Arcadia

Jim Crace · Capítulo 26 de 30

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Arcadia

Capítulo 9

Hasta aquí, todo bien. Unos pequeños disturbios localizados, alimentados en el pecho festivo de la Nochevieja. Pero aunque los adoquines mantenían las llamas a raya, el calor y la pasión se extendían. Pronto llenaron botellas vacías con la gasolina de los coches, las taponaron con trapos, les prendieron fuego y las arrojaron. Lo que había contenido cerveza trazó un arco en la noche como cometas de un parque de atracciones y cayó muy cerca de los coches, estalló en el aire o bañó a los bomberos y a los policías en una lluvia llameante. En otros tiempos, los comerciantes más viejos habrían pedido calma por temor a que sus puestos quedasen destruidos o a que molestasen a sus clientes. Pero ¿qué podían perder ahora que el mercado estaba despojado, sus caballetes y sus lonas ya ardiendo, sus estómagos llenos de alcohol? «No debería acabar de esta manera», pensaron, pero no con suficiente decisión como para intervenir. En lugar de ello, levantaron los brazos y las voces con la masa. La medianoche les hacía valientes, elocuentes y gritones.

¿Qué sabiduría hizo que el capitán de la policía pidiese ayuda por radio? ¿Por qué se amilanó? ¿Le asustaba no poder impedir que sus hombres abriesen unas cuantas cabezas? ¿Fueron las botellas llameantes? ¿Fueron los coches? ¿O, simplemente, estaba tranquilo y juzgó que sus hombres se hallaban ahora sobrepasados en número por una multitud y que la diplomacia y la noche no sofocarían aquel incendio?

Llamó por radio pidiendo ayuda a la una y cinco de aquella primera noche del año llena de humo, aunque qué les dijo a sus superiores no está claro. La investigación pública que se realizó no pudo desenmarañar la verdad de las mentiras. Pero esto es seguro: su solicitud de —eso afirmó él— otros cincuenta policías como máximo, amargó la copa y el puro de los poderosos notables de la ciudad. El jefe de policía, el alcalde, el propietario de los tres periódicos de la ciudad (mi remoto y rotundo jefe), tres de los cuatro financieros más importantes (no Victor, naturalmente), sus socios y sus consortes (la chillona esposa de mi jefe), eran todos comensales en la mesa principal de la cena anual de los hombres de negocios. Como todos los años, habían hecho sus discursos, se habían estrechado las manos y habían brindado. Todos habían cantado a coro las canciones de Año Nuevo. (Una vez más, las rollizas hermanas de la Banda Acorde tocaban a cambio de una remuneración.) Y ahora estaban solos, exceptuando a las camareras y los encargados de prepararles bebidas, en una suite privada.

El jefe de policía se esforzaba por entender una anécdota que el alcalde le estaba contando cuando una camarera le trajo una nota doblada en una bandeja persa esmaltada. Leyó: «FELIZ AÑO NUEVO, y para celebrar la ocasión hay disturbios organizados en la zona del mercado. Brevemente: incendios intencionados, vehículos y propiedades destruidos, artefactos incendiarios, heridos (¿muertos?). El capitán del distrito está agitando las alas como una mariposa chamuscada. Solicita ayuda urgente. ¿Qué hacer?» Las barrocas B.L. al pie de la nota eran la firma del ayudante del jefe.

—Al fin la revolución —dijo el jefe, y leyó la nota en voz alta.

Su mujer enarcó las cejas.

—Supongo que esto quiere decir que tenemos que marcharnos —dijo—. ¿A quién se le ocurre casarse con un policía? Nunca consigo terminar las comidas. Ni las bebidas. Aunque las llamadas del deber nunca son tan fuertes durante las horas de trabajo. Curiosamente.

—Nos quedaremos —dijo su marido—. Ésta es mi resolución para el Año Nuevo. Nunca dejes una fiesta antes de fumarte la colilla y apurar la copa hasta los posos.

—¿Y qué me dices de la revolución, querido? Ese hombrecito estirado que tienes por ayudante no te dejará en paz hasta que hayas obedecido sus órdenes. Nunca estoy segura de quién manda a quién.

El jefe de policía prefería a su esposa cuando estaba sobria y lejos de su vista. Dejó correr sus comentarios como si fuesen bromas de familia.

—No necesito salir de la habitación para resolver esto —dijo.

