a la vez confiar en él. Así que Busi fue despachado desde Milán para ser su portavoz y para darles a todos un respiro de sus frases y su encanto.
El Signor Busi habría preferido ser el portavoz de sus propios diseños, pero se había convencido a sí mismo de que le habían encomendado aquella tarea porque sus colegas y sus rivales le consideraban «un filósofo que se destacaba de las medianías». (Un periodista le había descrito así una vez, aunque con el matiz de que, quizá, la labia del Signor Busi resultaba más convincente que su comportamiento, tanto en lo que concernía a los edificios como a las mujeres.)
Tomó una habitación en el Excelsior y pasó un día examinando el Mercado del Jabón y su jardín. El equipo de tres arquitectos de la firma Busi que había pasado dos meses sobre el terreno, le había advertido en sus informes de que el mercado era «vulgar, ineficaz y artificial». Busi pensó lo mismo. «Sórdido», fue la palabra que murmuró para sí. Su taxi le había abandonado en los límites obligándole a andar; hacerlo en recintos y calles peatonales estaba muy bien, pero el mercado era un caos, una pesadilla para los peatones. Cruzarlo a pie era ofrecerse voluntario para servir en los lacerantes laberintos de un nido de hormigas. No era, ciertamente, ni bello ni funcional; no era un lugar lúdico ni útil. No pasaba la prueba del tornasol de Busi. Convertía la sencilla tarea de comprar fruta en una expedición. Se maravilló de la densidad y animación de la multitud y de la paciencia de los vendedores, obligados cada día a montar sus puestos, a transportar el género en carretillas sobre adoquines y luego a meter en cajas y sacar de nuevo en carretillas los restos no vendidos, para acabar el día desmantelando los puestos. Estúpido, insensato.
El Signor Busi acabó agotado por el lugar, el traje en desorden, los zapatos descoloridos. Descansó en el Jardín del Jabón, pero no quedó contento con el café y las pastas que tomó, ni con el camarero, que le pareció demasiado apresurado y falto de delicadeza. Intentó, pero no lo consiguió, encontrar el camino de vuelta a una calle con tráfico. El mercado no era lógico, no tenía señales ni avenidas. Un hombre cubierto de celofán le envió más hacia dentro. Tuvo que pagar a un niño para que le guiase a una parada de taxis. Estaba entusiasmado con la idea de que la firma Busi de Nueva York, París y Milán fuese la que introdujese allí algo de Orden y Uniformidad. Una ciudad moderna y reglamentada no debía estar gobernada por los impulsos de la multitud sino por los dictados de sus líneas de tranvía, sus aceras, sus semáforos, sus horarios y sus leyes. Una ciudad moderna y reglamentada no debía permitir tan sórdido desbarajuste.
Cuando al fin se conocieron, el Signor Busi felicitó a Victor por el Gran Vic y la galería comercial que era su arteria.
—Es bello y ordenado —dijo—. Aplaudo que desee usted extender esta alegría geométrica al centro antiguo de la ciudad, donde, evidentemente, la belleza y el orden brillan por su ausencia.
Esperó un instante para dar a Victor una oportunidad de responder a estas ocurrencias. Pero vio enseguida que Victor no era un buen conversador y que permanecería callado pero atento. Abrió la cremallera del portafolios negro que contenía las propuestas que había traído de Milán, sacudió el cuerpo dentro de su traje y miró a su cliente con su mejor sonrisa tridimensional.
—Existe la nostalgia y existen los experimentos —dijo—. Pero usted no es la clase de hombre a quien le gustan esas cosas. Usted es un hombre de ahora. Así que no perdamos el tiempo con estas reliquias del pasado. —Su mano desechó los planos de sus rivales. Levantó la esquina de un diseño de los Estudios Ultra y enarcó las cejas—. Dejemos también de lado la ciencia ficción. Se queda anticuada no bien se construye. Verá, mi colega de Ultra…, no sé si debería hablar a sus espaldas…, nos ha diseñado otro Centro Lyons-Symphonique, todo tuberías y respiraderos, pero éste es para los repollos y no para la cultura. Cree que es ingenioso mostrar las tripas de un edificio, poner lo de dentro fuera. Pero esto es lo que yo le digo: Usted es un hombre de ochenta años, lo sé. Ingenio no es lo que usted quiere. Usted quiere un poco de dignidad. Quiere un mercado que contenga y celebre su talento para los negocios y no la artificiosa visión de un arquitecto. Creo que estoy en lo cierto. Por lo tanto, prescindiremos de lo de dentro fuera. Para usted, para este gran mercado, nosotros ponemos lo de fuera dentro, llevamos el exterior al interior.
Extendió los dibujos sobre la mesa de Victor. Sus socios habían tenido el sentido común de hacerlos pequeños y sencillos, a una escala de uno por quinientos, de modo que el espíritu de las propuestas del grupo fuese más evidente que su complejidad. Para el Signor Busi, el exterior que planeaban llevar al interior era más que un simple proyecto para proteger los puestos del mercado del viento y la lluvia y los cambios de temperatura. El «exterior» significaba también el campo, el mundo más allá de los márgenes de la ciudad.