Sacó un bolígrafo de su chaqueta y añadió sólo dos palabras a la breve nota de su ayudante. «Despliegue UCUR.» Su firma, que intentó hacer con rúbrica, rasgó el papel. Lo levantó en el aire teatralmente.

—Con esto se arreglará el asunto —dijo—. Creo que la revolución se acabará antes que este puro.

En días de fiesta, como Año Nuevo, explicó, no era fácil resolver problemas de aquel tipo. Al parecer había escasez de policías de distrito en tales fechas. Los que no estaban trabajando en Año Nuevo estaban fuera de la ciudad, o borrachos, o celebrándolo por las calles. Pero había hombres jóvenes en los cuarteles que habían estado de guardia toda la noche, privados de una copa, de un puro, de los festejos. Si soltamos a un aburrido destacamento de la Unidad de Control Urbano Rápido, aseguró el jefe de policía a los otros invitados, habrá —buscó una frase que fuese a la vez masculina y desapasionada— «un repentino orden en las calles». ¡Qué sencillo parecía, en medio de tantas comodidades y en semejante compañía, zanjar las revoluciones con una frase! Llamó a la camarera. Puso su nota de dos palabras en su bandeja y la mandó al lugar de donde venía para poner en marcha a su ayudante y a UCUR.

La policía del distrito había actuado sin plan preconcebido. Sus golpes fueron espontáneos e improvisados. Su estrategia no estaba ensayada. Eran los músicos de jazz de la ley. Pero UCUR eran los clásicos, polifónicos, armonizados, entrenados. Su última nota estaba implícita en la primera. Y su primera nota fue ésta: una llamada de claxon en el cuartel que en menos de dos minutos llenó al patio con doscientos veinte hombres, seleccionados para misiones de UCUR porque su deferencia, su estatura, su deseo de agradar sugerían que eran más leales a las órdenes y a los jefes que a la masa. Equipados con cascos antiimpacto y monos azul y negro y deseosos de estirar los miembros después de una tarde encorvados sobre fichas de dominó, cartas a casa y betún para las botas, escucharon las instrucciones («Reprimir, contener, arrestar») con el nervioso entusiasmo de un equipo de fútbol antes de un encuentro. A los defensores les habían dado largos escudos transparentes de perspex. Los atacantes, divididos en ocho grupos de seis, llevaban escudos cortos, porras de PVC y botas más ligeras para correr velozmente y dar patadas con absoluta precisión. Los especialistas tenían armas de cañón corto, o fusiles de proyectiles de plástico, o botes de gas, o perros, y —privilegios para la élite— botellas de bolsillo de ron para mantenerles calientes y animados hasta que su competente intervención fuera necesaria. Alguien empezó a marcar el «himno» de UCUR golpeando sobre su escudo, el implacable sonido del PVC sobre el perspex. En unos segundos todos los escudos vibraban al unísono. Dum dum dum-dump-dump. Dum. Dum. Dum-dum. ¡Dump!

UCUR atravesó la ciudad en sus barredoras, vehículos antidisturbios azul y negro (para hacer juego con los monos), con ventanillas enrejadas, parachoques delanteros en forma de proa y delantales, como las máquinas quitanieves. Pronto habría retretes de campaña, unidades de apoyo civiles, camiones de refrescos para oficiales y tropa, personal de enfermería, parásitos. Ya se estaba impidiendo a los tranvías y el tráfico entrar en las partes más antiguas de la ciudad. Ya los tiradores con miras de rayos infrarrojos vigilaban los áticos de las oficinas y las viviendas que daban a los límites del Mercado del Jabón. Cámaras, de la policía y de la televisión, zumbaban y revoloteaban como abejas carroñeras. Las longitudes de onda de la radio de la policía estaban tan sobrecargadas y parlanchinas como líneas telefónicas combadas por el peso de los vencejos y las golondrinas en el último día caluroso del verano. He aquí una ciudad a pleno rendimiento capaz —como sólo lo son las ciudades— de Reprimir, Contener, Arrestar el caos del corazón humano como si fuese tan dócil e indiferente como un tranvía.

Así que cuando vino la UCUR, ¿qué podían hacer los jaboneros, aquella coalición desentrenada de mendigos, fruteros, juerguistas y pelagatos? ¿Dispersarse? Estaban «embotellados», por usar la frase que los solados de a pie de la UCUR preferían al eufemístico «contenidos» de los oficiales. ¿Adonde podían ir excepto hacia atrás, hacia las llamas? Los pocos que intentaron marcharse caminando tranquilamente hacia la policía fueron alejados por el dum-dum-dump, obligados a retroceder por los chorros de agua, o derribados sobre los adoquines por botas y porras, o —si eran demasiado viejos y bien vestidos para golpearlos o patearlos o empaparlos— invitados a retroceder «Vuelvan ahí dentro. De aquí no sale nadie hasta que nosotros digamos.»

Los desagües del mercado —ya taponados por las hojas y las mondas de fruta— no podían absorber el agua de las mangueras. Los desagües se convirtieron en bocas de riego, escupiendo agua en lugar de tragarla. Empaparon y ahogaron los adoquines. Las llamas que quedaban encontraron hermanas gemelas anaranjadas con las que bailar en la inundación bajo los focos plateados de la policía y de los helicópteros de televisión cuyas hélices producían rizos en las aguas. Los hombres y mujeres más sensatos se quedaron en el corazón del mercado, con el agua hasta los tobillos, jadeantes y desmoralizados en medio del humo y el clamor. Rook estaba allí. Se apretaba el pecho. Se tapaba la boca con un pañuelo. Se sentía exultante y desalentado. ¿Quién podía dudar ahora del poder y la paciencia de los ricos? Dominaban el terreno. Dominaban el cielo. La ciudad era toda suya. ¿Acaso no se lo había dicho Rook a los jaboneros? Miró hacia la conífera de luces que era el Gran Vic de noche. ¿Estaría Victor el Insomne mirando hacia el Mercado del Jabón? ¿Le habrían pedido permiso antes de enviar las patrullas de la UCUR a rodear con un cordón a sus inquilinos en su territorio? Quien le había puesto a Victor ese nombre había elegido bien. ¿Quién era ahora el victorioso?

Rook encontró su inhalador. Se lo llevó a la boca. Aspiró la fina vaporización. Pero ésta no podía competir con la humedad, el fuego y la noche. Deseó tener una mesa sobre la que descansar la cabeza, o el pecho de Anna. Deseó tener la habilidad de elevarse por encima de todo aquello, digamos veintisiete pisos por encima del humo, el ruido y el peligro de la calle. Si Rook estaba silencioso en el centro de la tormenta, Joseph estaba en el borde activo del tifón. Había tirado su chaqueta. Tenía las mangas subidas a pesar de la época del año, a pesar de la hora. Arrancaba adoquines. Ayudaba con las botellas incendiarias, volcaba coches, lanzando amenazas y desafíos en el encharcado escenario de veinte metros que separaba a la gente de la policía. Se quitó la camisa de trabajo. El humo de los fuegos mojados era tan gélido como el vapor del tren, el Expreso de la Ensaladera, ante el cual se había desnudado en su pueblo cuando levantaba las cajas de verduras hasta la cabeza y las mantenía en equilibrio, las cara bien oculta, el cuerpo en exhibición. Ahora no ocultaba la cara y lo que alzaba sobre su cabeza y sacudía eran los puños. Las narices y las frentes apretadas contra el cristal no eran las de mujeres ricas y sus hijas camino de un fin de semana de compras, sino las de los hombres de la UCUR. Narices y frentes sin empolvar, bocas sin pintar que empañaban con su aliento el perspex de los escudos mientras esperaban la orden de Avanzar-dum, Reprimir-dum-dum, Arrestar-dum-dump.

Fue Joseph quien encontró las pilas de frutas y verduras no vendidas, hasta entonces respetadas por el fuego. Sostuvo en la mano una col lombarda de hojas sueltas, tan ligera, a pesar de su tamaño, como una lata de cerveza. Era un niño. No tenía autocontrol. Salió corriendo al escenario, alzó la col en el aire con toda la fuerza que años levantando sacos le habían proporcionado. Muchas habían sido las veces en que cortando coles había encontrado una estropeada y, sólo por divertirse, la había lanzado para que llegase hasta el seto, o para asustar a las chicas, o para romper el aburrimiento del trabajo. Ahora su entrenamiento le ayudó. La col lombarda se resistió a la atracción de la tierra y quedó suspendida en el haz luminoso del helicóptero como una luna color pastel que tenía hasta la madrugada para aterrizar.