—¿Qué es un mercado en realidad sino campo traído a la ciudad? —preguntó—. Démosle a la gente un paseo por el campo en el mismo corazón de la ciudad.
Señaló las «conceptualizaciones» que habían sido dibujadas en tinta y acuarela.
—Por favor, cójalas y écheles una mirada —dijo—. ¿Qué le recuerdan estas elevaciones?
Sonrió, pero furtivamente, mientras Victor negaba con la cabeza. Los colegas de Milán llamaban al diseño los Merengues de Cristal Derretido. Cuatro espectaculares óvalos de cristal que parecían a la vez tartas y las cúpulas de unas viscosas mezquitas llenaban el Mercado del Jabón. Nueve pasillos de bóveda cilíndrica —enmarcados en madera y acero, acristalados— partían del centro sin lógica geométrica pero de la forma agradable y equilibrada en que las raíces superficiales se extienden en torno a un árbol.
—He aquí un paisaje campestre en el centro de la ciudad —dijo Busi—. No hay líneas rectas en nuestro diseño, ni planos o inclinaciones parejos. En cambio tenemos la discontinuidad horizontal del paisaje natural. Le damos colinas, llanuras y lomas hechas de láminas de cristal curvo. Buscamos coherencia, buscamos armonía. Dejamos que la luz natural de la ciudad, que queda absorbida por el ladrillo y la piedra, pase a través de nuestro cristal e inunde el edificio de la misma forma que la luz inunda y calienta y hace fértil un invernadero en el campo. Las paredes interiores son de espejo y todos los marcos están construidos con acero reflectante o madera pulida, de tal modo que el viaje de la luz natural no se vea truncado. Por tanto, tenemos un invernadero. Tenemos controles de temperatura y aire para mantener el ambiente perfecto para plantas, arbustos y árboles. Las paredes son paredes que respiran. Fuera, la ciudad; dentro, el campo. Tenemos ascensores con el suelo de cristal que suben por entre el follaje y proporcionan hermosas vistas. Tenemos nueve corredores comerciales a escala humana. Y luego la escala es más divina: cuatro cúpulas, la mayor de las cuales tiene cincuenta metros de altura y es visible desde muy lejos. Es una escultura hecha de cristal y verdor. Es un caparazón viviente de metal. Es… —y con un gesto ceremonioso el Signor Busi reveló el título del proyecto — Arcadia. Pero modernizada. Climatizada. Accesible. Contemporánea… Defendida.
Al decir esta última palabra el Signor Busi extendió las manos, con expresión de pragmático apenado.
—Arcadia ha de estar defendida. ¡Por supuesto! Debemos admitir la verdad. Si usted desea atraer a Arcadia a los mejores ciudadanos, aquellos que tienen buen gusto y buenos ingresos que gastar, entonces debemos prometerles que les defenderemos de… —de nuevo extendió las apenadas manos—… de la ciudad misma. Verá que hemos previsto cámaras de vigilancia, cierres antirrobo, redes antisuicidio, guardias de seguridad. El edificio es una fortaleza. Una granada de mano sólo haría vibrar el cristal. Puede sobrevivir al impacto de un avión intercontinental. Pero esto no es suficiente. Les debemos a sus clientes la seguridad de que no se permitirá la entrada a borrachos, vagabundos, manifestantes y gente que no vaya a comprar, sino simplemente a guarecerse de la lluvia, a dormir o a causar molestias. Arcadia, como verá, es demasiado buena para ellos.
Guió a Victor en un recorrido que empezaba en el sótano de dos plantas, acolchado con hormigón vertido y servido por una rampa para camiones oculta por hileras de árboles. Le mostró dónde las cámaras frigoríficas de almacenamiento mantenían fresco el género, dónde las unidades de maduración daban a los plátanos, las manzanas, los mangos, los colores considerados mejores y más tentadores para los compradores. Aquí estaban las oficinas, los estudios del sótano, los talleres de servicio, los patios, recobrando —intensificando— el ambiente de un mercado medieval, con toldos de colores, letreros pintados, suelos de terrazo, luz natural aumentada. Y parterres de arbustos, árboles de invernadero y un despliegue de plantas, hiedra, enredaderas y bambú.
Los cuatro merengues estaban unidos dentro de Arcadia por un eje central de modo parecido a como los cuatro carpelos del mastuerzo se adhieren a sus tallos. El eje sostenía terrazas y balcones con vistas, a través del follaje, a las cabezas y sombreros de los compradores y los toldos de colores «auténticos» de los puestos fijos. En las terrazas inferiores había bares, un restaurante y un recinto para conciertos al aire libre. Los balcones superiores quedaban casi fuera de la vista. Debajo de ellos se extendía una red. Colgaba de las cámaras más altas de las cúpulas como las ondas de una tienda tuareg. Por encima del dibujo blanco y verde de la red estaría la pajarera más grande construida nunca, en la cual la firma Busi imaginaba cacatúas, loros y periquitos que finalmente aprenderían a gritar como los vendedores. «Todo fresco hoy. Todo fresco hoy. Si no hay dinero, no hay fruta.»