Los hombres de la UCUR observaron cómo la col trazaba un arco hacia ellos a través de la noche. Ni uno solo sabía qué amenaza suponía, pero ciertamente parecía más amenazadora que los adoquines o los cócteles Molotov. ¿Qué fuerza representaba? ¿Cómo soportarían sus escudos un proyectil tan grande, tan pálido y tan lleno de luz? La hilera de escudos largos se tensó. La patrulla dobló las rodillas para cortar en dos el impacto de la bomba vegetal. La col, cayendo ya, les ponía más nerviosos que las piedras o las llamas. Cuatro hombres de la UCUR, directamente en la trayectoria de la col, se echaron el suelo para recibir el golpe. La col dio de lleno en el centro de un escudo. Apenas produjo un sonido. Un huevo de gallina hubiese hecho más ruido y más daño. La col se hizo pedazos. Sus hojas eran sábanas, copos. El UCUR blanco del impacto cayó de espaldas y, si la vergüenza pesara como las piedras, habría muerto bajo el peso.

Las risas y las burlas del Mercado del Jabón fueron más fuertes incluso que las aspas del helicóptero. Ahora todo el mundo corría para armarse con frutas y verduras. Nunca habían estado en tal armonía los propietarios y los rateros de tiendas. Sabían —ésta es la lección del insurrecto— que el ridículo y la risa son más subversivos, más desarmantes que las balas. ¿Qué puede hacer una hilera de soldados frente a una descarga de coles? ¿Bajar los escudos y enfrentarse a las hojas? ¿Levantar los escudos y enfrentarse a las burlas?

Muy pronto el aire estuvo cargado de verduras. Las patatas eran bastante dañinas y podían arrojarse más lejos incluso que los adoquines o las botellas. Las manzanas, las peras y los aguacates dejaban tatuajes —dump-dump— en los escudos. Los tomates los ensangrentaban o se reventaban sobre los monos azul y negro o las botas relucientes. Los graciosos lanzaban plátanos por el aire. «Como bumeranes», decían. De hecho, algunos volvían. No se puede controlar el mal genio de los jóvenes de la UCUR a los que se ha hecho sentir como patanes. Devolvían los plátanos. Una berenjena le arrancó la gorra a un oficial de la UCUR. Un calabacín le dio a un policía en el rabillo del ojo. Un cámara de televisión recibió en la mejilla todo el engaño de un melocotón: primero el duro impacto como de goma de la piel, luego el pegajoso abrazo de la carne y finalmente la bala arrugada de su corazón. El hueso del melocotón se partió y le hizo un corte en la mejilla. Su sangre era jugo de melocotón, el jugo era sangre.

Joseph se dio el gusto de continuar. Al fin era un ciudadano. Ocupó el centro del escenario y siguió arrojando fruta. El jefe de la patrulla se fijó en él.

—Cogeremos a ése primero —dijo a sus hombres—. El gracioso que tiene la mancha de nacimiento en la mejilla. Le vamos a dar manchas de nacimiento a ese hijo de puta, de los pies a la cabeza.

La policía y la prensa tomaron fotografías de Joseph. Le hicieron una con los puños en alto. Le hicieron otras sosteniendo adoquines en la mano. Y coles. Y melones. Y granadas como granadas de mano.

A la 1.45 el oficial jefe recibió una herida en el pecho producida por una remolacha. Le dio entre el corazón y la charretera y le derribó el suelo. ¿Qué podía decir a todos los que le habían visto caer sobre los adoquines? Únicamente:

—Ya es suficiente. Adelante. Despejad el mercado. Que se enteren de quién gobierna esta ciudad.

Así que volvieron a golpear los escudos. Cada golpe sobre el perspex acercaba el cordón de la UCUR un paso más a los bombarderos de productos agrícolas, a los coches volcados, a los restos calcinados de árboles, puestos y bares, al envalentonado Joseph, desnudo de cintura para arriba, y a Rook.

—Ésta es la clásica maniobra de orden público —explicaron los relaciones públicas de la policía.

Minar la resistencia con una exhibición de fuerza y ruido. Luego mandar a los Escudos Cortos para arrestar a los revoltosos. Después, lanzar botes de Pena Verde, el gas que ciega a los alborotadores, y les tiñe de verde y les hace llorar y hacer muecas como los amantes cubistas de Picasso. Y luego barrerlos.

Primero gasearon el centro del mercado. La policía —aunque tenía máscaras— no deseaba gasear a su propia avanzadilla. Rook apartó un bote de una patada. Sus piernas y sus zapatos recibieron el musgo que llevaba el aire. Su piel adquirió un tono blanco manzana espectral, mientras el gas, tan ligero y volátil como una nube de mosquitos, subía hacia su cintura, su pecho, su garganta, sus ojos. Era una pena que todos los limones hubiesen sido utilizados como proyectiles. El zumo de limón, frotado en la cara, proporciona cierta protección contra el gas.

Rook buscó a tientas un lugar seguro. Encontró un coche. Se agachó detrás de él. Sentía una opresión en los ojos y en el pecho. Los alborotadores no deberían mezclar alcohol y gas. Los asmáticos deberían huir de las multitudes. Se agarró a la rueda delantera del coche. Se llevaba el pañuelo y el inhalador a la boca alternativamente. Tosía. Pero toser no le despejaba el pecho. Los esputos pegajosos que cayeron sobre los adoquines, sobre el neumático y sobre su mano, eran el forro de sus pulmones. Tragar humo y Pena Verde dolía. Dolía trocar oxígeno por CO . Su fuelle resoplaba y 2 se tensaba si se abría algo más que una rendija. Tenía que respirar con tanta rapidez y poca profundidad como las ranas de un pantano, su pecho se distendía, sus pulmones emigraban a su garganta, sus orificios chorreaban como una vela una flema cerosa.

La gente del campo dice que un hombre moribundo se vuelve lúcido. Ve las alturas y las profundidades de la vida alineadas ante él como las cuentas de colores de un ábaco chino. Tiene habilidad para repasar sus fallos y triunfos. «Los moribundos nunca mienten», dicen. Pero Rook se estaba mintiendo a sí mismo. En su ábaco sólo había cuentas blanquísimas. Apenas podía concentrarse. Tenía el cerebro en la garganta, golpeado por el perverso aire exterior y el prisionero aliento interior, ahora húmedo por las burbujas de sangre y cargado con el peso de la mucosidad. Su lengua, sus uñas y sus labios estaban azules. Sudaba y temblaba mientras se hundía del sueño al coma. Pero tal vez no se estaba muriendo, después de todo. La lluvia, la brisa, la ligera protección del coche, la capa de agua que cubría los adoquines y repelía el gas (en la cual cayó ahora de bruces, la mejilla y la oreja sumergidas) podrían humedecer el asma y salvar a Rook de los sofocantes abrazos del aire. Quizá tenía una oportunidad, porque la ayuda estaba próxima.

¿Qué aspecto tenía el mercado ahora que la policía había roto filas y estaba resuelta, como niños que corren sobre las bandadas de gaviotas en la playa, a provocar la huida desordenada entre la multitud atrapada y agitada? Los cascos se movían entre las cabezas descubiertas. Los jaboneros se agrupaban y reagrupaban, luego se dispersaban como antílopes ante los chacales de las porras de la policía. Parecía que la UCUR —muy inferior en número a la muchedumbre— eran hombres insensibles que no tenían compasión ni miedo. Se pusieron a trabajar como si sus órdenes fueran a aumentar la confusión de la noche, no acabar con ella. Joseph huía para salvar la vida. Ya había recibido golpes en los hombros y la espalda desnudos. Los Escudos Cortos le tenían señalado. Conocían su cara. Su torso había sido fotografiado. Era el ciervo más preciado de la manada. «¡Coged al descamisado!» Zigzagueaba y se escurría entre la gente y los coches con tanta ligereza como lo había hecho cuando jugaba al rescate con los otros chicos entre los cobertizos y los árboles de los huertos de niño. Su vida le había llevado a aquello. Tenía un plan: encontrar un coche abierto y abrirse paso entre los muelles y los cojines del asiento trasero hasta el maletero. ¿En qué otro sitio podía uno esconderse? La UCUR tenía a los jaboneros «embotellados», sus ropas empapadas de verde, convertidos por la Pena Verde de juerguistas en mocosos. Joseph había intentado abrir dos docenas de puertas antes de —literalmente— tropezar con Rook. Reconoció la cara, la tos, la cazadora que llevaba. Le sentó.

—¿Qué pasa? —dijo, demasiado torpe para encontrar palabras dramáticas.