—¡La pieza central! —El Signor Busi sacó un último boceto—. Vea, no somos charlatanes. Tenemos respeto por la historia. No hemos demolido el lavadero medieval. Le hemos dado nueva vida.
Los bocetos mostraban lo que una cuidadosa restauración podía lograr. Cómo las gárgolas medievales podían ser salvadas por la heroica cirugía dental de los modernos albañiles, cómo a las piedras viejas y agujereadas se les podía quitar la placa, disimular las cavidades, reemplazar los relieves rotos. Habría nuevas fuentes, cascadas, donde previamente el flujo había sido intermitente y controlado por grifos.
El Signor Busi mostró fotografías de las aporreadas pilas donde el jabón, la piedra y la tela habían producido durante tanto tiempo una música de palmadas con el agua. Luego sus nuevos diseños: las pilas renovadas estaban transformadas por luces y plantas. Se mantenían llenas y atareadas con agua bombeada, filtrada y circulante, que caía desde caños ocultos sobre estanques esculpidos y luego corría por canales hasta jardineras de plantas. Por la noche, el aire acondicionado y las luces de las avenidas se apagarían, el agua se cortaría y unos reflectores iluminarían los cuatro merengues. Harían que las entrañas de Arcadia pareciesen cálidas e insondables a través de las sombras de los árboles en sus macetas.
—Soy milanés —dijo el Signor Busi—, pero a pesar de ello debo admitir que aquí tenemos un edificio que será tan hermoso y funcional, más funcional quizá, como las Galerías Víctor Manuel II de Milán. Comparten el nombre. Usted podría ser Victor III. Compartirían también un lugar en la historia si usted permite que la firma Busi dé vida a estos dibujos.
El Signor Busi extendió las manos y se rió.
—Ya no tengo nada más que decir. —Dejó los planos y los dibujos donde estaban y le tendió ambas manos a Victor—. Estoy a su disposición hasta el domingo, naturalmente. Tante grazie, Signor Victor.
Victor llamó a Anna. Ella llevó al Signor Busi al ascensor privado del jefe y le acompañó hasta el vestíbulo y la salida a la galería comercial. Él estaba eufórico y juguetón como un actor que ha triunfado en escena. Le gustaba la mujer que tenía al lado. Su perfume y su cuerpo regordete y la estrecha intimidad del ascensor de Victor le animaron. Su esposa estaba lejos. Puso dos dedos en la muñeca de Anna.
—Creo que su jefe me dará el contrato del Mercado del Jabón. Tal vez debería celebrarlo esta noche, y usted debería ser mi invitada en el hotel.
Anna negó con la cabeza.
—Es usted muy amable —dijo—, pero me parece demasiado pronto para una celebración, ¿no cree? Victor todavía tiene que ver a otros tres.
—Querida mía —dijo el Signor Busi soltándole el brazo—, noto en la sangre que ganaremos. Nuestros planos serán los escogidos.
—Puede que Victor decida conservar el mercado tal y como está.
Busi se rió.
—No hay nada que conservar. Allí no hay nada. No hay nada que demoler. Por supuesto hay que levantar los adoquines y volverlos a poner más hábilmente. Y están esos pequeños bares y restaurantes descuidados que abarrotan el Jardín del Jabón. Ésos tendremos que arrasarlos. ¡Y empezaremos desde cero! Así que volveremos a vernos, creo. Y muchas veces.
Su coche se acercó y el Signor Busi se marchó del Gran Vic sintiéndose feliz. Más arriba, en el piso veintisiete, sus planos estaban esparcidos sobre la mesa y la alfombra. Victor estaba de pie junto a ellos, con un diccionario en la mano. Arcadia. Paraíso rústico, leyó. Arcádico. De simplicidad pastoril. Arcada. Hilera de tiendas cubiertas.
El Signor Busi esperó en el Excelsior tres días más, y el cuarto recibió una llamada. Anna habló en nombre de Victor. Le complacía, dijo, comunicarle que la firma Busi había conseguido el contrato del Mercado del Jabón. Le enviarían una carta oficial, y Victor le agradecería al Signor Busi que prolongara su estancia tres días más para que se convocase una conferencia de prensa y se fijase un calendario para su construcción. También le enviaría al Signor Busi los bocetos de una pequeña estatua que era un regalo de cumpleaños a Victor de —¡qué apropiado!— los principales comerciantes del mercado. Era una madre y un niño y debería incorporarse a Arcadia.
—¿Una pequeña estatua? ¡Le daremos el lugar de honor! —le dijo Busi a Anna. Y luego—: Le ruego que me permita darle el lugar de honor en mi mesa en el Excelsior esta noche. Creo que ahora no es demasiado pronto para celebrarlo.