Rook no le contestó. Tenía los ojos cerrados, una oreja llena de agua, la otra manchada de Pena Verde. En ese momento estaba inconsciente. Una gran suerte para él. Estar inconsciente es la forma que tiene Dios de calmar los pulmones. Ahora no luchaba con el aire interior o exterior. Respiraba más superficialmente, más regularmente, más pausadamente. Joseph le colocó con la espalda contra la rueda. La cabeza y el pecho de Rook cayeron hacia adelante. Su diafragma empujó el aire pesado hacia la parte alta de sus pulmones. Por casualidad, sus conductos respiratorios estaban inclinados justo en el ángulo preciso para la recuperación. Joseph le dio unas palmadas en la espalda. Los golpes expulsaron terrones de aire húmedos.

—Vamos. Despierta —dijo Joseph—. Ahora quiero mi dinero.

Abofeteó la cara de Rook. El color de sus mejillas pasó del verde al rosa.

—Dámelo. Dámelo —dijo—. Ya has tenido tu hoguera. Ahora tienes que pagar por ella.

Rook estaba tranquilo ahora. Demasiado cómodo para despertarse y hablar. Hizo un ruido que encontró una vía de paso por su nariz. Era el ruido que hacen los atletas cuando termina la maratón. Era un ronquido de restitución. Devolvía la deuda de oxígeno. Las bofetadas y los golpes de Joseph —¿quién sabe?— le habían salvado la vida a Rook.

Joseph no tenía tiempo que perder. Oía acercarse las pesadas botas, los gritos de dolor, los sordos impactos producidos por las porras sobre los hombres y por los adoquines sobre los escudos. Aquel refugio junto a la rueda delantera del coche no podía durar mucho. Dio unos tirones a la cazadora de Rook. No se movía, por lo menos no rápidamente. Sacó su «nabaja» del bolsillo del pantalón. La puso en la espalda encorvada de Rook. No dijo una palabra, pero rajó la bolsa de cuero de Rook, a lo largo de la costura central de la cazadora y la camisa de lana que había debajo, como si aquello no fuese un hombre sino una cabra sacrificada. La navaja cortó de dentro afuera. No hizo ningún daño a Rook, no le hirió, sólo le robó. Joseph tiró de la mitad izquierda de la cazadora y la camisa por las mangas. Y luego también de la mitad derecha. Palpó los bolsillos interiores, encontró el bulto de la cartera de Rook, y habría cortado el bolsillo, pero los Escudos Cortos estaban demasiado cerca. Se agachó y corrió de nuevo, y mientras corría se metió las dos medias chaquetas con sus medias camisas por los brazos y los hombros. Su cazadora de cuero tenía una franja de carne a lo largo del centro de la espalda. Su musculoso torso sólo había desaparecido parcialmente. Parecía un punky de teatro, preparado para una intervención quirúrgica.

Rook no era consciente de que Joseph había venido y se había ido, ni de lo que había hecho para salvarle la vida. Sintió el frío de la madrugada de Año Nuevo todos los fuegos estaban apagados y no llevaba camisa ni cazadora. Se estremeció cuando volvió en sí. Le sobresaltó el ruido y su semidesnudez. Casi se levantó, y al hacerlo dos hombres de la UCUR se percataron de su falta de ropa. Aquél era el descamisado. Levantaron a Rook de un tirón. Le pegaron en las piernas y la espalda con golpes sincopados. Pusieron el mango de sus porras en sus costillas y apretaron. Le patearon en la cara y los testículos, levantando del suelo con las botas agua que resbalaba por la piel de Rook. Estaban bien entrenados. Era una regla que los policías que se veían obligados a atacar a un sospechoso en la calle no le arrestaran, sino que le dejaran para que lo encontraran otros oficiales. Los dos que le dieron la paliza a Rook fueron lo bastante listos como para hacerle rodar por el suelo y desaparecer.

Joseph, partido en dos, con la cartera de Rook sobre su corazón, encontró al fin un coche cuya ventanilla pudo forzar. Tardó medio minuto en entrar. Y otro medio en meterse trabajosamente en el maletero. Le horrorizaba sentirse atrapado, pero confiaba en estar a salvo. Y lo estaba. Nadie registraba los maleteros, mientras aún había gente suelta en la plaza del mercado. Joseph se acurrucó en la oscuridad. Una vez notó que el coche se balanceaba violentamente cuando alguien fue arrojado contra la carrocería. Oyó un grito. Pero la mayor parte del tiempo no oyó nada, excepto el latido dentro de sus oídos y su nerviosa respiración. No oyó, seis coches más allá, la tos y la salpicadura cuando Rook rodó por última vez, su cara muerta medio sumergida sobre los adoquines del mercado.